XVI.

Quiero, nobles jefes de África, antes de daros gracias por esta estatua que me habéis hecho el honor de pedir para mí cuando estaba entre vosotros y de conceder en mi ausencia, quiero explicaros por qué he faltado muchos días a mi auditorio y he ido a las aguas Persianas[9], sitio de delicioso solaz para los sanos y de salud para los enfermos; porque he resuelto daros cuenta de todos los instantes de esta vida mía que os está consagrada para siempre, y cuanto haga, importante o frívolo, someterlo a vuestro conocimiento y a vuestro juicio.

El motivo que repentinamente me privó de vuestra ilustre presencia, tiene alguna relación con el hecho que voy a referir: se trata de Filemón el cómico[10]. Probablemente conoceréis su genio: escuchad algunos detalles de su muerte. ¡Pero qué! ¿Dudáis de su talento? Pues sabed que Filemón era un poeta de la media comedia, contemporáneo de Menandro, con quien luchó, y si no le iguala, fue al menos su rival, y aun con frecuencia, vergüenza me da decirlo, su vencedor.

Encuéntrase en sus obras fina sátira, intrigas ingeniosas, reconocimientos de hijos clarísimamente explicados: los actos y el lenguaje de sus personajes están de acuerdo con las situaciones, sus chistes nunca son triviales, su gravedad nunca trágica. Rara vez son sus comedias licenciosas, y si habla del amor, es tratándolo como un extravío. Pero nunca deja de sacar a la escena el mercader de esclavos sin fe, el amante en desvarío, el criado astuto, la querida falaz, la esposa arrogante, la madre indulgente, el tío sermoneador, el amigo entremetido, el soldado fanfarrón y hasta los glotones parásitos, los padres testarudos y las procaces meretrices.

Gracias a estos méritos llegó a ser célebre Filemón en el arte cómico. Un día que recitaba en público una obra suya nueva, en el tercer acto de la comedia, en el momento en que todo el interés estaba más vivamente excitado, una lluvia repentina, como me sucedió hace poco, le obligó a interrumpir la lectura y a prometer, por petición de todo el auditorio, acabarla al día siguiente.

Acudió al otro día inmensa multitud; cada cual procura sentarse lo más cerca posible; los últimos en llegar hacían señas a sus amigos de que se estrecharan para dejarles puestos; los espectadores de las extremidades se quejaban de que les empujaban fuera de sus asientos; el auditorio estaba apiñado en el teatro, y empezaron las conversaciones. Los que no estuvieron la víspera preguntaban lo que se había leído; los que asistieron recordaban lo que habían oído, hasta que sabiéndolo todos, esperaban la continuación de la comedia.

El día avanza y Filemón no acude a la cita; algunos murmuran por su tardanza; los más defienden al poeta. Pero después de aguardar largo rato, y viendo que Filemón no llegaba, envían a los más impacientes para que salgan a su encuentro, y le hallan... muerto en su lecho. Acababa de exhalar el último suspiro, y tendido en la cama parecía estar meditando, con los dedos aún entre las hojas y la boca junto al libro abierto. Pero el alma había partido; el libro estaba cerrado y olvidado el auditorio.

Los primeros que entraron permanecieron un instante inmóviles, sorprendidos por un acontecimiento tan imprevisto como lo era una muerte tan maravillosa y bella. Seguidamente fueron a anunciar al pueblo que el poeta Filemón, a quien esperaba para terminar en el teatro la lectura de una comedia escrita sobre asunto imaginario, acababa de terminar en su casa el verdadero drama, diciendo por última vez a las cosas humanas valere et plaudere, y a sus amigos dolere et plangere; que la lluvia de la víspera era presagio de lágrimas; que su comedia había llegado a la antorcha fúnebre antes de llegar a la antorcha nupcial, y que al abandonar este ilustre poeta el teatro de la vida, su auditorio debía asistir a sus exequias, recogiendo primero sus huesos y después sus versos.

