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#Un poco de derecho civil.#
Era mañana de gran trajín en las oficinas de Salabert. Se hacían unos pagos de consideración. El duque había ido en persona a la caja a presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A pesar de los años que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir. Tenía las fauces resecas. En varias ocasiones llamó la atención al empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se equivocó en todas. El cajero era diestrísimo en su oficio. Cuando terminaron, el duque se retiró a su despacho, donde le estaba esperando M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de toda la aristocracia madrileña.
—Bonjour, monsieur—, dijo rudamente el duque dándole una palmada en la espalda—. ¿Viene usted a encajarme algún otro penco?
—Oh, señor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no. Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted—, respondió con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle.
—Los desechos de París es lo que usted me trae. Pero no crea usted que me engaña. Lo sé hace tiempo, monsieur; lo sé hace tiempo. Sólo que yo no puedo ver esa cara tan frescota y tan risueña sin rendirme.
M. Fayolle sonrió abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos dientes grandes y amarillos.
—La cara es el especo del alma, señor duque. Puede tener confiansa en mi, que no le daré nada que no sea superior. ¿Es que Polión ha salido malo?
—Medianejo.
—¡Vamos, tiene gana de bromear! El otro día le he visto por la calle de Alcalá enganchado al faetón. Bien de mundo se paraba a mirarlo.
Hablaron un rato de los caballos que el duque le había comprado. Este ponía tachas a todos. Fayolle los defendía con entusiasmo de aficionado y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj:
—No quiero molestarle más…. Venía a cobrar la cuentesita última.
La faz del duque se oscureció. Luego dijo entre risueño y enfadado:
—¡Pero, hombre; que no estén ustedes jamás contentos sino sacándole a uno el dinero!
Y al mismo tiempo echó mano al bolsillo y sacó la cartera. M. Fayolle sonreía siempre, diciendo que lo sentía, porque el señor duque era un pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una porción de bromitas que el banquero no parecía escuchar, atento a contar los billetes. Contó siete de quinientas pesetas y se los entregó, oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese el recibo. Fayolle también los contó y dijo:
—Se ha equivocado, señor duque. El presio del caballo era cuatro mil pesetas. Aquí no hay más que tres mil quinientas.
El duque no dió señales de oir. Con los párpados caídos, bufando y paseando el cigarro de un ángulo a otro de la boca, se mantuvo silencioso y guardó de nuevo la cartera después de haberla apretado con una goma.
—Faltan quinientas pesetas, señor duque—, repitió Fayolle.
—¿Cómo? ¿Faltan quinientas pesetas? No puede ser…. A ver; cuente usted otra vez.
El comerciante contó.
—Hay aquí tres mil quinientas….
—¡Ya lo ve usted! No me había equivocado.
—Es que el caballo cuesta cuatro mil: así lo hemos acustado.
La cara del duque expresó admirablemente el asombro.
—¿Cómo cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil quinientas. En esa inteligencia lo he comprado.
—Señor duque, está usted equivocado—dijo Fayolle poniéndose serio—.
Recuerde usted que habíamos quedado en las cuatro mil.
—Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted…. A ver (dirigiéndose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cuánto se ha ajustado el Polión.
Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al empleado, le hizo un guiño expresivo.
El cochero respondió por boca del dependiente que el caballo se había ajustado en tres mil quinientas pesetas.
Entonces el comerciante se irritó. Estaba segurísimo de que habían quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo había entregado. De otro modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le dejó hablar cuanto quiso, lanzando sólo algún gruñido de duda, pero sin alterarse poco ni mucho. Sólo cuando Fayolle habló de quedarse otra vez con el caballo, le dijo con sorna:
—Por lo visto, ha encontrado usted quien dé las cuatro mil y quiere deshacer el trato, ¿verdad?
—Señor duque, juro a usted por lo más sagrado que no hay nada de eso…. Solamente que estoy seguro de que es como digo.
Al banquero le acometió entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmesíes. Luego se limpió sosegadamente con el pañuelo la boca y las narices, y dijo con acento campechano:
—Hombre, no sea usted tacaño. No se altere usted por esas miserables pesetas.
Pero él no las soltó. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimió considerando que nada adelantaría: menos con llevar el asunto a los tribunales. ¿Quién iba a pleitear por quinientas pesetas y más con un personaje como el duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas aún, se despidió no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortésmente, dándole afectuosas palmaditas en la espalda.
Cuando el prócer volvió a ocupar su sillón frente a la mesa, por debajo de sus párpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al cabo de unos minutos apretó el botón del timbre otra vez:
—Vaya usted a ver si la señora duquesa está sola en su habitación o tiene visita—dijo al criado que se presentó al punto.
