XXVIII

OR acuerdo de todos quedó resuelto que la brigadiera y su hija se alejasen de Madrid y fuesen á vivir al Astillero de Santander.

Era el único sitio que, por tener ya casa alquilada, les ofrecía de pronto un retiro secreto para ocultar su vergüenza. Después que las hubo despedido, Miguel quedó algo más tranquilo. No obstante, una profunda tristeza se había apoderado de su corazón. Ni el amor de su esposa ni las gracias infantiles del niño eran bastante á disiparla. Y era que, á más del dolor que le causaba la desgracia de su hermana, vivía atormentado con la idea de su próxima ruina. No se le ocultaba que Eguiburu se apercibía como un tigre para dar el salto y caer sobre él y descuartizarle. Á Mendoza le veía muy de raro en raro. Observó que evitaba su encuentro, y cuando no podía menos, la plática era breve y embarazosa para ambos.

Un día entró en casa al oscurecer, bastante pálido. Maximina que, como siempre, salió á recibirle con el niño entre los brazos, no pudo observarlo por la falta de luz. Besó á su hijo con efusión varias veces y entró en el despacho. Su mujer se quedó á la puerta, inmóvil, mirándole con tristeza.

—Una luz—dijo en tono imperioso.

Maximina corrió al comedor, dejó al niño en poder de Juana, y ella misma le trajo el quinqué encendido. Miguel no reparó en ella y se puso á escribir. Cuando al cabo de unos instantes levantó la cabeza, viola apoyada en la chimenea, mirándole tristemente con los ojos arrasados de lágrimas.

—¿Por qué estás así? ¿Qué tienes?

La niña se acercó á él lentamente y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo, esforzándose por sonreir:

—¿He cometido alguna falta, Miguel?

—¿Pues?

—¡Como siempre al entrar me das un beso y hoy no has hecho ningún caso de mí!... Has besado al niño nada más...

Miguel se levantó y la abrazó estrechamente.

—No, mi Maximina, si he besado al niño solamente es porque venía pensando en él, preocupado con su suerte.

Después, sin poder articular otra palabra, se dejó caer súbito en el sillón sollozando.

Maximina quedó como si en aquel mismo momento viese hundirse la casa. Pasado el primer instante de estupor, se precipitó sobre él para abrazarle.

—¡Miguel, Miguel de mi vida! ¿Qué tienes?

—La desgracia pesa sobre nosotros, Maximina—respondió con el rostro entre las manos.—¡Os he arruinado estúpidamente, á ti y á mi hijo!

—¡No llores, no llores, Miguel!—exclamó la niña, acercando sus labios al rostro de su esposo.—Yo nada tenía, ¿cómo me habías de arruinar?

Cuando se hubo calmado un poco, le explicó lo que pasaba. Eguiburu le citaba al día siguiente, de conciliación, para reconocer las firmas y contaba presentar en seguida demanda ejecutiva.

—¿Te acuerdas de aquel día en que después de haber afianzado los treinta mil duros del periódico, para que pudiese continuar, te pregunté tu opinión? No te atreviste á decirme que había obrado mal, y contestaste con una evasiva. ¡Qué razón tenías!

—No, Miguel, no; estás equivocado—respondió ella, deseando evitar á su esposo la vergüenza de haber obrado con menos seso que una mujer.—¿Qué sabía yo de esas cosas? Si tú lo has hecho mal, yo lo hubiera hecho mucho peor... Pero, después de todo, lo que nos ha sucedido no es para que te apures tanto. Nos hemos quedado sin dinero. Bien ¿y qué? Trabajaremos para comer, como tantos otros. Yo estoy acostumbrada á ello: no soy una señorita: puedo vivir con mucha estrechez, sin padecer nada. ¡Ya verás qué poco te gasto! Y nuestro chiquitín, cuando sea grande, trabajará también, y será un hombre de provecho. ¡Vaya si lo será! Acaso, si supiera que no necesitaba trabajar, se entregaría á los vicios como otros jóvenes ricos. Y sobre todo, él, lo mismo que yo, lo que quiere es tener á su papá tranquilo, y contento, con dinero ó sin dinero.

¡Oh, qué suaves sonaron aquellas palabras en los oídos del atribulado Miguel!

—¡Eres mi ángel bueno, Maximina!—dijo besándole las manos.—No sé qué tienen tus palabras que endulzan instantáneamente mis amarguras, me sosiegan y me calman como si entrase en un baño aromático... ¿Dónde has aprendido esa elocuencia tan hermosa, vida mía?—añadió sentándola sobre sus rodillas.—No me lo digas; ¡de aquí sale todo!