Largo tiempo hace que sabía esta historia, y la he recordado en daño mío; porque no habéis olvidado que la lluvia interrumpió mi último discurso, y que a petición vuestra dejé el continuarlo para el día siguiente. A fe mía que me ha faltado poco para asemejar por completo a Filemón; el mismo día sufrí en la palestra tan violenta torcedura en el talón, que estuvo a punto de romperse la articulación de la pierna, aún inflamada por consecuencia de la luxación. Pero mientras la curaba a fuerza de ligaduras y por mi cuerpo corría el sudor a torrentes, la acción de un frío demasiado prolongado me dejó transido, produciéndome dolor agudo en las entrañas, que no se calmó sino en el instante en que su violencia me iba a matar. Expuesto he estado, como Filemón, a despedirme de la vida antes de volver a veros, a hacer mi reverencia al mundo antes de hacerla al público, a terminar mi existencia antes que mi historia. Pero gracias a las aguas Persianas, a su dulce temperatura, a sus duchas saludables, he recobrado la facultad de andar, y aunque todavía mal seguro sobre mis piernas, venía apresurado a pagar la deuda con vosotros contraída, cuando vuestro beneficio, no solo ha puesto al cojo en pie, sino que le ha dado alas.

¿Acaso no debía yo apresurarme tratándose de un honor que me obliga al agradecimiento, mayormente por no haber sido pedido? Y no es porque la gloriosa Cartago no merezca hacerse pagar los honores, aun para un filósofo, con un ruego, sino porque para que vuestro beneficio nada perdiese de su gracia y de su precio, era necesario que no alterara su brillo una demanda; que fuera gratuito.

En efecto, no se obtiene gratis lo que se consigue por ruegos, como no es dar nada ceder a las instancias. Por esto se prefiere comprar todos los utensilios a pedirlos, y en mi opinión este principio es especialmente aplicable en cuestión de honores, porque quien laboriosamente los consigue, no está obligado más que a sí mismo; pero quien, sin importunar, los obtiene, debe doblado reconocimiento a sus bienhechores, porque no pide, recibe. Os debo, pues, doble reconocimiento, o mejor dicho, inmenso, y lo proclamaré siempre y en todas partes.

Por ahora, este discurso, compuesto a propósito de tal honor, será, como de costumbre, pública expresión de mi agradecimiento. El filósofo, en efecto, tiene un medio seguro de dar gracias a los que le decretan una estatua, y poco me apartaré de él en este discurso que reclama la eminente dignidad de Emiliano Estrabón; discurso que tendrá, así lo espero, algún éxito si él quiere añadir hoy su aprobación a la vuestra; pues tal es su superioridad literaria, que debe más fama a su propio genio que a sus títulos de patricio y de cónsul.

¿De qué términos, Emiliano Estrabón, el primero de los mortales que han existido, existen y existirán, el más ilustre de los hombres virtuosos, el más virtuoso de los ilustres y el más sabio de unos y otros; de qué términos me valdré para tributar a la benevolencia con que me honras, solemnes actos de gracia? ¿Cómo celebrar dignamente tan glorioso patrocinio? ¿Cómo reconocer e igualar con humildes palabras tan brillante favor? Busco aún el medio de conseguirlo, pero ¿lo encontraré? Al menos emplearé el mayor celo, los más grandes esfuerzos,

Si gratitud y vida no me faltan.

En este momento, lo confieso, la alegría entorpece mis palabras, el placer suspende mi pensamiento, y mi alma delirante prefiere saborear sus transportes a celebrarlos. ¿Qué hacer? Quiero mostrar mi gratitud, y en mi entusiasmo no encuentro palabras que lo expresen. Nadie, ni aun los que peor me quieran, se atreverá a censurarme porque, ante honor tan grande, quede tan sobrecogido como satisfecho, y que, por venir del más noble y sabio de los hombres, me exalte tan magnífico testimonio.

