V

#Precipitación.#

Raimundo Alcázar, que así se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y enfadoso que siguió a Clementina cuando hemos tenido el honor de conocerla al comienzo de la presente historia, recibió la mirada iracunda que aquélla le dirigió al entrar en casa de su cuñada con admirable sosiego y resignación. Esperó un momento a ver si sólo iba a dejar algún recado, y como no saliese se alejó tranquilamente en dirección a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores. La florista, al verle llegar, le sonrió como a un antiguo parroquiano y echó mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya preparado para él. Dirigióse a la Plaza Mayor y tomó el tranvía de Carabanchel. Dejólo donde se bifurca con el camino que conduce al cementerio de San Isidro y siguió hacia éste a pie. Ascendió con rapidez la cuesta, llegó y penetró en el nuevo recinto, donde, como exige la ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y sombrías galerías. Con paso rápido avanzó hasta una sepultura con losa de mármol blanco rodeada de una pequeña verja, y se detuvo. Permaneció algunos minutos inmóvil contemplándola. Sobre la losa estaba escrito con caracteres negros este nombre: ISABEL MARTÍNEZ DE ALCAZAR. Debajo de él estas dos fechas separadas por un guión: 1842-1883, que indicaban sin duda las del nacimiento y la muerte de la persona allí enterrada. Había sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogió con cuidado, deshizo luego el ramo que traía, esparció las frescas flores sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas. Con éste en una mano y el sombrero en la otra, permaneció otra vez algún tiempo de pie contemplando con ojos húmedos aquella sepultura. Luego se alejó rápidamente y salió del cementerio sin echar una mirada de curiosidad en torno suyo.

Raimundo Alcázar había perdido a su madre hacía ocho o nueve meses. No había conocido a su padre, o, por mejor decir, no tenía recuerdo de él, pues desapareció de este mundo cuando sólo contaba él cuatro años. Llamábase también Raimundo, y era, al morir, catedrático de la Universidad de Sevilla. Cuando se casó con su madre nada más que un joven en espera de colocación. Por eso el padre de Isabel, comerciante en ferretería en la calle de Esparteros, se había negado a autorizar aquellos amores, los persiguió con tenacidad y sólo consintió en el matrimonio cuando Alcázar llevó por oposición la cátedra mencionada. Era hombre de excepcional inteligencia, publicó algunos libros de la ciencia a que se había dedicado, que era la Geología. Su muerte, acaecida cuando sólo contaba treinta y dos años de edad, fué llorada en la pequeña esfera en que los hombres de ciencia viven en España. Isabel, con su hijo Raimundo, se volvió a Madrid a la casa paterna, donde tres meses después de fallecido su esposo, dió a luz una niña que tomó el nombre de Aurelia.

Era Isabel una mujer singularmente hermosa. Como hija única de un comerciante que pasaba por bien acomodado, no le faltaron pretendientes. Rechazó todas las proposiciones de matrimonio. Pasaba por romántica entre las amigas, quizá porque poseía alguna más inteligencia y corazón que la mayor parte de ellas. Era admiradora del talento: le repugnaban los seres prosaicos que constituían casi la totalidad de las relaciones de su padre. Idolatraba la memoria de su marido a quien había adorado en vida como a un hombre superior, eminente. Conservaba como precioso tesoro todas las frases de elogio que la prensa había tributado a sus obras. El único deseo, el único afán de su vida era que su hijo siguiese las huellas de su padre, fuese un hombre respetado por su talento e ilustración. Dios quiso colmar sus votos. Primero comenzó a ver alzarse ante sus ojos la imagen corporal de su marido reproducida en el hijo. No sólo en el rostro, sino en los ademanes, los gestos y el timbre de voz parecía una copia exacta. Luego el niño, por su comportamiento en el colegio, principió a causarle vivos placeres: era inteligente y aplicado. Los maestros se mostraban de él muy satisfechos. Cada frase de elogio que llegaba a sus oídos, cada nota de sobresaliente que veía escrita debajo del nombre de su hijo, producía a la pobre madre espasmos de alegría. Ya no abrigaba duda alguna de que heredaba el talento de su padre.

