XIV
N deseo le retozaba á Miguel hacía tiempo por el cuerpo; y era el de reunir á algunos amigos en casa para celebrar á un mismo tiempo su matrimonio y la esperanza de tener muy presto un hijo. Aunque no se lo confesaba, lisonjeábale el intento de mostrarles su habitación, que, enteramente amueblada ya, estaba hecha una tacita de plata, todo nuevo y flamante, que daba gloria verla; y un poco, también, la vanidad pueril, aunque muy disculpable, de aparecer ante la sociedad como hombre de casa abierta y jefe de familia. Maximina, al escuchar la proposición, quedó turbada y confusa. Nunca había entrado en sus cálculos el «hacer los honores» de una reunión, por más que su marido la asegurase que sería de confianza. Cuando era simple tertuliana, esto es, cuando Miguel la llevaba por la noche á alguna casa conocida, se encontraba siempre cohibida y acortada, sin saber qué hacer ni decir, no quitando los ojos de él, para que la infundiese aliento; ¿qué sería ahora, obligada á saludar á todo el mundo, á decir á cada cual una palabra galante y á prevenir y adivinar sus deseos?—«¡Oh, Miguel; me voy á morir de vergüenza!»—Él se reía de sus temores y hasta hallaba un aliciente más para su proyecto, en ver á su esposa, tan niña, tan inocente y tan tímida, «oficiando de señora».
Al principio se pensó en un almuerzo; mas pronto se desechó el proyecto, atento que en el comedor sólo cabían cómodamente una docena de convidados. Después se imaginó dar por la noche lo que entonces estaba muy en boga, un te; pero á Miguel le pareció esto poco. Al cabo de muchas vacilaciones, se vino á resolver que sería una reunión ó soirée, con una semi-cena, compuesta de manjares fiambres. El pretexto para ella sería escuchar la lectura de un drama que su compañero de redacción, Gómez de la Floresta, había escrito, y que no acababa de representarse por intrigas de Ayala, García Gutiérrez y otros pocos ingenios que tenían vara alta en los teatros «y los monopolizaban».
—¿Pero no decías que era muy pesado ese drama, que te habías aburrido oyéndole?—preguntóle Maximina.
—Por lo mismo. En esta clase de reuniones es requisito indispensable que lo que se lea sea malo, porque todo lo que venga después de la lectura les parece á los convidados admirable. Con este drama, ya puedes traer champagne de treinta reales, que se lo beberán como néctar.
No entendió bien Maximina el razonamiento de su marido, y se le quedó mirando con los ojos muy abiertos; pero viendo que nada añadía para explicárselo, pasó á otro asunto, el de las invitaciones.—¿Á quién convidarían?—Por de pronto, á mamá y Julia.—Bueno; ¿y después?—Á la prima Serafina.—¿Quién la acompañará?—Que la acompañe Enrique.—¿Invitaremos á Eulalia?—Bueno; pero te advierto que no vendrá; su marido no acaba de tragarme.—¿Á las de Ramírez?—No hay inconveniente.—¿Á Asunción?—Tampoco.—Maximina se detuvo un instante, se puso más seria y dijo rápidamente:—Á las de arriba, por supuesto.—Una sonrisa imperceptible se dibujó en la boca de Miguel, y contestó:—Como tú quieras.—Á la tía Anita, también, claro.—Hombre, sí; me alegraré de ver á tío Manolo por aquí.—¿Y de hombres, á quién se invita?—Eso corre de mi cuenta.—¿Convidarás á tus compañeros de redacción?—Veremos; según como anden de ropa.—¿Y á Carlitos?—Sí; y será el encargado de ilustrar á la reunión sobre todos los puntos que se toquen.—¿Y á Mendoza?—¿Habíamos de dejar el más precioso ornamento?... Y eso que ahora, con el cuento de su matrimonio y la política, anda muy ocupado.
Ya que se acabó este negocio de las invitaciones, y se convino en escribir algunas cartas y visitar á ciertas personas para invitarlas personalmente, quedóse Maximina algún tanto pensativa y melancólica.
Al fin, cogiendo á su marido de la mano, y mirándole amorosa y tristemente, le dijo:
—Estoy segura de que te voy á avergonzar, Miguel... Yo no estoy acostumbrada á estas cosas. ¡Virgen María, cuánto daría yo por ser como una de esas señoritas tan elegantes y tan finas que tú saludas en los teatros! No sé cómo te has casado conmigo, que ni soy hermosa, ni puedo igualarme con las personas que tú tratas.
