II

La que entraba en aquel momento era su hija política, una hermosa mujer, en efecto, aunque tallada en colosal, y, por tanto, no enteramente de mi gusto. Alta y corpulenta, con grandes ojos de ternera como la Juno homérica, la nariz aquilina, los cabellos negros y ondeados, los labios rojos y un poco colgante el inferior, dondequiera que iba lograba atraer sobre sí la atención de los hombres. Yo encontraba su fisonomía demasiado inmóvil, una falta de expresión en ella que acusaba desproporción entre el cuerpo y el alma. Pasaba ya de los treinta años, y, no obstante, su ingenuidad era proverbial, rayaba en la tontería. Doña Carmen la adoraba, tal vez por esto mismo, porque tenía un espíritu enteramente infantil. Dentro de aquel cuerpo gigante latía el corazón de una niña de doce o catorce años.

Se acercó a su suegra y la besó cariñosamente después de saludarme. En pos de ella entraron dos caballeros. Uno de ellos, muy conocido mío y de todo el mundo, era el ilustre Pareja, el sabio antropólogo y sociólogo, cuya levita le ha hecho famoso en todo Madrid. El sombrero de copa viejo y despeinado en la mano, el alto y huesudo torso inclinado ceremoniosamente hacia adelante, el rostro contraído por una sonrisa de suficiencia condescendiente, dejando caer sus palabras como otras tantas piedras preciosas destinadas a enriquecer y adornar la existencia del género humano.

—Embargado de emoción al poner el pie en el templo del arte, saludo a la estrella más brillante del firmamento poético, y hago votos porque su luz no se extinga jamás.

La voz era resonante; el ademán, pedagógico; la sonrisa antropológica; el acento, sociológico; la forma de retorcer el cuerpo, dejando inmóviles las piernas, completamente evolucionista.

Doña Carmen le tendió la mano con sonrisa donde se traslucía más burla que satisfacción.

—Esta estrellita de octava magnitud saluda con tímido centelleo al Júpiter de la sociología étnica y de la pedagogía evolucionista.

Con esto las contorsiones del sabio antropólogo fueron tantas y tan variadas, que doña Carmen se vió obligada al cabo a preguntarle si había sufrido recientemente algún ataque a los riñones.

Detrás de él vino a estrechar la mano de la poetisa su gran amigo y contemporáneo don Sinibaldo de la Puente, abogado eminente, senador por no recuerdo qué Universidad, a quien el Pontífice Romano había otorgado un título hacía poco tiempo.

Los dos visitantes se habían encontrado casualmente en la escalera. Sus ideas eran demasiado contrapuestas para que fuesen amigos.

Raimunda (que así se llamaba la nuera de doña Carmen) se despojó del sombrero y vino a sentarse en una butaquita, formando con nosotros círculo.

—Y bien, ¿qué hay de nuevo?—preguntó Pareja apoyando sus manos huesudas en las huesudas rodillas y encarándose con doña Carmen en tono de protectora admiración y disponiéndose a bajar de su pedestal, aunque sólo por breves momentos—. Esa flor de poesía, que España guarda como su más preciado tesoro, ¿se niega todavía a embalsamar el ambiente literario con su perfume?

—No hable usted de literatura en estos momentos a doña Carmen—dije yo—. Precisamente cuando ustedes llegaron, estaba poniendo verdes a las literatas antiguas y modernas de todos los tiempos y países.

—¿Cómo?

—Doña Carmen no cree en la literatura de las mujeres.

—¡Oh, querida amiga!—exclamó el ilustre Pareja echándose hacia atrás—. Nadie menos que usted tiene motivo a dudar de ella. Si es cierto que en el curso de la evolución literaria la mujer no ha contribuído a ella con un copioso contingente, no es menos seguro que desde sus orígenes se señalan en ella esas dotes. Entre los papues del África negra oceánica, que representan un tipo de sociedad primitiva, se suele encontrar en cada pueblecillo una poetisa, a la cual se acude para embellecer con sus cantos las fiestas o cualquier acontecimiento de importancia, como la llegada de un extranjero o la botadura de una canoa.

