XI
IUDADANOS: El grito de libertad dado en Cádiz resuena ya en todos los ámbitos de la Península. Estad orgullosos, ciudadanos, estad orgullosos de llamaros liberales: el sol de la libertad ha roto al fin la niebla de la tiranía que le tuvo empañado largos siglos, y aparece más esplendoroso que nunca, pronto á borrar las huellas malhadadas de una raza funesta y espuria...»
Estas y otras razones muy semejantes gritaba el hirsuto Marroquín desde uno de los balcones de la redacción de La Independencia, rodeado de hasta media docena de banderas rojas, desencajado el rostro por la emoción y las manos temblorosas. Á su lado veíanse los de algunos de sus compañeros, pálidos también, aunque no tanto. Hacia ellos se volvía á menudo el orador demandando asentimiento, que generosamente le otorgaban todos, murmurando por lo bajo al final de cada período: ¡Bravo! ¡bravo! y otras exclamaciones que infundían nuevo y poderoso aliento en el exprofesor para seguir arengando á las masas. Escuchábanle éstas con la boca abierta desde las estrecheces de la calle del Lobo, y con sus voces y palmoteo también le animaban. Cuando se le agotaron, por fin, las metáforas astronómicas y no tuvo más que decir, recogiendo todas sus fuerzas gritó con voz estentórea:
—Ciudadanos: ¡Viva la libertad!
—¡Vivaaa!
—¡Viva el pueblo soberano!
—¡Vivaaa!
Y dió por terminado su discurso, retirándose del balcón. Una voz gritó desde la calle:
—¡Abajo los consumos!
—¡Abajooo!
La comitiva se puso en marcha de nuevo. No tardó en agregarse á ella Marroquín con todos sus compañeros, llevando enarbolado un descomunal estandarte azul donde se leía con letras doradas: Abolición inmediata del culto y clero.
Todo era jarana, bulla y regocijo aquel día, 30 de Septiembre, en la capital de las Españas. Las músicas recorrían las calles tocando himnos patrióticos; los balcones todos (ya se guardaría muy bien de faltar ninguno) ostentaban colgaduras multicolores; las campanas de los templos volteaban con fingido júbilo; en las calles principales se levantaban apresuradamente arcos triunfales para recibir á los vencedores de Alcolea, emigrados y mártires de la revolución; numerosas manifestaciones pacíficas discurrían por la ciudad parándose á cada instante para escuchar la voz de todos los oradores más ó menos improvisados. La en que iba Marroquín no era la menos nutrida y entusiasta. De sus proezas tuvo noticias Miguel por su antiguo profesor D. Juan Vigil, el capellán del colegio de la Merced, con quien topó á los pocos días en la calle.
—Ya habéis triunfado, ¡barájoles! Bien sabe Dios que no me pesa por ti y otros buenos amigos que tengo metidos en la danza. Lo único que siento son los excesos, ¿sabes? los excesos contra nuestra santa madre la Iglesia... Por delante de casa pasó el puerco de Marroquín al frente de una porción de canalla. Ya vi que tú no ibas allí, y te doy la enhorabuena por no mezclarte con semejante gentuza... Llevaba un cartelón donde decía: Abajo el culto y clero: se paró delante del colegio y comenzó á levantar el pendón gritando como un becerro: «¡Muera el clero!» «¡Abajo las aves nocturnas!» Yo estaba detrás de la persiana, y ¡barájoles, me entraron unas ganas de bajar á la calle y darle cuatro mocadas á ese cerdo!...
Miguel no pudo reprimir una sonrisa, recordando los mojicones que en otro tiempo le había propinado Marroquín á él; y para que el cura no cayese en el motivo de la risa, se apresuró á decir:
—¿No se acuerda usted, D. Juan, de la paliza que me dió un día por haber gritado á la hora de recreo «¡Viva Garibaldi?»
—Sí que me acuerdo; y tú no me la habrás agradecido, ¿verdad?
—Ni más ni menos.
—¡Eso es! ¡Desvívase usted por inculcar á sus discípulos las sanas ideas de religión y moral, enderece usted sus pasos por la senda de la virtud, corrija usted con mano paternal sus demasías, para que después que son hombres no le den las gracias siquiera por sus desvelos!
—No riñamos por eso, D. Juan: todo aquello lo agradezco en el alma; pero los palos, por paternales que ellos sean, no me los harán nunca agradecer, así me hagan cuartos.
