IV.

Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, en el cual la mujer del tahonero (su amo) gozó un enamorado; y tomándolos juntos los castigó, en la cual venganza le ahorcó por arte de encantamento.

Finalmente, que yo deliberé de traer a vuestras orejas una buena historia, suavemente compuesta, mejor que las que he dicho, la cual comienza:

Aquel molinero que me compró, era hombre de bien y de buena conversación, y tenía una mujer la más pésima y mala que jamás se vio, con la cual él pasaba mucha pena y enojo en su casa, que por cierto yo había mancilla de aquel buen hombre, porque ningún vicio faltaba en aquella mala mujer, que todos se habían lanzado en su cuerpo, como en sucia sentina; soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara en robar donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de honra. Menospreciaba los dioses, y mentía jurando por ellos, y con juramentos engañaba a todos, y al mezquino del marido. Embeodábase luego de mañana, y todo el día gastaba con sus enamorados.

Esta mala mujer, con grande odio me perseguía, que en amaneciendo, antes que ella se levantase, llamaba a los mozos y mandábales que echasen a moler al asno novicio. Y como ella salía del palacio cuando se levantaba, allí, en su presencia, me mandaba dar de palos, y cuando soltaban las otras bestias temprano, mandaba que a mí dejasen hasta más tarde, que no me diesen a comer.

Y esta crueldad suya fue causa que yo más en sus costumbres mirase; de manera que yo veía a menudo entrar un mancebo en su aposento, la cara del cual yo deseaba ver, mas no podía, por los anteojos que traía; verdad es que no me faltaba astucia para descubrir, en cualquier manera, la maldad que aquella mala mujer hacía a su marido, mas una vieja que sabía toda la ruindad, y era mensajera entre ella y su amigo, nunca se partía de allí, las cuales, en amaneciendo, almorzaban, y entre sí altercaban quién bebería más del vino puro. La mala de la vieja, alcahueta, hacía estos aparatos públicos y engañosos en gran daño del triste del marido. Y aunque yo muchas veces, entre mí, me enojaba contra Andria, que por hacerme ave me tornase asno; todavía, en esta triste deformidad mía, había placer, porque como tenía las orejas largas, cualquier cosa que decían, aunque estuviese lejos, luego la oía.

Un día, estando la vieja hablando con ella, decía estas palabras:

—Hija mía, mira bien lo que te cumple acerca de este mancebo que ahora amas, porque es negligente y temeroso, y tiene miedo del gesto arrugado de tu marido, y tal enamorado no pertenece para ti, que quieres holgar y llevar buena vida en cuanto tienes tiempo; igual es Filesitero, un mancebo hermoso, gentilhombre, liberal, magnífico, y contra los celos de estos maridos muy esforzado, el cual es digno de ser enamorado de todas las mujeres del mundo, y merecedor de traer una corona de oro, por sola una cosa que hizo el otro día a un casado celoso.

Óyeme ahora, y verás cuánta diferencia hay de un enamorado a otro. Bien conoces un barbudo que es alcaide de esta villa, que tiene una mujer muy hermosa, y es muy celoso; este, pues, habiendo de ir fuera de la ciudad, dejó encomendada la guarda de su mujer a Hormigón, su esclavo, por ser más fiel y diligente. A este cometió secretamente toda la guarda de su mujer, diciéndole que si no guardaba bien a su señora, de manera que ninguno, pasando cerca de ella, solamente le tocase con el dedo o con la falda, que le echaría hierros y en cárcel perpetuamente, donde muriese de hambre, lo cual juró y perjuró muchas veces por todos los dioses. Así que con esta seguridad se partió, dejando por recio guardián a Hormigón, y bien amedrentado, el cual guardaba a su señora con tanta diligencia, que a ninguna parte la dejaba ir, y de continuo estaba sentado cerca de ella, estando hilando o haciendo otras cosas que las mujeres hacen en su casa, y si alguna vez, por grande necesidad, iba a lavarse al baño, Hormigón iba tan pegado a ella, que las faldas llevaba en la mano, y de esta manera, con mucha sagacidad cumplía lo que su señor le había mandado.