Mientras desempeñaban la comisión permaneció inactivo, con el cuerpo echado hacia atrás y las manos cruzadas, en actitud reflexiva.
—La señora duquesa está de visita con el padre Ortega—entró a decir el criado.
Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvió a quedar sumido en sus reflexiones. Estaba decidido a celebrar una conferencia con su esposa acerca de intereses. Esta jamás le había hablado nada de dinero. El no se creyó jamás en el caso de darle cuenta de sus especulaciones y negocios. D.ª Carmen tampoco entendería nada si se la diese. Creíase dueño absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la imaginación los derechos que sobre ella tenía su mujer. Pero últimamente un amigo le abrió los ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba a la duquesa, le preguntó con naturalidad si tenía otorgado testamento. Este amigo, que era abogado, daba por resuelto que la mitad de la hacienda pertenecía a D.ª Carmen. Salabert quedó hondamente preocupado. Viendo a su esposa descaecer le entró miedo. A su muerte los parientes le exigirían la mitad de lo que él había adquirido, meterían la nariz en sus asuntos, hasta en los más íntimos…. ¡Un horror! Consultó con su abogado. El medio más sencillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la impotencia a los parientes de su esposa, era que ésta hiciese testamento a su favor. El duque lo encontró naturalísimo. En la conferencia que iba a tener con ella, se lo propondría del modo más diplomático que le fuera posible, a fin de no alarmarla respecto a su enfermedad.
Aguardó, pues, entretenido en revisar papeles hasta que creyó llegado el momento de enviar nuevamente el criado a saber si el padre Ortega había despejado. Mas cuando iba a hacerlo entraron a avisarle que estaban allí unos cuantos señores, entre ellos Calderón, que deseaban verle. El banquero frunció el entrecejo.
—¿Habéis dicho que estaba en casa?
—Como el señor duque no se niega nunca por la mañana….
—¡F….! ¡malditos seáis!—murmuró con horrible expresión de disgusto. Pero alzando la voz en seguida y adoptando las maneras campechanotas y bruscas que le eran peculiares, gritó:
—Que pasen, que pasen esos señores.
Se presentaron Calderón, Urreta y otros dos banqueros no menos importantes y conocidos en Madrid. La expresión de todos ellos era seria y hasta hosca. Salabert, sin reparar en ello, empezó a repartir abrazos y palmaditas en la espalda, haciendo un ruido formidable con sus voces y risotadas.
—¡Buen negocio! Buen negocio secuestrar ahora a los cuatro y exigir un millón de pesos por cada uno…. ¡Oh! ¡oh! Se me han colado en el despacho los cuatro peces más gordos que tiene Madrid … ¡cuatro tiburones!… ¿Cómo va de ese reuma, Urreta? Me parece que usted también necesita una buena carena como yo…. Y tú, Manuel, ¿cuándo piensas reventar?… Ya ves que a tu sobrino le corre mucha prisa.
Los banqueros se mostraron corteses y reservados, procurando cortar con su actitud grave aquel flujo de chanzonetas. El caso no era para menos. Hacía cosa de un año que Salabert les había vendido la propiedad del ferrocarril de B*** a S***, ya en explotación y con todo su material. Aunque no se determinó en la escritura, convínose entre ellos que cuando saliese a subasta el ferrocarril desde S*** a V***, como quiera que estaba enlazado con el otro, material y económicamente, Salabert no presentaría pliego de licitación, dejándoles el negocio a ellos. Pues bien; acababan de saber que el duque, faltando a su palabra, se lo trataba de birlar decaradamente: había presentado el correspondiente pliego en la subasta. El primero que habló fué Calderón.
—Antonio, venimos a reñir contigo seriamente….
—No puede ser. ¿Reñir con un hombre tan inofensivo como yo?…
—Recordarás muy bien que al realizar la compra de tu ferrocarril se ha convenido, o por mejor decir, nos has prometido solemnemente no presentarte en la subasta de la línea de S*** a V***.
—Ya lo creo que me acuerdo … ¡admirablemente!
—Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un pliego tuyo….
—¡Cómo! ¿Un pliego?—exclamó lleno de asombro, abriendo desmesuradamente sus grandes ojos saltones—. ¿Quién les ha contado semejante patraña?
—No es patraña: yo mismo he visto su firma de usted—dijo uno de ellos, el marqués de Arbiol.
—¿Mi firma? No puede ser.
—Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma: "Antonio Salabert, duque de Requena"—replicó Arbiol con firmeza y muy serio.
