I.
Cómo Lucio cuenta que, venido en aquel lugar de Céncreas, después del primer sueño vio la Luna, a la cual pidió le volviese a su primera forma de hombre.
Siendo ya de noche, yo desperté con un súbito pavor, y vi la luna relumbrando y con un resplandor grande, que a la hora salía de las ondas de la mar. Yo, hallándome solo y con la ocasión de la noche llena de silencio, pensaba que la Luna resplandece con gran majestad, y que todas las cosas humanas son regidas por su providencia, no tan solamente las animalias domésticas y bestias fieras, mas aun los que son sin ánima se esfuerzan y crecen por virtud de su lumbre, y también, por consiguiente, los mismos cuerpos en la tierra, en el aire y en la mar, ahora se aumentan con los crecimientos de la Luna, ahora se disminuyen cuando ella mengua. Pensando yo también que mi fortuna estaría ya harta con tantas tribulaciones y desventuras como me había dado, y que ahora, aunque tarde, me mostraba alguna esperanza de salud, deliberé de rogar y suplicar a aquella venerable diosa me diese su favor. Y luego, quitando de mí toda pereza, me levanté muy alegre, y con gana de limpiarme y purificarme, echeme en la mar metiendo la cabeza siete veces debajo del agua, porque aquel divino Pitágoras manifestó que aquel número septenario era en gran manera aparejado para la religión y santidad, y con el placer alegre, saliéndome las lágrimas de los ojos, suplicábale de esta manera:
—¡Oh, reina! ¡Ahora tú seas aquella santa Ceres, madre primera de los panes, que te alegraste cuando se halló tu hija, y quitado el manjar antiguo de las bellotas, mostraste manjar deleitoso! ¡Ahora tú seas aquella Venus celestial, que juntas los hombres con amor y haces los casamientos para haber generación! ¡Ahora tú seas hermana del Sol, que socorres a las mujeres en sus trabajosos partos! ¡Ahora tú seas aquella temerosa Proserpina a quien sacrificaban con aullidos de noche, y que oprimes las fantasmas con tu forma de tres caras, y refrenándote de los encerramientos de la tierra andas por diversas montañas y arboledas, y eres sacrificada y adorada por diversas maneras! ¡Tú alumbras todas las ciudades del mundo con esta tu claridad mujeril; y criando las simientes alegres, con tus húmedos rayos dispensas tu lumbre incierta con las vueltas y rodeos del Sol! ¡Por cualquier nombre, o por cualquier rito, o nombre que sea lícito llamarte, tú, señora, socorre y ayuda ahora a mis extremas angustias! ¡Tú levanta mi caída fortuna! ¡Tú da paz y reposo a los acaecimientos crueles por mí pasados y sufridos! ¡Basten ya los trabajos, basten ya los peligros, y quítame esta cara maldita de asno, y tórname a hacer Lucio, para que vea y goce de los míos! Y si por ventura a algún dios yo he enojado y me trata con crueldad inexorable, ¡consienta a lo menos que yo muera, pues que no me conviene que viva!
En esta manera habiendo hecho mis rogativas, tornome otra vez a venir gran sueño, y acosteme en el mismo lugar donde antes había dormido, para reposar y pasar la triste noche.
No había yo bien cerrado los ojos, he aquí aquella alegre cara, alzando su gesto honrado, salió de en medio de la mar, y de allí poco a poco su luciente figura, ya que estaba toda fuera del agua, pareció que se puso delante de mí. De la cual maravillosa imagen yo me esforzaré a contar, si el efecto de la lengua humana me diere para ello facultad, o si su divinidad me administrare abundante copia de facundia para poderlo decir.
Tenía los cabellos, muchos y muy largos, derramados por el divino cuello, que le cubrían las espaldas. Tenía en su cabeza una corona adornada de diversas flores, en medio de la cual estaba una redondez llana, a manera de espejo, que resplandecía la lumbre de él, para demostración de la luna. De la una parte y de la otra había muchos surcos de arados, torcidos como culebras, y con muchas espigas de trigo por allí nacidas. Traía una vestidura de lino tejida de muchos colores: ahora era blanca y muy luciente, ahora amarilla como flor de azafrán, ahora inflamada con un color rosado, que, aunque estaba muy lejos, me quitaba la vista de los ojos. Traía encima otra ropa negra, que resplandecía la oscuridad de ella, la cual traía cubierta y echada por debajo del brazo diestro al hombro izquierdo como un escudo, pendiendo con muchos pliegues y dobleces. Era esta ropa bordada alderredor con sus trenzas de oro, y sembrada toda de unas estrellas muy resplandecientes, en medio de las cuales, la luna llena de quince días lanzaba de sí rayos inflamados. Y como quiera que esta ropa la cercaba toda, pendiendo de cada parte, y tenía la hermosa corona ligada con ella, adornada de diversas flores, manzanas, peras y otras frutas, con todo, en la mano tenía otra cosa muy diferente de lo que hemos dicho; porque ella tenía un pandero en la mano derecha, con sus sonajas de alambre y de plata atravesadas por medio con sus hierrecitos, y con un palillo dábale muchos golpes, que lo hacía sonar muy dulcemente.
