III
Aquel invierno supe que la criada de mis primas había dado a luz un niño en la misma casa, y que aquéllas habían guardado a la madre y al hijo, en vez de ponerlos en la calle. El sujeto de la Rebollada que me dió la noticia añadió que a la hora presente se hallaban tan entusiasmadas con el chiquillo, que eran para él otras tantas madres. Me alegré por la inocente criatura y por ellas también. Al fin, tenía un sentido su existencia. El instinto de la maternidad, tan vivo en todas las mujeres, hallaría satisfacción y las haría felices.
Pero he aquí que pocos meses después me dieron otra noticia mucho más desagradable; la del fallecimiento de mi primo. El buen Teófilo había muerto repentinamente. Una noche había cenado en perfecto estado de salud y se habla acostado. Poco después se sintió indispuesto, llamó a la campanilla, acudieron en su auxilio, se le prodigaron algunos remedios caseros, se expidió un propio a caballo en busca del médico, y se llamó al cura. Éste llegó a tiempo para darle la absolución; pero cuando llegó el médico ya hacía una hora que había fallecido el enfermo.
Cuando supe la noticia, acudieron a mi memoria las últimas palabras que les había dirigido, y de pronto nació en mi mente una sospecha terrible. Esta sospecha me causó impresión tan profunda y tal repugnancia, que no pude escribirlas dándoles el pésame.
Al mes siguiente, que era el de junio, fuí a Suiza, y sólo pude pasar unos días del mes de octubre en mi valle natal, que aproveché para hacer una visita a la Rebollada. Cierto remordimiento me atenaceaba desde hacía algún tiempo el espíritu. No podía desechar de él las palabras que por burla había pronunciado el año anterior. ¡Quién sabe si tal burla habría sido causa ocasional de un crimen! Traté de salir de dudas, poniendo para ello en práctica los medios que me parecieron más conducentes.
Hallé a mis primas enlutadas, pero nada tristes. Me recibieron jovialmente, y acto continuo se pusieron a narrarme las gracias increíbles de Periquillo, que así se llamaba el niño de la criada y de su difunto hermano. Pude convencerme en seguida de que aquella criatura de pocos meses les tenía sorbido el seso. No se hartaban de ponderar su robustez, su blancura, su dulce mirada, su voracidad, su picardía, su ático humorismo.
—Verás, Angel—me decía la astronómica Berenice con ojos brillantes de alegría—. Por la mañana temprano, cuando su madre va al molino, me deja a Periquillo. A veces tarda más de una hora, y el chiquillo tiene hambre. Empieza a llorar, y yo, para acallarle, le paseo y le meto mi lengua en la boquita, que chupa como si fuese el pecho de su madre. Pero al cabo se convence de que no puede sacar nada, y llora mucho más fuerte. Pero hoy, cuando fuí a hacer la misma operación, levantó hacia mí sus ojitos sonrientes como diciendo: «¡Ya estoy al tanto de la burla!»
Griselda y Erundina rieron con el mismo placer que ella, y se hicieron lenguas del prodigioso talento de aquel chiquillo.
Salimos, como siempre que las visitaba, a la huerta, recorrimos la pomarada, y después me encaminé resueltamente al sitio de las colmenas. Nos acercamos a ellas, y noté que mis primas se pusieron repentinamente serias. Guardé largo rato silencio, en actitud de observar la entrada y salida de las obreras, y de pronto, volviéndome hacia mis primas y clavando en ellas una mirada penetrante, les pregunté bruscamente:
—¿Habéis matado ya a los zánganos?
Las tres se pusieron pálidas, y en el primer momento no acertaron a contestar. Al cabo, Griselda, la más vieja, respondió con sonrisa forzada:
—¡Qué pregunta! ¡Los habrán matado ellas!
