VI
#Desde el «Club de los Salvajes» a casa de Calderón.#
Pintorescamente diseminados por los divanes y butacas de la gran sala de conversación del Club de los Salvajes, yacen a las dos de la tarde hasta una docena de sus miembros más asiduos. Forman grupo en un rincón el general Patiño, Pepe Castro, Cobo Ramírez, Ramoncito Maldonado y otros dos socios a quienes no tenemos el gusto de conocer. Algo más lejos está Manolito Dávalos, solo. Más allá Pinedo con algunos socios, entre los cuales sólo conocemos a Rafael Alcántara y a León Guzmán, conde de Agreda, por haber sido los de la fiesta nocturna en casa de la Amparo que tanto disgustó al duque de Requena. Las posturas de estos jóvenes (porque lo son en su mayoría) responden admirablemente a la elegancia que resplandece en todas las manifestaciones de su espíritu refinado. Uno tiene puesta la nuca en el borde del diván y los pies en una butaca, otro se retuerce con la mano izquierda el bigote y con la derecha se acaricia una pantorrilla por debajo del pantalón; quién se mantiene reclinado con los brazos en cruz; quién se digna apoyar la suela de sus primorosas botas en el rojo terciopelo de las sillas.
Este Club de los Salvajes es más bien un arreglo que una traducción del inglés (Savage Club). Por mejor decir, se ha traducido con una graciosa libertad que mantiene vivo dentro de él el genio español en estrecha alianza con el británico. A más del título, pertenece al inglés todo el aparato o exterior de la sociedad. Los miembros se ponen indefectiblemente el frac por las noches si es invierno, el smoking si es verano; los criados gastan calzón corto y peluca. Hay un elegante y espacioso comedor, sala de armas, gabinete de toilette, cuartos de baño y dos o tres habitaciones para dormir. Tiene el club, asimismo, servicio particular de coches y caballos de silla. El genio español se manifiesta en multitud de pormenores internos. El que más lo caracteriza es el de la ausencia de metal acuñado. Esto da origen a muchas y extrañas relaciones de los socios entre sí y de los socios con el mundo exterior, que constituyen una complicada y hermosa variedad que no se hallará en ningún otro pueblo de la tierra. Da lugar, sobre todo, a un desarrollo inmenso, inconcebible, de esa palanca poderosa con que el siglo XIX ha llevado a término las más grandiosas y estupendas de sus empresas, el Crédito. Realízanse dentro del Club de los Salvajes tantas operaciones de crédito como en el Banco de Londres. No sólo se prestan los socios entre sí dinero y juegan sobre su palabra, sino que también realizan la misma operación con el club, considerado como persona jurídica, y hasta con el conserje en calidad de funcionario y como particular. Fuera del círculo, los salvajes, arrastrados de su entusiasmo y veneración por el crédito, lo hacen jugar en casi todas sus relaciones con el sastre, el casero, el constructor de coches, el importador de caballos, el joyero, etc., sin mencionar aquí otras grandes operaciones de la misma clase que de vez en cuando realizan con algún banquero o propietario. Gracias, pues, a este inapreciable elemento económico, se había hecho casi innecesario, entre los socios del club, el numerario, reemplazándolo dichosamente por otro medio enteramente abstracto y espiritual, la palabra; la palabra oral o escrita. Vivían, gastaban lo mismo que sus colegas y modelos de Londres, sin libras esterlinas, ni chelines, ni pesetas, ni nada.
Es evidente, pues, la superioridad del club español sobre el inglés en este respecto. También lo es en cuanto a la franqueza y cordialidad con que los socios se tratan entre sí. Poco a poco se habían ido alejando de las formas correctas, ceremoniosas, que caracterizan a los graves gentlemen de la Gran Bretaña, dando a su trato cada vez más color local, acercándolo en lo posible al de nuestros pintorescos barrios de Lavapiés y Maravillas. El medio, la raza y el momento son elementos de los cuales no se puede prescindir, lo mismo en la política que en las sociedades de recreo.
El club empieza a animarse siempre después de las doce de la noche, llega a su período álgido a las tres de la madrugada, y desde esta hora comienza a descender. A las cinco o seis de la mañana se retiran todos santamente en busca de reposo. Durante el día suele verse poco concurrido. Sólo dos o tres docenas de socios van por las tardes, antes del paseo, a culotear sus boquillas. Embotados aún por el sueño, hablan poco. Les hace falta la excitación de la noche para que muestren en todo su esplendor sus facultades nativas. Estas parecen concentradas en la nobilísima tarea de poner la boquilla de un hermoso color de caramelo. Si los objetos de arte han sido en otro tiempo objetos útiles, si el Arte arrastra consigo la idea de inutilidad como algunos afirman, hay que confesar que los socios del Club de los Salvajes, en materia de boquillas obran como verdaderos artistas. Hácenlas venir de París y de Londres; traen grabadas las iniciales de sus dueños y encima la correspondiente corona de conde o marqués si el fumador lo es; guárdanlas en preciosos estuches, y cuando llega el caso de sacarlas para fumar lo realizan con tales cuidados y precauciones, que en realidad se convierten en objetos molestos más que útiles. Hay salvaje que se estraga fumando sin gana cigarro sobre cigarro, sólo por el gusto de ahumar la boquilla antes que alguno de sus colegas. Y si no es así, por lo menos, nadie se cuida de saborear el tabaco. Lo importante es soplar el humo sobre la espuma de mar y que vaya tomando color por igual. De vez en cuando sacan el fino pañuelo de batista, y con una delicadeza que les honra se dedican largo rato a frotarla mientras su espíritu reposa dulcemente abstraído de todo pensamiento terrenal. Graves, solemnes, armoniosos en sus movimientos, los socios más distinguidos del Club de los Salvajes chupan y soplan el humo del tabaco de dos a cuatro de la tarde. Hay en esta tarea algo de íntimo y contemplativo, como en toda concepción artística, que les obliga a bajar los párpados y a subir las pupilas para mejor recrearse en la pura visión de la Idea.
En este elevadísimo estado de alma se hallaba nuestro amigo Pepe Castro ahumando una que figuraba la pata de un caballo, cuando le sacó de su éxtasis la voz de Rafael Alcántara que desde lejos le gritó:
—¿Conque es verdad que has vendido la jaca, Pepe?
—Hace ya unos días.
—¿La inglesa?
—¿La inglesa?—exclamó levantando los ojos hacia su amigo con asombro y reconvención—. No, hombre, no; la cruzada.
—Chico, como no hace dos meses siquiera que la has comprado, no creía que te deshicieses de ella.
—Ahí verás tú—replicó el bello calavera adoptando un continente misterioso.
—¿Algún defecto oculto?
—A mí no se me oculta ningún defecto—dijo con orgullo.
Y todos lo creyeron; porque en este ramo del saber humano no tenía rival en Madrid, si no era el duque de Saites, reputado como el primer mayoral de España.
—Ah, vamos, falta de luz.
—Tampoco.
Rafael Alcántara se encogió de hombros y se puso a hablar con los que tenía cerca. Era un joven rubio, de fisonomía gastada, ojos pequeños y verdosos, malignos y duros. Como otros tres o cuatro de los que asistían a diario al club, entraba en él y alternaba con toda la alta aristocracia, sin derecho alguno. Alcántara era de familia humilde, hijo de un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo se había gastado la pequeña hacienda que le dejó su padre y después vivió del juego y a préstamo. A todo Madrid debía y hacía gala de ello. La condición que le mantenía abiertas las puertas de la alta sociedad era su valor y su cinismo. Alcántara era hombre bravo de veras, se había batido tres o cuatro veces y estaba apercibido a hacerlo por el más mínimo pretexto. Además, era un desvergonzado, hablaba siempre en tono despreciativo, aunque fuese a la persona más respetable, dispuesto a burlarse de todo el mundo. Estas cualidades le habían hecho adquirir gran prestigio entre los jóvenes salvajes. Se le trataba como a un igual, se contaba con él en todas las francachelas; pero nadie preguntaba por su dinero.
—Mi general, le habrá a usted gustado ayer la Tosti, ¿eh?—dijo
Ramoncito Maldonado dirigiéndose a Patiño.
