ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID
TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ
Libertad, 16 duplicado

1886
ES PROPIEDAD

[RIVERITA TOMO I:]
[I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII]

[RIVERITA TOMO II:]
[I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII]

TOMO I

I

La primera noticia que Miguel tuvo del matrimonio de su padre se la dio el tío Bernardo, persona de extremada respetabilidad y carácter. Tomole de la mano gravemente momentos antes de comer, y le llevó a su escritorio, una pieza de aspecto sombrío, llena de cachivaches antiguos, grandes armarios de libros y cuadros al óleo que el tiempo había oscurecido hasta no percibirse siquiera las figuras. Las sillas eran de roble viejo, las cortinas de terciopelo viejo también, la alfombra más vieja todavía, la mesa de escribir un verdadero prodigio de vejez. Miguel sólo dos veces en su vida había visto este aposento sagrado y augusto para la familia. Una vez se lo había enseñado su primo Enrique desde la puerta alzando discretamente la cortina y mirando con temor hacia atrás para no ser sorprendido en flagrante profanación. Otra vez había sido residenciado por su tío en aquel recinto en compañía del mismo Enrique por haber ambos maltratado de palabra y de obra a la cocinera de la casa bajo el pretexto infundado de que no eran suficientes dos peras por barba para merendar. No es fácil imaginar, pues, el respeto que esta pieza le merecía a Miguel, aunque su temperamento no fuese demasiadamente respetuoso, según constaba de modo incontestable en la escuela y en otros diversos parajes de la villa.

D. Bernardo dejó a su sobrino arrimado a la mesa de escribir y comenzó a pasear silenciosamente y con las manos atrás; sopló con fuerza tres o cuatro veces, desgarró otras tantas, y dijo al fin parándose un instante:

—Miguel, tú tienes uso de razón, ¿no es cierto?

Miguel le miró, abriendo mucho los ojos, sin contestar.

—¿Has cumplido los siete años?—manifestó su tío poniendo el concepto más al alcance del niño.

—Tengo ocho.

—Tanto mejor... En efecto, tu padre se casó diez años después que yo... hace nueve aproximadamente... Muy niño eres aún para entender ciertas cosas. ¡Muy niño! ¡Muy niño!

Y D. Bernardo contempló con expresión de lástima a su sobrino, que apenas podía posar, estirándose mucho, la barba sobre la mesa, y meditó breves momentos: después continuó paseando.

—Sin embargo, pienso, Miguel, que harás un esfuerzo para entenderme... ¿no es verdad que lo harás?... No es menester que penetres por completo el sentido de mis palabras, porque en edad tan tierna no es posible; basta con que te hagas cargo de lo que voy a decirte... de lo que tengo encargo de decirte—añadió rectificando.—Has tenido la desgracia de perder a tu madre cuando naciste, de no haberla conocido; era una verdadera dama, noble, distinguida, de modales muy finos, y que se hacía respetar de todos. En este concepto, nuestra familia nada tuvo que oponer al matrimonio de Fernando, por más que tu madre no fuese rica, que no lo era en verdad: la distinción, los modales, las relaciones compensan muy bien la falta de fortuna. Mercedes estaba relacionada con la mejor sociedad de Madrid y sabía hacer los honores de un salón como la primera. Desgraciadamente para tu padre, falleció al año de estar unidos, cuando el tapicero no había terminado aún de arreglar los dos salones que habían destinado para recibir, cuando aún no se habían repartido todas las papeletas de enlace. Si algo pudo mitigar el dolor de Fernando, fue el testimonio de respeto que en aquella ocasión se apresuró a darle la espuma de la sociedad madrileña: más de doscientos coches particulares siguieron el entierro de la pobre Mercedes; S. M. mandó el coche de respeto con los lacayos enlutados; después se recogieron a la puerta más de seiscientas tarjetas de pésame, y a los funerales que por el eterno descanso de su alma se celebraron en San Isidro, acudió un sinnúmero de personas de calidad, y en representación de S. M., el mayordomo de Palacio. Yo presidí el duelo de familia, el segundo cabo el de militares, y Monseñor Giner el de sacerdotes. Sobre este punto no hay más que decir: todo fue conforme a los usos establecidos y a lo que exigía el decoro de nuestra familia.

D. Bernardo se detuvo para echar una mirada a Miguel, quien al compás que escuchaba a su tío, o no lo escuchaba (que esto nunca pudo averiguarlo D. Bernardo), daba infinitas vueltas entre los dedos a un vaso griego de barro que servía de prensa-papeles. Quitóselo de la mano suavemente, colocolo en su sitio y tornó a recoger con el paseo el hilo de su interrumpido discurso.

—El dolor que tu padre experimentó fue grande, y supo guardar como quien es todo el tiempo de su viudez el respeto que debía a la memoria de una dama tan principal como tu madre. Por espacio de dos años, no solamente gastó luto él, sino que lo hizo llevar a toda la servidumbre, al coche y a los caballos; no pisó los salones hasta bien trascurrido el año, ni recibió en los suyos más que a los amigos de entera confianza; de este modo se adquiere el respeto y la consideración de la gente. Pero como las cosas no deben ni pueden llevarse al extremo, pasados dos o tres años, tu padre entró nuevamente en la vida de la sociedad distinguida, donde por su nombre, por su grado en el ejército y por su fortuna tiene derecho a brillar entre los primeros. Entonces empezó a tocar los verdaderos inconvenientes de su estado. En una casa de la importancia de la de Fernando una señora es absolutamente indispensable; tú no puedes comprender esto porque eres muy niño, Miguel, ¡muy niño!...

D. Bernardo consideró de nuevo a su sobrino con profunda compasión.

—La presencia de una señora, de una dama, comunica a la casa cierto brillo que ni el nombre ni el dinero por sí solos pueden alcanzar. Tu pobre papá se ha visto privado hace ocho años de dar bailes, comidas, ni un té siquiera... ¿Quién había de hacer los honores?... Y vuestra casa es una de las mejores de Madrid, está decorada con mucho gusto, aunque un tanto abandonada de algún tiempo a esta parte. Es lástima y grande que no haya podido aprovecharse hasta ahora el espacioso y elegante salón que tenéis. Además, por lo que he podido observar y han observado también algunas personas de la familia y de fuera, en casa de Fernando reina cierto desconcierto inevitable; por buena que sea una ama de llaves, por buenos que sean los criados, no es posible que atiendan como corresponde a todos los pormenores... Tu misma educación, Miguel, anda bastante descuidada al decir de la gente. Me han dicho que juras en casa como un carretero...

Estas últimas palabras las dijo D. Bernardo con más alta entonación y parándose frente a su sobrino. Éste sonrió avergonzado; pero al ver que el tío fruncía las cejas, quedose otra vez serio.

—¡Claro está! un padre por más que se esfuerce no puede conseguir inculcar a sus hijos ciertas reglas de urbanidad, so pena de no perderlos de vista un solo instante. Esto sólo puede hacerlo una señora, una madre... Así que desde largo tiempo vengo aconsejando a mi hermano, y conmigo toda la familia, y no sólo la familia, sino cuantos amigos se interesan por él, que de nuevo tome estado, organice su casa sobre el pie que le corresponde y salve el decoro de la familia... Al fin, cediendo a mis reiteradas súplicas, y repito que no solamente a las mías, sino a las de todos sus parientes y amigos, tu papá ha pensado en dar a su casa una señora y a ti una mamá... Pero entiéndelo bien, Miguel, sólo por las razones antes apuntadas, no por otra alguna, tu padre ha consentido en tomar estado... ¿Te haces bien el cargo?....

Miguel le miraba y le remiraba con los ojos muy abiertos, sin moverse; sentía deseos atroces de irse a jugar con su primo Enrique.

—Ahora bien; lo mismo tu padre que yo, que toda la familia, esperamos que con la presencia de tu nueva mamá se opere en tu conducta un cambio favorable; que dejes esos modales, propios de gentuza, no de caballeros; que no pases el día metido en la cocina, escuchando las sandeces de los criados; que no te arrastres por los suelos como un perro, estropeando los vestidos; que seas, en fin, menos cerril y desvergonzado.

A Miguel se le figuró que su tío le estaba insultando, por lo que, aprovechando una de sus vueltas, le hizo algunas muecas despreciativas, y, no satisfecho con esto, a otra vuelta una seña harto más grosera que le había enseñado el lacayo, y que a poder verla hubiera dejado absorto al respetable caballero.

—Con eso contamos, Miguel, aparte de otros muchos cambios beneficiosos que en vuestra casa se han de efectuar seguramente, y que tú no tienes edad aún para comprender..... Y, nada más por hoy. He cumplido el encargo que tu padre me ha dado, el cual, entre paréntesis, es muy débil contigo..... ¡pero muy débil! más de cien veces se lo he dicho..... Tú eres un chico que hay que educar virga férrea, y si no, llegarás a dar muchos disgustos.....

Miguel no entendió el latín, pero calculó bien que aquello debía ser algo como palos o azotes, y lleno de ira volvió a enseñar los puños a su tío por la espalda.

—Vamos, vete ahora con tus primos, y cuidado con las travesuras—concluyó diciendo D. Bernardo mientras empujaba al niño hacia la puerta.

Era aquel señor alto, seco, aguileño, bajo de color, de edad de cincuenta años, poco más o menos, pelo ralo y entrecano, cejas espesas, las mejillas cuidadosamente rasuradas, dejando solamente debajo de la nariz un exiguo bigote, que cada día iba siendo más exiguo merced a los trabajos invasores que por entrambos lados llevaba a cabo la navaja: la expresión de su rostro, severa e imponente, a lo cual ayudaban en no pequeña parte aquellas cejas pobladas que el buen caballero había recibido del cielo, y que solía arquear y extender en la conversación de un modo prodigioso; y en mayor porción todavía cierta manera extraordinaria de hinchar los carrillos y soplar el aire lenta y suavemente, que infundía en el interlocutor respeto y veneración. Había desempeñado algunos cargos de importancia en la administración pública, y había estado a pique una vez de ser nombrado senador ministerial: este era el sueño de su vida; tenía bienes de fortuna, y gozaba mucha consideración entre sus deudos y amigos: para coronar, no obstante, el edificio de su respetabilidad, que piedra sobre piedra había ido levantando con trabajo durante muchos años, faltaba aquel remate; pero lo alcanzaría, no había quien lo dudase; la familia lo esperaba con afán; los amigos lo daban como seguro en un plazo más o menos breve.

II

En el pasillo aguardaba Enrique a su primo Miguel, el cual, así que le vio levantó los brazos y sonando las castañuelas dio tres o cuatro zapatetas en el aire para acercarse a él.

—¿Quieres que bajemos a la cochera hasta la hora de comer?

—¿Y si viene mamá?

Miguel hizo un gesto de desprecio. Enrique vaciló algunos instantes, mas al fin se decidió a abrir con sigilo la puerta y escaparse por la escalera de servicio.

Era Enrique un muchacho que guardaba en aquella época semejanza increíble con un perro ratonero de los que hoy tienen prestigio entre las damas; después se compuso bastante, pero aún es feo hasta donde un hombre de bien puede serlo. Traía por lo común el cabello hecho greñas y aborrascado, las narices llenas de mocos, las manos sucias y el vestido roto y cuajado de lamparones. Sólo cuando a doña Martina su madre le venía en mientes sacarlo a paseo o llevarlo a misa o de visita a alguna casa se le podía ver; mas para esto era necesario que aquella señora le condujese al piso segundo y se encerrase con él en un cuarto que pudiera llamarse de las abluciones; al cabo de media hora después de haber sufrido una razonable cantidad de repelones, estirones de orejas y bofetadas, que doña Martina creía indispensable asociar siempre a su tarea, salía el buen Enrique lloroso y suspirando, pero más limpio que una patena. Y hasta otra. En la casa, donde imperaba la pulcritud, se le miraba de mal ojo y era a menudo víctima por su aversión a aquella preciosa cualidad, no sólo de las correcciones paternales, sino de las crueles e impensadas arremetidas de su hermana mayor Eulalia, joven de diez y seis abriles no muy floridos, casta, limpia, hacendosa, diligente, llena, en fin, de virtudes domésticas, el mimo de sus papás y el blanco del odio de Enrique y del primo Miguel.

—Oyes, Miguel—le dijo Enrique en voz baja, mientras descendían cautelosamente por la escalera del patio;—¿para qué te quería papá?

—Para decirme que mi papá va a casarse—respondió Miguel alzando los hombros con indiferencia.

—¿Con quién?

—Con una señora.

—¿Entonces vas a tener mamá pronto?

Miguel no juzgó necesario contestar.

—¿Estás contento?

—¿A mí qué me importa?

—¿No tienes miedo que haya?... (Enrique hizo una seña expresiva de vapuleo.)

Miguel le miró un poco turbado.

—¿Por qué?

—Las mamás pegan siempre más que los papás—afirmó sentenciosamente Enrique.

Miguel calló unos instantes y al fin dijo:

—Si me pegase, le pegaría a ella papá.

Enrique no quiso insistir.

En esto cruzaron el patio y entraron en la cochera. Lo que allí hicieron no es para contado y menos para descrito; un sinnúmero de travesuras, todas en manifiesta oposición con la integridad y aseo de los trajes: baste decir que a última hora entraron en la cuadra, montaron los caballos, les llenaron los pesebres de paja, les barrieron la porquería, y no satisfechos aún, tomando el cepillo y el rascador, se pusieron a sacarles el polvo (y a echárselo a sí mismos encima). Cuando se fue acercando la hora de comer, estaban ambos que daba asco mirarlos; tanto, que Enrique, el cual, como ya hemos dicho, no tenía inclinación bien determinada hacia la limpieza, quedó un momento pensativo mirándose y mirando a su primo.

—¿Sabes que estamos muy puercos, Miguel?

Éste asintió con la cabeza, mirándose y mirando a su primo también.

—Si vamos al comedor así, me da mamá una tocata... ¡Recontra qué tocata!

Miguel, con quien no había de ir el asunto, se contentó con sacudirse un poco el polvo.

—Mira, vamos al cuarto de Eulalia, al piso segundo, y allí nos podemos lavar... Yo con estas manos no voy al comedor.

En efecto, las manos de Enrique en aquella sazón no estaban visibles.

Subieron con la misma cautela que habían bajado por la escalera de servicio, echó Enrique una ojeada al gabinete de su madre, y enterándose de que estaba allí Eulalia, subieron ya sin temor alguno al piso segundo y se posesionaron del cuarto de aquella señorita. Lo primero que hicieron fue echar el pasador a la puerta a fin de que no los sorprendiesen. Después comenzaron a usar y a abusar de los copiosos medios de aseo que allí existían; sumergieron ambos las manos en la jofaina, que trasvertía de agua clarísima; apoderáronse de una magnífica pastilla de jabón de almendras, y en pocos minutos, a fuerza de sobarse con ella, la redujeron casi una tercera parte; tomaron las esponjas, las empaparon en el agua del jarro y se las pasaron repetidas veces por el rostro y la cabeza; no contentos con esto, llevaron sus manos sacrílegas al tarro de la pomada, al frasco del aceite y a los pomos de las esencias, adobándose y perfumándose con todo ello sin duelo alguno; no satisfechos aún, osaron coger la misma borla de los polvos de arroz que servía a la pulcrísima sultana para ocultar ciertas rosetas importunas que la erisipela había hecho nacer en su rostro, y se embadurnaron con ella en medio de groseras carcajadas; después llevaron todavía su audacia a usar de un frasco de colorete, pintándose los labios, las narices y hasta las orejas, como cerdos inmundos que eran; después tornaron a lavarse con la esponja y a secarse con las inmaculadas toallas colgadas de entrambos lados del tocador; finalmente, se lavaron los dientes y las muelas esmeradísimamente con los cepillos que para este efecto allí estaban, frotándolos primero en una cajita de polvos dentífricos. Este magnífico y escrupuloso lavatorio del aparato dental, coronó, en opinión de ambos, la obra de aseo que con tan buen éxito habían emprendido, y se decidieron a bajar al comedor. Pero antes de salir, se les ocurrió casualmente que tenían los pantalones cubiertos de polvo y porquería; vuelta a echar mano de la esponja, porque no hallaron cepillos, y a frotarse con ella hasta tapar las manchas. Las botas se hallaban también, y aún más que los pantalones, en estado de merecer, y Miguel acudió solícito con la esponja a limpiarlas; pero Enrique, no encontrando el medio bastante adecuado, entró en la alcoba de su hermana y se las limpió muy bien con la colcha de la cama. ¡Ea! ya están arreglados aquel par de pájaros; se miran en la luna del armario y dejan escapar un suspiro de satisfacción. Sin embargo, Miguel medita un momento, y dice:

—¡Mira, tú, que si Eulalia viniera ahora!...

—Ya no sube hasta la hora de dormir... ¿No ves que vamos a comer en este momento? Y si viene, ¿qué, recontra? El día que me vuelva a pegar, le doy en las narices con esta badila (aquí Enrique sacó una de bronce que tenía escondida ad hoc en el forro de la chaqueta). ¡Ella no tiene por qué pegarme, contra! ¿Es mi madre por si acaso? ¡Ah, recontra; pega porque sabe meter baza a papá! Cuando está mamá delante, ya se guarda ella de tocarme el pelo de la ropa. ¡Y que lo diga! ¡Menudo coscorrón se ha mamado ayer!... Ya me dijo mamá: «no seas tonto, Enrique; el día que te pegue tu hermana, tírale a la cabeza con lo que tengas a mano.» Aquí está la badila; ¡que venga, que venga!... ¡Vaya, hombre, que ya no se puede sufrir! ¡todo el día pega que te pegarás, como si yo fuese un mulo de artillería!...

—¡Pero chico, si la das con la badila la matas!

—¡Que la mate, recontra! ¿Para qué sirve en el mundo esa puerca? ¡Siempre metiéndose donde no la llaman! ¡Caciplándolo todo! ¡Metiendo las narizotas en las cosas de sus hermanos!... ¡Ya no la aguanto más, recontra!

Apesar de las disposiciones belicosas de Enrique respecto a su hermana, quedose un instante suspenso y pálido escuchando pasos en el corredor, lo cual probó a su primo Miguel que aún no le había abandonado enteramente el instinto de conservación. Los pasos se alejaron al fin sin dar el resultado desastroso que fue de temer, y Enrique con voz más sosegada dijo:

—Me parece que ya es hora de comer. Vamos abajo antes que nos llamen.

En efecto, cuando los dos primos llegaron al piso principal, la familia estaba ya en el comedor, que era una pieza espaciosa, amueblada también a la antigua. En el centro una gran mesa de roble tallado cubierta con el mantel y atestada de platos, copas, fruteras y dulceras; a juzgar por el número de cubiertos, había convidados. Sobre la mesa ardía una lámpara de bronce colgada del techo. Los aparadores casi tocaban en él y eran también de roble tallado; las sillas de roble igualmente; todo de roble. Esta madera dura, maciza y adusta, parecía el símbolo de aquella respetable familia.

Sentado ya a la mesa leyendo un periódico, estaba el dueño de la casa, D. Bernardo Rivera, con la frente espantosamente fruncida, no porque estuviese disgustado, sino porque tal era su costumbre siempre que leía algo; guardaba frente a los periódicos y los libros la actitud prevenida y hostil del que no quiere ser juguete de sofismas o frases relumbrantes. Doña Martina, su esposa, daba vueltas por la estancia, atenta a que nada faltase, ni sobrase, en la mesa y en los aparadores. Era mujer de unos cuarenta años, de regular estatura, metida en carnes, que no habría sido fea a los veinte, de fisonomía abierta y simpática, pero ordinaria; el talle y la figura más ordinarios aún, porque el vientre le había crecido en los últimos años mucho más de la cuenta y no había corsé que lo sujetase; la voz aguda y desentonada, los ademanes bruscos y el mirar dulce y halagüeño: vestía un traje de terciopelo de color castaño, que en aquella época era el sumo lujo entre las señoras de calidad; mas advertíase que aquel terciopelo no estaba tan bien pegado a sus carnes como era de esperar, dado el aspecto imponente y el concertado gusto y elegancia que reinaban en la casa. Consistía esto (vamos a decirlo en secreto al lector, porque en secreto y al oído se lo decían los amigos de la familia cuando tocaban este asunto), en que doña Martina había sido planchadora en sus juveniles años, planchadora de la casa de su esposo, o por mejor decir, de los padres de su esposo. Cómo D. Bernardo Rivera había descendido tan abajo y doña Martina había subido tan arriba, no era fácil de explicar en aquel tiempo; años atrás no había tal dificultad para los que apreciaban, en su justo valor, las carnes macizas y sonrosadas de la buena señora. Se contaban a este propósito mil anécdotas más o menos chistosas, que todas redundaban en elogio de ella; doña Martina había sido, en sus tiempos floridos, una fortaleza inexpugnable; el fuerte de Figueras y la ciudadela de Santoña, eran castillitos de naipes al lado suyo; sus condiciones de resistencia la habían llevado al término feliz en que hoy la vemos. Verdaderos o falsos estos dichos maliciosos, el resultado es que D. Bernardo se encontró casado, y fue necesario que su esposa salvase de un golpe la enorme distancia que mediaba entre su humildad y la grandeza y autoridad que habían acompañado al Sr. de Rivera desde sus más tiernos años. ¿La salvó en efecto esta señora? En concepto de D. Bernardo no, y esta era la espina más dolorosa de su vida, la que le amargaba las muchas satisfacciones que la sociedad le había proporcionado. Sin embargo, hay que convenir en que ella había hecho todo lo que estaba de su parte; si no lo había conseguido, acháquese a todo menos a falta de buena voluntad. Y todavía creemos que andaba su esposo algo exagerado en este punto; porque doña Martina supo muy bien, al cabo de pocos años, recibir a los amigos de su esposo con dignidad, ya que no con distinción, y supo también preparar una mesa con elegancia y pasear en carretela por la Castellana sin ir rígida e incómoda en el asiento; aprendió igualmente a no dormirse en el Teatro Real y a saludar a sus amigas desde lejos abriendo y cerrando repetidas veces la mano; ofrecía la casa bastante bien, aunque siempre con las mismas frases; se enteraba de las últimas modas y se las aplicaba; se echaba polvos de arroz y se pintaba las cejas cuando iba a algún sarao; por último, aunque con marcado acento español, había llegado a hablar medianamente el francés.

Apesar de todo esto, el Sr. de Rivera no estaba satisfecho. No que lo manifestase tontamente y al primero que llegase, pues la circunspección era una de sus cualidades predominantes, pero lo dejaba traslucir a sus íntimos amigos. Hallaba don Bernardo que su cara esposa reñía demasiado con los criados y a voces, que sus frases de cortesía eran siempre las mismas y pronunciadas en retahíla como una lección, que daba confianza a cualquier amiga y la iniciaba sin reparo en los asuntos domésticos, que no observaba, en fin, con las personas que frecuentaban la casa, aquella dignidad y reserva, aquel sosiego imponente propios de una perfecta señora. Este capítulo de cargos que el Sr. de Rivera tenía guardado contra su esposa, había ocasionado serios disgustos matrimoniales.

Sentada en una butaca trabajando con aguja de marfil en una colcha de estambre estaba Eulalia, cuya fisonomía semejaba notablemente a la de su papá: era también larga de cara, aguileña, de cejas pobladas y labios colgantes que expresaban un profundo desprecio a todo lo que abarcaban sus ojos: como él, tenía fruncida la frente casi siempre, lo cual daba a su rostro una expresión hostil, no muy común por fortuna en las doncellas de sus años; porque Eulalia estaba en la edad del amor, de las ilusiones, de la ternura, del rubor y la inocencia, por más que ninguna de estas cosas se advirtiesen en ella.

Cuando los dos primitos pisaron el comedor, levantó la cabeza y les clavó una intensa mirada escrutadora, que ellos por tácito acuerdo fingieron no advertir. Mas contra lo que esperaban, en vez de convertirla de nuevo a la labor, siguió cada vez más fija y más escrutadora sobre ellos, hasta el punto de turbarlos. Para evitar su fascinadora influencia se acercaron a los señores que allí había, los cuales les saludaron con palmaditas en el rostro. Doña Martina, después de dar a Miguel un beso sonoro en la frente, les preguntó que dónde habían estado: contestó Miguel en voz alta, para que lo oyese Eulalia, que se habían pasado la tarde en el cuarto de Enrique y Carlos jugando con el mapa de rompe-cabezas. Al oír esto Carlos, que tenía un año más que Enrique, se puso hecho un energúmeno, diciendo que si le enredaban otra vez con sus mapas, iba a hacer una en las narices de su hermano y su primo que fuese sonada; pero aquél le tranquilizó en seguida, manifestándole por lo bajo que no habían andado con su rompe-cabezas, sino con los frascos de Eulalia: no sólo se sosegó, sino que tuvo una verdadera satisfacción, porque para odiar a Eulalia estaban todos de acuerdo en la casa, menos su padre y su madre.

