XXIX
N esta apurada y tristísima situación se encontraba cuando cierta tarde, acabando de subir de la imprenta, llamaron á la puerta. Juana le anunció que un caballero anciano deseaba hablarle. Mandó que le dejase pasar, y al instante penetró en su despacho el boticario Hojeda.
—¡D. Facundo!—exclamó con sincera alegría.
—Yo soy, Miguelito, yo soy. Vengo furioso. ¿No me lo conoces en la cara? Tengo que reñir muchísimo contigo. ¿A quién se le ocurre más que á ti, descastado, andar por esos mundos de Dios solicitando una colocación y no haberte acordado de un amigo tan antiguo como yo? Bien se conoce que soy un pobre viejo que no sirve para nada.
—No es eso, D. Facundo, no es eso... Es que como nuestras profesiones son tan distintas... Además, temía que lo llegase á saber mamá...
No hallaba disculpa. La verdad es que se había olvidado de aquel santo varón.
—Nada, hombre, nada, que eres un ingrato. Te olvidas de los que te quieren, y vas á pedir favores á hombres que no han conocido á tu padre siquiera.
—Tiene usted razón.
—Vaya, ya te he reñido bastante. Vamos ahora á lo que nos interesa. Te vengo á ofrecer una colocación en el Banco de Andalucía. Hace más de un mes que la vengo solicitando. Por fin hoy la han puesto á mi disposición. Son sesenta duros al mes. ¿Te conviene?
Miguel por toda contestación le apretó con fuerza la mano. Después de un momento exclamó, con los ojos arrasados de lágrimas:
—¡Si supiera usted, D. Facundo, á qué tiempo llega!
—No tienes recursos, ¿verdad?
—Ni una peseta.
—¿No has hallado ningún empleo?
—Sí, uno de ayudante de corrector de pruebas en la imprenta de ahí abajo.
—¿Cuánto ganas?
—Tres pesetas al día.
—¡Jesús! ¡Jesús!—exclamó el boticario llevándose las manos á la cabeza y quedando pensativo.
Tuvo la delicadeza de no preguntarle nada acerca de su ruina. Sin embargo, Miguel se espontaneó á contarle todos los pormenores. Cuando estuvo bien enterado, le dijo:
—Mira, Miguel, voy á suplicarte un favor.
—Usted dirá.
—Que aceptes estas mil quinientas pesetas—dijo poniendo los billetes sobre la mesa.—Soy soltero: el dinero que tengo me sobra.
—D. Facundo, no puedo...
—Te lo exijo en nombre de la amistad que me unía á tu padre.
No hubo más remedio que tomarlas.
—Tienes que darme palabra, además, de que si no te bastasen los sesenta duros para vivir y te encuentras en algún apuro, acudirás á mí primero que á nadie... No me marcho sin esa palabra.
Así se lo prometió el hijo del brigadier. Llamó después á Maximina y estuvieron largo rato charlando los tres de cosas indiferentes. D. Facundo quiso volverse loco con el niño. Al tiempo de despedirse, Miguel le retuvo por la mano, y muy conmovido le dijo:
—D. Facundo, renuncio á decirle á usted lo que en este momento pasa por mi corazón. Le repito únicamente lo que en otro tiempo le dije: ¡Es usted una gran persona!
—Miguelito, si vuelves á decirme esas tonterías, no vengo más á tu casa.
—Entonces, ¿cómo quiere usted que llamemos á los que sólo se presentan donde hay una desgracia que aliviar?
Con aquella oportuna visita terminó, á Dios gracias, la congoja de nuestros esposos. Los sesenta duros, bien manejados, bastaron para que viviesen satisfechos. Sin embargo, Miguel no quiso perder la conyuntura de la plaza del Consejo de Estado, y cuando se efectuaron las oposiciones, llevó una dotada con cuatro mil pesetas. Renunció en seguida al empleo del Banco que le daba demasiado trabajo. Con este sueldo y tres ó cuatro mil reales más que sacaba escribiendo, de vez en cuando, artículos en periódicos y revistas, se consideró enteramente dichoso.
