XVIII.
Ante tan prodigiosa afluencia de oyentes debo más bien felicitar a Cartago, por poseer en su seno tantos amigos de la ciencia, que justificar a un filósofo que se presenta ante el público. Por lo demás, esta numerosa asamblea corresponde a la grandeza de la ciudad, y el inmenso concurso explica la elección del sitio.
Además, en presencia de tal auditorio no se debe fijar la atención en el mármol del piso ni en las tablas del teatro, ni en la columnata de la escena más que en la elevación del techo, el brillo del artesonado, o la circunferencia de las gradas. Olvidad que aquí mismo y en otras ocasiones un mimo se descoyunta, un cómico charla, un trágico declama, un bailarín de cuerda da sus peligrosos saltos, un escamoteador hace sus juegos, un histrión sus payasadas; olvidad, en fin, que todos los demás farsantes muestran aquí, a los ojos del pueblo, sus diversas habilidades; dejad a un lado todas estas ideas y pensad solo en la gravedad de la asamblea y en el lenguaje del orador.
Por ello, a ejemplo de los poetas que de ordinario suponen aquí mismo diferentes ciudades, y como el trágico que hace decir en el teatro:
Tú que del Citerón a la alta cumbre llegas,
o como el cómico:
Plauto en esta ciudad vuestra
Os pide modesto sitio
Para transportar Atenas
Sin arquitecto y sin ruido,
séame permitido transportaros, no a una ciudad lejana y del otro lado del mar, sino al Senado o a la Biblioteca de Cartago. Suponed, si mi discurso es digno del Senado, que lo oís en el Senado, y si es sabio, que nos encontramos en la Biblioteca.
Quisiera que la fecundidad de mi palabra respondiera a la grandeza de este auditorio y que no me faltara, sobre todo, donde yo deseo emplear mayor elocuencia; pero nada tan cierto que el dicho de que «el cielo no concede al hombre ninguna dicha que no esté mezclada con algunas contrariedades» y el de que en la mayor alegría siempre existe alguna amargura. No hay miel sin hiel. La abundancia conduce al exceso. Conozco más que en ninguna otra ocasión esta verdad, porque cuando más derechos creo tener a vuestros sufragios, mayor es el embarazo que me inspira para hablar el respeto que os profeso.
Yo que con frecuencia he hecho ante extranjeros prueba de una locución fácil, titubeo ante mis conciudadanos. ¡Cosa extraña! Vuestras alabanzas me cortan, vuestros aplausos me intimidan, vuestra benevolencia encadena mi palabra, y, sin embargo, ¿no debería todo esto, al contrario, alentarme?
Nuestros penates son comunes; he vivido entre vosotros desde mi infancia, he estudiado con vuestros maestros; estáis iniciados en mi doctrina; conocéis mi voz; habéis aprobado mis obras; mi patria está en la jurisdicción de África; he pasado con vosotros mi juventud; he escuchado vuestras lecciones, y si completé mis estudios en Atenas, aquí los empecé. Pronto hará seis años que estáis acostumbrados a oírme hablar en las dos lenguas; en cuanto a mis libros, lo que sobre todo les da mérito y precio es la aprobación que vosotros les concedéis. Pues bien, estos mil puntos comunes que os predisponen a escucharme favorablemente, detienen mi palabra.
Seríame mucho más fácil celebrar vuestras alabanzas en cualquier otro sitio que en medio de vosotros, porque entre los suyos a cada cual retiene la modestia; la verdad no es libre sino entre extraños, y por ello siempre y en todas partes os celebro como parientes míos y mis primeros maestros y os pago mi tributo, no a la manera del sofista Protágoras, que fijó su salario y no lo recibió, sino como el sabio Tales, que no lo pidió y lo cobró.
Pero ya veo lo que deseáis saber, y os contaré esta doble historia.
Protágoras, sofista instruidísimo y uno de los primeros y más elocuentes inventores de la retórica, era de la misma edad y de la misma ciudad que el naturalista Demócrito, cuyas doctrinas estudió. Dícese que Protágoras había estipulado con Euathlo, su discípulo, un salario elevadísimo, con la imprudente condición de que no lo pagaría si no ganaba el primer pleito. Euathlo aprendió fácilmente todos los medios de atraerse la benevolencia de los jueces, los ardides de la defensa y los artificios de la parte contraria, tanto mas fácilmente cuanto que su ingenio era fino y astuto.