—Pues soy de opinión de que dejemos que las poetisas canten en la Paupasia las botaduras de las canoas. Acá en Europa las mujeres tenemos otras cosas más serias que hacer.

—Mucho me complace, Carmita, escuchar en labios de usted semejantes palabras—manifestó don Sinibaldo, hombre grave, correcto, melifluo—. Dejando a salvo su prodigioso talento literario, que es una excepción, no hay que dudar que, por su naturaleza misma, la mujer no está destinada al cultivo de las letras y las bellas artes, sino al embellecimiento de nuestro hogar, a formar el tierno corazón de sus hijos, inspirándoles el temor de Dios, a consolar las tristezas de su marido, a alegrar sus triunfos, a suavizar sus reveses, a ayudarnos, en suma, a tirar del carro de la vida, que muchas veces es demasiado pesado...

—A reproducir eternamente el viejo cliché del ángel del hogar, ¿verdad?—interrumpió impetuosamente doña Carmen—. Ya estamos al tanto de lo que eso significa. En el fondo no es otra cosa, hablando en los términos claros en que se expresa un filósofo contemporáneo, que debemos ser para siempre lo que hemos sido al comienzo de las civilizaciones, el descanso y el recreo del guerrero. Hoy también se lucha y se combate en la vida, y a estos modernos luchadores, la mujer, con su gracia y su belleza, debe indemnizarles de sus fatigas. Hablemos en términos más claros aún; la mujer debe seguir siendo el consabido instrumento de placer.

—¡Oh, Carmita, por Dios!—exclamó el pudibundo don Sinibaldo poniéndose rojo—. Usted interpreta de un modo torcido mis palabras. Cuanto he dicho, ha sido para honrar a la mujer, no para denigrarla.

—Pero, en fin—apunté yo—, si la mujer no tiene capacidad para las artes bellas y la poesía...

—Puede usted darlo por seguro. La mujer es un ser esencialmente prosaico—interrumpió doña Carmen.

—¡Cómo!, ¡cómo!... Eso que está usted diciendo es una abominable herejía—exclamó don Sinibaldo.

—Es una verdad que todo el mundo puede comprobar. En el fondo, a la mujer le interesan poco o nada las bellezas de la Naturaleza o del Arte. Cuando se encuentra frente a un paisaje, o una estatua, o un cuadro, hace lo que puede por entusiasmarse, pero no lo consigue, y sus alabanzas suenan a falso. ¡Cuán diferente su actitud estudiada y frívola de la profunda emoción que se advierte en los hombres!

—Pues, querida amiga, yo he observado siempre que las mujeres se conmueven en el teatro más fuertemente que los hombres.

—No es la belleza lo que las conmueve, sino el principio moral, más o menos humillado o amenazado en el curso de la obra. De aquí que las mujeres lloren más con los melodramas que con los dramas, con las antiguas novelas sentimentales que con las realistas de ahora. Crean ustedes que las bellezas de una obra de arte, sus proporciones, su elegancia, su pureza de dicción, no le importan. Lo que le tiene con muchísimo cuidado son los eclipses pasajeros que la bondad y la justicia experimentan en ella.

—Acaso esté en lo cierto—dijo en tono concentrado don Sinibaldo.

—Eso es otra cosa. Yo no quiero discutir ahora la primacía de la bondad sobre la belleza: sólo hago constar un hecho.

—Pero, en fin—dije yo, volviendo a la carga—, si la mujer no tiene capacidad para las artes bellas, la tiene muy grande para las artes útiles. Esas labores tan necesarias en las casas, el arreglo y la comodidad del nido, a ella está encomendado. ¿Qué sería de nosotros si las mujeres no se encargasen de coser, de planchar, de bordar nuestra ropa, de mantener en orden y dignidad nuestra vivienda?