Pero no se pudo esconder a Filesitero la hermosura de esta gentil mujer, porque la bondad y castidad de ella le inflamó y puso más codicia para hacer todo lo que pudiese, y ponerse a cualquier peligro que le viniese, y con esta gana propuso de combatir y expugnar la fortaleza o casa bien guardada de la dueña, confiando y siendo cierto que la flaqueza humana, con el dinero, al cual toda dificultad es llana, se puede fácilmente derribar, que el oro por donde quiera halla entrada, aunque las puertas sean diamantes muy fuertes.

Un día, andando en este pensamiento, Filesitero halló solo a Hormigón, y díjole abiertamente toda su pena y amor, rogándole, con mucha cortesía, que diese remedio a su tormento, porque si presto no alcanzaba lo que deseaba, su muerte era muy cierta, y que en esto no temiese, porque él iría, secreto, de noche, que nadie lo sintiese, y en un momento de hora se tornaría. Estas y otras persuasiones tales diciendo, añadió un grandísimo aguijón, el cual rompió y pervirtió a Hormigón por su codicia. Echó mano a la escarcela, y sacó treinta ducados, nuevos, resplandecientes, de los cuales dijo a Hormigón que diese veinte a su señora, y tomase diez para sí.

Cuando esto oyó Hormigón, espantose de tan abominable pecado, y tapadas las orejas echó a huir; pero el resplandor y codicia que tenía del oro no le pudo huir de los ojos y del corazón, mas apartado lejos, yéndose apriesa hacia casa, representábasele la hermosura de la moneda ante los ojos, y deseaba apañar lo que ya tenía arraigado en el corazón. Con este pensamiento, el mezquino navegaba como en las ondas de la mar, ya en una cosa ya en otra. De la una parte se le representaba la fidelidad, de la otra la ganancia. De la otra la pena con que le amenazó su señor, de la otra el deleite y provecho del oro. Finalmente, que el oro venció al miedo de la muerte, y apartada de sí toda tardanza, llegose a su señora, y secretamente le dijo todo el negocio como pasaba.

Ella, con la natural liviandad, luego obligó su pudicicia al maldito metal, y consintió por apañar el dinero.

Cuando Hormigón oyó esto, lleno de placer y gozo, deseaba ya de tocar aquel dinero, que en precio de su fidelidad había ganado, y fue luego a dar la nueva a Filesitero, pidiéndole lo que le había prometido. Y como Hormigón se vio con tanto dinero, habido de buen lance, estaba tan alegre, que luego a la noche tomó a Filesitero, y lo metió secretamente en la cámara de su señora.

Los nuevos enamorados, estando ya desnudos y a placer, tomando el primer fruto de sus amores, no pensaban ni sospechaban la venida de su marido.

De improviso súbitamente comienzan a dar grandes voces a la puerta de casa, y a querer quebrar la puerta con una piedra; y cuanto más tardaban en abrirla, tanto más sospecha le ponían de la que él tenía. Así que comenzó a amenazar a Hormigón que lo mataría. Hormigón, oyendo esto, y con la prisa que le daba, estaba turbado, y con la turbación no tenía consejo, ni sabía qué hacerse, sino decía que no tenía lumbre, y que no hallaba la llave de la puerta.

En tanto, Filesitero, como oyó el ruido, arrebató su ropa, y vistiose, mas con la turbación se le olvidaron las chinelas, y saliose de la cámara.

En esto Hormigón llegó con la llave y abrió las puertas a su señor, el cual entró bramando, y luego fue derecho a la cámara. Filesitero, en tanto, botó por la puerta fuera de casa, y Hormigón cerró las puertas.

El marido, desde que vio todo seguro, ya un poco manso, fuese a dormir.

Otro día luego de mañana, como el barbudo se levantó, vio junto a la cama unas chinelas que no eran de casa, las cuales había dejado Filesitero, y sospechando y sacando de allí lo que podía ser, y cómo alguno había dormido aquella noche con su mujer, que las había dejado, calló su dolor y congoja, que ni a su mujer ni a otro de casa dijo cosa alguna, y tomó las chinelas secretamente, y metióselas en el seno, y mandó a otros siervos que le trajesen a Hormigón atado hasta la plaza.