Alguna vez sentía remordimientos pensando que distribuía con poca equidad el cariño entre sus dos hijos. Por más esfuerzos que hacía para mantener el equilibrio, no podía menos de confesarse que amaba mucho más a Raimundo. Su inmenso cariño se traducía en constantes caricias, en nimios cuidados que enervaban y enmollecían el temperamento del niño. Le criaba, en suma, con demasiado mimo. El, por su parte, le profesaba una afición tan ardiente, tan exclusiva, que en ciertos momentos se convertía en verdadera fiebre. Cada vez que tenía que apartarse de sus faldas para ir al colegio le costaba lágrimas. Exigía que se pusiera al balcón para despedirle. Antes de doblar la esquina de la calle, se volvía más de veinte veces para enviarle besos con la mano. Era ya hombre y estudiante de Facultad, y todavía Isabel conservaba esta costumbre de salir al balcón para despedirle cuando iba a sus clases. Por su natural, o tal vez por esta educación un poco afeminada, Raimundo fué un niño tímido, retraído de los juegos de sus compañeros, luego un adolescente melancólico, por fin un joven serio y de pocas palabras. Apenas tuvo amigos. En la Universidad paseaba con sus condiscípulos antes de entrar en cátedra; pero en cuanto daba la hora tornábase a casa y no le gustaba salir sino acompañando a su madre y hermana. Mucho antes de esta época, cuando contaba solamente diez años, había muerto su abuelo. Así que, en cuanto llegó a los diez y seis, comenzó a desempeñar el papel de hombre en la casa. Llevaba a su madre al teatro, la acompañaba a hacer visitas: algunas noches, cuando hacía buen tiempo, salía de paseo con ella por las calles, dándole el brazo como un marido o un galán. La belleza de Isabel no disminuía con la edad. Al verlos juntos, nadie imaginaba que eran madre e hijo, sino hermanos, cuando no esposos. Esto era causa para el joven de cierto malestar. Porque como en Madrid los hombres no se distinguen por un excesivo respeto a las damas, oía, a su pesar, frases de admiración, requiebros, lo que ha dado en llamarse flores, que los transeuntes dirigían a su madre. Sentía, al escucharlas, una mezcla extraña de vergüenza y placer, de celos y de orgullo que le agitaba.

El viejo Martínez, después de retirado del comercio, había tenido quiebras en su fortuna, consistente en acciones de una fábrica de pólvora que sufrieron depreciación, y en valores del Estado. Sólo les dejó una renta de siete a ocho mil pesetas. Con ella vivían los tres con economía, pero sin faltarles lo necesario, en un cuarto segundo de la calle de Gravina. Raimundo siguió la carrera de ciencias. Quería ser catedrático como su padre, y, dada la brillantez con que salía en los exámenes, nadie dudaba que lo consiguiera pronto. Mostraba también, como su padre, decidida afición a las ciencias naturales; pero en vez de dedicarse a la Geología, fijóse con predilección en la Zoología, y de ésta en aquella parte que comprende el estudio interesantísimo de las mariposas. Comenzó a hacer acopio de ellas, y desplegó un afán y una inteligencia que pronto le hicieron poseedor de una rica colección. Antes de terminar la carrera, era ya un notable entomólogo. Se había hecho construir escaparates que cubrían las paredes de su habitación, donde estaban expuestos los cartones con las más raras y preciosas especies. Estuvo ahorrando dos años para comprar un microscopio, y por fin adquirió uno bastante bueno que le proporcionó grato solaz al par que utilidad. Porque si bien aquel estudio particular no era suficiente para obtener una cátedra, le ayudaba no poco, dado que no es posible profundizar cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las relaciones que mantiene con los demás, sobre todo con los más próximos.

El día que se hizo doctor, y fué justamente acabados de cumplir los veintiún años, la pobre Isabel experimentó una de esas alegrías sólo comprensibles para las madres. Le abrazó derramando un raudal de lágrimas.

—Mamá—le dijo Raimundo—. Estoy ya en aptitud de hacer oposición a una cátedra. Me voy a dedicar con ahinco a prepararme, y en cuanto la lleve, renuncio a lo que puedas dejarme en herencia para que hagas una dote a Aurelia. Yo tengo pocas necesidades y me bastará con el sueldo.

Estas palabras generosas conmovieron a la madre. Cada día hallaba más razones para adorar aquel hijo modelo.

Dedicóse Raimundo con ardor al estudio, profundizando las materias de algunas asignaturas, sin abandonar por eso sus aficiones entomológicas. Gracias a éstas y al nombre glorioso que su padre le había legado, se dió a conocer pronto entre los hombres de ciencia. Escribió algunos artículos, se puso en relación con varios sabios extranjeros y tuvo la satisfacción de recibir de ellos frases de elogio que le alentaron. Bien puede decirse que era un muchacho feliz. Sin deseos imposibles que le royeran las entrañas, sin amores tormentosos ni amistades molestas, disfrutando de la tranquilidad del hogar, del cariño de la familia y de los puros goces de la ciencia, deslizábanse sus días serenos y dichosos. A las amigas de su madre les sorprendía tanta formalidad. ¿No tenía novia Raimundo? ¿No le gustaban siquiera las muchachas? Isabel contestaba sonriendo y con transparente satisfacción.