Satisfecho de saber lo que había deseado, imaginó eludir su promesa; entretuvo a su maestro con prórrogas, y pasó largo tiempo sin querer pleitear ni pagar. Protágoras al fin le cita a juicio; expone en este las condiciones con que se había comprometido a instruírle, y emplea este argumento bicornuto: «O yo ganaré el pleito y deberás pagarme el precio convenido, porque a ello serás condenado, o lo ganas tú y entonces tendrás que pagarme también, conforme a nuestras condiciones, puesto que habrás ganado el primer pleito. De suerte que si ganas estás en el caso previsto en nuestro contrato, y si pierdes, obligado a pagar por la sentencia.» Responde a esto.
Los jueces encontraron el argumento concluyente e invencible; pero Euathlo, digno discípulo de su maestro, lo devolvió de esta manera: «Pues bien, si así es, en ninguno de ambos casos te debo pagar lo que demandas. Si gano, la sentencia me liberta de la deuda, y si pierdo, me libran nuestras condiciones, por virtud de las cuales nada te debo si pierdo mi primer pleito. En cualquiera de ambos casos quedo libre del pago; si pierdo, por la condición de nuestro contrato; si gano, por la sentencia.»
¿No os parece que estos argumentos de ambos sofistas se enmarañan como espinas revueltas por el viento? Por ambas partes los mismos dardos, igual habilidad, idénticas heridas. Dejemos, pues, a los abogados y a los avaros el salario de Protágoras, con sus asperezas y espinas.
¡Cuánto más amo este otro salario que Tales demandaba! Era Tales uno de los siete sabios, y ciertamente el más ilustre de todos. Inventor entre los griegos de la geometría, fue el primero que estudió con exactitud la naturaleza de las cosas, y ayudado de pequeñas líneas, hizo los más grandes descubrimientos; la revolución de los tiempos, el soplo de los vientos, el curso de las estrellas, la retumbante maravilla del trueno, la dirección oblicua de los relámpagos, la vuelta anual del sol, las diversas fases de la luna, que nace y crece, envejece y se altera, tropieza con un obstáculo y desaparece. Ya en edad avanzada dio la verdadera explicación del sistema solar; explicación que aprendí y comprobé por medio de la experiencia. Él es quien ha medido el círculo que el sol, con su inmensa vuelta, describe sobre sí mismo.
Se cuenta que acababa de hacer Tales un descubrimiento, y lo enseñó a Mandraito de Priene. Maravillado este por un sistema tan nuevo e inesperado, dejó a elección de Tales la recompensa que había de darle por tan preciosa comunicación. «Estaré recompensado, contestó el sabio, si cuando demuestres a alguno lo que te acabo de enseñar, no te atribuyes el descubrimiento, ni a ningún otro, sino a mí.» ¡Respuesta admirable y digna de este grande hombre! ¡Salario inmortal! Porque hoy y siempre le estaremos pagando cuantos hemos reconocido la verdad de sus observaciones astronómicas.
Tal es el salario que os pago, cartagineses, en todas partes donde voy, por la enseñanza que me habéis dado durante mi infancia. En todas me vanaglorio de ser vuestro discípulo y os tributo todo género de elogios. Vuestras doctrinas son las que cultivo con mayor cuidado; vuestro poder el que celebro como más elevado; vuestras divinidades las que honro con más devoción.
No creo encontrar un exordio más agradable a vuestros oídos que la invocación del nombre de Esculapio, de ese dios que protege con visible predilección la ciudadela de vuestra Cartago. Os recitaré un himno que, en honor de este dios, he compuesto en latín y griego, porque no soy para él adorador desconocido, ni iniciado novel, ni pontífice ingrato, pues en prosa y verso he celebrado su divinidad hasta el punto de cantarle en dos lenguas; y a este himno he añadido un diálogo-prólogo en griego y en latín.
En este diálogo hablarán Sabidio Severo y Julio Persio: dos ilustres amigos que igualmente queréis por sus servicios, por su elocuencia y por su patriotismo, y de quienes no se sabe decir si se distinguen más por su moderación tranquila, por la actividad de su celo o por el brillo de sus honores. Unidos por estrecha amistad, solo luchan y rivalizan entre sí en un punto: su amor por Cartago; en esto agotan ambos toda su energía y de ambos es la victoria.
Persuadido estoy de que la lectura de este diálogo no os será menos agradable que a mí placentero el haberlo compuesto, y que con él os hago un piadoso homenaje. Al principio del libro introduzco uno de los que conmigo estudiaban en Atenas, el cual pide en griego a Persio que le cuente las palabras que yo he pronunciado la víspera en el templo de Esculapio. Viene en seguida Severiano, que desempeña el papel de interlocutor latino, pues aunque Persio pueda hablar muy bien la lengua latina, conviene a nuestro propósito valernos en esta ocasión del vocabulario de Atenas.