X

en efecto, no volvió... hasta el día siguiente; pero fué vestido de corto, esto es, con chaquetilla, pantalón ajustado y sombrero pavero.

—Oiga usté, señorito, ¿va usted al matadero á desollar alguna res?...—le preguntó Manolita así que le vió de aquella traza.

Y comenzó el tiroteo amoroso, él haciéndose jalea y puras mieles, ella contestando á cada requiebro con un fiero desplante. Enrique no se desanimaba por eso, y tenía razón. Por el ejemplo de sus amigas y compañeras y por su ruda educación, la chula estaba armada de una cáscara dura, llena de pinchos; pero bien sabe Dios, y Enrique lo supo también, que en el fondo era una pobre muchacha, buena, hacendosa, sufrida, ignorante como un pez y más inocente en ciertas materias de lo que hacía presumir su lenguaje y modales. Había perdido á su madre hacía cosa de dos años. Una hermana se había casado con el maestro de un cortijo y vivía hacia las Vistillas. Ella habitaba con su padre, que era vizcaíno, establecido en Madrid desde mucho atrás, en un cuartito con dos compartimentos frente al corral de las vacas. Era madrileña legítima, hasta el punto de no haber puesto siquiera los pies en un coche del ferrocarril ni haber ido en sus paseos más allá de Carabanchel. El vizcaíno, desde la muerte de su mujer, que no poco le contenía, se emborrachaba cada vez más amenudo y hacía sufrir á su hija muy malos tratos; pero ella estaba tan avezada á ellos ya en tiempo de su madre, que no se le había ocurrido siquiera que pasaba una vida muy desgraciada. Cuando cierto día se lo indicó Enrique, después de presenciar uno de aquellos actos de barbarie á que con frecuencia se entregaba el vaquero, le miró con sorpresa y le dijo que sí, que tenía razón, que era muy desdichada; pero en un tono que parecía expresar: «Hombre, ¿sabe usted que no había caído en ello?»

Entre unas y otras, asistiendo á diario á la vaquería, sufriendo las frescas, los rempujones y tal cual gofetá cuando se desmandaba, de la gentilísima chula, Enrique, quedó burla burlando, preso en las redes de su amor. Con el cafre del padre tuvo unas cuantas reyertas al principio. Después se hicieron grandes amigos desde que aquél supo que el señorito era inteligente en toros, que había lidiado novillos y era amigo íntimo de los mejores espadas, á los cuales profesan los plebeyos de Madrid fervoroso culto. Cuando entraba borracho en la tienda, Enrique tomaba el sombrero y se salía y al otro no le extrañaba nada esta conducta: de este modo evitaba los choques con él. Por las tardes se pasaba lo menos dos horas conversando con Manolita. Por las noches, después de cerrar la tienda, la acompañaba á los cafés á cobrar la leche que habían gastado en el día: él se quedaba á la puerta mientras ella arreglaba sus cuentas con el dueño. Como la chula tenía golosos, y éstos, de la clase del pueblo, veían con malos ojos que un señorito la galantease, nuestro teniente se vió repetidas veces amenazado y aun atacado; pero ya sabemos que en su calidad de bulldog era de lo más rabioso y atravesado. Con un bastón de hierro, que jamás le abandonaba, supo defenderse tan bien, que Manolita quedó altamente complacida, después de haberle ayudado bravamente, repartiendo á los agresores algunos soplamocos tan devastadores como bien dirigidos.

