V.

Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano, y de sus miserias, y lo que acaeció con un caballero.

A mí, desventurado y mezquino, me compró en aquella almoneda un hortelano por cincuenta dineros, el cual decía que era gran precio; mas que me había comprado tan caro por buscar de comer para sí y para mí.

El tiempo y razón demandan que yo cuente la manera de mi servicio, la cual era esta. Aquel mi amo que me había comprado, acostumbraba bien de mañana, cargado de coles y hortaliza, ir a la ciudad que allí cerca estaba, y después que había vendido su mercadería, cabalgaba encima de mí y tornábase a su huerta. Entretanto que él, corcovado, andaba cavando y regando su huerta, yo me recreaba a todo mi placer y descansaba callando, que en otra cosa no entendía.

Así pasaba mi triste vida, contentándome con la alegre vista de la huerta, porque como era verano era cosa placentera.

Mas no quiso mi cruel fortuna que en esta huerta hubiese rosas para tornar a ser hombre con ellas, por ser parte donde muy bien lo pudiera hacer. Viniendo el invierno, tempestuoso y revuelto el signo de Capricornio, llovía continuamente y nevaba, y yo, triste, estaba encerrado en un establo sin techo y debajo del cielo, atormentado con el continuo frío. Pero ¿cómo no estaría yo así, pues que mi señor era tan pobre que no solamente no me podía dar alguna enjalma, o siquiera un poco de tejado, mas aun para sí no lo tenía, que con la sombra de ramas de una choza, donde moraba, era contento?

Demás de esto, en las mañanas hollaba aquel lodo frío y aquellos carámbanos helados, con los pies descalzos, y aun no podía henchir su vientre siquiera de los manjares acostumbrados, porque igual era la cena a mí y a mi amo, que cierto no había diferencia; pero eran bien pocas hojas de lechugas viejas sin sabor, o aquellas que de mucha vejez están espigadas de la simiente, tan altas como escobas, que ya el zumo de ellas se había tornado como carcoma desabrida y amarga.

Viniendo un día mi amo de la ciudad de vender unas coles, encima de mí, he aquí un hombre de buena disposición, y según mostraba su hábito y gesto, debía de ser hombre de armas de alguna hueste, nos encontró en el camino y preguntó con una palabra muy soberbia y arrogante:

—¿A dónde llevas aquel asno vacío?

Mi amo no entendió su lenguaje, que era romano o latino, y bajada la cabeza, pasó adelante.

El caballero, cuando esto vio, no pudo sufrir su acostumbrada soberbia, y enojado por su callar, como si le hubiera hecho una grande injuria, diole de palos con un sarmiento que en la mano traía, y juntamente le echó de encima de mí, dando con él en tierra.

Entonces el pobre hortelano le respondió humildemente, diciendo que por no saber la lengua no podía saber ni entender lo que había dicho.

El caballero, con enojo, tornole a decir:

—Pues dime, ¿dónde llevas este asno?

El hortelano respondió que iba a aquella ciudad que allí cerca estaba.

El caballero dijo:

—Pues yo he menester este asno, porque ha de traer, con otras acémilas, unas cargas de nuestro capitán, que aquí cerca esté.

Y luego echó la mano y arrebatome por el cabestro, y comenzome a llevar.

El hortelano, estando limpiando la sangre que de su cabeza le corría de una descalabradura que le había hecho con el sarmiento, rogábale otra vez que tratase bien y mansamente al compañero, lo cual le pedía diciendo que así Dios le prosperase e hiciese victorioso; y asimismo decía que aquel asnillo era perezoso, y demás de esto tenía una abominable enfermedad, que era gota coral, y que a mala vez acostumbraba traer de cerca de allí unos pocos de manojos de berzas, y cuando llegaba con ellos, ya no podía resollar; cuanto más para gran carga, que en ninguna manera pertenecía para ello.

Pero desde que el hortelano vio que por ningún ruego se amansaba el caballero, antes veía que se ensoberbecía más, y algunas veces alzaba la mano para darle, buscó un último remedio: fingiendo de quererle besar las rodillas para conmoverle a misericordia, y estando así bajado y encorvado, arrebatolo por entrambos los pies, y alzándolo arriba, dio con él un gran golpe en tierra, y luego saltó encima y diole muchas puñadas, y con una piedra que allí halló le sacudió muy bien en la cabeza y en las manos y brazos, de manera que lo aturdió y descalabró en muchas partes.