—¡Calla, calla!—dijo él tapándole la boca.—Estoy más orgulloso de haberme casado contigo, que si fuese con una princesa de la sangre.
—Yo sí, Miguel—repuso ella, rebosando sus ojos de amor y de dicha,—yo sí que estoy orgullosa de ser tu mujer, y que me hayas preferido á tanta mujer hermosa, elegante y rica, siendo una pobrecilla desvalida...
—Calla, calla... ó te muerdo—repitió él besándola con pasión.
En los días siguientes, como se había convenido, comenzaron los preparativos, y se pasaron las tarjetas de invitación. Miguel fué en persona á convidar á su tío Manolo.
Habitaba éste un magnífico cuarto en la calle del Pez. Con el matrimonio habían cambiado poco sus costumbres. Grave ofensa se le haría suponiendo que había cedido poco ni mucho en los prolijos cuidados que siempre había dedicado á su gallarda figura. Nada de eso. Las tinturas y cosméticos seguían en armonía con los últimos adelantos de la química; la faja y los tirantes en relación con los progresos de la ortopedia; el mejor zapatero de Madrid, el dentista más hábil, el sastre y el perfumista más acreditados. El tío Manolo era un monumento tan admirablemente conservado, que de él pudiera tomar ejemplo el Gobierno español para los suyos. No obstante, el tiempo despiadado había ido socavando aquel soberbio edificio, y ya algunas de sus grietas se percibían claramente en su fachada: las patas de gallo y las arrugas de todo linaje eran cada día más profundas: á despecho de los tirantes, se inclinaba un poco hacia adelante; el paso, en fin, no era ni la mitad tan ligero y firme como antes. No había duda que al menor descuido ó desmayo en su conservación vendría al suelo ruidosamente.
Miguel encontró á su tía Ana, por variar, al lado de la Chimenea, y eso que la estación aún no empujaba hacia el fuego. ¡En ella sí que su señoría el tiempo se iba cebando de lo lindo! Tanto, que era más fácil creer que la buena señora, una vez casada, había olvidado enteramente el cuidado y aliño de su persona, que no que en tan breve espacio se ocasionara tan fuerte estrago. Porque la intendenta tenía ahora todo el aspecto de una setentona; los cabellos ralos y blancos, el rostro desmayado y marchito, el talle de barril y las manos negras y arrugadas, que daba asco verlas.
—Adiós, tía, ¿cómo sigue usted?
—Regular, hijo, ¿y tú?—contestó ella perezosamente con voz quejumbrona.
—Yo bien, ¿y el tío?
—¿Qué sé yo cómo está tu tío?—repuso con acritud.—Ni me importa tampoco. ¿Y tu mujer? ¿Le molesta mucho su estado?
—Nada; sigue perfectamente.
Miguel observó que el tono despreciativo con que siempre hablaba la intendenta de su marido se había acentuado ahora de un modo alarmante. En la inflexión de la voz podía notarse no sólo desprecio, sino encono. Decidió, por consiguiente, no tocar este punto y llevar la conversación á otros parajes. Mas á pesar de sus esfuerzos, la intendenta traía, á menudo, la ocasión por los cabellos, para hacer alguna observación que recayese en desprestigio de su marido, cosa que á Miguel, como es natural, no le hacía ninguna gracia. Por eso, después de anunciarle el objeto de su visita, cortó la plática, pasando al cuarto de su tío.
Hallólo envuelto en una magnífica bata, sentado y leyendo un periódico, mientras el barbero daba los últimos toques con las tenacillas á las guías del bigote. No poco se alegró de ver á su sobrino, con el cual mantenía estrechas relaciones de camarada más que de tío. Desde luego aceptó con extremado gusto su invitación y le dió acerca de la proyectada cena prudentísimos consejos debidos á su luenga experiencia.—«Mira, díle á Lhardy que te prepare unas codornices trufadas como las que mandó hace pocos días á casa del ministro de Suecia, y unos sollos de río mechados, rellenos con baño de crema de cangrejos que he comido en el baile de los de Vélez. Después de esto encarga lo que quieras. Te participo que los vinos debes tomarlos en la bodega de Pardo de la calle del Carmen. Pide el Margot de diez años, y díle á Pardo que eres mi sobrino para que no te engañe... Te advierto que debe templarse un poquito momentos antes de pasar la gente al comedor. El champagne de la marca que yo tomo siempre, díselo. Jerez no tomes, yo te mandaré dos docenas de botellas de un barril que me han regalado; es de lo mejor que he bebido... Pero, en fin, yo iré por tu casa el día de la cena para prevenir lo que haga falta.»