En la mano izquierda traía un jarro de oro, y del asa del jarro, que era muy linda y pulida, salía una serpiente, que se llama áspid, alzando la cabeza y con el cuello muy alto.
En los pies, divinos y hermosos, traía unos alpargates hechos de hojas de palma. Tal y tan grande me pareció aquella diosa, echando de sí un olor divino, como los olores que se crían en Arabia, y tuvo por bien de hablarme de esta manera:
—Heme aquí, do vengo conmovida por tus ruegos, oh Lucio; sepas que yo soy madre y natura de todas las cosas, señora de todos los elementos, principio y generación de los siglos, la mayor de los dioses y reina de todos los difuntos, primera y una sola de todos los dioses y diosas del cielo, que dispenso con mi poder y mando las alturas resplandecientes del cielo, y las aguas saludables de la mar, y los secretos lloros del infierno.
A mí sola y a una diosa honra y sacrifica todo el mundo en muchas maneras de nombres. De aquí los troyanos, que fueron los primeros que nacieron en el mundo, me llaman Pesimútica, madre de los dioses. De aquí asimismo los Atenienses naturales y allí nacidos, me llaman Minerva Cecropea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar, me nombran Venus Pafia; los Arqueros y Sagitarios de Cresa, Diana; los Sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina; los Eleusinos, la diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Belona, otros Ecates, otros Ranusia.
Los Etíopes, ilustrados de los hirvientes rayos del Sol cuando nace, y los Arios y Egipcios poderosos y sabios, donde nació toda la doctrina, cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y ceremonias, me llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis. Habiendo merced de tu desastrado caso, vengo en persona a favorecerte y ayudarte; por eso deja ya esos lloros y lamentaciones; aparta de ti toda tristeza y fatiga, que ya por mi providencia es llegado el día saludable para ti. Así que con mucha solicitud y diligencia entiende y cumple lo que te mandare.
El día de mañana nombro la religión de los hombres, y lo festivo y dedico para siempre en mi nombre; porque apaciguadas las tempestades del invierno, y amansadas las ondas y tormentas de la mar, estando ya manso para navegar, los sacerdotes de mi templo me sacrificaban una barca nueva en señal y primicia de su navegación.
Esta mi fiesta no la debes tú esperar con pensamiento profano; porque por mi aviso y mandado, el sacerdote que fuere en esta procesión llevará en la mano derecha una guirnalda de rosas. Así que, sin empacho ni tardanza, alegre, apartando la gente, llégate a la procesión, confiado en mí, y blandamente llégate al sacerdote, y morderás de aquellas rosas, las cuales comidas, luego yo te desnudaré del cuero de esta pésima y detestable bestia, en que ha tantos días andas metido, y no temas cosa alguna de lo que te digo, pensando ser cosa difícil; porque yo mando en sueños al sacerdote lo que ha de hacer para que esto venga a efecto; por mi mandado el pueblo, aunque esté muy apretado, se apartará y te dará lugar, y ninguno de cuantos allí hubiere se espantarán en ver esta cara disforme que traes. Ni tampoco acusará maliciosamente, ni interpretará en mala parte, que tu figura súbitamente sea tornada en hombre.
De una cosa te recordarás y tendrás siempre escondida en lo íntimo de tu corazón: que todo el tiempo de tu vida que de aquí adelante vivieres, hasta el último término de ella, todo aquello que vives lo debes, con mucha razón, a aquella por cuyo beneficio tornas a estar entre los hombres. Tú vivirás placentero y honrado debajo de mi amparo, y cuando hubieres acabado el espacio de tu vida y entrares en el infierno, allí, en aquel subterráneo medio redondo, me verás que alumbro a las tinieblas del río Aqueronte y que reino en los palacios secretos del infierno, y tú, que estarás y morarás en los campos Elíseos, muchas veces me adorarás como a tu abogada cierta y propicia.
Demás de esto, sepas que si con servicios continuos, actos religiosos y perpetua castidad merecieres mi gracia, yo te podré alegrar, y a mí solamente conviene prolongarte la vida allende el tiempo constituido a tu término. En esta manera, acabada la habla de esta venerable visión, desapareció delante de mis ojos, tornándose en sí misma.