—El amigo Jiménez, como se halla en vísperas de casarse, ambiciona ya una petite ménagère—dijo doña Carmen sonriendo; y añadió en seguida poniéndose seria:—¿Qué sería de ustedes?... Pues lo pasarían a las mil maravillas, porque los hombres cosen, y planchan, y bordan, y guisan, y limpian, y lavan mejor que las mujeres. No hay oficio de los encomendados ordinariamente a la mujer que el hombre no llegue a poseer con mayor perfección. Hasta en la confección de los mismos trajes femeninos nos aventajan. Ya saben ustedes que las grandes modistas de París no son modistas, sino modistos.

Pareja soltó una estridente y pedagógica carcajada.

—No cabe duda; nuestra insigne poetisa odia a su propio sexo, y no le encomienda otro empleo que el de la perpetuidad de la especie.

—Pues sí cabe duda, amigo Pareja—replicó doña Carmen un poco picada—. Su profunda intuición en este caso ha hecho quiebra. No sólo amo a mi sexo, sino que su suerte futura es mi constante preocupación desde que he renunciado a la literatura.

—Pero si no sirve para nada, ¿qué quiere usted que hagan los hombres con ese sexo más que perpetuar la especie?

—Yo no he dicho que no sirviese para nada.

—No tiene aptitud para las ciencias, para la literatura y las artes; no la tiene tampoco para la industria, ni aun para los menesteres de la casa: ¿qué clase de tarea quiere usted encomendar a la mujer?

—Una sola, pero muy importante.

—¿Cuál?

—La política.

Don Sinibaldo dió un salto en su butaca. Pareja abrió los brazos como un derviche de la India, y yo no pude menos de dar muestras de sobresalto. Tan sólo Raimunda permaneció inmóvil y en estado de perfecta calma.

—No se asusten ustedes... ¿Qué es la política en el fondo? El arte de relacionarse los hombres unos con otros sin perjudicarse. Pues yo sostengo que este arte lo conoce la mujer por intuición mejor que el hombre.

—¡Oh, Carmita!—exclamó don Sinibaldo—, me es imposible suponer que habla usted en serio. La mujer, por su naturaleza, por la historia del género humano, por las palabras de las Santas Escrituras, por la opinión de los Santos Padres y la de los grandes filósofos que la Humanidad respeta, es un ser subordinado, se halla destinado a obedecer, y no a mandar.

—Pues yo creo todo lo contrario, que es el hombre quien está destinado a obedecer... Y de hecho así sucede en cuanto ustedes dejan de ser bárbaros. Esta ley natural convengo en que se ha contrariado hasta ahora casi sistemáticamente, pero es una ley, y así que se apartan los obstáculos que se oponen a su libre funcionamiento, se pone en marcha de nuevo.

—No se ofenderá usted, Carmita, si le digo que San Juan Damasceno afirma que «la mujer es una mula traidora, una horrible tenia que busca su guarida en el corazón del hombre».

—A mí no me ofenden las citas, me aburren.

—Y de que San Juan Crisólogo la llame fuente del mal, autor del pecado, piedra del sepulcro, puerta del infierno..., y San Gregorio el Magno la niegue el sentido del bien.

—Tampoco.

—Platón, el divino Platón, tiene tan en poco el sexo femenino que trueca en mujer en la otra vida al hombre que haya pecado en ésta.

—Platón ha dicho cosas muy sublimes, pero ha dicho también enormes tonterías. Que me diga el amigo Pareja, gran autoridad en la materia, qué concepto tiene formado de la sociología de Platón.

El ilustre Pareja se esponjó y arqueó el espinazo como un gato a quien se acaricia.

—Señora, la sociología de Platón se halla perfectamente desacreditada entre los sabios. Su concepto del Estado, que es el mismo de toda la antigüedad, no resiste al más somero análisis...