Y la besó sobre el pecho, en el sitio del corazón.

Los esposos departieron todavía largo rato, tranquilos, risueños bebiendo con los labios y con los ojos el néctar divino del amor conyugal. ¡Caso extraño! A pesar de hallarse en vísperas de una gran calamidad, Miguel no recordaba haber pasado un rato más feliz en su vida. Y aunque los sucesos que á los pocos días se efectuaron le hubiesen entristecido, gracias á este bálsamo reparador, no lograron abatir su ánimo.

Eguiburu, al fin, cayó sobre su presa. La demanda ejecutiva prosperó. Las dos casas de Miguel de la calle del Arenal y Cuesta de Santo Domingo se subastaron en 48.000 duros. Si la enajenación hubiera sido voluntaria, no hay duda que se habría sacado bastante más por ellas. Los compradores se valieron de la ocasión, como era lógico.

El importe total de la deuda de nuestro héroe, sumando intereses y gastos, ascendía á 50.000 duros. Quedaba, pues, un pico por pagar. Miguel vendió una parte de su mobiliario y algunas joyas para hallarse enteramente libre. Hecho esto, buscó un cuarto barato en los barrios extremos de Madrid. Hallólo en Chamberí bastante bonito en el piso tercero de una casa recién construida, por el módico precio de doce duros mensuales. Se trasladó inmediatamente á él, y lo arregló bastante bien con el resto de sus muebles. La casa era chica; pero gracias á los esfuerzos de Maximina, quedó pronto convertida en una mansión bastante agradable. La mejor habitación se destinó para despacho de Miguel, pues renunciando á las visitas de cumplido, no necesitaban sala. De las criadas no conservaron más que á Juana, la cual se prestó á ser cocinera. Las demás, al saber que se las despedía, empezaron á llorar perdidamente: sobre todo Plácida estaba inconsolable.

—Señorita, por Dios me lleve consigo. Con usted voy sin salario á comer patatas en cualquier parte.

Maximina conmovida la consoló diciendo que no se iban de Madrid y que fácilmente podrían verse. El portentoso niño, cuyos rápidos progresos en los últimos tiempos habían llegado hasta el grado, verdaderamente increíble, de levantar las manos al cielo en cuanto oía cantar «¡Santa María, qué mala está mi tía!», fué objeto de feroces y encarnizados achuchones por parte de las domésticas, al despedirse.

Una vez instalados, pensó Miguel, como era justo, en procurarse algún sueldo para vivir, aunque fuese de aquel modo modestísimo. La política le horrorizaba: así, que desechó el periodismo, á pesar de ser la única profesión en que se había ejercitado. Supo que iban á salir unas plazas á oposición en el Consejo de Estado y se determinó á concurrir á ella. En el amor de su esposa y de su hijo y en la idea del deber, que jamás le había abandonado enteramente, y que ahora con la desgracia se levantaba vigorosa en su espíritu, halló estímulo y fuerza, no sólo para dedicarse con ahinco á estudios contrarios á sus inclinaciones, sino para vencer su orgullo. Un joven que había brillado en la sociedad madrileña, que estuvo al frente de un periódico y á dos dedos de ser diputado, era imposible que dejase de sentir cierta vergüenza disputando una plaza de doce ó catorce mil reales en contienda pública. Entregóse al estudio del derecho administrativo con tal furor, que apenas salía de casa, si no es por la noche un rato, para refrescar la cabeza.

El poquísimo dinero que le había quedado, gastábalo con moderación á fin de que alcanzase hasta la época de las oposiciones, que habían de efectuarse pasado el verano, hacia el mes de Octubre ó Noviembre. Maximina era para eso un modelo. No sólo no gastaba nada con su persona, pues tenía bastante ropa, sino que en el gasto de la casa hacía prodigios de habilidad para reducirlo á la mínima expresión. Miguel se apenaba y hasta vertía lágrimas en secreto cuando la veía hacer ella misma el jabón, porque salía unos céntimos, más barato que en la tienda, y estar muchas veces al cuidado de la cocina, cuando Juana había ido á un mercado lejano donde la arroba de patata era un real más barata, y a planchar la ropa más fina, etc., etc. Pero ella parecía feliz, más feliz acaso que cuando estaba en la opulencia. El lujo de la casa de la plaza de Santa Ana la imponía cierto respeto. Como ella no hacía la limpieza ni manejaba los muebles, apenas los tenía por suyos. Ahora, todo lo contrario. Ella los había colocado donde estaban después de graves perplejidades; les quitaba el polvo todos los días, barría y cepillaba la alfombra, limpiaba con polvos de asta de ciervo los tiradores de metal, lavaba con cuidado los cristales de la librería de su esposo, hacía, en fin, todos los menesteres de la casa. Era un placer para Miguel, no exento de melancolía, verla por las mañanas con un pañolito de seda atado á la cabeza al uso vizcaíno, y otro de estambre á la cintura, empuñando con garbo el plumero y la escoba y tarareando muy bajito algún zorcico sentimental de su tierra.