—Eso quise decir. Vosotras no sois abejas, sino mujeres. Los procedimientos desalmados quedan para los seres que no tienen alma. Porque estos insectos, tan previsores, tan inteligentes en la apariencia, tan maravillosos en sus costumbres, carecen de alma y, porque carecen de alma, carecen de moralidad. En esas colmenas que tenéis delante reina la fatalidad: lo que hoy hacen esos insectos lo han hecho hace diez mil años y lo harían exactamente igual dentro de otros diez mil si el hombre, único ser libre en la creación, no interviniera modificando con destreza sus costumbres y señalando nuevas direcciones a su actividad. Las abejas no recuerdan el pasado ni se representan el porvenir; sus movimientos todos están regulados por las fuerzas inconscientes de la materia. Si observaseis con un microscopio la formación de un cristal dentro de cualquier líquido que se cuaja, advertiríais cómo acuden de un lado y de otro las partículas, con qué inteligencia se combinan, cómo aceptan todo aquello que puede convenirles para la construcción de su prodigioso artefacto, cómo rechazan todo lo que les estorba. En el cristal existe algo que nos parece inteligencia, como en la abeja. Pero el cristal, la abeja, los animales todos no son más que los heraldos del espíritu, son las apariencias de aquello que sólo tiene realidad, los peldaños obscuros de una escalera que conduce a la luz. El mundo se ha hecho para el espíritu, y el espíritu se ha hecho para el amor... Esas abejas que ahí veis, tan previsoras, tan inteligentes, no aman, y porque no aman no viven en la realidad sino en la apariencia. Nunca me han inspirado admiración. Las estudio con curiosidad, como estudio las combinaciones de los cuerpos elementales de la química; pero no las admiro. Reservo mi admiración para los seres libres, que son los únicos que viven realmente; porque para mí sólo existe una cosa real y digna de respeto en este mundo: la caridad... Figuraos por un momento que al salir de vuestra casa, y caminando para la mía a la orilla del río, veo que un hombre cae en él y que la corriente lo arrebata y está a punto de ahogarse. Salto del caballo, me arrojo a socorrerlo, y con riesgo inminente de mi vida, después de luchar desesperadamente con la corriente, logro salvarlo. Y figuraos que en aquel momento oigo una voz en lo alto del cielo que me grita: «¡Has hecho mal!» Yo respondería inmediatamente sin vacilar a esa voz: «¡He hecho bien!» Y aunque viera después que la tierra temblaba, que los árboles se desgajaban, que las piedras rodaban de las montañas para aplastarme, y que delante de mí se abrían bocas de fuego para tragarme, yo seguiría diciendo obstinadamente: «¡He hecho bien!» Y después de muerto y pulverizado, todavía mis cenizas seguirían gritando: «¡He hecho bien!, ¡he hecho bien!...» Por el contrario, figuraos que hay en mi casa o fuera de ella una persona que me estorba, que me perjudica en mis intereses y atenta a mi bienestar. Me decido a hacerla desaparecer de este mundo, y una noche, cobarde y alevosamente, la asesino por medio del puñal o del veneno. Pues aunque en aquel instante una voz del cielo me gritase: «¡Has hecho bien!», yo estoy seguro de que esa voz me sonaría como la voz del demonio, que no volvería a disfrutar una hora de tranquilidad en esta vida, que la imagen de mi víctima se alzaría constantemente delante de mí como un espectro aterrador, que el sueño huiría de mis párpados y la alegría de mi alma, y que, al cabo, para sustraerme a tan atroces tormentos, quizás acercase a mi sien el cañón de una pistola, a fin de caer de una vez y para siempre en el Infierno...
A medida que iba hablando observé que mis primas se ponían cada vez más pálidas. Cuando llegué a estas últimas palabras, Berenice, la menor de las hermanas, se llevó la mano al pecho y cayó al suelo privada de sentido. Acudimos a socorrerla, la transportamos a la cama, le rociamos las sienes con agua fría, le hicimos oler un frasco de esencia aromática, y a los pocos minutos logramos que recobrase el conocimiento. Yo aproveché la ocasión para montar de nuevo a caballo y trasladarme a mi casa. Jamás volví a parecer por la Rebollada.