XI

#Baile en el palacio de Requena.#

Transcurrieron los días y los meses. Clementina pasó el verano, como siempre, en Biarritz. Raimundo la siguió, dejando a su hermana confiada a unos parientes, y regresó cuando aquélla a últimos de Septiembre. Por la casa de los huérfanos soplaba un viento tormentoso que la había removido por completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus estudios y costumbres metódicas, se había lanzado con ardor de neófito a los placeres mundanos. Su hermana, aterrada por este cambio, le hizo suavemente algunas advertencias, sin resultado. El joven se enfadaba como niño mimoso. Cuando la reprensión era más dura, se echaba a llorar desconsoladamente, llamándose desgraciado, diciendo que no le quería, que más le hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. Aurelia, en vista de esto, había determinado callarse, padeciendo en silencio, llena de aprensiones y presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa de aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno de los dos osó hacer referencia a ella: Raimundo, porque no podía dignamente declarar a su hermana las relaciones que sostenía con Clementina: aquélla, porque creía indecoroso darse por advertida.

Aquellas relaciones obligaron a nuestro joven a hacer gastos extraordinarios que no permitía su renta. Para seguir el carruaje de su amante entre la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la Castellana compró un bonito caballo, después de dar previamente algunas lecciones de equitación. Los teatros, las flores y los regalitos a su ídolo, las francachelas con sus nuevos amigos del Club de los Salvajes, los trajes y las joyas, todo lo que constituye, en suma, el tren de un lechuguino en la corte, le hicieron desembolsar sumas enormes con relación a su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar mano del capital. Este consistía, como ya sabemos, en acciones de una fábrica de pólvora y en títulos de la Deuda. Unos y otros documentos guardábalos su madre en un cofrecito de hierro dentro de su armario. Cuando murió, el pariente de los chicos a quien correspondía la tutela vino a examinarlos y tomó nota de ellos. Pero como Raimundo gozaba tal fama de muchacho formal, de conducta intachable, como hacía ya tiempo que manejaba y cobraba los cupones, y como en fin no le faltaban más que tres años para llegar a la mayor edad, su tío no quiso recogerlos. Los dejó en el mismo cofrecito que estaban. Pues bien; Raimundo, necesitando a toda costa dinero, y no atreviéndose a pedírselo a nadie, faltó a esta confianza vendiendo poco a poco algunos títulos. Y es lo raro del caso que siendo un chico hasta entonces tan puro de costumbres, tan recto en el pensar y tan honrado de corazón, llevó a cabo esta villanía sin grandes remordimientos. Hasta tal punto su desatinada pasión le había desequilibrado y aturdido.

No sólo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su curador, al enterarse de sus gastos excesivos y de la vida que llevaba, s presentó un día en su casa, encerróse con él en el despacho y le interpeló bruscamente:

—Vamos a cuentas, Raimundo. Por lo que me han dicho y por lo que veo, estás haciendo unos gastos que de ningún modo puedes sostener con tu renta. El caso es grave. Yo, como curador, necesito saber de dónde sale ese dinero, no sólo por ti, sino principalmente por tu hermana….

Experimentó una violenta emoción. Se puso pálido y balbució algunas palabras ininteligibles. Luego, viéndose apurado, comprendiendo rápidamente que de aquella entrevista dependía su salvación, esto es, la salvación de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente.

—Tío, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que podría hacer con mi renta…. Pero nada tiene que ver en ellos el capital que heredé de mis padres.

—¿Entonces?…

—Entonces—… dijo bajando la voz y como sí le costase trabajo hablar—, entonces … yo no puedo decirle a usted el origen de este dinero, tío…. Es una cuestión de honor.

El curador quedó estupefacto.

—¿De honor?… No sé lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no puedo quedar conforme…. Mi posición es delicada. Si no velo como debo sobre vuestros intereses, mañana se me puede pegar al bolsillo y no tiene gracia.

Raimundo guardó silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando mucho, dijo:

—Puesto que es necesario decirlo todo, lo diré…. Usted habrá oído hablar quizá de mis relaciones con una señora….

—Sí, algo he oído de que haces el amor a la hija de Salabert.

—Pues ya tiene usted explicado el misterio …—dijo poniéndose fuertemente colorado.

—¿De modo que esa señora?…—replicó el tío haciendo resbalar la yema del dedo pulgar sobre la del índice.

Raimundo bajó la cabeza y no dijo nada, o, más exactamente, lo dijo todo con su silencio. Él, que había rechazado con indignación y tristeza los billetes de Banco de su querida, confesábase ahora culpable, sin serlo, de tal indignidad, bajo la influencia del miedo.

Su tío era un hombre vulgar, un almacenista de la calle del Carmen. La confesión de su sobrino, lejos de sublevarle, le hizo gracia.

—¡Bien, hombre!… Me alegro de que hayas salido del cascarón y sepas lo que es el mundo. ¡Ah, tunante, qué callado te lo tenías!

Pero como todavía se quedase en el despacho adivinándose en su actitud un resto de inquietud, Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres y de los hombres débiles en las circunstancias críticas, dijo con firmeza:

—El capital de mi hermana y el mío está íntegro. Ahora mismo va usted a ver los títulos….

Y sacó la llave y se dirigió al armario. Su tío le detuvo.—No hace falta, chico…. ¿Para qué?

Así salió, casi milagrosamente, de aquel terrible compromiso, que de otro modo hubiera producido una catástrofe. Sin embargo, la victoria le costó muchos momentos de cruel amargura, un gran desfallecimiento físico y moral que por poco le hace enfermar. No es posible romper bruscamente con nuestras ideas y sentimientos, con lo que constituye nuestro carácter, sin que la ruptura produzca vivo dolor.

Por esta época vino a visitarle un caballero chileno, aficionado a la zoología y dedicado también a la especialidad de las mariposas como él. Venía de Alemania y se disponía a regresar a su país. Había leído algunos de sus artículos científicos, y teniendo además noticia de su colección, no quiso pasar por Madrid sin verla. Raimundo le recibió con alegría y un poco de vergüenza también. Hacía ya algunos meses que no se ocupaba poco ni mucho en asuntos de ciencia, que tenía su colección abandonada. A pesar de eso el chileno la halló muy notable y simpatizó extremadamente con él. Le dijo que tenía encargo de su Gobierno para llevar algunos jóvenes de valer que se pusiesen al frente de las cátedras recién creadas en Santiago de Chile. Si quería venirse, una de ellas sería para él. El sueldo que se le ofrecía era bastante crecido, la posición brillante en un país nuevo y ansioso de instrucción. En otras circunstancias, Raimundo, que ya no tenía más vínculo en España que su hermana, quizá se hubiera decidido a emigrar con ella. Más ahora, enloquecido por el amor, encontró tan absurda la proposición que no pudo menos de sonreír con cierta lástima al rechazarla cortésmente, como si fuese un millonario o un hombre colocado en la cima de la sociedad española.

Para costear su viaje a Biarritz necesitó enajenar más papel de la Deuda. Llevó en metálico a Francia unas cinco mil pesetas, cantidad más que suficiente para pasar el verano. Sin embargo, a los pocos días, arrastrado del ejemplo de sus amigos, se le antojó jugar en el Casino a los caballitos. En dos sesiones perdió todo el dinero. No estando avezado a estos lances, lo único que se le ocurrió fué regresar precipitadamente a Madrid, vender más títulos y volverse otra vez. Su hacienda mermaba de día en día. Cuando empezó el invierno tenía ya de menos algunos miles de duros; mas esto no le impidió seguir gastando lindamente. Aurelia, que tal vez por indicación de su tío y curador, o por propias sospechas, creía saber de dónde procedía aquel dinero, andaba melancólica, recelosa. No podía menos de mirar a su hermano con ojos donde se reflejaba la pena, la lástima y la indignación también.

Así continuaran las cosas hasta Carnaval. La duquesa de Requena había mejorado bastante en unos baños de Alemania, adonde su marido la había llevado. Desde que tenía hecho testamento a favor de su hijastra, éste la prodigaba extremados cuidados, sabiendo cuánto le importaba su vida. Los negocios del célebre especulador marchaban también prósperamente. La mina de Riosa se había comprado como él pretendía, al contado. Desde entonces, sordamente, había comenzado a hacer guerra a las acciones, vendiéndolas cada vez más baratas para depreciarlas. Llevaba buen camino para conseguirlo. En pocos meses habían bajado desde ciento veinte, a que se habían puesto poco después de la venta, hasta ochenta y tres. Salabert esperaba de un momento a otro, por medio de una gran oferta que tenía preparada, introducir el pánico en el mercado y hacerlas bajar a cuarenta. Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en París y en Londres, se haría dueño de la mitad más una, y por lo tanto del negocio.

Porque le interesaba para sus fines políticos y económicos y por satisfacer al genio fanfarrón que, a pesar de su avaricia, habitaba dentro de él, resolvió dar un gran baile de trajes en su magnífico palacio, invitando a toda la aristocracia madrileña y a las personas reales. Los preparativos comenzaron dos meses antes. Aunque el palacio estaba espléndidamente amueblado, el duque hizo desterrar de los salones algunos muebles demasiado grandes y pesados y traer de París otros más sencillos y ligeros. Se quitaron algunos tapices; se compraron muchos objetos de arte, de los cuales estaba un poco necesitada la casa. Veinte días antes del designado para el baile, se enviaron las grandes tarjetas de invitación. Era necesario todo este tiempo para que los invitados pudiesen preparar sus disfraces. Exigíase traje de capricho: a los caballeros, cuando menos, la talmilla veneciana sobre los hombros. La prensa comenzó a esparcir el anuncio del baile por todos los rincones de España.

Como su madrastra ni entendía mucho en estos asuntos, ni estaba en disposición, a causa de su quebrantada salud, de tomar parte activa en los preparativos, el alma de ellos fué Clementina. Pasaba el día en casa de su padre, robando sólo algunos ratos que dedicaba a Raimundo. Osorio tuvo la mala ocurrencia de traer a las dos niñas que tenía en el colegio de Chamartín, una de diez y otra de once años, a pasar unos días con ellos. Las pobrecitas tuvieron que marcharse antes de lo que les había prometido su padre, porque Clementina estaba tan ocupada que apenas podía fijar en ellas la atención. Esto indignó tanto a Osorio, que un día, sin que se despidiesen de su madre, las metió en el coche y las llevó él mismo al colegio. Por cierto que a la noche, cuando Clementina regresó, hubo con este motivo una escena violenta entre los esposos. Raimundo también padecía con las ocupaciones de su amante. Pero no dejaba de gozar puerilmente con la perspectiva del baile, al cual pensaba asistir vestido de paje de los Reyes Católicos. Fué una idea que le suministró Clementina. El modelo lo sacaron de un célebre cuadro que había en el Senado. Ella estaba enamorada del retrato de D.ª Margarita de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pantoja. Se mandó hacer un traje igual de terciopelo negro muy ajustado al talle, con saya interior color de rosa recamada de plata. Este traje era muy a propósito para realzar la gallardía de su figura y la belleza majestuosa de su rostro.

