XV.
Es Samos una islilla del mar Icariense, situada frente y al Occidente de Mileto, de la cual la separa un brazo de mar. Con viento favorable se puede hacer el trayecto de una a otra en dos días. El suelo, poco fértil en trigo, rebelde al arado, pero propicio al olivo, no produce ni viñas ni legumbres. El cultivo consiste, únicamente, en plantar y podar olivos, cuyo producto es más beneficioso a la isla que las demás recolecciones. Por lo demás, Samos está pobladísima y es muy frecuentada por los forasteros. La ciudad no responde a la fama de la comarca, y solo las ruinas de los muros indican que fue una gran población.
Hay, sin embargo, en ella un templo a Juno, muy celebrado en la antigüedad. Este templo, si no recuerdo mal, está a veinte estadios de la población siguiendo la ribera. El altar de la diosa es riquísimo y se ha empleado gran cantidad de oro y plata en platos, espejos, copas y otros objetos que sirven de ornamentación. También hay allí muchas estatuas de bronce representando diversas figuras, trabajo antiguo y muy notable. Citaré la de Batilo, que está delante del altar y que fue dedicada por el tirano Polícrates. No conozco trabajo más esmerado. Algunos creen, erróneamente, que es la estatua de Pitágoras.
Representa un adolescente de admirable belleza. Sus cabellos, partidos por mitad de la cabeza y retirados de las sienes, caen por la espalda en largos bucles, formando sobre los hombros una sombra en la que destaca el cuello finísimo y mórbido; las líneas de las sienes son graciosas, las mejillas redondeadas, con un hoyuelo en medio de la barba. Su postura es la de un tocador de cítara; mira a la diosa y parece que canta. Su túnica, cubierta de bordados y sujeta con cinturón griego, cae hasta los pies. Una clámide cubre ambos brazos hasta los puños, y por bajo flota en elegantes pliegues. La cítara está suspendida de un tahalí de perfecto trabajo. Sus manos son finas y delicadas; la izquierda toca las cuerdas separando los dedos, y la derecha aproxima el arco de la cítara como si aguardara para tocar a que la voz interrumpa el canto que parece escaparse de su redondeada boca y de los dulcemente entreabiertos labios.
Admito que esta estatua sea de algún favorito de Polícrates que, por agradarle, modula una canción anacreóntica, pero de seguro no es la imagen de Pitágoras. Este era, en verdad, de Samos, de belleza maravillosa, de talento superior para tocar toda clase de instrumentos de música y vivió en los tiempos en que Polícrates dominaba a Samos; pero el tirano jamás amó al filósofo, porque cuando aquel se apoderó del mando, Pitágoras escapó secretamente de la isla. Acababa de perder a su padre Mnesarco, hábil grabador en piedras, que en el arte de trabajarlas prefería, según se dice, la gloria al provecho.
Hay quien supone que Pitágoras fue uno de los cautivos del rey Cambises, llevado a Egipto, donde tuvo por maestros a los magos persas, y especialmente a Zoroastro, el gran fundador de su religión y que después fue rescatado por un tal Gillo, príncipe de los Crotonenses. Pero la tradición más acreditada consiste en que fue voluntariamente a estudiar las doctrinas egipcias y que los sacerdotes le enseñaron el increíble y misterioso poder de sus ceremonias, la admirable combinación de los números y las fórmulas rigurosas de la geometría. Su ciencia no le satisfizo: visitó a los Caldeos y después a los Brahmanes y sus gimnosofistas. Los Caldeos le revelaron la ciencia de los astros, las revoluciones precisas de los planetas y su influencia en el nacimiento de los hombres. Diéronle los remedios para curar las enfermedades, remedios adquiridos a gran coste, buscados en la tierra, en el cielo y en la profundidad de los mares. De los Brahmanes tomó el mayor número de los principios de la filosofía; el arte de ilustrar la inteligencia; el de fortificar el cuerpo; las diferentes partes del alma; las transformaciones de la vida; las penas y recompensas concedidas por los dioses manes a cada mortal según su mérito.
También tuvo por maestro a Ferécides de Siros, el primero que sacudió el yugo de los versos y empleó un lenguaje libre, sin las trabas de la poesía. Y cuando Ferécides, putrefacto por los horribles insectos que le roían, sucumbió víctima de esta espantosa enfermedad, Pitágoras amortajó religiosamente a su maestro.
Dícese, además, que estudió filosofía natural con Anaximandro, de Mileto, que siguió la escuela del cretense Epiménides, augur y poeta ilustre, y que escuchó las lecciones de Leodamas, discípulo de Creófilo, de quien se asegura que fue huésped y rival de Homero.
Este hombre, instruido por tantos maestros; este hombre, que había recorrido el universo para aprender las doctrinas en su origen; este genio eminente, cuya inteligencia supera los límites impuestos a la humana; este fundador, este creador de la filosofía, lo primero que enseñó a sus discípulos fue el silencio. En su opinión, el primer estudio de quien quería llegar a ser sabio, era el de contener completamente su lengua, refrenar esas palabras que los poetas llaman volantes, cortarles las alas, encerrarlas en esa fortaleza de marfil que forman los dientes. El primer elemento de la filosofía era aprender a reflexionar y olvidar el perorar.
No estaba prohibido el uso de la palabra toda la vida, ni todos los discípulos estaban condenados a mutismo de igual duración. Para los hombres graves reducía el maestro a corto tiempo la obligación del silencio; para los locuaces prolongaba hasta a cinco años esta especie de destierro de la palabra.
Ahora bien: nuestro Platón, que ha sido fiel o se ha desviado muy poco de las leyes de esta secta, pitagoriza casi siempre; y yo, que he sido adoptado en su nombre por mis maestros, debo a mis meditaciones académicas la doble ventaja de saber hablar animosamente cuando es preciso, y callarme sin esfuerzo cuando la ocasión lo exige.
Gracias a esta moderación, he obtenido con tus predecesores la honrosa reputación de hombre que sabe guardar silencio a propósito y hablar cuando es preciso.