—No sé: creo que hasta ahora no le ha dado por ahí. Está tan metido por mis faldas que parece un niño de tres años…. La verdad es que le ha de costar trabajo hallar una mujer que le quiera tanto como yo.

Y así era como ella lo decía. Teníale envuelto en una atmósfera de protección, de tibios y amorosos cuidados que le sería casi imposible hallar al lado de una esposa por tierna que fuese. Sólo las madres poseen esa abnegación absoluta, infatigable, sin esperanza ni deseo siquiera de reciprocidad. Todo lo que la vida material exige, lo tenía satisfecho Raimundo con un refinamiento que pocos hombres disfrutarían. Jamás se le había ocurrido pensar ni en su alimento, ni en su ropa o calzado, ni aun en aquellos menesteres de que las mujeres no suelen entender. Todo estaba previsto y regularizado perfectamente en su vida. Podía consagrarse con entera libertad al ejercicio de su inteligencia. Si se quejaba de mal sabor de boca, ya tenía a su madre por la mañana al lado de la cama con un vaso de limón y polvos laxantes: si le dolía la cabeza, con el agua sedativa o los paños de leche y adormideras. Si por la noche tosía, por poco que fuese, ya estaba intranquila y no paraba hasta que silenciosamente y en camisa iba a cerciorarse de que su hijo no se había destapado. Cuando Aurelia estuvo en edad de hacerlo, también comenzó a ayudar a la madre en esta tarea de ahuyentar todo dolor, de arrancar las espinas, por pequeñas que fuesen, del camino del joven entomólogo.

Desgraciadamente, mejor pudiéramos decir naturalmente, pues que la felicidad es imposible en este mundo, esta existencia dichosa tuvo pronto un término. Isabel cayó enferma con pulmonía. No quedó bien curada por haberla quizá descuidado o por no haberse atrevido el médico a aplicarle ciertos remedios un poco crueles. Quedóle un catarro pulmonar que la debilitó bastante. Por consejo del médico fué a Panticosa en compañía de Raimundo, quedando Aurelia en casa de unos parientes. Se repuso un poco, pero fué para recaer pocos días después de llegar a Madrid. Descaeció notablemente, hasta el punto de que la gente de fuera vió con claridad que se moría. A Raimundo no se le pasó por la cabeza. Aquella existencia estaba tan ligada a la suya, que las dos no formaban mas que una. Le pasaba como a casi todos los enfermos que no saben que se mueren. Aunque muy enferma, Isabel seguía con la misma diligencia gobernando la casa. Raimundo la había rogado, y luego, prevalido del inmenso ascendiente que sobre ella tenía, la había prohibido que se ocupara en ningún menester. Pero ella, burlando su vigilancia, arrastrada de esa inclinación invencible que sienten las mujeres hacendosas hacia el trabajo, no abandonaba sus tareas. Un día, cuando ya puede decirse que estaba moribunda, la sorprendió Raimundo de rodillas limpiando con un paño el pie de una mesa. Quedó estupefacto, y después de reñirla cariñosamente la levantó cubriéndola de besos.

Una amiga devota que vino a visitarla la insinuó que debía confesarse. Isabel se impresionó tristemente. Su hijo, que la encontró llorando, enfurecióse y prorrumpió en denuestos contra los beatos. A pesar de esto, la enferma, que iba ya penetrándose de su estado, exigió con dulzura y firmeza a la par que viniese el cura. Raimundo, disgustado, llamó en su apoyo, para negarse a ello, al médico. Este contestó al principio evasivamente. Por último, dijo que eso nunca estaba de más, que si los sanos se hallaban expuestos a una muerte repentina, con mayor razón los enfermos. Ni aun con eso entró la luz en el espíritu del joven. Después de confesada, Isabel siguió lo mismo, lo cual contribuyó a mantener su ilusión. Levantábase, corría a la mesa, paseaba del brazo de Raimundo por la sala y pasaba la mayor parte del día en una butaca. Estaba, sin embargo, tan demacrada, que los que la veían a intervalos largos quedaban sorprendidos. Lejos de perder con esto la belleza, parece que se había aumentado. Su tez era más fina y transparente; los ojos más brillantes.

Una mañana dijo que no tenía deseos de levantarse. Raimundo se sentó al lado del lecho y se puso a leerla una novela. Al cabo de un rato le dijo:

—Estoy mal a gusto. Incorpórame un poco, que no tengo fuerzas yo.