Carlitos era el hijo más guapo que tenían los Sres. de Rivera, y el más aplicado también. Cara redonda y sonrosada, facciones correctas, ojos negros y expresivos y poblados de largas pestañas. Todos sus estudios en la escuela fueron coronados por un éxito lisonjero; diplomas con orla de colores, libros, medallas de metal azogado, hasta una corona de laurel con cintas de seda que hizo llorar y moquear copiosamente a doña Martina, cuando de las manos del maestro la vio bajar solemnemente a la cabeza de su hijo. Pero su estudio favorito había sido siempre la geografía, sobre todo la astronómica. Los globos terráqueos y las esferas armilares que había hecho comprar a su padre, no pueden fácilmente contarse; apesar de ser un hombre de ciencia, estos artefactos duraban poco tiempo íntegros en sus manos; y consistía en que Carlitos no se limitaba a estudiar la lección, como cualquier chico vulgar, sino que la alteza de su pensamiento le arrastraba a escudriñar los secretos topográficos de nuestro planeta, para lo cual ideaba grandes vías de comunicación que tenía cuidado de señalar con tinta sobre el globo, atravesando las montañas más altas y salvando mares y lagos por medio de asombrosos puentes que ningún ingeniero del mundo se hubiera atrevido siquiera a imaginar. Muchas veces, sin embargo, la tinta se corría sobre la piel de que estaba revestido y quedaba el globo hecho un asco, y vuelta a comprar otro su padre, para que el fuego de la pasión geográfica no se extinguiese en el niño. Pues tocante a las esferas, pasaba lo propio. Carlitos no consideraba los espacios celestes con el asombro del hombre ignorante ni respetaba debidamente las leyes inmutables que determinan las revoluciones de los astros; familiarizado con todos sus movimientos de rotación y traslación, formaba cuando se le antojaba nuevos sistemas planetarios, convirtiendo a un simple satélite, a la luna, verbi y gracia, en estrella fija y haciendo girar a su alrededor a todos los planetas, incluso la tierra: o bien imaginaba nuevos y caprichosos eclipses, poniendo en conjunción astros que jamás se vieran, ni fuera posible, en tal postura. De todo lo cual resultaba a menudo que cuando más embebecido en su obra estaba Carlitos, hacía el aparato ¡crac! saltaban algunas de las piezas más importantes, dislocábanse con esto otras cuantas, y la bóveda celeste padecía un completo trastorno, como si fuese llegado el día del juicio final. Pero como Carlitos manifestaba vocación tan decidida para Gran Arquitecto del Universo y su papá no quería de modo alguno contrariársela, al día siguiente ya tenía otra esfera en que proseguir sus experiencias astronómicas.

Enrique había conseguido sosegar a su hermano; no de la misma suerte a Eulalia, quien, después de alzar muchas veces la cabeza y tragárselo a miradas, se resolvió a levantarse de la butaca y acercarse disimuladamente a él y a su primito; con gran disimulo también puso la nariz sobre la cabeza de ambos, y cerciorándose de que despedían un tufo aromático muy marcado, salió repentina y apresuradamente de la estancia. Enrique y Miguel se miraron consternados; mas sacando fuerzas de flaqueza, se acercaron a Vicente, el primero de los hijos varones del Sr. de Rivera, y se pusieron a examinar atentamente la cadena de reloj que recientemente le había comprado su papá.

Tenía Vicente tres años más que Carlos; esto es, trece; pero semejaba tener diez y seis por la estatura, y treinta por su extraordinaria gravedad. Era un muchacho de rostro largo y amarillo, seco de carnes y anguloso, mirada fija y opaca, cabeza erguida y ademanes reposados, de hombre ya maduro. No era tan aplicado ni tenía las felices disposiciones de su hermano para las ciencias y las artes; mas en cambio poseía una elegancia y una distinción de modales, que tenía completamente subyugado a D. Bernardo. Hablaba muy poco; no jugaba nunca; sus placeres consistían en salir de paseo con su papá y otros señores mayores, y que así le viesen sus amigos y compañeros de Instituto. Preocupábale la indumentaria muy más de la cuenta, al decir de su mamá, que le miraba por esto con alguna ojeriza: no había sastre que le hiciese bien la ropa, ni planchadora que le diese gusto; con tal motivo, siempre que estrenaba un traje o unas botas o se ponía camisa limpia, armaba un jollín que se oía en toda la casa; verdad que estos eran los únicos momentos en que daba cuenta de sí y mostraba algún arranque, porque todo lo demás de este mundo parecía tenerle sin cuidado; pero de todos modos, era un posma que molestaba mucho; y lo que decía doña Martina con muchísima razón:—Si este niño es tan impertinente ahora para la ropa, ¡qué hará cuando tenga veinte años! En efecto; cuando tuvo veinte años, no había quien lo aguantase. Hay que decir que D. Bernardo no participaba de la ojeriza de su esposa hacia Vicente; antes consideraba aquella pulcritud como una preciosa cualidad, que le recordaba las que le adornaban a él en su infancia. Regalábale a menudo, unas veces con un bastón, otras con un alfiler de corbata, otras con alguna sortija de poco precio, y el día que cumplió los trece años le compró reloj de plata con cadena de doublé. Este regalo había puesto frenéticos lo mismo a Enrique que al Gran Arquitecto, los cuales venían ya muy agriados por las preferencias injustificadas de su señor padre; así que tan pronto como tuvieron noticia de la injuria que se les hacía, armaron un formidable pronunciamiento, que, por fortuna, hubo de sofocarse pronto, gracias a una ballena larga y bastantemente gruesa que doña Martina poseía para los casos difíciles. Después de todo, D. Bernardo tenía razón en no entregar a sus hijos menores ningún objeto delicado, porque hubiera durado muy poco en sus manos; en las del mayor duraba todo eternidades. Cuando para disimular mejor el miedo se fueron aquéllos a jugar con su cadena, no pudo reprimir la indignación y les advirtió con un manotazo de que aquello era de «mírame y no me toques,» y para evitar más conflictos, se levantó de la silla y se puso a dar vueltas por la estancia, sin perder un átomo de su ingénita gravedad.

Además de Miguel, que comía todos los domingos en casa de su tío, había otros dos señores convidados, los cuales conversaban en un rincón. A juzgar por la confianza que D. Bernardo y su señora hacían de ellos, dejándolos solos, debían ser amigos íntimos, de la casa. El uno era un gigante, sin pecar de exagerados al decirlo; en todo Madrid no se hallarían seguramente dos hombres que le aventajasen en estatura. Llamábase D. Pablo Bembo, pero nadie le conocía sino por el coronel Bembo, porque lo era, hacía ya bastantes años, de caballería. Las facciones de su rostro abultadas, talladas en colosal, como la figura; la voz tan áspera y gruesa que daba miedo; por fortuna hablaba poco: gastaba patillas, entrecanas ya, unidas al bigote a la moda de algunos años atrás. Las manos y los pies eran cosa de ver; no había hallado hormas para los zapatos en ninguna parte; por lo que siempre que viajaba llevaba en el baúl unas que había mandado hacerse a la medida. Pasaba por hombre rico, a quien el sueldo no importaba nada, y estaba casi siempre de reemplazo para vivir en la corte a su gusto. Sus modales torpes y bruscos como los de un elefante, la palabra estropajosa, la inteligencia tarda y oscura al parecer: sin embargo, después de tratarle se comprendía que era más socarrón que lerdo: rara vez miraba de frente a la persona con quien hablase.

El otro era un caballero de mediana estatura y edad, delgado, pálido, ojos hermosos, de mirar suave y humilde, cara rasurada enteramente, a semejanza de los clérigos y comediantes; frente espaciosa, aumentada por una calva brillante, y modales tímidos. Se llamaba D. Facundo Hojeda y era el amigo íntimo y el adlátere eterno del señor de Rivera; no se concebía a D. Bernardo paseando por el Retiro o el Prado sin llevar a su izquierda a D. Facundo: éste le daba siempre la derecha o le dejaba la acera según los casos, reconociendo la inmensa superioridad de aquél. Tal superioridad se había mostrado ya desde la infancia, cuando ambos asistían a la escuela; no que D. Bernardo fuese un discípulo más aventajado, pues aunque los dos gozaran opinión de aplicados, todavía Hojeda le sacaba alguna ventaja en estudiar con ahínco las lecciones y escribir las cuentas con limpieza; pero D. Bernardo, toda su vida había tenido un nosequé de alto y superior, que infundía respeto. Esta superioridad se fue señalando cada vez más con el trascurso del tiempo; los caminos que los dos amigos tomaron contribuyeron poderosamente a ello. Mientras D. Bernardo, por virtud de la riqueza heredada de sus padres, comenzó desde muy joven a figurar en la sociedad madrileña y a ser un factor indispensable en los salones y teatros, Hojeda veíase necesitado a seguir la modesta carrera de farmacéutico y a abrir botica, una vez terminada, en la calle de Fuencarral. Aunque su amistad, merced a estas circunstancias, parecía bastante dispuesta a entibiarse por lo que tocaba a la parte de D. Bernardo, los esfuerzos de Hojeda no lo consintieron. Todos los momentos que la farmacia le dejaba libre, aprovechábalos para correr a casa de su amigo y prestarle cualquier servicio que estuviese a su alcance: era tan bueno, tan cariñosote, tan respetuoso, que apesar de la distancia que los separaba y que el boticario se complacía en reconocer, D. Bernardo condescendió magnánimamente a tratarle, a dejar que le acompañase en el paseo y hasta a dar alguna que otra vez una vuelta por la botica y jugar allí un tresillo. No es posible figurarse la profunda gratitud que el bueno de Hojeda guardaba a su amigo por estas mercedes. Había permanecido célibe, y gracias a sus economías, consiguió formar en algunos años un capitalito, cuyas rentas debían ir acumulándose a él, porque lo mismo gastaba hoy que el día en que abrió al público su farmacia. No podían ser más sencillas sus costumbres: habitaba un cuartito bajo detrás de la tienda en compañía del mancebo y una cocinera vieja que arreglaba sus fugaces refacciones: dos o tres veces por semana comía en casa de Rivera, y una que otra se autorizaba el lujo de entrar en un restaurant y engullirse un cubierto de diez reales; jamás iba al teatro, pero tenía dos pasiones decididas, los toros y los sermones, las cuales procuraba ocultar porque entendía que la primera era una flaqueza, y dejar ver la segunda acusaba vanidad o jactancia. De nada huía D. Facundo como de esto último; jamás le había oído nadie vanagloriarse de cosa alguna ni hablar siquiera de sus asuntos, con tal que de la conversación resultase él en buen lugar por cualquier concepto; su reserva era proverbial en casa de Rivera y en las demás que frecuentaba, que no eran muchas; esta cualidad, en vez de respeto, inspiraba risa a sus amigos, los cuales se complacían en mortificarle haciéndole preguntas referentes a su vida y negocios, y hasta le espiaban los pasos para decir después en plena tertulia lo que había hecho, dónde había entrado, con quién le habían visto hablar, etcétera. Lo que esto molestaba a Hojeda no es decible: al principio se turbaba y le venían los colores a la cara; más adelante, cuando advirtió que era broma, se negaba a contestar al impertinente, limitándose a alzar los hombros en señal de resignación o a masticar alguna frase de disgusto. Por lo demás, su candor rayaba en lo inverosímil: cualquier disparate, por grande que fuese, con tal que se lo dijesen en serio, lo creía; no le entraba en la cabeza que una persona de años y de carácter se atreviese a decir delante de gente una patraña por sólo el placer de embromar a un amigo; no obstante, tanto abusaron de las mentiras con él, que andando el tiempo llegó a no creer siquiera las verdades, o por mejor decir, éstas eran las que se le atravesaban con más frecuencia.

III

A comer, a comer—dijo doña Martina.

Y en el mismo instante un criado apareció con la humeante sopera entre las manos.

D. Bernardo se levantó para ofrecer el asiento al coronel Bembo; pero éste, conociendo las costumbres de la casa, se guardó muy bien de aceptarlo; si el anfitrión hubiera cambiado de sitio, quizá no le sentase tan bien la comida. Ocupó un puesto a su derecha; sentáronse Vicente, Carlos y Miguel en las sillas que doña Martina les fue designando, mientras Hojeda aguardaba en pie a que todos estuviesen colocados para acomodarse.

Faltaba Eulalia.

—¿Dónde está Eulalia?—preguntó su madre.

El criado manifestó que la había visto hacía un instante subir a su cuarto. Enrique y Miguel se miraron y sonrieron como cazurros; pero estaban un poco pálidos.

—A ver—dijo doña Martina al criado,—suba usted al cuarto de la señorita y dígale que ya estamos a la mesa.

No hubo necesidad. En aquel momento apareció Eulalia, toda sofocada, con los ojos llorosos y una jofaina entre las manos.

—¿Qué es eso?—preguntó doña Martina con sorpresa.

—¡Mamá, no sabes lo que han hecho en mi cuarto esos chicos!—profirió Eulalia con trabajo y dispuesta a sollozar.—¡Todo lo han revuelto y estropeado!... ¡Los polvos de los dientes llenos de agua!... ¡Los frascos de esencia abiertos y menos de mediados!... ¡El jabón hecho una repla!... ¡Los cepillos de dientes por el suelo!... ¡La esponja llena de porquería!... ¡La colcha de mi cama llena de betún! Y la toalla ¡mira cómo la han dejado!...

Y exhibió a los circunstantes con una mano la toalla donde estaban señalados como carbón los dedazos asquerosos de su primo y hermano, y con la otra la jofaina, conteniendo un licor negro y espeso, que al moverse la dejaba teñida.

—¿Pero quién ha hecho eso?—preguntó doña Martina.

—Enrique y Miguel.

—¡Se habrá visto muchacho más cerdo!—exclamó, dando la vuelta a la mesa para acercarse al primero.

Y luego que se hubo acercado le arrimó un par de bofetadas que se oyeron en la cocina, y sobre éste otro par, y otro después, y así sucesivamente, hasta que D. Bernardo exclamó en voz alta e imperiosa:

—¡Mujer!

Doña Martina suspendió la corrección y volvió los ojos a su esposo con sorpresa.

—Observa—dijo éste bajando la voz y señalando al coronel—que hay personas delante...

—Dispénseme V., coronel—manifestó la señora sofocada aún por la ira;—pero no lo puedo remediar... ¡Este hijo con sus cochinerías me quita la vida!

El hijo, en tanto, daba tales gritos, que no diré en la cocina, sino en toda la vecindad debieran oírse perfectamente.

Se había levantado de la silla, y en el colmo del furor pegaba allá en un rincón patadas horrendas en el suelo.

—¡Contra! ¡recontra! ¡me c... en diez!... ¡Por esa cochina!... ¡por esa sinvergüenza!... ¡por esa metebaza!...

—¡Chis! ¡chis!... ¡Silencio, niño!—dijo D. Bernardo, frunciendo aún más la frente, lo cual, en verdad, parecía imposible.

—¡Vamos, Enrique!—exclamó doña Martina, procurando reprimirse.

—¿Y por qué no le pegan a Miguel que hizo más que yo, recontra?—gritó con furor.

—¡Vamos, Enrique!—volvió a exclamar doña Martina.—¡Tengamos la fiesta en paz!

Y acercándose a él y metiéndole la voz por el oído, comenzó a decirle:

—¿No comprendes, mentecato, que Miguel no es hijo mío?... Si lo fuese le pegaría como a ti... Pero tú eres mayor qué él, y estás en tu casa... Debieras dar ejemplo... ¡A quién se le ocurren sino a ti esas cosas, majadero!... Eres capaz tú solo de revolver esta casa y todas las de Madrid... ¿Es eso lo que te enseña el maestro en la escuela? ¿Di, gaznápiro, di?...

Le tenía cogido por un brazo, y cada una de estas frases iba acompañada de una fuerte sacudida. Cuando hubo concluido su filípica, le dejó llorando en el rincón y se fue detrás de Eulalia, que se había subido de nuevo al cuarto, para cerciorarse del número y de la clase de estragos allí ejecutados.

Mientras tanto, D. Bernardo, de malísimo talante, no tanto por la travesura de su hijo como por las incorrecciones de su esposa, sirvió la sopa a todos los comensales, llenando también el plato de aquélla y el de su hija ausente. Al llegar al de Enrique, dijo en tono perentorio:

—Niño, ven a sentarte a la mesa.

Pero Enrique se hizo el sueco y siguió gimiendo y pataleando a ratos.

—¡Niño!—gritó D. Bernardo con voz estentórea.—¡Ven ahora mismo a sentarte a la mesa!

El muchacho levantó la cabeza atemorizado y mirando a su padre que tenía los ojos clavados en él con terrible expresión de cólera, comenzó a caminar a regañadientes y como arrastrado hacia la mesa. Y acaso hubiera llegado a ella sin novedad si en aquel momento no viese aparecer por la puerta a la causante de los bofetones, a Eulalia, que entraba en el comedor seguida de su mamá. Verla y sentirse poseído de insano furor fue todo uno.

—¡Indecente! ¡por ti me han pegado! ¡Ya me las pagarás todas juntas, recontra!... ¡Te he de romper esas narizotas de trompeta! ¡Metebaza!... ¡Fea!... ¡Feona!... ¡Chula!...

Al oírse insultar de este modo, Eulalia no pudo contenerse y se arrojó como una fiera sobre su hermano, dándole tal estirón de pelos, que el berrido de Enrique, al sentirlo, hizo levantarse asustados a los presentes. Doña Martina, que apesar de sus travesuras tenía pasión decidida por aquél y que ya estaba medio arrepentida de haberle castigado, se indignó muchísimo.

—¡Oyes, mentecata! ¿quién eres tú para pegar a tu hermano? ¿No estamos aquí tu padre y yo para eso? ¡Aguarda, aguarda un poco, que yo te bajaré los humillos!...

Y se dirigió a su hija con la mano levantada: esta circunspecta joven lo hubiera pasado mal a no ponerse en salvo corriendo en torno de la mesa; doña Martina no pudo atraparla: al mismo tiempo, lo mismo Hojeda que el coronel, procuraron poner paz.

D. Bernardo estaba tan irritado con las tosquedades de su esposa, que no pudo decir ni hacer nada: siguió sentado con los ojos clavados en el plato mientras un enjambre de pensamientos sombríos y melancólicos relacionados con su desigual matrimonio, le bullía en la cabeza.

Finalmente, fuéronse calmando poco a poco los ánimos que estaban irritados. Doña Martina dejó de perseguir a su hija y se sentó a la mesa, aunque murmurando amenazas; aquélla también se sentó mirando recelosa a su madre; D. Bernardo, haciendo un prodigioso esfuerzo de diplomacia para sobreponerse a su justo desabrimiento, entabló conversación con el coronel. El único que pagó los vidrios rotos fue el mísero Enrique: la autoridad del padre y de la madre, de común acuerdo, decidieron que se quedara sin comer, ¡por insolente! Mas, como sucede siempre que en España se castiga a un criminal, no faltaron empeños en seguida para que la sentencia se casara; los ruegos de Hojeda y el coronel lograron al fin que la pena se redujera solamente a la privación del postre. Y el buen Enrique (a quien hay que agradecer por lo menos el que en medio de su cólera rabiosa no sacase la badila homicida que tenía en el forro de la chaqueta) vino a sentarse a la mesa con las mejillas coloradas de los cachetes, los ojos y las narices húmedas y los pelos caídos por la frente. Estaba tan horroroso, que su primo Miguel, compadeciéndole muy de veras, sintió unos deseos atroces de reír; los cuales, como es natural, trató de contener por cuantos medios estuvieron a su alcance, mordiéndose los labios, mirando hacia otro sitio, etc., etc. Pero quiso su mala suerte que Enrique vino a entender, por la contracción del rostro sin duda, las ganas que le retozaban por el cuerpo, y con tal motivo empezó a lanzarle unas miradas feroces, envenenadas. Entonces Miguel ya no fue dueño de sí, y de improviso, en un momento de silencio, soltó el trapo de la risa, y con él a chorretazos por boca y narices la cucharada de sopa que acababa de tragar. Todos los rostros se volvieron con asombro.

—¿De qué te ríes, Miguel?—le preguntó su tía.

—¡De mí, recontra, de mí!—gritó Enrique desesperado.

—¡Vamos, silencio!—le dijo doña Martina encarándose severamente con él.—¿Tienes ganas de llevarlas otra vez? Miguel no se ríe de ti... ¿Por qué se ha de reír, tontuelo?...

—Porque sí... yo bien lo sé... ¡Porque es un hipócrita!...

—¡Silencio, te digo... y a comer!

Miguel se había puesto muy serio, comprendiendo que había cometido una grosería, y que se la disimulaban por ser convidado. Durante un rato largo pudo conseguir reprimirse, haciendo para ello titánicos esfuerzos. Enrique tenía fijos en él sus ojazos saltones cargados de ira, adivinando perfectamente lo que le andaba por dentro. Si levantaba la vista y veía aquel rostro mocoso, más feo aún por la cólera, estaba perdido. Por eso no la movía un instante del plato, devorando el cocido que su tía le había servido, sin mascar los bocados. Llegó un instante, sin embargo, en que por casualidad o por atracción magnética se encontraron sus ojos. Y ya no pudo más. Otro flujo de risa; los garbanzos esparcidos por la mesa; los rostros de los comensales vueltos de nuevo hacia él. Pero esta vez había más severidad que asombro pintada en ellos, mayormente en el de su tío.

—¿Qué es eso, Miguel?—le dijo con aparente calma.—¿Por qué estamos tan risueños?

Miguel se puso muy colorado, y no contestó.

—¿Te ríes acaso porque han castigado a tu primo por faltas que los dos habéis cometido?... No está bien eso, Miguel, no está bien eso.... Debieras ser un poco más generoso..... Si a ti no te han pegado, no es porque no lo merecieses, bien lo sabes, sino porque tu tía no tiene autoridad para hacerlo. Pero afortunadamente para todos, y para ti también—añadió mirando al coronel con sonrisa maliciosa,—no faltará dentro de poco tiempo quien la tenga y ponga las cosas en orden, que buena falta está haciendo. Entonces, amiguito, quizá le toque a Enrique reírse de ti, aunque tampoco haría bien... La buena educación y la moral cristiana prohíben reírse de los males del prójimo...

Miguel, que se había ido poniendo cada vez más colorado, al llegar a este punto rompió a llorar, y se echó de bruces sobre la mesa. D. Bernardo sonrió satisfecho del triunfo obtenido por su oratoria. Doña Martina acudió inmediatamente a consolar al niño.

—Vamos, Miguelito, no llores, tonto.... Si tu tío te quiere mucho..... No tomes a mal lo que te dice..... Si él..... Tú eres un buen chico, ya lo sé, y lo saben todos..... Eres incapaz de reírte de Enrique porque le hayan pegado..... ¿Verdad que no te ríes de eso?

Miguel se abstuvo de hablar, porque no quería mentir, ni tampoco llamar feo a su primo. Siguió todavía algunos momentos con las narices metidas por el mantel como en son de protesta contra las reticencias mal intencionadas de su tío. Al fin, vencido de los ruegos y los halagos de la tía, levantó la cabeza: aquélla se apresuró a secarle las lágrimas y los mocos con su propio pañuelo. Tomó otra vez el tenedor y siguió comiendo.

La conversación giró en seguida, por iniciativa del mismo D. Bernardo, sobre la necesidad absoluta que tenía su hermano de llevar a casa una señora, opinión que ya le oímos emitir no hace mucho tiempo.

—Si mi hermano se empeña en permanecer soltero, mucho más valdría que se deshiciese de los muebles y se fuese a vivir a una fonda.....

Hay que advertir que D. Bernardo consideraba lo de vivir en fonda punto menos que una deshonra: por no pisar estos establecimientos vulgares, donde las personas se confunden ridículamente en torno de la mesa redonda, procuraba tener siempre en las poblaciones que visitaba una casa de respeto (así la llamaba) donde no hubiera más huéspedes que él. De este modo se comprenderá fácilmente la inflexión desdeñosa que dio a la palabra fonda cuando pasó por sus labios.

—No sé si V. habrá observado, D. Pablo—siguió dirigiéndose al coronel (a Hojeda rara vez le concedía este honor),—qué desbarajuste hay en casa de Fernando..... Rara vez se encuentra una cosa en su sitio: el polvo anda esparcido por los muebles: los criados por donde les parece. A mí me ha pasado más de una vez ir a ella y no haber uno para quitarme el abrigo. ¡Si le dijese a V., coronel, que en cierta ocasión mi hermano fue a mudarse de camisa, y no pudo, porque no había ninguna planchada!

—¡Hum!—gruñó el gigante en señal de admiración, pero sin apartar los sentidos del roast-beef que tenía delante.

—¡Qué horror!—exclamó doña Martina, como siempre que se hablaba de este suceso inaudito: ya sabemos que su fuerte era la plancha.

—¡Vea V., vea V. cómo come su hijo!..... soltando la carne ya mascada en el plato!

Miguel se puso colorado otra vez hasta las orejas.

—¡Vamos, Bernardo, déjale ya!—manifestó su esposa; y dirigiéndose después al coronel:—Aprenda V., amigo Bembo; las mujeres hacen más falta en las casas de lo que a V. se le figura.