—En la romanza solamente,—repuso el guerrero sensible después de dirigir con destreza una larga bocanada de humo a su boquilla que representaba un obús montado sobre su cureña.
—No diga usted que el dúo ha estado mal.
—¡Vaya si lo digo!
—Pues, señor, entonces declaro que no entiendo una palabra porque me ha parecido sublime—replicó el joven con señales de hallarse picado.
—Esa declaración te honra, Ramón. Sabes hacerte justicia—dijo Cobo
Ramírez, que no perdía ocasión de vejar a su amigo y rival.
—¡Ya lo creo, como que sólo tú eres el inteligente!—exclamó vivamente el concejal—. Mira, Cobo, aquí el general puede hablar porque tiene motivo, ¿estamos?… pero tú debes callarte porque me gastas una oreja como la de una cocinera.
—Pero hombre, ¿por qué se picará tanto Ramoncito, en cuanto usted le dice algo?—preguntó el general riendo.
—No sé—repuso Cobo dando un chupetón al cigarro mientras sus facciones se contraían con una leve sonrisa burlona—. Si le contradigo se enfada, y si repito lo que él dice, lo mismo.
—¡Se entiende, chico, se entiende! Si ya sabemos que eres un guasón de primera fuerza. No necesitas esforzarte más delante de estos señores…. Pero lo que es ahora, has dado una buena pifia.
—Yo sostengo lo mismo que el general. El dúo estuvo muy mal cantado—dijo con calma provocativa Cobo.
—¡Qué importa que tú sostengas uno u otro!—exclamó ya fuera de sí
Maldonado—. ¡Si no conoces una nota de música!
—¡Alto! Tengo más derecho a hablar de música, puesto que no cencerreo como tú el piano. Por lo menos soy un ser inofensivo.
Siguió una disputa larga entre ambos, viva y descompuesta por parte de Ramoncito, tranquila y sarcástica por la de Cobo, que se gozaba en sacar a aquél de sus casillas. No poco se divertían también los presentes, poniéndose unos de parte del concejal y otros de su competidor para más prolongar el recreo.
—¿Sabéis que esta tarde se bate Alvaro Luna?—dijo uno cuando ya iban hastiados de los dimes y diretes del concejal y Cobo.
—Eso me han dicho—respondió Pepe Castro cerrando los ojos con voluptuosidad, mientras chupaba el cigarro—. En el jardín de Escalona, ¿verdad?
—Creo que sí.
—¿A sable?
—A sable.
—Vamos, un chirlo más—manifestó León Guzmán desde su asiento.
—Con punta.
—¡Oh! ya es otra cosa.
Y los salvajes presentes mostraron entonces interés en el duelo.
—Alvaro tira poco. El coronel debe llevarle ventaja. Es más hombre, y además tira con energía.
—Con demasiada—dijo Pepe Castro sacando el pañuelo después de haber arrojado la punta del cigarro y poniéndose a frotar con esmero la boquilla.
Todos volvieron los ojos hacia él porque tenía fama de habilísimo tirador.
—¿Crees tú?
—Desde luego. La energía es conveniente hasta cierto límite. Pasando de él, muy expuesta, sobre todo cuando los sables tienen punta. Si se las cortasen, todavía redoblando los ataques sin descanso se puede hacer algo. Por lo menos, es posible aturdir al contrario. Pero cuando la llevan hay que andarse con ojo. Alvaro no tira mucho; pero es frío, tiene un juego cerrado y estira el pico que es un primor. Que no se descuide el coronel.
—¿La cuestión ha sido por la cuñada de Alvaro?
—Al parecer.
—¿Y a él qué diablos le importa?
—¡Ps … ahí verás!
—Como no esté enamorado, no comprendo….
—Todo podría ser.
—¡La niña es de oro! Este verano, en Biarritz, ella y el chico de Fonseca se ponían de un modo por las noches en la terraza del casino, que era cosa de sacar fotografías iluminadas.
—Allá Cobo, antes de irse, hizo también algunos cuadros disolventes en los jardinillos.
—¡Sí, sí; bien me ha comprometido esa chica!—manifestó Cobo en tono cómicamente desesperado.
—Ya no tenías mucho que perder. Desde el negocio de Teresa estás deshonrado—dijo Alcántara.
—Siempre va la desgracia con la hermosura—apuntó con tonillo irónico
Ramoncito.
—¿También tú, Ramón?—exclamó con afectado asombro Cobo—. Vamos, llegó el momento de que los pájaros tiren a las escopetas.
—Pues, señores, confieso mi debilidad. No puedo estar al lado de esa chica sin ponerme malo—dijo León Guzmán.
—Ni esa niña puede tampoco estar al lado de un chico tan guapo y tan risueño como tú sin ponerse enferma también—dijo Rafael Alcántara.
—¿Me quieres seducir, Rafael?
—Sí, chico, para que me dejes mañana la llave de tu cuarto y no parezcas en toda la tarde por allá. Lo necesito.
—Es que tengo una colcha preciosa de raso.
—Se cuidará de la colcha.
—Y hay además un criado que se dedica, con gran afición, al dibujo por las tardes.
—Se le darán dos duros al criado para que vaya a dibujar a otro lado.
—Y una vecinita que pasa la vida acechando desde su ventana lo que hay y lo que no hay en mi habitación.
—Se la convidará … digo, se bajarán las persianas…. Oye, Manolito, ¿te vas a pasar toda la juventud tirado en ese diván sin decir palabra?
Manolito Dávalos descansaba, en efecto, en actitud sombría y melancólica, sin que le hubiesen impulsado a levantar la cabeza los dichos de su amigo. Al oirse nombrar la alzó con sorpresa y mal humor.
—Si tú te encontrases en mi posición, qué poca gana tendrías de bromear, Rafael!—dijo exhalando un suspiro.
Hay que advertir que el joven marqués de Dávalos, que nunca había poseído una inteligencia muy clara, teníala de algún tiempo a esta parte bastante perturbada. Según la expresión vulgar estaba un poco chiflado o tocado. Sus amigos sabían todos que este trastorno procedía de la ruptura con la Amparo, que le había comido en poco tiempo su fortuna y de quien estaba aún profundamente enamorado. Tratábanle con cierta protección entre burlona y benévola; pero se abstenían, si no es muy embozadamente y con precauciones, de bromearle con su ex-querida, porque alguna vez que se propasaron, Manolito fué víctima de ataques de cólera muy semejantes a la locura. Tenía poco más de treinta años; estaba calvo, la tez y los labios marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro hijos habíalos recogido la suegra. Vivía en una fonda con la pensión que le pasaba una tía vieja de quien era presunto heredero. Sobre la esperanza de esta herencia algunos usureros le prestaban dinero.
—Si yo me encontrara en tu caso, ¿sabes lo que haría, Manolo?…
Casarme con mi tía.
Los amigos rieron, porque la tía de Dávalos tenía cerca de ochenta años.
—Bueno, bueno—exclamó éste con acento doloroso. Bien se conoce que no has tenido que luchar con indecentes usureros toda la mañana para concluir por dejarles algo … que es una infamia empeñar—añadió por lo bajo.
—¡A mí con ingleses!… ¿Tú no sabes, Manolito, que todos los meses tengo que renovar el timbre de la puerta de mi casa porque lo gastan ellos de tanto tirar?… Pero yo lo tomo con más filosofía. Lejos de disgustarme, experimento una gran satisfacción cada vez que viene a visitarme un acreedor, porque es la prueba de que soy un buen hijo, de que cumplo la última voluntad de mi padre.
Los salvajes de los dos grupos le miraron con curiosidad, sonriendo.
—¿Cómo es eso, Rafael?—preguntó Pepe Castro.
—Habéis de saber que mi padre se murió diciéndome: "¡El deber, hijo! ¡el deber! ¡Ante todo el deber!"… Fueron sus últimas palabras. Yo, cumpliendo con este sagrado consejo, procuro deber todo lo posible.