El duque trabajaba también en la parte menos delicada de los preparativos, en la erección del estrado para la orquesta, que hizo colocar adosado a la pared medianera de los dos grandes salones de baile contiguos, rodeándolo de plantas y arbustos, en el arreglo del guardarropa, en la colocación de alfombras, en la traslación de muebles, etc. Salabert era un terrible sobrestante para sus operarios, un verdadero mayoral de ingenio. No los dejaba reposar: les exigía un cuidado incesante: jamás se le daba gusto en nada. Se trataba un día de trasladar cierto armario de ébano tallado, desde el salón que iba a ser de conversación, a la sala destinada a jugar. Los obreros, dirigidos por el maestro carpintero, lo llevaban suspendido, mientras el duque los seguía recomendándoles atención con una sarta de interjecciones que dejaba escapar oscuramente entre el cigarro y sus labios sinuosos, nauseabundos.

—¡F…., despacio!… ¡Despacio tú, papanatas, el de las narices largas!… Cuidado con esa lámpara…. Baja un poco tú. Pepe … ¡F…., no seas jumento, baja más!… ¡Eh! ¡eh! arriba ahora….

Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, viendo que era fácil lastimarse, les gritó:

—¡Cuidado con las manos!

—¡Cuidado con los relieves, F….!—se apresuró a gritar el duque—.
¡Lo que menos me importa a mí son vuestras manos, babiecas!

Uno de los obreros levantó la vista y le clavó una mirada indefinible de odio y desprecio.

Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque mandó enganchar y se dirigió a sus habitaciones a quitarse el polvo. Poco después bajaba por la gran escalinata del jardín y montaba en coche, dando orden que le condujesen al hotel de su querida.

La pasión brutal del banquero por la Amparo había crecido mucho en los últimos tiempos. Todavía fuera conservaba su razón; pero en cuanto ponía el pie en la casa de la hermosa malagueña, la perdía por completo, se transformaba en una bestia que aquélla hacía bailar a latigazos. Ni se crea que esto es enteramente figurado. Contábase en Madrid que el duque traía un aro de hierro con una argolla al brazo en señal de esclavitud, y que la Amparo le ataba con cadena cuando bien le placa. Algunos amigos, para cerciorarse, le habían apretado el brazo burlando y certificaban que era cierto. La ex florista, aunque de inteligencia limitadísima y de cultura más limitada aún, tenía suficiente instinto para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su genio arisco y desigual, aumentaba el fuego de la sensualidad en aquel viejo lúbrico. El duque había llegado a persuadirse de que su querida, a pesar de las sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy capaz de dejarle plantado si un día se atufaba. Esta convicción le tenía siempre sobresaltado y rendido, dispuesto a humillarse, a cometer cualquier bajeza por complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le cegaba hasta el punto de no comprender que la Amparo era más interesada y astuta de lo que él se figuraba.

Cuando llegó al hotelito de mazapán, serían las tres de la tarde. Amparo estaba conferenciando gravemente con la modista; de modo que se vió obligado a esperar un rato leyendo los periódicos. Al salir del gabinete, la joven exclamó:

—¡Ah! ¿Estaba usted ahí duque?

—Sí; no he querido sorprender secretos de Estado.

—¡Y que lo diga! ¿Verdá usté?—dijo la ex florista echando una mirada significativa a la modista.

Esta sonrió discretamente y se fué. El duque abrazó por el talle a su querida y la llevó al gabinete.

—¿Cómo te va, chiquita? ¿Bien, eh?

—¡Al pelo, hijo! ¿Cómo quieres que me vaya con un hombre tan retrechero?

Al mismo tiempo se colgó de su cuello y le dió un largo y sonoro beso en la mejilla. Los párpados del duque temblaron de placer; mas por sus ojos pasó al mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que la Amparo se le colgaba del cuello era para darle un sablazo formidable, una entrada a saco en el bolsillo.

—¡Y que no tiene quita el gachó! ¡Y que no sabe lo que son mujeres!—siguió la hermosa contemplándole con admiración.

"¡Malo! ¡malo!" dijo para sí el banquero. Sin embargo, las caricias de su querida le hacían feliz.

—Mira, Tono, no hay cosa que más me guste que decirles por lo bajo a todas las sin vergüenzas que pasean por el Retiro: "¡Andad, andad, hambronas, que si a mí se me antoja os puedo enterrar en billetes de Banco!…" ¿Verdá tú, salao?

"¡Malísimo!" volvió a decir el duque en su interior; y en voz alta:

—Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa.

Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente:

—¿Cuántos necesitas?

—¡Ninguno, canalla!—exclamó ella soltando a reir—. Pensabas que me estaba preparando para darte un sablazo, ¿eh?

—¡Claro! No te veo cariñosa sino cuando necesitas dinero.

—¡Habrá embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensaría que es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, ¡pero no siempre, hijo, no siempre!… Además, no me sienta mal este geniecillo agrio, ¿verdá tú?

La hermosa odalisca se había sentado sobre las rodillas del duque y le daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero recién rasurados. Vestía una bata de color azul oscuro con adornos más claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada día más fina, más tersa, más nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella tez lucían sus grandes ojos negros sombríos, salvajes, con un fuego misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros, caían ondeados sobre la frente ocultándola a medias. Su garganta, amasada con leche y rosas, pedía a gritos el homenaje de los labios. El duque estaba contentísimo desde que había conjurado el peligro: se derretía en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre.

—Espera un poquito. Hoy quiero que tomes café conmigo.

—Ya lo he tomado, hija.

—No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos días que no lo tomamos juntos. ¡Claro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos!

Al mismo tiempo se levantó y comenzó a maniobrar con los enseres de hacer café, que estaban dispuestos sobre la mesa.

—Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a echar en él unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte blandito, ¿sabes?… Porque tengo que pedirte una cosa.

Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresuró a disimularla riendo.

—¡Ya lo decía! ¿Qué tienes que pedirme, rubita?

—En tomando el café lo sabrás.

No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimó una mesilla japonesa a la butaca donde estaba el duque. Para sí trajo una sillita dorada. Y charlaron con animación o, por mejor decir, charló ella mientras él la escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atrás, acercando de vez en cuando con su mano trémula de hombre gastado la taza a los labios.

—Oye, Tono—dijo ella cuando terminaron, poniendo con decisión los codos sobre la mesa y mirándole fijamente:—¿qué te parece de ir yo a tu baile?

Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante atrocidad. El no hizo más que abrir los ojos repentinamente, para dejar caer los párpados otra vez quedando en la misma actitud soñolienta.

—No me parece mal.

—¿De modo que puedo ir?

—¡Ya lo creo que puedes ir! Lo que no podrás será entrar.

—¿Pues?—exclamó ya encrespada la bella.

—Porque no te recibirían.

Amparo se levantó furiosa.

—¿Y por qué no me recibirían, dí, por qué?—profirió sacudiéndole un brazo y acercando su cara a la de él.

—¡Calma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una mujer más bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las miradas se irían tras de ti: serías la verdadera reina del baile…. Ya comprendes que eso no le haría maldita la gracia.

Amparo miró al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con ella". La fisonomía de aquél permanecía inalterable.

—Bien; pues de todos modos quiero ir—dijo con mal humor y recelosa—.
Me traerás una invitación.

—¿Qué más quisiera yo, querida, que traerte una invitación? Si sabes de alguna persona a quien yo deseara más ver en el baile que a ti, dilo…. Pero mi mujer y mi hija me sacarían los ojos, ¿sabes?

—¿Y qué tengo yo que ver con tu mujer y tu hija?—preguntó la irascible malagueña—. Tú eres el amo. Yo quiero una invitación y la tendré. Quedamos, pues, en que mañana me la traerás….

—Dispensa, chiquita….

—¡Ah! ¿Conque no quieres? ¿Conque te niegas a darme ese gusto? Entonces, grandísimo gorrino, embustero, ¿por qué no hablas claro? Es decir que yo te estoy aguantando, viejo sucio, te estoy siendo fiel como si fueses el chico más guapo de Madrid, y cuando se trata de complacerme en una cosa insignificante te llamas andana. ¡Ay, que tío! La tonta es una en guardar consideraciones a quien no las merece. Y luego, ¿quién me va a rechazar? ¡La de Osorio! ¡Olé mi vida!… Siento mucho decírtelo, hijo, aunque bien debes saberlo. Clementina, en cuanto a conducta, vale tanto como yo … menos que yo, porque al fin y al cabo soy libre, y ella no…. Pero tú tienes menos vergüenza que ella…. ¡Qué se puede esperar de un hombre que se pone de rodillas delante de una p… y se deja abofetear por ella! Lo mismo que de todos esos pendones viejos que irán a tu baile y que nos pueden poner a nosotras escuela de porquerías.

La bella soltaba o mejor vomitaba estos y otros insultos acompañados de interjecciones de cochero, paseando furiosa por la estancia. De pronto se paró delante del duque y le gritó hecha una hiena:

—¡Sal de aquí, so gorrino! Sal de mi casa. Me escupo yo en tí y en tus millones.

Salabert soltó una carcajada.

—Amparito, nunca te he visto tan enfadada, ni tan guapa tampoco….
Aquí está la invitación—dijo sacando la cartera.

—Métela en …—exclamó la sultana con desprecio.

Fué preciso que el banquero se humillase a rogarle que la aceptara. Al cabo de muchas súplicas se dignó tomarla.

—Bien; déjala ahí y vete al pasillo por haberme puesto tan nerviosa.

Esto de mandarle al pasillo era un castigo que la Amparo había inventado últimamente. Cuando el duque la impacientaba o la aburría, echábale de la habitación y le tenía a veces horas enteras en la antesala o en el pasillo esperando como un perro. Ahora no tardó tanto en abrirle de nuevo. Estaba sonriente y serena y le abrazó cariñosamente.

—Oye, Tono, ¿estaría bien, disfrazada de María Estuardo?

—Estarías admirablemente. Creo que debes encargarte el traje en seguida.

Amparo sonrió maliciosamente

—Ya está encargado y ya está hecho. Mira.

Y abriendo el cuarto guardarropa le mostró un maniquí vestido de reina de Escocia.