—No lo dudo, no lo dudo—murmuró el gigante sin apartar los ojos del plato.

—Y si no lo duda V., picaronazo, ¿por qué no sigue V. el ejemplo de mi cuñado?

—Señora, no me siento aún preparado.

Doña Martina soltó una carcajada estrepitosa, burda, que hizo arquear levemente las cejas a D. Bernardo.

—No lo estará V. nunca, si Dios no pone en ello la mano, ¡que ojalá la ponga pronto!

—Esa felicidad, primero le ha de tocar a don Facundo que a mí—murmuró con voz cavernosa.

Hojeda levantó la cabeza turbado. Pocas cosas le molestaban tanto como verse aludido en este asunto de mujeres: por eso el socarrón del coronel lo hacía siempre que hallaba oportunidad.

—¡Yo!..... coronel..... ruego a V..... el matrimonio.....

—¡A buena parte va V., amigo Bembo!..... Hojeda es un egoistazo..... Más de veinte veces le he querido casar, y siempre me ha dado calabazas a la novia.

—Permítame V., Martinita—se apresuró a decir D. Facundo,—yo no he dado calabazas a nadie..... Estas son cosas muy graves, Martinita.....

—Hojeda no se casa—prosiguió la señora,—por no abandonar su vida de solterón egoísta. ¿Quién le quita a él de dar su paseíto por la mañana en el Retiro, su sermoncito por la tarde en las Calatravas o en la Encarnación, sus toros o novillos los domingos, etc., etc.?

—Sepamos lo que está comprendido en esas etcéteras, D. Facundo—manifestó el coronel.

Hojeda le miró con ira, y no contestó.

—Pero V. es otra cosa, coronel; V. es un hombre de mundo, menos arregladito que Hojeda, y puede hacer feliz a cualquier muchacha.

—Ya lo oye V., D. Facundo—dijo el coronel.—Los hombres arregladitos no pueden hacer felices a las muchachas.

—No, hombre, no; no quiero decir eso—manifestó doña Martina riendo...

Pero en aquel instante entraron en el comedor dos nuevos tertulios y se suspendió la conversación. Ninguno de los dos llegaría a veinticinco años: dieron la mano con gran confianza a los señores y besaron a los niños, lo cual testimoniaba su amistad con la familia de Rivera. El uno era delgado, pálido, ojos pequeños, bastante feo todo él, aunque vestido con gran pulcritud y elegancia: se llamaba Juan Romillo, hijo de un rico camisero de la calle del Príncipe: su padre le había destinado al foro, en el cual no había hecho grandes adelantos; en cambio desde muy niño había despuntado en el arte de vestirse y en el conocimiento pleno, absoluto, de cuantas noticias verdaderas o falsas corrían por la villa: en las casas donde él entraba no se leían los diarios noticieros, porque eran inútiles: a esto se reducía su ciencia y sus partes. El otro era un guapo chico, rubio, sonrosado, de barba rala e incipiente, ojos azules y húmedos, los labios siempre plegados con sonrisa tierna y humilde, los ademanes respetuosos sin ser encogidos. Había nacido en Cuba de una familia opulenta, que después se arruinó en el juego de Bolsa al establecerse en España. Era abogado también, como su amigo y condiscípulo Romillo, pero mucho más estudioso y aprovechado, lo cual era de necesidad, pues Romillo tenía en perspectiva una fortuna considerable, mientras él solamente la que adquiriese con su trabajo. Figuraba en la Academia de Jurisprudencia como orador de esperanzas, y había fundado en compañía de otros una sociedad para la abolición de la esclavitud, y otra para abolir las quintas y matrículas de mar. En estos asuntos de interés humanitario mostraba Valle (Arturo del Valle era su nombre) una actividad y un interés tan laudables como prodigiosos: el número de asambleas, o meetings, como se decía en los periódicos, y de banquetes que por su iniciativa se habían promovido, era incalculable; el de artículos y folletos que había escrito en apoyo de sus ideas generosas, tampoco podía apreciarse con exactitud. En estos folletos solía venir debajo del título, a modo de sello, un pésimo grabado representando un negrito de rodillas y aherrojado con las manos levantadas al cielo. En los banquetes figuraba también otro negrito, pero de carne y hueso: a los postres de estos festines humanitarios rara vez dejaba Valle de levantarse diciendo en voz alta y solemne:

—Se me dise, señore, que ahí afuera hay un hombre de coló que desea fraternisá con nosotros. ¿Tenéis inconveniente en que esta víctima de la injustisia sosial entre a saludaros?

—¡Que entre, que entre ahora mismo!—gritaba la asamblea como un solo hombre, presa de entusiasmo abolicionista.

Entonces Valle abría la puerta y sacaba de la mano al negrito, el cual se dejaba abrazar de todos los comensales entre vítores y aplausos. Y después se emborrachaba como cualquier blanco, y aun mejor algunas veces. Este personaje oportuno, que llegaba siempre por casualidad al final de los banquetes abolicionistas, andando el tiempo llegó a ser conocido en Madrid. La gente solía decir cuando pasaba por la calle: «Ahí va el negrito de Valle.»

Las ideas políticas de éste, aunque muy democráticas, estaban templadas por aquella eterna y dulce y amable sonrisa de que hemos hecho mención: esta sonrisa era el mejor salvo-conducto para entrar y ser bien acogido en todos los salones de la corte: gracias a ella, D. Bernardo Rivera, que no tenía pizca de demócrata ni abolicionista, se dignaba otorgarle su amistad protectora:—«Es un muchacho excelente—solía decir,—salvo sus ideas...; pero ya las irá modificando con el tiempo.» Con aquella sonrisa, beneficiada con acierto, se podía hacer una gran carrera.

Los dos pollos (como doña Martina los llamaba) fueron saludados con efusión por los presentes. D. Bernardo les entregó generosamente su mano, aunque sin perder un punto la gravedad que tan bien le sentaba. Al instante se entabló una conversación animadísima acerca de los asuntos que entonces embargaban la atención de la corte: uno de ellos era la llegada reciente del célebre tenor Mario. Romillo lo esclareció de un modo notabilísimo; entre otros datos importantes, hizo saber que Mario había dado orden a L'Hardy, el pastelero de la Carrera de San Jerónimo, de que no vendiese más botellas de champagne, pues probablemente necesitaría él las existencias que hubiese.

—¡Ave María purísima! ¿Pero se las va a beber todas?—exclamó cándidamente Hojeda.

—Sí señor—repuso gravemente Romillo.—Se bebe por término medio una docena de botellas todos los días.

—¡No haga V. caso, hombre!—exclamó doña Martina riendo.—Este Romillo siempre tiene ganas de bromas. Se las beberán entre él y sus amigachos.

Estaban a los postres. Romillo y Valle fueron invitados a tomar café y se sentaron a la mesa. Después del tenor Mario, versó la plática sobre los fusilamientos de algunos sargentos que se habían sublevado. Romillo dio acerca de este punto pormenores no menos interesantes: uno de los reos no había quedado muerto en el acto; se levantó pidiendo misericordia; el confesor trató de interponerse entre él y los cañones de los fusiles; pero el General que mandaba las tropas acudió, y alzando la espada lleno de cólera, le dijo:

—¡Padre cura, a su puesto, o le fusilo a V. en el acto!

—¡Qué horror!—exclamó Valle, poniendo los ojos en blanco y posándolos después blandamente sobre Eulalia.

—En efecto—dijo D. Bernardo,—es muy triste todo eso, pero de absoluta necesidad. ¿Dónde iríamos a parar si no se castigase con mano fuerte la rebelión?

—Que se castigue de otro modo señó; la pena de muerte debe ser proscrita de los códigos.

—No vayamos a las declamaciones, amigo Valle: la pena de muerte debe de subsistir mientras haya criminales que la merezcan. V. es muy joven, querido, y tiene las ideas generosas, pero irreflexivas, propias de la juventud. Cuando V. haya vivido más, verá que no puede gobernarse con el corazón, sino con la inteligencia.

—Tal ves sea lo que usté dise... pero yo no lo puedo remediá... ¡me causan horró todas las penas corporale!

Al pronunciar estas palabras sus labios estaban contraídos por una sonrisa de inefable dulzura, mientras sus ojos seguían mirando a la primogénita de Rivera.

D. Bernardo todavía se dignó contradecir otras cuantas veces al joven abolicionista, favor que éste supo apreciar en lo que valía, procurando dar a sus argumentos un sesgo sentimental que no molestase poco ni mucho al respetable prohombre: dejábase acorralar algunas veces, otras se escapaba por medio de un sofisma evidente, otras se confesaba vencido, aunque persistiendo en sus creencias.

—Sus rasone son poderosa, no tienen vuelta de hoja, lo comprendo perfectamente; pero no puedo juzgá a la humanidad tan mal; sigo creyendo que lo medio suave son preferible.

La discusión de esta suerte era sabrosa para don Bernardo, y nada perdía con ello el joven cubano. Doña Martina le contemplaba con admiración y simpatía, participando de sus opiniones caritativas. Eulalia le escuchaba sin disgusto, que era lo mejor que podía esperarse de esta severa doncella.

Al fin Romillo llamó la atención de todos, sacando del bolsillo del gabán un lindo artefacto, que según dijo le acababan de enviar de París. Era un estereoscopio de nuevo sistema; de otro bolsillo sacó una colección de vistas, iluminadas unas, otras sin luz, representando los paisajes y monumentos más notables del universo. En torno de él se agruparon inmediatamente todos, exceptuando el jefe de la familia, a quien no podían interesar tales bagatelas, y Romillo fue colocando las vistas y mostrándoselas, explicando previamente lo que significaban.

—Alrededores de Nápoles... Ahí tienen VV. el Vesubio a un lado... el golfo debajo...

—¡Hermoso país!—exclamó D. Facundo, que después de los niños, y acaso antes, era el que con más afán ponía los ojos en los cristales.—Hombre, qué ganas tengo yo de hacer un viaje por Italia.

—Pues a ello.

—¡Si no se gastase tanto!

—Pero, hombre de Dios, ¿para quién quiere usted ese gatazo que tiene en casa? ¿No es mejor que se divierta por cuenta de los herederos?—dijo doña Martina.

—Mi gato está más flaco de lo que V. piensa, Martinita.

—La torre inclinada de Pisa.

—¡Vaya una cosa rara y sorprendente!—exclamó el coronel.—Yo no sé cómo ha podido construirse esa torre.

—Haciendo que la vertical que pasa por el centro de gravedad, caiga dentro de la base—manifestó Carlitos, que había estudiado su poquito de física en la escuela.

—Muy bien, chico, muy bien—repuso el coronel mirándole.—Eres ya un sabio.

Carlitos se puso colorado de gusto. Pero Enrique, que estaba detrás, se indignó con aquella prueba de sabiduría que acababa de dar su hermano, y le dijo al oído:

—¡Farol! ¿Ya has metido la cucharada? ¡Farol de retreta!

El Gran Arquitecto, que tenía mucho puntillo y no estaba avezado a sufrir injurias tan manifiestas, le alumbró por toda contestación una soberana morrada en las narices. Pero Enrique, que conocía a dónde llegaban las fuerzas de su erudito hermano, sin proferir una queja, se arrojó sobre él como un león, y le hubiera despedazado a no intervenir muy oportunamente en la contienda doña Martina.

—Envía esos niños a la cama—ordenó D. Bernardo.

—Ahora, ahora; en cuando lleven a Miguel a su casa—repuso la señora.—Estoy esperando que el criado concluya de comer.

—El puerto de la Habana—dijo Romillo poniendo el estereoscopio delante al coronel.

—Su país de V.—dijo Eulalia a Valle, con un amago de sonrisa.

—¿Tiene V. deseos de ver su tierra?—preguntó doña Martina.

—¡Y cómo no, señora!—respondió el cubano poniendo otra vez los ojos en blanco y con afluencia admirable.—¿No he de tener deseo de ver a mi paí, lo sitio donde se han deslisado lo año de mi infansia? ¿No he de tener grabado en mi corasón aquello paraje tan delisioso, aquella naturalesa tan rica? ¿No he de apetesé encontrarme otra ves en medio de aquella selva vírgene, bajo un sielo siempre asul, y bebé el agua del coco y comé la piña y el plátano y la guayaba?

Hablaba de carrera y sin detenerse cual si le hubiesen dado cuerda.

Cuando terminó el panegírico, volvió a poner los ojos en su sitio, y el rostro perdió repentinamente su expresión animada, como si el mecanismo interior se hubiese parado.

—Paisaje de las orillas del Nilo—manifestó Romillo.

—De aquí salieron las siete vacas gordas y las siete flacas que vio José en sueños, ¿no es verdad?—preguntó doña Martina mientras miraba con atención por los cristales.

—Justamente—contestó Hojeda,—las que simbolizaban los años de abundancia y de miseria. ¿No anda por ahí el palacio de Faraón, Martinita?

—No señor, no le veo; lo que sí hay son unos animales muy feos, así como serpientes grandes...

—A ver, mamá, déjame ver...—dijo Carlitos con mucho afán.

Su mamá le puso el estereoscopio delante.

—Son cocodrilos—manifestó enseguida el niño con suficiencia.—Pertenecen a la clase de los reptiles, orden de los saurios, familia de los crocodílidos.

—¡Mucho, mucho, chico!—manifestó el coronel con la misma sorna.

—Todos los animales se dividen en cinco tipos...

—¿Nada mas?

—No señor, nada más: vertebrados, articulados, moluscos, radiados y heteremorfos... Lo que hay es que después se dividen en clases, órdenes, familias, géneros y especies... Los vertebrados se dividen en cinco clases: mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces; los mamíferos en catorce órdenes: bimanos, cuadrumanos, quirópteros, insectívoros, fieras, pinnípedos...

—Vamos, niño, basta—dijo a esta sazón don Bernardo, que comenzaba a ver lo ridículo de todo aquello.

Roedores, desdentados, proboscideos, paquidermos...

—¡Basta te digo, niño!

Solípedos, rumiantes, sirenios y cetáceos.

—¡Si no te callas, Carlitos, voy allá y te arranco las orejas! Cuidado con lo cargante que se pone este chiquillo algunas veces!

—¡Anda, bien empleado te está, por farol!—le dijo por lo bajo Enrique.

—Déjele V., amigo Rivera, déjele V. esplayarse. ¿V. no sabe que la ciencia a veces produce indigestiones?—manifestó el coronel.

Carlitos cerró la boca muy mohíno.

—El templo de Santa Sofía en Constantinopla—vea V., coronel—dijo Romillo.

—¡Hombre, muy hermoso!... No sabía yo que en Constantinopla hubiese un templo semejante. ¡Qué columnas tan preciosas! ¡qué columnas!...

—Vea V., D. Facundo, vea V.—dijo Romillo quitándoselo al coronel y poniéndoselo delante al boticario.

Al mismo tiempo apretó un resorte que el aparato tenía, y trocó la vista del templo por la de una figura obscena. Sólo para esta broma había comprado y traído el estereoscopio.

Hojeda apartó instantáneamente los ojos horrorizado, y encarándose con el coronel, le preguntó con retintín:

—¿Y le gusta a V. esto, coronel?... ¡No están malas columnas!

El coronel le miró sorprendido.

—A ver, a ver...—dijeron todos.

Romillo volvió a colocar la vista primitiva, que fue muy celebrada. Entonces D. Facundo, viéndole sonreír, cayó en la broma y comenzó a dirigirle miradas iracundas; y hasta se acercó a él disimuladamente para decirle por lo bajo con voz irritada:

—¡Parece mentira que un joven bien educado traiga aquí esas porquerías!

—¿Qué tiene V., D. Facundo?—preguntó Juanito en voz alta.

El boticario, desconcertado con la audacia de aquel mequetrefe, contestó lleno de confusión:

—Nada, nada; le preguntaba a V. si aún faltaban muchas vistas... porque deseo retirarme temprano esta noche.

—Si no te molesta mucho, Facundo—dijo don Bernardo,—desearía que te quedases un ratito aún con nosotros. Tengo una sorpresa que darte...

—Molestarme... de ningún modo... aguardaré lo que tú quieras...

El estereoscopio continuó dando juego algún tiempo, y mientras lo daba, apareció en el comedor el último retoño de los Sres. de Rivera, que venía dormido en brazos de la nodriza. Era una niña de catorce meses, de carita ovalada y pálida, con cierta expresión triste y reflexiva.

—Aquí está mi Serafina—exclamó la madre llena de gozo y orgullo.

Los tertulios fueron depositando un beso en la frente de la criatura, procurando no despertarla, y la nodriza se retiró.

Terminaron al fin las vistas. Romillo guardó su estereoscopio, no sin recibir antes algunas miradas como saetazos del indignado Hojeda. Valle había conseguido acercarse a la primogénita de los Rivera, y procuraba entretenerla agradablemente hablándole de sus muchísimas ocupaciones, lo requerido y solicitado que era de todo el mundo, los aplausos que ganaba donde quiera que pedía la palabra, etc., etc. Los niños habían formado un grupo y se divertían en un rincón, exceptuando el comedido Vicente, que se paseaba silenciosamente a lo largo de la estancia, bien resuelto a no ser confundido con aquella chiquillería. Doña Martina, el coronel, Romillo y Hojeda, formaban el núcleo de la tertulia, departiendo alegremente en torno de la mesa, mientras el señor de Rivera se mantenía un poco alejado de ellos con un periódico en la mano. Al cabo, dejándolo sobre la mesa y acercándose, les dijo soplando antes repetidas veces:

—Voy a darles a VV. una noticia que creo ha de serles grata, dada la amistad que me profesan y el cariño y el interés con que han compartido hasta ahora, lo mismo nuestros pesares que nuestras alegrías.

Todos alzaron la cabeza con sorpresa.

—Pero antes de dársela, les ruego que me aguarden aquí algunos instantes. Trataré de ser breve, para que la curiosidad no les pique mucho tiempo.

Y salió del comedor.

—¿De qué se trata, doña Martina, de qué se trata?—preguntaron a una voz todos.

—Señores, yo no lo sé tampoco—repuso ésta, dejando no obstante adivinar en sus ojos gozosos que lo sabía perfectamente.

—Vamos, Martinita, dígalo V.

—¡No lo sé, Hojeda, no lo sé!...

—Señores, aguardemos, ya que doña Martina no quiere decirlo—manifestó Romillo.—D. Bernardo no puede tardar mucho.

Tardó, sin embargo, más de lo que contaban; un buen cuarto de hora lo menos. Al fin se oyó en el pasillo algo como repiqueteo de armas y espuelas, y apareció en la puerta el Sr. de Rivera vestido de máscara.

Gran asombro en todos los circunstantes.

—Pero, ¿qué es eso, D. Bernardo?

—Señores—dijo éste solemnemente;—el capítulo de caballeros de la orden de San Juan de Jerusalem, me ha hecho la honra de recibirme en su seno. Aquí me tienen VV. de gran uniforme...

—Muy lindo, Rivera, muy lindo... está V. admirablemente—dijo el coronel, sin poder comprenderse bien, por la entonación, si hablaba seria o irónicamente. Lo más cierto debía ser lo último, porque D. Bernardo estaba hecho un verdadero adefesio. El uniforme era de color rojo subido. Parecía una langosta cocida; y para que la semejanza fuese más notable, la muchedumbre de cordones y correas que le envolvían remedaban bastante bien las antenas de aquel animalucho. Un espadón disforme le colgaba de la cintura; el tricornio estaba adornado con plumas.

—¡Y qué calladito se lo tenía!—dijo Valle.

—Yo lo sabía ya hace días, pero no me atrevía a publicarlo, comprendiendo que D. Bernardo se estaba haciendo el uniforme para dar una sorpresa a sus amigos, como así resultó—repuso Juanito Romillo, a quien molestaba muchísimo el ignorar cualquier noticia.

—Está muy bien, ¿no es verdad?—preguntó doña Martina, llena de cándido orgullo.

—Admirable, señora, admirable—contestó el coronel con voz cavernosa.—A ver Rivera, dé V. la vuelta para que le examinemos por todas partes...

D. Bernardo giró gravemente en redondo, haciendo sonar el terrible espadón y las espuelas. En aquel instante se oyó un resuello singular en la estancia, al cual siguió una explosión de carcajada contenida. Era el pobre Miguel que, después de haber trabajado como un héroe para contener la risa, poniéndose colorado como un pimiento, había reventado al fin, con gran dolor de su alma. Su tío le clavó una mirada capaz de dejarle seco en el acto; los demás le miraron también severamente y con asombro; nadie dijo nada, sin embargo. Después que se hubo desahogado, bajó la cabeza lleno de confusión y vergüenza. D. Bernardo se retiró inmediatamente, y en el comedor hubo unos momentos de silencio embarazoso. Hojeda, para templar el mal efecto de la imprudencia del niño, se apresuró a entablar conversación acerca de la orden de San Juan, haciendo de ella y de sus miembros calurosos elogios. Sin embargo, doña Martina, que estaba realmente enojada, al cabo de pocos minutos llamó al ayo de los niños para que subiera a acostarlos, y ordenó al lacayo que condujese a Miguel a su casa.

El chico se despidió, todavía confuso, de la tertulia, y dejó la casa de su tío, situada en la calle del Prado, y se fue paso entre paso con el lacayo hasta la suya, que estaba en la del Arenal.

IV

El abuelo de Miguel había sido uno de los negociantes más ricos de Madrid durante el reinado de Fernando VII. Al morir dejó a cada uno de sus tres hijos, Bernardo, Manuel (de quien hablaremos en seguida) y Fernando, una renta de catorce o quince mil duros, que sólo D. Bernardo había conseguido, merced a ciertas negociaciones con el Tesoro, aumentar considerablemente. La de Fernando permanecía en tal estado; y en cuanto a la de Manuel, se había mermado bastante.

Fernando, el último de los hermanos y padre de Miguel, era un hombre de rostro enjuto y avinagrado, como D. Bernardo, cejas espesas y terribles bigotes. Nadie diría que detrás de este rostro imponente y marcial, se ocultaba un espíritu fino y sensible como el de una damisela, y que debajo de la cruz laureada de San Fernando, ganada por un acto de arrojo que asombró a la nación, latía un corazón de paloma. Nada más cierto, sin embargo. Aquellos bigotes terribles no servían, en realidad, más que para que todo el mundo se subiese a ellos: y el más encaramado de todos era Miguel, a quien su padre no sabía negar nada, que hacía cuanto se le antojaba, fuese tuerto o derecho, y que con su mala educación daba pie a que se dijese lo que su tío le había dicho aquella tarde.

Cuando llegó a casa y fue a dar las buenas noches a su papá, encontró a éste sentado en una butaca de su gabinete, fumando y envuelto en la sombra que proyectaba la pantalla del quinqué.

—Buenas noches, papá.

—Buenas noches, hijo mío.

Miguel se acercó para darle un beso. El brigadier le retuvo entre sus rodillas acariciándole los cabellos.

—¿Cómo lo has pasado en casa de tu tío?

—Bien.

—¿Te has divertido mucho?

—Bastante.

—¿Supongo que no habréis hecho ninguna travesura que enfadase a la tía Martina?

—No, papá—respondió el chico sin vacilar, y le contó todo lo que había hecho aquella tarde, omitiendo lo que bien le pareció.

—Bien, así me gusta. Ahora tendrás ya deseos de irte a la cama, ¿verdad?... Vaya, pues a la cama, hijo mío, a la cama..... No quiero retenerte más..... a la cama, a la cama.....

Sin embargo, seguía reteniéndole entre las rodillas. Al fin Miguel, forzándolas un poco, logró salir de ellas, y se dirigió a la puerta. Cuando ya estaba cerca, volvió a llamarle su padre.

—Oyes, Miguel..... ¿No te ha hablado tu tío Bernardo?... preguntole con voz algo alterada.

Miguel se detuvo y no contestó.

—¿No te ha hablado de cierto asunto?

—Sí—murmuró el chico, también cortado.

—¿Y qué te ha dicho?... Cuenta.....

Miguel comenzó a colocarse los dedos de la mano izquierda unos sobre otros y no dijo palabra.

—¿No te ha dicho que ibas a tener pronto una mamá?—articuló el brigadier cada vez más turbado.

—Sí—murmuró sordamente el niño.

—¿Y qué te parece a ti de eso, Miguel?....

Silencio sepulcral por parte de éste.

—Vamos, ven aquí, tonto, ven aquí—le dijo con voz cariñosa; y metiéndole de nuevo entre sus rodillas, comenzó a besarle con afán.

—¿No es verdad que a ti no te disgusta tener una mamá?... ¿No ves cómo todos tus amigos la tienen menos tú?... Ya verás cómo la quieres... pero nunca más que a mí, ¿no es cierto?... Y cuando vayas al colegio ya podrás decir a los compañeros:—Tengo una mamá, como vosotros... Y lo mismo a tus primos Enrique y Carlos... Y saldrás con ella a paseo en coche para que todos la vean. Ella, que es muy buena, te ha de querer mucho, y tú no la darás ningún disgusto, ¿verdad? Ya te conoce por el retrato... Y tú la conocerás muy pronto a ella... ¿Quieres conocerla ahora mismo?