El barbudo, yendo todavía entregruñendo, andando aprisa hacia la plaza, tenía por cierto que por las chinelas había de hallar al adúltero que sospechaba haber estado con su mujer. Iba él en este pensamiento, la cara turbia, las cejas caídas y muy enojado, y detrás de él Hormigón atado, aunque no se sabía la culpa que él tuviese; pero él mismo bien lo sabía, por lo cual lloraba, de suerte que los que le veían habían gran duelo de él.

Acaso Filesitero, que iba a otro negocio, encontró con ellos, y como vio de la manera que llevaban a Hormigón, sin miedo ni turbación, y acordándose que se le habían olvidado las chinelas en la cámara, y sospechando que por aquello llevaban así atado a Hormigón, astutamente y con su esfuerzo acostumbrado, apartó a los otros siervos y arremetió con Hormigón, y con grandes voces comenzole a dar de puñadas, y decirle:

—¡Oh malvado, ladrón ahorcado; este tu señor, y todos los dioses del cielo a quien tú has perjurado, te hagan mal y te destruyan, que me hurtaste el otro día mis chinelas en el baño; bien mereces, por cierto, ser muy bien castigado!

Con este engaño que el esforzado Filesitero hizo, el barbudo, que iba determinado de matar a Hormigón, depuesto ya de toda crueldad, tornose a su casa y llamó a Hormigón, al cual dio las chinelas y perdonó de muy buena gana, y le mandó que luego las tornase a quien las había hurtado.

Acabado de decir esto la vejezuela, comenzó la mujer del tahonero:

—Bienaventurada ella que goza de la libertad de tan constante y recio enamorado; pero yo, mezquina de mí, que caí con uno que ha miedo del sonido de la muela y de la cara cubierta de aquel asno sarnoso que allí está.

Respondió la vieja:

—Pues si tú quieres, yo emplazaré a este alegre enamorado que venga delante de ti, y luego voy por él. Cuando sea noche, espérame, que yo tornaré.

La buena mujer, con el ansia que tenía de ver aquel enamorado, aparejó muy bien de cenar, vinos excelentísimos de buenos, y la mesa puesta con todo lo demás, esperando su venida como de algún dios.

Acaso el marido cenaba aquella noche con un pelaire, un muy su amigo, y casi a mediodía, que nos soltaba de la tahona, para darnos de comer; yo no había tanto placer con la comida y descanso, cuanto porque me desataban los ojos, que libremente podía ver las artes y engaños de aquella mala mujer.

Ya el sol puesto, vino aquella vieja mala con el adúltero escondido a su lado, el cual era un mancebo gentilhombre que entonces le apuntaba la barba. Ella lo recibió con muchos besos, abrazándole, y sentáronse a la mesa.

En comenzando a cenar los primeros bocados, el marido llamó a la puerta, sin ser esperado, ni creyendo que viniera tan presto. Ella, cuando esto vio, comenzolo a maldecir, diciendo que las piernas tuviese quebradas y los ojos. Diciendo esto, y sobresaltada, metió el enamorado debajo de una artesa en que limpiaba el trigo, y sentose cerca de él, y con su malicia acostumbrada, disimulando tanta maldad, con su rostro sereno, preguntó a su marido qué era la causa por que venía tan presto, dejada la cena de su amigo.

Él le respondió con mucha tristeza, diciendo:

—Yo vine tan presto, porque acaeció allá una cosa bien bellaca. ¡Oh Dios, y que es posible que una mujer tan honrada haya de hacer tan gran fealdad! Juro por este pan, que aunque yo lo viera con mis ojos, que no lo creyera.

Ella le preguntó muy ahincadamente le contase aquel negocio, qué era y cómo pasara.

Él, importunado de ella, comenzó a contar duelos ajenos, no sabiendo el triste de los suyos, diciendo así:

—La mujer de este pelaire, mi vecino y amigo, cierto parecía mujer de vergüenza y casta, que no se podía pensar mal de ella; cuando íbamos a cenar ahora a su casa, ella parece que estaba holgando con su enamorado secretamente, y como llegamos, turbada con nuestra presencia, de súbito consejo proveída, tomó aquel su enamorado y metiolo debajo de un azufrador de mimbres, donde tenía azufrando sus tocas, que estaba junto con la mesa; pensando ella que ya estaba seguramente escondido, sentose a la mesa a cenar con nosotros sin ningún cuidado.