Llegó al fin el día del baile. Los periódicos lo anunciaron por última vez haciendo resonar fuertemente el bombo y los platillos. El duque de Requena había gastado en los preparativos más de un millón de pesetas, según contaban los revisteros a sus lectores. Decían además ¡oh caso inaudito! que las flores habían venido casi todas de París. Y era cierto. El duque, nacido en Valencia, el más hermoso jardín de Europa, para su baile hacía traer las flores de Francia. Un capital de algunos miles de duros en flores. Las camelias rodaban por el suelo sirviendo de alfombra en la antesala y los corredores. Centenares de plantas, casi todas exóticas, adornaban aquélla, el vestíbulo y los dos salones de baile. Legiones de criados con calzón corto y vistosas casacas aguardaban apostados estratégicamente en todos los puntos necesarios. Una pareja de guardias de caballería permanecía al lado de la verja del jardín manteniendo el orden en los coches, ayudada de algunos agentes de orden público. El guardarropa, construído nuevamente, era una estancia lujosa donde todo estaba prevenido para que los magníficos abrigos, sereneros o salidas de baile, como ahora se nombran, no sufriesen el más mínimo desperfecto. La gran escalinata estaba iluminada con luz eléctrica: el vestíbulo y el comedor con gas: los salones de baile con bujías. En la sala de conversación y en la de juego había algunas lámparas de petróleo con enormes y artísticas pantallas. En éstas ardía además un fuego claro y brillante en las chimeneas.

Clementina recibía a los invitados en el primer salón, cerca de la antesala. Sustituía a su madrastra porque ésta, a causa de su debilidad, no podía mantenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en la sala de conversación rodeada de algunas amigas: allí recibía a los que iban a saludarla. El duque y Osorio, a la puerta de la antesala, ofrecían el brazo a las damas que iban llegando y las conducían hasta Clementina. El atavío de ésta realzaba, como había presumido bien, su espléndida belleza. Su gallarda figura parecía aún más fina y más esbelta con aquel traje ajustadísimo. Su linda cabeza rubia resaltaba sobre el terciopelo negro como una rosa blanca. El rey Felipe III hubiera trocado de buena gana su Margarita auténtica por ésta contrahecha. Un pormenor que comenzó a correr por los salones y que al día siguiente noticiaron los revisteros, era que había venido un peluquero de París en el sud-exprés exprofeso a peinarla.

La abigarrada muchedumbre comenzó a invadir los salones. Todas las épocas de la historia, todos los pueblos de la tierra mandaron su representación al baile de Requena. Moras, judías, chinas, damas godas, venecianas, griegas, romanas, de Luis XIV, del Imperio, etc., etc.; reinas, esclavas, ninfas, gitanas, amazonas, sibilas, chulas, vestales, paseaban amigablemente del brazo o formaban grupos charlando y riendo entre caballeros del siglo pasado, soldados de los tercios de Flandes, pajes y nigrománticos. La mayoría de los hombres, no obstante, había limitado el disfraz a la talma veneciana. La orquesta había tocado ya dos o tres valses y rigodones; pero nadie bailaba. Se esperaba la llegada de las personas reales para dar comienzo.

Raimundo se deslizaba por todos los salones con cierta seguridad de favorito. Hablaba con los conocidos, sonriendo a todo el mundo con su especial modestia, que le hacía más extraño que simpático en una sociedad donde los modales fríos y levemente desdeñosos son signo de elevación y grandeza. Vivía el joven entomólogo, desde hacía tiempo, en un delicioso aturdimiento, una especie de sueño de oro, como algunas veces suelen tenerlos las personas de condición más humilde. Su atavío de paje de los Reyes Católicos le sentaba muy bien. Más de una linda joven volvió la cabeza para contemplarle. De vez en cuando se acercaba al sitio donde Clementina se hallaba cumpliendo sus deberes, y sin dirigirle la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas amorosas. Una de las veces, al tiempo que lo hacían, se aproximó a la dama Pepe Castro, disfrazado de caballero de la corte de Carlos I.

—¿Qué es eso?—le dijo al oído—. ¿No te has cansado aún de tu bambino?

Cuando se encontraban solos. Pepe se autorizaba el tutearla y Clementina lo admitía.

—Yo no me canso de lo bueno—repuso ella sonriendo.

—Muchas gracias—replicó él irónicamente.

—No hay de qué. ¿Por qué me buscas la lengua?

—Porque me gusta. Ya lo sabes.

La dama alzó los hombros, hizo un mohín de desdén, y pugnando por no reir se dirigió a la condesa de Cotorraso que en aquel instante pasaba cerca.

Raimundo los había contemplado mientras hablaron. El tono confidencial en que lo hicieron le hirió. Permaneció un instante inmóvil. Por delante de él pasó, sin que lo advirtiera, la niña de Calderón, que acudía por vez primera a un baile. Traía un lindísimo traje de joven veneciana color carmesí, y escote bajo. Su madre otro riquísimo de dama holandesa; saya de color noguerado recamada de oro y plata, voluminosa gorguera con puntas de encaje y doble collar de diamantes y perlas. ¡Cuánta hiel habían hecho tragar aquellos vestidos al bueno de Calderón! Al principio, cuando se habló del baile de trajes, pensó que con cualquier disfraz de mala muerte cumpliría y no tuvo inconveniente en otorgar su permiso. Cuando vió los trajes y la cuenta de la modista, quedó estuperfacto: estuvo por gritar ¡ladrones! Maldijo de su colega Salabert, de la hora en que se le había ocurrido dar aquel baile y de todas las damas venecianas y holandesas que habían existido. Lo que más hondamente trabajaba su espíritu abatido era la consideración de que aquellos trajes costosos no servirían más que para una noche. Cuatro mil pesetas tiradas a la calle, como él dijo más de cien veces aquellos días.

Esperancita dirigió una mirada a Alcázar buscando su saludo; pero viéndole distraído volvió los ojos al grupo de Clementina y se hizo cargo inmediatamente de lo que ocurría. También por su frente pasó una nube de tristeza como por la de Raimundo. Mas, repentinamente, se iluminó; sus ojos brillaron; todo su rostro, que era asaz insignificante, se transfiguró adquiriendo cierto encanto indefinible. Era que Pepe Castro se acercaba a saludarla.

—¡Preciosa, preciosa!—dijo el adonis en tono distraído, inclinándose con afectación.

La niña se puso fuertemente colorada.

—¿Quiere usted bailar el primer vals conmigo?

Justamente en aquel instante se acercó a ellos un grupo de pollastres de los que revoloteaban en torno de los millones de Calderón, felicitando calurosamente a la niña. Entre ellos estaba Cobo Ramírez. Todos se apresuraron a pedirle bailes, apuntando en el primoroso librito de Esperanza la inicial de su preclaro nombre. Ramoncito Maldonado, que se hallaba a unas cuantas varas de distancia, no se acercó al grupo, fiel a la consigna de no prodigarse, de hacerse desear, que hacía más de un año le había dado su amigo y mentor Pepe Castro. Hasta entonces de poco o nada le había servido aquella táctica. Esperancita permanecía insensible a sus asiduos y rendidos obsequios. Pero no lo atribuía él a deficiencia del método, sino a su falta de valor para seguirlo rigurosamente sin desmayos ni contemplaciones. En cuanto la niña le ponía los ojos dulces, le dirigía alguna palabra afectuosa, ¡adiós, plan estratégico! Ahora echaba miradas torvas al grupo contestando distraídamente al conde de Cotorraso, que desde hacía algún tiempo le mostraba una terrorífica predilección cogiéndole de la solapa dondequiera que le hallaba para explicarle su nuevo método de destilación del aceite. Con su lujosa casaca y peluca blanca de caballero del siglo pasado, el joven concejal no había ganado en dignidad. Parecía un lacayo.

Hubo gran agitación, de pronto, en los salones. Llegaban las personas reales. La muchedumbre se agolpó en las inmediaciones de la puerta. El duque, la duquesa, Clementina y Osorio bajaron la escalinata del jardín para recibirlas. La orquesta tocó la Marcha Real. Los soberanos pasaron lentamente, sonriendo, por entre las apretadas filas de los invitados, deteniéndose cuando veían alguna persona de su conocimiento para dirigirle una palabra afectuosa. Esta se inclinaba profundamente y les besaba la mano con emoción, que se traslucía en la cara. Particularmente las señoras se humillaban con un deleite que no eran poderosas a disimular, con un sentimiento de ternura y adoración que las ponía rojas. Organizóse poco después el rigodón de honor. Clementina abandonó su puesto para tomar parte en él. El monarca bailó con la duquesa, que hizo un esfuerzo por contentar a su marido. Una triple fila de curiosos formaban círculo viéndoles bailar.

Salabert triunfaba. El granuja del mercadal de Valencia traía los reyes a su casa. Sus ojos saltones, mortecinos, de hombre vicioso, brillaban con el fuego del triunfo. La explosión de la vanidad hacía volar en pedazos las inquietudes sórdidas que aquel baile le había causado, la lucha a muerte que había sostenido con su avaricia. Mañana tal vez estos pedazos se volverían a juntar para darle tormento. Pero ahora, ebrio de orgullo, aspiraba a grandes bocanadas el aire de grandeza y de fuerza que sus millones le daban. Tenía las mejillas encendidas, congestionadas por la vanidad satisfecha.

—Mirad qué cara resplandeciente tiene Salabert en este momento—decía
Rafael Alcántara a León Guzmán y a otros íntimos que formaban grupo—.
¡Qué felicidad respira por todos los poros! Gran ocasión para pedirle
diez mil duros prestados….

—¿Los daría?—preguntó uno.

—Sí, al siete por ciento con buena hipoteca—replicó el perdis—. Mirad, mirad, ahí viene Lola Madariaga…, la mujer más graciosa y más remonísima que ha pisado el salón hasta ahora—añadió elevando un poco la voz para que lo oyese la interesada.

Lola le envió una sonrisa de gratitud. Su marido, el mejicano de las vacas, que también oyó el piropo, saludó al grupo con afabilidad. Aquélla estaba realmente muy linda disfrazada de dama de Luis XIV; vestido rojo recamado de oro, y manto amarillo, también bordado; el cabello empolvado, y al cuello una cinta de terciopelo negro con brincos de plata.