—¡No puede ser! ¡no puede ser!—repitió el duque poniéndose a dar vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitación—. Me habrán suplantado la firma.
El marqués de Arbiol sonrió desdeñosamente.
—Traía el sello de su casa.
—¿Traía el sello?—replicó parándose de pronto—. Entonces me la han suplantado dentro de mi misma casa. ¡Sí, sí!… Aquí me la han suplantado…. No sabéis entre qué canalla estoy metido. Necesito tener cien ojos….
Y cada vez más enfurecido fué a apretar el botón del timbre.
—¡Ahora verán! Ahora verán ustedes si me la han robado o no…. A ver (dirigiéndose al dependiente que entró), que se presenten inmediatamente Llera y todos los empleados de la oficina…. ¡Al instante!
Arbiol dirigió una mirada a sus compañeros y alzó los hombros con desprecio. Pero el duque, que vió perfectamente el ademán, no quiso hacerse cargo de él: siguió gruñendo, resoplando, dejando escapar interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta que se presentó Llera y con él un grupo de sujetos encogidos, mal trajeados, de fisonomía vulgar. Salabert se plantó delante de ellos cruzando los brazos con energía:
—Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quién ha sido el tuno que ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la licitación del ferrocarril de S*** a V***. ¿Tú sabes algo de este asunto?
Llera, después de haberle mirado fijamente a la cara, bajó la cabeza sin contestar.
—¿Y vosotros sabéis algo? ¿eh? ¿sabéis algo?
Los empleados le miraron también con fijeza. Luego miraron a Llera y también bajaron la cabera al fin sin despegar los labios.
Salabert paseó varias veces sus ojos saltones por ellos con expresión teatral de cólera, y exclamó al fin dirigiéndose a los banqueros:
—¿Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre éstos se esconde el culpable ¡o los culpables! porque sospecho que ha de ser más de uno. Pierdan ustedes cuidado, que yo daré con ellos y haré un escarmiento…. ¡Sí, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a presidio…. Retiraos vosotros (dirigiéndose a los empleados), y ya podéis temblar los delincuentes. Muy pronto caerá sobre vosotros el peso de la justicia.
Los criminales debían de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras pronunciadas con acento patético. Cada cual se retiró sosegadamente a su departamento y reanudó su tarea, como si la terrible espada de Némesis no estuviese aparejada a segarles el cuello.
Los banqueros se miraron entre risueños y coléricos. Al fin uno de ellos, mordiéndose los labios para no soltar la carcajada, le tendió la mano con ademán desdeñoso:
—Adiós, Salabert; hasta la vista.
Los demás hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque no se desconcertó. Fué a despedirlos solícito hasta la escalera, dirigiendo todavía al pasar miradas iracundas a sus empleados que las recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya no les hizo caso alguno. Pasó por entre ellos como un actor que atraviesa los bastidores después de haber estado un rato en escena.
Unos minutos después tornó a salir bajando a las habitaciones de su esposa. Hallóla sola, entretenida en leer un libro devoto. D.ª Carmen, que siempre había sido muy piadosa, en los últimos tiempos se había entregado por completo a las prácticas religiosas. La enfermedad la separaba cada vez más de las ideas mundanas, la entregaba triste y sumisa a los curas. Salabert nunca había puesto obstáculo a esta devoción: la miraba con indiferencia compasiva, como una manía inocente. Pero en los últimos tiempos, algunas limosnas harto crecidas de la duquesa le alarmaron un poco y le obligaron a reprenderla paternalmente. Acostumbrado a hallar a su mujer sometida, apartada de toda ambición, ajena enteramente al éxito de sus especulaciones, la trataba como a una niña, si no como a un perro fiel a quien de vez en cuando se pasa la mano por la cabeza. Nunca le había estorbado aquella infeliz señora, ni en sus trabajos ni en sus vicios. Aunque sus queridas, sus extravagancias en el orden erótico eran conocidas de todo el mundo, D.ª Carmen o las ignoraba o fingía ignorarlas. Sin embargo, la última infidelidad del duque, la relación con la Amparo habíale acarreado disgustos. Aquella mujer dominante y soez se gozaba en vejarla de mil modos, cosa que no había hecho ninguna de sus antecesoras. En el paseo, cuando iba con su marido en coche, el de la Amparo se colocaba a su lado: con cínico descaro la ex florista cambiaba con el duque sonrisas de inteligencia. Cuando la buena señora se quejó suavemente de este proceder, Salabert negó en redondo, no sólo sus miradas y sonrisas, sino toda relación con aquella mujer. No la conocía más que de vista. Jamás había hablado con ella. En el teatro Real lo mismo. Amparo se obstinaba en mirar toda la noche al palco del duque. Luego en los toros, en las carreras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que llamaba fuertemente la atención pública. Algunas amigas bien intencionadas, que nunca faltan, compadeciéndola muchísimo enteraban a D.ª Carmen de las cuantiosas sumas que aquella mujer costaba al duque, de todas sus extravagancias y caprichos.
