XXX

ESPIDIÉRONSE á la puerta del cuarto de Maximina. Esta nunca veía marcharse á su esposo sin tristeza. Aunque se resignaba á la cruel separación, porque el niño solía llorar y á Miguel le dolía la cabeza cuando pasaba mala noche, no era sin hondo y secreto pesar. Embargado todavía por la emoción, el joven se detuvo un momento con la luz en la mano, y viendo la tristeza que se pintaba en los ojos de su esposa, se le ocurrió de pronto una idea.

—Oyes, ¿quieres venirte á dormir hoy conmigo?

La niña le miró asombrada.

—¿Cómo?

—Nada, te vienes ahora á mi cuarto.

—¿Y el niño?

—Lo llevamos con nosotros.

En los ojos de Maximina brilló una chispa de gozo.

—¿Y Juana?

—A Juana la mando que venga á acostarse, y asunto concluído.

—¿Pero qué va á decir cuando se encuentre sola en el cuarto?

—Que diga lo que quiera.

Dicho y hecho. Maximina, vacilante todavía, un poco pálida y temblorosa como si fuera á cometer alguna grave travesura, pero brillándole los ojos con íntima alegría, levantó al niño de la cuna y lo trasportó á la cama de Miguel. Después entre los dos trasportaron la cuna. En seguida, aquél fué á avisar á Juana; pero antes Maximina se apresuró á encerrarse en el cuarto de su esposo. Una vez despierta la doméstica, él también se encerró. Por el agujero de la llave, Maximina la vió cruzar por el pasillo.

—¡Qué va á decir, Dios mío, qué va á decir?—exclamó levantando el rostro ruborizado hacia su esposo.

—Que tenemos gana de pasar una noche juntos—contestó él riendo.

Aquella vergüenza de su mujer, que era una prueba de su carácter inocente y pudoroso, le hacía gracia y le entusiasmaba.

La niña, una vez convencida de que Juana se estaba acostando, pues oyó cerrar la puerta del cuarto, se entregó sin reserva á la alegría.

—¡Cuánto tiempo hace que no pasamos una noche juntos! ¿verdad, Miguel?

Y se apresuraba con alegría infantil á despojarse del vestido. En medio de la operación soltaba una carcajada.

—¡Qué cara habrá puesto Juana no viendo á nadie en la alcoba!

—Esta cama es más estrecha que la nuestra. ¿Estarás incómoda?—decía Miguel.

—¡Si es casi matrimonial, chico! ¿de dónde sacas que es estrecha?—respondía ella dispuesta á encontrar magnífico un lecho de hojas en aquel momento.

La primer noche de bodas se repitió para nuestros esposos; pero más grata aún, porque la confianza había crecido. También el amor; y había adquirido, además, un carácter elevado y espiritual, gracias al fruto inocente que dormía cerca de ellos.

Por la mañana, después de tomar el chocolate, Maximina se sintió un poco indispuesta. Achacáronlo á una pequeña indigestión y no le dieron importancia. Todo aquel día lo pasó con el cuerpo muy pesado, pero en pie. Cuando vino Miguel de la oficina, estaba echada sobre la cama. Al oir la campanilla se levantó prontamente y salió como siempre á recibirle. Sin embargo, no tardó en tumbarse nuevamente. Se levantaba á cada paso para cualquier menudencia; pero en seguida se acostaba, unas veces sobre la cama de Miguel, otras sobre la suya.

—Voy á llamar al médico—le dijo éste.

Maximina se opuso resueltamente. Lo único que se logró fué que consintiese en llamarlo al día siguiente, con tal que no siguiese mejor. Confiaba en absoluto en amanecer buena y sana. Sin embargo, no fué así. Despertó con alguna destemplanza y Miguel se opuso á que se levantase. Se llamó á un médico que había en el barrio, viejo y práctico, el cual, después de pulsarla y mirarle la lengua, declaró que tenía alguna fiebre, sin que en la apariencia existiese indigestión. Miguel, en vista de esto, no quería ir á la oficina; pero su esposa tanto le instó, que al fin se decidió á ello, prometiendo venir temprano. Por la tarde, la calentura había aumentado un poco. Estaba tranquila, sin embargo. Sólo de vez en cuando, como si tuviese alguna opresión, daba altos y prolongados suspiros.

