XXI.

A veces, aun durante una precipitación necesaria, ocurren honrosos impedimentos que obligan a aplaudir una suspensión de voluntad. Supongamos a algunos hombres apremiados para hacer un viaje; prefieren montar a caballo a sentarse en un carro, a causa del embarazo del equipaje, de la pesadez de los carruajes, de las ruedas embarradas, de los carriles con baches, sin contar los montones de piedras, las cepas de árboles, los campos encharcados, las colinas en talud.

Queriendo evitar todos estos motivos de tardanza, han escogido para montar caballos tan sólidos como vigorosos, tan fuertes como rápidos,

Que de un escape salvan los campos y colinas,

como dice Lucilio. Pero mientras sobre sus fogosos corceles vuelan, por el camino ven un hombre eminente por su dignidad y su nobleza; un hombre muy considerado, muy conocido, y entonces, sea la que quiera su impaciencia, suspenden, en honor suyo, la carrera, detienen los pasos, refrenan los caballos y echan pie a tierra; la varilla que les sirve para excitar el corcel, la pasan a la mano izquierda, y con la derecha, ya libre, le acogen y saludan. Mientras el personaje les pregunta, le acompañan conversando, y cualquiera que sea el retraso lo sacrifican de buen grado al cumplimiento de un deber.