II

Lo mismo en vida de su madre que después de fallecida, solía hacer alguna visita a mis primas durante el verano. Generalmente eran dos: una cuando llegaba a aquel mi valle natal en el mes de julio, y otra en septiembre, cuando regresaba a la capital. Por impulso adquirido, tal vez por la fuerza del hábito, que tiene más fuerza en los espíritus limitados, o, lo que es aún más probable, porque lo llevasen en la sangre, mis tres primas eran otras tantas doña Teresa pocos años después de fallecida ésta. No la imitaban ciertamente en la energía; pero la igualaban, y aun la superaban, en la avaricia.

Me acuerdo que uno de los últimos días de septiembre monté a caballo por la tarde y me dirigí a la Rebollada, que distaba de mi casa poco más de una legua. Griselda, Erundina y Berenice me acogieron, como siempre, con dulces sonrisas y palabras cariñosas. Hasta, si mal no recuerdo, una de ellas me abrazó y me besó en la frente. Debió de ser Griselda, la más vieja y la más fea, porque siempre tuve la misma fortuna con las damas. Pero no pasó de ahí, esto es, nadie me ofreció otra cosa, ni un vaso de vino, ni un poco de mermelada. Ya lo sabía, y por eso cuando iba a visitar a mis primas de la Rebollada, llevaba, como hombre prevenido, una onza de chocolate en el bolsillo.

Después de los primeros momentos de expansión vinieron lamentaciones sin cuento, amargas reflexiones, suspiros, gemidos, furiosas exclamaciones de cólera y dolor. El gran Teófilo, una vez libre y sin aprensión por la integridad de sus patillas, pasaba una vida dulce y regalada como la de un canónigo. No es mía la comparación, sino de Berenice. Yo la hice observar que los canónigos estaban obligados a guardar las horas canónicas y ciertas abstinencias, canónicas también, a las cuales no se sujetaba su hermano. Convinieron todas conmigo, y me hicieron saber que desde la muerte de su madre no había tocado en un instrumento de labranza ni se cuidaba apenas del ganado. Había tomado su parte de dinero, del dinero escondido por doña Teresa, había comprado un jaco, y andaba de feria en feria, sin parecer a veces en quince días por casa. Lo que no me dijeron fué que gracias a Teófilo pudieron hallar este dinero, y que sin su habilidad de zahorí para adivinar los agujeros hubieran perdido más de la mitad. Pero no habían parado ahí las cosas, sino que, después de derrochado todo este dinero, les había vendido su parte de la posesión y se la gastó alegremente también, y después de gastada siguió comiendo y durmiendo en la casa de sus hermanas, como si nunca hubiera dejado de ser la suya. Tampoco habían parado aquí las cosas, y esto es lo que hacía estremecer las entrañas de las tres vírgenes, sino que Teófilo había descubierto ya varios agujeros donde guardaban el fruto de sus economías, y se los había dejado limpios. No hacía aún quince días que les había sustraído dos mil reales en monedas de cinco duros. Mis primas lloraban a hilo mientras narraban este último crimen de un modo tan desesperado, que si no fuera porque me acometieron ganas de reir, me hubiera echado también a llorar, seguramente.

Por último, Teófilo había profanado de otro modo el santuario del hogar. Aquella criada mixta de dama de compañía y mozo de labranza que ellas guardaban hacía años como preciado tesoro en su casa, fué corrompida por él, y a la hora presente se hallaba encinta. Como yo la veía por allí desempeñando sus tareas tranquilamente, pregunté sorprendido:

—¿Y cómo no la habéis despedido ya?

Las vi un poco confusas para responder, y deduje que la avaricia había vencido a la delicadeza. Por el corto salario que la daban no hallarían una moza tan fuerte y trabajadora.

Cuando se hubieron calmado un poco salimos a la huerta y me mostraron la gran riqueza de legumbres y frutas que allí había. En verdad que en pocas partes había visto tierra tan feraz y bien cultivada. Griselda me ofreció dos grandes peras..., pero de las que se hallaban caídas en el suelo. Bajamos a la pomarada, donde había manzana aquel año para llenar cincuenta pipas. Una verdadera riqueza, pues cada pipa valía diez duros. A la vista de tan espléndida cosecha se serenó la fisonomía de mis primas y comenzaron a mostrarse joviales. Me llevaron por fin al sitio de las colmenas. Recogían de ellas todos los años más de doscientas libras de miel y bastante cera, que vendían a los cereros de la capital.