¿Cuáles eran los intentos de Enrique al comenzar estos amores? No podían ser más perversos é insidiosos. Contaba seducir á la chula, y á la postre llamarse andana. Mas él propuso y Dios dispuso: al mes de hallarse en relaciones, Manolita le tenía prisionero á sus pies, manso y domesticado como un perro de saltimbanqui; y esto (digámoslo en su bien, ya que referimos lo malo), porque tenía noble corazón y le compadecía la suerte de aquella pobre chica; tanto, que formó resolución de casarse con ella. Dando vueltas en la cabeza á este pensamiento estuvo algunos días, hasta que se arriesgó á abrir su pecho á su madre. D.ª Martina se irritó lo indecible, sin querer recordar su primitiva condición de planchadora; mas como era mujer de buena pasta, y Enrique su ojo derecho, pronto tomó partido por él, aunque nunca quiso hablar del asunto á su marido, pues conocía su genio y estaba bien convencida de que antes le harían pedazos que consentir en aquel matrimonio. Al fin, el teniente, no teniendo valor para hablar á su padre, determinó de escribirle, dejándole la carta sobre la carpeta de su mesa. D. Bernardo no contestó ni se dió siquiera por enterado de haberla recibido. Trascurridos algunos días, le dejó otra en el mismo sitio; idéntica contestación. Lo único que observó fué que el rostro de su padre, de ordinario nublado, lo estaba mucho más. Entonces, después de suplicar á sus hermanos Vicente y Carlos que interviniesen en su favor, y después de haber recibido de ellos una seria y rotunda negativa, fué á pedirle igual merced á su primo Miguel, con el cual seguía manteniendo viva y entrañable amistad.

—¡Buena recomendación la mía!—le dijo éste.—Si quieres que tu padre te eche de casa á puntapiés, la mejor que puedes buscar.

—No lo creas; mi padre te quiere, por más que no lo dé á conocer. Es él así... seco en apariencia... pero en el fondo muy cariñoso.

Miguel sonrió, respetando aquel juicio de un hijo bueno, y siguió negándose á su pretensión; mas tanto le instó y con palabras tan fervorosas y hasta con lágrimas, que al fin, aunque de muy mal grado, consintió en visitar á su tío y hablarle del negocio.

El día señalado para la entrevista, Enrique le aguardaba paseando por el corredor, en un estado de agitación fácil de explicar. Cuando llamó á la puerta, él fué quien le abrió.

—¡Qué pálido estás, amigo!—le dijo Miguel.

—Me salta el corazón más que si fuera á batirme.

—¡Pobre Enrique! Toma ánimo, que aunque el negocio salga mal, como preveo, no te faltará una hora para ahorcarte del hermoso árbol que has elegido.

—Mira, yo no puedo aguardarte en casa... Tengo la cabeza como un horno y necesito refrescarme... Te espero en el Imperial.

Antes de pasar á la habitación de su tío, Miguel fué derecho á la de Vicente, que continuaba siendo el maestro de ceremonias de la familia. Recibióle éste con la gravedad afable que le caracterizaba, y tuvo la amabilidad de ponerle al tanto, en una relación tan circunstanciada como interesante, de que el tubo que conducía el agua á su lavabo había sufrido aquellos días una pequeña rotura, lo cual había ocasionado filtraciones que estuvieron á punto de echarle á perder un tapiz de los Reyes Católicos; pero afortunadamente, había acudido en tiempo, y después de buscar mucho, había logrado tropezar con la malhadada grieta. En seguida de ésta, le hizo otra relación no menos interesante de cierto sistema de campanillas que había adoptado para entenderse con los criados y el cochero. Por último, el hijo mayor de los señores de Rivera, dando testimonio de una generosidad que tanto le honraba á él como á su primo, saco del armario un pequeño tríptico de marfil, recientemente adquirido en el Rastro. Era una obra primorosa, una verdadera joya, al decir de su dueño, aunque estaba un poco deteriorado. Después de bien mirado y admirado por ambos, dijo aquél, volviendo á colocarlo en su sitio y haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada:

—¿Á que no sabes lo que quería darme el señor de Aguilar por este tríptico?

—No puedo calcular.

—Pásmate, Miguel... ¡un Trajano!... ¡Mira tú que querer meterme á mí un Trajano!

Y Vicente, no pudiendo resistir más, soltó el trapo de la risa hasta saltársele las lágrimas.

—¡Qué disparate!—exclamó Miguel riendo también, aunque sin saber á punto fijo lo que era un Trajano, ni mucho menos la equivalencia que podía guardar con un tríptico.

