IV.
Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama Pánfila cuando se untaba para convertirse en búho, y él, queriéndose untar por experimentar el arte, fue, por yerro de la bujeta del ungüento, convertido en asno.
De esta manera, pasadas algunas noches de placer, un día vino a mí corriendo Andria, medrosa y alterada, y díjome que, viendo su señora cómo con todas las otras artes que hacía no le aprovechaban para sus amores, deliberaba aquella noche tornarse en un ave con plumas, y así volar a su amigo deseado, por ende que yo me aparejase cautamente para ver cosa tan grande y maravillosa. Así que a la prima de la noche tomome de la mano, y con pasos muy sutiles, y sin algún ruido, llevome a la cámara alta, donde la señora estaba, y mostrome una hendidura de la puerta por donde viese lo que hacía. Lo cual Pánfila hizo de esta manera: Primeramente ella se desnudó, y, abierta una arquilla pequeña, sacó muchas bujetas, de las cuales, tirando la tapadera a una, sacó de ella un ungüento, con que se untó desde las puntas de los pies hasta la cabeza, y diciendo entre sí ciertas palabras, comenzose a sacudir todos sus miembros, de los cuales salieron poco a poco plumas; luego le salen las alas y el pico, y las uñas se encorvaron: en fin, que se tornó perfecto búho, y luego empezó a cantar aquel triste canto que ellos cantan, y después se salió volando por la ventana fuera.
Yo, que mirando estaba esto, quedé como hombre loco, y pensaba entre mí si estaba durmiendo o si estaba encantado, y porque tan gran hazaña me espantó mucho.
Tornando en mi seso, viendo lo presente cómo había pasado, rogué a mi Andria que me untase con aquel ungüento para tornarme en búho o en otra cualquier ave.
Ella dijo:
—¿Para qué me pides eso? ¿Quieres que yo misma encienda el fuego en que me queme? Veamos: tú hecho ave, ¿a dónde te iré a buscar, o cuándo te veré?
Yo le respondí:
—Los dioses me guarden de hacer contra ti cosa que te dé enojo. ¿Cómo, y aunque volase y subiese tan alto como el águila, no volvería muchas veces a mi nido? Yo te juro por este trenzado de tus cabellos, con el cual ataste mi corazón, que a persona del mundo no quiero más que a ti: por tanto, no receles de tornarme en ave, porque yo sabré muy bien tornar a ti. Mas te quiero preguntar si después de tornado en ave he de volver a ser Lucio como de antes.
Ella respondió:
—De eso no tengas temor, porque mi señora me enseñó todo lo que es menester para los que toman estas figuras poder tornar a su natural y forma primera; y esto no pienses que me lo mostró por quererme bien, sino porque cuando ella tornase, le pudiese dar medicina con que vuelva a su primera forma. Y mira con cuán poca cosa y cuán liviana se remedia tan gran cosa, con un poco de eneldo y hojas de laurel echado en agua de fuente, y con esto lavarla y darle a beber un poco, luego se convierte en su propia forma.
Estas y otras cosas me decía Andria, por lo cual me daba cada vez más gana de hacerme ave, por probar estos hechizos. Mas Andria decía que yo me perdería y que no sabría volver, y otras muchas cosas me ponía delante. Yo le decía que sí volvería y que no recelase de hacerlo.
Ella, con mucha prisa y temor, se metió en la cámara y sacó una de las bujetas. Así que prestamente yo me desnudé, y con mucha ansia metí la mano en la bujeta y tomé un buen pedazo de aquel ungüento, con el cual refregué todos los miembros de mi cuerpo.
Ya que yo con buen esfuerzo sacudí los brazos, pensando tornarme en ave semejante que Pánfila se había tornado, no me nacieron plumas, ni los cuchillos de las alas, antes los de mi cuerpo se tornaron sedas, y mi piel delgada se tornó cuero duro, y los dedos de las partes extremas de pies y manos, perdido el número, se juntaron y tornaron en sendas uñas, y del fin de mi espinazo salió una grande cola; pues la cara muy grande, el hocico largo, las narices abiertas, los labios colgando, y las orejas alzábanseme con unos ásperos pelos, y en todo este mal veía que también me crecía mi natura. Así que estando considerando tanto mal como tenía, vídeme tornado, no en ave, mas en asno. Y queriéndome quejar de lo que Andria había hecho, ya no podía, porque estaba privado de gesto y voz de hombre; y lo que solamente pude era que, caídos los bezos, los ojos hundidos, mirando un poco de través a ella, callando la acusaba y me quejaba, la cual, como así me vido, abofeteando su cara, y arañándose, lloraba diciendo:
—Mezquina de mí que soy muerta: el miedo y priesa que tenía me hizo errar, y la semejanza de las bujetas me engañó; pero bien está, que fácilmente habremos el remedio para reformarte como antes. Porque solamente mascando unas pocas de rosas te desnudarás de asno y luego te tornarás mi Lucio. Pluguiera a Dios que, como otras veces yo he hecho, esta tarde hubiera aparejado guirnaldas de rosas, porque solamente no estuvieras en esa pena espacio de una noche; pero luego en la mañana te será dado el remedio prestamente.
En esta manera ella lloraba: yo, como quiera que estaba hecho perfecto asno, y por Lucio era bestia; pero todavía retuve el sentido de hombre. Finalmente, yo estaba en gran pensamiento y deliberación, si mataría a coces y bocados aquella maligna y falsa hembra; pero de este pensamiento temerario me aparté, porque si matara a Andria, por ventura también matara y acabara el remedio de mi salud. Así que, bajada mi cabeza y murmurando entre mí, y disimulada esta temporal injuria, obedeciendo a mi dura y adversa fortuna, voyme al establo, donde estaba mi buen caballo que me había traído, donde asimismo hallé otro asno de mi huésped Milón, que estaba con él.
Entonces yo pensaba entre mí si algún natural distinto y conocimiento tuviesen los brutos animales, que aquel mi caballo, revestido de alguna mancilla, me hospedara y diera el mejor lugar del establo; mas él y el otro asno juntaron las cabezas como que hacían conjuración contra mí para destruirme, temiendo que les comiese la cebada; apenas me vieron llegar al pesebre, cuando, abajadas las orejas, con mucha furia me siguen echando pernadas, de manera que me hicieron apartar de la cebada, que yo poco antes les había echado. En esta manera maltratado y desterrado, me aparté en un rincón del establo.