—Dejemos a Platón—interrumpió doña Carmen, sin permitirle comenzar su análisis, por si no era tan somero como anunciaba—. Hablemos de los Santos Padres, a quienes respeto más en estos asuntos de moral... Para mí es absolutamente seguro que los Santos Padres, al hablar en términos tan duros y despreciativos de la mujer, sólo se referían a las mujeres que la depravada sociedad griega y romana ofrecían a su vista. Si hablasen en un sentido general, si sus dardos acerados fuesen directamente al corazón del sexo femenino, a la mitad del género humano, se pondrían en abierta contradicción con el pensamiento y la doctrina del divino fundador del Cristianismo. En el Evangelio la mujer es perdonada, es respetada, es iniciada en los misterios de la religión, sigue a Jesús como los hombres en sus peregrinaciones, escucha sus palabras y las propaga. Muerto Jesús, ella es la que se encarga de revelar su gloriosa resurrección. Después..., después..., cuando llega el momento de confesar su fe ante los verdugos, a pesar de su naturaleza frágil y sensible, sufre crueles martirios con idéntico valor que los hombres, y sabe morir como ellos. ¿Es posible que los Santos Padres, teniendo en la memoria a las santas María Magdalena y Verónica, a Santa Olimpia, a Santa Paula, a Santa Mónica y a tantas otras sublimes mujeres, hablasen de nuestro sexo con tanta ira? La Iglesia católica no distingue entre santos y santas, y en sus oficios celebra con igual veneración el día de una humilde doncella que el de un sabio doctor. Y, por fin, mi querido amigo la Puente, no olvide usted que por encima de todos los santos la Iglesia ha colocado una mujer.

—¡Sí, ya sabemos que el Catolicismo tiene una diosa!—exclamó Pareja en un tono burlón, que contrajo fuertemente el rostro de don Sinibaldo.

—Una diosa, no—repuso doña Carmen—. Eso queda para la gentilidad. Dios es algo incomprensible e inefable que se halla a infinita distancia de la separación de los sexos. Pero lo que la humana inteligencia puede concebir de más puro y de más excelente después de Dios, está encarnado en la Virgen María, esto es, en una mujer.

—Considere usted, Carmita, que Dios ha hecho a la mujer más débil de cuerpo, y también de inteligencia, indicándole con esto su papel subordinado.

—Dios no la ha hecho más débil ni de cuerpo ni de alma; han sido ustedes.

—¡Nosotros!—exclamó don Sinibaldo, en el colmo de la estupefacción.

—¡Sí, ustedes!... Dirija usted una mirada al mundo de la animalidad, del cual, según se afirma, proceden, los seres humanos, cosa que yo no discuto ahora. Si la subordinación de la hembra al macho fuese una ley universal y esencial a la separación de los sexos, en este mundo debiéramos encontrarla. Nada de eso acontece. En un gran número de especies animales la hembra es superior al macho por el tamaño y por la fuerza, en otras es igual, en otras inferior, pero en ninguna el macho considera a la hembra como subordinada, sino que viven en un estado de perfecta igualdad. Las hembras no son oprimidas y maltratadas sistemáticamente; al contrario, los machos las ayudan, las protegen cuando necesitan protección, las respetan, las miman y las seducen, no por la fuerza, sino por la estética.

—Sin embargo, considere usted, mi buena amiga—manifestó el señor de la Puente—, que apenas aparece en la tierra la Humanidad, se inicia esta subordinación.

—Tampoco es exacto. Tratándose de tiempos prehistóricos, necesitamos atenernos a las conjeturas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo animal podemos conjeturar que en la Humanidad primitiva, tan próxima a él, debiera pasar algo semejante. La mujer primitiva, por la agilidad y por la fuerza no debiera ceder mucho al hombre.

—Y, entonces, ¿cómo explica usted su inferioridad actual?

—No es otra cosa que una consecuencia de la guerra. Mientras los hombres vivieron en paz...

—Pero ¿cree usted, señora, que los hombres vivieron alguna vez en paz?—pregunté yo.

—Sí que lo creo. Para mí ha existido en la historia del género humano un largo período de inocencia y de paz. Las tradiciones de todos los pueblos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras así nos lo asegura. El hombre ha comenzado por ser fructífero, y los animales fructíferos no se pelean. Además, si, como la ciencia antropológica afirma, la ontogenia no es otra cosa que un resumen de la philogenia, el género humano debió de haber atravesado un largo período de infancia.

