XIII

N efecto, en todo el tiempo de su permanencia en Sevilla, no se acordó de escribirle, acaso porque otras bellezas y otros recreos le tuvieran subyugado, acaso por cálculo, acaso por ambas cosas. En cambio, á menudo mandaba epístolas muy cariñosas á su tía, al cabo de las cuales nunca dejaba de enviar recuerdos á Julia. Este rengloncito de recuerdos irritaba á la niña de un modo indecible. Para no oirlo leer solía escaparse á su cuarto así que veía á su madre con carta entre las manos.

Llegó el mes de Julio. La brigadiera escribió á Sevilla despidiéndose para Santander, en cuyo Astillero tenía alquilada una casita para pasar los dos meses más calurosos del estío. Contestó Saavedra diciendo que él se iba á Biarritz, y desde allí á París, y haciendo votos por que lo pasasen muy bien y Julia se divirtiese mucho.

Mas héte aquí que una tarde del mes de Agosto, hallándose ésta paseando en la Alameda con una familia, que habitaba también en el Astillero (su madre no había venido á la ciudad por estar con jaqueca), ve de repente á su primo paseando en compañía de unos jóvenes. Se puso horriblemente pálida, y acto continuo más roja que una cereza. Su naturaleza nerviosa y ardiente era incapaz de dominar las más leves impresiones, mucho menos las que como ésta la tocaban en lo vivo del corazón. Volvió la cabeza para no saludarle, y eso que advirtió en él ademán de acercarse. Á la vuelta siguiente hizo lo mismo, y así por tres ó cuatro veces, poniéndose tan seria y fruncida, que á cualquiera quitaría las ganas de abocarla. Mientras esto hacía, su imaginación le representó lo feo y extraño de su conducta, y calmada un poco la emoción, no pudo menos de decirse:—¡Qué necedad acabo de hacer!—Á la otra vuelta se encaró de lejos ya con Saavedra y le saludó cortesísimamente, aunque con marcada afectación. Después volvió á su gravedad.

Ó por deseo de ella, pues no estaba á gusto en el paseo, ó de la familia que la acompañaba, lo cierto fué que se retiraron temprano. D. Alfonso, que estaba á la mira, los vió irse. Al cabo de un rato también él se despidió de sus amigos y se fué al muelle, donde alquiló un bote para trasladarse al Astillero. Llegó allá cuando ya cerraba la noche. Despedidos los marineros, se subió lentamente por el frondoso montecillo sin querer preguntar por la vivienda de su tía, esperando que su buena ventura se la deparase.

Recorrió en poco tiempo todo el ámbito de aquel deleitable retiro contemplando las alegres casitas allí nuevamente edificadas, por cuyas ventanas comenzaban ya á verse algunas luces encendidas, deteniéndose frente á las verjas de los jardines por si veía alguna criada de su tía, ó á ella misma en persona ó á su prima. Al fin, en uno pequeñito donde crecían dos magníficas magnolias, que casi lo sombreaban todo, acertó á ver, debajo de un cenador cubierto de madreselva, á su prima sentada en un banco rústico con los codos sobre la mesilla de mármol y el rostro apoyado en las manos en actitud reflexiva. Traía puesto el mismo traje que en el paseo, y ni siquiera se había despojado del sombrero. Una luz extraña brilló en los ojos del caballero: acercóse á la puerta enrejada y chistó discretamente para no ser oído más que de la joven: levantó ésta vivamente el rostro, que súbitamente se le encendió al notar quién la llamaba: vínose después á la puerta y la abrió, saludando á su primo con una sonrisa graciosa, para compensarle, sin duda, de la mala acogida del paseo. D. Alfonso le tomó ambas manos y las apretó con efusión:

—¿Permites?...

Y sin aguardar respuesta, las llevó á los labios y las besó con no menos entusiasmo. La niña las retiró prontamente, pero sin que se apagase la sonrisa que iluminaba su cara.

—No puedo quejarme de mi suerte. Vengo al Astillero, y la primera persona con quien tropiezo, es la que más me interesa.

—¡Sí, sí, á mí con esas!—dijo Julia, sin ponerse tampoco seria.—Voy á avisar á mamá. Lo que menos piensa ella es que tú estés aquí.

—¿No se lo has dicho?

—Estaba descansando cuando llegué, y no quise interrumpirla—respondió la niña ruborizándose por la mentira que decía.

—Bien, pues no entremos todavía en casa: tengo antes que hablar contigo.

Y fué á sentarse en el banco del cenador, y se quitó el sombrero. Julia vaciló un instante; pero al fin también se sentó á su lado.

—¿Tú no sabes lo que yo tengo que decirte?—comenzó él mirándola amorosa y fijamente.

—No soy gitana, chico.

—Una gitana, precisamente, acaba de decirme en Sevilla que una morenita pícara y salada me ha de matar á desdenes.

—¿Y te lo has creído, inocente?

—¿Por qué no?

—Porque tú no puedes morirte más que de pillo.

—Mil gracias, prima.

—No las merece; adelante.

—Pues lo que tenía que decirte... ¿Sabes que era tanto que se me ha revuelto en la cabeza y no sé por dónde empezar? Me pasa lo que á los oradores que se cortan.

—Pues descansa unos minutos. ¿Quieres un vaso de agua?

—No hay necesidad; todo ello se reduce, como los mandamientos de la ley de Dios, á dos verdades: amarte sobre todas las cosas, y pegarme un tiro si tú no me quieres.

—¿Estás seguro de que son verdades?

—Segurísimo.

—¡Vaya todo por Dios! También en esto me he equivocado—dijo la niña dejando escapar con graciosa ironía un suspiro.