Terminado el rigodón de honor, los jóvenes comenzaron a bailar. Pepe Castro vino a recoger a Esperancita, que paseaba con su íntima la última de Alcudia. Ambas asistían por vez primera a un baile de importancia. Estaban alegrísimas contemplando con viva emoción el mundo bajo su aspecto más risueño, gorjeándose discretamente al oído sus dulces y recónditas impresiones. Paseó un instante con ellas, hasta que un pollo vino a invitar a Paz, y ambas parejas se lanzaron a la vez en la corriente del baile. El mundo desapareció para Esperancita. Un delicioso y vago sentimiento de dicha y libertad, como el que tendría un pájaro al volar si estuviese dotado de alma, penetró en su corazón y lo inundó de alegría. Era también la primera vez que Pepe Castro le apretaba la cintura. Sentíase arrebatada por él en medio del torbellino de parejas y se creía sola. ¡Ella y él!, y la música acariciando los oídos y el corazón, interpretando dulcemente las inefables impresiones que palpitaban en el fondo de su alma. Al descansar unos instantes, su rostro expresaba de tal modo intenso este divino sentimiento del primer amor, que su tía Clementina, al cruzar del brazo del presidente del Congreso, no pudo menos de sonreír dirigiéndole una mirada mitad cariñosa, mitad burlona que la hizo enrojecer. Pepe Castro se esforzaba por sacarle las palabras del cuerpo. Aquella noche, el exceso de la emoción la tenía semimuda. La dicha que embargaba su alma se traducía, como casi siempre acontece, en un sentimiento de benevolencia hacia todo el mundo. El baile le parecía encantador. Todos los hombres eran chistosos. Todas las mujeres estaban admirablemente vestidas. Hasta Ramoncito, que acertó a pasar por delante, pudo recibir algunas gotas de este rocío bienhechor.

—¿No baila usted, Ramón?—le preguntó con una sonrisa tan amable, que el ilustre concejal se sintió desfallecer de felicidad.

—Me ha entretenido el conde de Cotorraso hasta ahora.

—Pues a buscar pareja…. Mire usted: allí está Rosa Pallarés que no baila.

El futuro estadista se apresuró a invitarla, pensando con su penetración característica que Esperancita le daba esa pareja porque era bastante fea. Mecido en este grato y dulcísimo pensamiento pasó un rato feliz bailando con la hija del general Pallarés, "uno de nuestros más bellos bacalaos", al decir de Cobo Ramírez. Creía estar cumpliendo con un mandato de su adorada, dándole un testimonio irrecusable de que sus celos, si los sentía, eran infundados.

Cuando terminó el vals, vino, como un caballero de la Edad Media que sale del torneo, a recibir el galardón de las manos de su dama. Pero como no hay dicha completa en este mundo, al mismo tiempo que él se acercó a la niña Cobo Ramírez. Ambos se sentaron a su lado y la atosigaron a requiebros y atenciones. El uno le pedía el abanico, el otro el pañuelo. Los dos procuraban atraer su atención sacando conversaciones divertidas, lisonjeando su orgullo por todos los medios que podían. En honor de la verdad hay que confesar que, aunque Ramoncito era mucho más profundo y político, la conversación de Cobo era más amena. Sin embargo, por uno de esos caprichos inexplicables de las jóvenes, Esperancita mostrábase más afectuosa y deferente con Maldonado, contra su costumbre. Y los tres ofrecían un espectáculo curioso y divertido.

Los criados circulaban con bandejas llenas de sorbetes, jarabes, confites y frutas heladas. Ramón llamó a uno para ofrecer a Esperanza ciertas yemas a las cuales sabía que era aficionada. Al mismo tiempo invitó con empeño a su antagonista a que tomase un helado. Cobo lo rehusó. Le apremió con tal afán, que el conde de Agreda, Alcántara y otros varios que estaban cerca lo notaron.

—Mirad a Ramón qué empeño tiene en que Cobo tome un helado—dijo uno.

—¡Claro! Le ve sudando y quiere matarlo. Es lógico—repuso León.

Pepe Castro, cuando vió acercarse a Cobo y Ramoncito, se había retirado discretamente. En el camino tropezó con Clementina, que parecía multiplicarse. Acudía a todos los sitios donde hacía falta, volviendo a cada instante junto a los soberanos, que se habían retirado con la duquesa, el duque y las personas de su servidumbre a una sala donde nadie osó entrar.

—Ya te he visto bailando con mi sobrinita—le dijo—. ¿Por qué no le haces el amor?

—¿Para qué?

—Para casarte.

—¡Horror! Pero chica, ¿qué te he hecho yo para que me aborrezcas tanto?

—Vamos, ven aquí. Has de ser formal—dijo ella poniéndose grave, adoptando un aire maternal—. Esperanza no es hermosa, pero tampoco desagradable. Tiene la frescura de la juventud y está enamorada de ti … me consta….

—Sí; lo mismo que tú—manifestó el gallardo salvaje, sonriendo con un poco de amargura.

Ella lo advirtió y quiso dejarle satisfecho.

—Lo mismo que yo … si te hubiese conocido a los diez y seis años. Te digo que te quiere, y mucho. Nosotras las mujeres cogemos al vuelo estas cosas. Cásate, no seas tonto…. Calderón es muy rico….

Cuando Pepe quiso contestar, la dama ya se había alejado con pie rápido. Quedó unos instantes inmóvil y pensativo. Luego, a paso lento, balanceándose, comenzó a dar la vuelta a los salones, deteniéndose ante las mujeres hermosas, examinándolas con mirada impertinente, como un bajá en el mercado de esclavas.

Lola Madariaga se había apoderado de Raimundo. Le tenía a su lado allá en un ángulo de la gran sala de conversación, y desplegaba uno tras otro, con arte infinito, todos los recursos de su coquetería para conquistarle. Esta era la manía de la graciosa morena. No podía cualquiera de sus amigas tener un galán sin que al momento no se le antojase arrancárselo. Importaba poco que fuese guapo o feo, airoso o encogido. Para ella, lo interesante era satisfacer la violenta necesidad que siempre había sentido de ser idolatrada, de triunfar de todas las demás. Tenía unos ojos de mirar suave, inocente, que engañaban. Nadie creyera que detrás de aquella mirada se ocultaba una voluntad tan firme y tan astuta. Alcázar la encontraba linda y su conversación placentera; pero influía mucho en esta simpatía la consideración de ser amiga íntima de Clementina y la de versar la plática casi siempre acerca de ésta. No pudiendo bailar con su adorada ni hablar a solas, tanto por prudencia como por las muchas obligaciones que aquella noche pesaban sobre ella, se consolaba oyendo a Lola relatar pormenores referentes a su amiga. Todo le interesaba al mancebo; el vestido que había llevado al baile de la embajada francesa; los menudos accidentes que le habían ocurrido en la cacería de Cotorraso; las escenas que había tenido con su marido, etc. La linda morena seguía el plan de atraer primero su atención, captarse su simpatía a fin de ponerle blando.

Clementina llegó a la sala cuando más enfrascados estaban en la charla. Quedóse un instante a la puerta mirándoles sorprendida e irritada. Hacía tiempo que Lola cayera de su gracia. Aunque Pepe Castro ya no le interesaba, cuando su amiguita trató de birlárselo, se produjo cierto enfriamiento en sus relaciones. Luego observó que Lola miraba a Raimundo con buenos ojos y bromeaba con él en cuanto se le presentaba ocasión. Esto despertó en su pecho un odio, que le costaba trabajo disimular.

Les clavó una mirada intensa y colérica: avanzó hasta el medio de la estancia y dijo con voz un poco alterada:

—Alcázar, le necesitamos para bailar. ¿Está usted muy cansado?

—¡Oh, no!—se apresuró a decir el joven levantándose—. ¿Con quién quiere usted que baile?

No respondió. Lola le había enviado una sonrisita sarcástica que acabó de exasperarla. Se dirigió a la puerta.

—Siento mucho haberle molestado a usted—le dijo fríamente cuando estuvieron lejos.

Raimundo la miró sorprendido. Cuando nadie los oía acostumbraba a tutearle.

—¿Molestia? Ninguna.

—Sí; porque, al parecer, estaba usted muy a gusto al lado de esa señora….

Y no pudiendo refrenar sus ímpetus más tiempo, le dijo sordamente:

—Ven conmigo.

Le llevó al comedor donde las mesas estaban ya esperando a los invitados. Allí, en el hueco de un balcón, desahogó su ira. Le llenó de insultos y dió por definitivamente rotas sus relaciones. Llegó a sacudirle violentamente por el brazo. Alcázar quedó tan estupefacto, tan aterrado, que no supo contestar. Esto le salvó. Al ver su rostro descompuesto donde se pintaban el dolor y la sorpresa, Clementina no pudo menos de comprender que la ira la engañaba. En Raimundo no había existido intención de coquetear. Sosegándose un poco, admitió las disculpas que aquél le dió al fin.

—Si precisamente, para hablar de ti es para lo que yo me acerco a ella.

—¡Ah! ¿Para hablar de mí?… Pues mira, de aquí en adelante no hables de mí. Basta con que me quieras.

Los criados, que por allí andaban, los miraban con el rabillo del ojo y se hacían guiños maliciosos. Al salir tropezaron con Pepa Frías. La frescachona viuda estaba muy bien ataviada: había oído infinitos requiebros. Vestía de princesa extranjera del tiempo de Carlos III, de lama plata con recamos de oro, y manto de terciopelo azul. Un escote cuadrado dejaba ver con harta claridad lo que Pepa debía de considerar mas interesante en su persona, a juzgar por la predilección con que lo mostraba.

—¡Chica, tengo un hambre de lobo!—entró diciendo—. ¿Cuándo acabáis de abrir el buffet? ¡Ah! ¿Conque os vais por los rincones? ¡Prudencia, Clementina, prudencia!… Hija, yo no puedo aguardar más: dame algo de comer, o me caigo.

Clementina la llevó riendo a un rincón y le hizo servir algunas viandas. Alcázar se volvió a los salones muy alegre, pero tembloroso aún por la violenta emoción que su querida le había hecho experimentar. Nunca la había visto tan furiosa.

La amistad de ella con Pepa se había remachado desde la escena que hemos descrito más atrás. La viuda se había persuadido de que la salvación de su fortuna se fundaba en este cariño y procuraba fomentarlo. Gracias a él había rescatado ya, poco a poco, una gran parte de ella. El resto no le apuraba. Sabía que Da. Carmen tenía hecho testamento a favor de su hijastra, y aunque esta señora había mejorado un poco, era segura su muerte en plazo breve. Los médicos habían descubierto en ella un tumor. No se atrevían a operarla a causa de su extremada debilidad.

A Clementina le hacía muchísima gracia el desenfado, mejor aún, el cinismo de Pepa. Ambas se entendían admirablemente. Ambas eran chulapas, dos manolas nacidas demasiado tarde y en condición social poco acomodada a su naturaleza. Por supuesto, Pepa lo era mucho más legítima que Clementina, quien no lo llevaba en la masa de la sangre: veníale de afición.