Y lo era en efecto. La pobreza fortificó todavía más el lazo de su matrimonio. Los crueles desengaños que la sociedad le había hecho experimentar, le hicieron ver en su hogar el único sitio donde residía la verdadera dicha, un rincón del cielo donde Maximina hacía el papel de ángel. El amor que la tenía no creció, porque esto era imposible; pero sí su admiración. El alma sublime de esta niña no se le había mostrado tan admirable, tan digna de ser adorada de rodillas, como en los críticos y angustiosos días que acababan de pasar. Tan grande llegó á ser el amor y la admiración en nuestro héroe, que cuando hallaba en su despacho algún objeto olvidado de Maximina, lo besaba con ternura y respeto como si fuese una reliquia.
En las horas que le dejaba libre la oficina, entregóse con pasión al estudio. Salía poco de casa. Cuando lo hacía, generalmente era para leer en el Ateneo los libros que no podía comprar.
—¡Mucho lee usted, amigo Rivera!—le decía algún socio, poniéndole la mano en el hombro.
—Es que no tengo dinero—contestaba riendo.
Cuando volvía de allá á las diez y media ó las once de la noche, su esposa acababa de meterse en la cama. Era aquél el momento más feliz para Maximina. Desde el nacimiento del niño dormían separados: ella en un cuarto de dos camas, con Juana; él, solo, en otra alcoba. Al volver de noche se complacía Miguel en llevarle á la cama algún manjar, bien que lo trajese de la calle, bien de lo que había en casa, pues, á causa de hallarse lactando y tener el niño ya quince meses, sentía á esas horas mucha debilidad. ¡Qué placer tan grande para la pobre niña ver llegar puntualmente á su marido presentándole una raja de jamón ó alguna golosina de dulce! Si se extralimitaba trayéndole alguna cosa cara, le decía:
—Esto tiene que durar tres días.
Y quieras ó no, había que dividirlo en tres partes.
Miguel la veía comer con cierto arrobamiento sensual. Servíale el vino, partíale el pan y después retiraba todos los enseres. Y en voz baja, para no despertar al niño, que dormía en su cuna, charlaban á veces una hora y más. Juana, mientras tanto, dormía, vestida, sobre la cama, allá en un cuarto cerca de la cocina. Miguel, al retirarse al suyo, la despertaba (empresa no muy fácil), y ella, tambaleándose de sueño, venía á continuarlo cerca de su señorita.
El joven de los quince meses les proporcionaba, sin saberlo, más recreo que todos los tenores de ópera y zarzuela juntos. Ya caminaba (si es que puede aceptarse como tal el ir haciendo eses como un borracho) desde los brazos del papá á los de la mamá y viceversa. La tiranía que en la casa ejercía era verdaderamente escandalosa. Sobre todo, con Maximina se portaba de un modo bastante grosero, sin que esto sea tratar de ofenderle. Porque constándole muy bien que ella era la que con su propia sangre le suministraba el sustento, no sólo no le guardaba las altas consideraciones á que era acreedora, sino que la posponía, evidentemente, á Juana. Y esto no motivado en otra cosa sino en que la moza guipuzcoana le hacía reir más con sus carocas y bailoteos. La pobre Maximina no acababa de creer en esta cruel preferencia. Un día, después de almorzar, jugando los tres con el niño en el pasillo, Juana quiso demostrárselo.
—Anda, vé con tu mamá—le dijo al chiquillo.
Pero éste se agarraba con fuerza á ella.
—Está visto que á ti sólo te quiere cuando tiene hambre—le dijo Miguel para embromarla.
Maximina se puso triste y enfadada y trató de arrancar á Juana el niño; pero éste se defendía chillando.
—Vaya, ¿á que viene para mí?—dijo Miguel.
En cuanto el papá abrió los brazos, el caprichoso infante se echó en ellos.
—¿Lo ves?—exclamó levantándole triunfante.
Entonces Maximina, dolorida y avergonzada, tanto más cuanto que su marido y Juana se reían á carcajadas de su derrota, quiso arrancárselo á viva fuerza. Miguel huía. Ella, cada vez más nerviosa y afligida, pugnando por no llorar, corría detrás de él. Por fin, no pudiendo alcanzarle, se retiró al despacho. Allí la encontró poco después Miguel, en pie, arrimada á la chimenea, tapándose los ojos con una mano en actitud de llorar. Avanzó suavemente, puso el niño en el suelo y le dijo:
—Anda, pide perdón á tu mamá y díle lo que me acabas de decir en secreto: que la quieres más que á nadie.