El caballero, con la súbita caída y mucha presteza del hortelano, no tuvo lugar de pelear; solamente gritando amenazaba al hortelano que lo había de matar, lo cual, oído por él, de nuevo le tornó a dar más crueles heridas.

Estando el pobre caballero así maltratado y tendido en tierra, no hallando ningún remedio a su salud y vida, determinó de hacerse el muerto, y así lo hizo.

Entonces el hortelano, que así lo vio, tomándole la espada, cabalgó encima de mí cuanto más aprisa pudo, y acogiose a la ciudad, no curando de ir a ver su huerta, y fuese a casa de un amigo suyo, al cual, contándole todo como había pasado, le rogó que le ayudase en aquel peligro en que estaba y que lo escondiese a él y a su asno hasta que pasase el ímpetu de la pesquisa que la justicia había de hacer.

Aquel su amigo, no olvidando la ley de la amistad, recibiolo de buena gana, y a mí, atados los pies y manos, subiéronme por una escalera y metiéronme en un aposento. Al hortelano metiéronlo en una canasta con su tapadera encima.

El caballero, según que después supe, como quien se levanta de una gran embriaguez, medio trompicado, como mejor pudo llegó a la ciudad, y confuso de su poco poder y fuerza, no osó decir cosa alguna a la justicia; pero callando y tragando su injuria, halló a ciertos compañeros suyos y contoles esta su fatiga y pena, a los cuales pareció que él se debía esconder y no descubrirse a nadie, porque demás de la injuria que había recibido, que era infame y baja, había de temer el juramento que había hecho de la caballería, que le fuese acusado por haber perdido su espada, y que ellos, como ya tenían señas de nosotros, pondrían mucha diligencia en buscarnos para su venganza.

No faltó un traidor vecino suyo que luego descubrió que estábamos allí escondidos.

Entonces aquellos sus compañeros fuéronse a la justicia, y mintiendo, dijeron que habían perdido en el camino una capa rica y de mucho precio de su capitán, y que la había hallado un hortelano, el cual no se la quería restituir, por lo cual estaba escondido en casa de un su amigo.

Entonces los alcaldes, viendo la querella y el robo que le decían ser hecho al capitán, vinieron a las puertas de nuestra posada, y dijeron a nuestro huésped que aquel que tenía escondido dentro en su casa, pues sabían que era ladrón, que luego le entregase antes que incurriese en pena de su propia cabeza; pero el amigo no se espantó, antes procurando la salud de aquel que había recibido en su protección y amparo, no dijo cosa de nosotros, sino que había muchos días que a tal hombre no había visto.

Los escuderos porfiaban lo contrario, jurando por vida del Emperador que allí estaba escondido, y no en otro lugar alguno.

Finalmente, que los alcaldes acordaron de mandar buscarlo, y dijeron a un alguacil que entrase a buscarlo, el cual brevemente revolvió la casa y dijo a los alcaldes que no hallaba tal hombre.

Entonces fue mayor la porfía entre los escuderos, diciendo que sabían por muy cierto que nosotros estábamos allí, y protestaban por el ayuda y favor del Emperador.

El amigo nuestro negaba, jurando por los dioses que tal hombre no estaba en su casa.

Yo, cuando oí la porfía y voces que daban, como era asno curioso, deseé saber lo que pasaba; como bajé la cabeza por una ventanilla que allí estaba, por ver qué cosa era aquel tumulto y voces que daban, uno de aquellos escuderos acaso alzó los ojos a mi sombra, que daba abajo, y como me vio, díjolo a todos, y luego levantaron un gran clamor y vocería, riéndose de cómo me vieron arriba en la ventana, y luego me hicieron bajar y tomáronme por perdido, como esclavo cautivo. Y luego, buscando bien la casa, hallaron el mezquino hortelano metido en la cesta, al cual llevaron a la cárcel para darle la pena que merecía. Y en todo esto nunca dejaron de burlar con gran risa de mi asomada a la ventana, de donde nació aquel muy usado refrán de «la mirada y sombra del asno».