III
Esta bomba explosiva no produjo todos los efectos desastrosos que eran de esperar por la entrada súbita de dos caballeros. El uno era Felipe, hijo de la poetisa, hombre que frisaba en los cuarenta años, corpulento al tenor de su esposa, de fisonomía franca y jovial, un poco torpe en sus movimientos, como si se hubiese criado en el campo, y no muy esmerado en el aliño de su persona. Pasaba por arquitecto distinguido, ganaba mucho dinero y respetaba de tal modo a su madre que apenas se atrevía a emitir una opinión en su presencia.
El otro era su amigo íntimo Roberto Medina, conde de Sobeyana, que contaba algunos más años que él, disimulados con maravilloso arte. Alto, delgado, de noble porte y desenvueltos modales, vistiendo con refinada pulcritud, era el reverso aparente de su amigo, y quizás por esta oposición se mantenía firme su amistad. Antiguo diplomático, hombre de mundo, de palabra irónica y temperamento disimulado, procurando siempre hacerse agradable, y consiguiéndolo sólo a medias.
Doña Carmen le recibió con afectada cortesía, no con la franqueza cariñosa que usaba con sus amigos predilectos. Se sentaron formando círculo con nosotros, y observé que el conde maniobró hábilmente para colocarse al lado de Raimunda.
—La insigne poetisa—manifestó Pareja así que hubieron cesado los saludos—acaba de estremecernos con una de sus habituales e ingeniosas paradojas. Decía que los tribunales de justicia debieran hallarse formados exclusivamente por mujeres. Escuchemos su explicación, que seguramente nos sorprenderá y nos encantará, como todo lo que sale de sus labios.
—No trato de asustar ni sorprender a nadie, querido amigo. Estoy persuadida de que eso que usted califica de paradoja, en el transcurso del tiempo será un hecho, porque debe serlo. El espíritu de justicia le ha sido otorgado por el Cielo a la mujer con mayor abundancia que al hombre: la práctica de la justicia en este mundo a ella debe ser encomendada. Un jurado compuesto de mujeres sería siempre más clarividente que si lo fuese de hombres, porque el alma femenina, inspirada por el soberano Espíritu de Sabiduría, sabe penetrar más profundamente en los abismos de la conciencia, y distingue con mayor claridad en ella lo responsable de lo irresponsable. ¡Oh!, si nosotras juzgásemos, ¡cuántos hombres y mujeres que gimen en las cárceles andarían sueltos por la calle! ¡Cuántos que andan sueltos por la calle gemirían en las cárceles!
—Desde luego—profirió el conde sonriendo irónicamente—. Si ustedes juzgasen, ya se sabe, no quedaría un seductor por la calle.
—Es posible—respondió doña Carmen mirándole fijamente.
Luego, quedando un instante pensativa, añadió:
—Este verano, en la aldea de Asturias donde acostumbro a pasar los calores, una pobre mujer que yacía en la miseria, desesperada oyendo a sus hijos pedirle pan, hace saltar la cerradura de una casa, y, en la ausencia de sus dueños, hurta un pan y algunas viandas. Pues bien, acabo de saber que esta mujer ha sido condenada a tres años de presidio. Este verano también se habrán ustedes enterado de que un hombre tenía secuestrada a su mujer y a sus hijos desde hacía algunos años, que les obligaba a vivir en una atmósfera mefítica, y que, entregado al juego y a la crápula, descargaba el mal humor que le causaban sus reveses o sus hastíos sobre la infeliz esposa, atormentándola refinadamente con las más extrañas y crueles torturas, arrojando sobre ella cubos de agua fría en las noches de invierno, obligándola a dormir sobre los ladrillos del pavimento, privándola de alimento durante días enteros, etc., etc. Pues bien, acabo de saber, igualmente, que este hombre ha sido condenado a unos meses de prisión. ¿Son éstas justicias de Dios? No; son justicias de los hombres; mejor dicho, son justicias del diablo.