Pero Maximina entendía con exageración la economía en lo referente á su persona. Esto causaba hondos disgustos á Miguel de vez en cuando. Sin que él lo supiese, había suprimido el chocolate por la tarde. Cuando lo averiguó se puso furioso.

—¡Á quién se le ocurre! ¡Reducir el alimento cuando estás criando! Es una insensatez y hasta un pecado. Te lo prohibo, ¿lo entiendes? Antes que á ti te falte que comer, iré yo á partir piedras en una carretera ó á pedir limosna. Ya lo sabes.

—No me riñas, por Dios, Miguel. Es que no tenía ganas de chocolate estos días.

—Pues haber tomado otra cosa.

—No tenía gana de nada.

—Vaya, vaya, Maximina, dejémonos de tonterías... y que no vuelva á suceder.

Aunque la niña procuraba ocultar los pies en su presencia, otra vez advirtió que tenía las zapatillas rotas.

—¿Qué es eso?—le dijo.—¿Por qué no compras otras zapatillas?

—Ya las compraré.

—Es necesario comprarlas hoy mismo; están muy rotas.

—Bien, sí; hoy mismo mandaré por ellas.

Y procuró distraerle hablándole de otra cosa.

Pasados cinco ó seis días, volvió á observar que traía las mismas.

—¡Qué chiquilla eres, Maximina!—exclamó enfadado.

—¡No me riñas, no me riñas!—se apresuró á decir la niña, abrazándole y sonriendo avergonzada. Una palabra dura de Miguel era para ella el mayor de los disgustos.

—¡Cómo no he de reñirte si ya no me obedeces!

—Perdóname.

—Voy á tomarte la medida y hoy mismo te traigo unas zapatillas.

—¡Ah, no!—dijo con precipitación.—No tengas cuidado. Mandaré en seguida por ellas.

La razón de este sobresalto era que temía que su esposo las trajese más caras de lo que á ella le convenía.

Miguel, por su parte, también hacía economías en su persona, aunque no tan extremas. Pero esto no lo podía sufrir Maximina. Cuando le veía ponerse el hongo y un pañuelo de seda al cuello para ahorrar el sombrero de copa y los trajes buenos que tenía, hacíase la enfadada.

—¡Qué fachota traes! No me gustas así, Miguel.

—Es que no tengo ganas de arreglarme. No voy más que á un recado y vuelvo en seguida.

Si al cabo de unos cuantos días encontraba el mismo dinero en su chaleco, le decía con tristeza:

—No gastas nada, Miguel, ¿En el café, no tomas ninguna cosa? ¿Por qué no vas alguna noche al teatro?

—Porque ahora estoy muy ocupado. Ya iré en cuanto pasen las oposiciones. Además, hay que ahorrar un poquito.

—¡Cuánto me duele que no gastes como antes!—exclamaba abrazándole.—Por mí te impones esos sacrificios. Si fueses sólo vivirías mucho mejor.

—Vamos, no digas absurdos, Maximina. Sin ti no viviría mal ni bien... me moriría—contestábale riendo.

Aunque agitado con la perspectiva de las oposiciones, y trabajando para ellas, acaso más de la cuenta, nuestro héroe no era desgraciado. Cuando hay paz y amor en el hogar, la vida de familia es el mejor sedativo para los dolores morales. Esto por un lado, y por otro, la confianza que tenía en sus fuerzas, le hacían vivir, hasta cierto punto, dichoso.