Entretanto, con el grave humo del azufre embarbascado el otro, no podía resollar debajo del perfumador; como es vivo y hediondo aquel humo, comenzó a estornudar de la parte donde estaba sentada la mujer.

El marido pensó que era ella, y díjole como se suele decir: «Dios te ayude.» Mas el desventurado dio otro estornudo, y otro; y estornudó tantas veces, que el marido sospechó lo que podía ser, y arrojó de sí la mesa, y alzó el perfumador, y halló debajo el gentilhombre, que con el gran humo estaba casi muerto, que no resollaba.

Cuando lo vio, inflamado de su injuria, echó mano a su espada, que lo quería degollar, pero porque yo estaba presente, y no me culpasen de la muerte de aquel hombre, lo defendía diciendo también que si no curase de él, que presto moriría sin cargarnos culpa, según estaba casi ahogado de la furia y violencia del azufre.

Él, como vio que le decía bien, más por necesidad suya que por mi persuasión, amansado del enojo, sacó al adúltero medio vivo, y lo echó en una calleja cerca de su casa. Yo, como vi la revuelta, dije a la mujer que huyese a casa de una vecina suya, en tanto que al marido se le pasaba el enojo y se le amansaba el calor de la ira y dolor del corazón; porque con la rabia no dudaba que de sí y de su mujer hiciese algún mal recado. Así que yo, enojado de lo que había acaecido en su convite, torneme a mi casa.

Diciendo esto el tahonero, su mujer reprendía con muy malas palabras a la mujer de aquel pelaire, diciendo que era una mala mujer, sin fe y sin vergüenza, deshonra de todas las mujeres; que pospuesta su honra y bondad, menospreciando la honra de su marido y casa, la había ensuciado y deshonrado, por donde había perdido nombre de casada, y tomado fama de burdelera; y aun añadía encima de esto, que tales hembras merecían ser quemadas. Pero ella, instigada y amonestada de la llaga que sentía, y de su mala y su sucia conciencia, queriendo librar a su enamorado de la pena que tenía debajo de la artesa, ahincaba mucho a su marido que se fuese a acostar temprano. Él, como le habían atajado la cena en casa de su amigo, por no irse a dormir ayuno y sin cenar, demandó a la mujer que le pusiese la mesa.

Ella, aunque contra su voluntad, porque estaba para otro guisada, púsosela delante muy de prisa y de mala gana. A mí se me quería arrancar el corazón y las entrañas, habiendo visto la maldad pasada que hizo, y la traición presente de tan mala mujer; y pensaba entre mí cómo, descubriendo aquel engaño y maldad, podría ayudar a mi señor, y aquel que estaba como galápago debajo de la artesa, para que todos lo viesen.

Estando con pena en esto, la fortuna lo hubo de proveer, porque un viejo, cojo, que tenía cargo de dar pienso a las bestias, siendo la hora de llevarnos a beber, saconos a todos juntos; lo cual me dio causa muy oportuna para vengar aquella injuria. Así que, pasando cerca de la artesa, vi como era angosta y tenía de fuera los dedos de la mano, y púsele el pie encima, apretando tan reciamente, que le desmenucé los dedos.

El adúltero, con gran dolor, dio grandes voces, y echó de sí la artesa, de manera que quedó descubierto a todos, y fue entendida la maldad que aquella mala mujer hacía.

El tahonero, cuando esto vio, no se curó mucho por el daño de la honestidad de su mujer, antes con el gesto sereno y alegre, comenzó a hablar al mozo, que estaba amarillo y temeroso de la muerte, de esta manera:

—No temas, hijo, que de mí te venga mal ninguno, ni tampoco te acusaré para que te degüellen por el rigor de la ley de los adúlteros, pues eres tan lindo y hermoso mancebo. Mas, cierto, yo te trataré igualmente con mi mujer, no te apartaré de mi heredad, mas comúnmente partiré contigo; y sin ninguna división, todos tres moraremos en uno; porque siempre yo viví con mi mujer en tanta concordia, que, según sentencia de los sabios, siempre una cosa agradó a entrambos. Por tanto, yo te quiero hacer muy bien curar de la mano que tienes maltratada.

Con estos halagos burlando, llevó al mozo a su cámara, aunque él no quiso, y a la buena de su mujer encerrola en otro aposento.