—Es deplorable, en efecto—respondió el señor de la Puente—, que sobre esa infeliz mujer haya caído todo el peso de la ley, pero era forzoso que así acaeciese. Se trataba de un robo con fractura, se trataba de un allanamiento de morada. ¿Dónde iríamos a parar si la sociedad no castigase esta clase de crímenes?
—¿Crímenes?... Yo no conozco más que un crimen en este mundo... ¡La crueldad!
—Pero la justicia, Carmita...
—La suprema justicia es la suprema piedad. El mundo moral, como el mundo físico, se reduce a leyes simplicísimas: amor y odio, atracción y repulsión. El secreto del amor lo posee la mujer; a ella pertenece, pues, el mundo moral; ella es quien debe juzgar.
—También hay en el mundo mujeres despiadadas, doña Carmen—apuntó el conde de Sobeyana dirigiendo una mirada maliciosa a Raimunda.
Doña Carmen no observó esta mirada, y replicó vivamente:
—El sentimiento de la piedad no se extingue jamás en el corazón de la mujer por degradada que se halle, por bárbaro y feroz que sea el medio en que viva. Entre los negros antropófagos de la Australia y del Africa, allí donde la mujer no es más que una bestia de carga, que el hombre considera inferior al ganado, allí donde las golpean, las mutilan y las matan a su capricho, allí donde un viajero blanco afirma que en los muchos años que pasó en Africa jamás ha visto a un negro mostrar la menor ternura, hacer la más leve caricia a una mujer, allí, sin embargo, los viajeros han encontrado corazones femeninos tiernos y compasivos. La crueldad de que eran víctimas desde largos siglos no había podido sofocar la llama del amor. ¿No es ésta una prueba irrecusable de que en la mujer es donde reside el principio moral? El hombre es, principalmente, un ser intelectual; la mujer, un ser moral. Por tanto, repito, la dirección de las costumbres y la política a ella debe ser encomendada.
—¡Usted lo ha dicho, ilustre amiga!—exclamó Pareja con sonrisa mefistofélica—. Desde el punto de vista intelectual, la mujer es un ser inferior. Forzoso es acudir a la ciencia antropológica para resolver el problema de la superioridad intelectual del hombre sobre la mujer. Hay que interrogarla con confianza, porque sólo la ciencia puede darnos respuestas categóricas. Ahora bien, la ciencia responde con implacable precisión que el cerebro del hombre pesa, aproximadamente, ciento treinta gramos más que el de la mujer.
—Yo no he negado la superioridad intelectual del hombre en muchos aspectos. La prueba es que no reconozco a la mujer grandes aptitudes para las artes, para la literatura y aun para la filosofía. Lo único que sostengo es que la mujer es más apta para la política, esto es, para todo lo que se relaciona con la moral y las costumbres. Tal superioridad la puede poseer aunque su cerebro pese menos que el del hombre... Pero ¿es seguro, amigo Pareja, que el peso del cerebro sea causa de superioridad intelectual?
—Ignoro si es causa o efecto, pero son dos fenómenos correlativos.
—Voy a demostrarle a usted que no son tan correlativos.
La poetisa se alzó con algún trabajo de su butaca, fué derecha a una de las bibliotecas, sacó de allí un folleto, y, después de sentarse de nuevo, se caló las gafas y comenzó a hojearlo.
—Aquí tiene usted los últimos datos respecto al peso cerebral; el del gato, veintiocho gramos; el del perro, ochenta; la oveja, ciento veinte; el león, doscientos cincuenta; el gorila, cuatrocientos; el buey, quinientos; el caballo, seiscientos cincuenta; el hombre, mil trescientos sesenta; la ballena, dos mil ochocientos; el elefante, cuatro mil seiscientos... ¡Me parece que estos datos no necesitan comentarios!
—Observe usted, querida amiga, que no es en absoluto el peso del cerebro lo que determina la capacidad intelectual, sino más bien la riqueza de sus circunvoluciones.
—Tampoco es un criterio exacto. Cierto que, en general, el cerebro de los animales superiores presenta más circunvoluciones que el de los inferiores; pero existen algunos de inteligencia notable, como el castor, que tienen un cerebro absolutamente liso, sin circunvolución alguna... ¡Y el del elefante presenta más circunvoluciones que el nuestro!
