III.

Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa de Milón, y lo que con Pitias le aconteció.

Llegando al primer mesón que hallé, pregunté a una vieja tabernera si conocía uno de los principales de aquel pueblo que se llamaba Milón.

La vieja respondió:

—Por cierto así es, que este Milón es el más honrado de su casa.

Yo le dije:

—Madre mía, dejemos burlas y dime en qué casa mora.

Ella respondió:

—¿Ves aquellas ventanas del cabo que están fuera de la ciudad, de frente una calleja sin salida? pues allí mora Milón, harto rico, y mayor avariento, y de baja condición, hombre infame y sucio, que no tiene otro oficio sino continuo dar dinero a usura, sobre buenas prendas de plata y oro; metido en una casilla pequeña, está siempre pensando en su dinero, con su mujer, compañera de tristeza y avaricia, y no tiene en su casa persona, sino una mozuela, y tanto es avariento, que anda vestido como un pobre hombre.

Cuando yo oí esto, reíme entre mí, diciendo:

—Por cierto, bien encaminado vengo de mi amigo Demeas, pues a tal hombre me envía para que me dé posada, en cuya casa ni habrá miedo del humo ni del olor de la cocina.

Y diciendo esto llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba muy bien cerrada, empecé a llamar.

En esto salió una mozuela de dentro, que me dijo:

—Oyes tú, que tan reciamente llamas a la puerta, ¿qué prenda traes para que te preste sobre ella dineros?

Yo le respondí:

—Mejor lo haga Dios conmigo; respóndeme si está en casa tu señor.

Ella dijo:

—Sí está; mas dime: ¿qué es lo que quieres?

Yo respondí:

—Tráigole cartas de Corinto, de su amigo Demeas.

Ella me dijo:

—Espera en cuanto se lo digo.

Y cerrando muy bien la puerta, se entró para dentro.

De allí a poco tornó a salir, y abriéndola, me dijo que entrase.

Yo entré y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña, que entonces empezaba a cenar. Y la mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o casi nada que comer.

Él me dijo:

—Esta es tu posada.

Yo le di muchas gracias, y luego le di las cartas de Demeas, las cuales por él leídas, dijo:

—Yo soy muy contento de tener tan honrado huésped como mi amigo Demeas me envía.

Y diciendo esto, hizo levantar a su mujer, y a mí, tomándome por la halda, me hizo sentar en su lugar, diciendo que por miedo de ladrones no tenía otra silla ni otras cosas que convenían.

Después que yo fui sentado, me dijo.

—Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi casa, que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella cámara, que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque cierto, tu persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu padre Teseo, que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena vieja Hecales.

Entonces llamó a la moza, y díjole:

—Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más cercano, porque vendrá fatigado del largo camino.

Cuando yo le oí esto, dije:

—No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño. Lo que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno y cebada, ves aquí los dineros.

Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé de proveer primero algo para cenar, y fuime a la plaza de Cupido a donde había gran abundancia, y compré pescado.

Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y diome paz amorosamente, y dijo:

—¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la causa de tu venida?

Yo dije:

—Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito, debes tener oficio en la ciudad.

Él me respondió:

—Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si quieres comprar algo, bien te podré aprovechar.

Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero él, como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que en ella había, dijo:

—¿Cuánto te costó este rehús?

Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome:

—¿De cuál de estos lo compraste?

Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual, con voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar diciendo:

—Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo menos en tanto que yo tuviere este cargo.

Y tomando la espuerta del pescado la derramó por el suelo e hizo a uno de sus oficiales que lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo Pitias contestó con este castigo, me dijo:

—Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios.

Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin dineros, por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después de lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara.

Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo:

—Ruégate mi señor que vayas allá.

Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra cosa.

Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó:

—¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos?

Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la regía y gobernaba, y otras cosas.

Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento del sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir.