IV

#Cómo alentaba a la virtud el señor duque de Requena.#

A ver, a ver, explica eso.

—Señor duque, el negocio es clarísimo. Hoy he hablado con Regnault. La mina puede producir, cambiando los hornos, construyendo algunas vías y estableciendo maquinaria a propósito, una mitad más de lo que actualmente rinde. Puede llegar a producir sesenta mil frascos de azogue. El dinero necesario para lograr esto no pasa de ciento a ciento cincuenta mil duros.

—Me parece mucho.

—¿Mucho, para un resultado como ese?

—No; me parecen muchos frascos.

—Pues a mí no me cabe duda de que es verdad lo que dice Regnault. Es un ingeniero inteligente y práctico. Seis años ha estado explotando las de California. Además, el ingeniero inglés que ha ido con él asegura lo mismo.

Los que así hablaban eran el duque de Requena y su secretario, primer dependiente o como quiera llamarse, pues en la casa no había apelativo designado para él. Llamábasele simplemente Llera. Era un mozo asturiano, alto, huesudo, de rostro pálido y anguloso, brazos y piernas larguísimos, grandes manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y con unos ojos grandes de mirar franco y sincero donde brillaba la voluntad y la inteligencia. Era un trabajador infatigable, asombroso. No se sabía a qué horas comía ni dormía. Cuando llegaba a las ocho de la mañana al escritorio, ya traía hecha la tarea de cualquier hombre en todo el día. A las doce de la noche aún se le podía ver muchas veces con la pluma en la mano en su despacho. Con ese don especial para conocer a los hombres, que poseen todos los que han de lograr éxito feliz en el mundo, Salabert penetró, al poco tiempo de tenerle por ínfimo escribiente, el carácter y la inteligencia de Llera. Y sin darle gran consideración en apariencia, porque esto no entraba jamás en su proceder, se la dió de hecho acumulando sobre él los trabajos de más importancia. En poco tiempo llegó a ser el hombre de confianza del célebre especulador, el alma de la casa. Su laboriosidad humillaba a todos los demás empleados y de ella se servía Salabert para cargarlos de trabajo en horas excepcionales. Llera, a un mismo tiempo, era su secretario, su mayordomo general, el primer oficial de su oficina, el inspector de las obras que tenía en construcción y el agente de casi todos sus negocios. Por llevar a cabo este trabajo inconcebible, superior a las fuerzas de cuatro hombres medianamente laboriosos, le daba seis mil pesetas al año. El dependiente se creía bien retribuido, considerábase feliz pensando que hacía seis años nada más, ganaba mil quinientas. Todos los días, antes de dar su paseo matinal y emprender sus visitas de negocios, daba el duque una vuelta por el despacho de Llera, se enteraba de los asuntos y conversaba con él un rato largo o corto según las circunstancias.

El duque tenía las oficinas en los altos de su palacio del paseo de Luchana, soberbio edificio levantado en medio de un jardín que, por lo amplio, merecía el nombre de parque. En el verano, los árboles, tupidos de follaje, apenas dejaban ver la blanca crestería de la azotea. En el invierno, las muchas coníferas y arbustos de hoja permanente que allí crecían, le daban todavía aspecto muy grato. Era el centro de reunión de todos los pájaros del distrito del Hospicio. Tenía acceso por una gran escalinata de mármol. Además del piso bajo donde se hallaban los salones de recibir y el comedor poseía otros dos. Parte del último era lo que ocupaban las oficinas, que no eran muy considerables. A Salabert le bastaba para la dirección de sus negocios con una docena de empleados expertos. El lujo desplegado en la casa era sorprendente: el mobiliario valía no pocos millones. Chocaba con la avaricia, que todo el mundo atribuía a su dueño. Esta y otras contradicciones parecidas se irán resolviendo según vayamos penetrando en su carácter, uno de los más curiosos y más dignos de fijar la atención del lector. Las cocinas estaban en los sótanos, que eran espaciosos y bien dispuestos. El comedor, que ocupaba la parte trasera del piso bajo, tenía por complemento un invernadero de excepcionales dimensiones, donde crecían gran número de arbustos y flores exóticas y donde el agua que manaba profusamente formaba estanquecillos y cascadas muy gratos de ver; todo imitando, en lo posible, a la naturaleza. Las cuadras estaban en edificio aparte al extremo del jardín, lo mismo que la habitación de algunos criados, no todos.

El duque, repantigado en el único sillón que había en el despacho de Llera, mientras éste se mantenía frente a él de pie dando vueltas en la mano a unas grandes tijeras de cortar papel, paseó tres o cuatro veces de un ángulo a otro de la boca el negro y mojado cigarro, sin contestar a las últimas palabras de su secretario. Al fin gruñó más que dijo:

—¡Hum! El ministro está cada día más terco.

—¡Qué importa! ¿No sabe usted el secreto de hacerle ceder?… Telegrafíe usted a Liverpool y antes de quince días el frasco de azogue baja desde sesenta a cuarenta duros.

El duque de Requena había formado por iniciativa y consejo de Llera, hacía cuatro años, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este producto había subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con un depósito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al Gobierno. Esto, realizado en la época misma del pago del empréstito de cien millones de pesetas que el Gobierno había hecho hacía diez años a una casa extranjera, le empujaría a pensar en la venta de la mina de Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos millones, subvencionando periódicos y personajes, podía darse por seguro el éxito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, venía desenvolviéndose con regularidad y tocaba a su término.

—Allá veremos—manifestó el opulento banquero quedándose unos instantes pensativo—. Cuando salga a subasta—dijo al cabo—, será necesario formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso.

—¡Claro que se formará!

—El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio más de ocho millones de pesetas.

—Eso ya es otra cosa—manifestó Llera poniéndose serio—. Apoderarse de un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La gerencia irá a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto por ciento mayor o menor…. ¡es decir, a nada!

—Verdad, verdad—masculló Salabert quedándose otra vez profundamente pensativo. Llera también permaneció silencioso y meditabundo.

—Ya le he indicado a usted el único medio que hay para conseguir la dirección….

Este medio consistía en tomar una cantidad bastante crecida de acciones en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las que se pudiesen; luego comenzar a venderlas más baratas, hasta llegar a producir el pánico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo durante algún tiempo éste era el medio que proponía Llera para conseguir la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad más una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo veía tan claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz, minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los negocios, aunque otra cosa pensasen los que le veían acometer empresas de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudiéramos llamar idea madre de un negocio, casi nunca nacía en su cerebro; le venía de afuera. Pero en él germinaba y se desarrollaba quizá como en ningún otro de España. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor, penetraba hasta las últimas fibras, lo contemplaba en sus múltiples aspectos, y una vez convencido de que le reportaría ventajas, se lanzaba sobre él con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus dotes de especulador había producido el engaño del públíco. Estaba bien convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier vacilación resultaba perjudicial. Tal audacia no procedía, pues, directamente de su temperamento, sino de la reflexión. Era una muestra de su astucia incomparable.

Por lo demás, su fondo era tímido. Este defecto, en vez de corregirse con la felicidad casi nunca interrumpida de sus éxitos, se aumentaba cada día. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez más avaro. Además, con los años, el pesimismo va penetrando en el espíritu del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones, nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no percibía pingües ganancias. Si por acaso no obtenía ninguna o había leve pérdida, creía el caso digno de ser lamentado largamente. Así que, sin el concurso de Llera, sin su carácter osado y su imaginación fecunda en invenciones, el duque de Requena haría ya tiempo que no se aventuraría en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que había perdido de inventiva y audacia habíalo reemplazado por un tacto y habilidad verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que sólo la edad y una atención constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que Llera y él se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este conocimiento del corazón humano llegaban en Salabert a pecar de excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los hombres, mirándoles siempre del lado de los intereses materiales, había llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y le expuso a serios percances. Quizá lo que veía en los otros no era más que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos. Para él no había hombre ni mujer incorruptibles. Un poco más caras o un poco más baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los últimos años el soborno llegó a ser en él una manía. Si tropezaba con personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacían de buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofrecía. Era una de las tareas más pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los proyectos de soborno cuando recaían en hombres que sin duda habían de rechazarlos con indignación. Si tenía un pleito, lo primero que pensaba era cuánto dinero iban a costarle los magistrados que habían de fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba in mente la cantidad que debía destinar al ministro o al subsecretario o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lápiz negro que tenía siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones.

El duque de Requena ni tenía sentido moral ni nunca lo había conocido. Su vida de granuja anónimo en Valencia, estaba señalada por una serie de travesuras y mañas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas para sacar al prójimo su dinero, que lo hicieron digno émulo del Lazarillo de Tormes, El pícaro Guzmán de Alfarache y otros héroes famosos de la novela española. Por cierto que antes de ir adelante conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo había puesto a Salabert el sobrenombre de El pícaro Guzmán con que le conocían. Pero este apodo no salió del círculo de amigos. Mejor éxito tuvo una frase del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del duque. Decía que a estas iniciales A.S. debía ponérseles signo de admiración para que dijeran: ¡A Ese!

Contábase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde había ido a buscar fortuna, compró un tabernucho en los arrabales de la Habana, con todo su mobiliario, incluyendo en él una negra destinada a su servicio. Esta negra, durante los años que tuvo aquel comercio, fué su criada, su ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a España, liquidó sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la negra…. ¡y los hijos!

Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la subasta de carreteras, cediéndolas unas veces con primas, otras construyéndolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los empréstitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos desplegó nuestro negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "órgano de la adquisividad" tan poderoso, que con razón le hicieron célebre entre los personajes de la banca.

No era antipático su trato. Al revés de casi todos los que aspiran a las riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las palabras. Era más bien brusco que cortés; pero sabía admirablemente distinguir de personas y se suavizaba cuando hacía falta. Esta misma tosquedad nativa servíale para disfrazar lo astuto y sutil de su pensamiento. Parecía que aquel exterior burdo, rústico, aquellos modales exageradamente libres y campechanos no podían menos de guardar un corazón franco y leal. Era (por fuera nada más) el tipo acabado del castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o mucho según le convenía, se expresaba con dificultad real o fingida (que esto nunca llegó a averiguarse), tenía de vez en cuando salidas chistosas, aunque siempre tocadas de grosería, y solía decir en la cara algunas cosas desagradables que le hacían temible en los salones. La preponderancia adquirida por sus riquezas había hecho crecer este último defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, solía hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergüenza; signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando tropezaba con un personaje político de los que a él le convenía tener propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se transformaba en adulación y casi casi en servilismo. Mas esta farsa, aunque admirablemente desempeñada, no engañaba a nadie. El duque de Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro creía ya alguno en sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachón. Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo confianza y alegría. Como sucede a todos los que han conseguido elevarse, los defectos que universalmente se le reconocían, mejor dicho, la mala fama que tenía, no era obstáculo para que se le respetase, para que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de él. Los hombres muchas veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conocía esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y abusaba de ella. Muchos que vivían con independencia, no sólo le toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algún amigo de la infancia, sino que apetecían y buscaban su trato.

—Veremos, veremos—repitió de nuevo cuando Llera le recordó el medio de apoderarse de la gerencia—. Tú eres muy fantástico; tienes la cabeza demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aquí lo que con las alhóndigas.

Por consejo de Llera, el negociante había construído alhóndigas en algunas capitales de España, las cuales no habían tenido el éxito que esperaban. Como después de todo el negocio no era de gran entidad, las pérdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las había llorado como si lo fuesen y no había escaseado a su secretario frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto. Servíale de arma para despreciar sus planes, aunque después los utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su hacienda. Teníale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto a cualquier trabajo por enojoso que fuera.

Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insistió en afirmar que el negocio de ahora era de éxito infalible si se le conducía por los caminos que él señalaba. Salabert cortó bruscamente la discusión pasando a otros asuntos. Informóse rápidamente de los del día. La pérdida de una fianza que había hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de sí, bufó y pateó como un toro cuando le clavan las banderillas, se llamó animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera, que su bondadoso corazón concluiría por arruinarle. La pérdida, en total, representaba unas veintidós mil pesetas. Las fianzas que el duque hacía por sus más íntimos amigos o parientes eran del tenor siguiente: Las hacía generalmente en papel, exigía al afianzado un seis por ciento del capital depositado, y se encargaba además de cortar y cobrar los cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos los tenedores de valores del Estado, le producía un seis por ciento más. Así eran los negocios que el duque hacía, no tanto por interés como por impulso irresistible de su corazón.

Salió furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y aprendiendo allí que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de cuenta corriente, él mismo recogió el talón después de firmarlo. Debía pasar por allá a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningún trabajo le costaba hacerlo efectivo. Salió a pie como era su costumbre por las mañanas. En las hermosas coníferas que bordaban los caminos del jardín-parque cantaban alegremente los pájaros. Se comprendía que no habían puesto fianza alguna y la habían perdido. El señor duque maldita la gana que tenía de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Pasó de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los jardineros y del portero, mordiendo con más ensañamiento que nunca su enorme cigarro. En la calle no tardó en colorearse un poco su rostro. Tuvo un encuentro agradable y útil. El presidente del Consejo de Estado, a quien le gustaba también madrugar, le saludó en el paseo de Recoletos. Hablaron algunos momentos y los aprovechó para recomendarle, con la brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas marismas en que estaba interesado. Después, a paso lento, mirando con sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, deteniéndolos particularmente en las frescas domésticas que regresaban a sus casas con la cesta de la compra llena y las mejillas más coloradas por el esfuerzo, se dirigió al Banco de España. Era mucha la gente que le quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenía un instante, daba un apretón de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro palabras en tono familiar y desenfadado, seguía su camino.

Era temprano aún. Antes de llegar al Banco se le ocurrió subir a casa de su amigo y compariente Calderón. Tenía éste su almacén y su escritorio en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo había dejado, esto es, pobrísimo de apariencia y hasta lóbrego y sucio. En aquel local, donde la luz se filtraba con trabajo al través de unos cristales polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor de las pieles curtidas llegaba a producir náuseas, el viejo Calderón había ido amontonando con mecánica regularidad duro sobre duro, onza sobre onza, hasta formar algunas pilas de millón. Su hijo Julián nada había cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros más ricos de Madrid, no había querido prescindir del almacén de pieles, y eso que este comercio, comparado con el de letras y efectos públicos que la casa llevaba a cabo, poco le representaba. Calderón era un tipo de banquero distinto de Salabert. Tenía un temperamento esencialmente conservador, medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la ganancia pequeña a la grande cuando ésta se logra con riesgo. De inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda empresa nueva le parecía una locura. Cuando veía fracasar a un compañero en alguna, sonreía maliciosamente y se daba a sí mismo el parabién por el gran talento de que estaba dotado. Si rendía ganancias, sacudía la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir será el reir". Económico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su casa. Si la tenía puesta con relativo lujo había sido a fuerza de súplicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque había llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio exteriormente si había de competir con los muchos e inteligentes banqueros establecidos en la corte. Los tiempos habían cambiado mucho desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la plaza. Pero después de comprados cuidaba con tal esmero de la conservación de los muebles, exigía tal refinamiento de vigilancia a los criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada vez que el cochero le decía que un caballo estaba desherrado, era un disgusto. Tenía un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las mimaba tanto o más que a sus hijos. Sacábalas a paseo por las tardes; pero no le conducían al teatro por miedo a una pulmonía. Prefería que su mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la pérdida de una de ellas. No hay que decir, si alguna se ponía enferma, lo que pasaba por nuestro banquero. La preocupación, el abatimiento se pintaban en su semblante. Visitábala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no había buen humor en la casa.

Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razón. La apatía de su mujer era tan grande, que si él no se encargase de tomar la cuenta a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe cómo andaría la casa. Mariana no disponía ni ejecutaba nada. Su papel era el de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera se creería humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para los menesteres más insignificantes de la vida doméstica. Ella juzgábalo natural, y sobre todo muy cómodo cuando la sórdida economía de Calderón no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra esta exclusiva centralización de las atribuciones administrativas era su madre, aquella señora delgadísima, de ojos hundidos, de quien hicimos mención en el primer capítulo. Tales protestas no eran, sin embargo, frecuentes ni duraderas. En el fondo había un acuerdo perfecto entre la suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a quien había ayudado a labrar su capital, era más amante aún del orden y la economía, mejor dicho, era todavía más tacaña que él. Por esto no había podido vivir jamás con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Calderón, su papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual desempeñaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella. Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento, la guardaba más consideraciones que a ésta.

Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calderón y casi tan tímido, pero mucho más inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena dosis de fanfarronería: su avaricia por un conocimiento profundo de los hombres. Sabía bien que el aparato, la ostentación de las riquezas, influye notablemente hasta en el ánimo de los más despreocupados; contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer empresas importantes. De aquí el lujo con que vivía, su palacio, sus trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad madrileña. El carácter de Calderón le inspiraba un desprecio profundo: al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequeñez de su amigo se crecía, contemplábase más grande de lo que en realidad era y experimentaba viva satisfacción. No se juzgaba solamente más hábil, más astuto (únicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y liberal, casi un pródigo.

Penetró resoplando en el tenebroso almacén de la calle de San Felipe Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los dependientes, para los cuales el duque de Requena no era sólo el primer hombre de España, sino un ser sobrenatural. Producíales su vista la misma impresión de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoración que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundían su frente en el polvo como aquéllos, por lo menos se ponían colorados hasta las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el papel ni prestaban atención a lo que el parroquiano les decía. Mirábanse con señales de pavor y decíanse en voz baja lo que de sobra sabían todos: "¡El duque!" "¡El duque!" "¡El duque!"

El duque pasó, como solía cuando por casualidad iba por allí, sin dignarse arrojarles una mirada, y se fué derecho al pequeño departamento donde Calderón solía estar. Mucho antes de llegar a él comenzó a decir en voz alta:

-¡Caramba, Julián! ¿cuándo saldrás de esta cueva? Esto no es una casa de banca; es una cuadra. No tiene vergüenza el que viene a visitarte. ¡Puf! ¿Pero desolláis aquí también las reses, o qué? Hay un hedor insufrible.

Calderón ocupaba, al final del almacén, un rincón separado del resto por un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar, pues, todas las palabras de su amigo antes que éste empujase la mampara.

—¡Qué quieres, hombre!—dijo algo amoscado por haberse enterado los dependientes de la filípica—; no todos somos duques ni se nos enredan los millones en los pies.

—¡Qué millones! ¿Se necesitan millones para tener un despacho limpio y confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julián; eres un pobre y toda la vida lo serás. Yo con mil reales seré más rico siempre que tú con mil duros; porque sé gastarlos.

Calderón gruñó algunas protestas y siguió trabajando. El duque, sin quitarse el sombrero, dejóse caer en la única butaca que allí había forrada de badana blanca, o que debió de ser blanca. Ahora presentaba un color indefinible entre amarillo de ámbar, ceniza y verde botella, con fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos. Había además tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en idéntico estado, una estantería de pino llena de legajos, una caja pequeña de valores, una mesa de escribir antiquísima de nogal y forrada de hule negro, y detrás de ella un sillón tosco y grasiento donde se hallaba sentado el jefe de la casa. Aquel pequeño departamento estaba esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no pudiesen registrarlo había visillos que, a más de ser de lo más ordinario y barato en el género, ofrecían la curiosa circunstancia de ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo.

—Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de pieles, que no es digno de un hombre de tu representación y tu fortuna.

—Fortuna … fortuna—masculló Calderón sin dejar de mirar el papel en que escribía—. Ya sé que se habla de mi fortuna…. ¡Si fuésemos a liquidar, quién sabe lo que resultaría!

Calderón no confesaba jamás su dinero: gozaba en echarse por tierra. Cualquier alusión a su riqueza le molestaba en extremo. Por el contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y representar el nabab; por supuesto, a la menor costa posible.

—Además—siguió diciendo con mal humor—, todo el mundo se fija en lo que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene son cada vez mayores. ¿A que no sabes lo que llevo gastado este año, vamos a ver?

—Poca cosa—respondió el duque con sonrisa despreciativa.

—¿Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aún estamos en
Noviembre.

—¿Qué dices?—manifestó el duque con viva sorpresa—. No puede ser.

—Lo que oyes.

—Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julián…. A no ser que en esos setenta y cinco mil duros estén incluidos los gastos de la casa que estás fabricando en el Horno de la Mata.

—Pues naturalmente.

Al duque le acometió al oir esto tal golpe de risa, que por poco se ahoga. Cayósele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompañando a la risa, fué tan vivo, que parecía que iba a desplomarse presa de la congestión.

—¡Hombre, tiene gracia! ¡tiene muchísima gracia eso!—dijo al cabo entre los flujos de la risa y de la tos—. No se me había ocurrido hasta ahora…. De aquí en adelante incluiré en los gastos de mi casa todas las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer con más gasto que un rey.

La risa tan franca y ruidosa del duque molestó y corrió extraordinariamente a Calderón.

—No sé a qué viene esa risa…. Si sale de la caja, en el capítulo de gastos está…. De todas maneras, Antonio, más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena.

El duque, de algún tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo y compañero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que había de efectuarse la subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de consideración. D. Julián lo era, tanto por el capital que representaba, como por su carácter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en cualquier especulación la acreditaba de segura, y esto era lo que Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambió la conversación. Con la gran flexibilidad, con la finura que poseía bajo su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su previsión en cierto negocio fracasado donde no se dejó coger, desollando a otros negociantes enemigos y reconociéndole tácitamente sobre ellos superioridad de talento y penetración. Cuando le tuvo bien trasteado, hablóle por tercera o cuarta vez, en términos vagos, del negocio de la mina. Ofrecíalo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. ¡Si algún día fuera posible comprar esa mina, qué gran negocio! No había conocido otro más claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f…, con un poco de habilidad y trabajándolo bien, acaso con el tiempo…. Para entonces necesitábanse algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen capital. Si no los hallaba en España, iría al extranjero a buscarlos….

Calderón, al oir hablar de un negocio, se encogía como los caracoles cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que el duque le suministraba, que le obligó a meterse de golpe en la cáscara. Así que Salabert comenzó a precisar un poco, púsose torvo y sombrío, mostróse receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen a exigir una cantidad exorbitante.

Cuando hubo concluído su largo discurso, un poco incoherente, que parecía más bien un monólogo, el duque se levantó bruscamente.

—Vaya, Julianito, me voy de aquí al Banco.

Al mismo tiempo sacó otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque no fumaba, lo encendió por fórmula, pues los dejaba apagarse en seguida para seguir mordiéndolos.

D. Julián respiró con satisfacción.

—¡Tú siempre con esa actividad febril!—dijo, sonriendo y alargándole la mano.

—¡Siempre detrás del dinero!

Cuando ya iba a trasponer la puerta, Calderón se acordó de que podía utilizar aquella visita.

—Oye, Antonio: tengo ahí un montón de londres…. ¿Las quieres? Te las doy baratas.

—No me hacen falta ahora. ¿Cómo las cedes?

—A cuarenta y siete.

—¿Son muchas?

—Ocho mil libras entre todas.

—Siento no necesitarlas. Es buena ocasión. Adiós.

Trasladóse al Banco, asistió a la reunión, y después de hacer efectivos los nueve mil duros del talón, salió con su amigo Urreta, otro de los célebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se dieron la mano para despedirse.

—¿Adónde va usted?—le preguntó Salabert.

—Voy de aquí a casa de Calderón, a ver si puede facilitarme londres.

—Es inútil el paseo—repuso vivamente el primero—. Todas las que tenía acabo yo de tomárselas.

—Hombre, lo siento. ¿Y a cómo se las ha puesto?

—A cuarenta y seis, diez.

—No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun así las tomaría.

—¿Le hacen a usted falta de verdad?—dijo Salabert echándole al mismo tiempo el brazo sobre los hombros.

—De verdad.

—Pues voy a ser su Providencia. ¿Qué cantidad necesita usted?

—Bastante. Diez mil libras lo menos.

—No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde.

El rostro de Urreta se iluminó con una sonrisa de agradecimiento.

—¡Hombre, no puedo permitir!… A usted le harán falta también….

—No tanto como a usted…. Pero aunque así fuera…. Ya sabe usted que se le quiere mucho. Es usted el único guipuzcoano con talento que he tropezado hasta ahora.

Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas en el hombro. Estrecháronse de nuevo la mano, y después que Urreta se deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese tono brusco y campechanote que tanto realza el mérito de cualquier servicio, se despidieron.

El duque tomó inmediatamente un coche de alquiler.

—A la calle de San Felipe Neri, número….

—Está bien, señor duque—repuso el cochero.

Alzó la cabeza el prócer para mirarle.

—¡Hola! ¿Me conoces?

Y sin aguardar la contestación se metió adentro y cerró la portezuela.

—Julián…. Julián—gritó a su amigo antes de abrir la mampara del escritorio—. Vengo a hacerte un favor…. ¡Qué suerte tienes, maldito! Mándame esas londres a casa.

—¡Hola!—exclamó el banquero con sonrisa triunfal—. ¿Las necesitas?

—¡Si, f…., sí! Siempre me ha de hacer falta a mí lo que a ti te conviene soltar…. Adiós….

Y sin entrar en el despacho dejó libre la mampara de resorte que tenía sujeta y se fué. Dió las señas al cochero de un hotel situado en el barrio Monasterio y se reclinó en un ángulo, mordiendo su cigarro y resoplando con evidente satisfacción. Experimentóla nuestro banquero después de cometer aquella granujada, después de despojar a su amigo Calderón de unas cuantas pesetas, como el justo al concluir un acto de justicia o de caridad. Su imaginación, siempre alerta para los asuntos donde hubiese dinero, vagó, mientras el carruaje le conducía al Hipódromo, al través de los varios negocios en que estaba comprometido; pero se detuvo muy particularmente en el de la mina de Riosa. La combinación de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin embargo, tenía sus puntos flacos. A reforzarlos se aplicó con el pensamiento, hasta que el coche se detuvo delante de la verja de un hotelito de construcción barata, con muchos adornos de yeso y madera que le hacían semejar a las obras de confitería.

Apresuróse el portero a abrirle con acatamiento. Salvó en tres pasos el diminuto jardín. Al subir las pocas escaleras del piso bajo salió a la puerta una criada joven.

—Hola, Petra: ¿y tu ama?

—Duerme todavía, señor duque.

—Pues ya son las doce—dijo sacando su cronómetro—. Voy a subir de todos modos.

Y pasando por delante de ella, entró en la antesalita ochavada. Despojóse del gabán que la doméstica recibió y se encargó de colgar. Subió al piso principal. El dormitorio donde penetró era un gabinete con alcoba, separados por columnas y una gran cortina de brocatel. Estaba amueblado con lujo de gusto dudoso. En vez del sello que imprime cualquier persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y adorno de sus habitaciones, observábase la mano del mueblista que cumple el encargo que le han dado, según el patrón corriente. Las puertas de madera del balcón estaban abiertas. La luz penetraba por un transparente que representaba un paisaje de color de chocolate. Las paredes estaban acolchadas con damasco amarillo; las sillas eran doradas igual que una mesilla de centro y un armarito para colocar chucherías.

Observábase en aquella estancia, perteneciente a una mujer, el mismo desorden que suelen presentar los cuartos de los estudiantes o militares. Diversas prendas de vestir, enaguas, corsé, medias, andaban esparcidas por las sillas. Sobre la rica alfombra de terciopelo había algunos escupitajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del centro una licorera con las botellas casi vacías y las copas fuera de su sitio. El duque echó una mirada torva a esta licorera y alzó suavemente la cortina de la alcoba. En primoroso lecho de ébano con incrustaciones de marfil, reposaba una joven de tez blanca, blanquísima, y cabellos negros, negrísimos. Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una posición de animal bien cebado. Hasta en el sueño es posible conocer la condición y espiritualidad de la persona.

Salabert tuvo un momento la cortina suspendida. Luego la sujetó con cuidado, y sentándose en una butaquita que había al lado de la cama, se puso a contemplar con fijeza a la bella dormida. Porque era bella en efecto y en grado excelso. Sus facciones, notablemente correctas y delicadas: perfil griego, frente pequeña y bonita, nariz recta, labios rojos un poco gruesos; la tez, un prodigio de la naturaleza, mezcla de alabastro y nácar, de rosas y leche, debajo de la cual corría la vida abundante y rica. Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos, manchando con el aceite perfumado la almohada de batista. A pesar de lo frío del tiempo, tenía un brazo y casi medio cuerpo fuera de las sábanas. Verdad que en el gabinete ardía con vivo e intenso fuego la chimenea. El brazo estaba enteramente desnudo y era de lo más hermoso y mejor torneado que pudiera verse en el género. Pero la mano que estaba al cabo de este brazo no correspondía a su belleza. Era una mano donde la holganza presente no había conseguido borrar las huellas del trabajo pasado, mano pequeña, pero deformada, con los dedos macizos y aporretados, mano plebeya elevada de repente al patriciado.

Aunque el banquero no se movía, la fijeza y avidez de sus ojos posados sobre la joven ejercieron sobre ella la consabida influencia magnética. Al cabo de algunos minutos cambió de postura, suspiró con fuerza y abrió los ojos, que eran negros como la tinta. Fijáronse un instante con vaga expresión de asombro en el duque, y cerrándolos de nuevo murmuró una interjección de carretero, hundiendo al mismo tiempo su cara en la almohada. Luego, como si repentinamente cruzara por su mente la idea de que había hecho una cosa fea, dió la vuelta, abrió de nuevo los ojos y dijo sonriendo:

—¡Hola! ¿Eres tú?

Al mismo tiempo le alargó la mano. El duque se la estrechó, y alzándose de la butaca le dió un sonoro beso en la mejilla, diciendo:

—Si quieres dormir más te dejaré. No he venido más que a darte un beso.

Pero no era uno, sino buena porción los que le estaba aplicando en ambas mejillas. La joven frunció el entrecejo, disgustada de aquellas caricias, que por venir de un viejo no debían de serle agradables. Además, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la manía de morder el tabaco, solían estar sucios.

¡Quita, quita!—dijo al fin rechazándole—. No me sobes más. Bastante me has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Eché sobre mí un frasco de rosa blanca y todavía a las doce de la noche me olía mal.

—Olor de tabaco.

No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo.

Esta salida brutal no despertó la indignación del duque como era de presumir. Soltó una carcajada y le dió una palmadita cariñosa en la mejilla.

—Pues no me salen baratos los besos.