Por la mañana, el médico la halló con bastante fiebre; pero no podía aún afirmar de dónde emanaba, pues las frecuentes y largas inspiraciones que la obligaba á hacer, eran perfectas y no acusaban ningún síntoma catarral. Tampoco ofrecía síntomas gástricos. Inclinábase á creer que fuese una fiebre reumática, porque días antes, al aparecer, se había quejado de dolores en la espalda; mas no se atrevía á asegurarlo. Miguel fué á la oficina, pero volvió á las dos horas. El médico le dejó el termómetro para que de vez en cuando le tomase la temperatura y la apuntase en un papel. Como no podía dar el pecho á su hijo, la leche acumulada la molestaba vivamente, á pesar de que procuraban extraérsela con pezoneras y la daban unturas de manteca.

Al día siguiente la calentura fué en aumento. El médico se inclinó entonces á creer que la fiebre era nerviosa, porque los síntomas reumáticos no se determinaban bien. Le recetó el valerianato de quinina en píldoras, y una poción. Miguel fué á la oficina, á prevenir al jefe nada más. Detúvose, sin embargo, á hablar con los compañeros, entre los cuales había uno que estudiara la carrera de medicina, aunque no con gran lucimiento.

—¿Qué tiene su señora?—le preguntaron.

—No sé. El médico vacila entre si es una fiebre reumática ó nerviosa.

—Hombre, no comprendo qué tiene que ver una fiebre con otra—dijo con tono de suficiencia el empleado médico.—De todos modos—añadió,—pida usted á Dios, amigo Rivera, que no sea fiebre nerviosa.

Miguel, al escuchar aquellas palabras, quedó helado. Por su cuerpo pasó un estremecimiento singular. Hizo un esfuerzo sobre sí mismo, y dijo con voz alterada ya:

—El médico me manda tomarle la temperatura á menudo...

—¿Y qué grados tiene?

Aunque no sabía la relación que los grados guardaban con la fiebre, aterrado con las palabras de antes, no se atrevió á decir que tenía cuarenta y uno y unas décimas, y respondió:

—Cuarenta.

—No puede ser; esa ya es una fiebre muy alta... Vamos, amigo Rivera, se conoce que usted entiende más de filosofía que de tomar temperaturas.

—Sí, Rivera, debe usted estar equivocado—dijo otro.

Quedó clavado al suelo. Se puso horriblemente pálido y estuvo á punto de caer.

Notando los compañeros su palidez, comenzaron á animarle.

—Hombre, no se asuste usted... De seguro ha padecido una equivocación. Además, aunque así no fuese, no es caso extremo...

Un compañero, por darle más alientos, le dijo al oído:

—No haga usted caso de ese majadero. ¡Qué sabe él de fiebres, si no ha abierto en su vida un libro!

No obstante, llevaba ya la puñalada en el corazón. Salió de los Consejos con el semblante alterado y tomó un coche, porque se sentía desfallecer. Entró precipitadamente en el cuarto de su esposa.

—¿Cómo te sientes?

—Bien—contestó la niña sonriéndole dulcemente.

—A ver la temperatura—dijo, y se apresuró á meterle el termómetro debajo del brazo.

Su corazón latía apresuradamente. No pudiendo resistir quieto el tiempo que el termómetro debía estar allí, comenzó á pasear por la alcoba. Al fin, con mano trémula lo sacó y fué corriendo á la ventana, que estaba entornada; la abrió un poco más y miró. La temperatura había subido aún algunas décimas. Estaba tocando en los cuarenta y dos grados.

No pudo articular una palabra.

—¡Qué manía tienes con ese dichoso tubito!—dijo Maximina.—¿Para qué sirve?

—No sé; me lo manda el médico... Voy á apuntar la temperatura.

En vez de ir al despacho entró en su alcoba y se dejó caer de bruces y sollozando en la cama.

