XXXI

UÉ más queréis saber? Miguel se tambaleó como el atleta que recibe un golpe en medio de la frente; pero no vino al suelo. En la obligación ineludible de proteger al inocente niño que perdía á su madre cuando comenzaba á balbucir su nombre, halló fuerzas para vivir. Su historia, poco novelesca, se hace menos interesante aún desde entonces. Redúcese casi toda á meditaciones, dudas, esperanzas, abatimientos y borrascas que no salen de los senos arcanos del espíritu. Su relato sólo puede interesar al psicólogo. Abreviemos, pues, esta larga y fatigosa narración.

Consagró la vida entera á su hijo. El trabajo y el estudio, si no aplacaron su dolor, le distrajeron á ratos, dándole también más elevación: trasformóse con los años en honda y grave tristeza que no le quitaba ni espacio ni serenidad para pensar. Ni de día ni de noche se apartaba de su niño. Así que pudo, le llevaba muchas veces con él á la oficina. Colocábalo frente á sí para que, al levantar la cabeza, sus ojos tropezasen con aquel rostro diminuto en el cual buscaba con ansiedad rasgos, gestos, lineamientos de otro que tenía grabado con cincel en el alma. Si querían hacerle feliz por un instante sus amigos, no tenían más que asegurarle que el chico sería con el tiempo un vivo retrato de su madre. En cambio, si alguno le decía que iba á parecerse á él, quedaba triste y meditabundo largo rato. ¡Cuántas veces, sorprendiendo en sus labios ó en sus ojos alguna mueca peculiar de Maximina, hubo estallado en sollozos! La inocente criatura le miraba entonces sorprendida y aterrada, hasta que su padre le cogía en brazos y le decía besándolo apasionadamente:—«¡Dichoso tú que no sabes lo que has perdido!!»—Llevábalo también muchos días al cementerio y le hacía besar después que él la lápida del nicho donde su madre yacía. ¡Oh, si aquellos besos no se filtraban por el mármol y hacían temblar de gozo las cenizas de la niña de Pasajes, bien podéis asegurar que nada en el mundo conseguiría ya removerlas!

No solamente en el hijo veía la imagen viva de su esposa. Cualquier espectáculo grande, cualquier acción heroica, cualquier rasgo de caridad, cualquier obra de arte, sobre todo de música, se la traía súbito á la imaginación y con ella las lágrimas á sus ojos, como si aquella criatura, que ya no existía, estuviese aún unida á todo lo que de noble, hermoso y elevado guarda la tierra. Por eso repitió cuanto pudo estas emociones. Cultivó y acendró el sentimiento religioso, desfallecido algunas veces, pero no extinto jamás en su espíritu; amó las artes; buscó la amistad de los buenos.

Andando el tiempo, aquel Mendoza, su amigo, con quien no había vuelto á hablar desde que, arruinado, se había ido á vivir á Chamberí, llegó á ministro. A nadie le sorprenderá seguramente. Dadas ciertas premisas, las consecuencias son inevitables. Y cuando fué ministro le pasó un recado, no sabemos si por generosidad ó por egoísmo, preguntándole si quería ser su secretario particular, conservando además la plaza en el Consejo de Estado. La carne, flaca, quiso rebelarse un instante oyendo tal proposición. Sin embargo, logró dominarla en seguida y aceptó. Hacía tiempo que á fuerza de llorar y meditar, su vida interior se había emancipado del imperio del orgullo. Tras de terribles sacudimientos, su alma logró romper las cadenas que la ligaban á las pasiones terrestres. Aprendió, para no olvidarla ya jamás, la verdad sublime que eternamente flotará sobre la ciencia humana y será el compendio de todas las verdades, la negación de sí mismo.

