II.

Escribe con grande elocuencia una solemne procesión que los sacerdotes hicieron a la Luna, en la cual procesión el asno apañó las rosas de las manos del gran sacerdote, y, comidas, se volvió hombre.

No tardó mucho que yo desperté de aquel sueño; me levanté con un pavor y gozo, y asimismo mezclado de un gran sudor, maravillándome mucho de tan clara presencia de esta diosa poderosa, y rociándome con el agua de la mar, estando muy atento a sus grandes mandamientos, recolegía entre mí la orden de su munición.

En esto estando, no tardó mucho que el Sol dorado salió apartando las tinieblas de la noche oscura, y llegándome a la ciudad, yo vi que la gente y pueblo de ella henchían todas las plazas en hábito religioso, y triunfante con tanta alegría, que demás del placer que yo tenía, me parecía que todas las cosas se alegraban, en tal manera, que hasta los bueyes y brutos animales, y todas las cosas, y aun el mismo día, sentía yo que con alegres gestos se gozaban, porque el día sereno y apacible había seguido a la lluvia que otro día antes había hecho. En tal manera, que los pajaritos y avecicas, alegrándose del vapor del verano, sonaban cantos muy dulces y suaves, halagando blandamente a la madre de las estrellas, principio de los tiempos, señora de todo el mundo.

¿Qué puedo decir, sino que los árboles, así los que dan fruto, como los que se contentan con solamente su sombra, meneando y alzando las ramas con el viento Austro, se reían y alegraban con el nuevo nacimiento de sus hojas, y con el manso movimiento de sus ramos chiflaban y hacían un dulce estrépito? El mar, amansado de la tormenta y tempestad, y depuesto el rumor e hinchazón de las ondas, estaba templado y con reposo. El cielo, alanzando de sí las oscuras nubes, relumbraba con la serenidad y resplandor de su propia lumbre.

He aquí donde vienen delante de la procesión, poco a poco, muchas maneras de juegos, hermosamente adornados; uno venía en hábito de caballero, ceñido con su banda; otro vestido su vestidura y zapatos de caza, con un venablo en la mano, representando un cazador; otro vestido con una ropa de seda y chapines dorados y otros ornamentos de mujer, con una cabellera de cabellos rubios en la cabeza, andando pomposamente, y otro venía todo armado con quijotes y capacete y babera, y su espada y broquel en la mano, que parecía que salía del juego de la esgrima.

No faltaba otro que le seguía vestido de púrpura, con insignias de senador, y tras de este otro con su bordón, esclavina y alpargates, y con sus barbas de cabrón representaba y fingía persona de filósofo. Otro iba con diversas cañas, la una para cazar aves con un visco, y otras para pescar peces con anzuelo.

Demás de esto, vi asimismo que llevaban una osa mansa asentada en una silla y vestida en hábito de mujer casada y honrada. Otro llevaba una mano, con un sombrerete velloso en la cabeza, y vestida con un sayo amarillo, con una copa de oro, que parecía a Ganímedes, aquel pastor troyano que Júpiter arrebató para su servicio. Tras de esto, vi que iba allí un asno con alas, que representaba aquel caballo Belerofonte, y cerca de él andaba un viejo, que podía decir quien lo viese que era Pegaso, como quiera que podía reírse y burlar de entrambos a dos.

Entre estas cosas de juegos que popularmente allí se hacían, ya se aparejaban y venía la fiesta y pompa de mi propia diosa, que me había de librar de tanta tribulación, y delante de ella venían muchas mujeres resplandecientes, con vestiduras blancas, y alegres, con diversas guirnaldas de flores que traían, las cuales henchían de flores, que sacaban de sus senos, las calles y plazas por donde venía la fiesta y procesión. Otras llevaban en las espaldas unos espejos resplandecientes, por mostrar a la diosa, que venía tras de ellas, el servicio y fiesta que le hacían. Otras había que rociaban las plazas con muchas aguas olorosas.

Demás de esto, iba gran muchedumbre de hombres de toda suerte, y mujeres con sus candelas, hachas y cirios, y con otro género de fuego artificial, con muchas banderas de seda de muchas invenciones y artes hechas, favoreciendo y honrando las estrellas celestiales. También iban muchos instrumentos de música, así como sinfonías, y suaves flautas y chirimías, que cantaban muy dulcemente, a las cuales seguía una danza de muy hermosas doncellas, con sus alcandoras blancas, cantando un canto muy gracioso, el cual, con favor de las musas, ordenó aquel sabio poeta, en el cual se contenía el argumento y ordenanza de toda la fiesta.