Fué a hacerlo y en el mismo instante su madre dejó caer la cabeza hacia un lado y se quedó muerta, sin un suspiro, sin una contracción que acusase dolor, como un pájaro, según la expresiva imagen del vulgo.

El grito desgarrador del joven atrajo a la gente de casa. Sacáronle de ella unos parientes y le llevaron a la suya, lo mismo que a su hermana. En el estado de estupor en que quedó, les fué fácil conducirlo adonde les plugo. Aquella tarde fueron unos amigos a verle. Le hallaron relativamente animado. No dejó de sorprenderles un poco, porque sabían el frenético cariño que profesaba a su madre. Habló de su ciencia con ellos, y habló largo rato, expresándose con verbosidad en él inusitada. Por donde vinieron a sospechar que estaba bajo una fuerte excitación. Esta sospecha se confirmó al oirle proponerles jugar al tresillo. Cumplieron su gusto, pero al poco rato el joven comenzó a desvariar tristemente.

—Oyes, mamá, ¿qué te parece de este juego?—dijo llamando a una señora que allí estaba.

Los circunstantes se miraron unos a otros aterrados y compadecidos. Y desde entonces no hizo ni dijo ya cosa con cosa. Su exaltación fué creciendo; empezó a reir de modo tan extemporáneo, que nadie dudó que aquello terminaría por una fuerte explosión nerviosa. En efecto, cuando menos se esperaba, alzóse repentinamente de la silla, corrió al balcón, lo abrió, y si no le hubieran sujetado a tiempo se hubiera precipitado a la calle. Al fin cayó con un fuerte ataque del que por fortuna salió pronto. Después vino el aplanamiento que le obligó a guardar cama tres o cuatro días. Por último, el tiempo fué ejerciendo su operación sedante. A los quince días estaba bueno, aunque bajo el peso de un abatimiento grande que en vano lucharon sus parientes y amigos por aliviar.

Propusiéronle sus tíos quedarse a vivir con ellos, dado que era demasiado joven para ponerse al frente de una casa, y sobre todo para guardar y autorizar a su hermana. El contaba entonces veintitrés años, y ella poco más de diez y ocho. Ni uno ni otro aceptaron el arreglo. Quisieron vivir solos y juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de Serrano, muy lindo y alegre, trasladaron a él sus muebles, y después de instalados empezó a deslizarse su vida, triste sí por el recuerdo siempre presente de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fijó su atención y cuidados en Aurelia. Penetrado de su papel de padre y protector de aquella niña huérfana, hizo con ella lo que su madre había hecho con él hasta entonces; la atendió y la mimó con un amor y un esmero que conmovía a los amigos que los visitaban. Aurelia no era hermosa ni tenía gran talento; pero sentía hacia su hermano, porque su madre se la había infundido, una adoración idolátrica. Sin embargo, aun en lo referente a la vida material, sintió el joven el vacío de su madre. Aurelia se esforzaba en que no echase de menos nada; pero estaba bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de aquélla. Poco a poco, no obstante, se fué adiestrando en el gobierno de la casa. Además, Raimundo ya no exigía los refinamientos de antes. El sentimiento de protección, la conciencia de los deberes que tenía que llenar hacia su hermana, le hacía no pensar en sí mismo. Al contrario, cualquier atención de Aurelia le sorprendía, y la agradecía como si viniese de un niño. Ambas existencias se fueron compenetrando.

Vivían modestamente. El cuarto les costaba veinte duros. No tenían más que una criada. Así que la renta de ocho mil pesetas que poseían, les bastaba. Como procedía de papel del Estado y acciones de una fábrica, su administración era facilísima. Raimundo pudo dedicarse con más ardor que nunca al estudio. Deseaba cumplir, respecto a su hermana, la promesa que había hecho a la madre, de renunciar a su parte de herencia y constituirla una dote que la permitiese casarse bien. Después que salió de casa, fué dos veces por semana al cementerio a esparcir algunas flores sobre la tumba de su madre. Los domingos llevaba consigo a Aurelia. Salía poco habitualmente. El estudio preparatorio para hallarse apercibido a una oposición, de un lado, y de otro su manía de colector y escrutador del mundo de los insectos, absorbían casi todo su tiempo. Por milagro entraba en los cafés, ni al teatro podía asistir por razón del luto.