—Bien está, y no se hable más del asunto: la más grande recompensa de mis cuidados es verte hombre formal y bien quisto en la sociedad.... Pero hablando de otra cosa: tú no sabes el susto que me ha dado el otro día ese diablo de Brutandór. Iba yo por la calle de Alcalá abajo, con propósito de ver la entrada de los caudillos de la libertad (como ahora decís), acompañado del mayordomo y dos discípulos, cuando entre la comitiva, y arrellanado en una carretela donde iban dos generales con gran uniforme, veo á mi Brutandór saludando á la gente como si fuese un emperador... ¡Ave María Purísima! dije santiguándome. Casi no quería creer á mis propios ojos. Ya yo sabía que politiqueaba ese gaznápiro y aun que embadurnaba algunos artículos en los periódicos, aunque siempre me figuré que serían tan suyos como las composiciones que tú le sacabas en la cátedra; pero ¿cuándo podía imaginar que me lo había de ver hecho un personaje importante pasando por debajo de los arcos triunfales como si viniera de conquistar las Galias ó vencer á los Escythas? ¡Y que no iba finchado el bodoque, balanceándose en la carretela, como si toda su vida hubiera andado en ella!
—Siempre ha sido usted injusto con Mendoza, don Juan. Cosas más portentosas le quedan aún por ver.
—Lo creo, no me lo jures. Si son éstos los hombres con que contáis para regenerar el país, lo he de ver pronto convertido en jigote.
Y maldiciendo de la gloriosa revolución, y despreciando en Brutandór á todos sus muñidores, despidióse amistosamente, no obstante, de Miguel, por el cual nunca había dejado de sentir predilección.
Poco se había curado éste del movimiento revolucionario, aunque figurase como un adepto decidido de las doctrinas democráticas. El cuidado interior de su espíritu, que comenzaba á cultivar entregándose sin tasa á la lectura, y la vida doméstica absorbían demasiado su atención para no consagrar á la política solamente una parte pequeña de sus fuerzas. El mismo periódico cuyo gobierno había tomado con ilusión, concluyó por fatigarle. Las eternas polémicas, la fraseología empalagosa de los artículos de fondo, causáronle tedio pronto, y ansiaba el momento de dejarlo y entregarse de lleno á otros trabajos más serios y útiles. En su vida doméstica era feliz; mas no al modo que había imaginado serlo. Porque pensaba antes de casarse que el amor y las felices expansiones que él trae consigo habían de llenar por entero su existencia, sin que le quedase tiempo ni deseos para ocuparse en otra cosa. Y al ver que el amor ocupaba en su vida un lugar como accesorio ó secundario y que seguían preocupándole otros asuntos, tanto los que se referían á su vida exterior como los tocantes á sus estudios y meditaciones; que un contratiempo leve le entristecía y cualquier palabra malsonante le irritaba como antes; que muchas veces volvía del café excitado por alguna discusión y no eran bastante las caricias de su esposa para calmarle, él mismo se sorprendía y confesaba que otra mayor influencia y alcance concedía al matrimonio. La misma Maximina tenía que sufrir algunas veces el mal humor que otros le causaban fuera. Cuando su genio se hallaba templado para irritarse, cualquier pequeña contradicción bastaba para ello, y aun sintiendo la injusticia que cometía, no por eso dejaba de reprender á su esposa cuando el aseo de su cuarto, ó de su ropa ó cualquier otra menudencia por el estilo no estaba tan á punto como quisiera. Verdad es que en cuanto veía asomar las lágrimas á los ojos de aquélla, todo se turbaba y se lanzaba acto continuo á besarla y abrazarla. Y como á Maximina, así que sentía los labios de su marido en el rostro, se le borraban como por ensalmo todas las penas, el resultado era que sus reyertas (si este nombre puede darse cuando el uno riñe y el otro calla) duraban siempre pocos minutos. En resolución, que nuestro héroe padecía del mal que en los niños suele llamarse mimos, ó lo que es igual, que avezado á ver á su esposa constantemente dulce, cariñosa, sumisa, no se le ocurría siquiera que podía ser de otro modo, y no sabía apreciar, por lo mismo, en lo que valía aquella paz y suave calor del hogar tras de los cuales tantos hombres corren en vano.
Maximina, en cambio, gozaba de una felicidad casi celestial. La presencia de su esposo, del cual cada día estaba más enamorada, bastaba para mantenerla en un estado de dicha que rebosaba de sus ojos y se traslucía en todas sus palabras y movimientos. Cuando estaba en casa apenas apartaba de él la vista. Le seguía con disimulo á todas las habitaciones, y ponía empeño en verle hasta cuando se lavaba y vestía. Miguel la embromaba por esta persecución: algunas veces, cuando estaba de mal humor, le decía:
—Vamos, déjame que voy á arreglarme.
Y hacía ademán de cerrar la puerta. Pero ella respondía con ojos tan suplicantes:
—¡Por Dios, no me eches de tu cuarto, Miguel!
Que no podía menos de sonreir, y tomándola de la mano, la sentaba en una silla como á una niña, diciéndole:
—Bien está; pero no te muevas de ahí.
Cuando estaba fuera de casa, ni un instante se le apartaba de la imaginación: cuanto hablaba con las criadas, directa ó indirectamente siempre venía á referirse á él. Si mandaba limpiar los cristales era para que él no advirtiese que estaban empañados; si leía en el libro de cocina era para aprender algún plato que á él le gustase; la ropa que cosía era la de él, y de él era la cadena que limpiaba con polvos, y el pañuelo de seda que mandaba lavar á la doncella, y las camisas que enviaba á componer, porque ella no se creía con méritos para hacer competencia al camisero, no por falta de voluntad.
Las únicas nubecillas que cruzaban por el cielo de su dicha eran los inmotivados enojos de su marido, los cuales se repetían demasiado. Alguna vez le dijo llorando:
—¡Me lo daba el corazón por la mañana, porque hacía ya cinco días que no me reñías!
Miguel, enternecido, como siempre, al verla llorar, la acariciaba, y todo volvía á su habitual serenidad y contento.
Sin embargo, una nube pasó de mayor tamaño y más negra que las otras. Y fué que en el cuarto segundo de la misma casa vivía la condesa viuda de Montilla con dos hijas de veintitrés y veinticuatro años respectivamente, seis y siete, por lo tanto, más que Maximina. Las tarjetas, los saludos en la escalera y las sonrisas al balcón trajeron consigo las visitas, y éstas una muy fina amistad entre las chicas y la joven esposa. Eran aquéllas, si no lindas, bastante agraciadas por lo menos. La primera, Rosaura, una morena de facciones abultadas y ojos negros y hermosos, aunque un poco saltones; la segunda, Filomena, era delgadísima, de tez pálida, ojos verdes, de mirar extraño y malicioso, y cabellos rubios cenicientos. Había en esta muchacha cierta desenvoltura impropia de su sexo y educación, que caía en gracia á los hombres aún más que su figura. Con ésta gustaba Miguel de mantener conversaciones un tanto resbaladizas y se recreaba en ver con qué serenidad y desenfado salía la muchacha del atolladero y cuánto ingenio mostraba al retorcer las frases y darles el significado que ella apetecía. Y dicho se está que, siendo la ocasión peligrosa, algunas veces se les tienen ido los pies á ambos cayendo en procacidades de mal gusto. Maximina, cuando comenzaba uno de semejantes tiroteos, solía marcharse al balcón con Rosaura. Aunque sonreía, no dejaban de repugnarle. Cuando se quedaba á solas con su marido nada decía; pero en el modo de mentar á Filomena se percibía que no la profesaba grande estima.
—Pues á pesar de sus atrevimientos—solía decir Miguel—y de sus modales hombrunos, es una buena muchacha... mejor, á mi entender, que su hermana.
Maximina callaba por no contradecirle, aunque pensaba cosa muy distinta. Un vago sentimiento de celos, del cual ella misma no se daba entera cuenta, contribuía también á hacérsele antipática.
Así estaban las cosas cierto día en que Miguel, arrellanado en una butaca de su despacho, escuchaba tranquilamente á Maximina que, sentada á sus pies en un taburete y reclinando la espalda en sus rodillas, le leía Las aventuras del escudero Marcos de Obregón, escritas por Vicente Espinel. Mientras la niña leía, jugaba él con la trenza de sus cabellos, que traía suelta en casa por darle gusto. Tal lectura no debía de ser muy del gusto de Maximina, á juzgar por el modo perezoso y distraído que tenía de arrastrar la voz. Las novelas que le gustaban no eran estas en que todo lo que pasaba era vulgar y prosaico, sino otras cuyo enredo y aventuras extraordinarias picasen su curiosidad. Casi todos los libros que su marido le daba á leer le producían cansancio y sueño, sorprendiéndose no poco de que él los alabase y dijese pestes, en cambio, de los que á ella le placían. Acababa de leer un capítulo terriblemente pesado para ella, cuando, volviendo de repente la cabeza y fijando en él sus ojos con expresión entre inocente y maliciosa, le preguntó:
—¿Te gusta esto?
—Muchísimo.
—Ya lo presumía. Cuando á mí no me gusta un libro siempre me digo ahora: ¡qué bueno debe de ser!
Pronunció estas palabras con tal ingenuidad y resignación tan graciosa, que su marido, riendo á carcajadas, le tomó la cabeza entre las manos y se la besó con entusiasmo. La niña, halagada por esta caricia, comenzó alegremente la lectura de otro capítulo.
Á la mitad de él estaría, poco más ó menos, cuando se interrumpió súbitamente, dejando escapar un ¡ay! reprimido y de singular entonación que sorprendió á Miguel. Se incorporó y pudo ver el rostro de su esposa enteramente rojo y reflejando un gozo casi místico.
—¿Qué te pasa?
—Acabo de sentir dentro de mí... así como una cosa...
—¿Qué cosa?—dijo él, adivinando perfectamente lo que era.
—Así como si un pie pequeñito me rozase suavemente.
—¿Y por qué no ha de ser el pie de tu hijo?
—¡Oh, Miguel! ¿Será?...
—Nada tiene de particular; has llegado ya al medio tiempo.
Maximina no quiso leer más; arrojó el libro sobre una silla y se puso de rodillas delante de su esposo. Comenzaron á charlar con viveza del niño.
—Oyes, ¿y por qué ha de ser niño y no niña?—dijo él.
—Porque yo quiero que sea niño.
—Pues yo quiero que sea niña y se parezca á ti... Pero hazme el favor de levantarte, porque si viene cualquier criada y te sorprende en esa postura, es muy ridículo...
—No, no; no quiero una mocosita fea que se parezca á mí. Quiero un niño, ¿lo oyes? un niño grande y robusto.
En aquel momento escucharon pasos al lado de la puerta, como Miguel se temía, y una voz que no era de ninguna criada preguntó:
—¿Se puede entrar?
Maximina se puso en pie de un brinco.
—Adelante.
Entró Filomena en traje de levantar, con los cabellos en estudiado desgaire y el cuerpo sumergido, si vale la expresión, en una magnífica bata de seda azul adornada de encajes blancos. Nunca había podido lograr Miguel que su mujer se vistiera en casa de aquel modo elegante y suntuoso. La pobre chica no sabía más que ponerse los trajes que ya no le servían, porque le causaba pena, según decía, vestirse una prenda nueva para entrar y salir en la cocina.
—Me parece que he venido á estorbar—dijo la joven, fijando una mirada maliciosa en el rostro turbado y rojo de Maximina.
—No, no; de ningún modo—contestó ésta, turbándose mucho más.
—Con los recién casados hay que andarse con mucho tiento... Y eso que ustedes no son de los más pegajosos. He entrado sin llamar porque las criadas han dejado la puerta abierta... Pero si estorbo me marcho... Conozco hace tiempo el onceno mandamiento.
Aquel tono ligero y un tantico desvergonzado maravillaba y hería cada día más á nuestra provinciana.
—Al contrario: en este momento nos estábamos acordando de usted—dijo Miguel en el mismo tono ligero y festivo, á propósito para que no se le creyese.
—Hombre, ¿qué me cuenta usted?—repuso ella con ironía.—Pues he venido—añadió, sentándose en una butaca y poniendo una pierna sobre otra—á preguntar á usted si deja ir á Maximina con nosotras á la apertura del Real. Tenemos palco...
Aquélla hizo una mueca á su marido para que negase el permiso; pero éste, ó porque no quisiera ó no se atreviese á tanto, respondió:
—Mil gracias... Allá ella.
Filomena dirigió la vista á Maximina, y ésta, sin fuerzas para negarse ó dar cualquier disculpa, hizo un gesto ambiguo que la hija de la condesa interpretó como asentimiento.
—Bueno; á las ocho en punto pasaremos á recogerla. Usted puede ir al palco también si quiere... ó puede aprovechar la ocasión para irse á tunantear por ahí.
—¡Filomena, por Dios!
—¡Sí, sí, buenos son ustedes! La que se fíe está fresca.
Y levantándose se puso á enredar con la plegadera, el pisapapeles y todos los objetos que halló sobre la mesa, entre ellos un cajón de cigarros puros.
—Á ver qué cigarros fuma usted... ¡Hombre, qué pequeñitos y qué cucos! ¿Son flojos?
—Bastante.
—Pues va usted á ver cómo sé fumar también.
Y sin aguardar más, tomó un puro y le cortó con los dientes la punta. Miguel le entregó riendo un fósforo encendido.
—Tengo la cabeza muy firme—manifestó dirigiendo una mirada atrevida á Miguel.