Tampoco esta cínica replica alteró a la bella, que en el mismo tono de mal humor dijo:

—Ya lo creo. Y cuantos más años tengas, más caros te irán saliendo….
Dame un cigarro.

El duque sacó la petaca.

—No traigo más que tabacos.

—No quiero eso…. Ahí, sobre ese chisme de escribir, debe de haber.
Tráeme.

El banquero tomó de encima de un pequeño escritorio taraceado algunos cigarritos y se los presentó. La joven preparó uno con la destreza de un consumado fumador y lo encendió con el fósforo que el duque se apresuró a sacar. Este intentó otra vez aproximar sus labios repugnantes al hermoso rostro de la fumadora, pero fué rechazado con violencia.

—¡Mira, o te estás quieto o te vas!—dijo ella con energía—. Siéntate ahí.

Y le señaló la butaquita próxima al lecho.

El banquero se dejó caer en ella, mirando a la joven con sus grandes ojos saltones, que expresaban temor.

—Eres una gatita cada día más arisca. Abusas de mi cariño, mejor dicho, de mi locura.

Poseía, en efecto, uno de los temperamentos más lúbricos que pudiera encontrarse. Toda la vida había sido, en achaque de mujeres, ardiente, voraz. En vez de corregirse con los años, esta afición fué creciendo hasta dar en una manía repugnante. Era notoria en Madrid. Sabíase que para satisfacerla, después que había llegado a la opulencia, tuvo mil extraños caprichos que pagó con enormes caudales. Se le habían conocido queridas de extraños y remotos países, entre ellas una circasiana y una negra. Era en realidad esta pasión la compuerta por donde se escapaba como un río su dinero. Pero era al mismo tiempo el único que no le dolía gastar. El boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo punzante: lo mantenía por cálculo y por fanfarronería, pero le pesaba en el alma, aunque aparentase otra cosa. Allá, en las intimidades secretas de su casa, cuando no había de trascender al público, escatimaba, regateaba, sustraía de una cuenta cualquier cantidad por insignificante que fuese; no tenía inconveniente en mentir descaradamente para escamotear a un comerciante algunas pesetas. El dinero que las mujeres le costaban entregábalo sin vacilaciones ni remordimientos, como si todos sus trabajos y desvelos, sus grandes y continuos cálculos para extraer el jugo a los negocios no tuviesen otra significación ni otro destino que el de adquirir combustible para aumentar el fuego de su liviandad.

Entre las muchas queridas pagadas que había tenido, ninguna adquirió tanto ascendiente sobre él como la que tenemos delante. Era ésta una joven de Málaga, llamada Amparo, que hacía tres o cuatro años vendía flores por los teatros y tenía su kiosco en Recoletos. Desde luego llamó la atención por su belleza y desenvoltura y se hizo popular entre los elegantes. Festejáronla, persiguiéronla, y aunque al principio resistió a los ataques, cuando éstos vinieron en forma positiva, se dejó vencer. Fué, durante algún tiempo, la querida del marqués de Dávalos, un joven viudo con cuatro hijos, que gastó con ella sumas cuantiosas que no le pertenecían. Por gestiones activas de su familia, por escasearle ya el dinero y por desvío de la misma Amparo, que halló otro pollo mejor para desplumar, se rompió esta relación, no sin sentimiento tan vivo del joven marqués que le produjo cierto trastorno intelectual. Después del sustituto de éste, tuvo Amparo otros varios queridos en la aristocracia de la sangre y el dinero. Fué conocida y popular en Madrid con el nombre de Amparo la malagueña. En los paseos, en los teatros, adonde acudía con asiduidad, constituyó durante tres o cuatro años un precioso elemento decorativo. Porque a más de su hermosura singular, había llegado a adquirir en poco tiempo, si no distinción, elegancia. Sabía vestirse, facultad que no es tan común como parece, sobre todo en esta clase de mujeres. Tenía bastante instinto para buscar la armonía de los colores, la sencillez y pureza de las líneas. No pretendía llamar la atención, como la mayor parte de sus iguales, por lo exagerado de los sombreros y el vivo contraste de los colores. Por ésta razón había entre las damas madrileñas cierta indulgencia hacia ella. En sus natos de murmuración le guardaban más consideraciones que a las otras; la reconocían un cutis muy fino, unos ojos muy hermosos, y gusto.

Fuera de esta dote natural que la acercaba a las señoras de verdad, Amparo era en su trato tan tosca, tan incivil, tan bestia y tan ignorante como lo son casi siempre en España las criaturas de su condición, al menos en el presente momento. Más adelante quizá lleguen a ser tan cultas y refinadas como las cortesanas de la Grecia. Hoy son lo que arriba se ha dicho, sin ánimo, por supuesto, de ofenderlas. Después de pertenecer al marqués de Dávalos y a otros tres personajes, sin perjuicio de los devaneos furtivos que se autorizaba, vino al poder del duque de Requena, o éste al poder de ella, que es lo más exacto. Salabert, según iba envejeciendo y menguando en energía (para todo lo que no fuese adquirir dinero, se entiende), crecía en sensualidad. El vicio se transformaba en desorden vergonzoso, en pasión desenfrenada, como suele acaecer a los viejos y a los niños viciosos. Amparo dió con él en esta última etapa y logró apoderarse de su voluntad sin premeditación. Era demasiado necia para concebir un plan y seguirlo. Su carácter desigual, brutalmente soberbio, su misma estupidez, que la hacía no prever las consecuencias de sus actos, la ayudaron a dominar al célebre banquero. Hacía un año que era su querida y que estaba instalada en aquel hotelito del barrio de Monasterio. Al principio procuraba refrenar su genio y tenerle contento mostrándose dulce y amable. Pero como esto le costaba un esfuerzo, y como, por otra parte, pudo cerciorarse en seguida de que los desdenes, el mal humor v hasta los insultos, lejos de enfriar la pasión del duque la encendían más, dió rienda suelta a su genio. Apareció la criatura salida del cieno, con su grosería, sus inclinaciones plebeyas, su carácter agresivo y desvergonzado. El duque, que hasta entonces había logrado mantener su independencia frente a sus queridas y eso que de algunas llegó a prendarse fuertemente, se encaprichó de tal modo por ésta, que al poco tiempo le toleraba frisos que ajaban su dignidad y tiempo adelante actos que aún más la escarnecían. Por supuesto, este dominio duraba solamente los momentos de sensualidad, las horas que consagraba al placer. Así que salía del templo de Venus, recobraba su razón el imperio, volvía a sus empresas con creciente ambición.

