XXIII.
Vosotros, los que habéis querido que hablase abundantemente, aceptad este ensayo. Más tarde lo acabaré. No creo correr ningún riesgo atreviéndome a improvisar delante de vosotros, puesto que ya habéis aplaudido mis discursos preparados; ni temo desagradar en las cosas frívolas, habiéndoos satisfecho en las más graves. Preciso es que me conozcáis bajo todos los aspectos. Por este boceto informe, como dice Lucilio, podréis juzgar si soy el mismo en mis improvisaciones que en mis asuntos meditados, si algunos de vosotros desconocen esta facultad mía de hablar de improviso.
Espero que vuestros oídos no sean más severos que mi pluma; en cambio seréis con la obra más indulgentes que su mismo autor. Esto es, por lo demás, costumbre de hombres de gusto, que muestran tanta severidad y desconfianza con las obras larga y detenidamente elaboradas, como benevolencia con las espontáneas. Jueces rigurosos, críticos severos, sin restricción para las obras escritas, deseáis conocer las improvisaciones para no juzgarlas. Esto es justo. Nuestros escritos quedan como están después que hemos terminado su lectura; pero en lo que decimos de repente, en lo cual en cierto modo sois partícipes, el único mérito es la acogida que le hagáis. Cuanto mayor desenfado haya hoy en mi estilo, tanto más me elevaré a vuestros ojos. Pero ya veo que me escucháis con gusto. Mi suerte está en vuestras manos, a vosotros toca desplegar y hacer que floten nuestras velas, a vosotros impedir que lánguidamente cuelguen o que permanezcan crispadas en las vergas. Por mi parte, aplicaré la frase de Aristipo, el jefe de la escuela cirenaica, o dándole el nombre que él prefiere, el discípulo de Sócrates.
Preguntándole un tirano para qué le había servido el largo y penoso estudio de la filosofía, Aristipo respondió: «Para poder hablar a todos los hombres sin temor ni embarazo.»
En este asunto, improvisada la expresión, será espontánea como muralla construida a escape, donde es preciso colocar las piedras al azar y sin simetría, sin apoyarlas en sólida base, sin alinearlas en planos regulares, sin medirlas conforme a las leyes geométricas.
Construcción de palabras, las piedras que para ello traeré de mi montaña no están labradas en ángulos rectos, perfectamente iguales en todas sus caras y pulidas en las proporciones más exactas. Acopiaré los materiales para la obra y emplearé indiferentemente las piedras desiguales y esquinadas como las pulimentadas y brillantes. Unas serán angulosas, de aristas vivas; otras redondas o de bordes desgastados, sin alineación ni regularidad de escuadra ni rectitud de nivel. La celeridad y la corrección en una misma cosa, son imposibles, y nada hay que a la vez reúna el mérito de la prontitud y la belleza de la perfección.
He cedido al deseo de algunas personas que absolutamente deseaban fuese improvisado mi discurso; pero temo me suceda lo que aconteció, según Esopo, al cuervo de la fábula, esto es, que buscando nueva gloria, pierda algo del mérito que antes me concedíais.
Veo que tenéis curiosidad de conocer este apólogo, y no me molesta recitároslo.
El cuervo y el zorro vieron al mismo tiempo una presa, y con igual ardor se lanzaron a cogerla; pero no con igual prontitud, porque el zorro corría y el cuervo volaba, de modo que el ave adelantó muy pronto a su rival. Desplegadas las alas atravesó el aire con rápido vuelo, cayó sobre la presa, se apoderó de ella, y orgulloso de la victoria, emprendió de nuevo el vuelo y fue a posarse seguro sobre la cima de una próxima encina. Entonces el zorro, no pudiendo valerse de sus patas, apeló a la astucia, y parándose debajo del cuervo, vanidoso de su conquista, empezó a alabarle hipócritamente, diciendo:
«¡Cuán loco era yo en pretender rivalizar con el ave de Apolo! ¿Viose nunca cuerpo más gracioso? Ni pequeño ni grande, todo es en él útil y agradable; plumaje lustroso, cabeza elegante, pico sólido. ¡Qué miradas tan penetrantes! ¡Qué uñas tan vigorosas! ¿Y qué decir del color? Solo hay dos colores primordiales, el negro y el blanco, que son entre sí el día y la noche. Ambos los dio Apolo a sus aves queridas, el blanco al cisne y el negro al cuervo. Pero al conceder el canto a aquel, ¿por qué no dio voz a este? Tan hermosa ave, el fénix de los huéspedes de la selva, el favorito del armonioso Apolo, ¿verase obligado a vivir mudo y silencioso?»
Al oír estas palabras el cuervo, queriendo demostrar que no carecía de esta cualidad, quiso dar enorme graznido por probar que en nada cedía al cisne, y olvidando la presa que tenía cogida, abrió el ancho pico, y perdió con el canto lo que había ganado con el vuelo, ganando el zorro con la astucia lo que había perdido en la carrera.
Resumamos esta fábula en pocas palabras, si es posible.
El cuervo, para mostrar su bella voz, único mérito que le faltaba, al decir del engañoso zorro, se puso a graznar, y la presa que tenía fue el premio del adulador.