Al mismo tiempo acercó la boca del infante á la mano que tenía pendiente su esposa.
Al sentir el contacto de los labios frescos y húmedos de su hijo, la niña volvió la cabeza para mirarle. Al través de las lágrimas brilló en sus ojos una sonrisa de amor y perdón que es lástima que aquel ingrato arrapiezo no hubiese podido apreciar.
Una noche, después de comer, Miguel se emperezó como muchas veces y no quiso salir. Fueron al despacho y Maximina se puso á leerle el periódico. Después, sentada la esposa sobre las rodillas del esposo, comenzaron á departir, según costumbre, contándose las menudencias del día.
—¿Sabes que he tenido esta tarde una visita?—le dijo ella.
—¿Quién ha estado?
—Un joven—dijo la niña sonriendo maliciosamente.
Miguel no pudo reprimir un leve fruncimiento de cejas. Era muy celoso, como todo el que ama realmente, por más que procuraba ocultarlo cuidadosamente.
—¿Quién era el joven?
El tono un poquito áspero de la pregunta no se le escapó á Maximina.
—El cura de Chamberí.
—¿El viejecito que dice la misa de nueve?
—El mismo... Conque no te gustaba que fuese un joven, ¿eh, pícaro?—añadió abrazándole cariñosamente.
—¿Y á qué vino el cura?—preguntó Miguel rehuyendo, á su vez, la pregunta de su esposa.
—A empadronarnos... Me he reído un poco. Le abrí yo la puerta y me dice:—«Hola, niña, anda vé á decir á tu mamá que está aquí el párroco de Chamberí.»—«No tengo mamá»—le respondí.—«Entonces á la señora de la casa.»—«Soy yo»—le dije muerta de vergüenza.—Comenzó á hacerse cruces diciendo:—«¡Ave María, Ave María, qué jovencita!...»—Todavía se admiró más al saber que hace ya dos años y tres meses que estamos casados.
—Es claro, con esa carita redonda de niño llorón das un chasco á cualquiera.
—Eso debe de ser, porque no soy una niña ya; el mes que entra cumplo diez y ocho años.
Antes de irse á la cama abrieron el balcón para disfrutar un poco del espectáculo del cielo estrellado, apagando la luz previamente.
Era una noche tibia y serena de las postrimerías de Abril. Como se hallaban en un piso tercero, y aquel barrio estaba aún poco urbanizado, descubrían más de la mitad de la bóveda estrellada. En pie los dos, apoyada Maximina en el hombro de su esposo, contemplaron largo rato en silencio aquel espectáculo que eternamente será el más sublime de todos.
—¡Qué grande y qué hermosa es aquella estrella, Miguel! ¡Qué luz tan pura y tan blanca despide!—dijo Maximina apuntando al cielo.
—Es Vega. Pertenece á la constelación de la Lira y es la mas bella de nuestro hemisferio. Por lo demás, no es más grande y más hermosa que las demás, sino porque está á menor distancia: es una de las tres más próximas á nosotros.
—Aunque la hermana San Onofre nos lo estaba repitiendo siempre, yo no puedo figurarme que la tierra sea una estrella como esas, y más pequeña todavía.
—¡Y tan pequeña, Maximina! Cada una de las estrellas que ves, es millares y aun millones de veces más grande que la tierra. Nuestro sistema planetario, en el cual somos de lo más pobre é insignificante, forma parte de esa gran nebulosa que cruza el cielo como una faja blanca. Cada partícula de ese polvo es un sol como el nuestro en torno del cual giran otras tierras que, como la nuestra, no tienen luz propia. Para que te figures su tamaño, te diré que esta nebulosa está aislada en los cielos como una isla y tiene la figura de una lente; pues bien, para llegar un rayo de luz desde un extremo del eje mayor de esa lente al otro tarda diez y siete mil años. ¡Y la luz recorre setenta mil leguas por segundo!
—¡Madre mía, qué espanto!