Nos acercamos con alguna precaución y estuvimos un rato entretenidos mirando. Mis primas, aunque apicultoras, sabían poco acerca de la vida de las abejas. Yo, que siempre sentí afición hacia estos maravillosos insectos, les fuí dando a conocer algunos de sus secretos; cómo se construían su ciudad, cómo se distribuían el trabajo entre ellas, cómo se entienden entre sí por medio de un lenguaje que eternamente será para nosotros un secreto. Gracias a él, no sólo se comunican lo necesario para realizar sus complicadas operaciones, sino que también se participan las noticias favorables y adversas, la pérdida de la madre, la entrada de una reina intrusa o de un enemigo, el descubrimiento de un tesoro, esto es, de algunas nuevas flores o de algún tarro de miel. Pero la maravilla de las maravillas es la producción de la cera. La miel se transforma en material de construcción por un misterioso procedimiento químico que se realiza en el cuerpo de estos animalitos. Son las abejas más jóvenes las que proporcionan la cera. Cuando llega el instante de construir su fábrica, éstas escalan las paredes del tronco nuevo de árbol donde generalmente edifican, otras las siguen y se sujetan por las patas, formando largas columnas o guirnaldas, y así permanecen inmóviles horas y horas, hasta que por un misterio admirable empiezan a sudar esa materia blanca que se llama cera. Con ella construyen rápidamente su gran falansterio, cuyas celdas tienen invariablemente una forma hexagonal. Hay cuatro clases de celdas: las celdas reales, las grandes celdas, destinadas a la cría de los machos y para almacenar las provisiones cuando abundan las flores, las celdas pequeñas, que sirven de cuna a las obreras y de almacenes ordinarios, y las celdas de transición, que sirven para enlazar las grandes a las pequeñas.

Mis primas me escuchaban con interés, y no se hartaban de hacerme preguntas. Cuando llegamos a la tragedia que anualmente se representa en aquellos pequeños mundos, a la matanza de los zánganos, les expliqué cómo después de la fecundación de las reinas la presencia de los machos en la colmena no sólo es inútil, sino muy perjudicial, porque, sin trabajar, devoran las provisiones, interrumpen los trabajos, ensucian las celdas, obstruyen el paso y se conducen de un modo grosero e intolerable. Las abejas los toleran todavía algún tiempo; mas, perdiendo al cabo la paciencia, un día circula entre ellas la orden, sin saber quién la da, y se preparan a hacer sangrienta justicia. Una parte del enjambre no sale aquella mañana al trabajo. Son los verdugos. Mientras los pobres zánganos duermen tranquilos, se prepara silenciosamente su ruina. Al despertarse se encuentran rodeados cada uno de tres o cuatro de sus enfurecidas hermanas, que fríamente los despedazan, les cortan las alas, les atraviesan el vientre con sus dardos venenosos, les amputan las antenas y los dejan en un estado tan lamentable, que a cualquiera movería a piedad. Pero aquellas crueles obreras no la sienten; los persiguen por todas partes, y cuando, heridos y maltrechos, un grupo de ellos se refugia en algún rincón, lo bloquean y le hacen morir de hambre. Muchos de ellos consiguen escapar; se lanzan al campo; pero cuando a la caída de la tarde, acosados por el frío y el hambre, tratan de ganar su casa, se encuentran con la puerta cerrada, son rechazados por las inflexibles centinelas, y perecen aquella noche implorando en vano abrigo y alimento.

—¿Sabéis una cosa?—les dije cuando terminé mi relato—. Si vosotras fueseis abejas en vez de ser mujeres, ya habríais matado a vuestro hermano Teófilo.

Las tres soltaron una carcajada.

—¡Qué ocurrencia! ¡Es de veras gracioso! ¡Siempre serás el mismo, Angel!

Y reían mis primas con tanta gana como si las hubiera leído el capítulo más chistoso del Quijote. Todavía después que volvieron a casa, y pasado largo rato, recordaban mis palabras y se renovaban las carcajadas.