Otro día de mañana llamó a dos valientes mancebos sus criados, y mandó tomar al mozo y azotarlo muy bien en las nalgas con un azote, diciéndole:

—Pues que tú eres tan blando y tierno, y tan muchacho; ¿por qué engañas a las mujeres y andas tras las casadas, rompiendo los matrimonios, y tomando para ti, muy temprano, nombre de adúltero?

Diciéndole estas palabras y otras muchas, y habiéndolo muy bien azotado, echolo fuera de casa. Aquel valiente y esforzado enamorado, cuando se vio en libertad que él no esperaba, aunque llevaba las nalgas blandas, bien azotadas, llorando de noche y de día, huyó.

El tahonero dio carta de quita a la mujer, y luego la echó de casa.

Ella, cuando se vio desechaba del marido y fuera de su casa, y que no comía ni bebía de lo puro, como solía, ni tenía qué dar ni mandar, viéndose afrentada y maltratada, con vida triste y amarga, con su malicia y natural inclinación, tornose al marido con sus maldades, y armose de las artes que comúnmente usan las mujeres, y con mucha diligencia buscó una mala vieja hechicera, que con sus maleficios y hechizos se creía que haría todo lo que quisiese. A esta vieja dio muchas dádivas, prometiéndole otras mayores, y le rogó mucho que hiciese por ella una de dos cosas: o que amansase a su marido y se reconciliase con él, o si aquello no pudiese acabar, que enviase algún fantasma o algún diablo que le atormentase el espíritu.

Entonces aquella hechicera comenzó a invocar los demonios, y hacer cuanto pudo por tornar el corazón del marido al amor de su mujer; mas esto no sucedió como ella quería, por lo cual se enojó contra los diablos, porque demás de hacerle perder la ganancia que ya le habían prometido, parecía que la menospreciaban, y comenzó a hacer su arte contra la cabeza del mezquino del marido, para lo cual llamó el espíritu de una mujer muerta a hierro, que le viniese a asombrar o matar.

Aquí, por ventura, tú, lector escrupuloso, reprenderás lo que yo digo, y dirás así: Tú, asno malicioso, ¿dónde pudiste saber lo que afirmas y cuentas que hablaban aquellas mujeres en secreto, estando tú ligado a la piedra de la tahona y tapados los ojos?

A esto respondo: Oye ahora, hombre curioso, en qué manera, teniendo yo forma de asno, conocí y vi todo lo que se hacía en daño de mi amo:

Un día casi a mediodía, súbitamente, cerca de la tahona, pareció una mujer muy fea y disforme, vestida de muy sucio y vilísimo hábito, los pies descalzos, flaca y muy amarilla, los cabellos medio canos, llenos de ceniza y desgreñada, colgando las greñas ante los ojos. Esta mujer diablo echó mano del tahonero, como que le quería hablar secreto, y llevolo a su cámara, y cerrada la puerta, tardaba mucho, y como ya se acababa de moler todo el trigo que estaba en las tolvas, los mozos tenían necesidad de pedir más, y fueron a la puerta del palacio, que estaba cerrada por dentro, y llamaron a su señor, que viniese a dar trigo, y como nadie les respondía, comenzaron a dar golpes a la puerta recio, y como estaba fuertemente cerrada, sospechando algún mal, con una palanca arrancaron la puerta.

Cuando entraron dentro, la mujer no pareció; pero hallaron a su señor ahorcado de una viga del aposento, el cual descolgaron con muchos llantos. Hechas sus obsequias, lleváronlo a enterrar.

Otro día vino una su hija de otro lugar, donde era casada, mesándose y dándose puñadas en los pechos, la cual sabía de la desdicha que había acontecido a su padre, sin que persona se lo hubiese dicho; mas en sueños le había aparecido el espíritu de su padre muy lloroso, atada la soga a la garganta, y le contó toda la maldad y traición de su madrastra, del adulterio que le acometía, de los hechizos, y de cómo lo hizo descender a los infiernos, endemoniado; la cual, como se fatigaba mucho llorando y gimiendo, los familiares de casa la consolaron e hicieron que diesen espacio a su corazón y al dolor.

Después, pasados los nueve días, hechos todos los oficios al difunto, sacaron a vender en almoneda toda la ropa y bestias como bienes de herencia.