—¡Bravo!, ¡bravo!—gritó Pareja batiendo las palmas—. Me siento inundado de gozo al ver que nuestra ilustre amiga, a la par que a las musas, rinde culto a la ciencia contemporánea. Permítame, sin embargo, hacerle observar que el período de infancia es un período de iniciación, y, por tanto, deficiente e incompleto.

—¡Quién sabe!, ¡quién sabe!—murmuró la poetisa con melancolía—. Por lo pronto, fisiológicamente, el niño está más alejado del animal que el hombre.

—De todos modos, mi querida amiga, es un hecho demostrado que en los clans más rudimentarios, aquellos que se han hallado en la Australia y en la Paupasia, los cuales lindan estrechamente con la animalidad, y que por su posición aislada no han debido ser alterados por otras influencias, la condición de la mujer es subordinada, y aun puede decirse horriblemente subordinada.

—¡Los clans de la Australia y la Paupasia! Y ¿quién es capaz de demostrar que ése es el comienzo del género humano? Como usted sabe mejor que yo, todo en este mundo evoluciona o cambia, para bien o para mal, espontáneamente, por virtud de una fuerza interior y automotora. Esos clans pueden muy bien no ser los tipos primitivos de la sociedad humana, pueden haber degenerado y ser más bien residuos o excrecencias, tipos rezagados, y no primitivos. Si la teoría de usted fuese exacta, como quiera que en la mayor parte de las islas del Pacífico hemos hallado la antropofagia, debemos deducir lógicamente que el hombre ha empezado siempre por ser antropófago, lo cual es una monstruosidad que a nadie se le ocurre sostener.

—Tiene usted razón, señora—manifesté yo—; la Geografía y la Historia proporcionan armas para todas las causas. Los negros del Africa meridional maltratan a las mujeres, las convierten en bestias de carga. La condición de la mujer allí es horrible. Los negros del Africa septentrional, los etiópicos, muy superiores a ellos como raza, respetan y consideran de tal modo a la mujer, se le otorga allí tales privilegios, que a las más ardientes de nuestras feministas les parecerían excesivos. No sólo disponen de su persona y de sus bienes libremente, sino que no están obligadas a contribuir al sostenimiento de la familia en el matrimonio. Son, por tanto, más ricas que los hombres. En tiempo de guerra son intangibles, circulan por el campo de batalla y por los pueblos enemigos sin que nadie ose poner la mano sobre ellas. En Madagascar, una isla también como esas que cita el amigo Pareja, los franceses, al conquistarla, hallaron que en el código malgache el adulterio del hombre se castigaba con ocho meses de prisión; el de la mujer, con cuatro.

—Tanto es cierto lo que usted dice, amigo Jiménez—observó doña Carmen—, que no hace muchos días leía yo que los exploradores que descubrieron en el siglo pasado los archipiélagos de la Polinesia, se encontraron allí con seres humanos que vivían todavía en la edad de la piedra pulimentada. Pues bien, en estas sociedades rudimentarias la mujer era igual al hombre. Existía allí un feudalismo grosero, pero la mujer ejercía el poder lo mismo que el hombre. Según los relatos de los viajeros, cuando una de estas señoras se presentaba, los hombres se ponían en cuatro patas..., lo mismo que hacen ustedes ahora cuando ven al ministro de Fomento.

—¡Señora, yo no me pongo en cuatro patas cuando veo al ministro de Fomento!

—Bueno; quien dice usted, dice el señor Pareja.

—¡Oh, doña Carmen; bien se conoce que ha nacido usted en Málaga!—exclamó Pareja.

—¿Qué?... ¿No se pone usted, así? Pues adelantará poco en su carrera.

—¿De modo que el amigo Jiménez no cree en la Geografía, ni en la Historia, ni en la Etnografía?—manifestó el sabio antropólogo echándose atrás en la silla y dirigiéndome una mirada entre arrogante y compasiva.

—No siempre.

—Pues yo le aseguro que todas esas bellas cosas en que él cree, virtud, trabajo, valor, inteligencia, amor, no son, en el fondo, más que cuestión de longitud y latitud.