Y con mano febril, por donde se podía adivinar el grado de apasionamiento a que el brigadier había llegado, sacó del bolsillo una cartera y de la cartera un retrato de mujer, que puso delante de los ojos a su hijo.

—Mírala, ¿te gusta?

Miguel la echó una rápida mirada por complacer a su padre y bajó la cabeza en señal afirmativa.

—Vamos—dijo el brigadier en voz baja y temblorosa,—dala un beso.

El chico obedeció posando levemente los labios sobre el retrato. Su papá le pagó este acto de galantería con un sinnúmero de caricias y le fue a despedir hasta la puerta muy conmovido.

Al día siguiente el brigadier anunció a su hijo que se marchaba en busca de la mamá y que tardaría en volver cuatro o cinco días; recomendole con mucho encarecimiento la formalidad durante su ausencia, el respeto al ama de llaves, la mesura con los demás criados, la puntual asistencia al colegio, el estudio, etc., etc.

—Aquí llega tu tío Manolo—dijo viendo entrar a su hermano,—a quien te dejo recomendado: él se encargará de dar una vuelta por aquí todos los días y enterarse de cómo sigues y qué tal te portas...

El tío Manolo, que acababa de entrar, era, con mucho, el mejor mozo de los tres hermanos. Apesar de sus cuarenta y cinco años, conservaba una frescura de cutis y una gallardía de talle que ni en sus mocedades habían ellos disfrutado: era un hombre verdaderamente notable por su figura: alto como sus hermanos, pero mejor proporcionado, de facciones correctas y varoniles, cabello negro y naturalmente rizado, donde apenas se advertía aún tal cual hebra de plata, patillas negras también, largas, sedosas, el cuello blanco y redondo como el de una mujer, el pie menudo y las manos finas y aristocráticas. En honra y gloria de esta figura, para regalarla y darla el debido esplendor, había sacrificado D. Manuel Rivera todo su tiempo y casi todo su capital. D. Bernardo hablaba de él con poco respeto y le trataba con cierto despego: el mismo brigadier, aun queriéndole bien, no se mostraba muy impresionado por aquella famosísima estampa, y solía reprenderle suavemente algunas cosas que llamaba puerilidades. En cambio, su sobrino Miguel le adoraba: ya de niño ansiaba volar a él desde los brazos de la nodriza: el tufo de los perfumes que gastaba, el roce de aquellas sedosas patillas al besarle, y sobre todo, la franca alegría que respiraba, le habían seducido siempre y aún le tenían completamente subyugado.

—Pierde cuidado, Fernando—dijo gravemente el real mozo.—Yo haré que Miguel cumpla con sus deberes y se porte como una persona formal... Ni tú, ni Bernardo—añadió dirigiéndose a su hermano en tono confidencial—sabéis tratar a los chicos. Bernardo con su rigor inoportuno, y tú con tu debilidad, no servís para el caso... Yo hubiera sido un gran padre... A los chicos es menester tratarles con familiaridad, darles expansión, hablarles como amigos... y cuando llega el momento de ponerse serios, se les echa un terno redondo y se les dice: ¡c... chico, no hay más remedio que hacer esto!... ¡y se hace! ¡vaya si se hace!

El brigadier sonrió al oír aquel discurso, y dijo:

—Bueno, Manolo, tú te encargas de dar algunas vueltas por esta casa y vigilar que todo marche bien... Y si quieres y tienes tiempo para sacar a Miguel a paseo, sácale...

—Nada, hombre, pierde cuidado, te digo.

En efecto, el brigadier partió aquella noche para Sevilla dejando a Miguel al cuidado de los criados y bajo la vigilancia de su tío. Este al día siguiente vino a enterarse de cómo había pasado la noche, y tuvo la amabilidad de conducirle hasta el colegio; al dejarlo a la puerta, le prometió venir a buscarle y llevarle a almorzar consigo. Y así fue; pero en vez de llevarle a la fonda donde alojaba, prefirió irse a almorzar al restaurant del Iris. Comieron y bebieron alegremente como dos camaradas: el tío puso en práctica su tema pedagógico de la expansión. A los postres tenía las mejillas bastante coloradas y hablaba por los codos.

—¿Sabes, Miguel?... Ahora, por la tarde te perdono el colegio. Una tarde más o menos importa poco. Vamos a dar un paseíto en coche, que es muy higiénico después de almorzar bien... porque hemos almorzado bien; ¿no es verdad, Miguel? Es lástima que no te encuentres en edad de fumar... te daría un cigarro... Pero ya llegarás a allá...

Al levantarse del asiento, Miguel se tambaleó un poco, lo cual hizo reír a su tío. Como éste ya no tenía coche, se fueron a casa del brigadier, y mandó enganchar el tílbury, y subiéndose a él y poniendo al sobrino a su lado, empuñó con muy gentil disposición las riendas, y enderezó los pasos del caballo hacia la Casa de Campo. El tío Manolo era uno de los primeros mayorales de España; daba lástima que aquellas extraordinarias facultades hubiesen quedado tan pronto oscurecidas por falta de materia donde aplicarlas. Miguel iba en sus glorias, admirado de ver al tío aflojar y recoger las riendas y fustigar al caballo, con tanto arte, para ponerle al trote corto o largo, y hacerle revolver en poco espacio.

—¿Qué tal, Miguel?—le preguntó muy complacido de aquella admiración.—¿Quién lo entiende mejor, Pedro el cochero o yo?

—¡Tú!—contestó el chico con entusiasmo.

—Pues aún no has visto nada... Guiar con un caballo lo hace cualquiera. Mañana pondremos los dos, el Centauro y el Veloz, a la tendée, y verás cómo me las sé arreglar.

Desde la Casa de Campo vinieron a dar una vueltecita al Prado. El tío Manolo fue enseñando a Miguel los trenes más lujosos y nombrándole sus dueños: también le enseñó las bellezas de la corte.

—¡Guapa mujer esa que acabo de saludar! ¿eh? Es hija de Bustamante el banquero...; ligerita..., ligerita!... Allá va la Condesa de Fuenteseca... no me ha visto... a la otra vuelta la saludaré... ¡Cuidado que se conserva bien esa mujer!... Adiós, Lucía, a los pies de V.,—dijo, quitando el sombrero, a una joven rubia que venía en carretela con otras señoras.—Esa chica que acabo de saludar es sevillana y muy amiga de la que va a ser tu mamá... ¡muy romántica! ¡muy espiritual!... No tiene una peseta, ¿sabes?... Si va en coche, es porque la convidan las amigas... De eso hay mucho en Madrid, chico... ¡Te digo que a este caballo le han estropeado la boca! ¡Ese Pedro!... ¡ese Pedro!... No sé cómo tu padre se ha encaprichado por él... yo le había recomendado otro magnífico que había sido muchos años de Villamejor, pero no me ha hecho caso, y ha preferido ese bruto...

Miguel echó una mirada atrás porque estaba seguro de que el lacayo se lo iba a contar todo a Pedro.

—Espérate un poco... ahí viene la Albini...

El tío Manolo saludó a la última moda agitando el sombrero en el aire. La blonda y obesa cantante, que venía arrellanada en una carretela, le contestó con sonrisa amistosa.

—Es la primera tiple absoluta del Teatro Real... ¡Una hermosa mujer!... y nada arisca... Si te parece, vamos a dar la vuelta para que la veas bien...

Y sin más aguardar, hizo revolver al caballo y se puso a seguir el coche de la Albini, y en toda la tarde no le perdió de vista. Cuando oscureció se fueron a tomar un sorbete al Iris y después a casa.

Al día siguiente no hubo colegio tampoco por la tarde, y salieron en coche como habían convenido a la tendée, luciendo el tío Manolo sus aptitudes prodigiosas en el Prado. Miguel iba embelesado y orgulloso de ver que la gente les miraba mucho. Aquella manera de enganchar los caballos era todavía rara y un poco peligrosa no contando con jacas amaestradas. Por la noche el tío le llevó al Teatro Real a un palco que tenían abonado entre varios amigos, le presentó a todos ellos y fue muy besuqueado y obsequiado de dulces. El tío desapareció del palco durante un acto, y Miguel supo por los amigos que debía de estar en el cuarto de la Albini. En efecto, al cabo de una hora vino muy sonriente y satisfecho y sufrió con alegría la matraca que sus amigos le dieron por haber dejado al sobrino abandonado. Al otro día después de paseo le llevó a casa de unos amigos, donde se ensayaban hacía ya tiempo dos actos de ópera que debían cantarse y representarse en el cumpleaños de la señora. Esta era una gran música y tocaba el piano admirablemente; de voz andaba tal cual. Su hija la tenía penetrante y bastante desagradable, pero sabía cantar. El Sr. de Trujillo, esposo y papá respectivamente de las mencionadas damas, intendente de ejército, ni tenía voz ni sabía cantar, pero cantaba. Había otra porción de tertulianos que con las mismas disposiciones para el arte musical que el intendente, se habían prestado a tomar parte en la función. Entre todos ellos descollaba como la robusta encina en bosque de madroños, el tío Manolo. Miguel pudo convencerse en seguida de que era el gallo de la quintana. Rivera para aquí, Rivera para allí, Rivera esto, Rivera lo otro, en todas partes hacía falta y para todo se le consultaba. ¡Cómo no, si sabía casi tanta música como la intendenta y poseía una voz aceptable de tenor! Así que de hecho él era el director de la fiesta, por más que aquella lo fuese de derecho.

Se iba a cantar un acto de la Lucía, de Donizetti, y otro del Coradino, de Rossini. Los ensayos hacía ya mas de tres meses que habían comenzado; todo el invierno había estado el tío Manolo preguntando a la intendenta: «¿Son tue cifre? A me risponde,» y contestándole aquélla con voz temblona «Siii.» Apesar de eso no salía bien; y era porque las partes secundarias no lo tomaban con la misma afición y calor que las primeras. Los coros de ambos sexos, particularmente, estaban rematados; cada cual por su lado. En vano la intendenta ponía mala cara a las señoritas que la secundaban y les dirigía de vez en cuando alguna pulla amarga: en vano el tío Manolo, con más paciencia y amabilidad, hacía repetir infinitas veces los pasajes difíciles. Nada; las señoritas y señoritos que componían la reunión, tomaban aquellos ensayos como pretexto para verse todas las noches y decirse recaditos y ternezas; y cuando por indicación de Rivera se colocaban los varones frente a las hembras a los dos lados del piano, había un fuego graneado de miradas y señas que ardía Troya; la intendenta estaba dada a los diablos.

Cuando la tertulia pareció mostrar interés fue al hablarse de los trajes. Comenzaron con calor los preparativos de indumentaria; las coristas encargaron vestidos riquísimos a París y se retrataron con ellos: los caballeros también fatigaron a los sastres con menudencias impertinentes. Todo esto era motivo de indignación para la intendenta. «De trapos muy bien—solía decir con amargura;—pero de música están VV. tan desnudos como su madre los parió.» El tío Manolo lo tomaba con más filosofía, sobre todo en lo que tocaba a las señoritas. La intendenta no estaba lejos de sospechar que también él andaba metido en alguna de aquellas intrigas amorosas que se urdían descaradamente en su salón.

Se hicieron en éste algunas reformas necesarias para el caso, esto es, se construyó en uno de los extremos un bonito escenario. El tío Manolo, a quien se le alcanzaba también algo de pintura, bosquejó dos decoraciones bastante regulares. La de la ópera de Rossini representaba las inmediaciones de un castillo feudal, donde habitaba aquel señor que aborrecía las mujeres; a la puerta había un gran letrero que decía: Il feroce Coradino odia il sexo feminino. La de la obra de Donizetti representaba el salón de un palacio; en el fondo tenía una plataforma para que se viese bien al tenor cuando entrase a pedir cuentas de la perrada que su novia le estaba haciendo y causara su aparición más efecto. El escenario tenía una puerta al foro que daba al gabinete de la casa; por la puerta de escape de la alcoba habían de salir los artistas a vertirse en las habitaciones que se les había destinado.

Todo esto vio Miguel con asombro y deleite. Su tío le llevó varios días al ensayo y le iba explicando minuciosamente lo que cada objeto del diminuto teatro significaba y para lo que servía. Los futuros intérpretes de Rossini y Donizetti le agasajaban mucho; pero una cosa no podía sufrir con paciencia, y era que todos al besarle o darle afectuosas palmaditas en el rostro le mostrasen compasión.—¿Dónde tienes a papá?—En Sevilla, contestaba él.—¿Y qué fue a hacer a Sevilla? le preguntaban sonriendo. Miguel se encogía de hombros.—¿No fue a buscarte una mamá? Él se callaba. Entonces le daban un beso y volviéndose a los demás exclamaban por lo bajo:—¡Pobrecito! Estas exclamaciones le inquietaban un poco; mas al instante se disipaba la mala impresión. Aquellos días su tío le traía sumamente divertido; al colegio por la tarde ya no había vuelto; después de almorzar en casa o fuera, al paseo, al casino, donde veía a tío Manolo jugar una partida de carambolas, algunas veces a los toros y por la noche al ensayo o al teatro. El ama de llaves le decía sacudiendo la cabeza con disgusto:—¡Buena vida te estás dando, Miguelito! ¡No sé en qué pararán estas misas!—El brigadier hacía ya más de ocho días que se había ido y no daba noticia del retorno. En casa del tío Bernardo no había vuelto a poner los pies; sin duda la antipatía, o por mejor decir, el miedo que aquél inspiraba a tío Manolo era la causa principal de este alejamiento. Sin embargo, una tarde vino Enrique a convidarle a comer de parte de sus papás y fue muy recriminado de toda la familia por su ingratitud.

Llegó por fin el cumpleaños de Anita; así llamaban los amigos a la intendenta apesar de hallarse ya cerca de los cuarenta y no poder revolverse de gorda. Desde las primeras horas de la mañana tío Manolo anduvo tan diligente y afanoso, que no pudo el sobrino echarle la vista encima hasta que vino a decirle que a las siete volvería por él. Y en efecto, antes que fuesen sonadas se presentó a buscarle y con el bocado en la boca le llevó a casa de Trujillo. Si inquieto y preocupado andaba el tío Manolo, no lo estaba menos la intendenta; a más del temor natural de que se desluciesen por culpa de los otros sus reconocidas y acatadas facultades de cantante, el negocio de las invitaciones le daba mucha guerra; para no agraviar a ninguna se habían convidado más personas de las que cabían en el salón; cuando empezó a llegar la gente hubo algunos disgustos; varias señoras se vieron obligadas a quedarse de pie por falta de asiento y algunas se marcharon muy desabridas antes de comenzar la fiesta. ¡Buenos irían poniendo a los Trujillo! Para que no ocupase silla, tío Manolo llevó a Miguel al escenario. No le pesó de ello; al contrario, los preparativos, el trajín de los artistas, las voces, las risas le llenaban de gozo. Cuando comenzaron a llegar de los cuartos perfectamente disfrazados todos aquellos señores y señoras, tardó en reconocerlos; al pasar por delante de él le preguntaban acariciándole la cara:—¿Me conoces, Miguelito?—Y él, después de mirarlos con atención, decía:—Sí, Fulano—y esto le causaba un vivo placer. Pero el que le dejó confuso, absorto y entusiasmado fue tío Manolo vestido de señor feudal; llevaba botas de ante amarillo que le llegaban hasta los muslos y el cuerpo ceñido con loriga que brillaba como un espejo; el casco era enorme y asombroso por la cantidad de águilas, grifos y dragones y otros animales emblemáticos que le adornaban; la barba le llegaba casi hasta la cintura, y hasta el medio de la espalda los cabellos. Finalmente, en esto, como en todo lo demás, se reconocía el gusto y la esplendidez de Rivera.

Su aparición causó mágico efecto en el auditorio y fue saludado con una salva de aplausos. También a la intendenta se la aplaudió al salir. El acto de Coradino fue un triunfo para ambos: tío Manolo dijo su aria de salida admirablemente, según dos o tres dilettantti sietemesinos que allí se encontraban, y eso que era difícil de vocalizar; era precisamente el fuerte de Rivera; no tenía gran voz, pero vocalizaba perfectamente. Donde la intendenta le llevó mucha ventaja fue en la mímica: Anita era una consumada actriz, mientras el tío Manolo se movía poco y con trabajo en la escena. El acto de Lucía comenzó igualmente muy bien: los coros, contra lo que se esperaba, estuvieron bastante acertados: Rivera dijo sus primeras frases de indignación con buen éxito: el concertante tampoco salió mal. Mas al terminarse el acto, cuando el célebre ¡Ah maledetto! del tenor, el tío Manolo tuvo la desgracia de soltar un gallo. Nunca había dado las notas altas muy claras y las temía mucho. En el auditorio se levantó un leve murmullo, al cual siguió un estrepitoso aplauso en testimonio de simpatía y perdón. Rivera, sin embargo, se desconcertó completamente y cantó lo que quedaba rematadamente mal. En cambio la intendenta apretó de firme, sobre todo en la declamación: al echar los brazos al cuello a Rivera para retenerle, estuvo inimitable. Cuando bajó el telón, tío Manolo, desesperado, saltándosele las lágrimas, agitó los puños contra el suelo exclamando:

—¡Infame tierra! ¿por qué no te abres y me tragas?

Miguel, que presenciaba el espectáculo desde los bastidores, se conmovió profundamente al ver el dolor de su tío.

Así terminó la ópera casera. Al día siguiente tío Manolo, cuando fue a visitarle, estaba muy triste y avergonzado y no tuvo humor para sacarle a paseo. El brigadier no acababa de anunciar su salida: sin embargo, se sospechaba que no tardaría en llegar. Para acabar de ponerle de mal humor, el tío Manolo recibió una carta del director del colegio noticiándole que Miguel se descuidaba mucho en sus estudios hacía ya algunos días. Esto ocasionó una muy fuerte desazón entre tío y sobrino.

—¡Mira, mira, majaderillo, lo que me dice el director!—exclamó lleno de cólera.—¿Es ésta manera de portarse? ¿Qué dirá tu padre cuando venga y lo sepa? ¿Para eso procuro yo que te diviertas?...

El fuerte de tío Manolo no era la lógica: porque procurar que se divierta un chico no es procurar que estudie. Bien lo comprendió Miguel, pero no quiso contestarle conociendo su carácter arrebatado: además, no le convenía ponerse mal con él.

—¡Chiquillo! ¡Tontuelo! ¡Ponerme a mí en berlina de esta manera!... ¡Vaya un modo decente de corresponder a mis condescendencias!... Nada, si con estos chicos es mejor ser malo que bueno... ya me voy convenciendo de eso... ¡El palo, el palo... esto es lo único que respetan!... ¿A que no harías esto con tu tío Bernardo si él se hubiese encargado de ti?... ¡Hombre, me parece que si fueses hijo mío te rompía el trasero a azotes en este momento!

Miguel aguantó el chubasco con la cabeza baja y sin chistar. Y ya que se hubo bien desahogado tío Manolo se marchó dando un gran portazo.

Pero al otro día vino tan risueño como si tal cosa, salieron juntos a paseo y por la noche le llevó al cuarto de la Albini. Todavía disfrutó el hijo del brigadier otros cuatro o cinco días de vida regalona, porque su tío no volvió a acordarse de mandarle estudiar más que del santo de su nombre; al cabo llegó carta de Sevilla anunciando la salida del brigadier y su nueva esposa, y las cosas tomaron repentinamente un aspecto más serio. Por convenio expreso entre ambos, Miguel había de ir por la mañana a buscar a su tío con la carretela, y desde la fonda irían a esperar a los viajeros.

Cuando subió a la fonda a eso de las siete, tío Manolo comenzaba a aderezarse, en cuya grave y prolija ocupación no gustaba de que nadie le turbase. Sin embargo, Miguel logró entrar en el cuarto y se sentó respetuosamente en una silla a esperar que se diese por terminada. El negocio no era tan fácil y expedito como a primera vista parecía: el Sr. de Rivera había sido siempre extremadamente escrupuloso en el lavado, planchado y demás artes decorativas; gustaba asimismo de que todas las prendas que usaba le viniesen como anillo al dedo; cualquier discrepancia en esta materia conseguía alterarle la bilis. Cuando Miguel entró estaba vivamente satisfecho porque los pantalones que estrenaba le habían salido muy bien. Dio tres o cuatro vueltecitas taconeando por el gabinete, y parándose delante del espejo, dijo:

—¿Qué tal, Miguel, te gustan estos pantalones?

Miguel no entendía casi nada, pero contestó afirmativamente.

—Yo creo—manifestó Rivera con voz conmovida—que son los que mejor me ha sacado Utrilla hasta ahora... Y el género es muy rico... inglés legítimo... tócalo, haz el favor de tocarlo...

Miguel le dio un pellizquito al paño y dijo que sí, que era bueno.

—¡Doce duros, amiguito!—Y viendo que el sobrino le miraba sin comprender, repitió:

—Que me han costado doce duros como doce soles... Pero chico, qué quieres, cuando las cosas salen bien, doy por bien empleado el dinero... Lo triste es darlo cuando salen mal... ¡La verdad, se ha portado el amigo Utrilla! Y que no hay otro pantalón en Madrid igual... Es el único que ha venido de este dibujo...

Lo decía en un tono que rebosaba de alegría, moviéndose delante del espejo y dando pataditas en el suelo. Después se puso a silbar La donna e móvile y se fue a la alcoba a buscar la camisa que ya tenía preparada sobre la cama. Pero la camisa no logró satisfacerle como el pantalón; la pechera hacía bomba y el cuello estaba poco descotado. Después de mirarse gravemente al espejo muchas veces y de procurar arreglarla tirando de ella hacia abajo, el tío Manolo soltó un terno y echó una mirada feroz a Miguel. En seguida, procurando refrenarse, sin poder conseguirlo, exclamó por lo bajo y sonriendo forzadamente:

—¡A que no me visto hoy, Miguelito!

Pero éste, en vez de contestar a la sonrisa con otra, permaneció muy serio y asustado adivinando la tempestad que hervía debajo de tales palabras. En efecto, Rivera no tardó en murmurar una blasfemia espantosa. Estaba muy pálido y se le había formado un círculo oscuro en torno de los ojos.

—Oyes, Miguelito, ¿quieres hacerme el favor de salirte a la sala?—dijo a su sobrino en un tono almibarado, pero muy sospechoso.

Miguel se apresuró a escapar del gabinete. No tardó en oír fuertes trastazos, acompañados de vivas interjecciones, paseos y un resuello lúgubre de malísimo agüero. Al fin todo quedó en silencio, y curioso de saber en qué consistía, miró por la rendija de la puerta, y vio a su tío sentado en una butaca, en mangas de camisa, hundida la cabeza en el pecho, el pelo caído por la frente en la más triste y desesperada actitud que nadie pudiera imaginarse. Después de permanecer algunos minutos en tal estado, vecino de la locura, vio que se levantaba, y con cristiana resignación sacaba del armario la tercer camisa, y después de meterle los botones, se la ponía dando un profundo suspiro. Al cabo de un cuarto de hora, concluida su tarea, salió del gabinete serio, tranquilo, un poco pálido, como sucede siempre después de las grandes crisis. Al encontrarse sus ojos con los de Miguel, sonrió avergonzado. A éste le acometieron aquellas malditas ganas de reír que tanto daño le causaron, y no faltó mucho para echarlo todo a perder. Por fortuna consiguió refrenarlas.

Encamináronse lo más pronto posible al parador de la silla de posta, que no tardó en llegar. Abrió la portezuela el tío Manolo, y se apresuró a dar la mano a su cuñada, que saltó en tierra con mucha compostura y elegancia. El brigadier, después de abrazar a su hijo, lo presentó a su nueva mamá, quien le dio un beso en la mejilla, reparando poco en él. Era una mujer hermosa, alta, maciza de carnes, el rostro blanco y ovalado, negros y grandes los ojos, pestaña larga, cabello castaño tirando a rubio, derecha de espaldas y cogida de cintura, gallarda y briosa en sus movimientos y un tantico soberbia. Miguel entendió que no había visto nunca nada tan bello, y la expresó su rendimiento mirándola hasta comérsela con los ojos. Terminados los saludos y las preguntas que en casos tales suelen repetirse bastante, se entraron los cuatro en la carretela. Sentose la dama en el fondo a la derecha, y el brigadier a su lado: Miguel y el tío Manolo se acomodaron enfrente. Comprendiendo el buen efecto que en su hijo había causado la mamá que le traía, el brigadier iba muy complacido y estaba harto locuaz; mucho más de lo que acostumbraba. El tío Manolo, por cierto instinto de coquetería que jamás le abandonaba, hacía esfuerzos por mostrarse agudo y chistoso delante de su cuñada, y la abrumaba a galanterías.—«Ángela, ¿te molestan las ventanillas abiertas?—la decía llamándola por su nombre y tuteándola ya.—¿Quieres que cerremos ésta de la derecha? ¿Llevas los pies fríos? Dame acá esa sombrilla. Échate hacia atrás, que irás más cómoda.» La hermosa dama contestaba a estos homenajes con leves sonrisas no exentas de displicencia.