—Tiene razón doña Carmen. ¿Qué nos importan esas circunvoluciones?—exclamó el conde—. La mujer se puede pasar muy bien sin ellas. Usted, amigo Pareja, creería una desgracia irreparable si perdiese algunas; pero yo, cuando amo y admiro a una mujer, no intento averiguar el número de sus circunvoluciones. Es un asunto que no me concierne.
Doña Carmen reprimió un gesto de desagrado que aquella insolente ayuda le produjo, y continuó, dirigiéndose a Pareja:
—Demos por sentada esa inferioridad. ¿Qué implica para el acto de juzgar de la bondad o de la maldad de las acciones? Cuando forman ustedes la lista de jurados, ¿escogen ustedes en una ciudad los hombres más sabios y más inteligentes? Los llaman ustedes a todos por igual, y puede acaecer, y de hecho acaece muchas veces, que un tribunal se componga de hombres zafios y majaderos... Y quien dice un tribunal, dice también un parlamento.
—¿Cómo?, ¿cómo?—exclamó don Sinibaldo—. Va usted demasiado lejos, Carmita.
—No rebaso los límites de la verdad. ¿Por ventura eligen ustedes diputados a los hombres más cultos de la nación? Cuando voy a la tribuna del Congreso y echo una mirada a los escaños, no puedo menos de estremecerme. Yo estoy segura, absolutamente segura, de que el día en que nosotras nos encarguemos de la política no elegiremos representantes a las necias, a las disipadas, a las tramposas, a las perdidas... Nosotras guardamos siempre en el fondo del alma respeto a lo que debe respetarse. La mujer no cae jamás por completo en la abyección como el hombre. Diríase que permanece sobre ella suspendida, sin que sus manos ni sus pies la toquen. La mujer impura ama y venera en el fondo de su corazón la pureza. El ideal de bondad, de belleza y de justicia jamás se desvanece delante de sus ojos. Al contrario de lo que sucede con el hombre, aun sumida en la más profunda degradación, cree siempre en su propia alma. Quizás por eso las mujeres se absuelven tan pronto de sus pecados, porque saben que estos pecados no atentan al pudor inmaculado de su ser.
—Esas últimas palabras son una preciosa confesión, ilustre amiga—dijo Pareja—. La mujer se absuelve pronto de sus pecados porque es un ser tornadizo en el cual las impresiones no arraigan. ¿Me perdonará usted si le digo que tiene además un entendimiento superficial? Observe usted que las mujeres, salvo rarísimas excepciones, sólo aprecian el talento por el éxito que alcanza en el mundo...
—¿Y los hombres no?
—La mujer es ínepta para los negocios delicados y para la política, porque carece, en general, de reflexión. Es un ser impulsivo, casi infantil...
—Mejor que sea infantil. Ustedes no son amables más que de niños. Jesucristo lo ha dicho: «O niños, o como niños.» Me alegro de que aumente la inteligencia, y de que aumente hasta lo infinito, que se apodere de todas las fuerzas de la Naturaleza, y de todos los secretos del Universo; pero dejad que el corazón permanezca niño, que sea dulce, espontáneo, inocente y libre. Entonces la Humanidad habrá tocado a la meta del más alto progreso que se pueda realizar en esta vida, el reinado de Dios habrá bajado a este mundo, el cielo y la tierra se habrán confundido.
—Todo eso es fascinador y romántico—manifestó el señor de la Puente con amable sonrisa de condescendencia—. Nuestra amiga no puede sustraerse al fuego de la inspiración poética, que, a pesar de sus años, arde todavía en el fondo de su alma. De ello debemos felicitarnos y felicitar al mundo, que aun puede esperar de este sol que se acuesta muchas esplendorosas llamaradas... Pero la política, querida amiga... la política es una cosa muy seria.
—Precisamente por eso debe encomendarse a la mujer, que es el ser serio por excelencia, el único que sabe poner toda el alma en su actividad, el único que cree en los resultados de ella... Una fila de señores con levita y sombrero de copa será un espectáculo muy serio en la apariencia; en realidad es bien cómico.