—Mira, Clemen, que te estás desacreditando—le decía aquélla, mientras engullía vorazmente un pedazo de pavo en galantina—. Deja ese niño que no vale un perro chico…. Para capricho ya ha sido bastante.

—¿Qué sabes tú lo que vale?—replicaba riendo Clementina.

—Por las trazas, hija…. Parece hecho en la Dulce Alianza. Lleva más de un año en relaciones contigo, y todavía se pone colorado como un pavo cuando le miras.

—Pues eso es precisamente lo que a mí me gusta.

Pepa alzó los hombros con indiferencia.

—¿De veras? Para mí sería una calamidad, hija.

—Y Arbós, ¿qué tal se porta?

—Ese es un tonto de capirote, ¿sabes?—dijo con la boca llena—; pero al menos tiene fachada. En diciéndole que es un gran hombre se tira de cabeza al agua por ti…. Tú no sabes…. Me ha colocado en el Ministerio más de dos docenas de parientes…. Luego da gusto tener cierta influencia en la política y que los diputados la mimen a una. Ayer, precisamente, tuve la visita de Mauricio Sala, que quiere a todo trance ser subsecretario. Al parecer, está seguro de que, siéndolo, Urreta le dará su hija.

—Yo detesto la política…. ¿Sabes que Irenita está monísima con su traje de cazadora?…

—¡Ps! vistosilla….

—No, no, monísima. ¿Dónde anda su marido, que no le he visto más que al entrar?

—¿Su marido? ¡Valiente tuno está su marido!—exclamó levantando furiosa la cabeza—. ¡Ay qué disgustos, querida, qué disgustos tan grandes tengo sobre mí—añadió con la boca llena.

—¿María Huerta?—preguntó Clementina en tono confidencial.

—La misma—dijo entre dientes la viuda, mirando fijamente al pavo. Luego encrespándose de pronto:—Es un bribón ¿sabes? un sinvergüenza, que no sabe siquiera guardar el decoro de su mujer. La mayor parte de los días la espera a la salida de San Pascual y la acompaña a pie hasta su casa. En el teatro no le quita los gemelos de encima. ¡Una porquería! Aunque sea un mal marido, que tenga dignidad. Y la pánfila de mi hija, loca, perdida por él. ¡Has visto qué imbécil! No hace más que llorar y pedirle celos…. ¡Qué más quiere ese monigotillo que verla humillada!… Si yo estuviera en su caso ¡ya le diría!… Le ponía en seguidita un armatoste en la cabeza que no cabía por esa puerta.

La exaltación de su espíritu no le impedía engullir lindamente.

—Dios te lo pague, hija—concluyó por decir levantándose—. A ver si este corazón se está quieto un rato.

Pepa pretendía padecer de cierto mal de corazón que sólo se le calmaba comiendo.

Pocos minutos después de salir ambas amigas del comedor, Clementina dió las órdenes oportunas y el buffet se abrió solemnemente. Las personas reales entraron primero acompañadas de su servidumbre y de los amos de la casa. Salabert había echado el resto en la cena. El gran comedor de techo artesonado parecía un ascua de oro. Las flores de vívidos colores, las frutas exóticas, la vajilla de plata, la cristalería, bajo las poderosas lámparas de gas titilaban como el cielo estrellado, producían un fuerte deslumbramiento. Los criados con casaca y peluca blanca, aguardaban inmóviles, pegados a la pared, tiesos y solemnes. En las dos cabeceras del salón ardían enormes troncos de encina dentro de sendas chimenas con retablos de roble tallado, cuyos adornos casi llegaban al techo. Todos los manjares que estaban sobre la mesa habían venido de París acompañados de una comitiva de criados y marmitones. Se exceptuaba el pescado, que procedía del Cantábrico, y un pudding llegado por la tarde de Londres. Eran fiambres en su mayoría. No obstante, había consommé caliente para el que lo pedía.

Las personas reales estuvieron muy cortos momentos en el comedor. Así que salieron precipitóse en él la ola de la muchedumbre con harto poca ceremonia. Los salones quedaron silenciosos en poder de los criados, que con la regularidad y precisión de soldados cambiaron las bujías próximas a extinguirse por otras nuevas, mientras el comedor resonaba con el campanilleo de los platos y las copas, la charla y las carcajadas de los convidados.

Cobo Ramírez abandonó por un rato a Esperancita dejándola en poder de su rival, para sentarse en un rincón delante de una mesita volante y devorar algunos trozos de boeuf d'Hambourg y jamón. Naturalmente, Ramoncito aprovechó este desahogo para poner de manifiesto el contraste entre su parquedad poética y la glotonería prosaica de Cobo; hasta que Esperancita le paró los pies diciendo con mal humor a su amiguita Paz, que estaba del otro lado:

—Pues a mí me gustan los hombres que comen mucho.

—A mí también—repuso Pacita—. Al menos indica que no tienen enfermo el estómago.

—Yo no lo tengo tampoco—se apresuró a decir el concejal, sofocado y molesto por la actitud hostil en que las dos amiguitas se habían colocado.

Paz se contentó con sonreír desdeñosamente.

El general Patiño, fatigado de enviar mortíferos proyectiles a la esposa de Calderón sin que la plaza se diese siquiera por enterada, había levantado el cerco para sitiar a la marquesa de Ujo, que a las primeras granadas había capitulado abriendo las puertas al enemigo. Sin embargo, el general, como estratégico consumado, no perdía de vista a Mariana, esperando cualquier incidente favorable para caer de nuevo sobre ella. Se decía en los periódicos que iba a ser nombrado ministro de la Guerra. Este cargo, sin duda, le daría más prestigio y autoridad para entrar a rebato en cualquier parte. La marquesa de Ujo vestía de turca y le sentaba tan bien, que, según Alcántara, apetecía soltarle un tiro. Su languidez era tanta aquella noche, que apenas tenía fuerzas para articular las palabras. A cada paso el ilustre general se veía en la necesidad de ayudarla en tan ímproba tarea. Mientras roía con sus dientes desvencijados algunas pastas, pues no admitía otra cosa su estómago, también un poquito averiado, disertaba, mejor dicho, exhalaba una serie de exclamaciones acerca de cierta novela recién publicada en Francia.

—¡Qué escena!… ¡Ah! ¡pero qué cosa tan linda!… Cuando ella le dice: "Entrad en el cuarto si queréis: podréis manchar mi cuerpo, pero no mi alma…." ¡Ah! ¡Y cuando va al lugar del duelo y recibe la bala que iba dirigida a su marido!… ¡Qué cosa más linda!…

Pepe Castro caracoleaba (perdón por el símil) en torno de Lola Madariaga. Esta le contaba con risa maligna lo acaecido hacía un rato, cuando Clementina se presentó de improviso donde ella estaba con Alcázar. Hablaba como si le hubiese arrancado el galán a su amiga, con acento protector y desdeñoso que hubiera hecho dar un salto a la orgullosa hija de Salabert si por ventura la hubiese oído.

—¡Pobre Clemen! Se está haciendo vieja, ¿verdad? ¡Qué figura tiene todavía! Claro que es a fuerza de apretarse, y esto tarde o temprano le va a hacer daño; pero de todos modos…. La cara no corresponde a la figura, ¿no cree usted? Sobre todo ahora que se le está empañando el cutis de un modo horroroso. Siempre ha tenido la fisonomía muy dura.

Y al mismo tiempo sus ojos claros y suaves miraban a Castro con tal dulzura, que realmente era para empacharse. Le habían dicho siempre (y era cierto) que tenía el semblante muy dulce. Para dar más realce a esta cualidad ponía cara de idiota.

Castro asentía a todo, tanto por lisonjearla como por la mala voluntad que tenía a Clementina. No sentía interés por Lola, pero a raíz de su ruptura con aquélla se había consolado un poco festejándola: aunque en ello había tenido no poca parte el deseo de no aparecer derrotado a los ojos del mundo.

—¿Y usted cree que está enamorada realmente de ese niño que parece una colegiala del Sagrado Corazón?

—¡Vaya usted a saber! Clementina presume mucho de original. Esta última aventura la acredita de ello…. Mire usted qué miraditas tiernas le está echando el bebé desde lejos.

Raimundo, en pie, allá en el extremo de una de las mesas, no quitaba ojo a su amada, que iba y venía de un sitio a otro previniendo los deseos de aquellos invitados a quienes más deseaba complacer. De vez en cuando le enviaba una imperceptible sonrisa de inteligencia que transportaba al joven al séptimo cielo.

Pepa Frías, si no comía porque estaba ahita, pellizcaba en las frutas y confites, teniendo detrás de su silla a Calderón, Pinedo, Fuentes y otros tres o cuatro caballeros maleantes que gozaban en tirarle de la lengua. No se la mordía, en verdad, la fresca viuda. Se defendía admirablemente de todos ellos parando y contestando los golpes con maestría.

—¿Dónde dice usted que tiene gota, Pepa?

—En los pies, Pinedo, en los pies … donde tiene usted el talento.

—Aunque usted me insulte, quisiera que me traspasase esa gota … ¡por tener siquiera una gota de usted!

—¡Pocas gracias! Sería una gota de esencia aromática—dijo un consejero de Estado harto dulzón.

—¿Y usted qué sabe, hombre, si no ha metido la nariz más que en el coro de ambos sexos?

El consejero se puso colorado. Todos rieron de la alusión.

—¡Pero qué cruel es usted, Pepa!—exclamó Fuentes riendo todavía—. Los que aquí estamos no sabemos nada … (digo, señores, yo hablo por mí), del olor, del color, ni del sabor de usted; pero no nos quitará el derecho de figurarnos que es usted una cosa apetitosa y tierna.

—¿Tierna?… Está usted en un error lamentable.

—Yo lo digo por lo que veo …—dijo acercando el rostro al exuberante seno de la viuda …—Y a propósito: ¿qué lleva usted en ese alfiler? ¿es un retrato de familia?

El alfiler representaba un mono.

—No. Fuentes—replicó furiosa—, es un espejo.

De todo el grupo salió una carcajada espontánea que hizo volver la cabeza a los que estaban cerca.

Fuentes quedó acortado un instante; pero como hombre de ingenio que era supo reponerse.

—Yo seré mono, Pepa, pero usted es monísima.

—¡Bravo, Fuentes, bravo!—exclamó Calderón, a quien, como hombre exclusivamente de debe y haber, causaba asombro cualquier frase oportuna.

El tiroteo siguió aun después de haber salido la mayor parte de la gente a los salones. El grupo se había reforzado con algunos pollastres. Esta fué la razón de que Pepa se levantase bruscamente al cabo, diciendo:

—Me voy. Por mi causa están ustedes escandalizando a estos seres tiernos y candorosos.