—Pues esto no es nada. Nuestra nebulosa es una de tantas como pueblan el espacio. Hay otras muchísimo mayores. Con el telescopio constantemente se están descubriendo nuevas. Se inventa un telescopio de mayor fuerza que los anteriores, y entonces las nebulosidades se reducen á estrellas; pero más allá se encuentran nebulosidades que antes no se veían. Viene un telescopio de mayor potencia aún, y aquellas nebulosidades á su vez se reducen á estrellas; pero más allá aparecen nuevas nebulosidades... y así sucesivamente.
—¿De modo que el cielo no tiene fin?
—Es de presumir.
Maximina quedó unos instantes pensativa.
—¿Y en esos mundos habrá habitantes, Miguel?
—No existe razón alguna para que no los haya. Las observaciones que podemos hacer en nuestro sistema planetario acusan en los demás astros condiciones de vida muy semejantes á las nuestras... ¿Ves esa estrella grande y hermosa también como Vega? Es Júpiter, un hermano nuestro; pero un hermano mayor... mil cuatrocientas veces mayor que nosotros. Es un hermano privilegiado, el mayorazgo, como si dijéramos, del sistema. El día dura allí cinco horas y la noche otras cinco; mas como tiene cuatro satélites que le iluminan constantemente, y largos crepúsculos, puede decirse que las noches no existen. Las estaciones casi tampoco. Reina en toda su superficie una primavera eterna. Para nosotros es el símbolo ó ideal de una existencia feliz. ¿Por qué no han de existir habitantes en este mundo afortunado?
Volvió á quedar pensativa la niña, y dijo al cabo de un momento:
—¿Cómo se sostendrán esos mundos en el espacio y caminarán eternamente sin chocar?
—Se sostienen y viven por el amor... Sí, por el amor—repitió viendo la curiosidad pintada en los ojos de su esposa.—El amor es la ley que rige todo el universo. La ley sublime que une tu corazón al mío, es la misma que une á todos los seres de la creación, manteniéndolos, sin embargo, distintos. Unos somos en Dios, en el Creador de todas las cosas, pero gozando al mismo tiempo del hermoso privilegio de la individualidad... Sin embargo, este gran privilegio es al mismo tiempo nuestra gran imperfección, Maximina. Por él, estamos separados de Dios. Vivir eternamente unidos á El, dormir en su seno como el niño en el regazo de su madre, esa es la aspiración constante de la humanidad. El hombre que siente más viva y más imperiosamente esa necesidad, es el más bueno y el más justo. ¿Qué significa la abnegación ó el sacrificio? ¿Es por ventura otra cosa que la expresión de esa voz secreta que reside en nuestra alma, y que nos dice que amarse á sí mismo es amar lo finito, lo imperfecto, lo efímero, y amar á los demás es unirse con anticipación á lo Eterno? ¡Ay del hombre que no acude al llamamiento de esta voz! ¡Ay del que cierra los oídos á los suspiros de su alma y corre desalado en pos de los fenómenos fugitivos! Ese hombre será siempre un esclavo miserable del tiempo y la necesidad.
Miguel se iba exaltando á medida que hablaba. Maximina escuchábale con los ojos extáticos. No comprendía enteramente sus palabras, pero veía bien claro que todo lo que salía de los labios de su esposo era noble y elevado y religioso, y esto le bastaba para estar de acuerdo con él.
Habló todavía largo rato. Al fin, calló de pronto. Ambos quedaron silenciosos contemplando la inmensidad de los cielos. Una misma emoción grave y pura se había apoderado de ellos. Arrobados en la contemplación, escuchaban los acordes misteriosos de su alma, que, sin el intermedio de la palabra, por una especie de potencia magnética, se trasmitían de un corazón á otro. Al cabo de un rato, Maximina dijo en voz baja:
—Miguel, ¿quieres que recemos un Padre Nuestro?
—Sí—respondió él estrechándola suavemente una mano.
La niña dijo el Padre Nuestro con verdadera unción. Su esposo le contestó con igual fervor.
Jamás en su vida, ni antes ni después, nuestro héroe se encontró más cerca de Dios que en aquel momento.
La noche iba avanzando. El reloj del despacho vibró con doce campanadas. Cerraron el balcón y encendieron las luces para irse á acostar.