—¡Me han matado! ¡Me han matado!—murmuraba mientras bañaba con sus lágrimas las almohadas.

Cerca de media hora estuvo así sin cesar de repetir entre sollozos:—¡Me han matado! ¡Me han matado!

En efecto, una estocada por la espalda no le hubiera hecho más efecto que la idea espantosa que en la oficina le habían sugerido.

Al fin se levantó, lavóse los ojos con agua fresca, y entrando en el cuarto de su mujer otra vez, le dijo que iba á avisar á D. Facundo, porque no les perdonaría el no haberlo hecho. Cuando salía llamaba á la puerta la vecina del cuarto de enfrente, que venía á ofrecerse para todo, «absolutamente para todo». Era una buena señora, viuda de un coronel, y que tenía un hijo teniente que le daba bastantes disgustos. Aunque sólo había hablado algunas palabras con Maximina en la escalera, se conocía que le había sido extremadamente simpática. Miguel se lo agradeció mucho, y la introdujo en la alcoba, marchándose él en seguida.

Necesitaba desahogar el pecho con alguna persona; por eso fué en busca de D. Facundo. En cuanto le vió se echó á llorar como un niño. El pobre señor trató de consolarle como pudo.

—Eres muy impresionable, Miguelito. ¡A quién se le ocurre ponerse así cuando el médico no ha dicho aún que hubiese peligro! Pero de todos modos, ya que estás alarmado, bueno será que se celebre una junta de médicos, aunque no sea más que para tranquilizarte.

—¡Sí, sí, D. Facundo, quiero que haya junta!—exclamó el atribulado joven, como si de aquello dependiese enteramente la salvación.

—Bueno, yo avisaré á los médicos. Habla tú con el de cabecera para que no se ofenda.

Salió de la botica más tranquilo. Cuando llegó á casa, Maximina deliraba un poco.

—Se empeña—dijo la viuda del coronel—en que detrás de la cabecera hay una puerta abierta y le entra mucho frío.

—¿Cómo te sientes?—le preguntó Miguel, poniéndole una mano sobre la frente.

—Bien; pero entra mucho frío por esa puerta que hay aquí detrás.

—Tienes razón; voy á cerrarla.

Hizo ademán de ello, y quedó un momento tranquila. El joven quiso después besarla; pero ella le rechazó, diciéndole, muy apurada, en voz baja:

—¿Cómo eres tan desvergonzado? ¿No ves que está ahí esa señora?

Ni aun delirando se amortiguaba en aquella criatura el sentimiento del pudor.

Pasó la tarde bastante agitada, delirando á ratos. Además de la manía de la puerta se le figuraba que venían algunos hombres á cogerla. Cuando Miguel se acercaba al lecho le decía con terror:

—¡Mira, mira ese hombre que me quiere llevar!

—No tengas cuidado, preciosa; mientras yo esté aquí no te llevará nadie.

La voz y las caricias de su marido la volvían, como por encanto, á la razón y la sosegaban por algunos minutos.

La viuda se empeñó en quedarse á velar aquella noche porque hacía dos que ni Juana ni Miguel dormían.

Éste fué á tumbarse sobre su cama, encargando que si tuviera la menor novedad se le llamara.

Y, en efecto, la viuda le llamó á medianoche, diciéndole que Maximina se negaba á tomar la poción y se hallaba bastante agitada. Levantóse inmediatamente y fué al cuarto corriendo. Su esposa, por la lucha que había tenido que sostener con aquella buena señora, estaba agitadísima, con el rostro fuertemente encendido y los ojos extraviados. No conoció á su marido. Éste, viéndola en aquella situación, perdió todos los ánimos y rompió á llorar. Entonces Maximina le miró con fijeza. Sus ojos perdieron de pronto aquella terrible expresión delirante; incorporóse en la cama, y acercando su rostro al del joven, le preguntó:

—¿Por qué lloras, mi vida, por qué lloras?

—Porque te niegas á tomar las medicinas, y así no puedes sanar.

—La tomaré, la tomaré; ¡no llores, por Dios! Dámela.

Y bebió con avidez la cucharada que le presentó.