Hizo gracia a sus compañeros este rasgo cínico; lo celebraron con algazara. Rafael, sustrayéndose modestamente a sus aplausos, se acercó a Dávalos, y pasándole una mano por encima del hombro le dijo, bajando la voz aunque no tanto que no pudiesen oirle los amigos:
—Pues sí, Manolito, no es broma. Yo me casaría con mi tía. ¿Qué se pierde con ello? Es una vieja…. ¡Mejor! Así se morirá más pronto. Pero en cuanto te cases entras a manejar su fortuna y no tienes necesidad de aguardar los años que a ella se le antoje vivir. A ti lo que te hace falta como a mí es guita. Desengáñate; si la tuviéramos nos pondríamos más gordos que Cobo Ramírez…. Además, en cuanto seas rico, le birlas la Amparo a Salabert, ¿no comprendes?
El marquesito levantó la vista hacia su amigo abriendo mucho los ojos, donde se reflejaba la duda de si hablaba en serio o en broma. No advirtiendo en el rostro imperturbable de Alcántara señal de burla, comenzó a enternecerse. Habló de su antigua querida con tal entusiasmo y veneración que haría reir a cualquiera. El proyecto ya no le pareció tan insensato. Se entretuvo en pensarlo largamente y estudiarlo por todas sus fases. Mientras tanto Rafael le escuchaba con afectada atención, animándole a proseguir con signos y frases de afirmación. Nadie pensaría que se estaba mofando de él, a no ser porque de vez en cuando, aprovechando los instantes en que el tocado marqués miraba a la punta de sus botas buscando alguna frase bastante expresiva para ponderar su amor, hacía guiños maliciosos a los amigos que los contemplaban con curiosidad burlona.
Abrióse la mampara del salón. Apareció Alvaro Luna. Los salvajes le acogieron con exclamaciones de afecto y burla.
—¡Bravo, bravo! Aquí está el reo en capilla.
—Mirad qué cara trae.
—¡Como que está al borde de la tumba!
El recién llegado sonrió vagamente y tendió una mirada escrutadora por el salón. Alvaro Luna, conde de Soto, era hombre de treinta y ocho a cuarenta años, delgado, de mediana estatura, ojos vivos y duros y rostro bilioso.
—¿Habéis visto a Juanito Escalona?—preguntó.
—Sí—dijo uno—. Aquí ha estado hace una media hora. Me ha dicho que le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendría.
—Bueno, esperaremos—repuso avanzando con calma y sentándose al lado de ellos.
La broma continuó.
—Veamos, veamos cómo está ese pulso—dijo Rafael cogiéndole por la muñeca y sacando al mismo tiempo el reloj.
El conde entregó su mano sonriendo.
—¡Jesús, qué atrocidad! ¡Ciento treinta pulsaciones por minuto! Ningún condenado a muerte las ha tenido.
No era verdad. El pulso estaba normal. Así lo manifestó el mismo Alcántara a los amigos haciendo una seña negativa. Alvaro no se alteró por la mentira. Poseído de su valor y convencido de que no dudaban de él, siguió con la misma vaga sonrisa en los labios.
—Vaya, mañana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque tenía que ir de caza con Briones—dijo uno.
—¡Y que no es pequeña la carrera desde la casa mortuoria a San
Isidro!—respondió otro.
—No, hombre, no—apuntó un tercero—; lo llevarán a la estación del
Norte para conducirlo a Soto, al panteón de familia.
Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se impacientaba, quizá temiendo que el más pequeño signo de impaciencia, en aquella ocasión, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta paciencia, los jóvenes salvajes cada vez le apretaban más con su vaya, repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fría y vaga sonrisa. Respondíales pocas veces. Cuando lo hacía era con breves palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo:
—Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. ¿Quién quiere echar un tresillo?
Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un acto que confirmaba su sangre fría. Tres de los amigos se fueron con él a la sala de juego. No tardaron en rodearles los demás. La broma siguió lo mismo que en el salón.
—¡Miradle, cómo le tiembla la mano!
—Dentro de una hora ese hombre habrá dejado de existir.
—Oyes, Alvaro, debías de legarme la Conchilla.
—No hay inconveniente—repuso aquél arreglando sus cartas.
—Ya lo oyen ustedes, señores; la Conchilla es mía por testamento….
¿Cómo se llama este testamento, León?
—Testamento nuncupativo—dijo éste, que sabía algo de leyes por andar en pleito hacía tiempo con unos primos.
—La Conchilla me pertenece por testamento nuncupativo. Gracias, Alvaro.
Haré que vista luto y respetaremos tu memoria hasta donde se pueda.
¿Tienes algo que encargarme?
—Sí, que la sacudas el polvo cada ocho o diez días. Si no suelta algunas lágrimas todas las semanas se pone enferma.
—Corriente. Así se hará.
—¡Ah! y que sea con el bastón. Se ha acostumbrado a ello y no lo tolera con la mano.
—Perfectamente.
Cada vez era mayor la algazara. La imperturbabilidad del conde hacía muy buen efecto. Detrás de aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le querían y respetaban su valor. En esto apareció un criado y le presentó una carta en bandeja de plata. La tomó y la abrió con curiosidad. Al recorrerla volvió a sonreír y la pasó a los que tenía al lado. Era del dueño de la Funeraria ofreciéndole sus servicios y remitiéndole un prospecto con los precios. Alguno de aquellos chicos se había divertido en pasarle aviso. Tampoco se ofendió: parecía interesado en el juego.
Al fin entró en la sala Juanito Escalona en su busca. Después de ajustar cuentas se levantó de la silla. Todos le rodearon.
—¡Buena suerte, Alvaro!
—Me da el corazón que lo ensartas.
—No seas tonto; nada de ensartar. A concluir pronto, aunque sea con un rasguño.
En aquel momento terminaban las bromas y estallaba el compañerismo. El conde encendió un cigarro puro con toda calma y dijo con la mayor naturalidad:
—Hasta luego, señores.
Había una parte efectiva de valor en aquella actitud serena, imperturbable del conde; pero había también buena porción de esfuerzo y estudio. Los jóvenes salvajes, aunque poco dados en general a la literatura, recibían no obstante su influencia. Lo que entre ellos priva son los folletines y las novelas de salón. Estas, novelas trazan la figura de un hombre ideal lo mismo que los libros de caballería. Solamente que en las antiguas novelas, el hombre dechado era el que por amor a las nobles ideas de justicia y caridad acometía empresas superiores a sus fuerzas. En las modernas es el que por temor al ridículo se abstiene de todo entusiasmo y de toda acción generosa. Al hombre que arriesgaba su vida en todos los momentos por una causa útil a sus semejantes, ha sustituído el que la arriesga por las nonadas de la vanidad o la soberbia. Al caballero ha sucedido el espadachín.
Quedáronse los contertulios comentando la serenidad del conde. Se le ensalzó aunque no muy vivamente ni por mucho tiempo. Es regla primera del buen tono no asombrarse jamás. La segunda hablar prolijamente de las cosas leves y con sobriedad de las graves. Deshízose al fin la tertulia vespertina. Salieron casi todos sus preclaros miembros y se esparcieron por Madrid a difundir sus doctrinas, las cuales pueden resumirse de este modo: "El hombre nació destinado a firmar pagarés y gastar bigotes retorcidos. El trabajo, la instrucción, el orden, son atentatorios al estado de naturaleza y deben proscribirse de toda sociedad bien organizada".