Un día, hallándose en una librería de la Carrera de San Jerónimo, donde solía pasar algunos ratos hojeando las obras recién llegadas del extranjero, acertó a entrar en la tienda una hermosa dama elegantemente vestida. Al verla, los ojos de Raimundo se dilataron expresando el asombro: se posaron en ella con una intensidad que la obligó a volver la cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas novelas francesas la estuvo contemplando extasiado, con señales de alteración en su fisonomía. El libro que tenía asido temblaba ligeramente entre sus manos. Al salir ella, dejólo caer y trató de seguirla; pero a la puerta estaba un carruaje esperándola. El lacayo, sombrero en mano, le abrió la portezuela, y los caballos arrancaron al instante con velocidad.

—¿Qué es eso, D. Raimundo?—le dijo el dependiente, viéndole entrar de nuevo en la tienda—. ¿Le ha hecho a usted impresión mi parroquiana?

El joven sonrió disimulando su turbación, y respondiendo con fingida indiferencia:

—A cualquiera le llamará la atención una mujer tan hermosa. ¿Quién es?

—¿No la conoce usted? Es la señora de Osorio, un banquero, hija de
Salabert.

—¡Ah! ¿hija de Salabert? ¿Vive en aquel palacio grande del paseo de
Luchana?

—No, señor; vive en un hotel de la calle de Don Ramón de la Cruz.

No quería saber más, y se despidió. Aquella dama se parecía de un modo asombroso a su madre. La situación de su espíritu, todavía agitado y dolorido, hizo que tal semejanza adquiriese más relieve a sus ojos del que realmente tenía, le produjese una viva expresión. Pocos momentos después pasaba por delante del hotel de Osorio tres o cuatro veces; pero no logró ver nuevamente a la señora. Al otro día fué al paseo del Retiro y allí la halló. Desde entonces espió y siguió sus pasos con una constancia que revelaba el profundo sentimiento que embargaba su espíritu. Aunque tenía bien presente la fisonomía de su madre, el semblante de Clementina Salabert se lo traía a la memoria con mayor energía. Esto le producía vivo dolor, en el cual se placa, aunque parezca paradójico. Bien lo entenderá el que haya visto desaparecer de este mundo a un ser querido. Suele haber cierta voluptuosidad en escarbar la llaga, en renovar la pena y el llanto. Raimundo no podía contemplar mucho tiempo el rostro de Clementina sin sentir las lágrimas correr por sus mejillas. Por esto, quizá, era por lo que la buscaba en todas partes. Sin embargo, había una dureza y severidad en él que no había tenido jamás el de su madre; pero cuando sonreía, al desaparecer esta dureza, la semejanza era realmente maravillosa.

No se le ocultó a nuestro mancebo el enojo que la dama recibía de su tenaz persecución. Y no podía menos de reirse interiormente de aquel extraño error. Si supiese esta señora—se decía cuando veía un gesto de desdén en sus labios—por qué me gusta tanto, ¡qué grande sería su asombro! Una corriente de simpatía y hasta, es posible decir, de adoración le iba ligando a ella. Si no fuese por aquel aspecto imponente que tenía, es fácil que le hubiera dirigido la palabra, la hubiera hecho entender qué gran consuelo le daba con su presencia. Pero Clementina estaba colocada en una esfera tan alta, que temía su desdén. Bastante era el que le mostraba por el solo delito de contemplarla. Por otra parte, habían llegado a sus oídos rumores que la desacreditaban. No procuró confirmarlos, primero porque no le importaba, y después porque una vez confirmados se vería obligado a despreciarla, y no quería que una mujer que tanto se parecía a su madre en la figura fuera un ser despreciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Contentóse con satisfacer siempre que podía aquel extraño deseo de renovar su dolor, de conmoverse hasta derramar lágrimas. Como no frecuentaba la alta sociedad ni podía asistir al teatro, para procurarse este placer necesitaba seguirla en la calle o en el paseo cuando no iba en coche. También averiguó que iba los domingos a misa de dos en los Jerónimos; allí la pudo contemplar con más espacio y sosiego.