Esta serie de alfilerazos padecidos en secreto, sin confiarlos a nadie más que a su confesor, habían labrado la salud de la señora, reduciéndola a un estado de flaqueza tal que por milagro se sostenía. Salabert tenía más que hacer que reparar en tales sufrimientos. Pensaba que con el título de duquesa, y tantísima riqueza acumulada en aquel palacio, D.ª Carmen debía de ser la mujer más feliz de la tierra.
—¿Qué hace la viejecita? ¿qué hace?—entró preguntando en tono medio brutal medio cariñoso, que revelaba bien la profunda indiferencia que su mujer le inspiraba.
D.ª Carmen levantó los ojos sonriendo.
—Hola ¿eres tú? Milagro, por aquí a esta hora.
—Antes hubiera venido a saber de ti, si no me hubieran dicho que estaba el padre Ortega. ¿Cómo has pasado la noche? Bien ¿eh? Ya lo creo…. Tú no estás tan mala como te figuras. ¿A qué viene eso de rodearte de curas como si fueses a morirte?
—¿Los curas no hacen falta más que cuando uno se muere?
—Sí, los curas son indispensables para dar respetabilidad a las casas—dijo repantigándose en una butaca y extendiendo groseramente las piernas—. Sin un poco de paño negro, los palacios recién pintados como éste chillan demasiado…. Sólo que a la larga se hacen muy molestos: no se cansan de pedir. Tienen tantas tragaderas como las ballenas…. Yo los compraría de buena gana figurados, de cera o de cartón, y harían el mismo efecto….
—Calla, calla, Antonio; no empieces a soltar disparates. Cualquiera que te oyese te juzgaría un hereje, y gracias a Dios no lo eres.
—¡Vaya una ganga el ser hereje! ¿Qué utilidad trae el ser hereje?…—Y cambiando bruscamente de tema preguntóle:—¿Cómo va ese aquelarre que habéis hecho en los Cuatro Caminos?
Se refería al asilo de ancianas, del cual era D.ª Carmen la principal protectora.
—Va muy bien. Sólo que la marquesa de Alcudia no quiere continuar siendo tesorera. No sabemos a quién se ha de nombrar.
—Por supuesto, los sábados se despoblará aquello.
—¿Pues?—preguntó inocentemente la señora.
—Porque se marcharán a Sevilla todas sobre escobas.
—¡Bah, bah! No hagas burla de las pobres ancianas—replicó riendo—.
También tú y yo somos dos viejos….
—Verdad, verdad—dijo el banquero poniéndose afectadamente grave y triste—. Somos un par de trampas que el día menos pensado nos escurrimos para el otro barrio, sin sentirlo.
Había visto una entrada oportuna para la conversación que apetecía: se apresuraba a aprovecharla.
—No; tú estás fuerte y robusto. Aún puedes dar mucha guerra en el mundo…. Pero yo, querido, ya tengo un pie en el estribo.
—Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los sesenta no hay día seguro….
—Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte más de Dios y trabajar en su santo servicio, me alegraría de que los tuvieses.
—¿Te parece que no trabajo bastante por él, y me lleva todos los años más de cinco mil duros en misas y novenas?
—¡Vamos, Antonio, no hables así!
—Hija mía; bueno es pensar en lo de allá, pero es también prudente pensar en lo de acá…. Mira, precisamente estos días estaba yo imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le quedarían bastantes enredos….
—¿Por qué?
—Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro, y, como es natural, si nos muriésemos sin testamento, nuestros parientes vendrían a molestar al que quedase.
—Eso tiene fácil remedio. Con hacerlo se arregla.
—Precisamente es lo que yo pensaba—dijo el duque resollando mucho para mostrar indiferencia y aplomo, que no sentía—. Había imaginado que en vez de testar cada uno por su parte, hiciésemos un testamento mutuo.
—¿Qué es eso?
—Un testamento en el cual nos instituímos mutuamente por herederos.
D.ª Carmen bajó la vista al libro que traía en la mano y guardó silencio un rato. El duque, inquieto, la observaba con atención por debajo de sus párpados medio caídos, mordiendo con impaciencia el cigarro.
—No puede ser—dijo al cabo gravemente la señora.