Pero á los cuatro chupetones arrojó el cigarro, diciendo:
—¡Jesús, qué cigarros tan detestables fuma usted! Sabe á cordobán.
—¡Hipocritilla! ¡Lo que sabe es á mareo!
Filomena se encogió de hombros y empezó á recorrer con la vista los libros de la biblioteca, nombrándolos en voz alta:
—Obras de Moliere... Descartes: Discurso sobre el método... ¿El método de qué?... Gil Blas de Santillana. ¡Uf, qué pesado es este libro! No he podido llegar á la mitad. ¿No tiene usted ninguna novela de Octavio Feuillet?... Pues tiene usted muy mal gusto... Platón: Diálogos. Goethe: Fausto. Me llevo este libro, Miguel, porque no conozco más que la ópera y me interesa mucho el argumento... Stuart Mill: Lógica... Santo Tomás: Theodicea. Lope de Vega: Comedias... Balzac: Fisiología del matrimonio... Este libro lo he leído yo: tiene observaciones muy finas y muy exactas... ¿No lo ha leído usted, Maximina?
Ésta la miró consternada.
—Es uno de los pocos libros que Miguel me ha prohibido leer.
Filomena clavó la vista en éste y sonrió de un modo particular como diciendo: «Ya te entiendo».
Después, repentinamente, con la viveza y desenfado que imprimía á todos sus movimientos, dejó la librería, abrió la puerta de la sala y penetró en ella. Maximina y Miguel la siguieron. Sentóse al piano y comenzó á teclear fuertemente una polka. Antes de concluirla se levantó y se dirigió al entredós, donde había dos grandes macetas de flores, y sumergió en ellas repetidas veces el rostro, aspirando con delicia su fragancia.
—¡Oh, qué hermosas flores! ¿Las han comprado ustedes?
—Me las ha mandado mi cuñada Julia.
—Voy á hacerle á usted un ramo—dijo Miguel.
—No; es lástima estropear una maceta.
—No se estropea; voy á hacerle un bouquet chiquito. Maximina, tráeme un poco de hilo y unas tijeras.
La niña fué por lo que se le pedía y se lo entregó gravemente sin decir palabra. Después fué á sentarse en el sofá, y desde allí contempló la factura del ramo.
Mientras ésta se llevaba á cabo, Miguel y Filomena no dejaban de tirotearse jugando del vocablo con sobrada libertad por parte de ella, y no mucho respeto por parte de él. Maximina atendía á lo que decían, sin quizá comprender una palabra; pero la expresión de sus dulces ojos iba siendo cada vez más grave y reflexiva. Al terminar, Miguel le entregó con sonrisa galante el ramo. Ella lo recibió con otra sonrisa graciosa.
—Por este rasgo de galantería le perdono todas las inconveniencias que me ha dicho. ¡Caramba, ya son las once!—dijo consultando el reloj que había delante del espejo.—¡Y mamá que me mandó subir en un verbo! Adiós, Miguel; hasta luego, Maximina.
Y salió como un cohete de la habitación, y abrió ella misma la puerta de la casa y la cerró. La mirada escrutadora y un si es no es burlona que dirigió á Maximina al salir, probaba que algo se le alcanzaba de lo que en aquel momento pasaba por su espíritu.
La niña había hecho ademán de levantarse; pero al ver la presteza con que Filomena huía, tornó á sentarse y quedó con los brazos caídos, la cabeza baja y los ojos en el suelo. Miguel la miró con el rabillo del ojo, y comprendiendo perfectamente lo que aquella actitud significaba, no quiso, sin embargo, dar su brazo á torcer hasta después de un rato.
—¿Qué tienes?—dijo acercándose y sentándose á su lado.
—Nada—respondió levantando á él sus dulces ojos nublados de lágrimas.
—¡Oh, qué tonta! ¿Celos de esa casquivana?
—No, no tengo celos—respondió la niña esforzándose por sonreir,—sino que me ha dado ahora una pena sin saber por qué... ¡Era tan feliz hace un momento!
—¡Y lo mismo lo eres ahora, aprensiva!—dijo abrazándola.—¿No es verdad que lo eres?... Díme que sí... Unas cuantas bromas con esa chicuela desvergonzada ¿bastarían para destruir tu felicidad? Eso no tiene sentido común...
Pocas más palabras necesitó para desvanecer la penosa impresión de su mujer, la cual, limpiándose los ojos, exclamó con voz temblorosa arrancada del corazón:
—¡Si supieras, Miguel, lo que te quiero!
Después de reconciliados, salieron ambos de la sala cogidos por la cintura.