Llegó un día, sin embargo, en que esta dicha y relativa tranquilidad desaparecieron, con el anuncio de que las oposiciones que esperaba, se suspendían indefinidamente, tal vez hasta el año próximo. Todos sus planes vinieron al suelo. Como no había pensado en otra salida para sus apuros desde hacía mucho tiempo, quedó anonadado. Tuvo fuerza, no obstante, para disimular con su esposa y aparecer en casa sereno y contento como antes. Repuesto de la sorpresa, despertaron con nuevo vigor las energías de su alma. «Es necesario, á todo trance, buscarse trabajo»—se dijo. No le quedaba dinero más que para un mes. Sin embargo, dejó á su esposa gastar como antes, seguro de que no podía estirarse mejor que ella lo hacía sin imponerse dolorosas privaciones. Lo primero en que pensó fué en procurarse un empleo en alguna sociedad particular. Visitó algunos amigos y todos ellos le animaron con buenas palabras. Sin embargo, trascurrió el mes, y el empleo no parecía. Se vió entonces en la necesidad de empeñar su reloj para pagar al casero y la cuenta de la tienda: á su mujer le dijo que se lo estaban componiendo. Pasó el segundo mes y tampoco consiguió nada. Un día Maximina le dijo muerta de vergüenza, como si cometiese algún delito:

—Miguel, el tendero de abajo me ha mandado la cuenta, y como no tenía un cuarto, no pude pagársela.

El hijo del brigadier se estremeció, pero disimulando lo mejor que pudo, le contestó con afectada indiferencia:

—Bien; ya se la pagaré yo ahora cuando salga. ¿Cuánto es?

—Cincuenta y seis pesetas.

—¿Necesitas más dinero, verdad?

Maximina bajó los ojos ruborizada.

—Debo el salario á Juana.

—Esta tarde te lo traeré.

Pronunció estas palabras sin saber bien lo que decía. ¿Á dónde iba á buscarlo? El tío Bernardo hacía algunos meses que había ingresado en un manicomio de París. D.ª Martina y su familia se habían ido á vivir á este punto para estar á su cuidado. Enrique no estaba en situación de proporcionárselo. Su madrastra se hallaba fuera, y tenía sólo lo suficiente para vivir con decencia. Además, le causaba una repugnancia invencible pedir algo de lo que había dado. No quedaba persona de la familia á quien pedir, más que el tío Manolo. A él se dirigió.

El tío Manolo, varón grave y de excelente doctrina, aunque sabía la ruina de su sobrino no pensaba que fuese tan completa. Quedó con la boca abierta al escuchar la demanda. Sacó del cajón los cuarenta duros que le pedía y se los entregó. Miguel, por ciertas palabras que se le escaparon, comprendió que se imponía mayor sacrificio de lo que cualquiera podía figurarse. Sospechó, ó por mejor decir, tuvo casi la certeza de que su tío yacía en una vergonzosa servidumbre. La intendenta no había querido, al parecer, abandonar la administración de su hacienda y le daba todos los meses una cantidad para sus gastos particulares, que continuaban siendo, como siempre, muy crecidos y «completamente indispensables». Salió, pues, mal impresionado de aquella entrevista y convencido de que arrancarle dinero en aquella situación al tío Manolo era darle un disgusto muy gordo.

Después de este suceso, penetrado de que no debía esperar socorro de sus parientes, afanóse doblemente en buscar trabajo, cualquiera que él fuese. Pero todas sus tentativas se estrellaban contra la mala suerte que sin piedad le perseguía. En unos sitios no había colocación, en otros, sabiendo que era un señorito, y no había estado en oficina alguna, desconfiaban de él. En las redacciones de los periódicos fué donde mejor le recibieron; pero como en aquella época y aun en ésta los asuntos económicos de la prensa suelen estar bastante embrollados, por buena voluntad que tuvieran los directores no era fácil asignarle un sueldo. Los más le daban palabra de colocarle en cuanto hubiera una vacante. Mas á él lo que le hacía falta, pronto, muy pronto, era algún dinero para comer, y los días se pasaban y éste no llegaba. Sin que lo supiese Maximina, empeñó una botonadura de oro y una sortija, recuerdos de su padre.

Por fin, el propietario de un diario de la tarde le dió palabra rotunda de asignarle cuarenta duros al mes, desde el próximo. En el que estaban, por ciertas dificultades de la administración, no podía pagarle. Nuestro héroe trabajó un mes entero gratis. Al comenzar el segundo, como necesitaba con urgencia algunos recursos, le pidió que le adelantase algún dinero. Entonces, el director propietario, adoptando ese continente entre dolorido y diplomático que toman todos los que van á negarse á una pretensión justa, pero incómoda, le pintó con negros colores la situación administrativa del periódico, la dificultad de hacer efectivos algunos créditos á su favor, la necesidad que tenían todos los redactores de «arrimar el hombro para sostener aquella empresa naciente», etc.