Cuando se despidió el barbero, Miguel quiso sondar al tío acerca de su vida doméstica, pues no se le caía de la imaginación las palabras agresivas de la intendenta. Comenzó dando rodeos para llevar la conversación al punto que deseaba; mas cuando al cabo llegó, el tío Manolo le detuvo con un gesto lleno de dignidad.
—¡De mi mujer, ni una palabra, Miguel!
Extendió el brazo con majestad, frunció la frente terriblemente, y sus cabellos perfumados se agitaron sobre su cabeza inmortal.
Bien entendió Miguel, por las señas, que las relaciones de sus tíos no debían ser excesivamente cordiales, y determinó observarlos en silencio.
—Vamos á almorzar, que es hora—dijo el Sr. de Rivera sacando el reloj.—Tú almorzarás con nosotros, ¿verdad?
—Acabo de hacerlo, tío.
—Bien, entonces nos verás almorzar y saldremos juntos.
Pasaron al comedor, donde ya aguardaba la señora, y marido y mujer se sentaron á la mesa uno frente á otro, mientras el sobrino se acomodó no lejos de ellos en una silla. Pero una cosa le dejó estupefacto inmediatamente, y fué el ver al lado del plato de su tío, además del cubierto, un grande y magnífico revólver de seis tiros. Y su estupor creció al ver que el tío Manolo lo separaba suavemente un poquito como si se tratase del vaso, el tenedor ó cualquier otro de los enseres indispensables de la mesa; y todavía más al observar que su tía no hacía alto en ello y comenzaba tranquilamente á comer sus huevos cocidos como si fuese la cosa más natural del mundo. La imaginación de nuestro héroe comenzó á dar más vueltas que una rueda, perdiéndose en un piélago de conjeturas; mas nunca se atrevió á preguntar lo que aquello significaba, por más que la curiosidad le picase cruelmente, pues entendía sobradamente que cualquier pregunta sería indiscreta. No por eso se crea que renunció á saberlo; pero lo aplazó para mejor sazón.
El almuerzo se concluyó sin que ocurriese nada que pudiera exigir el uso del arma mortífera que el señor de Rivera tenía á su derecha, como era de esperar, dado que á la una del día no es costumbre que los salteadores penetren en las casas. La conversación fué general, aunque los esposos se dirigieran pocas veces la palabra, sobre todo el tío Manolo, que hacía empeño de prescindir por completo de su consorte. Esta, en cambio, lo ponía en lanzarle indirectas como balas rasas y pincharle y pellizcarle á su sabor hablando con el sobrino. El gallardo caballero, cuando el alfilerazo le dolía, clavaba una mirada iracunda en su dulce enemiga, y como ella se guardaba muy bien de sostenerla, sacudía la cabeza en testimonio de cólera, y hacía una mueca expresiva á su sobrino, cumplido lo cual tornaba á engullir lo que tenía delante.
Cuando hubieron terminado, despidióse Miguel muy cortésmente de su tía, y después de entrar nuevamente en el cuarto del tío Manolo para que se despojase de la bata, salieron juntos á la calle. En cuanto puso los pies en ella el Sr. Rivera, desapareció como por ensalmo el mal humor y la tristeza que le habían acompañado en el último tercio del almuerzo. Sacó la petaca, dió un cigarro á Miguel y encendió otro, comenzando á chuparlo con fruición mientras caminaban la vuelta de la Carrera de San Jerónimo. Miguel no podía, sin embargo, apartar de la memoria el revólver, y ansiaba descubrir el misterio que encerraba. Cuando hubieron doblado la esquina de la calle de la Puebla, hizo alto un instante, y le preguntó con osadía:
—Vamos á ver, tío, aunque usted me califique de indiscreto, voy á hacerle una pregunta, porque ya no puedo sufrir más la curiosidad... ¿Qué diablo significaba aquel revólver que usted tenía al lado del plato durante el almuerzo?