Los pollos protestaron con algazara.

Poco después de poblarse nuevamente los salones de baile se retiraron las personas reales. Hubo para despedirlas el mismo ceremonial, esto es, las filas apretadas a la puerta de la antesala, la Marcha Real por la orquesta y la despedida de los dueños hasta la escalinata.

Clementina respiró con libertad. A paso lento, gozando el placer del que ha terminado una tarea difícil, atravesó los salones dirigiendo sus ojos risueños a todas partes, dejando fluir de sus labios palabritas amables a los amigos con quien tropezaba. Aquel baile espléndido, quizá el más suntuoso que hubiese dado jamás un particular en España, era obra suya casi exclusivamente. Su padre había suministrado el dinero: pero ella la actividad, el gusto, el artificio. Escuchaba las enhorabuenas que todos al paso la murmuraban, mecida en una embriagadora satisfacción del amor propio. La felicidad le hizo pensar en el amor, su complemento indispensable. Acometióle un deseo penetrante de cambiar con Raimundo, a solas, algunas tiernas palabras de cariño, algunas caricias fugitivas. Y buscóle con los ojos entre la muchedumbre.

Raimundo había vagado toda la noche por los salones casi siempre solo. Había esperado el baile con deseo pueril, prometiéndose vivos e ignorados placeres. Jamás había asistido a una de estas fiestas brillantes de la sociedad aristocrática. La realidad no correspondió a su esperanza, como siempre acontece. Toda aquella vana ostentación, el lujo escandaloso desplegado ante su vista, en vez de acariciar su orgullo lo hirió cruelmente. Nunca se sintió tan forastero en aquel mundo que hacía tiempo frecuentaba. Sus pensamientos, encaminados hacia la melancolía, representáronle su pobre hogar, donde por su culpa iba a faltar muy pronto lo necesario, la modestia de su santa madre, que no vacilaba en desempeñar las tareas más humildes de la casa, y la de su inocente hermana, que con ella había aprendido a ser económica y trabajadora. Un remordimiento feroz le mordió el corazón. Observaba, además, que en los jóvenes salvajes que le rodeaban existía contra él cierta hostilidad latente. Tenía a muchos por amigos, le recibían agradablemente, jugaba con ellos, les acompañaba en algunas excursiones de placer: pero había llegado a comprender que para ellos no tenía otra personalidad que la que le daba el ser amante de Clementina. En casi todos los que trataba, percibía, o su exagerada susceptibilidad le hacía percibir, un dejo desdeñoso que le humillaba horriblemente. El amor frenético que profesaba a Clementina le compensaba bien de esta tortura y hasta se la hacía olvidar muchas veces. Pero aquella noche su dueño adorado, aunque no le olvidase, andaba lejos. Y le pasaba lo que a los místicos cuando Dios no les tiende la mano: acometíale una gran sequedad, un tedio abrumador. Bailó por compromiso dos o tres veces; conversó un poco. Harto al fin de dar vueltas se retiró al más oscuro rincón de una de las salas, y sentándose en un diván quedó sumido en tristeza profunda.

Clementina le buscó en vano durante algunos minutos, hasta impacientarse. Cuando entró en la sala de juego le vió al fin venir hacia ella con la faz radiante. Toda su tristeza se había disipado al verla y al observar que le buscaba.

—Si quieres que hablemos un momentito, vente al despacho de papá. Saliendo al corredor lo hallarás a mano derecha—le dijo rápidamente y con acento cariñoso.

Y se fué. Raimundo, por disimular, se acercó a una de las mesas de juego: estuvo algunos instantes mirando.

Clementina se deslizó disimuladamente por los salones, salió al corredor y se dirigió al despacho del duque, una pieza regia que sólo tenía de respeto, pues siempre trabajaba arriba. Estaba profusamente iluminada, como todas las estancias del piso principal. Al poner el pie en él creyó percibir un sollozo ahogado, que la llenó de sorpresa y temor. Derramó la vista por todo el ámbito y percibió, allá en el fondo, a una señora tumbada en el sofá, ocultando el rostro con el pañuelo, en actitud de llorar. Acercóse, y por el traje la conoció en seguida. Era Irenita.

—¡Irenita! Hija mía, ¿qué tienes?—exclamó inclinándose sobre ella con solicitud.

—Ay, perdón, Clementina…. Me he metido aquí sin saber lo que hacía…. ¡Soy tan desgraciada!

Y las lágrimas brotaron con abundancia de sus ojos.

—Pero, ¿qué te ha pasado, criatura?

—¡Nada, nada!—replicó la niña sollozando.

Hubo unos segundos de silencio. Clementina la contemplaba con lástima.

—Vamos—dijo acercando la boca a su oído—. Emilio te ha dado algún disgusto esta noche.

Irenita no contestó.

—No te aflijas, tonta. Con eso no adelantas nada. Procura, aunque sea haciendo un gran esfuerzo, aparecer indiferente. Ese es el medio mejor de que no te desprecie…. Digo … el medio mejor es otro … pero no te lo aconsejo, porque no está bien aconsejar ciertas cosas…. Si estás enamorada de él no des tu brazo a torcer, por Dios…. Que no sepa estas penas tuyas, porque eres perdida…. Déjale que satisfaga su capricho, que él volverá a ti.

Irenita levantó su rostro bañado de lágrimas.

—¿Pero ha visto usted lo que ha hecho hoy? ¡Es horrible!

En aquel momento Clementina oyó pasos en el corredor. Sospechando de quién eran fué rápidamente a la puerta, diciendo:

—Espera un poco: déjame cerrar.

Fué bien a tiempo. En aquel instante llegaba Raimundo. La dama puso el dedo en los labios haciéndole seña de que se alejase. Irenita no advirtió nada. Cuando Clementina volvió a su lado le dió cuenta, entre lágrimas y suspiros, de los agravios que su marido le había inferido aquella noche. En primer lugar, Emilio se vistió de húngaro para venir al baile. Irene había observado en cuanto entró, que María Huerta vestía también de húngara. Debían de estar convenidos, lo cual era una afrenta, que más de una persona había notado. Luego bailaron un vals y un rigodón. Mientras duró éste, Emilio no había cesado de hablarle al oído. Toda la noche la había estado sirviendo lo mismo que un criado, presentándole él mismo las fuentes de confites y frutas heladas. Una vez, al darle una de éstas, le había apretado los dedos; bien lo había visto. ¡Esto era una indecencia! Irenita quería suicidarse. Prefería morir mil veces a padecer semejantes tormentos. Clementina la consoló como pudo. Emilio la quería muchísimo: le constaba. Sólo que los hombres tienen a lo mejor estos sofocos, lo que llaman los toreros, extraños. Como el corazón no está interesado, dejándoles sueltos un momento se hastían y vuelven a lo que verdaderamente aman.

Para arreglarse un poco y lavar los ojos no quiso llevarla al tocador del baile: subióla al de la duquesa. Al cabo de unos minutos bajaron ambas. Irenita prometió no dar a conocer su pena. En cuanto Clementina enteró a Pepa de lo que había pasado, se sulfuró de tal modo que tuvo necesidad de contenerla para que no fuese a arañar a su yerno.

—Bien, si no le araño ahora, le arañaré después—dijo alzando los hombros con indiferencia. Tan resuelta estaba a ello—. Suceda lo que suceda, yo no puedo consentir que ese tití mate a mi hija, ¿sabes?… Y en cuanto a esa pendona desorejada, no he de parar hasta que la escupa en la cara … y al cabronazo de su marido, lo mismo…. ¡Pues estamos aviados!

—¿No será mejor que procures desembarazarte de ellos? Huerta está en el
Ministerio. Mira a ver si le mandas de gobernador a cualquier parte….

—¡Pues es verdad! Ahora mismo voy a hablar a Arbós…. ¡Pero lo que es a mi señor yerno no le perdono!… Esta noche me las ha de pagar, o no me llamo Pepa.

El duque, rodeado siempre de un grupo de fieles, se dejaba atufar a golpes de incensario, soltando a largos intervalos algún gruñido espiritual que los electrizaba, les hacía prorrumpir en exclamaciones de alegría. Las señoras eran las que más se distinguían por su entusiasmo. El genio especulador de Salabert les infundía vértigos de asombro, como si se pusiesen a calcular cuántos vestidos podrían comprarse con sus millones. Y él, tan flexible generalmente, que había llegado al puesto que ocupaba, según propia confesión, a fuerza de puntapiés en el trasero, al hallarse entre sus adoradores los maltrataba sin piedad. Sus chistes brutales, lo mismo caían sobre los hombres que sobre las señoras. Gozaba en la ostentación bárbara de su fuerza. Si aquellos sus devotos admiradores se dejaban humillar tan pacientemente no dándoles nada, ¿qué no sucedería si repartiese entre ellos sus millones, si el becerro de oro comenzase a vomitar monedas?

En la sala de juego, adonde se fué después de haber despedido a los soberanos, le tenían materialmente bloqueado una porción de especuladores de segunda y tercera fila.

—¿Cómo van las acciones de Riosa, duque?—se atrevió a preguntarle uno.

—No me hable usted de eso—gruñó el prócer poniendo los ojos torvos.

El plan de Llera se estaba desenvolviendo puntualmente: esto es, el duque, después de haber tomado un número crecido de acciones, se ocupaba en producir el pánico entre los accionistas. Hacía ya algunos meses que por medio de agentes secretos compraba acciones para venderlas al instante con pérdida. Gracias a estas operaciones, el papel había bajado considerablemente. Ahora preparaba el golpe definitivo, comprando mayor cantidad para lanzarlo repentinamente al mercado, aprovechar la baja que esto produciría y adquirir la mitad más una de las acciones.

—No todos los negocios han de salir bien—replicó el otro sonriendo con mal disimulada satisfacción—. Usted ha sido siempre afortunado….

—No es a la fortuna a quien debe sus éxitos el duque. A su genio, a su habilidad inconcebible es a quien los debe—manifestó un tercero arreándole una tufarada de incienso.

—Sin duda, sin duda—se apresuró a decir el otro tratando a su vez de apoderarse del incensario—. El duque es el primer genio financiero que ha salido en nuestro país. Yo no comprendo cómo no se le entrega la Hacienda española. Si él no la arregla, no hay que esperar salvación para nosotros….

—Pues si acierto a salvarla como he acertado en el negocio de Riosa, aviados quedan los españoles—profirió estoposamente el duque con acento de mal humor.

—¿Pero ha salido tan malo el negocio?

—¡F….! para el Gobierno, no; pero para mí, que he tomado a la par las acciones, me parece que no ha sido bueno.