—Encuentro esas observaciones exactas—hube yo de manifestar—; pero, al mismo tiempo, teniendo en cuenta la atracción irresistible que sobre la mujer ejerce el círculo de la familia, ¿no sería de temer que, dedicada a la política, trabajase más por el bien de su hogar que por el público?
—Y los hombres, ¿no hacen otro tanto, amigo Jiménez?... Efectivamente—añadió con sonrisa maliciosa y bajando la voz—, a veces no trabajan por su hogar, sino por el de sus queridas.
—Pero, doña Carmen—repliqué yo—, ¡esas ideas trastornan y hacen cambiar radicalmente la dirección de la sociedad contemporánea!... Cuando todos los pensadores convienen en la necesidad de vigorizar el organismo social, cuando no se escucha otro grito que el de: «¡Hay que virilizar la raza!»...
—¿Virilizar la raza? ¿Para qué? Lo que hay que hacer es afeminarla. O lo que es igual, hay que volverla un poco menos brutal y egoísta; hay que infundirla las cualidades femeninas de la fe, de la piedad y del valor...
—¿Del valor?—exclamó el conde—. ¿No habíamos convenido en que la mujer es un ser tímido?
—Doña Carmen no cree en la timidez de la mujer—respondió Pareja riendo.
—Siempre he pensado lo mismo, pero no es esa la opinión general. La mujer es tímida por coquetería. Que se trate de aparecer bella, y será capaz de arrojarse desde la Giralda de Sevilla.
—¿Quién tiene la culpa de esa coquetería?—profirió doña Carmen con viveza—. Desde hace largos siglos, ustedes no le han asignado otro papel que el de agradar. O agradar al hombre, o vivir y morir despreciada: tal es su destino. El mundo, para la mujer, no es más que un vasto harén disfrazado.
—Y ¿cuál destino más noble, señora, que el de amar y el de ser amada? Mientras los hombres, espoleados por la necesidad y la ambición, nos fatigamos hasta caer rendidos, luchamos hasta perder la vida, la mujer, en el recinto de su gabinete, sigue con mirada ansiosa nuestra carrera y se ofrece como premio a nuestros esfuerzos. La mujer es la estrella que nos guía en las lóbregas noches de nuestra existencia, es la flor perfumada que guardamos en el jardín de nuestra alma. ¿Cómo quiere usted, señora, que la expongamos a los vendavales furiosos de la política? Sus bellas manos delicadas no están hechas para mezclarse en esos juegos, muchas veces sucios y casi siempre peligrosos.
—Sea usted franco, conde, la mujer ha sido, es y debe ser siempre la eterna odalisca.
—No la quiero odalisca, pero tampoco la quiero transformada en senador vitalicio como mi amigo la Puente. ¡Es demasiado prosaico!... Perdón, don Sinibaldo: no he querido decir que sea usted prosaico... Pero las tareas encomendadas a un senador no son, en verdad, de las más poéticas. Figúrese usted, señora, que una hermosa mujer dijese a su marido: «Perdona, hijo; hoy no puedo entretenerme demasiado contigo, porque necesito prepararme para una interpelación que tengo mañana en el Congreso sobre la reforma del arancel...» ¡Es horrible!
—¿Por qué horrible? Encuentran ustedes horriblemente prosaico que las mujeres discutan la cuestión de tarifas o la conversión de la Deuda. ¿Es más poética cuando toma la cuenta a la cocinera: tanto de arroz, tanto de chorizos? ¿O cuando llama a la lavandera y apunta la ropa sucia: tantas enaguas, tantos calzoncillos? En cuestión de estética, no veo gran diferencia. Por el contrario, la administración del Tesoro público, por su magnitud y por su transcendencia, imagino que es una tarea más elevada.
—¡Oh cielos! El día en que sean ustedes diputados y senadores, será un espectáculo bien divertido el presenciar cómo se arrancan los moños.