El buen humor que con este gracioso recuerdo se le despertó á Vicente dió por resultado el que á todo trance tratase de complacer á su primo.

-Tú quieres hablar con papá, ¿verdad? Pues mira, ahora está haciendo gimnasia en su cuarto; pero, de todos modos; voy á llevarte á él.

—¡Haciendo gimnasia!—exclamó Miguel lleno de sorpresa.

—Se lo ha prescrito el médico, porque había perdido completamente las ganas de comer, ¿sabes? Nada: no probaba bocado, y aun hoy come muy poco. Está amarillo y flaco de dos meses á esta parte, que no le conocerás.

Al entrar en la adusta y severa mansión de su tío, Miguel quedó, en efecto, profundamente sorprendido observando el cambio que en la figura del respetable caballero se había operado. El traje singular que llevaba puesto contribuía no poco á darle un aspecto siniestro y medroso: no traía más que una camiseta de punto, la cual dejaba ver su torso escuálido y huesoso, y amplios calzones de dril donde sus pobres canillas apenas se advertían. El rostro, largo siempre y descarnado, lo parecía ahora mucho más; la tez amarillenta, los ojos tristes y vidriados. Y como la navaja continuaba su obra devastadora, el bigote no era ya más que una exigua motita blanca debajo de la nariz. El gabinete estaba convertido en un gimnasio: había paralelas, algunos pares de pesas por el suelo, y colgadas del techo unas anillas de hierro.

Cuando entró Miguel, su tío estaba dando un paseo por las paralelas. Tuvo tiempo á contemplarle á su sabor, y no dejó de causarle pena. Observando aquel rápido y asombroso decaimiento, no pudo menos de decirse:—Es imposible que mi tío no haya tenido algún disgusto gordo.—Y como el caballero, absorto en la tarea penosa de salvar sobre las manos las paralelas, no advertía su presencia, dijo en voz alta:

—Buenos días, tío.

D. Bernardo se dejó caer al suelo y, mirándole con ojos empañados, contestó:

—¡Hola! ¿Qué traes por aquí?

—Siga usted, tío; siga usted, no quiero interrumpirle. ¿Cómo se encuentra usted?

—Así, así; ¿y tu mujer?

—Perfectamente; siga usted, siga usted.

D. Bernardo dió un brinco y se colocó otra vez sobre las paralelas.

—Puedes decirme lo que quieras: te escucho.

Miguel le contempló un momento, y comprendiendo que lo mejor era marchar derecho y sin vacilaciones al asunto, comenzó á decir:

—Venía á hablar á usted de un asunto que tal vez ó sin tal vez le será enojoso... pero me he comprometido á ello, acaso con sobrada precipitación, y no es tiempo ya de arrepentirse sino de cumplir como bueno... Enrique me ha significado su deseo...

D. Bernardo se dejó caer otra vez.

—¡Ni una palabra sobre Enrique!—dijo extendiendo el brazo con imperio.

Miguel se sintió herido por aquella soberbia, y dijo con ironía:

—¿Qué? ¿Ha decidido usted borrarlo de la memoria de los hombres?

El señor de Rivera le dirigió una mirada fría y altiva, que Miguel resistió con la misma altivez y frialdad. Volvió de nuevo á colocarse sobre las paralelas, y comprendiendo que se había conducido con poca cortesía, dijo con bastante trabajo, pues el paseo gimnástico le producía un fuerte resuello:

—Enrique es un mentecato. Después de haberme matado á disgustos toda la vida, quiere terminar su carrera deshonrando á su familia.

—Yo tenía entendido que sólo deshonra á su familia el que comete alguna vileza... Pero, en fin, puesto que usted no quiere, no hablemos de Enrique. Es mayor de edad y ya él sabrá lo que ha de hacer.