—Permítame mi ilustre amigo que lo dude. En todas las longitudes y latitudes se encuentran los mismos vicios y las mismas virtudes. Los árabes, hombres del Mediodía, fueron obreros activos, industriales inteligentísimos; los rusos, hombres del Norte, han sido hasta ahora perezosos y rudos. Los romanos fueron los guerreros y legisladores del mundo viviendo en un país cálido; los chinos son dulces y tímidos y obedientes en un país frío... Pero dejemos estos asuntos, porque me interesa saber cómo doña Carmen explica que los hombres hayamos hecho a la mujer más débil de cuerpo y de inteligencia...

—Perdone usted, Jiménez; yo no he dicho que fuese más débil de inteligencia. La inteligencia de la mujer, aun actualmente, es distinta, pero no inferior a la del hombre. Su inferioridad física depende de que los hombres han vivido en perpetua guerra desde hace muchos miles de años, mientras la mujer se mantuvo apartada de la lucha; no porque la mujer no fuese apta para ella...

—¿Opina usted que la mujer es apta para la guerra?

—Mucho más apta que el hombre; tanto, que si las guerras no se suprimiesen, a ellas debieran encomendarse. Pero se suprimirán, porque la mujer quiere que se supriman, y no ejerceremos otro oficio militar que el de la seguridad y el orden público.

Los ojos de don Sinibaldo se abrieron desmesuradamente.

—¡Oh, querida amiga! Usted delira.

—No delira, no—exclamó Pareja riendo—; es que doña Carmen se acuerda esta tarde más que nunca de aquella región feliz donde florecen los limoneros.

—Hablo completamente en serio. Aun en la actualidad, al cabo de miles de años de vida sedentaria, que ha producido nuestra evidente inferioridad física, si ustedes toman mil niñas de cuatro o cinco años, si las fortifican con una gimnasia adecuada, si las obligan a sufrir los rigores de la intemperie, el frío, el calor, el hambre, la sed, las marchas forzadas, a escalar las montañas y a atravesar los ríos a nado, si las adiestran ustedes en todos los ejercicios militares, cuando lleguen a los veinticinco años habrán ustedes obtenido un batallón tan fuerte y tan ligero como si estuviese formado de hombres, y desde luego mucho más intrépido.

—¿La mujer es más valiente que el hombre?

—¡Muchísimo más! La mujer es valiente por naturaleza: ustedes lo son por vanidad. La mujer es valiente a tiempo: ustedes lo son a destiempo. Cuando se trata de salvar su hogar, de defender a sus hijos y a sus ancianos padres, cuando corre peligro la independencia de la Patria, las mujeres luchan con denuedo y mueren con la sonrisa en los labios, sin esperar condecoraciones y galones ni sueltos en los periódicos. Ahí están las mujeres de Zaragoza y Gerona para probarlo. Aun en el día existen ejemplos notables de amazonismo. No ignorarán ustedes que en el Dahomey el nervio de su ejército lo componen dos cuerpos de amazonas. Cuantos viajeros y misioneros los han visto aseguran que no es posible llevar más alto el espíritu militar, esto es, la disciplina ciega, la fuerza, la agilidad, el valor intrépido. No hay quien no les reconozca ventaja sobre el ejército masculino: y estas mujeres se hallan tan persuadidas de su superioridad, que si en medio del combate alguna de ellas flaquea, las otras le gritan con desprecio: «¡Quita allá, que no vales más que un hombre!»

—¡Carambita; cuán dulces esposas harán esas señoras!—exclamó don Sinibaldo.

