XXII.
A Crates, discípulo de Diógenes, lo honraban sus contemporáneos en Atenas como a un genio doméstico. Ninguna casa le fue jamás cerrada, ningún padre de familia tuvo secreto tan oculto que no lo supiera inmediatamente Crates, porque era el árbitro y mediador de todas las cuestiones y de todos los disgustos entre parientes. Lo que los poetas cuentan de que Hércules sometió, venció con su valor tantos monstruos terribles, hombres y fieras, y que purgó de ellos al mundo, puede decirse de la cólera, de la envidia, de la avaricia, de la lujuria de todos los monstruos y de todas la plagas del alma humana, para las cuales fue un Hércules este filósofo. Las arrancó de todas las almas, purgó de ellas a todas las familias y domó la perversidad. Como Hércules, iba medio desnudo y llevaba una maza.
Había nacido en Tebas, donde, según la tradición, nació Hércules. Antes de llegar a ser Crates, era uno de los principales tebanos; se citaban la nobleza de su origen, el número de sus servidores, el esplendor del vestíbulo de su casa; él mismo iba bien vestido y con dinero.
Pero más tarde reconoció que en toda esta fortuna no había nada sólido, ninguna regla de conducta; vio que todo es efímero y frívolo, que cuantas riquezas hay bajo los cielos no sirven para hacer la felicidad.
Un barco, decía, es bueno hábilmente construido, bien acondicionado y elegantemente decorado por dentro, provisto por fuera de un timón móvil, de un mástil elevado, de brillantes velas, en una palabra, de cuanto es necesario al equipo, de cuanto puede agradar a la vista. Pero si este barco no tiene piloto que le dirija, o la tempestad es su piloto, pronto se sepultará con su magnífico equipaje en las profundidades del mar, o se estrellará contra las rocas.
Por muchos que sean los médicos que visiten a un enfermo, ninguno de ellos, porque vea la casa adornada de soberbias galerías y de dorados techos, porque un rebaño de esclavos y de adolescentes de rara belleza estén de pie alrededor del lecho, dice al enfermo que tenga buen ánimo, sino se sienta junto al lecho, le toma la mano, le tienta, observa los movimientos del pulso y sus intervalos, y si encuentra en ellos alguna alteración o perturbación, anuncia al paciente que su mal es peligroso. A este Creso le prohíbe tomar alimento. En aquella casa tan opulenta, no hay en todo el día un mendrugo de pan para él, mientras sus servidores gozan en alegres festines. En esto, su condición y nada son la misma cosa.