Dijo estas últimas palabras con la intención de prevenirle, para lo futuro. D. Bernardo no contestó. Bajóse de las paralelas, y después de tomar aliento, subióse otra vez y comenzó á ejecutar el paseo de la rana. Por no marcharse repentinamente, Miguel entabló conversación, diciendo:

—Le veo un poco desmejorado desde la última vez, tío.

—¡Sí!—respondió suspendiendo el paseo y quedando á horcajadas sobre las barras de madera.—¡Pues aún me verás mucho más! No como nada.

—¿Padece usted del estómago?

El caballero se quedó un instante inmóvil con los ojos extáticos, y dijo con acento de profunda melancolía:

—¡Padezco del alma!

Y emprendió de nuevo y furiosamente el ejercicio.

Nunca Miguel había escuchado de labios de su tío una palabra que se refiriese á sus sentimientos íntimos. Para él había sido, en este respecto, un hombre de madera. Así que, al oir aquella tierna confesión, se quedó como si viese visiones. Y juzgando que era Enrique la causa de sus pesadumbres, aunque no hubiese razón para disgustarse, todavía le compadeció sinceramente.

—Siento que sea Enrique, á quien tanto quiero, la causa de sus penas... pero tiene usted otros dos hijos que le proporcionan muchas satisfacciones.

—No, Miguel, no es eso... Enrique me ha causado algunos disgustos... pero el que ahora siento viene de más hondo.

Miguel se puso á discurrir de dónde vendría, y quiso imaginar que pudiera ser alguna pérdida ó menoscabo en su hacienda. D. Bernardo se bajó, arrimóse para descansar á una de las barras y se pasó el pañuelo por la frente sudorosa, dando un profundo suspiro. Después tomó unas bolas de hierro y comenzó á abrir y cerrar los brazos con la gravedad que imprimía á todos sus actos. Al cabo de un rato de silencio, que el sobrino no osaba interrumpir por más que la curiosidad le picase, el anciano caballero dejó las pesas en el suelo, y dirigiéndose á él con los ojos fijos y abiertos como un espectro, le dijo roncamente:

—Cuarenta años hace que me he casado... ¡Cuarenta años calentando á mi pecho una víbora! Al fin su veneno se ha infiltrado en mi sangre y moriré de la mordedura.

Miguel no entendió ó no quería entender aquellas palabras extrañas. Sin embargo, dijo:

—Yo siempre pensé que era usted feliz en su matrimonio.

—¡Lo era, Miguel! Lo era porque tenía una venda sobre los ojos. ¡Pluguiera á Dios que no me hubiese caído!... Hubo un día en mi vida, tú lo sabes bien, en que, arrastrando el decoro de nuestra familia por el suelo, descendí hasta dar la mano á una mujer de muy diversa condición que la mía. Por este inmenso sacrificio, ¿no te parece que esa mujer debiera besar el polvo que yo pisase?... Pues bien, esa mujer es una Mesalina.

—¡Tío!

—Mejor dicho, una Agripina.

—¡Pero al cabo de cuarenta años, cuando mi tía Martina es ya una anciana venerable!

—Eso hace aún más asqueroso su crimen.

—¿No estará usted obcecado, tío?

—Me ha costado trabajo persuadirme; pero ya no me cabe duda alguna.

—Deploro en el alma su disgusto; pero permítame usted que dude todavía...

—¿Sabes quién es el infame que ha ultrajado mi nombre?—dijo el señor de Rivera avanzando y metiéndole la voz por el oído.—¡También he calentado esa víbora á mis pechos!

—¿Quién?

—¡Facundo!... ¡Mi fraternal amigo Facundo!

—¡El Sr. Hojeda!

—Ni una palabra más—manifestó extendiendo su brazo con majestad.—Eres individuo de mi familia; estás casado, y te he comunicado mi secreto para prevenirte. Una espantosa catástrofe se cierne sobre nuestras cabezas.

—¡Pero tío!...

—Ni una palabra más.

D. Bernardo se agarró acto continuo á las anillas, levantó con energía los pies é hizo la sirena. Miguel salió del gabinete convencido de que, si no estaba loco ya, andaba muy próximo á la locura.