XX.
He aquí una frase célebre de un sabio, relativa a los placeres de la mesa:
«La primera copa es para la sed, la segunda para la alegría, la tercera para la voluptuosidad, la cuarta para la demencia.»
La copa de las Musas, al contrario, cuanto más llena de licor sin mezcla, es más propicia a la salud del alma. La primera copa, la de los elementos, disipa la ignorancia; la segunda, la de la gramática, enseña las reglas; la tercera, la de la retórica, proporciona el arma de la elocuencia. Los más se detienen aquí.
Por mi parte, estando en Atenas, he bebido además otras copas; he gastado la poesía y sus especias, la geometría y su agua clara, la música y sus dulzores, la dialéctica y su picante aspereza, en fin, la filosofía general y su delicioso néctar. Juzgad si no.
Empédocles compone versos; Platón, diálogos; Sócrates, himnos; Epicarmo, refranes; Jenofonte, historias; Jenócrates, sátiras. Vuestro Apuleyo abarca todos estos géneros; con celo igual cultiva las nueve Musas, con mejor voluntad, sin duda, que talento. Por esto acaso merece más elogios, porque en todas las cosas bellas, el mérito está en los esfuerzos y el resultado es cosa eventual.
Lo mismo sucede con el crimen; la intención, no seguida del efecto, es penada por la ley, porque si la mano queda pura, el alma está manchada. Por tanto, si la intención de obrar mal basta para ser castigado, también basta para la gloria intentar cosas laudables. ¿Y cómo conquistar los elogios más brillantes y más seguros, sino celebrando a Cartago, ciudad donde todos los ciudadanos se distinguen por su instrucción, donde se ven todos los géneros de conocimientos estudiados por los niños, practicados por los jóvenes, enseñados por los ancianos? ¡Cartago, venerable institutriz de nuestra provincia; Cartago, musa celeste del África; Cartago, inspiración de la toga!