Ramoncito Maldonado, como siempre, se agarró a los faldones de su amigo Pepe Castro. El lector está enterado ya de la profunda admiración que le profesaba. Ahora le toca saber que Pepe Castro se dejaba admirar lleno de condescendencia, y que de vez en cuando se dignaba iniciarle en algunos inefables secretos referentes a sus altas concepciones sobre las yeguas inglesas y las boquillas de ámbar. Ramoncito iba poco a poco adquiriendo nociones claras, no sólo de estas cosas, sino también del modo más adecuado de combinar el idioma francés con el español en la conversación familiar. Pepe Castro poseía el don admirable de olvidar, en un momento dado, la palabra castellana, y después de algunas vacilaciones pronunciar la francesa con perfecta naturalidad. Ramoncito también lo hacía, pero con menos elegancia. Asimismo iba distinguiendo bastante bien las ostras de Arcachón de las que no son de Arcachón, el Château-Laffite del Château-Margaux, la voz de pecho, en los tenores, de la voz de cabeza, y la pasta dentífrica de Akinson de las otras pastas dentífricas. No obstante, Ramoncito, como todos los neófitos, mucho más si poseen un temperamento exaltado y entusiasta, exageraba la doctrina del maestro. Sean ejemplo de esta exageración los cuellos de camisa. Porque Pepe Castro los gastase altos y apretados ¿había razón para que Ramoncito anduviese por esas calles de Dios con la lengua fuera, padeciendo todo el día los preliminares de la pena del garrote? Y si Pepe Castro, por motivo de una enfermedad nerviosa que había tenido de niño, cerraba el ojo izquierdo con frecuencia, lo cual sin duda le agraciaba, ¿con qué derecho pasaba el día Ramoncito haciendo guiños a la gente con el suyo? Además, el joven concejal cargaba de perfumes no tan sólo el pañuelo y la barba, sino toda su ropa, de suerte que a los diez metros aún trascendía y de cerca producía mareos. Pues bien, después de examinadas detenidamente, no hemos hallado en las ideas de su venerado maestro nada que justifique esta censurable tendencia. Los más bellos y elevados preceptos de los grandes hombres, degeneran y se pervierten al realizarse por sectarios y continuadores. Pepe Castro, aunque advertía estas deficiencias e imperfecciones de su discípulo, no se las echaba en cara. Antes, con la nobleza propia de los grandes caracteres, extendía sobre él su clemencia para perdonarlas y ocultarlas. Nadie osaba, en su presencia, hacer burla de los cuellos ni de los guiños de Ramoncito.
Eran poco más de las cuatro cuando entrambos salvajes salieron del club abrochándose los guantes. A la puerta estaba la charrette de Castro, que éste despidió dando hora al cochero para el paseo. Antes debía hacer una visita a ruego de Ramoncito. Caminaron por la calle del Príncipe, donde el club está situado, a paso lento, observando con fijeza a las mujeres que cruzaban. Deteníanse a veces un instante para hacer algunas indicaciones luminosas sobre su garbo y elegancia, no como el tímido transeunte que contempla y suspira, sino como dos bajaes que entrasen en un mercado de esclavas y antes de elegir discutiesen las cualidades de cada una. A los hombres arrojábanles una rápida mirada despreciativa. Y por si esto no bastaba se envolvían en una fuerte bocanada de humo para hacerles presente que ellos, Pepe y Ramón, pertenecían a un mundo superior, y que si caminaban por la calle del Príncipe era sólo por capricho y momentáneamente. Siempre que se dignaban pasear un poco a pie entre calles como ahora, en la expresión de su rostro había cierto matiz de sorpresa al ver que su paso no era acogido por la muchedumbre con rumores de admiración.
Maldonado era más locuaz que su amigo. Sobre lo que iba y venía expresaba su opinión levantando el rostro sonriente hacia Castro. Este permanecía grave, solemne, respondiendo con monosílabos y adecuados gruñidos. Digamos que Ramoncito era mucho más bajo que su maestro, no sólo moral, sino también físicamente. Cuando paseaban a pie representaban verdaderamente, el uno al sabio profesor que va dejando caer gota a gota el raudal de su ciencia; el otro al ardoroso neófito ávido de enterarse y penetrar cuanto abarca su vista.
—¿Adonde vamos?—preguntó distraídamente Castro al llegar a las cuatro calles.
—Hombre, ¿no habíamos quedado en casar por casa de Calderón?—dijo tímidamente y un poco despechado Ramoncito.
—¡Ah! sí; se me había olvidado.
El joven concejal suardó silencio, admirando en su fuero interno aquella singular facultad de olvidarlo todo, que poseía su amigo. Y siguieron por la Carrera de San Jerónimo hguardoa Puerta del Sol.
—¿Cómo estás con Esperancita?—se dignó preguntar Castro, soltando una bocanada de humo y parándose a mirar un escaparate.
Ramoncito se puso serio repentinamente, casi casi pálido, y comenzó a balbucir a tropezones:
—Lo mismo, chico…. Tan pronto arriba como abajo…. Unos días la encuentro muy amable … es decir, amable, no; pero al menos habladora. Otros con un hocico de tres varas: se marcha en cuanto entro: apenas contesta al saludo, como si la hubiese ofendido…. Comprendo que alguna vez ha tenido motivos para estar enfadada. En el Real suelo ir al palco de las de Gamboa, y pienso que se le ha metido en la cabeza que me gusta Rosaura…. ¡Mira tú qué tontería! ¡Rosaura!… Pero hace lo menos un mes que no subo a saludarlas … y lo mismo; ¡lo mismo, chico, lo mismo!… El otro día la pude pillar sola en el gabinete unos momentos, y de prisa y corriendo le he dicho que deseaba saber en qué quedábamos. Porque ya ves tú, no es cosa de estar haciendo el oso eternamente…. Me escuchó con paciencia…. Te advierto que yo estaba enteramente arrebatado y apenas sabía lo que iba diciendo. Cuando concluí me dijo que no tenía motivos para estar enfadado y se escapó a la sala. Después de esto ¿quién no había de entender que estaba el asunto arreglado? Vamos a ver, cualquiera en mi caso ¿no pensaría que íbamos a entrar en el terreno de la formalidad?… Pues nada, a los dos días voy por allá; intento hablarle aparte en calidad de novio y me da un bufido que me dejó helado…. Y así estoy. Ni sé si me quiere o si deja de quererme, ni tengo tranquilidad para dedicarme a mis quehaceres ni hago otra cosa que pensar en esa maldita chiquilla.
—Yo creo—respondió Castro sin dejar de contemplar con atención el escaparate frente al cual estaban—que esa niña te ha cogido la acción.
Ramoncito le miró sorprendido y respetuoso a la vez.
—¿Cómo la acción?—se aventuró a preguntar.
—Sí; la acción. Lo importante, en cualquier combate, es coger la acción al contrario. Si en el momento en que él piensa atacarte atacas tú con decisión, es casi seguro que llegas. Si vacilas eres perdido.
Al pronunciar las últimas palabras, dejó de contemplar el escaparate y siguió su marcha majestuosa por la acera. Ramón hizo lo mismo. No había entendido bien la aplicación que podía tener este símil arrancado a la esgrima en su caso; pero se abstuvo de pedir explicaciones.
—¿De modo que tú opinas…?
—Opino que estás demasiado enamorado de esa niña y que ella lo sabe.
—Pero vamos a ver, Pepe, ¿qué motivos puede tener para rechazarme?—comenzó a decir sulfurado Ramoncito y como hablándose a sí mismo—. ¿Qué es lo que espera esa chiquilla?… Su padre tiene dinero; pero serán varios hermanos a repartirlo. Mariana es joven, y cuando menos se pensaba ha principiado otra vez a echar al mundo hijos. Además, ya sabes cómo es don Julián. Antes que soltar un cuarto le harán rajas. Y francamente, esperar a que se muera no me parece negocio. Yo no soy un potentado, pero tengo fortuna regular, que es mía ya, sin esperar a que se muera nadie…. Puedo proporcionarla las mismas comodidades que tiene en su casa y el mismo lujo … mayor lujo—añadió sacudiendo la cabeza con plausible resolución—.Luego, tengo por delante una carrera política. ¿Sabe ella si el día menos pensado no seré subsecretario o director? Mi familia es mejor que la suya: mi abuelo no ha sido un tendero como el padre de D. Julián…. Luego, no es una divinidad ni mucho menos, una de esas chicas que llamen la atención, ¿sabes tú? ¿Por qué hace tantos remilgos cuando yo soy quien le hago favor? ¿Sabes quién tiene la culpa? Pues Cobo Ramírez y otros babiecas como él, que la han llenado la cabeza de viento…. ¡Sin duda espera la tonta que venga un príncipe de sangre real a buscarla!…
Ramoncito negaba belleza a su adorada. Es signo de hallarse profunda y sinceramente enamorado el hombre; no ser hija de la vanidad su afición. El exceso de amor le arrastraba a injuriarla.
Castro meditó que tal vez, la circunstancia de ser un poco desgalichado y tener el cutis lleno de pecas, influiría para que su amigo no lograse éxito lisonjero en esta como en otras empresas que había acometido: pero se abstuvo de manifestar tal sospecha. Prefirió asentar, cerrando los ojos y soplando el humo del cigarro, esta verdad de carácter general:
—Las chicas son muy estúpidas.