Amparo fumaba tranquilamente en silencio, enviando pequeñas nubes de humo al techo. De pronto hizo un movimiento brusco, e incorporándose dijo:

—Voy a vestirme. Toca ese botón.

El duque se levantó para cumplir el mandato. A los pocos instantes se presentó Petra a vestirla. Mientras lo llevaba a cabo, ama y doncella cambiaron algunas impresiones con excesiva familiaridad, mientras el banquero seguía con fijeza entre atento y distraído, los movimientos de la faena.

—Señorita, ¿ha visto usted ayer a la Felipa guiando dos jaquitas que parecían ratones? Por aquí pasó…. ¡Qué preciosidad! No he visto cosa más mona en la vida…. A ver cuándo el señor duque le compra otra pareja así—dijo Petra mirando con el rabillo del ojo al banquero, mientras ataba las cintas de la bata a su ama.

—¡Ps!—exclamó ésta alzando los hombros con desdén—. No me ha dado nunca por guiar. Es oficio de los cocheros. Pero si me diese, ¡ya lo creo que me compraría un tronco igual!

Y al mismo tiempo se volvió un poco, con media sonrisa, hacia el duque, que dejó escapar un gruñido corroborante, pasando con su peculiar movimiento de boca el cigarro al lado contrario.

—Pues son muy lindas para ir a los toros. ¡Y que no estaría bien la señorita con su mantilla blanca guiando!

—¿Mantilla para guiar? ¡Estás aviada, hija!

—Bueno, pues de sombrero. El caso es que estaría de mistó: no como esa desorejada de la Felipa que ya no tiene carne para hartar a un gato….

La doncella, mientras le recogía el pelo, charlaba por los codos. El fondo de su charla era constantemente adulador. Amparo escuchaba con cierta complacencia. Alguna vez la interrumpía con frases del mismo jaez que las que la doméstica usaba, en más de una ocasión, acompañadas de interjecciones que aquélla no se atrevía a pronunciar. Contaba que el día anterior había tropezado en la calle con Moratini, y que el famoso torero le había dicho al pasar: "Recuerdos a tu ama". Al mismo tiempo la maligna doncella miraba de reojo al duque. Amparo sonrió lisonjeada; pero hizo una fingida mueca de desdén.

—Lo mismo da. Ya sabes que me carga.

—Pues tiene muchos partidarios.

—¡Calla! ¡calla! que ni tú ni él valéis un perro chico…. Anda; tráeme pronto esa gorra, y lárgate.

Así que la doncella se hubo marchado, el duque, en quien los recuerdos del torero despertaron los celos y el mal humor, dijo saliendo al gabinete y tendiéndose groseramente en el sofá:

—Parece que esta noche has tenido media juerga. ¿Quién ha estado aquí?

Amparo dirigió la vista a la licorera, donde el duque la tenía posada.

—Pues han estado Socorro y Nati hasta cerca de las tres.

—¿Nadie más?

—Con sus amigos León y Rafael.

—¿Nadie más?

—Nadie más, hombre. ¿Me vas a examinar?

—Es que yo he sabido que ha estado también Manolito Dávalos.

El duque no lo sabía. Quiso sacar de mentira verdad.

—Cierto: también ha estado Manolo—replicó con indiferencia.

—Bueno, pues será la última vez—dijo mordiendo con rabia el cigarro.

—Eso será si a mí se me antoja—manifestó la bella ex florista levantando hacia él los ojos con expresión provocativa.

Salabert dejó escapar ciertos gruñidos que Amparo consideró ofensivos. Hubo una escena violenta. La bella reclamó con fiereza su independencia; le cantó lo que ella llamaba con clásica erudición "verdades del barquero". El banquero, excitado, contestó con su grosería habitual. El era quien pagaba; por lo tanto, tenía derecho a prohibir la entrada en aquella casa a quien le pareciese. La disputa se fué agriando en términos que ambos levantaron bastante la voz, sobre todo Amparo, en quien a poco que la rascaran aparecía la criatura de plazuela. Cruzáronse frases de pésimo gusto, aunque pintorescas. La malagueña llamó al duque tío lipendi, gorrino, y concluyó por arrojarle del gabinete. Pero aquél no hizo maldito el caso, antes enfurecido la faltó abiertamente al respeto, empleando en su obsequio algunos epítetos expresivos de su exclusiva invención y otros recogidos con cuidado de su larga experiencia. Por último, quiso dejar sentado de un modo incontrovertible que allí era el amo. Con este fin, puramente lógico, dió una tremenda patada a la mesilla dorada donde reposaba la aborrecida licorera, que se derrumbó con estrépito y se hizo cachos. Amparo, que no se dejaba sobar por nadie, según decía a cada momento, aunque a cada momento se pusiese en contradicción consigo misma, presa de un furor irresistible, con los ojos llameantes de ira, alzó la mano tomando vuelo y descargó en las limpias y amoratadas mejillas del prócer una sonora bofetada.

Los cabellos del lector se erizarán seguramente al representarse lo que allí pasaría después de este acto bárbaro e inaudito. Acaso sería conveniente dejarlo en suspenso como la famosa batalla del héroe manchego y el vizcaíno. Sin embargo, para no atormentar su curiosidad inútilmente, nos apresuramos a decir lo que pasó desdeñando este recurso de efecto. El caso no fué trágico, por fortuna, si bien digno de atención y de meditarse largamente. El duque se llevó la mano al sitio del siniestro y exclamó sonriendo con benevolencia:

—¡Demonio, Amparito, no creí que tuvieras la mano tan pesada!

Aquélla, que se había puesto pálida después de su irreflexivo arranque, quedó estupefacta ante la extraña salida del banquero. Tardó algunos segundos en darse cuenta de su sinceridad.

—Eres una gran chica—siguió aquél echándole un brazo al cuello y obligándola a sentarse de nuevo, y él junto a ella—. Esta bofetada no la tasaría en menos de cien pesos cualquier perito inteligente. Fuerte, sonora, oportuna…. Reúne todas las condiciones que se pueden apetecer….

—Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy mala sangre—dijo la Amparo, escamada y presta otra vez a enfurecerse.

—No es broma, y la prueba de ello es que voy a pagártela en el acto. Pero mucho ojo con que vuelva por aquí Manolito Dávalos, porque no vuelves tú a ver el color de mis billetes.

—¡Si fué una casualidad, hombre!—dijo la Amparo dulcificándose—. Vino esta noche porque había ido de juerga con León y Rafael, y a última hora se le ocurrió a Nati hacerme una visita.

—Pues basta de casualidades. Yo no aspiro a que me adores, ¿sabes?; pero no quiero pagar las queridas a esos perdularios de sangre azul. ¿Lo has oído, salero?

Al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo en busca de la cartera. Su semblante, que sonreía con la expresión triunfal del que lleva en el bolsillo la llave de todos los goces de este mundo, se contrajo de pronto. Una nube de inquietud pasó súbito por él. Buscó con afán. La cartera no estaba en aquel sitio. Pasó a los demás bolsillos. Lo mismo.

—¡F….! ¡me han robado la cartera!

Amparo le miró con ojos donde se reflejaba la duda.

—¡F….! ¡me han robado la cartera!—volvió a exclamar con más energía—. ¡Me han robado diez mil y pico de duros!

—¡Vaya, vaya, qué guasoncillo está el tiempo!—dijo Amparo ya enojada otra vez. No tuvo penetración para distinguir el susto verdadero del fingido.

—¡Sí, sí; no ha sido mala guasa! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Si cuando un día principia mal!… Tres mil duros de la fianza y cerca de once mil ahora…. ¡Pues señor, no ha sido mal empleada la mañana!

Se levantó bruscamente del sofá y principió a dar vueltas por la estancia, presa de una agitación sorprendente en quien tantos millones poseía. Un torrente de palabras, de gruñidos, de sucias interjecciones que expresaban demasiado a lo vivo su disgusto, se escapó de sus labios. Arrojó con furia el cigarro, que en él era signo de gravísima preocupación. Amparo, viéndole tan excitado, se rindió a la evidencia, y preocupada también por el caso le dijo:

—Quizá no te la hayan robado. Puede ser que la perdieses…. ¿Dónde has estado?

—¿Crees tú que alguna vez se hayan perdido once mil duros?—repuso en tono amargo parándose frente a ella—. Es decir, se pierden, sí; pero otros los encuentran antes de llegar al suelo.

Acabando de decir esto, quedó repentinamente suspenso, como si brillase una luz salvadora en su cerebro. Miró con ojos escrutadores por algunos instantes a su querida, y haciendo un esfuerzo por sonreír, dijo, tornando a sentarse al lado de ella:

—¡Pero qué animal soy! ¡Vaya una bromita salada, y qué bien que te habrás reído de mí!

—¿Qué dices?—preguntó la Amparo estupefacta.

—¡Venga esa cartera, picaruela! Venga esa cartera.

Y el duque, riendo sincera o fingidamente, la echó un brazo al cuello y comenzó por un lado y por otro a manosearla como buscando el sitio donde tuviera oculto el dinero.

Dando una fuerte sacudida la joven se desprendió de sus brazos y se levantó:

—Oye, tú…. ¿Me tomas por una ladrona?—exclamó enfurecida.

—No, sino por una guasoncilla. ¿Te has querido reir de mí, verdad?

La joven replicó con energía que el guasón era él y que bastaba de bromas, que no estaba dispuesta a tolerarlas en esa materia. El duque insistió todavía; pero viendo la indignación real de su querida y no teniendo dato alguno para suponer que fuese ella quien le sustrajo la cartera, recogió velas. En cuanto perdió esta esperanza, su rostro se nubló de nuevo. Aunque dió satisfacciones a Amparo, no fueron éstas muy calurosas. Quedábale, en el fondo, la duda. Bien lo echó de ver ella, por lo que siguió enojada. Concluyó por decirle:

—Mira, lo mejor que puedes hacer es irte a almorzar. No quiero más historias…. ¡Ah! y no dejes de traerme esta noche guita, que me está haciendo mucha falta…. A no ser que prefieras que te mande a casa las cuentas….

Salió el duque echando pestes del coruscante hotelito. Como por las inmediaciones no había coches y no quería utilizar el de su querida, por más que él lo pagara, encaminóse a pie hacia su casa. Cayó en ella como una bomba, no de pólvora o dinamita, porque no entraban en su temperamento los procedimientos fragorosos, sino de ácido sulfúrico o sublimado corrosivo que se extendió por toda ella molestando y requemando a los habitantes. Su mujer, el portero, el cocinero, Llera y casi todos los empleados recibieron en mitad del rostro alguna frase grosera pronunciada en el tono cínico y burlón que caracterizaba su discurso. Después de almorzar encerróse en el escritorio con su mal humor a cuestas. No hacía una hora que allí estaba, cuando entraron a avisarle que un cochero de punto deseaba hablar con él.

—¿Qué quiere?

—No lo sé. Desea hablar con el señor duque.

Este, iluminado repentinamente por una idea, dijo:

—Que pase.

El cochero que entró era el mismo que le había conducido desde casa de
Calderón a la de su querida. Salabert le miró con ansiedad.

—¿Qué traes?

—Esto, señor duque, que sin duda debe de ser de vuecencia—dijo presentándole la cartera perdida.

El banquero se apoderó de ella, la abrió prontamente, y sacando el montón de billetes que contenía, se puso a contarlos con la destreza y rapidez propias de los hombres de negocios. Cuando concluyó dijo:

—Está bien: no falta nada.

El cochero, que, como es natural, esperaba una gratificación, quedóse algunos instantes inmóvil.

—Está bien, hombre, está bien. Muchas gracias.

Entonces, con el despecho pintado en el semblante, el pobre hombre dió las buenas tardes y se dirigió a la puerta. El duque le echó una mirada burlona, y antes de llegar a ella le dijo, sonriendo con sorna:

—Oye, chico. No te doy nada, porque para los hombres tan honrados como tú, el mejor premio es la satisfacción de haber obrado bien.

El cochero, confuso e irritado a la vez, le miró de un modo indefinible. Sus labios se movieron como para decir algo; mas al fin salió de la estancia sin articular palabra.