—No lo será más que cuando ustedes alzan los puños en el Congreso y se dirigen injurias soeces acompañadas de frases de carretero... Pero no, las mujeres, si no respetamos los recintos, respetamos los sentimientos justos y los nobles proyectos. Recientemente se ha organizado una magna asamblea de señoras en Versalles. Pues bien, aquella asamblea celebró varias sesiones con la mayor mesura, discutió sus acuerdos y llegó a formular sus conclusiones con perfecta corrección. Sólo unos cuantos caballeros feministas allí admitidos desentonaron, y fueron llamados al orden por la presidenta... Y sin ir tan lejos, todos los días en Madrid se reúnen en asamblea muchas señoras con objetos benéficos, se organizan en comisiones, discuten, ponen en práctica sus decisiones, y todo pasa sin los lamentables incidentes que suelen ocurrir en las asambleas masculinas. No les hablo de los institutos religiosos, porque demasiado saben ustedes que los de mujeres, por el espíritu de abnegación, de disciplina y de armonía, son muy superiores a los de los hombres, y lo serían aún mucho más sin la inoportuna intervención de los clérigos que las dirigen.
—¿De dónde procede, entonces, que en tertulias, en bailes, en teatros y conciertos armen ustedes insoportable algarabía? ¿Cuál es la causa de que ustedes se detesten tan cordialmente, y en los paseos se miren ustedes como se miraban los güelfos y gibelinos?—manifestó el conde.
—Por la razón que antes he dicho, por el miserable papel que hasta ahora nos han obligado ustedes a representar. La mujer viene de la esclavitud, y viene con todos los defectos que la esclavitud engendra, la timidez, la mentira, la hipocresía, la ligereza. Pero levantadla a otros destinos más altos, y su alma recobrará su celestial herencia, se abrirá al espíritu de justicia. La mujer es un ser nacido para la política, porque la política toca a las costumbres, y en todos aquellos pueblos que han alcanzado cierto grado de cultura es la reina de las costumbres. De hecho bien saben ustedes que ha intervenido siempre de un modo capital en ella...
—Ahí está la historia para mostrarnos que no lo ha hecho bien—dijo Pareja.
—Ni mejor ni peor que los hombres. ¿Desean ustedes saber por qué ha intervenido algunas veces perniciosamente en los negocios públicos? Porque carecía de responsabilidad, porque la política ha sido hasta ahora para ella un juego. Le está vedado pensar en la transcendencia de sus actos, pero se le permite, como a los niños, satisfacer sus caprichos. La du Barry hacía saltar sobre la mesa, delante de Luis XV, unas naranjas, gritando y riendo: «¡Salta, Choiseul!, ¡salta, Praslin!» Y con estas travesuras hizo caer al primer ministro, su enemigo. Aquella pobre mujer era considerada como un animal hermoso destinado al recreo. Pero aquella mujer guardaba en el fondo del alma un tesoro de bondad admirable; era noble, generosa, inocente. Si en vez de degradarla se la hubiese elevado con una educación adecuada, si en vez de un ser irresponsable la hubieran hecho un ser responsable, no haría saltar a Choiseul por capricho o por venganza..., aunque tal vez le hubiera destituído por traidor.
—De todos modos, mi querida amiga, yo no puedo resignarme a ver la política y las leyes en manos de las mujeres. Son harto frágiles para cosas tan pesadas—apuntó don Sinibaldo.
—¿No se resigna usted? Pues parece usted bien resignado. Al frente de la política y las leyes españolas se encuentra hoy una mujer, y usted la obedece y la acata, y no duda, como nadie duda en Europa, de que su juicio sereno, sus rectas intenciones, el amor que siente por su país adoptivo, son prenda segura de paz y prosperidad para la nación. Largo tiempo ha que nuestra Patria no ha sido regida con tal claridad y justicia, y que una mano tan suave y firme a la vez haya empuñado el cetro español. El prestigio de esta augusta señora aleja del Trono toda sospecha odiosa, la intriga política huye avergonzada, los malvados se esconden, y el ciudadano laborioso vive tranquilo y confiado en su hogar.