Desde que pisó el suelo sagrado de la libertad, su existencia comenzó á deslizarse serena en medio de un reposo dulce y tranquilo. En el piélago de las pasiones humanas, en el torbellino de sus propios sentimientos, tuvo al fin la fortuna de hallarse á sí mismo y comprender lo que era. Su único pensamiento desde entonces fué avanzar más y más por el camino de la libertad, hasta que sonase para él la hora de la emancipación suprema. El solo y más ardiente deseo de su vida fué poder amar la muerte. En tanto, empleó la fuerza santa y divina de la imaginación en crearse un mundo particular y libre donde vivía con su esposa, en la misma dulce comunidad de otro tiempo, compartiendo con ella su amor y sus penas. Al terminar cualquier acto de la vida, nunca dejaba de preguntarse: «¿Lo aprobaría Maximina?» Diariamente se confesaba con ella y le comunicaba los más íntimos secretos del alma. Y cuando tenía la desgracia de caer en el pecado, se apoderaba de él una turbación profunda, pensando que aquel día se había alejado un poco de su esposa. De este modo, participando como criatura divina del augusto privilegio de Dios, logró prestarla nueva vida, ó, por mejor decir, que no muriese jamás.

Mas como criatura humana también, su espíritu fué sacudido más de una vez por el huracán de la duda. Padeció los crueles asaltos de la tentación y vaciló como el Hijo de Dios en el huerto de Gethsemaní. ¡Horas de agonía que le dejaban hondamente impresionado y mermaban sus fuerzas si no las abatían por completo! Asistamos á una de ellas.

Después que salía del Ministerio ó del Congreso, Mendoza acostumbraba á pasearse en carruaje descubierto por el Retiro. Miguel le acompañaba. Al cabo de un rato de deslizarse entre la balumba de los coches, el Ministro solía marearse y quedar amodorrado y aun dormitando, mecido por los blandos vaivenes de la carretela. Miguel, ajeno casi siempre á las curiosidades y galas del paseo, con los ojos fijos en el cielo ó en el paisaje, meditaba.

Era una tarde suave, la más suave y esplendorosa que la primavera había otorgado aquel año á los madrileños. El sol se estaba acostando. Por el balcón abierto entre los árboles sobre la vasta llanura de Vallecas, nuestro secretario le veía descender majestuosamente sobre el borde de una nube dejando estela de oro en la tierra.

Arrastrado por el curso de los pensamientos que á menudo le dominaban, se puso á considerar el tiempo que de aquel modo ardía en el espacio, y la región misteriosa del cielo hacia donde nos llevaba en su marcha violentísima; de dónde se había desprendido aquella masa inmensa; cuándo y de qué modo se extinguiría su luz. Pensó que su historia, por larga que parezca, no es más que un instante en la historia de la Creación. En los infinitos mundos que eternamente se están formando y extinguiendo, ¡qué papel tan insignificante hará este pobre sol que para nosotros es primer actor! ¿Por qué entonces nos parece tan grande y tan bello? ¿A quién se lo parecía antes que nosotros existiésemos? Esta madeja de oro, como la llaman los poetas, ¡cuántos miles de años se estuvo derramando por la tierra, sin acariciar otras cabezas que las de los saurios gigantescos, pterodáctylos, magalosauros, y otros monstruos horrorosos! ¿El velo que oculta los misterios infinitos del espacio, se descorrerá algún día? ¿Habrá seres que los comprendan ya? Abismado en tales reflexiones, en extática contemplación del horizonte, á lo cual se prestaban las frecuentes y largas paradas que el coche hacía, pasó largo rato. Cuando salió de su éxtasis, y puso los ojos sobre la multitud de trenes que en aquel sitio delicioso se estrujaban, le causaron la misma impresión que si viese un hormiguero. ¿Y qué otra cosa era aquello, salvo que las hormigas en vez de trabajar se paseaban? Al lado suyo se apiñaba una muchedumbre de animales atómicos, con la vista fija en la tierra, arrastrados por otros animales, á quienes habían hecho sus esclavos. ¡Pero también las hormigas poseen esclavos! Todos, lo mismo los amos que los caballos, tenían traza de creer que el mundo eran ellos, y nada más que ellos. Y sus proyectos, sus deseos, sus amores, sus restaurants y sus piensos, el único y más alto fin de la Creación. Sólo allá, entre los peones, vió un rostro pálido, adornado de luenga barba blanca, cuyos ojos tristes y soñadores se dirigían también al firmamento. Al pasar á su lado, aquel rostro le sonrió afectuosamente. Miguel le contestó diciendo:—«Adiós, D. Ventura». Era el más tierno y espontáneo de los poetas españoles, el insigne Ruiz Aguilera. Después, sus ojos se convirtieron á Mendoza, que dormía deliciosamente. Le miró con atención algunos momentos y le acometieron ganas de reir. ¡Pobre hombre! se cree en el pináculo de la gloria, porque dispone, durante algunos meses, de unas docenas de empleos. ¡Y á esto ha consagrado la vida entera, todas las fuerzas que Dios le dió! Mañana se morirá este hombre, y no habrá sabido lo que es el amor de una esposa tierna é inocente, ni el entusiasmo que despierta en el alma una acción heroica, ni la emoción profunda que origina el estudio de la naturaleza, ni el gozo purísimo de contemplar una obra de arte. No habrá pensado, no habrá sentido, no habrá amado. Sin embargo, juzga de buena fe que debe hincharse, porque suena un timbre en el Ministerio cuando él entra, y le quitan el sombrero algunos desdichados. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta bajeza ha tenido que hacer esta hormiga para que otras hormigas le den las buenas tardes con respeto!