Otros iban cantando dulces canciones de mayores votos, y otros con trompetas dedicadas al gran dios de Egipto, Serapis, los cuales, con las trompetas retorcidas puestas a la oreja derecha, cantaban aquellos versos familiares del templo y de la diosa. Otros muchos había que iban haciendo lugar por donde pasase la fiesta.

En esto vino una gran muchedumbre de hombres y mujeres de toda suerte y edad, relumbrando con vestiduras de lino puro y muy blanco; mezcláronse con los sacerdotes que allí iban. Las unas llevaban los cabellos untados con olores y ligados en limpios y blandos trenzados. Los hombres llevaban las cabezas raídas, reluciéndoles las coronas como estrellas terrenales de gran religión, tañendo y haciendo dulce sonido con panderos y sonajas de alambre y de plata y aun también de oro. Y aquellos principales sacerdotes, que iban vestidos de aquellas vestiduras blancas hasta los pies, llevaban las alhajas e insignias de sus poderosos dioses.

El primero de los cuales llevaba una lámpara resplandeciente, no semejante a nuestra lumbre con que nos alumbramos a las cenas de la noche, pero era un jarro de oro; tenía la boca ancha, por donde echaba la llama de la lumbre largamente. El segundo iba vestido semejante a este, pero llevaba en ambas manos un altar, que quiere decir auxilio, al cual, la providencia de la soberana diosa, que es ayudadora, le dio este propio nombre. Iba el tercero y llevaba en la mano una palma con hojas de oro sutilmente labradas, y en la otra un caduceo, que es instrumento de Mercurio. El cuarto mostró un indicio y señal de equidad, conviene a saber: llevaba la mano izquierda extendida, la cual, por ser de su natural perezosa y que no es astuta ni maliciosa, parece que es más aparejada y conveniente a la igualdad y razón, que no la mano derecha. Este mismo llevaba en la otra mano un vaso de oro redondo y hecho a manera de teta, del cual salía leche. El quinto traía una criba de oro, llena de ramos dorados.

No tardaron tras de esto de salir los dioses, que tuvieron por bien de andar sobre pies humanos. Aquí venía Mercurio, mensajero de los dioses, con la cara negra, ahora de oro, alzando la cerviz, y cabeza de perro; el cual traía en la mano izquierda un caduceo, y con la derecha sacudiendo una palma. Tras de él seguía una vaca levantada en su estado, la cual es figura de la diosa madre de todas las cosas; porque como la vaca es útil y provechosa, así lo es esta diosa: la cual imagen o figura llevaba encima de sus hombros uno de aquellos sacerdotes, con pasos muy pomposos. Otro llevaba un cofre donde iban todas las cosas secretas de aquella religión. Otro, asimismo, llevaba en su regazo la venerable figura de su diosa soberana, la cual no era de bestia, ni de ave, ni de otra fiera, ni tampoco era semejante a figura de hombre.

Mas por una alta invención y novedad, para argumento inefable de la reverencia y gran silencio de su secreta religión, era una cosa de oro resplandeciente, figurado de esta manera: Un vaso pulidamente obrado, abajo redondo, y de parte de fuera bien esculpido, con figuras y simulacros de los Egipcios, la boca no muy alta, pero tenía un pico luengo como canal, por donde echaba el agua, y de la otra parte un asa muy larga y apartada del vaso, encima del cual estaba torcida una serpiente áspid, con la cerviz escamosa y el cuello alto y soberbio; y luego he aquí donde llegan mis hados y beneficios, que por la presente diosa me fueron prometidos, y el sacerdote que traía esta misma salud mía, allegó a cumplir el mandado a la divina promisión, el cual traía en su mano derecha un pandero con sonajas, y colgada de ella una corona de rosas, la cual, por cierto, a mi se me podía muy bien dar, porque había pasado tantos y tan grandes trabajos y peligros.