—¡Prima, prima, qué mala opinión tienes de mí! ¡Si supieses lo que pasa dentro de este corazón y qué bien aprisionado está en tus redes!

—¡Primo, primo, eres un pez demasiado grande para caer en mis redes!

—Pues yo te juro que soy tuyo, que ni pienso, ni aunque me maten puedo pensar desde hace tiempo en otra cosa más que en ti... ¿Sabes por qué no te he escrito desde Sevilla?...

—Sí; porque no has tenido ganas.

—Nada de eso; ha sido por ver si con la ausencia se apagaba esta hoguera que me consume...

—¡Hogueras y todo! ¡Calla, calla, no seas cursi!

—Ríete lo que quieras, no por eso es menos cierto que he sostenido conmigo una lucha cruel y que me he atormentado mucho para no escribirte... ¿Para qué? me decía. En vano es que conciba esperanzas, pues han de venir al suelo en seguida. ¿No me bastan los desaires que me ha dado?... Porque, prima, tú tienes un talento especialísimo para dar calabazas: no las das de una vez, sino que gozas en repetir un día y otro las tomas con refinada crueldad. Tengo apuntados en mi cartera los desaires, las malas contestaciones y hasta los insultos que me has dirigido en el espacio de dos meses... ¡Es cosa que pasma!... Mira... En buenas ó malas palabras me has llamado once veces viejo, veintisiete fatuo, veintidós tonto, seis orgulloso, una mal hijo, dos perdis, una D. Juan averiado, una descortés. Total, sesenta y un injurias... Aquí tienes...

—¡Qué tontería!—exclamó Julia riendo á carcajadas y dando un manotazo á la cartera que la hizo caer.

—Esta es la pura verdad—repuso D. Alfonso recogiéndola.—Y á pesar de todo ello, soy tan estúpido, que aún sigo queriéndote, mejor dicho, que cada día te quiero más, como lo prueba mi venida á Santander. Desde que me he separado de ti, Julia, no he tenido un momento de tranquilidad. Aunque procuraba por todos los medios imaginarios distraerme, no acordarme de ti, siempre tu imagen graciosa se interponía delante de mi vista. En Madrid padecía mucho, pues siempre estaba fluctuando entre el temor, la esperanza y la desesperación; pero en Sevilla, lejos de ti, echaba de menos esos sufrimientos y me parecía que el placer de verte, de escuchar tu voz y vivir bajo el mismo techo, los compensaban muy bien y aun quedaba ganancioso... No sé lo que me pasa; ó estoy loco ó me has dado hechizos. He recorrido el mundo y he tratado muchas mujeres; pues bien, te juro que ninguna me ha traído tan desasosegado, tan inquieto, tan fuera de mí como tú. Y que digo la verdad, bien lo sabes, pues no hay más que mirarme á la cara...

En efecto, D. Alfonso, al pronunciar estas palabras, parecía conmovido y tembloroso. Y como su carácter, aunque afable, era frío, impasible, con ribetes de desdeñoso, aquella emoción que en él se traslucía causaba doble efecto. Se había apoderado de una de las manos de Julia, y la apretaba entre las suyas. Ésta, roja de placer y sonriendo, exclamó con voz alterada también:

—¡Tan vivo lo pintas, que no va á haber más remedio que creerte!

—¡Sí, créeme, créeme, prima!—dijo Saavedra, besando con pasión la mano que tenía.—Porque aunque no me quieras, me llena de placer el que sepas que te adoro con toda mi alma. Mi suerte está echada. En tu boca está ahora mi salvación ó mi muerte. Merezco que me mates por la increíble simpleza de haber supuesto al marchar que me querías y habértelo dicho. ¡Cuánto me pesó después aquel acto! No me cansaba de llamarme necio, sandio y majadero...

—Pues mira, sigue llamándote ahora todo eso... por habértelo llamado antes sin razón—dijo Julia, lanzándole una mirada entre cándida y maliciosa.

—¿Será posible?...—exclamó Saavedra con ansiedad.

—Muy posible.

—¿De modo que me...?

—¿Quieres que te lo haga tragar con cuchara, primo?—dijo ella con impaciencia.

—¡Ay, prima hermosa, prima saladísima, prima divina, qué feliz me haces!

D. Alfonso, al mismo tiempo, la estrechó en sus brazos y acercó varias veces los labios al rostro de la niña, á pesar de la resistencia que ella le oponía.

—¡Basta, basta!—dijo, haciendo esfuerzos por irritarse y consiguiéndolo á medias.

En aquel momento un bulto blanco se acercó á la verja y dijo con voz chillona:

—Julia, Julita.

Ésta se desprendió con violencia de los brazos de su primo, y fué hacia allá.

—Esperanza; aguarda, allá voy.

Era una de las vecinitas que la habían acompañado al paseo; venía á invitarla á comer, anunciándola que después se bailaría. D. Alfonso se levantó y también se acercó á la verja y lanzó á la vecinita una mirada que, á ser ella de algodón pólvora, hubiera habido desgracias; pero dominándose prontamente, la saludó con toda cortesía. Rehusó Julia, bastante alterada, el convite, pretextando que su mamá estaba con jaqueca. La vecinita, no menos confusa, y mirando alternativamente á su amiga y D. Alfonso, no se atrevió á insistir y se retiró en seguida para ir á contar lo que había visto y lo que no había visto. Como ya era noche, los primos entraron en casa, donde después de los consiguientes y efusivos saludos cambiados entre tía y sobrino, se sirvió la comida. Mientras duró, las mejillas de Julia conservaron los colores que hacía meses se habían huído. Sus ojos brillaban risueños. En todos sus gestos y movimientos advertíase la viva emoción que la agitaba y una alegría que nada tenía de afectada como otras veces.