Ramoncito, de acuerdo con ella en principio, insistió, no obstante, en determinarla por medio de aplicaciones más o menos legítimas.
—¡Es una mentecata!… No sabe ella misma lo que quiere…. ¿Crees que será posible llevarla al terreno de la formalidad algún día?
Esto del terreno de la formalidad era una frase a la cual profesaba marcada predilección el joven concejal. Siempre que hablaba de Esperancita brotaba de sus labios tres o cuatro veces, como si necesariamente fuera asociada a sus amores.
Pepe Castro sintió un malestar indecible: guiñó su ojo izquierdo infinitas veces. En realidad, nunca le había gustado anticipar ideas sobre los acontecimientos futuros. Era más caballista que profeta. Pero en este caso le repugnaba doblemente porque nada halagüeño podía anunciar a su amigo y admirador. Sacóle del compromiso la aparición de una joven hermosa y elegantemente vestida que venía al encuentro de ellos por la acera del Principal.
—Aquí está la Amparo—dijo con la gravedad displicente y desdeñosa que
Ramoncito admiraba.
La querida de Salabert se acercó a ellos sonriente, saludándoles con efusión, particularmente a Pepe Castro. Este le apretó la mano sin perder de su gravedad ni separar la boquilla de los dientes, lo mismo que a un camarada a quien se acaba de ver en el café.
—¿Adónde vais, granujas?
—Pues a casa de Calderón a pasar un rato.
—Venid conmigo. Voy a comprar un joyero. Me ayudaréis a elegirlo … y me lo pagaréis.
Hablaba en tono alegre y afectuoso: no parecía la misma criatura desabrida y mal humorada que hemos visto en su hotelito del barrio de Monasterio. Sin duda, todo el mal humor lo reservaba para Salabert.
—¡Esto es bueno!—exclamó Castro dignándose sonreír levemente—. ¿Nos pides joyas a nosotros cuando tienes en tu casa el bolsillo de Salabert? Mete la mano en él, tonta.
—Ya lo hago, hijo. Descuida.
—Pues bien podías proteger un poco al pobre Manolo, que anda a oscuras hace tiempo.
—¡Pobrecillo! ¿Pero de veras anda tan mal de guita? Yo creí que sólo era de la cabeza.
—Eso es: ríete después que le has desplumado.
—Oye, niño: yo no le he desplumado, por una razón muy sencilla: cuando vino a mi poder ya no tenía plumas—dijo la Amparo poniéndose seria.
—No es verdad eso. Manolo ha gastado contigo más de cuarenta mil duros.
—¡Eche usted duros! Así me lucía a mí el pelo cuando le puse a la puerta. Si tardo un poco más en hacerlo, voy a San Bernardino a la grand Dumond.
—Bien, pues no los ha gastado. ¿A mí qué?—repuso el gallardo Pepe alzando los hombros—. ¿Quieres venir a cenar hoy con nosotros a Fornos?
—¿Con quién?
—Con éste y conmigo. Invitaremos también a León y a Rafael para que lleven a Nati y Socorro. ¿Tienes inconveniente en que vaya Manolo?
—¡Al contrario, hijo, si a Manolo le quiero más de lo que te figuras!
—Pues harías bien en darle de vez en cuando alguna conferencia íntima; si no, me temo que haya que llevarlo pronto al manicomio.
—No creas que está siempre en mi mano. El otro tío es muy escamón. Después del Real ¿verdad? No me llevéis más gente. El ruido no me conviene ahora que estoy bien colocada ¿sabéis? Hasta luego. Oye, tú, feo—dirigiéndose a Ramón—, ¿por qué no hablas? Ya me han dicho que quieres casarte con la chiquilla de Calderón…. Pues hijo, tú horroroso y ella más fea que azotar a un Cristo, vais a echar unos nenes que habrá que enseñarlos en una barraca. Adiós, Pepe: no te olvides de los boquerones. Ya sabes que no ceno sin ellos. Hasta luego.
Ramoncito se había puesto rojo de ira al oir tratar con tal desprecio a su adorada, sin tener presente que un momento antes había hecho él lo mismo. Y hubiera arremetido a la Amparo con alguna insolencia gorda, si ésta no se hubiese alejado sin fijarse poco ni mucho en la desazón que causaba. Contentóse con murmurar fatídicamente rechinando un poco los dientes:
—¡Me parece que voy a ponerte yo la vergüenza que no tienes!
El encuentro con la querida de Salabert en el momento en que se hallaba en lo más culminante de sus confidencias, le había turbado, y por eso no había despegado los labios. Apresuróse a anudar el hilo por donde aquélla lo había roto, preguntando a su amigo y maestro:
—Vamos a ver, Pepe: tú en mi caso ¿qué harías?
Castro caminó en silencio un rato mirando con fijeza a los balcones de las casas, sorprendido sin duda de que la gente no saliese a verle pasar. Luego, dando tres o cuatro largos chupetones al cigarro y revistiendo un aire reflexivo y grave, respondió:
—Hombre (pausa); yo, en tu caso, principiaría por no estar enamorado.
El amor es para los fanciullos, no para ti y para mí.
—¡Eso es inevitable, Pepe!—exclamó el concejal en un estado tan triste y miserable que daba pena verlo.
—Bien, pues si no puedes vencer esa chifladura, lo mejor es no darla a conocer. ¿Por qué tratas de persuadir a Esperancita de que te mueres por ella? ¿Crees que eso sirve para algo? Procura convencerla de lo contrario y verás cuánto mejor es el resultado.
—¿Qué quieres que haga?—preguntó con angustia.
—Que no te manifiestes tan rendido, hombre. Que no seas tan melón. No vayas tanto a su casa. No la mires con ojos de carnero a medio degollar. Llévale la contraria cuando diga alguna tontería: insinúala que hay mujeres que te gustan mucho más. Date un poco de tono, y ya veras cómo el asunto toma mejor aspecto….
—¡No puedo, no puedo, Pepe!—exclamó Ramoncito pasándose la mano por la frente en el colmo de la congoja—. Al principio todavía era dueño de mí; podía hablarle con desembarazo y coquetear con otras…. ¡Hoy me es imposible! Así que la tengo delante me aturdo, me atortolo, no digo más que necedades. Si la encuentro de mal humor sobre todo. Cada contestación suya me deja helado. No puedes figurarte qué tono tan displicente sabe sacar esa chiquilla cuando quiere. Si trato de hablar con otra, basta que Esperanza me ponga la cara risueña para que la deje inmediatamente. He llegado a pasar un mes sin dirigirle apenas la palabra; pero al fin no pude resistir más y volví a entregarme. Prefiero su conversación, aunque me maltrate, a la de todas las demás….
Ambos guardaron silencio como si caminasen bajo el peso de una grave desgracia. Pepe Castro meditaba.
—Estás perdido, Ramón—dijo al fin tirando la punta del cigarro y frotando la boquilla con el pañuelo antes de guardarla—. Estás completamente perdido. Todo eso que me cuentas no tiene sentido común. Si supieses conducirte no hubieras llegado a semejante estado. A las mujeres se las trata siempre con la punta de la bota: entonces marchan admirablemente….
Después de verter estas breves y profundas palabras, se paró delante de un escaparate.
—Hombre, mira qué collar tan bonito. Si le viniese bien al Perl se lo compraba.
Ramoncito miró el collar sin verlo, enteramente absorto en sus tristísimos pensamientos.
—Pues, sí, Ramoncillo—continuó el distinguido salvaje echándole un brazo sobre el hombro—, estás perdido…. Sin embargo, yo me comprometía a lograr que Esperanza te quisiera con tal que hicieses lo que te he dicho…. Ensaya mi método.
—Ensayaré lo que quieras. Deseo salir a todo trance de esta situación—repuso el concejal conmovido.
—Pues mira, por lo pronto no irás a casa de Calderón sino cada ocho o diez días…. Iremos juntos o nos encontraremos allá. No debes quedar solo: en un momento de debilidad echarías a perder toda la obra. Hablarás poco con Esperanza y mucho con las chicas que allí estén. Procura ensalzar a las rubias, a las altas, a las blancas, en fin, a las mujeres que tienen el tipo opuesto al de ella y no dejes de entusiasmarte bastante. Llévale la contraria, pero sin apurarte mucho. Eres muy testarudo y no conviene disputar demasiado. Un tono suave y despreciativo surte mejor efecto. Lo más conveniente es que me mires de vez en cuando. Yo te haré alguna seña con disimulo: de este modo irás siempre pisando en firme….