—¡Ahí está el toque de todo!—respondió doña Carmen dejando escapar un suspiro—. A esas mujeres les está prohibido el matrimonio mientras no queden inútiles para el servicio militar. La maternidad es nuestra dicha y nuestro tormento, nuestra emancipación y nuestra cadena. La hembra del animal sólo por algunos días prodiga cuidados a sus hijuelos, que pronto se pueden valer por sí mismos. La infancia del hombre se prolonga bastantes años, y en esta prolongación de la infancia ven algunos filósofos el origen causal de la familia, y, por consecuencia, de toda sociedad humana y de la civilización. Pero esta prolongación ha ocasionado la subordinación física de la mujer, y después la subordinación moral. Para que el hombre existiese, fué necesario que la mujer abandonase la caza y la guerra y se hiciese sedentaria y casera. Perdió sus aptitudes guerreras, y cayó en la esclavitud. ¡Oh, qué historia tan triste la historia de la mujer! ¡Cuánto dolor, cuánta lágrima, cuánta infame depravación! Es un largo martirologio que ha durado miles de años y que aún no ha concluído. Somos madres antes que nada, y los hombres se han aprovechado cobardemente de nuestro amor maternal para hacernos descender a la categoría de animal doméstico. Pero esta monstruosa villanía no ha quedado sin castigo. Las mujeres han derramado muchas lágrimas, pero los hombres también las derraman por ellas. Los dolores más agudos de vuestra alma la mujer es quien los causa, los dolores sin nombre, las noches de insomnio, la agonía que lleva a la sien el cañón de una pistola. El alma femenina, desconocida, ultrajada, se venga de vosotros. ¡Pagad, cobardes, pagad nuestras lágrimas, pagad nuestra esclavitud!...

La voz de doña Carmen vibraba con indignación: sus pálidas mejillas se tiñeron de carmín.

—No es constante, mi ilustre amiga, la esclavitud de la mujer—manifestó Pareja, sin duda para calmarla—. La noble raza berebere, la que primero pobló las costas del Mediterráneo, hasta que no sufrió la influencia del Islamismo, se mostró siempre extremadamente respetuosa con la mujer. Y en el antiguo Egipto, la más grande civilización que conocemos, cuna de todas las otras mediterráneas, el predominio de la mujer ha sido evidente.

—¡Oh noble pueblo, maestro de todos los otros! Sí, ya sé que durante miles de años la mujer fué venerada a las orillas del Nilo como el ser más próximo a la divinidad. Los hombres buscaban en ella la inspiración, el honor, la felicidad de su vida. Su alma era respetada desde la infancia, y nadie osaba tocar a su independencia. «Ama a tu mujer—repetían sin cesar los padres y los maestros—, aliméntala, adórnala, perfúmala, hazla feliz durante toda tu vida: es un tesoro que debe ser digno de su poseedor.» ¡Cuán infieles han sido sus discípulos los griegos, y sobre todo los romanos, a estas nobles enseñanzas!

—Los romanos, mi buena amiga—manifestó el señor de la Puente—, han sido los fundadores de todo el derecho. Nadie hasta ahora ha superado, ni aun igualado, a sus jurisconsultos...

—¿Sabe usted lo que le digo, amigo la Puente?—profirió con vehemencia la Salazar—. ¡Que no me hable usted de esos bandidos! Han sido el pueblo más frío, más sistemáticamente brutal que se registra en la Historia. ¡Los detesto! Ellos son los que impusieron a la Europa ese negro fantasma que se llama pater familias, ese odioso tirano que absorbe en sí todos los poderes, que dispone de la suerte y de la vida de sus hijos, que mantiene a la mujer en degradante tutela.

—Degradante, no, Carmita; necesaria, ¡absolutamente necesaria! La mujer salía de la manus del padre y entraba in manu de su marido y, gracias a ello, se hallaba constantemente protegida. La mujer, por su naturaleza, no es apta, como el hombre, para dirigir las relaciones exteriores de la familia, para sostener sus derechos cuando son vulnerados. ¿Cómo quiere usted que una mujer desenrede la madeja de un pleito? ¿Cómo quiere usted que se presente sola ante los tribunales?

—¡Ya lo creo que quiero! Quiero que la mujer sea quien únicamente se presente en los tribunales, que éstos se hallen formados exclusivamente por mujeres, que sean mujeres los abogados y procuradores..., y quiero que, mientras tanto, se queden ustedes en casa, sin meterse en cosas que no les incumben.