XVII.
Plena libertad para aquellos que tienen por máxima perturbar la tranquilidad de los procónsules; que procuran recomendar su talento por la intemperancia de su lenguaje, y que afectadamente se adornan con el manto de vuestra amistad. Evito cuidadosamente estos dos defectos, pues aunque mi mérito sea mediano, todos tienen conocimiento de él lo bastante para no necesitar nueva recomendación.
Por otra parte, tu favor, Escipión Orfito, y el de los que se te parecen, es más dulce a mi corazón que a mi vanidad. De la amistad de persona tan insigne más bien estoy celoso que enorgullecido, porque no se la debe desear sin conocer su justo valor, y cualquier advenedizo puede erróneamente vanagloriarse con ella.
Además, desde mi infancia ha sido tal mi pasión por las artes liberales, y este amor a las buenas costumbres y al estudio que me ha seguido a vuestra provincia, me había proporcionado en Roma tan gran estimación entre tus amigos, de lo cual tú eres irrecusable testigo, que debéis, cartagineses, recibir mi amistad con tanta afición como tengo yo en buscar la vuestra. Las dificultades con que accedéis a mis raras audiencias prueban vuestro deseo de escucharme asiduamente. Y si no, decidme: el agrado en frecuentar a las gentes, el irritarse por sus inexactitudes, el regocijarse por su constancia, el censurar sus infidelidades, todos estos sentimientos que se experimentan por aquellos cuya ausencia nos es penosa, ¿no son la mayor prueba de amor? Y por otra parte, la palabra condenada a eterno silencio, ¿no es lo mismo el olfato entorpecido por el constipado, que el oído ensordecido por el viento, que los ojos cubiertos con una tela? ¿No equivale a sujetar las manos con esposas, a aprisionar los pies con grillos, el sumir el alma, esta reina del cuerpo, en el sueño, ahogarla en el vino o embotarla con las enfermedades?
De igual suerte que la espada brilla con el uso y se enmohece con el descanso, la voz sujeta a la tortura de largo silencio se entorpece. La falta de actividad engendra en todo la pereza, y la pereza el letargo. Los actores trágicos perdían el brillo de su voz si no declamaban todos los días, y gritando es como se desarrolla la laringe.
Sin embargo, la vocalización humana es un trabajo superfluo, un ejercicio inútil comparado con multitud de otros resultados posteriores. ¿Qué es la voz del hombre si se compara con el brillante sonido del clarín, con la variada armonía de la lira, con el seductor lamento de la flauta, con el murmullo encantador del caramillo o el eco prolongado de la trompeta?
Y no hablo de multitud de animales cuyos acentos naturales, por sus propiedades especiales, nos llenan de admiración: el grave mugido de los toros, el lúgubre aullido de los lobos, el grito doloroso del elefante, el regocijado relincho del caballo, los penetrantes chillidos de los pájaros, los feroces rugidos del león y otras voces de animales, voces terribles o llenas de dulzura, según expresan la rabia cruel o el amoroso celo. En cambio ha dado Dios al hombre una voz menos fuerte, pero más útil a la inteligencia y agradable al oído; no habiendo mejor ocasión de emplearla y servirse de ella que ante una asamblea presidida por tan grande hombre, ante la numerosa reunión de personas tan instruidas y benévolas.
Si tuviera superior habilidad para tocar la lira, no querría lucirla sino ante numeroso auditorio. En la soledad cantaban: en las selvas, Orfeo; Arión entre delfines; porque de dar crédito a las fábulas, Orfeo ocultaba su dolor en el destierro, y Arión se arrojó de lo alto de un buque; aquel domesticaba a las fieras; este encantaba a los monstruos del mar. ¡Desdichados cantores! Sus acordes no los inspiraba el amor a la gloria, sino la necesidad de su salvación. Más y de mejor grado les admiraría si hubieran deleitado a los hombres y no a los animales. La soledad es patrimonio de los pájaros, de los mirlos, de los ruiseñores, de los cisnes; el mirlo silba en los apartados eriales; el ruiseñor alegra los desiertos de África con sus juveniles canciones; el cisne en las orillas de los ríos solitarios medita el canto de la vejez.
Pero quien puede cantar versos útiles a los niños, a los jóvenes y a los ancianos, debe cantar en medio de todos, y por ello mi poesía está dedicada a las virtudes de Orfito; himno tardío acaso, pero serio y tan agradable como útil a los cartagineses de todas las edades, porque todos tienen pruebas de la especial bondad del procónsul; del que atemperando los deseos con saludables restricciones, ha sabido inspirar a los niños la moderación, a los jóvenes la alegría, a los ancianos la seguridad.
Ahora, Escipión, que llego a hablar de tu noble carácter, temo que me detenga o tu generosa modestia o el sentimiento de natural pudor. Pero no puedo pasar en silencio todas las cualidades que con tan justo título admiramos en tu persona; mencionaré algunas de ellas, y vosotros, ciudadanos a quien él ha salvado, reconocedlas conmigo.