Todavía, antes de llegar a la puerta de la casa de Calderón, tuvo tiempo Castro para ampliar con otros valiosos datos esta gallarda muestra de su talento didascálico. Sólo una inteligencia maravillosamente perspicua unida a larga y aprovechada experiencia, sólo un espíritu refinado podía penetrar tan hondamente en el secreto conflicto que la resistencia de Esperanza a consagrar su corazón a Ramoncito, había creado. Al mismo tiempo era el único que podía darle una solución satisfactoria. El joven concejal llegó al domicilio de su adorada en un estado de relativa tranquilidad. En cuanto a sus propósitos íntimos, sólo podemos decir que iba determinado a revestirse de un gran aspecto de dignidad y a oponer abierta resistencia a las tendencias invasoras de la niña de Calderón.
Para comenzar juzgó oportuno meter las manos en los bolsillos y plegar los labios con una sonrisilla irónica y protectora. De esta suerte entró en el gabinete donde estaba reunida la familia del opulento banquero, balanceando la cabeza como si no pudiese con ella a causa del número incalculable de pensamientos que guardaba dentro, de los modales elegantes a los modales groseros no hay más que un paso, como de lo sublime a lo ridículo. Así que, no nos atrevemos a asegurar que Ramoncito, en la primera etapa de su conversación con Esperancita, se mantuviese siempre del lado de acá de la elegancia. Hay algún fundamento para pensar que no fué así. Lo que, salvando nuestra conciencia de historiadores veraces podemos afirmar, es que Esperancita tardó bastante tiempo en advertirlo, y que después de advertirlo no causó en ella la honda impresión que debía esperarse.
En el gabinete costurero donde los introdujeron, estaban bordando D.ª Esperanza, Mariana y Esperancita. O hablando con exactitud, las que bordaban eran doña Esperanza y Esperancita: Mariana se mantenía sentada en una butaca, mirando al vacío en perfecto estado de inmovilidad. Pepe Castro y Ramón eran amigos íntimos de la familia y se les recibía sin ceremonia y con agrado. Después de algunos elusivos apretones de manos, con la sola excepción del de Maldonado a Esperancita, que no llegó a realizarse porque aquél se distrajo intencionalmente para dar comienzo digno a la gran serie de desaires de todas clases con que pensaba atormentar a su adorada, acomodáronse en sendas sillas. Pepe al lado de Mariana; Ramón junto a D.ª Esperanza. Antes de hacerlo, el joven concejal tuvo ya un momento de debilidad. Viendo a Esperancita algo apartada de su madre y abuela, pensó que era propicia ocasión para mantener con ella conversación secreta, y vaciló en llevar allá su silla. Una mirada expresiva de Castro le hizo volver en su acuerdo.
—Buenos ojos le vean a usted, Pepe—dijo Esperancita clavando los suyos, risueños y nada feos, en el famoso salvaje.
—Preciosos son los que le están viendo ahora—se apresuró a decir
Ramoncito.
Castro, antes de responder, le volvió a mirar severamente. El concejal, aturdido, dijo para amenguar un poco su torpeza:
—Porque ésta es la familia de los ojos bonitos.
—Gracias, Ramón. Ya empieza usted a ser falso como todos los políticos—manifestó Mariana.
—¡Siempre justiciero, Mariana!—exclamó aquél, rojo de placer, oyéndose llamar hombre público.
—¿Cuántos días hace que no he estado aquí?—preguntó Castro a la niña.
—Lo menos quince…. Verá usted: ha estado la última vez, un lunes….
Estaba aquí Pacita…. Hoy es sábado…. Trece días justos.
Nunca había tenido tan presentes los días en que Maldonado visitaba la casa. Castro acogió esta prueba de interés con indiferencia.
—Pensé que no hacía tantos días…. ¡Cómo se pasa el tiempo! añadió profundamente.
—¡Claro! A usted se le pasa volando, lejos de nosotros.
El joven sonrió bondadosamente y pidió permiso para encender un cigarro.
Después dijo:
—No; aún se me pasa más de prisa al lado de ustedes.
—¿Más que en casa de tía Clementina?—preguntó la niña en un tono inocente que hacía dudar de su intención.
Castro se puso serio y la miró fijamente. Sus relaciones con la hija de Salabert se habían mantenido hasta entonces bastante secretas. El que se descubriesen en casa de la hermana del marido, le inquietó. Esperancita se puso como una cereza bajo la penetrante mirada del joven.
—Lo mismo—concluyó por decir con frialdad—. Todos son buenos amigos.
—¿Va usted hoy a casa de mi cuñada?—dijo Mariana sin advertir lo que pasaba.
—Iremos Ramón y yo: ¿no es sábado hoy? ¿Y ustedes?
—Yo no tengo gana de recepción. Hace unos días que me encuentro un poco molesta de la garganta.
—No digas que estás enferma, mamá. Dí que te gusta más meterte en la cama temprano—manifestó Esperancita con mal humor.
La madre la miró con sus ojos grandes, apagados.
—Tengo la garganta irritada, niña.
—¡Qué casualidad!—exclamó ésta en tonillo irónico—. No te he oído eso hasta ahora.
—Si es que tú tienes ganas de ir—repuso Mariana acabando de adivinarlo—, que te lleve tu papá.
—Bien sabes que papá, no saliendo tú, no quiere salir.
El tono de Esperancita revelaba despecho. Por los ojos de Ramoncito pasó un relámpago de alegría legítima y dirigió una mirada de triunfo a su amigo Pepe. La niña mostraba deseos de ir desde que supo que él asistiría también.
La conversación comenzó a rodar sobre lugares comunes, deteniéndose con predilección en el más común de todos en la corte, o sea sobre los artistas del teatro Real. Se habló de la belleza de la Tosti. Ramoncito, enternecido por el triunfo que acababa de obtener, quiso negársela; maldijo de las mujeres altas, y sobre todo de las rubias. A él no le gustaban más que los tipos morenitos, carirredondos, de mediana estatura y de ojos negros (en fin, el de Esperancita; no le faltaba más que nombrarla). Su amigo Pepe, alarmado por este desahogo que daba al traste con todos los planes de asedio en que habían convenido, le hizo una porción de guiños disimulados hasta que consiguió traerlo al buen camino. Pero lo hizo tal mal, esto es, comenzó a contradecirse de un modo tan lamentable, que las señoras se lo hicieron notar en seguida. Se aturdió y se hizo un lío, del cual no hubiera podido salir sin un capote que muy a tiempo le echó su amigo y maestro. Para reparar un poco la torpeza se puso a contarles lo que había pasado el día anterior en el Ayuntamiento, con tales pormenores, que Mariana no tardó en bostezar como una bendita que era, y D.ª Esperanza se enfrascó en su bordado y dió señales de estar pensando en cosas muy distintas. Esperancita terminó por hacer una seña a Castro para que se acercase. Este obedeció trasladándose a una sillita cerca de la de ella.
—Oiga, Pepe—le dijo la niña en voz baja y temblorosa—. Hace poco le he visto a usted ponerse serio conmigo. No sé si habré dicho algo que le pudiera molestar. Si fué así, perdóneme.
—No sé a qué alude usted. A mí no puede molestarme nada de lo que me diga una niña tan linda y tan simpática como usted—manifestó el joven con su bella sonrisa de sultán.
—Me alegro de que haya sido únicamente aprensión…. Muchas gracias por las flores, si es que usted las siente, que lo dudo…. A mí me dolería en el alma causarle a usted un disgusto….
Al decir estas últimas palabras, la niña se ruborizó hasta las orejas.
—Pues tengo noticia de que es usted aficionada a darlos.
—¡Oh, no!
—Eso dice mi amigo Ramón.
El rostro de Esperancita se oscureció al oir este nombre. Una arruguita severa cruzó su frente virginal.
—No sé por qué lo dice.
—¿No le remuerde a usted nada la conciencia?
—Ni pizca.
—¡Oh, qué corazón tan emperdenido!