—¿Que no puede ser? ¿Y por qué?—replicó con viveza incorporándose un poco en la butaca.
—Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho, a tu hija. Así se lo he prometido ya.
No creía Salabert tropezar con aquel obstáculo. Juzgaba cosa hecha lo del testamento mutuo. Quedó tan sorprendido como turbado. Pero recobrándose instantáneamente, adoptó un continente grave y digno para decir:
—Está bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres dueña de dejar tus bienes a quien te parezca, por más que estos bienes hayan sido ganados por mí a costa de muchos trabajos. En los años que llevamos unidos, las cuestiones de intereses jamás han producido ninguna reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El dinero, comparado con los afectos del corazón, no tiene ningún valor. Lo único que siento es que otra persona, por más que sea una hija queridísima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu cariño, me haya desterrado de tu corazón….
Al pronunciar estas últimas palabras su voz se alteró un poco.
—No, Antonio, no—se apresuró a decir D.ª Carmen—; ni tu hija ni nadie puede arrancarte el cariño que te pertenece…. Pero considera que tú eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita.
—No; no trates de desfigurarlo…. El golpe está dado: lo siento en el fondo del corazón—replicó Salabert en tono patético llevándose la mano al lado izquierdo—. Treinta y cinco años de vida matrimonial, treinta y cinco años compartiendo pesares y alegrías, temores y esperanzas, no han bastado a conquistarme la primer plaza en tu cariño. Todo lo que se diga es inútil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de amor que hemos llevado tantos años, debía cerrarse por medio de un acto que la resumiese, instituyéndonos herederos de lo que juntos hemos ganado…. El cariño de los esposos nunca se demuestra mejor que en la última voluntad….
El discurso de Salabert adquiría un tono de elevación moral que pareció preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replicó al fin con dulzura y firmeza a la vez:
—Aunque no la he llevado en mis entrañas, yo quiero a Clementina como si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una injusticia privar a una hija de su parte de herencia.
—¡Pero mujer!—exclamó con viveza el duque:—yo ¿para quién quiero lo que tengo sino para mi hija? Déjame por heredero, que yo te prometo transmitírselo íntegro y aun con aumento….
D.ª Carmen guardó silencio limitándose a hacer un signo negativo con la cabeza. El duque se levantó como si fuese presa de una violenta emoción.
—Sí, sí; bien lo comprendo. Tú no me perdonas algunos leves extravíos hijos del capricho y la tontería. Aprovechas la ocasión que se te presenta para vengarte. Está bien: satisface tu venganza; pero sabe que yo no he querido de veras a ninguna mujer más que a ti. En el corazón no se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazón, mi corazón diría: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa…." Es triste, muy triste llevar al fin de la vida este terrible desengaño…. Si mañana te murieses tú, lo que Dios no consienta, ¡cuántos disgustos, cuántas penas me esperan además de la pérdida de una esposa adorada! Acaso este pobre anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha fabricado con ilusión para morir en ella en brazos de su esposa.
La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de lágrimas. Todavía siguió en este tono patético un rato. Al fin cayó como desfallecido en la butaca, llevándose el pañuelo a los ojos.
Pero D.ª Carmen, aunque caritativa y sensible, no dió señales de hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo:
—Bien sabes tú que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni sería fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que sólo es mía por el cariño que la tengo.
El duque cambió de táctica. Miró un rato a su esposa con ojos compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura:
—Tú quieres mucho a Clementina, ¿verdad?… Pues mira; lo mejor que puedes hacer para darle un alegrón es reventar cuanto más antes. El pobre Osorio está con el agua al cuello. Ahora me explico por qué sus acreedores no acaban de tragárselo. Sin duda tú le has hablado a su mujer algo de testamento, y como estás un poquillo delicada aguardan tu muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides.
D.ª Carmen se puso mucho más pálida de lo que estaba al oir estas sangrientas palabras. Necesitó agarrarse a los brazos del sillón para no desfallecer. Lo que decía su marido era horrible, pero muy verosímil. El, que advirtió su emoción, se apresuró a ofrecerle todos los datos necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo la situación económica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que no podía ser más que la muerte de ella.
Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase sublime.
—Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo la quiero lo mismo, con todo mi corazón. Para ella será cuanto tengo.
El duque salió de la estancia furioso, bufando como un toro con banderillas de fuego, o como un actor a quien acaban de propinar una silba.
D.ª Carmen permaneció inmóvil largo rato, en la misma postura que la había dejado, con los ojos clavados en el vacío. Dos lágrimas temblaron al fin en sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas marchitas.