En efecto, ¿dónde lo he recibido? En medio del Senado de Cartago, cuerpo tan ilustre como benévolo, y de parte de un consular. Ser conocido de este sería ya insigne honor. ¡Y él, sin embargo, es quien se ha constituido en mi panegirista ante los primeros magistrados de la provincia! Porque, lo he sabido, él es quien ha propuesto hace tres días que se me erigiera una estatua en una plaza pública; él ha invocado primero los derechos de nuestra amistad, comenzada honrosamente por una comunidad de estudios con los mismos maestros. Después recordó los votos con que le he felicitado en todas las fases de su grandeza. Su primer beneficio ha sido recordar nuestros votos comunes; el segundo haberse vanagloriado, él, tan eminente, de mi afecto como del que le profesara un igual suyo. Además ha enumerado los pueblos y comarcas que me han dedicado estatuas y concedido otros honores.

¿Qué puedo yo añadir a este panegírico, hecho por un ilustre consular? Hasta ha demostrado que, en virtud del sacerdocio que ejerzo, poseo en Cartago una eminente dignidad, y coronando este elogio con el mayor de todos los beneficios, me ha recomendado, este glorioso preopinante, con todo el poder de su sufragio. En fin, ha prometido hacer elevar mi estatua a sus expensas en Cartago, él, a quien todas las provincias tienen por dicha ofrecerle cuadrigas y tiros de seis caballos.

¿Es necesario algo más para colmarme de gloria y poner el sello a mi reputación? ¿Qué falta acaso? Emiliano Estrabón, un consular que los votos de todos llevaran al proconsulado, ha hecho en el Senado de Cartago una proposición relativa a los honores que quiere se me concedan, y todos han aplaudido su pensamiento. ¿No os parece este asentimiento un senatus consulto? Diré más. Todos los cartagineses presentes en esta ilustre asamblea no han decretado inmediatamente la plaza donde será erigida la estatua, ni han dejado, yo creo, el votar una segunda estatua para la próxima sesión sino por deferencia, por respeto a su consular; querían parecer que le imitaban, no rivalizar con él, deseando que se dedicara un día entero y se consagrara a la expresión de los sentimientos públicos. Estos excelentes magistrados, estos jefes benévolos recordaban, sin embargo, Emiliano, que tu proposición estaba de acuerdo con su propia voluntad. ¿Y fingiré ignorar todo esto? ¿Guardaré silencio? Sería un ingrato. Permitidme que para responder a los brillantes honores de que he sido objeto por parte de todos los de vuestro orden senatorial, ofrezca y dispense todos los homenajes que puedo poner a vuestros pies, a vosotros, que me habéis saludado con vuestras gloriosas aclamaciones en un sitio donde tan honroso es el ser solamente nombrado.

Sí; lo que era difícil, lo que me parecía de todo punto imposible reunir, las simpatías del pueblo y el agrado del Senado, la aprobación de los magistrados y de los jefes del Estado, lo digo sin orgullo, ya en cierto modo he llegado a conseguirlo. ¿Qué falta, pues, a este insigne honor si no es la compra del bronce y el trabajo del artista? Seguramente no dejaré de tener en Cartago, donde la clase más ilustre, aun en los casos en que se ventilan los más grandes intereses, decreta y no calcula, estas dos cosas que he obtenido en las más pequeñas ciudades.

Por lo demás, cuanto más completo sea vuestro favor, más grande será mi gratitud.

Nobles senadores, ciudadanos ilustres, y vosotros, mis gloriosos amigos, cuando llegue la dedicatoria de mi estatua, yo os dedicaré un libro de mi mano en el que mi reconocimiento sea más vivamente expresado, y este libro correrá por todas las provincias, por todo el universo, en todos los siglos venideros, para inmortalizar en todos los pueblos la gloria de vuestro beneficio.