El duque echaba la culpa de haberse metido en él al animal de su administrador, a Llera, que se lo había metido por la cabeza contra todos sus presentimientos.

—Los hombres como usted no deben fiarse de nadie más que de su instinto—le decían—. Cuando se tiene el genio de los negocios….

Y la palabra genio venía a cada instante a los labios de los fieles idólatras del becerro.

Súbito apareció en la puerta de la sala Clementina seguida de Osorio, de Mariana y de Calderón. Los cuatro traían el semblante inquieto y asustado. Sus ojos se clavaron a la vez en Salabert, hacia el cual avanzaron precipitadamente.

—Papá, escucha una palabra—le dijo Clementina.

Salabert se destacó del grupo y fué a reunirse con los otros en el opuesto rincón.

—¡Esa mujer está ahí!…—dijo aquélla con voz alterada, los ojos relampagueantes de ira.

—¡Es un escándalo!—manifestó Osorio.

—Algunas personas ya se han ido, y en cuanto se enteren, se irán todas—apuntó con más sosiego Calderón.

—¿Qué mujer está ahí?—preguntó el duque abriendo mucho sus ojos saltones.

—¡Esa mujer!… esa Amparo la malagueña—replicó su hija buscando el tono más despreciativo.

—¡Cómo!—exclamó el duque con profundo estupor—. ¿Se ha atrevido esa z—— a presentarse en el baile? ¿Quién la ha dejado pasar? Mañana mismo despido al portero.

—No; a quien hay que despedir ahora mismo es a ella … ¡en seguidita!—dijo Clementina atropellándose por la cólera.

—¡Sí, sí … ahora mismo! ¿Cómo es eso? ¡Atreverse esa desvergonzada a poner los pies en esta casa y en un día semejante! ¿Ya no hay pudor? ¿Ya no hay vergüenza? ¿En qué país estamos? ¿Pero cómo ha podido pasar? ¡Una fiesta que había comenzado tan bien!

—Traía invitación, al parecer.

—Pues la ha robado o estará falsificada.

—Bien, bien; concluyamos pronto—dijo Clementina con voz irritada—. Está en los salones. Es necesario que vayas a allá y la notifiques que haga el favor de salir, del modo que mejor te parezca…. ¡Pero pronto! antes que lo perciba la gente … y sobre todo, mamá….

—No, chica; yo no voy…. Me conozco bien y sé que no podría contener mi indignación. No nos conviene llamar la atención en este momento…. Ve tú, ve tú … y que se largue pronto….

Clementina, sin pronunciar otra palabra, se alejó con paso rápido, el rostro pálido y contraído, los labios trémulos. Lanzóse en el torbellino de los salones y buscó ansiosamente a la intrusa. No tardó muchos minutos en hallarla ¡oh vergüenza! del brazo del marqués de Dávalos.

Estaba espléndidamente hermosa la ex florista con su traje de María Estuardo. Llevaba un sobretodo acuchillado de mangas abiertas, color carmesí recamado de oro; un elegante prendido de encaje y menudas florecillas de esmalte y perlas. Su incomparable belleza irritó aún más la ira de Clementina.

La hermosa odalisca de Salabert, aunque de inteligencia limitadísima, había tenido tiempo a reflexionar que su presencia en el baile podría acarrear un conflicto. Pero su antojo era tan vivo y desordenado, que de ningún modo quiso dejar de satisfacerlo, de lucir su costoso vestido de reina de Escocia. Pensó que podría sortear aquella difícil situación yendo a última hora, dando un par de vueltas por los salones y retirándose en seguida. Hizose acompañar de una amiga vieja de aspecto venerable. Amargo desengaño debió de experimentar cuando al penetrar en los salones y tropezar con una porción de distinguidos salvajes a quienes trataba con intimidad, Pepe Castro, el conde de Agreda, Maldonado y otros, observó que todos le volvían la espalda y se apresuraban a alejarse. Tan sólo el fiel Manolo, el loco marqués de Dávalos, la reconoció y consintió en la mengua de ofrecerla el brazo.

Pocos minutos pudo disfrutar de su apoyo la malagueña. Cuando una sonrisa de triunfo plegaba ya sus labios y a paso lento y majestuoso iba dando su apetecida vuelta por los salones, se encontró repentinamente frente a Clementina. Sin previo saludo ni la más leve inclinación de cabeza, ni hacer caso alguno de su acompañante, ésta le puso la mano en el hombro, diciéndola:

—Tenga usted la bondad de escuchar una palabra.

María Estuardo empalideció, titubeó unos instantes, y por fin dijo con firmeza y ademán orgulloso:

—Nada tengo que hablar con usted. A quien deseo ver es al dueño de la casa, al duque de Requena.

Margarita de Austria le clavó una mirada iracunda, que la otra sostuvo sin pestañear. Luego, acercando la boca a su oído, le dijo con rabioso acento:

—Si usted no me sigue ahora mismo, llamo a dos criados para que la saquen del salón a viva fuerza.

La reina de Escocia se estremeció; pero tuvo aún ánimos para contestar:

—Deseo ver al señor duque.

—El señor duque no está visible para usted…. ¡Sígame, o llamo!

Y al mismo tiempo echó una mirada en torno como en ademán de cumplir su promesa.

La Estuardo empalideció aún más. Desprendiéndose del brazo de Dávalos la siguió al fin.

Esta escena había sido observada por varias personas; pero nadie osó seguirlas si no es el demente Manolo, que lo hizo de lejos. La esposa de Felipe III se dirigió a la antesala y allí dijo a un lacayo:

—El abrigo de esta señora.

No se habló otra palabra. El lacayo entregó el abrigo. María Estuardo se lo puso sin ayuda de nadie, con mano temblorosa. Luego avanzó unos cuantos pasos, y volviéndose de pronto, dirigió una mirada de odio mortal a D.ª Margarita de Austria, que se la devolvió acompañada de una sonrisa de desprecio.

Estaba de Dios que la desgraciada reina de Escocia había de ser humillada siempre. Primero lo fué por su tía Isabel de Inglaterra. Ahora la reina Margarita la ponía sin miramientos de patitas en la calle. Donde encontró a su venerable amiga dentro ya del coche. Al ver el comienzo de la escena pasada se había escabullido prudentemente. Antes que partiesen, el marqués de Dávalos se juntó a ellas. No sabemos lo que los salones de Requena ganaron en su aspecto moral con la marcha de María Estuardo; pero sí podemos afirmar que perdieron mucho en el estético. Porque, a la verdad, estaba lindísima.

El baile tocaba a su fin. Comenzaron los preparativos para el gran cotillón. La muchedumbre se había aclarado un poco. Algunos se fueron antes de terminar el baile, viejos en su mayoría a quienes hacía daño el trasnochar. Entre las damiselas hubo la agitación y el movimiento que precede siempre al cotillón. En esta última etapa el baile adquiere un aspecto de recreo familiar muy grato. El arte y la imaginación intervienen para arrancarle sensualidad y hacerle un pasatiempo inocente, al estilo de las hermosas fiestas que en el siglo XIV se celebraban en los palacios de Inglaterra y Francia. Para las niñas casaderas suele ser también el momento en que termina el primer acto de la comedia amorosa que han empezado a representar.

Pepe Castro había recibido el consejo de su ex querida Clementina referente a la conveniencia de festejar a la niña de Calderón, con risa como ya hemos visto. Sin embargo, no le cayó en saco roto. Mientras bailaba y bromeaba con otras jóvenes, no dejó de acordarse más de una vez. Al llegar el cotillón se acercó a Esperancita preguntándole si quería ser su pareja, a sabiendas de que esto no podía ser, pues todos los pollastres se apresuran a pedir tal merced a las damas así que entran en el baile. Pero le convenía para el plan que comenzaba a desenvolverse en su cerebro, fecundo en abstracciones. La niña lo tenía, en efecto, comprometido con el conde de Agreda; mas al oir la demanda de Castro, sintió tales deseos de acceder a ella, que con sorprendente audacia respondió que sí.

La duquesa designó como dama directora a la condesa de Cotorraso, a la cual se unió Cobo Ramírez. Este se imponía en todos los bailes como habilísimo director de cotillones. Tan era así, que muchos días antes del baile ya había celebrado largas conferencias con Clementina acerca de este punto esencialísimo.

Formóse el corro de sillas. Pepe Castro fué a sacar a Esperanza, que tomó su brazo de buen grado. Mas antes de dar un paso llegó el conde de Agreda.

—¡Cómo, Esperancita! ¿No me había usted concedido el cotillón?—preguntó sorprendido.

La audacia no abandonó a la niña, la audacia de la mujer enamorada.

—¡Ay, perdóneme usted, León! Cuando se lo concedí a usted no me acordaba que ya lo tenía comprometido con Pepe—respondió en un tono que podía envidiar la más consumada actriz.

El conde se retiró diciendo algunas palabras de cortesía, que no pudieron ocultar su mal humor. Cuando quedaron solos, Esperancita, asustada de aquel testimonio de interés que había dado a Castro, se apresuró a disculparse ruborizada.

—La verdad es que no me acordaba de que lo tenía comprometido con León…. Y como ya había tomado el brazo de usted … y además el conde baila de un modo que me fatiga mucho….

Pepe Castro no abusó de su triunfo; se manifestó modesto y sumiso. En vez de galantearla descaradamente, adoptó un temperamento más insinuante, colmándola de atenciones delicadas, estableciendo mayor confianza entre ellos, mostrándola, en una palabra, mucho cariño, pero sin hablarla de amor. La niña rebosaba de dicha. Espezaba a sentirse adorada. Creía que la simpatía y el afecto con que siempre se habían tratado Pepe y ella se transformaban al fin en amor. Su corazón empezó a saltar alegremente dentro del pecho.

También Ramoncito estaba satisfecho con aquel trueque. El conde de Agreda le era de poco tiempo atrás muy antipático, casi tan antipático como Cobo Ramírez, porque empezó a sentir de él los mismos celos que del otro. En cambio, a Pepe Castro considerábalo como su mismo yo; otro concejal más esbelto. Las atenciones que Esperancita le guardase, las tomaría como dirigidas a su propia persona. Así que, al verlos del brazo, se conmovió profundamente, y al acercarse a ellos para decirles algunas palabras insignificantes no pudo menos de ruborizarse. Pepe le hizo un guiño malicioso como diciendo: "Has triunfado en toda la línea". El joven concejal sintió que se acercaba a pasos de gigante el logro de sus esperanzas y el apogeo de su dicha.