—¡Oh Carmita, por Dios!—saltó don Sinibaldo con síntomas de sofocación—. Nadie más que yo admira las dotes incomparables de nuestra Reina Regente. A ella he dedicado mi obra sobre el «censo enfitéutico en Asturias y Galicia», y tuve la dicha de escuchar de sus augustos labios frases de aliento que no se borrarán jamás de mi corazón.
—Pues si usted no duda de que una mujer, no escogida, sino llevada por la casualidad del nacimiento a la dirección política de un país, es apta para gobernarlo, tiene discernimiento bastante para decidir nada menos que de la paz y de la guerra, para poner su veto a las leyes que los representantes del país han votado, para elegir a todos los funcionarios públicos, ¿por qué no quiere usted otorgar a las mujeres elegidas entre las mejores del país aptitud suficiente para contribuir a la elaboración de las leyes y para decidir de lo justo y de lo injusto?
—Pero, en suma, mi ilustre amiga—manifestó Pareja—, si es verdad que hasta ahora han representado ustedes un papel miserable, ¿cuál es el que usted quiere que representemos nosotros el día en que el Parlamento, los Tribunales de justicia y la Hacienda pública se hallen en manos de ustedes?
—¡Ahí me duele, amigo Pareja, ahí me duele!—exclamó doña Carmen dejando escapar un suspiro—. Quizás piense usted, como todos los hombres, que, al arrebatarles esas cosas, les privamos del mayor tesoro de la existencia. Vive usted engañado. La política no es un tesoro, sino una carga. El progreso la hará cada día más ligera, pero hoy es bien pesada. La política no es algo substancial, no pertenece al fondo y a la esencia de la vida, a ese fondo divino que la presta sentido y valor. Sólo es un medio para que la Humanidad pueda gozar de ese tesoro los breves días que el Cielo nos permite alentar sobre la tierra. Al entregarnos la política, ustedes son quienes nos arrebatan el fruto verdaderamente sabroso de la existencia, nos condenan irremisiblemente a un papel secundario. El culto a la Divinidad, el arte, la ciencia, la industria, eso es lo que ennoblece la vida, no la gestión de los presupuestos ni la policía de las calles... Observen ustedes la vida de un sabio o de un artista. Si Dios les ha concedido una esposa prudente, a ella entregan la administración de sus intereses, y sus días se deslizan serenos y felices en la evocación de hermosas imágenes o en la investigación de las sublimes leyes de la Naturaleza... Ahí tienen ustedes a mi hijo... No sabe el dinero que hay en la casa, ni lo que en ella gastamos. Entregado a sus proyectos y dibujos, se ha desentendido de tal modo de todo lo demás que ni de su ropa de vestir se ocupa. ¿Querrán ustedes creer que para que se haga un traje es necesario que Raimunda llame al sastre, escoja el paño y le tomen las medidas por sorpresa? Pues eso que hacen muchos de ustedes dentro de su casa particular, con el tiempo lo harán todos dentro de la casa pública. Entonces no seremos nosotras las esclavas que se arrastran temblando a los pies de su señor, ni tampoco esos ídolos caprichosos a quienes en el norte de América se rinde un culto que resulta irónico, esas máquinas imponentes de gastar dinero que necesitan los millonarios anglosajones para deslumbrar a la muchedumbre. Queremos solamente el papel que la providencia de Dios nos ha asignado en este mundo; la guarda de la casa y el cetro de la justicia. Ustedes, a debatir los altos problemas de la metafísica, a sondear las profundidades de la teología, a escribir poemas inspirados, a modelar estatuas y pintar lienzos inmortales, a conquistar las fuerzas de la Naturaleza y hacerlas esclavas sumisas de nuestro bienestar. Nosotras, pobrecitas, a cuidar de la hacienda, a perseguir a los malvados, a recompensar a los buenos, a dar a cada uno lo que le pertenece, a limpiar de abrojos el camino del sabio, del explorador y del artista. Para vosotros, el goce inefable de la conquista; para nosotras, el trabajo y el peligro sin la gloria. Una bella aurora luce en el horizonte. El eje del mundo, desviado de sus polos diamantinos, se endereza. La claridad desciende al cabo del cielo, y una felicidad desconocida inunda a los mortales. Un nuevo imperio se descubre a nuestra vista, el imperio de la paz y la justicia. Luchemos hasta morir por conseguirlo; esperemos que el Espíritu de Infinita Paz nos lo conceda...