Con todo esto yo no me movía, súbitamente arremetiendo recio y con ferocidad, temiendo que por ventura con el ímpetu repentino de una bestia de cuatro pies no se turbase el orden de la procesión. Mas poco a poco, deteniéndome, con la cara alegre y el paso como de hombre de seso, bajando el cuerpo, dándome lugar el pueblo, por la gracia de la diosa, llegueme muy pasito cerca del sacerdote que llevaba las rosas, el cual, siendo ya amonestado y avisado de la diosa por el sueño y visión de la noche pasada, según que del mismo negocio yo pude conocer, maravillándose asimismo como todo aquello concordaba con lo que le había sido revelado, luego estuvo quedo y de su propia gana tendió su mano a mi boca y me dio la corona de rosas.

Entonces yo, temblando y dándome el corazón muchos saltos en el cuerpo, llegué a la corona, la cual resplandecía, tejida de rosas delicadas y frescas, y tomándola con mucha gana y deseo, deseosamente la tragué.

No me engañó la promesa celestial, porque luego a la hora se me cayó aquel disforme y fiero gesto de asno. Primeramente los pelos duros se me quitaron, y desde adelante el cuero grueso se adelgazó; el vientre, hinchado y redondo, se asentó; las plantas de los pies, que estaban hechas uñas, se tornaron dedos; las manos ya no eran pies como de antes, y se levantaron derechas para hacer su oficio; la cerviz, alta y grande, se achicó; la boca y la cabeza se redondeó; las orejas, grandes y gruesas, se tornaron a su primera forma, y también los dientes, que, eran crecidos, tornaron a ser menudos como de hombre; la cola, que principalmente me daba pena, desapareció.

Aquellas gentes y el pueblo que allí estaba se maravillaron todos. Los sacerdotes adoraron y honraron tan evidente potencia de la gran diosa y la magnificencia semejante a la revelación de la noche pasada y la facilidad de esta mi reforma, y alzando las manos al cielo, todos a una voz testificaban y decían este tan ilustre beneficio de su diosa. Yo, espantado y como pasmado, estaba quedo y callando, revolviendo en mi corazón tan repentino y tan gran gozo, que no cabía en mí, pensando qué era lo primero que principalmente había de comenzar a hablar, de dónde había de tomar el comienzo de la nueva voz. ¿Con qué palabras podría ahora la lengua, otra vez nacida, comenzar con mejor dicha? ¿Con cuáles y con cuántas palabras yo podría hacer gracias a tan gran diosa?

Pero el sacerdote, que por la divina revelación estaba informado de todos mis trabajos y penas desde el principio, como quiera que él también estaba espantado, hizo señal y mandó que primeramente me diesen una vestidura de lino con que me vistiese, porque yo, luego que vi que el asno me había despojado de aquella cobertura bruta y nefanda, apretadas las piernas estrechamente y puestas las manos encima, según que convenía a hombre desnudo, tapaba mis vergüenzas.

Entonces uno de la compañía de aquella religión, prestamente se quitó una ropa que traía, y cubriome. Lo cual así hecho, el sacerdote, con alegre gesto, estando pasmado de verme en la forma que me veía, me habló de esta manera:

—¡Oh, Lucio: habiendo tú padecido muchos y diversos trabajos con grandes tempestades de la fortuna, y siendo maltratado de mayores tribulaciones, finalmente viniste al puerto de salud y era de misericordia, y no te aprovechó tu linaje y la dignidad de tu persona, ni aun tampoco la ciencia que tienes; mas antes con la incontinencia de tu mocedad, puesto en vicios de hombres siervos y bajos, hubiste el premio y galardón de tu agudeza y curiosidad sin provecho!

Mas como quiera que sea la ciega fortuna, pensando de atormentarte con estos pésimos trabajos y peligros, te trajo con su malicia, no por ella vista, a esta bienaventuranza, pues vaya ahora y bravee con su furia cuanto quisiere, y busque desde luego para su crueldad otra materia donde se ejercite, porque en aquellos cuyas vidas y servicios la majestad de nuestra diosa tomó bajo su amparo y protección, no ha lugar ningún caso contrario. ¿Qué le aprovecharon a la malvada de la fortuna los ladrones, qué le aprovecharon las fieras o el servicio en que te puso, o las idas y venidas de los caminos ásperos que anduviste, o el miedo de la muerte en que cada día te puso?