Había dado cuenta a su hermana del hallazgo, pero no hizo ningún esfuerzo para mostrárselo. Temía que Aurelia no viese tan clara como él la semejanza y le arrancase parte de su ilusión. Dos o tres veces a la semana, Clementina solía salir a pie por la tarde, como el día en que por vez primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de su gabinete de la calle de Serrano, convertido en observatorio, espiaba su llegada. En cuanto la columbraba a lo lejos se echaba a la calle para seguirla hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta persecución fuertemente, por ser la hora en que iba a casa de su amante. No que le importase mucho que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un resto de pudor que conservaba. Además, sabía, porque se lo habían dicho recientemente, que los maridos, cuando sorprenden a sus esposas en flagrante adulterio y las matan, están exentos de responsabilidad. Como estaba convencida de que el suyo la detestaba, temía que se aprovechase de este recurso para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos al residuo de vergüenza que le quedaba, fomentaban su irritación contra Raimundo. Su carácter violento, caprichoso, despótico, se alteraba con aquel obstáculo imprevisto. Ni siquiera había reparado bien en la fisonomía del joven. Le odiaba sin dignarse hacerse cargo de su figura. Luego, el sosiego con que recibía los gestos provocativos de desprecio que no le escatimaba, le parecían una ofensa. Bien mirado, aquel chicuelo se estaba burlando de ella: porque no era creíble que un enamorado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, después que advirtió que la molestaba, se propuso mortificarla para vengarse. Y no cabía duda que lo lograba cumplidamente. Las vueltas que se veía precisada a dar para huirle, las visitas que hacía sin gana, todas las zozobras que aquel muchacho le costaba, se lo hacían cada día más aborrecible y le iban requemando la sangre. Ideó salir en coche, meterse en las Calatravas y despedirlo allí; pero Raimundo, al verse privado por varios días de verla, también dió en la flor de tomar un coche de punto y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se prometió a sí misma cortar aquella impertinente y molesta persecución, aunque no sabía cómo. Primero pensó en que Pepe Castro hablase y amenazase al muchacho. Al ver la sangre fría con que aquél lo tomaba, se indignó y no volvió a mentarle el asunto. Luego imaginó abordarle ella misma en la calle y rogarle con pocas palabras frías y desdeñosas que no la molestase más. Cuando llegó la ocasión no se atrevió a hacerlo, aunque no pecaba de tímida: el trance le pareció grave.

En estas dudas y vacilaciones se hallaba, cuando, bajando por la calle de Serrano, al levantar los ojos casualmente hacia arriba, acertó a ver en un mirador bastante alto a su enemigo. Cruzóle entonces por la mente la idea de averiguar su nombre y escribirle. Y en efecto, con la violencia que caracterizaba todas sus acciones, al pasar por delante de la casa entró en el portal y se dirigió a la garita de los porteros.

—¿Tiene usted la amabilidad de decirme quién habita el cuarto tercero de esta casa?

—Son dos señoritos muy jóvenes, hermano y hermana. Sólo viven aquí desde hace cuatro meses. Han quedado huérfanos, al parecer, hace poco tiempo….

La portera, al ver una señora tan elegante, se mostró locuaz y complaciente; pero Clementina la atajó en seguida.

—¿Cómo se llama el señorito?

—D. Raimundo Alcázar.

—Mil gracias.

Y se alejó inmediatamente. Salió a la calle y dió unos cuantos pasos. Mas de pronto, se le ocurrió que el escribirle tenía sus inconvenientes, y que en realidad era preferible una explicación verbal de la cual nadie que la conociera podía enterarse en aquellos momentos. Detúvose un momento indecisa, y bruscamente dió la vuelta y se metió de nuevo en el portal. Cruzó sin decir nada por delante de la portera y subió con pie ligero las escaleras. Al llegar al piso tercero, a pesar del brío y entereza de su carácter, sintió un poco desfallecida la voluntad y estuvo a punto de dar la vuelta. Su temperamento orgulloso y obstinado la empujó, sin embargo, al pensar que el joven la había visto entrar y se enteraría de su arrepentimiento. En el piso tercero había dos cuartos, derecha e izquierda. Clementina había visto papeles en uno. Llamó sin vacilar en el de la derecha observando que tenía un felpudo para los pies delante de la puerta, señal evidente de que era el habitado.

Salió a abrirle una criada a quien preguntó por D. Raimundo Alcázar.

—Deseo verle—dijo después que se enteró de que estaba en casa.

La criada la introdujo en la sala, y como le pareciese rara aquella visita, le preguntó:

—¿Aviso a la señorita?

—No, no; avise usted al señorito, que es a quien deseo hablar.

Se hallaba éste, en tanto, en su despacho, presa de violenta agitación. Al ver a la dama entrar en el portal por primera vez se había sobresaltado sin motivo preciso para ello. Tranquilizóse al verla salir, y otra vez se alteró cuando entró nuevamente. Cruzó por su mente la idea de que pudiese subir a su casa; pero al instante la desechó como inverosímil. Imaginó más bien que vendría a visitar a alguno de los inquilinos de los cuartos principal o segundo, que eran personas de calidad. No obstante, a despecho de su razón, no se tranquilizaba. Cuando oyó sonar el timbre de la puerta quedó aterrado. Apenas tuvo ánimo para dirigirse hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una seña a la criada ya ésta había abierto, obligándole a retirarse vivamente a su despacho. Estuvo tentado a negarse, aunque ya estaba la dama en la sala. Al fin se decidió a salir, reflexionando que no había motivo racional para ello.

