III.

Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa del ser afrentado en la fiesta de la risa.

De esta manera estaba con harta pasión afrentado y con dolor de cabeza, por las muchas lágrimas que había derramado. Mi huésped Milón me convidaba a cenar, mas yo me excusé, porque no estaba para ello; y así me fui a acostar con harta tristeza, pensando en todas las cosas que aquel día habían pasado.

Estando así pensativo, llegó mi amiga Andria, la cual venía más desemejada que antes era, la cara no alegre, ni con habla graciosa; mas con mucha pena empezó a decir:

—Yo soy culpada en tu afrenta y enojo; lo que a causa de otro a mí me mandaron que hiciese, por mi desdichada y mala suerte se tornó y cayó en tu injuria.

Entonces yo le rogué me dijese en qué manera aquel su yerro se convirtió en mi daño.

Ella me respondió:

—Señor, ruégote que esperes, cerraré la puerta de la cámara, porque no haya algún escándalo de lo que aquí hablaremos.

Diciendo esto, echó la aldaba a la puerta, y tornada a mí, con voz muy baja me dijo:

—Gran temor tengo de descubrirte los secretos de esta casa y cosas ocultas de mi señora; pero confiada de tu discreción y saber, me atrevo a decirte cosas que a persona del mundo no dijera. Ya sabrás todo el estado de nuestra casa, y también los secretos maravillosos que mi señora sabe, por los cuales la obedecen los muertos, las estrellas se turban, los dioses son apremiados, los elementos la sirven, y en cosa alguna no usa tanto de este arte, como cuando ve algún gentilhombre que le agrada, lo cual le suele acontecer a menudo, que aun ahora está muerta de amores por un mancebo hermoso y de buena disposición, contra el cual apareja todas sus artes, manos y artillería. Yo le oí decir ayer a vísperas, amenazando el sol, que si presto no se pusiese, y diese lugar que la noche viniese para hacer las artes de sus hechicerías, que lo haría cubrir de una niebla oscura que en diez días no alumbrase. Este mancebo que digo, viniendo ella el otro día del baño, viole estar en casa de un barbero que lo afeitaban, y como ella lo viese, mandome a mí que secretamente tomase de los cabellos que le habían cortado, que estaban en el suelo caídos; los cuales, como yo comencé a coger a hurto, el barbero me vio, y como nosotras somos conocidas e infamadas de hechiceras, arrebatome de las manos los cabellos y aun me quisiera dar unas pocas de bofetadas si yo no me desviara. Conociendo yo las costumbres de mi señora, que cuando no le llevaba lo que quería se enojaba mucho conmigo, y aun me daba de palos, yendo así triste, pensando qué haría, acaso veo estar un odrero trasquilando tres cueros de cabrón; los cuales, como yo los viese estar colgados, tiesos e hinchados, tomé algunos de los pelos que estaban por el suelo, y como eran rojos, parecían a los cabellos de aquel Beocio gentilhombre de quien mi ama estaba enamorada, a la cual se los di, encubriéndole la verdad. Mi señora Pánfila, en el principio de la noche, antes que volvieses de cenar, con la pena y ansia que tenía en el corazón, subiose a un aposento alto, adonde ella tiene sus hechicerías. Y ante todas cosas, según su costumbre, aparejó sus instrumentos mortíferos, conviene a saber: todo género de especias odoríferas, láminas de cobre con ciertos caracteres que no se pueden leer, clavos y tablas de navíos que se perdieron en la mar y fueron llorados. Asimismo tenía allí delante de sí muchos miembros y pedazos de cuerpos muertos, así como narices, dedos y clavos de los pies de hombres ahorcados. También tenía sangre de muertos a hierro, huesos de cabeza y quijadas sin dientes de bestias fieras. Entonces abrió un corazón, y vistas las venas y fibras cómo bullían, comenzó a rociarlo con diversos licores, con agua de fuente, ahora con leche de vacas, ahora con miel silvestre; añadió mulsa, que es hecha de muchos materiales. De esta manera, aquellos pelos retorcidos y con muchos olores perfumados, puso en medio las brasas para quemar. Entonces con la fuerza de la nigromancia y hechizos, apremiados por los espíritus aquellos cuerpos, cuyos pelos están en el fuego, vienen muy recios en aquella parte do son llamados; esto hicieron los odres, y vinieron a la puerta porfiando de entrar. Y tú, engañado con la oscuridad de la noche, y con el vino que habías bebido, con gran osadía, como aquel Áyax griego, no matando ovejas, cuando mató a muchos, pero muy más esforzadamente mataste tres odres hinchados. De manera que vencidos los enemigos sin sangre, te abrazaré no como a matahombres, mas como a mataodres.

Siendo yo de esta suerte burlado y escarnecido de mi Andria, le dije:

—Pues que así es, yo podré muy bien contar esta primera historia, comparándola a los doce trabajos de Hércules, que como él mató a Cerión, que era de tres cuerpos, o al Cancerbero del infierno, que era de tres cabezas, así yo maté otros tantos odres. Pero por el amor que te tengo, te ruego me enseñes a tu señora cuando hace alguna cosa del arte mágica, o cuando se muda en otra forma.

Andria me respondió:

—Mucho deseo, mi Lucio, en todo hacer tu voluntad, pero mi señora siempre se aparta a solas a hacer sus hechizos; mas por tu amor, yo buscaré tiempo y parte en que la puedas ver, con condición que, como te dije al principio, tengas silencio en todo lo que vieres.

En esta manera, hablando y burlando, nos dormimos, y así pasamos la noche, olvidando los enojos del dios de la risa.