—¿Por qué? Si le he proporcionado alguna pena será que él se la habrá buscado.
—Eso mismo le he dicho yo…. Pero, en fin, creo que el enfermo ya está en vías de curación y que no se pondrá más al alcance de sus dardos…. Le veo bastante más alegre y despreocupado de algunos días a esta parte.
Castro trabajaba sinceramente y de buena fe por su amigo.
—Mucho me alegraría de que así sucediese—respondió la niña con perfecta naturalidad.
Castro hizo una defensa apasionada de su amigo, lo recomendó con toda eficacia a la benevolencia de Esperanza. Mas al verter en el oído de ésta algunas exageradas frases de elogio, el tono displicente con que las pronunciaba y la sonrisa burlona que no se le caía de los labios, las desvirtuaban bastante. Aunque así no fuese, la hija de Calderón las hubiera acogido con la misma hostilidad.
—¡Vamos, Pepe, usted tiene ganas de guasearse!
—¡Que sí, Esperancita, que sí! Ramón tiene un gran porvenir y no sería difícil que con el tiempo le veamos ministro.
El concejal, mientras tanto, explicaba con la fluidez que le caracterizaba, a Mariana y D.ª Esperanza, de qué modo había descubierto un fraude de consideración en los derechos de consumos. Trescientos cincuenta jamones se habían introducido, hacía pocos días, de matute con la anuencia de algunos empleados del municipio. Ramoncito pensaba llevar a estos empleados a la barra en brevísimo plazo. Mariana le suplicaba que no fuese excesivamente severo con ellos; serían tal vez padres de familia. Mas no lograba ablandarle. Indudablemente, sus principios de justicia municipal eran más inflexibles que sus músculos cervicales, a juzgar por el número incalculable de veces que volvía la cabeza hacia el sitio en que Esperancita y Pepe departían. No estaba celoso. Tenía confianza plena en la lealtad de su amigo. Pero le gustaba que su adorada le escuchase cuando pronunciaba las frases: "a la barra", "yo pienso dictaminar en mal sentido", "la ley municipal exige que los aforos", etc., a fin de que el ángel de sus amores se fuera penetrando de los altos destinos a que la suerte la tenía reservada uniéndose a un hombre tan enérgico y tan administrativo. Todos aquellos discursos pronunciados en alta voz, no eran más que una continua y tierna invitación para que de una vez entrase "en el terreno de la formalidad".
Oyéronse en esto pasos en la habitación contigua, y una tos que los presentes conocían admirablemente. D.ª Esperanza, al escucharla, entregó con precipitación, mejor dicho, arrojó la labor que tenía entre manos en el regazo de su hija. Cuando Calderón entró, Mariana bordaba con afectada aplicación mientras su Madre se mantenía mano sobre mano, como si hiciese largo rato que se hallase en tal postura. Ramoncito y Castro apenas se fijaron en esta maniobra. La razón de ella era que Calderón no perdonaba a su esposa la apatía, la pereza, juzgando estos vicios como verdaderas calamidades, considerándose muchas veces desgraciado por haberse unido a una mujer tan holgazana. No es que el trabajo de ella importase poco ni mucho en su casa; pero su temperamento de trabajador infatigable se revelaba en presencia de otro tan diametralmente contrario. La flojedad, el abandono de Mariana crispaban sus nervios, daban lugar a agrias contestaciones y a reyertas frecuentes. Ella se defendía suavemente. Alegaba que sus padres no la habían criado para jornalera, porque tenían medios suficientes para hacerla vivir como señora. Con esto D. Julián se enfurecía aún más; gritaba que todo el mundo tiene el deber de trabajar, por lo menos de hacer algo. La completa ociosidad es incomprensible. La mujer está obligada a cuidar de que no se desperdicie la hacienda de la casa, ya que no contribuya a acrecentarla, etc., etc. En fin, que la causa de los disgustos domésticos era esta irremediable holgazanería de la señora. D.ª Esperanza era muy diversa de su hija. Temperamento activo, vigilante, tan avara o más que su yerno, no podía jamás estar un cuarto de hora sin tener algo entre manos. En los negocios interiores de la casa no tenía intervención muy señalada. Calderón se complacía en ordenarlo y manejarlo por sí mismo todo. Y esto significa una contradicción que debemos hacer resaltar para que se comprenda bien su carácter. Quejábase amargamente porque su mujer no servía para llevar el gobierno de la casa, porque él se veía obligado a hacerse cargo de él; y no obstante, sabiendo que su suegra servía muy bien para el caso, no quería entregárselo. Esto hace sospechar que, aunque Mariana fuese un prodigio de actividad y de orden, no consentiría tampoco en abandonar la dirección de los asuntos interiores como de los exteriores. Su carácter receloso y sórdido le hacía preferir siempre el trabajo al descanso. Quisiera tener cien ojos para ponerlos todos sobre los objetos de su pertenencia.
Doña Esperanza también deploraba el carácter de su hija; marchaba muy de acuerdo con la ruindad de su yerno, ayudándole no poco en la vigilancia de la casa. Mas, aunque la reprendiese a menudo por su apatía, como al fin había salido de sus entrañas, le dolía que Calderón lo hiciese, sentía vivamente las reyertas matrimoniales. Por eso, siempre que podía las evitaba aunque fuese a costa de un sacrificio, tapando las faltas de Mariana, haciéndose ella misma voluntariamente culpable de ellas. Tal era la razón de haberle entregado con tanta premura el cojín que estaba bordando.
D. Julián entró con un libro en la mano, que no era el Diario, ni el Mayor, ni el Copiador de cartas, sino lisamente el folletín de La Correspondencia, que acostumbraba a recortar con gran esmero y luego cosía. Aunque parezca raro, D. Julián era aficionado a las novelas; pero no leía más que las de La Correspondencia, las piadosas que regalaban a su hija en el colegio. Por impulso propio no había entrado jamás en una librería a comprar alguna. No sólo era aficionado a leerlas, sino lo que aun es más raro, se enternecía notablemente con ellas. Porque guardaba en su pecho un gran fondo de sensibilidad. Era una flaqueza de su organismo, lo mismo que el asma y el reuma. Las desgracias del prójimo, la miseria, le compadecían extremadamente. Si pudiesen remediarse de cualquier otro modo que no fuese con dinero, es seguro que las haría desaparecer en seguida. Los rasgos de generosidad le hacían llorar de entusiasmo; pero se juzgaba, y con razón, impotente para llevarlos a cabo. Así y todo hacía esfuerzos supremos por violentar su naturaleza. En realidad, no era de los ricos menos limosneros que hubiese en Madrid. Tenía una cantidad fija destinada a los pobres y les llevaba la cuenta en sus libros como si fuesen acreedores. Una vez agotada la cantidad mensual, creemos que si viese morirse de hambre en la calle a un desgraciado, no le socorrería con una peseta, no por falta de sensibilidad, sino por las profundas raíces que tenían en su corazón los números. La idea de desprenderse de algo suyo por otro medio de enajenación que no fuese la compra-venta, era para él casi incomprensible. Sus limosnas tenían por esto un mérito muy superior a las de otras personas.
Cuando entró en el costurero manifestaba en el rostro señales de hallarse conmovido. Después de haber saludado a los forasteros, profirió sentándose en una butaca:
—Acabo de leer en esta novela un capítulo precioso … ¡precioso!… No pude resistir a la tentación de venírselo a leer a éstas….
Se detuvo porque no se atrevía a proponérselo a Castro y Ramoncito, aunque lo deseaba. Era muy amigo de leer en alta voz, por lo mismo que lo hacía medianamente. Mariana se complacía mucho en oir leer. De modo que, por este lado, marchaba bien el matrimonio.
—Léelo, hombre…. Creo que a Pepe y Ramón no les molestará—dijo aquélla.
Castro hizo un leve signo de aquiescencia, Ramoncito se apresuró a manifestar con ademanes extremosos que tendrían un gran placer … que él era muy aficionado a los bellos capítulos, etc. ¡Pocas gracias! Viniendo del padre de su amada, sería capaz de escuchar con atención la lectura de la tabla de logaritmos.