Doña Carmen se interrumpió súbitamente, y sus ojos, que parecían arrobados en delicioso éxtasis, cambiaron de expresión. Comprendí la causa, porque los míos no se habían apartado desde hacía algún tiempo del conde de Sobeyana. Le había visto estrechar la distancia que le separaba de Raimunda, había observado sus miradas insistentes y las palabras que en voz baja le dirigía alguna vez, como si quisiera trabar íntima conversación con ella. Por fin, le vi extender el brazo, apoyarlo en el respaldo de la butaquita donde la hermosa nuera de la poetisa se sentaba, y acercar demasiadamente la mano a su cabeza.
Raimunda no parecía darse cuenta de tal asedio galante. El caso no era raro tratándose de aquella Juno colosal, cuya alma se paseaba demasiado a sus anchas por el cuerpo.
Por fin, creí notar que el conde rozaba con sus dedos los cabellos de la joven, y temblé pensando que su marido, que se hallaba del otro lado, podía volver hacia allí los ojos y observarlo. Era mucha la osadía de aquel hombre.
Pero aun fué mayor. Hábil y rápidamente, como un perfecto escamoteador, vi que tiraba de un peinecillo de concha que sujetaba por detrás los cabellos de la hermosa, lo tenía un instante entre los dedos, y lo metía con pasmoso disimulo en el bolsillo. Esto fué lo que hizo cambiar de expresión instantáneamente los ojos de doña Carmen. Raimunda sintió que el adorno se le desprendía de la cabeza, se incorporó, y se llevó la mano a ella, exclamando en voz baja:
—¡Se me ha caído un peinecillo!
Se puso en pie, corrió la butaca y comenzó a buscar.
—No lo busques: ya parecerá mañana—dijo doña Carmen con voz un poco cambiada.
—¿Por qué no? Si debe de estar aquí. En este momento se me ha caído.
Su marido se puso en pie para ayudarla. Otro tanto hicieron el conde, don Sinibaldo y Pareja. Yo les imité, y comenzamos a buscar encendiendo cerillas.
—No muevan ustedes las sillas. ¡Si tiene que estar aquí! ¡Qué cosa más extraña!—repetía Raimunda.
—Déjalo, hija mía. Esos señores se están molestando. Ya parecerá después—dijo doña Carmen, cuyo rostro había empalidecido.
—Es que si lo pisan, se romperá, de seguro, y es un regalo que me ha hecho Felipe hace unos días.
—Bueno, ya te regalará otro.
—Si ha caído, aquí tiene que estar. No es un objeto tan pequeño para ocultarse en el pelo de la alfombra—profirió Felipe en tono desabrido que me hizo temblar.
Seguíamos buscando, y comenzaba a invadirnos a todos un extraño malestar. El rostro de doña Carmen se iba poniendo cada vez más pálido, y sus ojos expresaban una viva inquietud. Vi que el de su hijo se iba obscureciendo, y temí las consecuencias. Por un impulso irreflexivo me incliné hacia el conde, que aparentaba buscar con el mayor afán, y le dije en voz muy baja, pero en tono imperativo:
—Déme usted ese peinecillo.
Le vi ponerse pálido también, llevó la mano al bolsillo, y dejó en el suelo el objeto que buscábamos. Yo me apoderé de él, y exclamé enderezándome:
—¡Ya pareció!
Celebróse el hallazgo, y los semblantes de doña Carmen y su hijo se serenaron. Prosiguió la conversación, pero yo me despedí por si el conde quería seguirme y exigirme satisfacción del atrevimiento. Felizmente, no lo hizo. Sin duda, comprendió que yo no había tenido intención de ofenderle, sino de evitar a aquella familia y a él mismo un disgusto. Al despedirme, doña Carmen me apretó con fuerza la mano.