No pudo reprimir una carcajada. Mendoza entreabrió los ojos al oirla; pero avezado á aquellas salidas originales de su secretario, volvió al instante á cerrarlos, quedando otra vez dormido.

Con todo, siguió pensando, la religión, el arte, la caridad, el heroísmo, estos signos en los cuales yo creo ver la expresión de una naturaleza más elevada, ¿no serán también ilusiones como las que se forja de su importancia este pobre diablo? ¿La patria lejana por la cual suspiro, será una imagen engañosa de mis propios deseos? La idea del aniquilamiento acudió á su espíritu y le hizo estremecerse. Si todo se desvaneciese al fin como el humo, como la sombra; si las más puras emociones de mi alma, si el amor de mi esposa, si la inocente sonrisa de mi hijo tuviesen en la naturaleza el mismo valor que el odio del malvado ó la carcajada del vicio; si dos seres se uniesen y se amasen para separarse después eternamente, ¡oh, con qué placer te odiaría, infame universo! Si detrás de esos espacios tan hermosos no hay nadie capaz de compasión, ¿qué valen tus masas enormes, ni tu movimiento acompasado, ni tus ríos inmensos de luz? Yo, miserable átomo, soy más noble porque puedo amar y puedo compadecer...

Quedó algunos minutos suspenso, con los ojos en el vacío. Un enternecimiento singular, que pocas veces había sentido, se iba apoderando de su espíritu. Hizo con el pensamiento una rápida excursión por su vida pasada. Se le representó como una cadena de desdichas. Hasta los placeres de la juventud se le presentaron odiosos y despreciables. Sólo había en ella un oasis ameno y delicioso: los dos años de su matrimonio. Si todos los hombres—se dijo—volviesen la vista atrás, hallarían lo mismo. Tal vez algo peor, porque la mayoría de ellos no han sido acariciados por el cielo como yo breves instantes. Acudió á su memoria el recuerdo de algunos amigos muertos en la flor de la edad después de crueles sufrimientos; el de otros que, cansados de luchar contra la suerte, habían caído al fin rendidos en la miseria; vió los más nobles é inteligentes de ellos desempeñando humildes puestos, y encumbrados los necios y los perversos; se acordó de su buen padre, cuyos últimos años fueron amargados por una mujer soberbia y caprichosa; se acordó de su hermana, una criatura todo luz y alegría, engañada vilmente y sumida para siempre en la desgracia; recordó, en fin, á aquel ser angelical mitad de su propio ser, arrebatado al mundo cuando acababa de poner los labios en la copa de la dicha...