—Vamos, Miguel—dijo el brigadier.—¿No te parece mejor tu mamá que el retrato?

Miguel, ruborizado y gozoso, contestó que sí con la cabeza.

—De modo que votas a mi favor, ¿verdad?—le preguntó la nueva brigadiera con gracioso acento andaluz.

Miguel, avergonzado, no se atrevió a contestar.

—¡Ya lo creo que vota!—respondió por él su padre.—Y está dispuesto a hacer todo lo que esté de su parte por que le quieras mucho. ¿No es verdad que serás siempre obediente a tu mamá, y no la darás ningún disgusto?

El muchacho afirmó otra vez con la cabeza.

—Vaya, dala un beso ahora.

Miguel fue muy gustoso a besarla en la mejilla, pero en aquel instante la dama sacó la cabeza por la ventanilla para ver los edificios de la Puerta del Sol, mientras le tendía su mano enguantada. El niño, obedeciendo a un signo de su padre, la tomó entre las suyas y la besó.

Al llegar a casa volvió el tío Manolo a ayudarla a saltar del coche y ofrecerla caballerosamente su brazo para subir la escalera. El brigadier y su hijo marchaban detrás.

V

Aquella hermosa señora que estusiasmó a Miguel, era hija de una familia sevillana, tan necesitada de bienes de fortuna como rica en timbres y blasones. Había tenido innumerables admiradores, algunos novios y casi ningún pretendiente. Los hombres en esta edad prosaica rara vez se vuelven locos por amor; y locura era casarse con Ángela Guevara no poseyendo mucho dinero y buenos deseos de gastarlo: porque esta joven esclarecida, educada en la adoración de su estirpe, tenía de ella tan alto concepto y tan pagada estaba igualmente de su belleza, gallardo ingenio, despejo y gentileza, que ningún palacio consideraba bastante suntuoso, ningún trono suficiente elevado para contener y soportar tal suma de perfecciones. Su entrada en los teatros y paseos de Sevilla levantaba siempre un murmullo de admiración en la gente: los forasteros se apresuraban a preguntar a los naturales:—¿Quién es esa joven?—¿Le gusta a V., verdad?—solían contestar chuscamente,—pues tenga V. cuidado, porque es de mírame y no me toques.—Y era cierto: la noble doncella pasó bastantes años (hasta alcanzar casi los treinta), sin que nadie se atreviese más que a mirarla: era una soberbia figura decorativa, el mejor ornamento quizá, exceptuado la Giralda, de la ciudad que baña Guadalquivir famoso; pero como aquélla, ni los ingleses siquiera osaban llevársela.

Y así se hubiera estado la pobre hasta desmoronarse, a no haber arribado, en comisión del servicio, el brigadier Rivera. Ángela había llegado en materia de novios a un escepticismo desconsolador: tanto la habían requebrado con la vista y con la lengua sin ulteriores consecuencias, que concluyó por imaginar que el amor era un frívolo entretenimiento para no aburrirse en las tertulias, y el marido (el suyo, por supuesto) un ser hipotético, una incógnita imposible de despejar. Así, cuando el brigadier, rendido a tanta hermosura, se resolvió a pedir su mano, entregola apresuradamente como si fuera un peso que la molestase: y no reparó en la diferencia de edad, ni en la figura quijotesca del pretendiente, ni en la viudez, ni en el hijo que estaba allá por Madrid: todo era nada comparado con el magno problema que se resolvía: casarse y vivir con boato en la corte. Sevilla entera se alegró; dio un suspiro de descanso, exclamando: ¡Al fin la hemos casado!

Aquí dan comienzo las desdichas del héroe de nuestra historia. Tan pronto como la noble doncella andaluza pisó los umbrales de la casa de Rivera, tomó las llaves de los armarios y se encargó de su dirección, tuvo a bien arrojarle el guante. No se detuvo en melindres hipócritas, ni preparó el terreno, ni dejó trascurrir siquiera el tiempo de cortesía, como hacen la mayor parte de las madrastras; desde el primer momento reveló que Miguel no le agradaba y le declaró la guerra; por lo menos tuvo el mérito de la franqueza. Aquél tardó bastante tiempo en recoger el guante. La impresión que su nueva mamá le había producido era demasiado grata para que se borrase fácilmente; pensó que se entraba un ángel del cielo por su casa. Pronto se hubiera trocado la admiración en amor, si la gentil señora le hubiese tendido su mano protectora. Pero no fue así: la nueva brigadiera rechazó indignamente la fija mirada de adoración que Miguel tenía como muda caricia posada constantemente sobre ella. En vez de agradecerla y de sentirse lisonjeada, comenzó a exclamar ásperamente en presencia de los criados: «¿Por qué me mirará tanto este niño?» Miguel no comprendió en un principio que su madrastra le daba calabazas. Su inteligencia infantil no podía darse cuenta de que un ser tan hermoso aborreciese a quien no le había hecho ningún daño, y persistió cándidamente en su amor platónico. Mas a la postre no tuvo más remedio que percibir que se le declaraba la guerra, ¡guerra bien injusta por cierto, y bien desigual! Sintió las espinas de aquella rosa espléndida, y quedó confuso y apenado. Era un temperamento muy nervioso el suyo; no cabía en él la indiferencia: o amaba o aborrecía. Por eso, pasada la sorpresa, sin buscar la razón de tal antipatía, trocose presto su amor en odio. Y a los pocos días la brigadiera Ángela, si quiso, pudo observar que los ojos de Miguel no expresaban ninguna clase de adoración.

Encendiose más con esto la mala voluntad de aquélla; la guerra estalló con todos sus horrores, sin tregua y sin cuartel. Si Miguel salía de paseo con el lacayo, los ojos penetrantes de la andaluza siempre descubrían a la vuelta en su traje alguna mancha, algún siete mal recosido por una sirviente piadosa:—«¡Jesú, qué niño ma susio y ma revoltoso! ¿Qué dirá la gente que le vea? Dirá que yo le abandono y le dejo andar hecho un pordiosero. ¡Es una vergüensa!» Si se quedaba en casa y jugaba con los criados, la señora se ponía furiosa, le dolía la cabeza, hablaba de la bajeza de sentimientos que el muchacho revelaba, allanándose a estar siempre entre la servidumbre, e increpaba duramente al brigadier porque no sabía educar a su hijo. Si, por complacer a su padre, tomaba la resolución de estarse quieto y sentadito en una silla toda la tarde, esto era lo que no podía ver el pasmo de Sevilla:—«¡Jesú qué niño tan posma! ¡Siempre en las mismitas faldas de una, mirándolo todo, observándolo todo!... ¡Ay, qué fatiga!»

Ni era fácil, como se ve, que le diese gusto en nada. El brigadier padecía mucho con esta injustificada aversión y procuraba mitigarla, sin resultado alguno. Necesitábase la pasión loca que su mujer le había inspirado y su carácter pacífico, para que algunas veces no hubiese un escándalo en casa. Los parientes, en cuanto se hicieron cargo de lo que pasaba, mostraron mucho disgusto. El más indignado fue tío Manolo:—«¡El día que vea a esa petenera tratar mal a mi sobrino—había dicho en cierta casa,—como no se tape las orejas con cera va a escuchar cosas muy lindas!» Y pasó como había previsto. La brigadiera, que no se recataba de nadie para hacer lo que se le antojaba, reprendió agriamente a Miguel en presencia suya, y entre otros insultos cometió la ligereza de llamarle mala casta. Oír esto y volverse loco tío Manolo, fue todo uno; por milagro no acabó allí mismo con su cuñada. Así y todo la agarró fuertemente por el brazo, y soltando tres o cuatro ternos seguidos, le escupió más que le dijo: «Oyes tú, grandísimo pendón; su casta es mejor que la tuya siete mil veces... ¿Qué hubiera sido de ti si no te hubieras casado con el calzonazos de mi hermano? ¿Así pagas el bien que te ha hecho, insultándole a él y a todos nosotros?... ¡Pues mira, chica, que el porvenir de tu casta hubiera sido lucido como hay Dios!... Estabais con el agua al cuello, más pobres que las arañas, ¿y todavía vienes echando fieros?... ¡Si le digo a V., hombre, que es morirse de risa!... ¡Vaya un hermano babieca que tengo!... ¡Babieca!... ¡Más que babieca!...»

La brigadiera, respuesta al instante del susto, se revolvió airada y le vomitó tres o cuatro insultos feroces, y después tuvo por oportuno desmayarse. Tío Manolo salió del gabinete batiendo las puertas y soltando juramentos. Encontrose en la escalera a su hermano, y encarándose con él, le dijo: «¡Parece mentira que con esos bigotazos te traiga alineado la cursilona de tu mujer! ¡El día que vuelva a poner los pies en tu casa, que me entierren vivo!»

Y sin aguardar la respuesta del atónito brigadier, bajó en cuatro saltos la escalera y desapareció.

La bella andaluza logró al cabo de poco tiempo indisponerse con todos los parientes de su marido, y lo que es más grave, que éste apenas se tratase con ellos. En cambio comenzaron a frecuentar la casa bastantes miembros de la colonia sevillana amigos de la familia Guevara: la mayoría señoras y señoritas. Entre estas últimas la más íntima y asidua fue Lucía Población, aquella joven rubia que D. Manuel de Rivera saludó en el Prado llevando a Miguel en su compañía. Los pormenores biográficos que había dado a su sobrino eran exactos.

Lucía no tenía fortuna; vivía atenida a una pensión que el Estado le pagaba por haber sido su padre regente de la Audiencia de Puerto Rico. Relacionada y aun emparentada por su madre con varias familias aristocráticas de Sevilla y Madrid, disfrutó, aunque sin poseerlo, del bienestar y esplendor que el dinero procura. Desde que había quedado huérfana de padre, sus ricos parientes habían tenido la amabilidad de invitarla a comer con frecuencia y llevarla al teatro y al paseo. A los diez y siete años perdió también a su madre y fue recogida por los Marqueses de Cisneros, sus parientes más próximos establecidos en Madrid. Como Lucía era una joven hermosa, discreta y bien educada, y como por otra parte contaba con diez o doce mil reales de orfandad, fue carga muy liviana para aquellos señores, que sólo tenían dos hijos y gozaban buena renta. Había sido en Sevilla muy íntima de la familia Guevara, y en particular de Angelita, por más que ésta la aventajase en edad siete u ocho años lo menos. Enfriadas un poco las relaciones por la separación, volvieron a calentarse tan pronto como se encontraron en Madrid. Al poco tiempo de llegar Ángela, su amiga apenas salía de casa sino para dormir; ni al paseo, ni al teatro, ni a misa siquiera dejaban de salir juntas.

Era Lucía una rubia de las dichas vulgarmente vaporosas; ojos azules y claros y un poco húmedos, tersa y blanca la frente, los cabellos como madejas de oro, las cejas perfiladas en arco, algo aguileña, el talle fino y esbelto, el rostro alegre y muy apacible. Formaba su hermosura dichoso contraste con la de la brigadiera; quizás fuera este el fundamento más sólido de su amistad. También se diferenciaban notablemente en el humor. Ángela era desdeñosa, irascible, absolutamente incapaz de enternecerse, amiga de los placeres de la mesa sobre todos los demás. Lucía era romántica, llorona, con ribetes de literata, amiga de contar los sueños y los presentimientos, muy habladora, astuta y zahorí para explicar los misterios y laberintos del corazón; apenas comía. De tal diversidad de cuerpo y espíritu nacía el acuerdo que entre ellas existía. Ángela mandaba sobre Lucía, pero a condición de escucharla, lo cual no le costaba trabajo; ejercía sobre ella un cierto protectorado maternal. Lucía en sus adentros compadecía a su amiga por estar tan ignorante de los inefables deleites de la poesía y del amor, y en este mutuo aprecio y desprecio vivían ambos genios acordados y tranquilos.

Lucía notó en seguida la antipatía de su amiga por el hijastro, y trató de vencerla suavemente; pues no hallaba fundamento para ello. Recordaba Miguel después de hombre que la belleza de esta señora no le había impresionado como la de su madrastra; mas el cariño que le mostró y su carácter afable y expansivo, concluyeron, no obstante, por seducirle. Un día, recién casado su padre, charlaban las dos amigas mientras él jugaba en un rincón; debía referirse la conversación a su persona, porque ambas le miraban a menudo, la mamá con ojos severos y desdeñosos, Lucía con dulzura.

—Ven acá, Miguelito—le dijo ésta de pronto. Miguel acudió al llamamiento. La amable señorita le hizo unas cuantas preguntas de poca sustancia, y cogiéndole después por la barba y mirándole fijamente, dijo como si atase el hilo a una conversación empezada:

—¡Pues no es feo este chico, Ángela!

La brigadiera calló. Miguel, que tenía ya más penetración de lo que se figuraban, comprendió que había estado su rostro sobre el tapete, y agradeció toda su vida a la blonda sevillana esta buena opinión.

Otra vez su nueva mamá, cuya antipatía fue siempre en aumento, le castigó por haber roto con la pelota un juego de tocador que le habían regalado en su boda. Dejolo encerrado en el cuarto ropero con orden a los criados de que bajo ningún pretexto le diesen de merendar, y se fue de visita con su marido. Llegó al poco rato la señorita de Población, y enterándose de que no había nadie en casa más que Miguel, y éste sumido en oscura mazmorra, tuvo a bien sacarle de ella, apesar de las advertencias de las doncellas, que temían a su señora más que al mismo demonio. Llevolo al comedor, hizo que le diesen de merendar y le acarició y agasajó cortesísimamente. De este y otros favores fue Miguel deudor a esta dama durante su permanencia en la casa paterna, y siempre se los tuvo muy en cuenta.

A la brigadiera se le había metido en la cabeza casar a su amiga, y casarla ventajosamente. Como Miguel era muy niño y no se recataban de él, pudo oír varias conversaciones acerca de este punto y hasta percibió alguna vez el nombre del novio que su mamá proponía. A todos los encontraba la amable señorita poco adecuados; juraba y perjuraba que sólo se casaría cuando hallase el marido que había visto en sueños o al menos el que más se le pareciese. A esto contestaba la brigadiera que no fuese tonta, que todo era música celestial y que lo importante era casarse con un hombre capaz de mantenerla en la categoría y con el bienestar que había disfrutado siempre. Digamos que la vaporosa rubia no echó en saco roto los consejos de su buena amiga y aun que supo aprovecharlos. Pero esto se verá más adelante.

Al año de casarse el brigadier diole su esposa, como fruto de bendición, una hermosa niña que se bautizó con el nombre de Julia: fue refuerzo de desgracia para el pobre Miguel, aunque de modo inocente. Como astro de primera magnitud, oscureció a los demás seres racionales e irracionales de la casa, y pasó a ser el centro de todas las miradas y atenciones, y el tema de todos los discursos. En los días que siguieron a su nacimiento Miguel vivió completamente ignorado, haciendo lo que bien le placía, gozando una calma dichosa. Por desgracia, duró poco. Las negras pupilas de la brigadiera no tardaron en caer de nuevo sobre él, y detrás de aquellas pupilas se agitaba ahora un pensamiento tan egoísta y mezquino como acorde con nuestra flaca naturaleza. Aquel chicuelo que tenía delante iba a privar a su hermosa y adorada hija de una mitad de fortuna, por lo menos. Este pensamiento, siempre fijo, siempre presente en el cerebro no muy sólido de la brigadiera, llegó a exasperarla a tal punto, que convirtió la casa muy pronto, de monarquía absoluta, pero discreta, que era, en feroz e insufrible despotismo. El mismo brigadier, que tenía a mucha honra no haberse pronunciado jamás contra las instituciones vigentes, estuvo a pique de sublevarse con toda la guarnición, representada por Miguel y tres o cuatro criados antiguos. Y como la soga quiebra siempre por lo más delgado, la guarnición padeció más en este lance que su digno jefe. Después de frecuentes combates, emboscadas, escaramuzas y hasta batallas campales en que la brigadiera dio pruebas de ser consumada estratégica, muy superior por cierto a su marido, que no pasaría jamás de mediano general de división, a los tres fieles y antiguos servidores se les dio la absoluta, y a Miguel... también se la dieron. Veamos de qué modo.

Tenía Julita dos años, poco más o menos. Era una niña encantadora, que se reía hasta desternillarse cuando caía cualquier objeto al suelo, y decía ya papá y mamá correctamente y con propiedad. Al mismo tiempo demostraba felices y excepcionales disposiciones para la música clásica. Cuando su padre entonaba con vozarrón de sochantre el aria de bajo de Lucrezia Borgia o la serenata de Fausto, la niña se enternecía, empezaba a hacer pucheritos, y concluiría por llorar frenéticamente, si antes no diese la brigadiera la voz preventiva de: «¿Quieres callarte, Fernando?»

No es posible negar, sin embargo, que Julita profesaba algunas ideas equivocadas acerca del régimen gramatical y del valor de las palabras. Por ejemplo, ¿qué razón podía tener para llamar a la carne chicha y a la niñera Tita, nombrándose Felisa? Comprendemos perfectamente que para pedir queso dijese quis quis: aquí, por lo menos, existe la raíz del verdadero vocablo. Sus opiniones acerca de los instintos y carácter de los animales domésticos eran igualmente absurdas. Al paso que exageraba hasta lo indecible el poder y la fiereza de las gallinas, huyendo de ellas con gritos de terror, guardaba simpatía viva y profunda hacia los gatos, la cual no pudo destruirse con los frecuentes arañazos que estas ingratas criaturas infligían sobre sus tiernas manecitas. Así que tropezaba con uno perdía nuestra Julia la chabeta, y gritando con la dulzura de un ruiseñor «¡papá, mamo! ¡papá, mamo!» se iba hacia él y le cogía por el rabo. En la misma categoría que los gatos, o acaso un poco más alto, colocaba Julita a su hermano Miguel, a quien llamaba Michel. Era un cariño ciego el que le tenía: lo mismo era verle, que sus bracitos se agitaban de alegría, lanzaban chispas de gozo los ojos, y pedía con toda la fuerza de sus pulmones que trajesen a Michel, o le diesen a ella la muerte. Así que le tenía cerca, le tiraba por los cabellos hasta hacerle llorar, en señal de admiración, o bien llenaba su rostro de baba. Miguel, más galante que los gatos, no sólo se dejaba tirar de los pelos con la paciencia de un mártir, pero hasta buscaba con afán las ocasiones del martirio. Con una generosidad de que hay muy pocos ejemplos en la historia, no solamente perdonaba a su hermanita sus feroces caricias, sino también los malos tratos y desabrimientos que por causa de ella estaba obligado a padecer. Porque la brigadiera no podía sufrir con paciencia esta simpatía: se irritaba contra su hija cuando pedía que le trajesen a Miguel sin demora, y mucho más cuando éste, motu propio, se llegaba a darla un beso. Teníale formalmente prohibido el tomarla en brazos, jugar con ella, y en general acercarse cuando no se lo mandasen: pero nuestro Miguel, desafiando las iras de la brigadiera unas veces, y otras burlando su vigilancia, pasaba largos ratos con ella, haciendo payasadas para verla reír, o acariciándola buenamente.

Una mañana se hallaba Julita muy arrellanada en su cuna, contemplando fijamente el cielo raso. La niñera la había dejado sola por irse a retozar a la cocina. Su rostro ofrecía una gravedad desusada; los ojos inmóviles, estáticos; los labios plegados en señal de reflexión; las manos descansando tranquilamente sobre el vientre. Todo parecía indicar que estaba embebida en alguna meditación fantástica. De vez en cuando levantaba un poco la mano y chasqueaba la lengua, lo cual comunicaba una melancolía profunda a su meditación: otras veces decía en voz baja y ronca: «¡upa, upa!» Arrastrada por el torbellino de sus tristísimas ideas, hubiera concluido sin duda por llorar y gritar desesperadamente, si al entornar un poco la vista hacia la puerta no hubiese visto en ella admirablemente peinado y acicalado a su hermano Miguel.

¡Michel, Michel!—dijo saliendo de su estupor doloroso y extendiendo hacia él los bracitos desnudos.

Miguel se dirigió a ella mirando a todas partes como un ladrón que teme ser sorprendido. Al instante quedaron los dos confundidos en un estrecho abrazo: del cual abrazo resultó Miguel completamente despeinado, con la cara llena de baba y sin corbata. Julita la blandía en señal de triunfo.

El muchacho, que había sufrido con harta impaciencia que le asease la doncella, permitió ahora muy complaciente que su hermana le desasease, y acercando a ella los labios, le preguntó bajito:

—Di, ¿me quieres, mona?

La niña volvió a tirarle de los pelos y a sobarle la cara en fe de eterno cariño.

—¿A quién quieres más, a mí o a Tita?

—Michel, Michel—dijo Julita trayéndole hacia sí y dándole un furioso puñetazo en la nuca. Y no contenta con esta clara manifestación, prosiguió con énfasis:

—Tita feya... Michel apo.

Miguel enajenado besó apasionadamente los brazos de su hermanita. Después le preguntó:

—¿Quieres que te coma?

Habiendo asentido Julita con una docena de inclinaciones de cabeza, el chico comenzó a figurar que la comía los brazos, la cara, el pecho, las piernas, en fin, toda su diminuta persona. La niña se deshacía de gozo al verse devorada de tan gentil manera.

—¿Te como más?

Claro está. Julita deseaba que la comiese hasta no dejar rastro de ella. El tigre, así que hubo terminado, descansó algunos instantes sobre la misma almohada de su víctima. Esta todavía se arrancaba la carne del pecho a puñados para ofrecérsela.

—Oyes, Julita, ¿cómo hace el gato?

—¡Mau, mau!

—¡Ca! no es así, verás tú como hace.

Y poniéndose en cuatro patas, comenzó a dar vueltas por la estancia, lanzando tales y tan verdaderos maullidos, que Julita quedó suspensa y estática, creyendo tener delante de sí y en realidad un individuo de la raza felina. Como no era cosa de dejar pasar tan oportuna ocasión de dar a conocer sus benévolos sentimientos hacia esta familia, dijo con profunda convicción:

—Mamo, apo.

Miguel vino triunfante a ella, y la dio un beso.

—¿Quieres agua, monina?—le preguntó de repente.

No sabemos qué clase de motivos habrían impulsado a Miguel a ofrecer tan espontáneamente agua a su hermana. Sean los que quieran, lo cierto es que ésta, como no podía negarle nada, aceptó el ofrecimiento. Mas al servírsela el bueno de Miguel, dejó caer sobre la cuna el vaso lleno. La niña estuvo tres veces para llorar y otras tantas para reír: al fin se decidió por lo último, hallando muy gracioso, aunque demasiadamente húmedo, el chiste de su hermanito. Para recompensar su tolerancia, éste tornó a hacer el gato con más voluntad aún y maestría. Después imitó al perro y al burro menos que medianamente. Al fin, queriendo terminar de un modo digno y brillante sus trabajos zoológicos, propuso hacer la gallina. Todas las antipatías, terrores y resentimientos de Julita se despertaron al escuchar este nombre malhadado.

—¡No... ina no... ina feya!

Pero Miguel, arrastrado del deseo de lucir su habilidad en este nuevo ejercicio, no quiso atender a la negativa y se puso a cacarear de lo lindo en todos los tonos agudos y graves. La niña, agitada, convulsa, con los ojos espantados, gritaba cada vez con más fuerza:

—¡No... ina no...! ¡feya, feya!

Fue necesario terminar. El artista quedose un tanto mohíno viendo despreciados sus esfuerzos.

—Upa, upa—dijo la niña al cabo de un rato de silencio, tendiendo a Miguel los brazos.

—No, no te levanto, que riñe mamá.

—¡Valiente cosa me importa a mí que riña mamá!—dijo la niña; esto es, debió decirlo; en realidad no hizo más que repetir con un gesto que no daba lugar a réplica:

—¡Upa, upa!

Miguel se sometió. Cuando la tomó en brazos hallose con que estaba hecha una sopa. ¡El maldito vaso! Al pensar en su madrastra se le puso la carne de gallina. Fuese porque tal pensamiento le privara repentinamente de las fuerzas, o porque nunca las hubiera tenido muy hercúleas, es lo cierto que al sacarla de la cuna, sin saber cómo la niña se le deslizó de los brazos, y cayó dando un fuerte porrazo con la barba en la barandilla.

¡Oh Dios clemente! ¿qué pasó allí? La sangre de Julita corrió en abundancia; los gritos se oyeron en media legua a la redonda. Acudió la servidumbre, y el portero, y los vecinos, y los guardias municipales de la calle, y el médico de la casa de socorro, y la guardia del Principal, fuerza de artillería y carabineros, y lo que es aún más espantable que todo esto... acudió la brigadiera.

En la misma noche el consejo de guerra, presidido por aquélla, condenó al reo nombrado Miguel Rivera a seis años de presidio con retención, que debían purgarse en un edificio grande, feo y sucio, sito en la calle del Desengaño donde se leía con caracteres borrosos este rótulo: Colegio de 1.ª y 2.ª enseñanza bajo la advocación de Nuestra Señora de la Merced.