Y ahora eres recibido en tutela y guarda de la prosperidad, pero de la que es buena y alumbra a los dioses. De aquí adelante ten la cara alegre, y que se conforme con este tu hábito cándido y blanco. Acompaña la pompa y procesión de esta diosa que te salvó, con pasos alegres, por que lo vean los herejes y conozcan su error. He aquí, Lucio, librado de las primeras tribulaciones, gozoso con la providencia de la gran diosa, y triunfando con vencimiento de su desdicha. Y por que seas más seguro y mejor guardado, entrégate a esta santa religión, y por tu voluntad toma el yugo de esta milicia, porque cuando comenzares a servir a esta diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.

De esta manera, habiendo hablado aquel egregio sacerdote, estando ya cansado de hablar, calló, y entonces yo, mezclándome con aquella compañía de religiosos, iba en la solemne procesión acompañando aquella solemnidad, señalándome y notándome con los dedos y gestos todos los de la ciudad, y todos hablando de mí, diciendo:

—La divinidad de nuestra gran diosa reformó y trasladó hoy a este de bestia en hombre; por cierto, él es bienaventurado, y hubo buena dicha, que por la inocencia y fe de la vida pasada mereció tan gran favor y ayuda del cielo, que casi ha tornado a nacer hoy de nuevo, y luego fue dedicado y puesto en el servicio de las cosas sagradas.

Dicho esto, viniendo un poco adelante con la procesión, llegamos a la ribera de la mar en aquel mismo lugar donde otro día antes mi asno había tenido su establo, y allí, puesta la diosa y las otras cosas sagradas en tierra honradamente, el principal de los sacerdotes ofreció a la diosa una nave muy pulidamente obrada y pintada con pinturas maravillosas, como las que se pintan en Egipto, y hechos sus sacrificios y solemnísimas preces, con una tea ardiendo y un huevo y piedra azufre, rezando con su casta boca, después de haberla limpiado y purificado, la dedicó y nombró a esta gran diosa.

La nave tenía una vela muy blanca de lino delgado, en la cual estaban escritas unas letras que declaraban el voto de los que ofrecían, por que la diosa les diese próspero viaje. Tenía asimismo la nave su mástil, que era un pino redondo, alto y muy hermoso, con su entena y su gavia, y la popa de la nave era cubierta de láminas de oro, con las cuales resplandecía. Y todo el cuerpo de la nave era de cedro limpio y muy pulido.

Entonces todo el pueblo, así los religiosos como los seglares, con sus harneros y espuertas en las manos llenos de olores y de otras cosas semejantes, para suplicar a su diosa, las lanzaban dentro en la nao; y asimismo desmenuzadas estas cosas con leche, las lanzaban sobre las ondas de la mar, por ceremonia de sus sacrificios. Hasta tanto que la nao, llena de estos dones y otras largas promesas y devociones, sueltas las cuerdas de las áncoras, fue echada en la mar con su sereno y próspero viento, la cual después, con su ida, se nos perdió de vista. Los que traían las cosas sagradas, tomando cada uno lo que traía a cargo, alegres y con mucho placer, en procesión como habían ido, se tornaron a su templo.

Después que hubimos llegado al templo, el principal de los sacerdotes y los otros que traían aquellas divinas reliquias, y los que eran novicios en aquella religión, entráronse dentro en el sagrario, adonde pusieron sus imágenes y reliquias que traían. Entonces, uno de aquellos, al cual los otros llamaban escribano, estando a la puerta, llamó allí todo el colegio de aquellos sacerdotes, de encima de un púlpito, y comenzó a pronunciar en palabras y lenguaje griego, diciendo: «Paz sea al Príncipe y gran Senado, caballeros y a todo el pueblo romano, y buen viaje a los marineros y a las naves que van por la mar, y salud a todos los que son regidos y gobernados debajo de nuestro imperio.» En fin de lo cual, dio licencia a todo el pueblo, diciendo que se fuesen con Dios. A lo cual respondió todo el pueblo con gran clamor y alegría, por donde pareció que a todos había de venir buenaventura, como el escribano decía.

Después de esto, todos los que allí estaban, con gran gozo y con sus guirnaldas de rosas y flores, besando los pies de la diosa, que estaba hecha de plata y puesta en las gradas del templo, fuéronse para sus casas; pero a mí no me dejaba mi corazón apartarme de allí cuanto una uña; mas atento en la hermosura de la diosa, me recordaba de la fortuna que me había acontecido.