La Creación se le presentó de pronto con un aspecto terrible. Los seres devorándose los unos á los otros sin piedad; el más fuerte martirizando al más débil constantemente. Unos y otros, engañados por la ilusión de la felicidad que no ha de llegar jamás para ninguno, trabajan, padecen en provecho de cada especie, éstas en provecho de otras, y así sucesivamente, hasta el infinito. El mundo, en suma, se le ofreció como una estafa inmensa, un lugar de tormento para todos los seres vivos, más cruel aún para los conscientes. La felicidad absoluta para el Todo, porque es y será eternamente; la absoluta desdicha para los individuos, porque eternamente se renovarán para padecer y morir.

Ante aquel cuadro espantoso que vió con intensa claridad, su alma quedó turbada. Un estremecimiento de horror sacudió su cuerpo.—«¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»—murmuraron repetidas veces sus labios trémulos. Y un sollozo desgarrador que se había ido formando poco á poco en el fondo del pecho estalló al fin con ruido.

El Ministro abrió los ojos asustado.

—¡Hombre, tú te pasas la vida riendo ó llorando!—le dijo.

—Así es—respondió el secretario llevándose el pañuelo á los ojos.

Faltas corregidas por el etext transcriptor:
del sarcerdote con voz clara=> del sacerdote con voz clara {pg 13}
Y dando una fuerre sacudida=> Y dando una fuerte sacudida {pg 37}
entraba en aqel momento=> entraba en aquel momento {pg 79}
se lohabía representado=> se lo había representado {pg 80}
sino todo la vida=> sino toda la vida {pg 85}
detras de la persiana=> detrás de la persiana {pg 143}
gozo casí místico=> gozo casi místico {pg 149}
Está la miró consternada.=> Ésta la miró consternada. {pg 153}
persona para invitarlas=> personas para invitarlas {pg 172}
habían clavado persístentes en Maximina=> habían clavado persistentes en Maximina {pg 172}
picado por la indeferencia ingenua=> picado por la indiferencia ingenua {pg 197}
Maximina levantó vivámente=> Maximina levantó vivamente {pg 200}
las facciones perfeectas?=> las facciones perfectas? {pg 211}
¡Está mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué gegio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo.=> ¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo. {pg 215}
esa delizadeza=> esa delicadeza {pg 218}
profirio tartamudeando=> profirió tartamudeando {pg 220}
No hay que descuidase en escribir=> No hay que descuidarse en escribir {pg 245}
Maxima muy desabrida=> Maximina muy desabrida {pg 251}
bien porque sus negocios lo exigiese=> bien porque sus negocios lo exigiesen {pg 269}
como si en aquepunto=> como si en aquel punto {pg 277}
les díjo que D. Martín=> les dijo que D. Martín {pg 297}
alguna funcion de=> alguna función de {pg 300}
se mirarón aún=> se miraron aún {pg 302}
veces el lechugino á leer=> veces el lechuguino á leer {pg 309}
como si estuxiese preocupado con alguna idea=> como si estuviese preocupado con alguna idea {pg 310}
mudándaselos todos=> mudándoselos todos {pg 312}
can sonrisa irónica=> con sonrisa irónica {pg 316}
su temperamente inquieto=> su temperamento inquieto {pg 318}
me pronongas semejante=> me propongas semejante {pg 324}
tahur=> tahúr {pg 327}
sentado en un divan=> sentado en un diván {pg 328}
Saavedrá bajó=> Saavedra bajó {pg 329}
sin inconvenienle alguno=> sin inconveniente alguno {pg 349}
Sabes lo qne estoy=> Sabes lo que estoy {pg 334}
enterarse de lo ocurrrido=> enterarse de lo ocurrido {pg 338}
La carne, flaca, quiso revelarse=> La carne, flaca, quiso rebelarse {pg 390}
repusó Saavedra=> repuso Saavedra {pg 344}
aplanchar la ropa=> a planchar la ropa {pg 358}
Ádónde iba á buscarlo=> Á dónde iba á buscarlo {pg 362}
¿Cuanto ganas?=> ¿Cuánto ganas? {pg 368}
amigo Riveva=> amigo Rivera {pg 381}
la negacion de sí mismo=> la negación de sí mismo {pg 390}