El cotillón fué digno remate de aquel baile brillantísimo. La fantasía de Cobo Ramírez, apretada por la gravedad del caso, fascinó a los invitados con peregrinas trazas y artificios delicados: los tuvo enajenados cerca de una hora. Llamó la atención, y le valió unánimes aplausos, un juego de sortija que se organizó en el medio del salón. Cobo dividió a los caballeros en dos cuadrillas, que tiraron alternativamente flechas con unos primorosos arcos dorados a la sortija suspendida por una cinta del techo. Los vencedores tenían derecho a bailar con las damas de los vencidos, mientras éstos los habían de seguir dándoles aire con el abanico. Organizóse después otro juego de cintas para las damas. La vencedora salió un momento del salón y apareció en seguida en un magnífico carro tirado por cuatro lacayos vestidos de esclavos negros: dió así una vuelta rodeada de todas las demás, al compás de una marcha triunfal. Estas y otras invenciones no menos famosas, dejaron para siempre sentada sobre bases sólidas la fama del hijo de los marqueses de Casa-Ramírez.

Terminado el cotillón, comenzó el desfile de la gente. Fué una retirada estrepitosa. Toda aquella muchedumbre se agolpó en el vestíbulo y en la escalinata, charlando en voz alta, riendo, gritando alguna vez en demanda del coche. El vasto jardín, iluminado por algunos focos de luz eléctrica, ofrecía un aspecto fantástico, inverosímil, como los paisajes de los cosmoramas de feria. Aquellas luces blancas, intensas, hacían aún más negro y profundo el follaje, borraban los linderos del parque extendiéndolo desmesuradamente. La noche era despejada. En el oriente azuleaba ya la aurora. Hacía un frío intenso. Envueltos en sus gabanes de pieles, los jóvenes salvajes quemaban los últimos cartuchos de su ingenio en honor de las hermosas damas que tenían cerca. Los costosos y pintorescos abrigos de éstas chillaban debajo de las bombillas eléctricas. Los caballos piafaban, los lacayos gritaban, y los coches, al acercarse lentamente a la escalinata, hacían crujir la arena de los caminos. Sonaban golpes de portezuelas, ruido de besos, voces de despedida. La rueda de los coches, al pasar por delante de la gran escalinata, iba arrebatando poco a poco a los que allí estaban para dispersarlos por todo Madrid en busca de reposo.

Pepe Castro se había colocado al lado de Esperancita y la hablaba dulcemente al oído. La niña, embozada hasta los ojos, sonreía sin mirarle. Cuando su coche llegó al fin, se estrecharon las manos largamente.

—Supongo que no nos tendrá tanto tiempo olvidados como hasta ahora; que irá por casa más a menudo—dijo ella teniendo aún su mano entre las del gallardo salvaje.

—¿Usted quiere de verdad que vaya a menudo por su casa?—dijo mirándola fijamente como un magnetizador.

—¡Ya lo creo que quiero!

Al decir esto se ruborizó fuertemente debajo del embozo, y desprendiendo bruscamente su mano, siguió a su mamá que entraba en el carruaje.

Pepa Frías había dicho a su hija:

—Mira, chica, cuando nos vayamos, deseo que Emilio me acompañe. Estoy nerviosa y no podría dormir si no le ajustase antes las cuentas. No quiero más escándalos, ¿sabes? Le voy a dirigir el ultimatum. Si persiste, tú te vienes conmigo y él que se vaya al infierno.

Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner reparos a esto de la separación, pues adoraba a su infiel marido, no se atrevió. Bajó sumisa la cabeza. Cuando llegó el momento de marchar, Pepa se dirigió a su yerno:

—Emilio, haz el favor de acompañarme. Deseo hablar contigo.

"¡Malo!" dijo para sí el joven.

—¿E Irene?

—Que vaya sola. No se la comerán los lobos—respondió ásperamente.

"¡Malísimo!" tornó a decirse Emilio.

En efecto, Irenita dirigiendo ojeadas de temor y ansiedad a su mamá y su marido, se metió sola en su berlina, mientras ellos subían a la de la primera.

Cuando el carruaje comenzó a rodar, Emilio, para desarmar a su suegra, quiso, como un chiquillo que era, desviar el rayo sacando una conversación que pudiese entretenerla.

—¿Ha visto usted qué audacia la de Amparo? La creía capaz de muchos desatinos, pero no de uno semejante.

Y habló de la Amparo con gran verbosidad sin conseguir que su suegra desplegase los labios. Lo mismo sucedió cuando principió a hacer comentarios acerca de la fortuna de Salabert, de los gastos del baile, del extraordinario honor que había merecido de los soberanos aquella noche, etc., etc. Pepa reclinada en su rincón, guardaba un silencio feroz que no anunciaba nada bueno. Pero Emilio, sin desanimarse, tocó con habilidad la tecla que responde en todas las mujeres.

—¿Sabe usted, Pepa (así la seguía llamando, lo mismo que cuando era novio de su hija), que en un grupo donde estaba el presidente del Consejo, oí, sin querer, grandes elogios de usted? Elogiaban mucho el traje; pero más aún la figura. Decían que no había ninguna niña en el baile que pudiera competir con la frescura de usted; que tenía usted un cutis como raso, cada día más terso y brillante.

—¡Jesús, qué tontería! Esas son payasadas, Emilio. En otro tiempo, no digo….

—No, Pepa, no; el cutis de usted es proverbial en Madrid. Ya daría
Irene algo por tenerlo como usted.

—¿Es mejor que el de María Huerta?—preguntó con tonillo irónico, donde no se adivinaba, sin embargo, gran irritación.

Pepa había cambiado de plan: pensó que sería mucho mejor adoptar la vía diplomática. A un chiquillo como Emilio, que no había sido indócil hasta entonces, era fácil atraerlo con el cariño. Aquél, en la oscuridad del coche, se había puesto colorado.

—El de María Huerta no vale nada.

—Por eso te gusta. Todos los hombres sois lo mismo en eso de cambiar las orejas por el rabo. Mira, Emilito—añadió cogiéndole una mano,—yo tenía que reñirte mucho, hablarte muy seriamente, decirte cosas muy amargas … pero no puedo, tengo un corazón tan estúpido que para todas las ofensas encuentra disculpas. Hoy has hecho una barrabasada de marca, lo bastante para que Irene se separase de ti; pero a mí se me antoja que no es tan grande como parece, porque eres un chiquillo aturdido. Estoy segura de que tú mismo no te explicas la gravedad de ella….

Pepa continuó su sermón en tono dulce y persuasivo. Emilio, que esperaba una rociada de injurias, quedó gratamente sorprendido. Escuchólo con sumisión, y después, con voz conmovida, empezó a disculparse. Verdad que había coqueteado un poco con María Huerta, pero juraba que no estaba interesado por ella. Era una cuestión de amor propio. Cuando él se había casado con Irene, esta María había dicho en casa de Osorio que no comprendía cómo Irene aceptaba por marido un chico tan feo y tan insustancial. Entonces juró que se tragaría aquellas palabras: ya estaba conseguido. Por lo demás ¡qué amor ni qué calabazas! Nunca había estado enamorado de María Huerta ni pensaba estarlo.

—Yo no podía creer que estuvieses enamorado, porque siempre has tenido buen gusto…. Porque en resumen, esa mujer no es más que un paquete de trapos…. Si vistes el palo de la escoba como ella, puede muy bien hacer sus veces…. Pero ya ves, Irene lo cree y tienes la obligación de evitarla esos disgustos. Si yo estuviese en su caso no me los darías, monigote—añadió cogiéndole cariñosamente de la oreja—. Ya sabría yo tenerte bien amarradito a mis faldas.

—Lo creo—repuso el joven dirigiéndola una larga mirada que nada tenía de filial—. Usted tiene más recursos que Irene.

—¿Pues?—preguntó ella con otra mirada poco maternal.

—Porque usted es una mujer más complicada; que necesita más estudio.
Por lo mismo, no me dejaría tiempo a aburrirme seguramente.

—¿Qué sabes tú de eso, mamarrachillo? Hablas de mí como si me supieses de memoria.

—¡Qué más quisiera yo!

—¡Vaya, Emilio, no seas payaso! Mira que me estás faltando al respeto.

La conversación siguió en este tono alegre y cariñoso mientras el carruaje rodaba por las calles sombrías. En aquel rincón oscuro, sacudidos por el vaivén de los resortes y aturdidos por el estrépito de las ruedas al saltar sobre el pavimento, el cuchicheo se hizo cada vez más íntimo, más insinuante, animado a cada momento por risas ahogadas y palabritas dulces. De ambos se había apoderado un suave enternecimiento; de Pepa por haber hallado a su yerno tan dócil; éste por ver a su suegra tan cariñosa y transigente, creyendo encontrarla hecha una furia. Animado con su éxito, acariciado por aquella dulce confianza que repentinamente se estableció entre ellos, no cesaba de piropearla. Pepa se enfadaba o fingía enfadarse, le daba pellizcos feroces, le llamaba hipócrita, coquetón, desvergonzado. Concluyó por decir:

—Todo eso que me dices es una farsa tuya. Si fuese verdad me alegraría, porque así tendría cierta influencia contigo para hacerte un buen marido.

Al salir del coche, con el rostro encendido, más hermosa que nunca, le dijo:

—Sube un momento: tengo que darte el reloj de Irene, que se le ha olvidado ayer.

Emilio la subió del brazo y entró con ella en su gabinete.

Mientras tanto, Irenita llegaba a casa en un estado de agitación fácil de comprender en una niña tan sensible y enamorada de su marido. La conducta de Emilio aquella noche la había trastornado, la había puesto excesivamente nerviosa. Y para fin de fiesta, la escena violenta que preveía entre su madre y su marido, de la cual tal vez saldría su ruptura definitiva con éste, la llenaba de espanto. Así que, apenas saltó en tierra delante de la puerta, acometida súbito de un vivo e irresistible anhelo, volvió a montar apresuradamente, diciendo al cochero:

—A casa de mamá.

Le abrió el sereno la puerta exterior: la del piso el criado que había estado velando y que aguardaba la salida del señorito para irse a costar.

—¿Dónde está mamá?

—En las habitaciones de adelante con el señorito Emilio.

Irenita se dirigió con precipitación a la sala. No estaban allí. Pasó luego al boudoir. Tampoco, ni se oía el más leve ruido. Entró en el gabinete. Nada. Entonces, sobrecogida de terror, de duda, de ansiedad, lanzóse hacia la alcoba oculta por cortinas de brocatel donde creyó percibir algún rumor. En aquel momento se alzaron las cortinas y apareció su marido agitado y descompuesto, contemplándola con ojos de espanto. Irenita dió un grito y se desplomó sobre el pavimento.