VI

Tan sucio era aquel caserón por dentro como por fuera; la enseñanza y el alimento que se daba correspondían muy bien con el local. El fundador y director del establecimiento era un excoronel de artillería andaluz y amigo de la familia Guevara; por eso Miguel había ido a dar allí con sus huesos. El tal coronel, llamado D. Jaime, había salido del cuerpo por un asunto de honor en que el suyo no había quedado bien parado; tuvo algunas palabras con otro oficial de ingenieros, nombráronse los padrinos, y cuando llegó la ocasión de formalizarse el desafío, nuestro D. Jaime se achicó y dio toda clase de satisfacciones; los artilleros se ofendieron mucho con esta conducta, dejaron de saludarle, y el coronel al cabo se vio obligado a pedir la absoluta. Por supuesto que los alumnos no sabían palabra de todo esto; antes se tenían formada, de la braveza y esfuerzo de su director, una idea superior a toda hipérbole; no había en el colegio quien no le tuviese por más áspero y belicoso que Roldán y más denodado que Oliveros de Castilla, y quien no le temblase. El propio coronel había fomentado esta opinión refiriendo a sus discípulos en los momentos en que el álgebra les dejaba algún respiro, un sin número de hazañas portentosas y aventuras sangrientas llevadas a término por su mano, o en cuya ejecución, por lo menos, había tenido parte muy lucida. Además, cuando se incomodaba, y era muy a menudo, acostumbraba a desafiar al muchacho delincuente, y no sólo a él, sino también a toda la cátedra y al colegio entero lo mismo que hizo el Cid con el pueblo de Zamora.—«¡Hombre, tendría gracia que uztede ze burlasen de mí!... Nada, zeñore, el que quiera reírze que lo diga francamente. Lo hombre han de zer hombre siempre. ¡Que lo diga y le daré una piztola para que nos peguemo un tiro! ¡Y zi viene el papá, ze lo pego al papá, canazto! ¡Y zi viene el hermano, ze lo pego al hermanito! ¡Y zi viene el abuelito, al abuelito! ¿Eztamo?» Los chicos quedaban petrificados de terror.

Había otro profesor para la geografía y las Historias de mediana edad, hombre tímido y pusilánime hasta el exceso, que ganaba el sustento suyo y el de su madre y hermanas con grandísimo esfuerzo, corriendo todo el día de un colegio a otro, dando además lección particular en algunas casas y cantando de tiple en las funciones religiosas. Llamábase D. Leandro; era de estatura baja y bajo también de color, con grandes ojos negros y dulces que pedían misericordia; andaba siempre vestido de negro y cuidadosamente rasurado, como convenía a su estado semisacerdotal; poco le faltaba para gastar corona. Daba lección de música a los alumnos que la pagasen, y era en lo que más se placía; todo su amor y pasiones se cifraban en el arte; no tenía grandes facultades para él, bien lo sabía y no se avergonzaba de confesarlo; pero lo amaba platónicamente, y adoraba a quien brillase cultivándolo. Hablarle a él de los grandes maestros y aun de los pequeños, era verle caerse boca abajo como un indio en presencia de sus ídolos. También dibujaba un poquito, muy poquito; pero en secreto. En cuanto le mirasen fijamente se ruborizaba; cuando por casualidad hablaba con una mujer, tenía los ojos puestos en el suelo.

El profesor de Psicología, Lógica y Ética era el reverso de éste: pedante, charlatán sin pizca de sustancia, procaz de palabra y de obra, y colérico cuando se creía denigrado. No llegaba a los treinta años de edad y había hecho ya nueve o diez oposiciones a cátedras sin resultado alguno; sólo una vez había obtenido un segundo lugar. Fuera de los momentos en que estaba sentado en cátedra, no hablaba de otra cosa; oposiciones por arriba y por abajo; conocía los nombres de todos los catedráticos de España, de instituto y de facultad, sabía cómo habían ingresado en el profesorado (casi siempre por intrigas según él), llevaba la cuenta exacta de todas las cátedras vacantes y aun de las que iban a vacar, las que tocaban a turno de oposición o a concurso, los tribunales que se habían nombrado desde diez años hasta la fecha, y calculaba los que podían nombrarse en lo sucesivo, y mejor aún los que le convendría que se nombrasen. Apesar de sus ínfulas, era un gorrón que se dejaba regalar tabaco, alfileres de corbata y hasta tal cual peseta por los alumnos. Llamábase D. Benigno, pero estos le apodaban Pppsicología recalcando mucho la p, como él acostumbraba a hacer.

El catedrático de Física e Historia natural, señor Marroquín, era un antiguo republicano de barricada, que había perdido la plaza de auxiliar en el Instituto de San Isidro por sus ideas políticas y religiosas. En toda España no había hombre más heterodoxo que él: no creía ni en la madre que le parió. D. Jaime, que no era intolerante, y la prueba es que lo sostenía en su colegio, le había prohibido, no obstante, que hiciese alarde de sus ideas, contrarias a toda religión positiva, delante de sus discípulos.—«Amigo Marroquín, no zea uzté balzamina en zu vía; too eztamo enterao de que eso de Dio y lo santo son arma al hombro; pero si los papá y laz mamá quieren que zuz hijos lo crean, ¿qué lez va V. a hacé? Ojo, pue, con el pico, ¿eztamo? No vaya a atufárseme D. Juan (D. Juan era el cura), y tengamo un lío.»—Por instinto de conservación, que tarde o nunca abandona ni aun a los enemigos de Dios, procuraba Marroquín refrenarse: pero con mucho trabajo lo conseguía. Halló un medio ingenioso de manifestar su rencor al Ser Supremo sin comprometerse, y fue la preterición: ni por casualidad se le escapaba el nombre de Dios; en reemplazo suyo decía siempre la naturaleza, y cuando algún chico lo nombraba, solía rectificarle suave y disimuladamente, diciendo:—«Eso es, las fuerzas de la naturaleza, perfectamente.»—Era hombre de complexión recia, hirsuto como un jabalí (así le llamaban en el colegio), le salían los pelos hasta por debajo de los ojos, firmes y erizados como púas; los de la cabeza andaban siempre revueltos y aborrascados por la imposibilidad absoluta de domeñarlos, y los gastaba largos para que mejor se observase. Pues no diremos nada de las cerdas que le salían por las manos y las muñecas, que podían competir muy bien con las de los cepillos más ásperos. Cuando Marroquín escribía, uno de los trabajos mayores era pelear con aquel vello de la muñeca, que le borraba a lo mejor los renglones: no tenía otro remedio que metérselos a cada momento debajo del puño de la camisa; pero a veces se impacientaba terriblemente. ¡Estos pelos indecentes! Y se arrancaba con rabia un puñado de ellos. «Tantos pelos tiene en el alma como en el cuerpo,» decía de él el capellán del colegio con sorda cólera. No estamos conformes con este juicio. Marroquín era un pobre diablo, no exento de las pasioncillas que atormentan a los humanos, tales como la envidia, la lujuria, la gula, pero no en más alto grado que la mayoría de ellos. Sin embargo, erraba mucho en echárselas de austero y hombre acrisolado, rompiendo en presencia de los discípulos tarjetas de recomendación y tratando con afectado desdén al hijo de algún título, porque en realidad estaba muy lejos de serlo, y de ello tenemos datos inconcusos.

Enemigo irreconciliable de éste era el capellán D. Juan Vigil, director espiritual de los alumnos, maestro de doctrina cristiana, y catedrático de latinidad y retórica y poética. Es persona tan notable desde varios puntos de vista, que de ella nos ocuparemos con alguna detención más adelante. Sólo diremos ahora que era hombre de cuarenta años de edad, rubio, pálido, de pocas carnes y no muy apretadas, de mediana estatura y grandes extremidades. Después del director, la persona más influyente en el colegio: dormía dentro de él, y aun se decía que tenía alguna participación en las ganancias.

Además de estos personajes principales, había algunos otros secundarios: un maestro de primeras letras, un pasante, un inspector, dos criados, una cocinera, una doncella de labor y una planchadora.

El régimen interno del colegio no era un modelo de orden y disciplina. El director se cuidaba poco de él: decíase que tiraba de la oreja a Jorge en el casino, y tal vez fuese cierto: lo indudable era que las cosas casi nunca andaban bien, que más de cuatro veces faltó dinero en la caja para pagar al almacenista, y que a los profesores se les adeudaban casi siempre tres o cuatro meses de sueldo. A pesar de esto, D. Jaime tenía suerte; no se le marchaba un chico: el colegio siempre lleno. Tal vez contribuyese a ello su mismo desorden, que tenía algo de patriarcal; aquella amable indisciplina era muy del gusto de los niños. Aunque la comida era de inferior calidad, no estaba tasada ni había gran rigor en las horas: si un chico tenía hambre, bajaba a la cocina, pedía pan y queso, y sin inconveniente alguno, se lo daban, y si la cocinera, de natural francota y bonachona, estaba de humor, hasta le freía un huevo o una magra. Cuando D. Jaime «estaba en fondos,» los gaudeamus se sucedían en el colegio; variedad de postres, vino de Jerez y hasta se improvisaba una que otra merendeta en el campo: D. Jaime era muy aficionado a pintar paisajes, muy malos, eso sí, pero que no por eso dejaban de ser celebrados por discípulos y profesores. En cambio, si se daban bizcas y el bolsillo se desmayaba, adiós confites y la mantequilla del chocolate y las copitas a las once; nadie comía más que lo estrictamente indispensable para no fenecer de hambre. Además, aquellos días no había quien dirigiese la palabra a D. Jaime, ni aun le mirase a la cara: los castigos eran más frecuentes: el palo andaba listo y la sopa perezosa. Hay que confesarlo, porque es la pura verdad, los únicos progresos literarios y científicos del colegio de la Merced se hacían en estos días de crisis monetaria.

La llegada de Miguel no causó efecto alguno, ni en profesores, ni en discípulos: un niño más, y bien atrasadito por cierto. Sin embargo, no tardó en llamar la atención de unos y de otros por su condición inquieta y ruidosa: en cuanto tomó confianza, y le bastaron pocos días, mostrose tan travieso, tan turbulento, que los maestros comenzaron a murmurar y a tenerle sobre ojo, y los alumnos a contar con él para todas las jugarretas. Don Jaime dijo que aquel chico «era de la piel del diablo y había que apretarle un poco los tornillos.» El cura, aficionado a los motes, le puso por sobrenombre Bullita, y por él se le conoció mucho tiempo en el colegio. Apesar de esto, no despertó rencores, ni antipatías; había en su rostro expresivo cierta nobleza que atraía generalmente, y en sus travesuras nunca dejaba de hallarse alguna gracia: así que, los profesores, aunque le castigasen con dureza, no dejaban muchas veces de reírse y de celebrar al hallarse reunidos «la buena sombra de aquel muchacho.» El único que le odió cordialmente desde su entrada, fue el famoso Pppsicología, el eterno y asendereado opositor. Por supuesto que el odio fue recíproco al instante, y que Miguel no perdonó medio humano de vejarle y tenerle en continuo sobresalto: cuando iba a pronunciar la palabra Psicología, nunca dejó en su vida de prepararse con cierta tosecilla, que hacía inmediatamente sonreír a los compañeros. Los castigos que por esta broma hubo de padecer, no son para contados: pasaba casi todas las horas de recreo encerrado en unas jaulas de madera con rejas de hierro que D. Jaime había hecho construir en el patio para los delincuentes: sobre estas jaulas, y debido a la inventiva de Pppsicología, se habían puesto grandes cartelones con nombres de animales; en uno decía Hipopótamo, en otro Rinoceronte, en otro Bucéfalo, en otro Mastodonte, etcétera, etc. Miguel recorrió innumerables veces la fauna moderna y la antediluviana, pero ya no le daba bendita la vergüenza; se distraía el tiempo de prisión tocando la trompeta con los puños hasta que venía el inspector a hacerle callar: los chicos, de quienes era querido, solían traerle los postres que les sobraban, o bien cigarrillos, o cualquiera otro entretenimiento para que no lo pasase tan mal.

No por virtud de los castigos y reprensiones, sino por otra causa muy distinta, la conducta de Miguel reformose algún tanto durante una temporada de varios meses, a los dos años próximamente de hallarse en el colegio. Fue el amor quien operó este cambio, si merece tal nombre la afición prematura que le prendió por la planchadora del colegio. Había establecido ésta en su cuarto de trabajo, situado en la guardilla, una tertulia donde acudían algunos niños en las horas de recreo: contábales historias maravillosas mientras repasaba la ropa blanca o la aplanchaba. Desde un día que subió casualmente aficionose tanto a ellas, que comenzó a acudir asiduamente para escucharlas. Sentado a los pies de la narradora, con la cabeza apoyada en sus rodillas, pasaba admirablemente las horas embebecido y suspenso. Por delante de sus ojos desfilaron las aventuras estupendas de Los doce pares de Francia, la historia de Aladino o la lámpara maravillosa, la de Flores y Blanca-Flor «su descendencia, amores y peligros que pasaron por ser Flores moro y Blanca-Flor cristiana,» la de Pierres de Provenza y la hermosa Magalona, la de El esforzado Clamades y la hermosa Clermonda, o sea El caballo de madera, y otras muchas interesantísimas donde la virtud sale triunfante y el vicio corrido. Sabida de todos es la particular inclinación que tienen las planchadoras a ver a los buenos ricos y felices y a los malos abatidos y miserables. Miguel participó muy pronto de estas ideas: y aunque la bella narradora agotó prontamente el repertorio de sus fábulas, cada día las escuchaba con más atención y deleite. Fuerza es confesar, como ya indicamos, que algo, bastante y aun mucho influía en su atención el placer que empezaba a sentir contemplando la vigorosa y agraciada figura de Petra (así se llamaba). Llegó a admirarla como un bruto: el ideal de la belleza se encarnó para él en sus carnes frescas, sonrosadas y un tanto crasas.

El cuarto de la planchadora era una verdadera estufa en las tardes de verano. La proximidad del tejado, lo bajo del techo y la hornilla encendida se conjuraban para hacerlo intolerable. No obstante, Miguel encontrábase allí como el pez en el agua: la mayor parte de las tardes, cuando llegó esta época, se las pasaba nuestro héroe mano a mano con el ideal, sin que nadie viniese a turbarlo. Los tertulianos de la guardilla desertaban hostigados por el calor. El ideal se mostraba en su posible desnudez, los brazos remangados hasta el sobaco, el liviano pañuelo de percal arriado hasta donde el pudor empezaba a gritar con fuerza. El mórbido cuello relucía con el sudor, las mejillas se inflamaban y los negros y mal peinados cabellos caían en crenchas sobre la espalda y en rizos sobre la frente salpicada también de menudas y brillantes gotas de agua. Ahumaba la planchadora, o por mejor decir, despedía un vaho sutil y punzante que Miguel aspiraba embriagándose sin darse cuenta de ello.

Cuando no venían otros chicos, Petra no se decidía a malgastar sus talentos de novelista, y se dedicaba con alma y vida a la tarea que se le había encomendado; el hijo del brigadier seguía con atención profunda, como un aprendiz que desea imponerse pronto en el arte, las manos de la bella. Algunas veces le daba a ésta por hacerle un sin número de preguntas, enterándose de todos los pormenores de su vida; los disgustos de Miguel con su madrastra la enternecieron sobremanera, y se desató en injurias contra ella, diciendo que no tenía corazón y que era peor que las fieras de los montes; después alargó su diatriba a todas las señoras.—«Mira Miguelito, que te lo digo yo; ninguna señora sabe lo que es conciencia; tienen el corazón más duro que una piedra; si es caso, vale más una pobre de la calle que todas esas señoras con su colorete y su ringo rango... No llevan nada que no sea postizo: el pelo, el color, los dientes... y otras cosas que no quiero decirte porqué eres todavía pequeño... Pocas gracias que sean bonitas de ese modo... ¡anda, anda!... ¡pues si las pobres nos pusiéramos todos esos perendengues!... Pero más vale lo natural, ¿no es verdad, Miguelito? ¿Llevo yo polvos de arroz? ¿llevo colorete? ¿eh?... Toca, toca lo que quieras... frota bien (Miguel frotaba con mano temblorosa). Y apesar de eso, no cambio mis colores por los de ninguna de esas señoritas tísicas que van al Prado en carretela...»

El hijo del brigadier asentía incondicionalmente a estas atrevidas proposiciones; quizá las llevase en su pensamiento más allá que la misma interesada. La verdad es que la admiración de Petrarca a Laura y la de Dante a Beatriz eran nada en comparación con la apasionada y vehemente que nuestro chico profesaba a la planchadora. La admiraba sin comprender que la naturaleza pudiese formar otro ser que rivalizase con ella; todo lo encontraba hechicero, desde sus cabellos, un tantico revueltos, hasta sus pies, nada breves y nada bien calzados. Petra, que al principio no había reparado, concluyó por fijarse en aquel niño que tan asiduamente la visitaba, y vencida de su constancia o por ventura halagada por la adoración que en él veía, testimoniole algún afecto. Un día que estaban solos, como Miguel la mirase desde su taburete hasta comérsela con los ojos, le dijo con sonrisa burlona y placentera a la par:

—¿Por qué me miras tanto, Miguelito?... ¿Te gusto?

La vergüenza y la confusión se apoderaron del chico; se puso como una cereza y concluyó por llorar desconsoladamente como si le hubiese dicho alguna injuria. Petra le consoló y le mimó, dándole algunos besos, que fueron los hierros con que le esclavizó para siempre.

De allí en adelante mostrose muy benévola hacia él; le cosía con esmero cualquier rotura que hubiese en su vestido; le pegaba los botones y le arreglaba la corbata; cuando venía despeinado, con sus propios peines le aliñaba el pelo. Miguel vivía entre los bienaventurados; el roce de aquellas manos en su cabeza le producían espasmos de dicha, y el perfume de la pomada de heliotropo que la planchadora usaba, causábale una embriaguez dulce y feliz como no volvió a sentirla jamás en su vida.

Es condición precisa de las planchadoras, y también de las que no lo son, hacer con gusto el papel de ídolos y propender a la dominación. Petra, dejándose adorar, adoptó cierta actitud protectora y maternal. Se interesó vivamente por todo lo que a Miguel concernía, revolvió su baúl, contó las camisas y los pañuelos, fue depositaria del dinero que le daban, en una palabra, se hizo cargo por completo de la dirección de sus negocios, tanto morales como económicos. Las pocas cartas que el muchacho recibía leíalas ella de cabo a rabo, y frecuentemente dictaba la respuesta: cuando le castigaban, le llevaba la comida a la prisión; algunas veces llegó por su propia autoridad a levantar el castigo, y lo que aún es más grave, a recriminar al profesor que se lo había impuesto.

Por la pendiente de la soberanía se llega muy pronto al absolutismo. Petra empezó a mandar en Miguel como en cosa propia, y a dictarle reglas de conducta para todos los actos de la vida, haciéndole estudiar a su lado el tiempo que juzgaba necesario y prohibiéndole los juegos cuando lo creía oportuno. Porque perdió dos pañuelos en pocos días, tomó la resolución de cosérsele al bolsillo. Tenía que darle cuenta del empleo de todos los momentos:—«¿Qué has hecho después de salir de clase? ¿Con quién estabas hablando en el patio? ¡Cuidado que vuelvas otra vez a subirte al pasamano de la escalera! No andes más con Pepito; no me gusta ese chico. Ya me han dicho que ayer no has sabido la lección. ¿Qué haces el tiempo que estás en la sala de estudio? Por de contado, enredar: ¡si te tuviese siempre a mi lado andarías un poco más derecho!»—Llegó a reprenderle duramente las faltas como si tuviese sobre él autoridad. Miguel temblaba cuando subía al cuarto de la guardilla con el pantalón roto, lo mismo que cuando iba a ver a su madrastra. Mas en cambio de estos apuros tenía compensaciónes: la planchadora se mostraba amable y generosa a ratos: algunas veces le levantaba entre sus robustos brazos y le tiraba al aire volviendo a recogerle; le daba vivos y sonoros besos; le llamaba pichoncito, rico mío, querido, y le estrechaba con tal fuerza contra su seno, que andaba cerca de asfixiarle. Era nuestro héroe ya muy hombre y todavía al recordar estos abrazos experimentaba una dulzura inexplicable.

Desgraciadamente, como sucede casi siempre, Petra se desvaneció con el poder; en vez de mantener su dominio en los límites discretos y convenientes, empujolo lentamente hasta los últimos extremos, convirtiéndolo en un despotismo escandaloso y repugnante. Miguel pasó al cabo de algunos meses a ser su paje de cola: «Miguel, tráeme las tenazas.—Miguel, echa carbón en la hornilla.—Miguel, corre a pedir a la cocinera agujas.—Miguel, abre esa ventana.» El hijo del brigadier se apresuraba a cumplimentar estas órdenes como el caballero que busca ocasión de festejar a su dama y ansía testimoniarle su rendimiento. La dama recibía el homenaje sin pestañar, cual si le fuese debido. Poco a poco empezó a mostrarse impertinente y descontentadiza: «¿Cómo has tardado tanto, chico?—No es eso lo que te pido, hombre, no es eso, ¡parece que estás en Babia!—¿Dónde tienes los ojos? ¡tonto, retonto!—¡Me estás consumiendo la paciencia, chiquillo!» Nuestro muchacho llegó prontamente a ejecutar los oficios más viles. La planchadora se complacía en tenerle horas enteras abanicándola mientras trabajaba, en obligarle a dar lustre a sus zapatos y en general en proporcionarle todos los oficios de un consumado negrito. Pero él los desempeñaba con gusto; después de todo, era el favorito y nadie le disputaba este título. La sultana, aunque cada día más altiva y desdeñosa, todavía le consentía apoyar la barba en su regazo y contemplarla largos ratos fijamente. Aquellos ojos ardientes y ávidos demandaban tímidamente una caricia. Petra era cada vez menos expresiva; pero aunque de mala gana y con semblante hosco, aún se dignaba hacérselas.

La verdad es que se iba cansando del chico; la adoración ferviente sin límites que éste la tributaba, llegó a empalagarla. ¡Tal es la condición humana! Este cansancio manifestose en frecuentes enojos y desabrimientos, sin motivo alguno la mayor parte de las veces. Mostrábase amable con todo el mundo menos con Miguel, para quien reservaba tan sólo su mal humor. Esto le hizo padecer bastante, y aun conmovido por sus desprecios y reprensiones, lloró lágrimas amargas que la planchadora concluía por enjugar con el pañuelo. Acariciaba, más le hacía pagar las caricias: «¡Ahora le da el sentimiento al niño! ¡Quieres callarte, tontuelo! ¿Te figuras que estoy yo aquí para templar gaitas? ¡Bueno, bueno, ya empieza el lloriqueo!» Con estas y otras tales expresiones abría la llave de las lágrimas que su mano trataba de secar. Mas no pararon todavía aquí las cosas. Un día trasladando Miguel una cesta con ropa aplanchada de un sitio a otro, la dejó caer al suelo y se manchó una buena parte. Petra, hasta entonces, en sus más fuertes enojos no había hecho mas que cogerle por el brazo y sacudirle; ahora le dio una soberbia bofetada que le encendió el rostro. En vez de ponerlo en conocimiento del director, o por lo menos marcharse y no subir más al cuarto, como aconsejaba su dignidad, contentose con llorar perdidamente. ¡Y bien perdido quedó desde entonces! Petra, para resarcirle, le hizo caricias muy exquisitas, con lo cual dio por bien empleado el bofetón y se dispuso a recibir todos los que en adelante aquélla fuera servida darle, como así acaeció en efecto. Las reprensiones comenzaron a ir casi siempre con acompañamiento; segura ya de que se aceptaban los golpes, no los escaseó; más por una contradicción, bien explicable por cierto, desde que comenzó a dárselos, le mostró al mismo tiempo mayor afecto; tan suyo le consideraba, tan pobre y miserable le veía a sus pies, y tanto le sorprendió su paciencia, que no es mucho si después de una buena granizada de mojicones, le otorgase algunas pruebas de afecto. El muchacho se creía bien indemnizado recibiéndolas; lejos de apagarse el fuego de su pecho, creció y se sobresaltó hasta lo sumo. Era una pasión encarnizada, furiosa, bestial, como sólo existen en esa edad en que los sentidos amanecen. Los hombres pueden hablar cuanto gusten de sus pasiones, los poetas y novelistas exaltar la violencia de las de sus héroes como plazca a su fantasía; nada es comparable a la afición concentrada, fija y ardiente que alguna vez despiertan en el alma y en el cuerpo de un niño las formas exuberantes y macizas de una mujer. Miguel despreciaba en el fondo de su corazón a Petra. Con la precoz viveza de comprensión de los niños cortesanos, no se le ocultaban sus defectos ni el despreciable papel que desempeñaba cerca de ella; pero una adoración ciega y frenética que le hacía soñar noche y día, le tenía fatalmente encadenado. Los malos tratos de su ídolo, eran un aliciente que comunicaba sabor más exquisito a los deleites que disfrutaba. Aquella dependencia absoluta en que estaba, aquel temor y zozobra en que vivía, ejercían sobre él cierta suave fascinación, un encanto irresistible. Después de gustarlo, por nada en el mundo quisiera que su dueño cambiase de condición y templase sus rigores.