—Amigo Huerta—le contestó Miguel bastante desabrido,—el hambre me tiene demasiado flaco para poder arrimar el hombro á ninguna empresa; antes bien, necesito yo que me apuntalen para no caerme.

No fué posible sacarle un cuarto. Nuestro héroe se despidió indignado, tanto más cuanto que sabía que todo el dinero recaudado pasaba íntegro á la caja particular del director, quien se daba con él una vida de príncipe.

Comenzó entonces para los jóvenes esposos una existencia triste y acongojada. Miguel no pudo ocultar por más tiempo sus apuros. Uno á uno, los pocos objetos de valor que en casa tenían fueron pasando á las de préstamo, donde apenas les daban por ellos la quinta parte de su valor. Á menudo, el joven se desesperaba y maldecía de su suerte, y hasta hablaba de ir á pegar un tiro al Conde de Ríos y otro á Mendoza. Maximina, en estas crisis dolorosas, le consolaba, le animaba infundiéndole esperanzas, y cuando ya no podía más, con sus lágrimas conseguía enternecerle y alejar de su mente las malas ideas. Serena siempre y risueña, hacía esfuerzos heroicos por distraerle apelando al recurso supremo del niño. Ocultaba cuidadosamente los trabajos que en su ausencia ejecutaba, para que al llegar no notase ninguna falta.

La miseria, no obstante, les iba estrechando de día en día. Llegó, por fin, aquel en que materialmente no tuvieron una peseta en casa ni de dónde les viniese. En la tienda de ultramarinos no querían fiarles el alimento. Miguel, ocultándose de su esposa, tomó una levita, la envolvió en un papel y la llevó á empeñar. No le dieron más que dos duros. Á la vuelta, como viniese meditando en el modo de salir de aquella angustiosa situación, no viendo manera de encontrar empleo, tomó de pronto una resolución violenta, la de trabajar materialmente. Con el rostro contraído por una expresión dolorosa, se dijo mientras caminaba: «Antes que mi mujer padezca hambre, soy capaz de todo... ¡de todo!... de robar inclusive. Voy á intentar el último recurso».

Cerca de su casa había una imprenta, en la cual, durante los días de desaliento, cuando acababa de recibir algún desengaño, solía pasar largas horas mirando trabajar á los cajistas ó entreteniéndose en desempeñar él mismo alguna tarea fácil. El dueño era un buen hombre y mantenía con él muy cordiales relaciones. Entró en ella, y llamándole aparte le dijo:

—D. Manuel, me encuentro sin recursos para vivir. Por más que he trabajado en estos últimos meses no he podido obtener una colocación. ¿Quiere usted recibirme de aprendiz en su imprenta dándome algo á cuenta de los jornales futuros?

El impresor le miró con tristeza.

—¿Tan mal se encuentra usted, D. Miguel?

—En la última miseria.

Meditó unos instantes el dueño de la imprenta, y le dijo:

—Antes que usted se pusiera en condiciones de componer con alguna velocidad, se pasaría mucho tiempo... Además, no está bien que un caballero se ensucie las manos con la tinta. Lo único que usted puede hacer aquí es ayudar al corrector. ¿Tiene usted inconveniente?

—Estoy dispuesto á hacer cuanto usted me mande.

Pasó aquel día, en efecto, leyendo pruebas. Á la noche, el dueño le dijo que le señalaba de sueldo tres pesetas diarias hasta que despidiese al corrector, que era un gran borracho. Al tiempo de despedirse le metió en la mano un billete de diez duros como anticipo.

—Gracias, D. Manuel—le dijo conmovido.—En usted, que es un hijo del trabajo, he hallado más generosidad que en todos los caballeros que he visitado hasta ahora.

Durante algunos días trabajó cuanto pudo, cumpliendo á conciencia su tarea. Esta era pesada y molesta en grado sumo. Le tenía ocupado desde por la mañana temprano hasta la noche. Por otra parte, el sueldo reducidísimo no le bastaba ni aun para comer patatas; y aunque el impresor tenía deseos de echar al corrector y nombrarle en su lugar, Miguel se oponía por ser éste un padre de familia y no tener otro recurso para vivir.