—¿No llorarás ya, verdad?—le preguntó ansiosamente después, y, oyéndole decir que no, le besó repetidas veces la mano.

Por la mañana se celebró la junta de médicos. Uno por uno fueron viendo á la enferma.

—¡Qué cansada estoy de enseñar la lengua, Miguel!—exclamó con un gesto cómico, que le hizo reir, á pesar de su tribulación.

Los médicos no pudieron afirmar resueltamente dónde residía la fiebre. Inclináronse todos, sin embargo, á creer que era en el centro nervioso. Lo que en su concepto hacía falta, á todo trance, era que la temperatura bajase por cualquier medio. Para ello recetaron la antipirina.

Corrió el mismo Miguel á buscarla. El éxito fué rapidísimo. Á las pocas horas de tomarla, la fiebre había bajado dos grados. Por la mañana, sólo marcaba el termómetro treinta y nueve y unas décimas. Habían desaparecido la inquietud y el delirio. Tan bien se encontró, que Miguel no dudó que á los cuatro ó cinco días podría levantarse de la cama. El exceso de alegría le agitó de tal modo, que no pudiendo permanecer en casa, salió á tomar el fresco de la mañana, á pesar de haber velado aquella noche. Dió una vuelta por el Retiro. La mañana estaba fresca y hermosa. El gozo que inundaba su alma le hacía ver en el sol radioso, en el canto de las aves, en el follaje de los árboles, bellezas misteriosas que antes no había logrado percibir. Poco le faltaba para abrazar á los solitarios paseantes con quienes tropezaba.

Mas ¡ay! no sabía que aquel remedio cumple su cometido cuando refresca la sangre encendida, sin tener facultades para destruir la enfermedad. La temperatura comenzó de nuevo á elevarse á la caída de la tarde. Tan ilusionado estaba, que lo achacó al recargo natural que padecen todos los enfermos en esa hora, y no le concedió importancia. El médico tampoco le dijo nada que pudiera alarmarle. Á las once se fué á acostar, dejando á Juana velándola. La voz de ésta le sacó del sueño profundo en que yacía.

—¡Señorito!, señorito, la señorita se pone peor!

La voz con que despiertan á un condenado á muerte para llevarle al suplicio, no sonó jamás tan terrible como aquella para Miguel. Se puso en pie de un brinco. Corrió al cuarto. Maximina tenía los ojos cerrados. Al entrar él los abrió, quiso sonreir, y de nuevo los cerró... para no abrirlos jamás. Eran las cuatro de la madrugada. Juana avisó corriendo al médico, llamando antes en el cuarto de al lado. La viuda del coronel afirmó que aquello no era más que un síncope. Entre ella y Miguel le pusieron unos sinapismos. Se avisó al cura. Pocos minutos después llegaba, al mismo tiempo que el médico. ¿Para qué?

Miguel recorría el pasillo sin cesar, pálido como un espectro. De pronto se detuvo y quiso penetrar en el cuarto de su esposa. La viuda, el sacerdote y el médico le pusieron las manos en el pecho.

—¡No; no entre usted, Rivera!

—Lo sé todo: déjenme ustedes paso.

En su mirada y actitud comprendieron que era inútil oponerse.

Se arrojó sobre el cuerpo de su esposa, del cual aún no había desaparecido el calor y la vida por completo, y lo besó con frenesí por algunos minutos.

—¡Basta, basta! Se está usted matando—le decían.

Al fin consiguieron arrancarle.

—¡Mejor que tú—gritó dándole el último beso—no la ha habido ni la habrá sobre la tierra!

—¡Dichosos, hijo mío, los que al morir pueden escuchar semejantes palabras!—respondió el anciano sacerdote.

Sacáronle de allí. Fué derecho á su escritorio y se arrimó al balcón. Aún no había amanecido por completo. La consternación secó sus lágrimas. Inmóvil, con los ojos extáticos y la frente pegada á los cristales, pasó largo rato escuchando en su espíritu la voz reveladora que sólo habla en esta hora suprema. Al cabo pudo oírsele murmurar con voz ronca:

—¡Quién sabe! ¡quién sabe!