XIX.

Asclepiades, uno de los médicos más ilustres, exceptuando a Hipócrates, el más ilustre de todos, es el primero que ha empleado el vino para mejorar a los enfermos; pero, entiéndase bien, lo empleaba oportunamente. Para ello, la observación le servía de regla infalible, pues estudiaba con extraordinaria atención los movimientos irregulares o satisfactorios del pulso.

Un día, al volver a la ciudad de su campaña por el barrio, vio una inmensa pira puesta en una plaza, y alrededor de ella, de pie, en traje de luto, sumida en la mayor tristeza y con señales exteriores del más profundo duelo, una inmensa multitud que había acudido para asistir a los funerales.

Por un impulso de natural curiosidad, se acercó para saber quién era el difunto, porque nadie había contestado a sus preguntas, y acaso porque esperaba hacer algunas observaciones útiles a la ciencia. Lo cierto es que aquel hombre, tendido y casi inhumado, le debió la vida.

Asclepiades miraba a aquel desdichado, cuyos miembros estaban ya cubiertos de aromas, el rostro impregnado de esencias por mano de los embalsamadores y preparada la comida fúnebre; notó con atención ciertos signos, y tentando el cuerpo repetidas veces, comprendió que quedaba en él un resto de vida.

«Este hombre vive, exclamó, alejad esas antorchas, apagad ese fuego, destruid esa pira, llevad esa comida a la sala del festín.»

Óyese en seguida un rumor; decían unos que era preciso creer a los médicos; otros se burlaban de la medicina. Finalmente, a despecho hasta de los parientes, que no prestaban fe a sus palabras o que ya saludaban la herencia, consiguió Asclepiades, no sin gran trabajo, una breve dilación para las exequias del supuesto difunto; llevole a su casa en virtud de un derecho de postliminio de nueva especie; y arrancando a este desdichado de las manos de los sepultureros, como del infierno, le devolvió el aliento, y a poco la vida, escondida en los más secretos repliegues del cuerpo, fue reanimada, gracias a ciertos remedios.