Raimundo no tenía mucho trato de gente. Las relaciones de su madre habían sido escasas; unos cuantos parientes, algunas familias conocidas. Por su parte, tampoco había hecho nada por ensanchar este círculo. Ya hemos dicho que no había estrechado amistad íntima con ninguno de sus condiscípulos. Menos había procurado la entrada en los casinos, tertulias y saraos de la corte. Su adolescencia y los días que llevaba de juventud se habían deslizado serenos en el seno del hogar, estudiando y coleccionando mariposas. Conocía la vida por los libros. La naturaleza le había dotado, no obstante, de un claro y simpático ingenio, de fácil palabra y de cierta dignidad de modales que suplía bastante bien a esa elegancia y distinción que el roce continuado con la espuma de la sociedad engendra.

Entró en la sala tranquilo ya y aun con una vaga predisposición a la hostilidad que el estrambótico paso de aquella señora le infundía. Hizole una profunda reverencia. La situación era tan extraña, que Clementina, a pesar de su orgullo, su experiencia, su desenfado, y hasta bien puede decirse su desgarro, se encontró repentinamente cohibida. Tuvo necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir brío.

—Aquí me tiene usted—le dijo en tono agrio que resultó inoportuno y descortés.

—Usted me dirá a qué debo el honor de esta visita—repuso Raimundo con voz un poco temblorosa.

—Pues…. (la dama vaciló unos instantes) lo debe usted al honor que me hace siguiéndome hace dos meses como una sombra chinesca a todas partes. ¿Le parece a usted agradable traer un espantajo detrás en cuanto una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no enfermar como el lego de los Madgyares, he dado el paso ridículo de subir hasta aquí a rogarle que cese en su persecución. Si usted tiene que decirme algo interesante, dígamelo de una vez y concluyamos.

Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se encuentra en una situación falsa y quiere salir de ella exagerando el enojo. Raimundo la miró lleno de asombro, cosa que molestó a Clementina y aun más la precipitó.

—Señora, siento en el alma haberla ofendido…. Estaba muy lejos de mi ánimo…. ¡Si usted supiera los sentimientos que en mí despierta su figura!… (balbució con trabajo).

Clementina le atajó diciendo:

—Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy casada … y aunque no lo fuese sería lo mismo.

—No, señora, no voy a hacerle una declaración—repuso el joven entomólogo sonriendo—. Voy a explicarle a usted mi persecución. Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. ¡Qué lejos estará usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si lo estuviese, es bien seguro que no la seguiría como un pirata callejero … sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro….

Raimundo se puso serio al llegar aquí e hizo una pausa. Luego dijo precipitadamente, con voz alterada por la emoción:

—Señora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo … y usted se parece muchísimo a mi madre.

Al pronunciar estas palabras se quedó mirándola con una atención ansiosa, húmedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a sollozar.

Esta revelación produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo. Permaneció inmóvil y muda mirándole también fijamente. Raimundo comprendió lo que pasaba por su espíritu, y dijo empujando la puerta de su despacho:

—Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo.

La dama avanzó dos pasos y vió en la pared fronteriza, sobre el sillón mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografía ampliada de una señora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto parecido con ella, aunque no tan claro como el joven decía. Sobre el retrato, sujeto al marco, había un ramo de siemprevivas.

—Algo nos parecemos—dijo después de contemplar el retrato con atención—. Pero esa señora era más hermosa que yo.

—No; más hermosa, no. Tenía más dulzura en los ojos, y eso daba a su fisonomía un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que brillaba en ellos.

Pronunció estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de galantería que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padeció aún más por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de Raimundo temblaban dos lágrimas. La dama dijo al cabo:

—¿Qué edad tenía su mamá?

—Cuarenta y un años.

—Yo tengo treinta y cinco—replicó con mal disimulada satisfacción.

Raimundo volvió hacia ella la vista.

—Es usted joven aún y muy bella…. Pero mi madre tenía la tez más fresca a pesar de llevarle algunos años. Su cutis era terso como el raso. En los ojos no se notaba cansancio alguno. Parecían los de un niño…. Es natural. La vida de mamá fué suave y tranquila. Ni su cuerpo ni su alma se habían gastado.