D. Julián se caló las gafas y se puso a leer, con una voz blanca de gola que tenía reservada para estas ocasiones, cierto capítulo en que se describían los sufrimientos de un niño perdido en las calles de París. Al instante comenzaron a arrasársele los ojos y a alterársele la voz. Concluyó por anudársele de tal suerte, que apenas se le entendía. Ramoncito se vió necesitado a tomarle el legajo y a continuar la lectura hasta el fin. Castro, en presencia de aquellas ridiculeces, ocultaba su sonrisa de hombre superior detrás de grandes bocanadas de humo.
Terminado el capítulo y comentado en los términos más lisonjeros para todos los presentes, Mariana volvió los ojos hacia su labor. Observó que iba a hacer falta un pedazo de seda para el forro, pues estaba a punto de terminarse. D.ª Esperanza, con quien comunicó este pensamiento, fué de la misma opinión.
—Ramoncito—dijo la primera—hágame el favor de oprimir ese botón.
El concejal se apresuró a cumplir el mandato. Al cabo de un instante se presentó la doncella de la señora.
—Tiene usted que salir a comprar una vara de seda—le dijo ésta.
La doméstica, después de enterarse de las particularidades del encargo, se dispuso a salir para darle cumplimiento. D. Julián, que había escuchado atentamente, la detuvo con un gesto.
—Aguárdese un momento…. Voy a ver si por casualidad tengo yo lo que les hace falta.
Y salió con paso vivo de la estancia. No tardó tres minutos en regresar con un paraguas viejo entre las manos.
—A ver sí os puede servir la seda de este paraguas—dijo—. Me parece que es del mismo color….
Castro y Maldonado cambiaron una mirada significativa.
Mariana lo tomó ruborizándose.
—En efecto, es del mismo color … pero está todo picado…. No sirve.
Esperancita fingía estar absorta en su labor; pero tenía el rostro como una amapola. Tan sólo D.ª Esperanza tomó en serio el asunto y lo discutió. Al fin fué desechado, con disgusto del banquero, que quedó murmurando algunas frases poco halagüeñas acerca del orden y economía de las mujeres.
Ramoncito ya no podía sufrir más aquella pena de Tántalo a que la experiencia de su amigo le condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio donde éste y Esperancita departían. Principió por levantarse de la silla con pretexto de estirar un poco las piernas y dió unos cuantos paseos. Poco a poco fué acercándose a ellos: concluyó por detenerse delante.
—Qué tal, Esperanza…. ¿Hace mucho que no ha visto a su amiga
Pacita?
¡Qué pretexto tan burdo para detenerse! El mismo lo comprendió así y se ruborizó al pronunciar estas palabras. Castro le dirigió una mirada fulminante; pero, o no la vió, o se hizo como que no la veía. Esperancita frunció el entrecejo y contestó secamente que no se acordaba con precisión.
Esto bastaría para que cualquiera se diese por advertido. Ramoncito no se dió. Antes quiso prolongar la conversación con frases absurdas o insustanciales. Hasta tuvo conatos de agarrar una silla y sentarse al lado de ellos: pero Castro se lo impidió dándole, al descuido, un feroz y expresivo pisotón en los callos que le hizo volver en su acuerdo. Continuó, pues, su paseo melancólico y no tardó en sentarse de nuevo junto a sus futuras suegra y abuela. Al poco rato estaba empeñado en una discusión animada con Calderón sobre si el adoquinado de las calles debía de hacerse por contrata o por administración. De buena gana hubiera cedido. Su interés estaba en hacerlo, porque al fin se trataba del hombre en cuya mano estaba su felicidad o su desgracia; pero aquel pícaro temperamento terco y disputón con que la naturaleza le dotara, le arrastraba a proseguir, aunque veía a su suegro encendido y a punto de enfadarse.
Afortunadamente para él, antes que llegase este punto, se presentó en la estancia un criado.
—¿Qué hay, Remigio?—le preguntó el banquero.
—Acaba de llegar un amigo del Pardo, el cochero de los señores de Mudela, y me ha dicho que el señorito Leandro se encontraba un poco enfermo….
—¡Claro! ¡Qué le había de pasar a ese chiquillo!… No está acostumbrado a tales juergas. Toda la vida en el colegio o pegado a las faldas de su madre. De pronto le sacan a esta vida agitada…. ¿Y qué es lo que tiene?
Leandro era un sobrino carnal de D. Julián, hijo de una hermana que residía en la Mancha. Había venido a pasar una temporada a Madrid y la pasaba alegremente reunido a otros muchachos de la misma edad. Para cierta excursión de campo había pedido a su tío el carruaje. Este, por no ofender a su hermana a quien por razón de intereses estaba obligado a guardar consideraciones, se lo había otorgado, aunque con gran dolor de su corazón.
—Me parece que le ha hecho daño el sol y la comida….
—Bueno, una indigestión…. Eso pasará pronto.
—Yo creo que debías ir allá, Julián—, manifestó Mariana.
—Si hubiese necesidad, claro que iría. Pero por ahora no la veo…. Dí tú, Remigio, ¿no puede trasladarse aquí? ¿Se ha quedado en la cama?
—Ahí está el caso, señor—, dijo el criado dando vueltas a la gorra y bajando los ojos como si temiese dar una noticia muy grave—. La cuestión es que una de las yeguas, la Primitiva, está enfosada.
Calderón se puso pálido.
—¿Pero no puede venir?
—No, señor, está bastante malita, según dice el cochero de Mudela….
¡Claro! como esos chicos no entienden, la han hartado de agua….
D. Julián se levantó presa de violenta agitación, y sin decir palabra salió de la estancia seguido de Remigio.
Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mirada y una sonrisa.
Esperancita las sorprendió y se puso colorada.
—¡Qué a pecho toma papá estas cosas!
—¡Podría no tomarlo, niña!—exclamó D.ª Esperanza con voz irritada—. Un tronco que ha costado quince mil pesetas…. ¡Pues digo yo si es una gracia de Leandrito!
Y siguió buen rato desahogando su furia, casi tan grande como la de su yerno. Castro y Ramoncito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que había tomado con mucha filosofía la desgracia, les invitó a comer.
—Quédense ustedes…. Ya ha pasado la hora de paseo.
—No puedo—dijo Castro—. Hoy como en casa de su hermano.
—¡Ah! verdad que es sábado, no me acordaba. Nosotras iremos (si no estoy peor) a las diez, a la hora del tresillo.
—¿Come usted todos los sábados en casa de tía Clementina?—preguntóle por lo bajo Esperancita con inflexión extraña.
El lechuguino la miró un instante.
—Casi todos como en casa de su tío Tomás.
—Tía Clementina es muy guapa y muy amable.
—Esa fama goza—repuso Castro un poco inquieto ya.
—Tiene muchos admiradores. ¿No es usted uno de los entusiastas?
—¿Quién se lo ha dicho a usted?
—Nadie; lo supongo.
—Hace usted bien en suponerlo. Su tía es, a mi juicio, una de las señoras más hermosas y distinguidas de Madrid…. Vaya, hasta otro rato, Esperancita.
Y le alargó la mano con un aire displicente que hirió a la niña. El despecho de ésta se manifestó llamando a Ramoncito, que se mantenía un poco alejado.
—Y usted, Ramón, ¿por qué no se queda? ¿Come usted también en casa de tía Clementina?
—No: yo no….
—Pues quédese usted, hombre. Ya procuraremos que no se aburra.
—¡Yo aburrirme al lado de usted!—exclamó el concejal, casi desfallecido de placer.
—Nada, nada: definitivamente se queda ¿verdad? Que se vaya Pepe, ya que tiene otros compromisos.
Ramoncito iba a decir que sí con todas las veras de su alma; mas por encima de la cabeza de la niña, Castro principió a hacerle signos negativos, con tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada:
—No … yo tampoco puedo….
—¿Por qué, Ramón?
—…Porque … tengo que hacer.
—Pues lo siento.
El concejal estaba tan conmovido que apenas pudo murmurar algunas palabras de gracias. Salió de la estancia casi a rastras. Una vez en la calle, Pepe le felicitó calurosamente y le anunció que aquella firmeza daría buenos resultados. Pero él acogió las enhorabuenas con marcada frialdad. Se obstinó en guardar silencio hasta su casa, donde su amigo y maestro le dejó al fin llena la cabeza de lúgubres presentimientos y más triste que la noche.