Ni se crea tampoco que los castigos de Petra le produjesen mucho dolor. Al principio le hicieron llorar, más por la humillación que por su efecto físico; pero más tarde halló en esta misma humillación una nueva fuente de dulces y halagüeños placeres. Por una aberración que a nosotros sólo nos toca hacer constar, los golpes de aquellos brazos tersos y mórbidos, en vez de causarle dolor, evocaron en su natural fogoso un mundo de ignotas voluptuosidades. Y desde entonces, no sólo los sufría con resignación, pero aun llegó a provocarlos con astucia, contrariando a su terrible dueño hasta verlo fuera de sí. ¡Oh, cuando se irritaba, era Petra una mujer realmente hermosa! Sus mejillas se coloreaban fuertemente, los labios se encendían, las narices se dilataban, los ojos adquirían una expresión de olímpico orgullo, y todo su cuerpo se estremecía al soplo de la ira. Miguel permanecía aterrado, y al propio tiempo embelesado ante ella. Cuando la iracunda planchadora le estrujaba entre sus manos, sentíase poseído de espanto, de amor, de respeto y de gozo, lo mismo que los héroes de la gentilidad cuando incurrían en el desagrado de alguna de sus diosas, tan bellas como terribles y vengativas. Caía de rodillas a sus pies pidiendo perdón, y se los abrazaba y besaba temblando de terror y voluptuosidad. La diosa, vencida de tanta humildad, solía tenderle una mano y levantarle haciéndole jurar que no volvería más a quebrantar sus preceptos. De muy buen grado lo haría Miguel si no se huyeran de este modo los misteriosos deleites que gozaba en sus enojos.

Finalmente, también llegó a aburrirse la regia planchadora de ejercer un mando tan despótico; que la mujer, como dicen los que filosofan acerca de ella en las mesas de los cafés, es más feliz dejándose dominar que dominando. El pobre Miguel la cansó y apestó de tal manera, que vino a cobrarle verdadero aborrecimiento. Apenas se pasaba día sin que no le arrojase de junto a sí con algún insulto que iba a clavársele en el corazón: en no pocas ocasiones le cerró la puerta o le tuvo aguardando horas enteras para dejarle entrar. Coincidió este desvío con frecuentar el cuarto de la guardilla un nuevo muchacho de los años de Miguel, pero gordo y crecido, y tan rubio y blanco como una inglesa. El reciente tertuliano rindió pleito homenaje a la planchadora, y comenzó a visitarla con asiduidad. ¡Ah miserable Miguel! En un instante perdió hasta las pocas migajas de favor que le quedaban. El chico gordo quedó alzado sobre el pavés a los pocos días y proclamado favorito exclusivo, dueño absoluto del cuarto de la plancha y sus alrededores. No obstante, Miguel insistió en acudir a él por las tardes, sin obedecer las órdenes de Petra, que formalmente se lo había prohibido. Un día entró nuestro niño muy descuidado: la traición le acechaba: de entre las faldas de la planchadora salió repentinamente el nuevo favorito y cayó sobre él con el ímpetu y rabia de una fiera; arrojole al suelo y comenzó a golpearle con tal furia, que en pocos minutos no le dejó sitio en el rostro sin su correspondiente señal. Mientras duraba el vapuleo, Petra lo contemplaba riendo, ¡que a tal grado de fiereza llevó su despego! Molido, deshecho y ensangrentado bajó nuestro Miguel, y al verlo en tal estado diose parte al director. El cual, enterado del suceso y sospechando lo demás que en el cuarto de la guardilla ocurría, tuvo a bien prohibir, bajo penas severas, que ningún chico pusiese los pies en la guardilla, ¿eztamo?

VII

Aquel chico gordo, rubio y tan espigado que aporreó al hijo del brigadier, tenía un nombre sonoro y aristocrático, Pedro Mendoza y Pimentel. Era en el fondo un muchacho excelente, tranquilo, amable, inofensivo: si había cometido aquella vileza fue solamente por instigación de la planchadora. A los pocos días, arrepentido sin duda, procuró hacer las paces con Miguel; éste, que no era rencoroso, le perdonó fácilmente y le aceptó por amigo: en poco tiempo llegaron a ser íntimos. No poco contribuyó a estrechar esta amistad por parte de nuestro héroe la ojeriza injustificada que el cura había tomado a Mendoza, y que le hacía padecer bastante. Mendoza era en la clase de don Juan el blanco de todos sus donaires y el hazme reír de los chicos. Llamábale alternativamente brutandor o parisiense; el primer mote, como la palabra misma indica, porque le tenía por el mayor majadero que comía pan; el segundo, porque era muy pulcro, aficionado a vestir a la moda y a llevar esencias en el pañuelo. Aquella vaya continua, aquel martilleo, parecíale muy pesado a Miguel. El pobre Mendoza no hacía en clase nada que no fuese tuerto; en todo hallaba motivos el cura para soltar una cuchufleta o un sarcasmo que hacía prorrumpir en carcajadas a los alumnos: cuando le sacaba al medio para traducir, ya sabían todos que había jarana para rato.

La verdad es que el pobre Mendoza no era de los más despiertos, pero no se podía negar que estudiaba y trataba de cumplir con su deber, y que solamente por capricho o por algún sentimiento menos digno, el cura se ensañaba con él. Miguel le compadecía de veras: si carecía de inteligencia para aprender y explicar bien las lecciones, la culpa no era suya. Así que, cedió en seguida al ruego que le hizo, poco tiempo después de trabar amistad con él, de estudiar juntos y ayudarse a «sacar las composiciones.» Y como Miguel era de comprensión rápida y expedita, aunque un poco aturdido, no fue pequeño el servicio que le prestó; tanto, que al verle traducir con más facilidad y al examinar sus temas mejor concertados, el cura no salía de su asombro: «¡Brutandor, parece que la Providencia ha querido al fin mandarte un rayo de sentido común; alabada sea ella!» El capellán, aunque presumía de perspicaz, no dio en la razón de este favorable cambio hasta pasados algunos meses; cuando al fin averiguó que las composiciones y las traducciones se sacaban con ayuda de vecinos, no quisiera equivocarme, pero tuvo un verdadero alegrón, porque veía confirmado su juicio: «¡Hola! ¿conque Bullita se ha dignado tenderte su mano protectora? ¡Oh generoso niño!... Ven aquí, Bullita... declíname generoso puer.......... y tú, Brutandor, declíname asinus.......... a un tiempo.» Y en verlos ir declinando a voces formando algarabía holgábase D. Juan y se divertía la clase.

Este capellán era un hombre bastante original. Miguel tuvo ocasión de conocerle muy bien, porque le mostró predilección desde el principio, aunque no dejaba por eso de castigarle duramente y a menudo; en los últimos años de la segunda enseñanza llegó a ser su favorito, y hasta le trajo a dormir a su mismo cuarto; le hizo algunas confidencias, y gustaba de charlar con él, o, más propiamente, murmurar del personal del colegio, lo mismo del masculino que del femenino. Tenía un amor propio exagerado; presumía de todo lo que un hombre puede presumir, hasta de guapo, pero muy singularmente de forzudo, aunque no lo era gran cosa. Nada había que le placiese tanto como enseñar los músculos del brazo y los tendones, y ponerlos contraídos y tiesos. Los demás eran hombres afeminados por los vicios; sólo conservándose puro como él, no bebiendo más que agua, no tomando café y huyendo de las porcuzas (las mujeres), se podía llegar a tal robustez, energía, ánimo y hermosura.

No obstante el cariño que Miguel tenía a su amigo Mendoza, no dejaba de jugarle algunas pasadas. Había notado que el capellán era muy aficionado a las palabras terminadas en amen, emen, imen, omen y umen, y que experimentaba cierto deleite pronunciándolas; a cada momento decía examen, o resumen, o dictamen, y a veces traía poco apropósito algunas raras, y que no eran muy castellanas, como el velamen de los barcos, el cacumen, etc. Pues bien; preguntándole un día a Mendoza cierto punto que no traía el libro, Miguel, que estaba a su lado, le dijo rápidamente al oído: «Di que no lo trae el textumen.» El infeliz, que estaba atortolado, lo repitió sin fijarse, y..... ¡aquí fue ella! D. Juan, pensando que uno y otro se burlaban de él, les dio a entrambos una corrida de mojicones que por poco les arde el pelo. Miguel lloraba y reía a un mismo tiempo. En otra ocasión el hijo del brigadier, que dormía en la misma sala que Mendoza, se levantó por la noche, y con un pedazo de nitrato de plata que se había procurado, le pintó las manos mientras se hallaba dormido. Al día siguiente Mendoza le preguntó muy apenado lo que serían aquellas manchas. Miguel quedose grave y pensativo y le contestó:—«Mientras estén en las manos me parece que no tienen mucha importancia; pero oí decir a mi padre que si salen en la cara es muerte segura, porque manifiesta que la sangre está corrompida; un tío mío se murió de esa enfermedad.» Con estas noticias se quedó Mendoza más apenado aún. Por la noche no dejó Miguel de pintarle tres o cuatro manchas en el rostro, con lo cual, al verse por la mañana en el espejo, comenzó a dar tales gritos y a proferir tales lamentos, que acudió el director y algunos profesores. Enterados del caso y hechas las correspondientes averiguaciones, se le impuso a Miguel un severo castigo. El capellán, que sabía la amistad que ambos chicos mantenían, salió de la sala diciendo:—«Tanto quiso el diablo a su madre, que al fin le sacó los ojos.»

Sin embargo, la amistad seguía inalterable. Mendoza le perdonaba al instante estas y otras bromas, y Miguel, que no las llevaba a cabo con intención malévola, sino por el afán irresistible de reírse, le pagaba su paciencia «sacándole los significados» y metiéndole en la cabeza las lecciones. Y eso que Brutandor, según todas las señas, continuaba siendo el favorito de la planchadora; pero a Miguel ya se le había pasado aquella prematura inclinación amorosa y no se le daba un bledo por el antiguo objeto de sus ansias. Este burlaba las órdenes perentorias del director, llevando a Mendoza a su cuarto, si bien con secreto; y digo que era ella y no éste quien las burlaba, porque el muchacho nunca hubiera osado hacerlo si no fuese porque ella le obligaba. Al fin, tanto miedo tuvo de que el terrible coronel lo supiese, que con precoz sentido determinó separarse de aquel devaneo que no le convenía y no subir más al cuarto de la planchadora. Miguel le dio por ello la enhorabuena. Petra le persiguió todavía algún tiempo; pero el nuevo Teseo se hizo el sordo y la dejó abandonada. No lo estuvo mucho tiempo, sin embargo, porque el demagogo Marroquín comenzó a romper con desusada frecuencia los botones de la levita y el pantalón, y con la misma frecuencia a subir a su morada buscando remedio para tales desperfectos. Y era lo extraño, que aunque Petra era expedita y tenía la mano larga para el trabajo, nunca tardó menos de media hora en pegar un botón a Marroquín o en coserle el más insignificante siete.

Estos retrasos injustificados comenzaron a notarse en el colegio; los chicos se pusieron en observación y al instante se propalaron entre ellos mil especies, absurdas unas, verosímiles otras, pero todas graciosas. Uno decía que había visto a Marroquín por el agujero de la llave, de rodillas delante de Petra y besándola una mano lo mismo que un caballero andante; otro le había visto pellizcarla un muslo al pasar por su lado; otro le había oído decir, estando los dos asomados a un balcón:—«Petra, te amo;» otro, más serio que los demás y más digno de crédito, aseguraba que su criado había visto un domingo a Marroquín en un merendero de las Ventas del Espíritu Santo, mano a mano con la planchadora. Estas noticias volaban por el colegio y se comentaban entre risa y algazara. Pero los demás profesores, sus compañeros, no se reían; estaban indignados. Distinguíase entre todos el cura D. Juan, a quien no le faltaba más que esto para aborrecer de muerte al heterodoxo naturalista. Después que éste salía de la estancia destinada a los profesores, entregábase a furiosos comentarios y soltaba toda la bilis que tenía acumulada: «¡Barájoles, si no fuese mirando a Dios, le ponía los cinco dedos en la cara a ese puerco!... ¿Han visto ustedes nunca un hombre más rijoso?... ¡Ese hombre quema por donde pasa, barájoles!... ¡Y luego, con quién va a ensuciarse!... ¡con una porcuza!...» Este desprecio que D. Juan testimoniaba a Petra, no era sincero, según pudo convencerse más adelante Miguel; el odio a Marroquín, sí. Otro de los que expresaban con más calor su indignación era Pppsicología: propuso que se diese parte a don Jaime y que se arrojase ignominiosamente a Marroquín del colegio, y que él se comprometía a desempeñar sus clases hasta fin de curso, mediante una corta gratificación; pero los compañeros se negaron a dar este paso. Al poco tiempo, el mismo Pppsicología fue sorprendido por el inspector durmiendo la siesta con la cocinera, una mujerota fea y obesa hasta la monstruosidad, y enterado el coronel, los puso a ambos en la calle, con alegría general de los alumnos por lo que se refería a D. Benigno y con sentimiento en lo que tocaba a la cocinera, que era generosa y amable en sumo grado.

Con este suceso, que llamó extraordinariamente la atención, dejose en paz al hirsuto Marroquín, «el cual por lo menos sabía guardar las formas,» según decía D. Leandro, el tiple de San Isidro. Andando el tiempo se supo que aquél estaba enseñando a leer y escribir a Petra, que después le dio lecciones de Historia, Geografía, Aritmética, Física e Historia natural, que en seguida la hizo leer la Historia de los Papas y la Inquisición y algunos folletos materialistas, y que después de haberla separado convenientemente de toda religión positiva, la hizo su esposa «ante el altar de la propia conciencia.» Pero cuando sucedió esto ya había salido Miguel del colegio.

El carácter del hijo del brigadier nunca pudo modificarse, ni por las buenas ni por las malas; últimamente ya se había renunciado a corregirle y se le castigaba únicamente cuando las travesuras subían de punto. Todos reconocían que tenía mucha disposición y que si se aplicase sería el número uno del colegio; desgraciadamente, durante el curso estudiaba poco, y sólo al llegar el último mes apretaba de firme; pero le bastaba para sacar en el Instituto tan buenas notas como el primero. Tampoco era buen guardador de los deberes religiosos; el cura le tenía encerrado muchas veces por hincarse sólo con una rodilla en misa o pellizcar a los compañeros; durante el rosario se entretenía en comer castañas y meter las cortezas en los bolsillos de los otros, o en prolongar la ese del ora pro nobis más de la cuenta, o en cualquier otra irreverencia que solía costarle cara. Cada seis meses confesaba todo el colegio con su director espiritual, quien los preparaba previamente en el estudio de la doctrina cristiana y con un examen de conciencia colectivo; se hacía en el salón mayor del establecimiento a fin de que cupieran todos los alumnos; las ventanas se entornaban para que en la estancia hubiese una luz discreta y misteriosa que convidase al éxtasis y la meditación; cada cuál estaba sentado en una silla formando círculo en torno del cura, el cual iba leyendo por un libro los diversos pecados que en la vida pueden cometerse y explicándolos en seguida con proligidad invitándoles después a recordar si tenían que acusarse de ellos. Reinaba un silencio profundo durante algunos minutos. Volvía el cura a leer otro pecado, y así se pasaba casi toda la tarde. «Terminado el examen de conciencia—dijo una vez don Juan—el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado (el cura tendió la vista en torno, y no viendo ninguna, dijo cambiando de tono:)—A ver, Miguel, ve al oratorio y trae el crucifijo grande de madera.» Miguel se presentó en seguida con él en las manos.—«Ponte ahí de frente y levántalo.» Todos se arrodillaron frente al hijo del brigadier, que estaba de pie sosteniendo la imagen. «Terminado el examen, el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado y dirá conmigo con el mayor fervor posible: ¡Dios!...» El cura pronunció esta palabra en voz tan alta y tan lastimera, que Miguel, sin poder contenerse, soltó el trapo de la risa, cayéndole los mocos sobre las manos. Don Juan se indignó tanto, que levantándose de un salto y agarrando la vara de señalar en los mapas, arremetió con él hecho un basilisco. Fue de ver entonces a Miguel correr por la sala y brincar sobre las mesas con el Cristo en alto, perseguido de cerca por el cura, que cuando le tenía al alcance de la vara, se la arrimaba a las carnes no suavemente. Los alumnos que aún viven recordarán seguramente aquel incidente chistoso, que terminó mandando a Miguel al encierro y poniéndose otro chico en su lugar.

Al día siguiente por la mañana, iban a confesarse uno por uno al oratorio, y desde allí a comulgar a la iglesia de San Martín. El cura era muy aficionado a imponer penitencias extrañas y severas. A uno le mandó una vez que cuando sintiese tentaciones de pecar, arrimase el dedo índice a una luz hasta quemárselo, rezando después un padrenuestro: a Miguel le mandó en cierta ocasión que metiese ortigas en la cama y se acostase en cueros con ellas una noche; pero el muchacho no tuvo ánimos para cumplir esta penitencia, y a la postre el cura se vio precisado a conmutársela por otra. Mandole también en otra ocasión que cuando soltase alguna palabra obscena, besase inmediatamente la tierra: esta sí la cumplió, con no poca risa y algazara de los compañeros, pues cuando se hallaba más embebecido en el juego y se le escapaba cualquier palabra de aquéllas, se bajaba rápidamente a dar un beso en el suelo; mas él no se ruborizaba y llegó a tomarlo a risa como ellos.

Los domingos, y también algunas tardes serenas y templadas entre semana, iba todo el colegio de paseo, alumnos y profesores: marchaban de dos en dos uniformados por las calles de Madrid, y salían a menudo por el Salón del Prado hacia Atocha o por la puerta de Toledo hacia San Isidro. Los transeúntes se detenían un instante para ver pasar aquella comitiva donde abundaban los rostros delicados de cutis nacarado, un tanto pálidos por la clausura y los hábitos viciosos del colegio: cruzaban poblando el aire de un murmullo suave, como un enjambre de abejas, más atentos a la conversación que llevaban entablada que a la perspectiva de las calles y a las bellezas del campo. Delante iban los más pequeños, y detrás los mayores; el capellán, el inspector y los demás profesores cerraban la marcha. Cuando llegaban a un paraje solitario y apartado, se hacía alto y se rompían filas. Durante una hora entregábanse todos a los juegos peculiares de la infancia, el salto, la pelota, la peonza, etc. A veces, los profesores alternaban con ellos en estos juegos y llegaban a interesarse y a herirse en el amor propio; el capellán, principalmente, ya sabemos que se jactaba de sobresalir en toda clase de ejercicios corporales, y creía poseer las fuerzas de Sansón; así que le pinchaban un poco, se despojaba de los manteos y la sotana y se ponía a dar brincos como un zagal, cogía a los bueyes de las carretas por los cuernos, sacudía los árboles, enseñaba los brazos, levantaba los chicos a pulso y ejecutaba otras prodigiosas hazañas que recordaban las celebradas de Orlando furioso.

Si el director los acompañaba, que no era siempre, había sesión de pintura; un chico le llevaba la caja, y en cuanto se hallaban frente a un objeto digno de ser pintado (y el coronel no era escrupuloso en la elección de asunto), sentábase en una tijerita formada con el mismo bastón y comenzaba el degüello del arte de Vinci y Rafael. D. Leandro, por su parte, sacando del bolsillo la flauta hecha pedazos, y uniéndolos después con esmero, y templándola con pausa, principiaba a atormentar a Rossini y Mercadante, aunque más tímidamente y confesando su indignidad. Los chicos se reunían en torno de uno o de otro, según sus aficiones; pero los más preferían los ejercicios gimnásticos del capellán. Marroquín, el velloso, no tomaba parte casi nunca en el juego; prefería apartarse un buen trecho de todos y sentarse sobre alguna piedra y entregarse a la meditación; últimamente había descubierto que el estudio servía de muy poco para ilustrarse; lo principal era pensar, meditar mucho.

Ya hemos dicho que el cura mostró predilección por Miguel, apesar de su conducta nada ejemplar. Sin duda la misma travesura del chico le caía en gracia; además, tenía en mucho sus partes intelectuales y creía de buena fe «que en formalizando llegaría a ser algo de provecho.» Cuando hubo un poco de aprieto en el colegio por el excesivo número de muchachos, no tuvo inconveniente en llevarle a su habitación y en que se le armase una cama a su lado. El hijo del brigadier, al principio no encontró de su gusto este cambio; prefería la celda formada con biombos en el salón, donde a hurtadillas del inspector, recorría las camas tirando de los pies a los compañeros o «haciéndoles carteras con las sábanas.» Después se halló mucho mejor, cuando el capellán comenzó a tratarle con cierta familiaridad de amigo más que de profesor. Las extravagancias y el carácter de aquél llegaron a hacerle tanta gracia, que no había para él mayor placer que tirarle de la lengua y escuchar. D. Juan necesitaba un oyente a quien exponer los muchos pensamientos que le fatigaban la cabeza, sus teorías, su braveza, sus fuerzas, su higiene y su horror a «las porcuzas.» Miguel, que era ya un mancebo de quince años, le servía admirablemente para el caso; a veces el capellán, pensando que hablaba con un hombre ya formado, se deslizaba un poco en ciertas materias escabrosas. Observó Miguel que apesar de su odio al sexo femenino, D. Juan gustaba mucho de esta conversación y venía a ella con frecuencia. Por las noches, después que se acostaban y apagaban la luz, era cuando se departía largamente acerca de este y otros asuntos. Decíale el cura muchas veces, que había aceptado aquella plaza en el colegio por no ir de párroco a un pueblo, y eso que le habían ofrecido curatos muy lucrativos.—«Pero en un pueblo está uno muy expuesto; no tendría más remedio que tomar ama de gobierno, y eso siempre es comprometido... ¡Cuántos han caído y se han roto las narices!... El que ama el peligro, perecerá en él, dice el apóstol... Figúrate, Miguel, que meto de ama a Petra u otra así por el estilo, y que una noche la gran porcuza, con mala intención, viene a mi cuarto a llamar.—¿Quién está ahí?—Señor cura, tengo miedo.—¿A qué tienes miedo, gran yegua?—Señor cura, tengo miedo a los truenos... ¿Y qué hace un hombre en este caso, barájoles? Lo más probable es que uno abra la puerta, y entonces ¡adiós con la colorada!... El hombre más santo mete la cara en el barro y queda perdido para siempre jamás, amén.» Observaba Miguel que cuando el capellán describía tales escenas, nunca dejaba de traer como elemento de ellas a Petra, si bien en calidad de término de comparación; esto le hizo presumir que todo aquel desprecio que hacia ella afectaba era pura música, y que la gentil planchadora obraba sobre su corazón la misma mágica influencia que sobre otros muchos del colegio. Y entonces penetró también la razón del odio profundo que Marroquín le inspiraba de algún tiempo a aquella parte, y hasta de la antipatía hacia Mendoza, de quien todos los alumnos creían que estaba Petra enamorada. Riose no poco en su interior al descubrir aquella flaqueza, y con intención poco caritativa, comenzó a soliviantarle siempre que podía, sacándole conversación acerca de las relaciones de Marroquín y la planchadora, noticiándole todo lo que corría por el colegio acerca de ellas, y agregando él mismo cuanto podía para abrasarle de celos. El cura llegaba a ponerse frenético y se le oía dar vueltas después en la cama sin lograr conciliar el sueño.

En cierta ocasión descubrió en el baúl de un alumno un libro de mitología con estampas deshonestas, y se lo llevó a su cuarto. Miguel le sorprendió con él entre las manos mirándole atentamente: el capellán quedó algo confuso:—«Barájoles, acabo de encontrar este libraco en el baúl de Adolfito Medina... ¡Con estas cosas se entretiene ese cerdo!» Miguel tomó el libro y comenzó a hojearlo, sin que el cura se lo impidiese; antes echaba miradas intensas y escrutadoras cada vez que daba vuelta a la página y aparecía una nueva figura, que era por lo general la de una mujer desnuda o medio desnuda; pero nunca dejaba de hacer algún comentario despreciativo.—«¡Mire V., barájoles, mire V. esa porcuza enseñando todo lo que Dios la dio!... ¿Y todo eso qué es, Miguel?... ¡Nada!... ¡Porquería!... ¡Barájoles! ¿No es vergüenza que los hombres se pierdan por esas cochinadas?» Tales comentarios servían de contrapeso a las miradas; pero Miguel no se dejaba engañar.—«¿No le parece a V., señor cura, que esta sirena se parece a Petra?—Pchs... un poco, pero no debe de ser tan gorda como ésta.—¿Que no? Anda, anda, pues se conoce que V. no la ha reparado bien.—Puede ser, puede ser—decía el cura bajando los ojos,—yo no reparo mucho en esas cosas.» Después que las hubieron visto con detención sin dejar una, D. Juan le echó un largo sermón acerca de la necesidad de mantenerse puro, para ser vigoroso física e intelectualmente, tomándolo nada más que desde el punto de vista utilitario.—«Aquí me tienes a mí, que derribo de una mocada a un hombre fornido. ¿Por qué? Porque en cuanto amanece me levanto de la cama, y... ¡al agua, patos! Sin temor de ninguna clase me echo el jarro lleno sobre el cuerpo... Por la noche me acuesto en cuanto puedo... A la comida, agua pura... Los alimentos sanos, nutritivos... Y en cuanto a esas porcuzas que acaban con los hombres, siempre procuré tenerlas lejos... Cuando era estudiante, hubo una que hasta quiso ponerme casa; pero yo alcé el bastón ¡barájoles! y, si no se me escapa pronto, la dejo como una breva. Nada... en cuanto alguna se me acercaba en la calle, mocada limpia... ¡Vayan allá, al infierno, a tener tratos indignos!...»