No observaba que indirectamente estaba diciendo algunas groserías a la señora que tenía presente. Esta se sintió fuertemente picada; pero no osó mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad con que hablaba le impusieron respeto. Lo que hizo fué cambiar de conversación, echando una mirada de curiosidad por el despacho.

—Parece que se dedica usted a coleccionar mariposas.

—Sí, señora; desde niño. He logrado reunir una cantidad de especies bastante respetable. Las tengo muy lindas y curiosas. Mire usted.

Clementina se acercó a uno de los armarios. Raimundo se apresuró a abrirlo y le puso en la mano un cartón donde estaban fijadas algunas lindísimas de vivos y brillantes colores.

—En efecto, son bonitas y originales. ¿Qué utilidad saca usted de coleccionarlas? ¿Las vende usted?

—No, señora—repuso sonriendo el joven—. Es con un fin puramente científico.

—¡Ah!

Y le echó una rápida mirada de curiosidad. Clementina no simpatizaba mucho con los hombres de ciencia, pero le infundían cierto vago respeto mezclado de temor, como seres extraños a quienes una parte del mundo concede superioridad.

—¿Es usted naturalista?—le preguntó después.

—Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido….

Mientras le mostraba su preciosa colección con el gozo especial no exento de desdén con que los sabios enseñan sus trabajos a los profanos, le fué enterando de su vida sencilla. Al llegar a la enfermedad de su madre volvió a conmoverse y las lágrimas a brotar a sus ojos. Clementina le escuchaba con atención, recorriendo con la vista los cartones que le ponía delante, dejando escapar algunas palabras, ora de elogio a los matizados insectos, bien de compasión cuando Raimundo llegó a describirle la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, distracción. No lograba, sin embargo disipar la confusión en que la ponía el extraño paso que había dado, la situación anómala en que se hallaba. Salió de ella bruscamente, como hacía siempre las cosas. Se puso seria y tendió la mano al joven, diciéndole:

—Mil gracias por su amabilidad, señor Alcázar. Me voy, celebrando mucho que no haya sido el objeto de su persecución el que yo sospechaba…. De todos modos, sin embargo, le ruego no continúe en ella…. Ya ve usted; soy casada, y cualquiera podría pensar que yo la aliento o doy algún motivo….

—Pierda usted cuidado, señora. Desde el momento en que a usted le molesta me guardaré de seguirla. Perdóneme usted en gracia del motivo—respondió el joven apretándole la mano con naturalidad y afectuosa simpatía que lograron interesar a la dama. Pero no lo demostró. Al contrario, se puso más seria y emprendió la marcha hacía la sala. Raimundo la siguió. Al pasar delante de ella para abrirle la puerta, le dijo con franqueza seductora:

—No valgo nada, señora; pero si algún día quisiera usted servirse de mi insignificante persona, ¡no sabe usted el placer que me causaría con ello!

—Gracias, gracias—repuso secamente Clementina sin detenerse.

Al llegar a la puerta de la escalera y al tirar del pasador, el joven vió asomar la cabecita curiosa de su hermana en el fondo del pasillo.

—Ven aquí, Aurelia—le dijo.

Pero la niña no hizo caso y se retiró velozmente.

—Aurelia, Aurelia.

Bien a su pesar, ésta salió al pasillo y avanzó hacia ellos sonriente y roja como una cereza.

—Aquí tienes a la señora de quien te he hablado, que tanto se parece a mamá.

Aurelia la miró sin saber qué decir, sonriente y cada vez más ruborizada.

—¿No se parece muchísimo? Dí.

—Yo no lo encuentro …—respondió la joven después de vacilar.

—¿Lo ve usted?—exclamó la dama volviéndose a Raimundo con la sonrisa en los labios—. No ha sido más que una fantasía, una alucinación.

Traslucíase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia de Aurelia hacía más falsa aún su situación.

—No importa—repuso Raimundo—. Yo veo claro el parecido, y basta.

La puerta estaba ya abierta.

—Tanto gusto …—dijo Clementina dirigiéndose a Aurelia sin extenderle la mano, inclinándose con una de esas reverencias frías, desdeñosas, con que las damas aristócratas establecen rápidamente la distancia que las separa del interlocutor.

Aurelia murmuró algunas frases de ofrecimiento. Raimundo salió hasta la escalera para despedirla, repitiéndole algunas frases amables y cordiales que no impresionaron a la dama, a juzgar por su continente grave.

Bajó las escaleras descontenta de sí misma, embargada por una sorda irritación. No era la primera vez, ni la segunda tampoco, que su temperamento impetuoso la colocaba en estas situaciones anómalas y ridículas.