Nublóse otra vez al oir esto el rostro del ex-gentil caballero, bajólo hasta tocar con la barba en el pecho, y se puso nuevamente á caminar sin responder palabra. Al cabo de buen espacio, dejó escapar un profundo y dolorosísimo suspiro, y comenzó á decir con voz sorda:
—Has de saber, Miguel, que de algunos meses á esta parte mi vida es un infierno. Mi mujer (que, entre paréntesis, es la criatura más empalagosa que Dios echó al mundo) ha dado en la manía de pedirme celos. ¿Crees tú que un vejestorio semejante, un cuerazo, una zapatilla vieja tiene derecho á pedir celos á un hombre como yo? ¿No te parece que he hecho demasiado cargando con ella? Pues en vez de agradecerme este sacrificio, tiene la pretensión de que la adore, que me muera de amor por sus pedazos. Y como esto es el colmo del ridículo y no puede ser, me tiene comida el alma. Cuando me levanto, cuando me acuesto, cuando salgo de casa, cuando entro, cuando como y cuando duermo, ni un instante puedo disfrutar de sosiego: sobre todo á la hora de las comidas me martirizaba de tal modo, que llegué á comer la mitad menos, y aun eso me costaba trabajo digerirlo. No podía continuar así sin peligro de enfermar. Á grandes males, grandes remedios. Un día cogí el revólver y le dije:—«Si á la mesa me vuelves á decir otra palabra que me incomode, te meto una onza de plomo en la cabeza». Santa palabra fué aquélla, pues desde entonces no volvió á molestarme, y sólo hoy, prevalida de tu presencia, me ha lanzado algunas indirectas. Mi criado está encargado, al poner la mesa, de colocar el revólver á mi lado... Acaso te figurarás que tiene celos de alguna persona determinada y que yo hago mal en no desviarme de ella y quitarle de este modo ocasión para que me martirice; pues nada de eso hay. Cada día se cela de una mujer distinta, y ninguna vez acierta con la verdadera. Hombre, para que veas qué estúpida es, te diré que anteayer me envió una buena señora, á quien jamás se me ocurrió decirle por ahí te pudras, dos docenas de pastelillos, y sin más ni más, tiró la fuente al suelo y se puso á insultar al criado lo mismo que una sardinera. ¡Díme tú ahora si necesito paciencia, y si no me hubiera valido más haberme roto entrambas piernas, que haberme casado con esta calamidad!
Calló el tío Manolo y siguió un buen rato en silencio rumiando sus tristes meditaciones. Miguel no osó turbarle, pues harto comprendía que ningún consuelo eficaz podía ofrecerle. Al cabo, aquel varón magnánimo, más rico cada día en mortificaciones, detuvo otra vez el paso y preguntó con severa entonación al sobrino:
—Díme, Miguel, ¿no sabes de algún punto infestado ahora por el cólera ó por otra enfermedad contagiosa?
—No sé, tío—respondió aquél, pugnando por no reir.—¡Qué ocurrencia! ¿Acaso quiere usted matar á su mujer?
—Hombre, no; matar no. Yo no pienso en todo caso más que dejar á la naturaleza obrar... ¡Pero si tengo una suerte más negra! Figúrate que supe por un médico amigo que Madrid está lleno de calenturas y pulmonías por la mala costumbre de bajar al Prado por la noche en el mes de Septiembre. Pues bien: después de muchos ruegos y hacerme almíbar para ello, conseguí que mi mujer me acompañase á paseo unas cuantas noches. Vaya, me dije, si no pilla una pulmonía, lo que es unas calenturitas deben de caer, y como ella está débil... ¿entiendes?
—Perfectamente, ¿y las cogió?
—Calla, hombre, calla, ¡qué había de coger! El que cogió un catarro y estuvo cuatro días en la cama fuí yo. Aún no se me ha quitado la tos.
Caminaban á todo esto por la calle de Peligros, y vieron venir hacia ellos una joven no mal parecida, aunque traía las mejillas embadurnadas con colorete y lo mismo los labios. La ropa era llamativa y harto ligera. Al pasar sonrió frente al tío Manolo, dirigiéndole un saludo muy expresivo.
—¿Quién es esa muchacha?—preguntó Miguel.
—¿No la conoces? Es la Josefina García, una figuranta de los Bufos.
Y después de caminar algunos pasos más, añadió con cierta turbación:
—Mira, Miguel, si me dispensas voy á dejarte... Á las cinco nos veremos en la Cervecería, si tú quieres...
—Bueno, tío, bueno—respondió aquél sin poder reprimir una sonrisa.—Vaya usted donde guste. Ya nos veremos.
Y se despidieron con un apretón de manos.