A pesar de esta higiene y régimen espartano, el cura tuvo la desgracia de enfermar. Comenzó a ponerse triste y amarillo, que daba pena verlo: comer, comía bien, pero no le aprovechaba. El médico del colegio, que vino a visitarlo, le dijo que tenía una afección hepática, una ictericia, y que era de todo punto necesario que se distrajese, pasease largo, y mejor que a pie, a caballo. Pero don Juan no era jinete, por más que sobresaliese en otros ejercicios gimnásticos, y no quería verse expuesto a ser derribado. Sin embargo, como el médico insistía en los paseos a caballo, se determinó a alquilar un jamelgo para dar una vuelta por las afueras, de madrugada. Miguel alquiló otro para acompañarle, y así que Dios amanecía, salíanse ambos por la puerta de Toledo o San Vicente, y se espaciaban por aquellos campos media legua o una, según el tiempo y la ocasión. El cura llevaba en el bolsillo una onza de chocolate, y había aconsejado a Miguel que llevase otra: en el primer merendero o taberna que tropezaban, las tomaban disueltas en agua, y proseguían su marcha. A Miguel le gustaba mucho trotar, pero el cura se oponía, porque según él «se batían demasiado los hipocondrios:» en realidad era que temía caerse. Ordinariamente iban emparejados, departiendo amigablemente: el capellán mostraba a su discípulo cada día más estimación: en una cosa no estaba conforme con él, y se la recriminaba a menudo: era la amistad que Miguel profesaba a Brutandor.—«¡Mentira parece ¡barájoles! que seas amigo de ese jumento! Y él ha sabido bien aprovecharse. Si no fuese por ti, no sale adelante nunca de algunas asignaturas.» Nuestro héroe pensaba mal del cura por esta antipatía, achacándola a lo que ya hemos dicho, porque si bien Mendoza no era un águila, ni había de sobresalir jamás en los estudios especulativos, tampoco le parecía un asno; discurría bastante acertadamente en ocasiones, era amigo de cumplir con su deber, y tenía un carácter, aunque grave, muy apacible y simpático. Por este aborrecimiento injusto, por su presunción y ridiculeces, Miguel no pagaba al cura su estimación; antes buscaba modo de reírse de él y remedarle delante de los compañeros. Un suceso de poca monta vino a aumentar este desprecio y a hacerle formar una idea más ruin aún de su carácter.

Ni los paseos ecuestres, ni otras medicinas que el médico le propinó, consiguieron ponerle bueno. Iba decayendo de día en día y en poco estuvo que se muriese; pero la providencia de Dios, que sin duda le reservaba todavía para algo útil, quiso que, cuando menos lo pensaba, arrojase algunas varas de solitaria. Averiguada con tal motivo la enfermedad que le aquejaba, era fácil curarle, y en efecto, en poco tiempo se curó y quedó tan bueno como antes. Así que se vio sano comenzó de nuevo a bravear y hacer piernas esforzándose en levantar pesos enormes y enseñando de nuevo los músculos del brazo. Pero no bastaba esto a sus ánimos y a su presunción de varón atlético y gladiador: quería demostrar alguna vez que estas fuerzas que el cielo le había concedido podían utilizarse y dejar bien sentada en el colegio su fama de valiente y esforzado. Había en el establecimiento un criado gallego, mozo de veinticinco años a lo sumo, alto, grueso, fornido, del cual se contaba entre los chicos que había levantado dos hombres con los dientes y otras proezas; con éste determinó de habérselas nuestro capellán. Un día descubrió que el gallego se había puesto sus botas para ir a paseo; no quiso mejor ocasión, y ardiendo en cólera, le dijo a Miguel:—«¿Sabes que el bribón de Manuel se puso ayer mis botas para irse a tunantear por las tabernas?... ¡Pero no se ha de reír de mí ese jayanote indecente!... Ahora vas a ver, barájoles.» Y le llamó desde su cuarto. Acudió Manuel; el cura cerró la puerta y comenzó a recriminarle durísimamente; Manuel, bajando la cabeza, se disculpó torpemente; mas el cura, en vez de suavizarse con esta actitud humilde, siguió alzando el gallo cada vez más, y concluyó por pasar a vías de hecho, dándole una tremenda bofetada, que resonó en toda la casa. El pobre Manuel, avezado a llevar palizas de cabos y sargentos cuando estaba en el servicio y penetrado desde niño del profundo respeto que se debe a los sacerdotes, no se movió y aguardó, escondiendo la cara, la granizada de mojicones y puñadas que el cura le descargó. No bastaron a desarmarle ni la humildad evangélica del gallego (que por cierto a levantar la mano le hubiera deshecho), ni las súplicas de Miguel que presenciaba conmovido aquel escándalo. Hasta que se cansó estuvo aporreando al infeliz criado, dejándole con varios chichones en la cara y las narices ensangrentadas. Esta conducta indignó a Miguel en alto grado, y lo que acabó de desprestigiar al cura fue que, en vez de avergonzarse de haber pegado a un hombre que no se defendía, aún se jactaba de ello el muy ruin.—«¿Has visto, barájoles, has visto qué mocada tan gorda le asesté la primera? ¿Qué bien sonó, eh?... Pues aún fueron mejores las que le di por debajo, en las narices, aunque no sonaban tanto... ¡Barájoles, ya le tenía yo ganas a ese mastuerzo!... ¡que eche roncas ahora con sus dientes de caimán!»

Pero no se pasaron muchos días sin que el cielo vengara al pobre Manuel, dejando a Miguel en extremo complacido, y fue del modo siguiente: Salieron una tarde de paseo hacia la Moncloa todos los alumnos y profesores, y cuando hubieron llegado a sitio a propósito, mandó el director romper filas, y los chicos comenzaron, como ordinariamente, a recrearse acompañados por sus maestros. Armose juego de peonza en un paraje, en otro de salto, más allá de aro, y así se distribuyeron en un instante todos; el coronel se puso, como siempre, a dibujar, copiando del natural un carromato, y don Leandro se fue a un lugar apartado a sonar la flauta acompañado solamente de tres o cuatro discípulos; mientras el cura, que desde que había expulsado la solitaria andaba muy galán y boyante, se divertía, tumbado en el suelo, en levantar a pulso dos niños, uno en cada brazo. Mas cansado al fin de este ejercicio, se levantó y comenzó a pasear buscando medio de utilizar nuevamente sus músculos poderosos: y sin darse cuenta de ello, fue acercándose en silencio al paraje donde tocaba la flauta D. Leandro. Una vez cerca de él, no se le ocurrió nada más gracioso que agarrar por detrás al infeliz preceptor, levantarle en alto y apretarle con todas sus fuerzas:—«¡Suélteme, D. Juan, que me hace daño!»—gritó el tiple de San Isidro medio asfixiado y pataleando. D. Juan se reía sin soltar. Pero no contó con la huéspeda, la cual en esta ocasión fue Marroquín, quien indignado de aquel acto brutal, o por ventura cediendo a la aversión que le inspiraban todos los clérigos, acudió velozmente en auxilio de su compañero, y sujetando a su vez al cura por la espalda, le apretó tanto la cintura, que aquél se vio obligado, no solamente a dejar en paz a D. Leandro, sino a pedir con voz quejumbrosa misericordia. Dejole al cabo de un rato Marroquín, pero tan estropeado y maltrecho, que en vez de reírse de la broma, comenzó a toser y a quejarse; la verdad es que estaba muy pálido:—«¡Barájoles! esto pasa de broma, Sr. Marroquín.—¿Pues no estaba V. haciendo lo mismo con D. Leandro?—Pero yo no le apretaba con todas mis fuerzas, como V. ha hecho conmigo.»

Los chicos se rieron del percance, hallando el castigo de Marroquín muy en su lugar. En cambio, el cura se puso cada vez más hosco, y comenzó a pasearse solo tosiendo y escupiendo a menudo y llevando la mano al bajo vientre. Cuando llegó la hora de la cena, no probó bocado; los alumnos se hacían guiños y contenían a duras penas la risa. Al tiempo de acostarse, Miguel se vio obligado por más de media hora a oírle vomitar injurias contra su mortal enemigo. Al fin concluyó diciendo:—«Por las buenas, Miguel, ya sabes que no hay hombre mejor que yo... ¡Pero por las malas, soy una fiera! Marroquín me las ha de pagar. Se figura, barájoles, que porque soy clérigo no he de pedirle satisfacción... Se equivoca... yo lo mismo visto los hábitos del sacerdote, que empuño la espada del militar. Mañana hablaremos.»

Durmiose, por último, en estas disposiciones belicosas, mientras Miguel sonreía entre sábanas, pensando que todo quedaría en agua de cerrajas. No fue así, sin embargo. Al día siguiente el cura continuaba taciturno y encrespado, meditando feroces venganzas: el apretón del día anterior hacía rebasar la copa, y sentía la necesidad de dar cualquier desahogo a su odio. Mientras duraron las clases se mantuvo grave, y sosegado: actitud digna del que piensa jugar la vida a las pocas horas: comió poco y sin hablar palabra. Al llegar la noche comenzó a pasear, agitadamente, por uno de los corredores. Poco rato después pasó por allí Marroquín que iba al comedor a cenar: el cura le dejó cruzar a su lado sin saludarle; pero cuando estaba a unos cuantos pasos de distancia, le llamó:—«Oiga usted una palabra, Sr. Marroquín.»—Miguel, que estaba en acecho, vio que Marroquín se volvía y el cura le hablaba al oído; el profesor heterodoxo levantó la cabeza con sorpresa y se apresuró a decir en voz bastante alta y nada pacífica:—«Cuando usted quiera.»—D. Juan volvió a hablarle al oído, y tornaron a separarse. Miguel, interesado y afanoso por saber el resultado de aquella aventura, no perdió de vista al cura un instante: viole sentarse a la mesa y no probar apenas bocado. Marroquín comió como si tal cosa. Concluida la cena, el cura subió a su cuarto y se estuvo allí un ratito: después salió cautelosamente y subió a la boardilla. Marroquín, que estaba paseando por el corredor y le vio subir, no tardó en seguirle también sin hacer ruido. A entrambos los siguió Miguel con más sigilo aún. Cerraron tras sí la puerta de la boardilla; pero esta puerta, vieja y desvencijada, tenía tales rendijas, que le permitieron a Miguel enterarse de lo que dentro ocurría: el cura encendió un quinqué, que había sobre la mesa de la plancha, y acto continuo se despojó de la sotana, y quedó en mangas de camisa hecho un gladiador; y para que todavía la semejanza fuese más perfecta, remangóselas, y lo mismo los pantalones. Marroquín se limitó a quitarse el gorro y la levita. Todo se volvía ojos Miguel tratando de ver dónde estaban las espadas a que el cura había aludido la noche anterior; pero no parecían por ninguna parte. Y con gran sorpresa y desengaño, pues estaba creído de que iba a presenciar una extraña y terrible aventura, vio que los campeones se ponían a darse de morradas como mozos de cuerda. El cura, que estaba espantosamente lívido, dijo con voz ronca:—«Podemos empezar,»—y al instante arremetió con Marroquín, dándole una granizada de puñetazos que, por precipitados y descompuestos, no consiguieron aturdir al hirsuto profesor, el cual echando dos pasos atrás, y alzando la mano, asestó al cura, en medio de la cara, tan tremenda bofetada, que medio le volcó, y si no hubiera sido por la mesa, en que tropezó, le hubiera volcado por entero. Y sin aguardar a que el clérigo se repusiese, le alumbró una nueva, por el otro lado, de tal manera que le puso derecho. El cura entonces se trabó con él, cuerpo a cuerpo, procurando con todas sus fuerzas arrojarle al suelo; pero Marroquín, sujetándole a su vez por el cuello y metiéndole la cabeza debajo del brazo, principió a darle con el otro tan fieros golpes en las narices, que el cura gritó con voz sofocada:—«¡Socorro; que me matan!»—Miguel le dejó gritar un poco más, pues no le pesaba de aquel merecido vapuleo, y sólo cuando vio que Marroquín persistía incansable en solfearle, bajó a escape la escalera llamando al inspector:—«D. Ruperto, creo que D. Juan y el Sr. Marroquín se están pegando allá arriba en la guardilla.»—Subió el inspector a saltos y halló al cura en un estado que daba lástima verlo: echando sangre por las narices y los dientes. No quiso, sin embargo, que se diese parte al director, ni se dijese nada en el colegio. Entre D. Ruperto y Miguel lleváronle a su cuarto, le pusieron algunos paños de árnica, y le dejaron acostado. Al día siguiente se quedó en la cama, porque tenía la nariz muy hinchada y un ojo también. Miguel fue a hacerle compañía y procuró consolarle del mejor modo que pudo con alguna piadosa lisonja. Lo que más alivió la pesadumbre del vencido atleta fue oírle decir:—«V. está malo, señor cura; pero Marroquín tampoco anda muy bueno... Tiene la cara como un pan... Además, dicen que va a quedar resentido del pecho.»

VIII

En los dos primeros años vino el asistente de su padre a sacarle todos los domingos del colegio y llevarle a casa. El corazón le palpitaba de alegría cuando el inspector le avisaba para que se vistiese el uniforme y se preparase a salir. En casa, sin embargo, no le aguardaban grandes recreos: comer con su padre, besar a su hermanita, retozar con los criados en la cocina y salir a paseo en coche: y a cambio de estos gustos, contemplar todo el día el rostro de su madrastra que cada vez le parecía más aborrecible, y sufrir sus reprensiones y desdenes. Pero el pobre chico apetecía con ansia el amor y los cuidados de la familia: ante la bárbara indiferencia del colegio, el cariño y la consideración que le testimoniaban los criados de su casa éranle sabrosos.

Fácil es de suponer que la antipatía de la brigadiera no cedió nada durante este tiempo; antes se fue recrudeciendo gradualmente, por más que no tuviese tantas ocasiones como antes de mostrarla. Otro tanto acaeció con Miguel: en su naturaleza impresionable fue echando raíces de tal suerte, que apenas podía mirarla sin advertir que se le encendían las mejillas y la cólera le roía el corazón. En ciertos momentos, cuando se hallaba bajo el peso de algún nuevo agravio, volaba su imaginación en alas de la cólera y se complacía en ir estudiando detenidamente todos los tormentos de que había oído hablar, los que empleaba la Inquisición con los herejes y los Emperadores romanos con los cristianos, y todos ellos se los aplicaba con fruición a su madrastra. Al cabo sucedió lo que era de esperar. Una tarde, al regresar del paseo con sus compañeros, cruzando desde el Prado a la calle de Alcalá, se vieron obligados a pararse por no ser atropellados de los carruajes. Los ojos de Miguel, que estaba en primera fila aguardando el desfile, tropezaron con los de su madrastra, que venía en carretela abierta. La brigadiera le hizo un signo con la cabeza; pero el niño contestó clavando en ella una mirada fría y apartando después los ojos con desdén. ¡Ay! la brigadiera llegó a su casa en tal estado de exaltación, que los criados pensaron que se había vuelto loca: hubo necesidad del frasco del éter, fricciones de agua fría en las sienes y una cucharada del anti-espasmódico; al cabo de media hora la irascible andaluza rompió a llorar perdidamente, llamándose la mujer más infeliz de la tierra. La brigada toda padeció durante quince días por causa de la grosería de Miguel; pero muy particularmente su digno jefe, que tardó algunos meses en ver limpio de nubarrones el cielo conyugal. Desde entonces el colegial no volvió a pisar las escaleras de la casa, mal llamada de su padre, pues era de todo en todo de su madrastra.

No le pesó tanto a Miguel como era de presumir: por aquella época comenzaban a estrecharse sus relaciones singulares con Petra, y los domingos en que a la planchadora no le tocaba salir, pasaba la mayor parte del tiempo en su grata compañía. Lo único que sintió positivamente fue el verse privado de acariciar a su hermana, de la cual continuaba siendo el gato predilecto. En cuanto a su padre, empezó a visitar con más frecuencia que antes el colegio de la Merced: dos o tres veces por semana le llamaban a la hora de recreo para decirle que su papá le aguardaba en el salón, y al oírlo, volaba hacia allá con el corazón henchido de alegría. El brigadier le recibía con los brazos abiertos y le apretaba contra el pecho preguntándole después con sonrisa dulce y triste:—«¿Cómo te va, hijo mío?»—Se enteraba minuciosamente de sus estudios, de sus recreos, de sus faltas, de sus premios, de cuanto le ocurría, en suma, y no se cansaba de recomendarle la formalidad y la aplicación; casi nunca se marchaba sin dejarle algún regalo o dinero, que no pocas veces pasaba íntegro a las manos de la gentil planchadora, dueño absoluto de sus acciones y pensamientos.

Miguel empezó a notar que el abrazo que su padre le daba al verle era cada vez más prolongado, y la sonrisa con que le saludaba cada día más dulce y más triste. El corazón le dijo que era muy desgraciado, y a medida que lo era aumentaba el cariño que le profesaba. El brigadier Rivera, que ostentaba en su pecho los días de besamanos la cruz laureada de San Fernando, gemía en una esclavitud insoportable. La red en que la soberbia andaluza le tenía aprisionado, era ya tan tupida, que el triste no podía sacar un dedo fuera sin riesgo de provocar algún conflicto. ¡Quién sabe los esfuerzos y la habilidad que desplegaba, los peligros que corría para lograr el ver tan a menudo a su hijo! Apagado el fuego de la pasión amorosa que le había arrastrado a un segundo matrimonio, padeciendo los vejámenes que éste trajo consigo, despertose en su memoria la pura felicidad que había gozado con el primero y el recuerdo de las virtudes de su infeliz esposa; el amor del hijo que le había dejado, creció en su pecho con estas dulces memorias, y la común desgracia que sobre ellos pesaba, contribuyó también a acalorar su cariño. Al fin era su primogénito, el fruto deseado de sus primeros amores, el depositario de su apellido y el único que podía trasmitirlo, por cuanto de su esposa Ángela no tenía varón: todo se fue agregando en favor del colegial. Además, su hija Julia se criaba con tanto mimo y melindres, producía tales disturbios en la casa y originaba tantos disgustos, que en medio del amor de padre, que no muere nunca, el brigadier Rivera no podía menos de sentir hacia ella cierto leve rencor que la desgracia de Miguel contribuía a sostener. Por eso su tremenda esposa, al verle algunas veces salir de casa sin dar un beso a la niña, le llamaba padre desnaturalizado.

Los momentos de verdadera dicha para el brigadier eran aquellos en que se encerraba con su hijo en el salón del colegio. Lejos de las miradas del enemigo común, podía entregarse libremente a las expansiones del afecto paternal, y se entregaba de buen grado. Teníale larguísimo rato entre sus rodillas, mirándole fijamente con ojos aterradores para cualquiera menos para Miguel, que ya sabía a qué atenerse; tirábale por los cabellos suavemente, y a menudo le rozaba las mejillas con sus feroces y encrespados bigotes. Algunas veces le montaba sobre los muslos y se entregaba, sin saber por qué, a un movimiento vertiginoso de caballo desbocado haciéndole saltar más de lo que el chico deseara. Cuando el furioso corcel quedaba rendido y jadeante, nuestro colegial veía a menudo deslizarse por el rostro de su padre una lágrima abultada que se deshacía al llegar al bigote, después de lo cual, el bravo brigadier apretaba a su hijo contra el pecho hasta descoyuntarlo, murmurándole al oído palabras amorosas. Algunas veces solía decirle:—«Tú no sabes, hijo mío, lo que te quiere tu padre; ya lo sabrás, ya lo sabrás... ¡y a alguno le pesará!» añadía en tono triunfal. Miguel no sabía lo que estas palabras significaban; pero veía sonreír a su padre, y esto le ensanchaba el corazón.

Un día aquél vino a noticiarle con tristeza que había pedido el cuartel para Sevilla. Miguel comprendió inmediatamente que quien lo había pedido era su madrastra. El brigadier le abrazó llorando y se despidió repitiéndole al oído las mismas incomprensibles palabras: «¡Ya sabrás, ya sabrás lo que te quiere tu padre!» La andaluza no quiso decirle adiós, ni Miguel se humilló a solicitarlo. Desde Sevilla su padre le escribía muy a menudo, y cada cinco o seis meses venía a hacerle una visita; pero jamás intentó llevarle a pasar las vacaciones en su casa. El pobre colegial, al llegar el mes de junio, veía partirse a todos sus compañeros alegres como las golondrinas, y durante algunos días lloraba a solas en su cuarto. Mas pronto se consolaba, que en su edad las penas no abren surco profundo en el corazón, y aceptaba la vida monótona y holgazana del colegio con gusto.

Su respetable tío D. Bernardo Rivera venía a visitarle de vez en cuando, y si él no podía hacerlo a causa de sus graves ocupaciones, comisionaba al bueno de Hojeda, para que fuese en su nombre. Miguel prefería estas visitas por representación. D. Facundo era un hombre corriente que le enteraba de todo lo que ocurría por el mundo (el mundo de D. Facundo), le traía siempre alguna golosina y se dejaba interrogar con la paciencia de un santo. Por él supo que su prima Eulalia se casaba al fin con Arturo Valle, el joven abolicionista que había conocido en casa de tío Bernardo, quien había consentido en este matrimonio en vista de que Valle iba templando un poco sus opiniones avanzadas y había renunciado a los banquetes antiesclavistas. Pero como la naturaleza sensible de este joven necesitaba algún tierno desahogo, sustituyó a los esclavos por los niños, dedicando toda su actividad a la protección de estos seres inocentes; fundó una sociedad para el efecto, e inauguró una serie de banquetes que dieron mucho que decir a los periódicos; también escribió algunos folletos acerca de «la educación física intelectual y sentimental de los niños,» «los juegos de la infancia,» «el trabajo de los párvulos,» etc., etc. D. Bernardo le dejó este recurso inofensivo, aunque hubiera deseado más que se dedicase a los trabajos del foro y a la resolución de otros problemas jurídicos de mayor importancia. También supo por Hojeda (y esto le llenó de asombro), que Lucía Población, aquella señorita rubia, tan dulce, tan poética, amiga de su madrastra había dado su mano al coronel Bembo, ascendido hacía poco tiempo a brigadier. En esto habían venido a parar aquellas largas disertaciones acerca del amor, el ideal, los presentimientos y otras reconditeces psíquicas que le había oído, aunque sin comprenderlas, cuando iba a comer a casa; en casarse con un elefante. Su tío Manolo venía también a verle; pero era muy caprichoso y desigual en sus visitas; le daba una temporada por ir casi diariamente y sacarle a menudo a paseo, violentando para ello la voluntad del director y las prácticas del establecimiento; después se pasaba dos o tres meses sin parecer por el colegio.

Cuando Miguel se hizo bachiller, con la nota de sobresaliente en letras y la de aprobado en ciencias, vino su padre de Sevilla, y tuvieron una larga conferencia para tratar de la elección de carrera: el brigadier se inclinaba a la de ingeniero; pero Miguel quiso ser abogado, y aquél no se atrevió a contrariarle. Ofreciose después la cuestión de alojamiento; en el colegio ya no podía permanecer; el brigadier pensó en la casa de su hermano Bernardo; pero habiéndole tocado el asunto con delicadeza, halló una acogida tan fría, quizá por la fama que Miguel tenía adquirida de travieso, que le dejó muy ofendido, y jurando no volver a pedir jamás un favor a su hermano. En Manuel no pensó, porque conocía demasiado su género de vida, incompatible con los cuidados y la vigilancia que exige un muchacho de diez y siete años. Al fin no tuvo más remedio que dejarlo acomodado en una casa de huéspedes, modesta, pero decente, de la calle de Jacometrezo. Antes de marchar le pronunció un sentido discurso acerca de la necesidad de ser formal y estudioso, «siquiera porque aquella no me saque loco echándome todo el día a la cara tus travesuras.»

Con esta etapa dio comienzo para nuestro mancebo un modo de vida totalmente distinto del que hasta entonces había tenido. El goce inefable de la independencia le embargó por algunos meses; entraba y salía de casa cien veces al día, sin necesidad alguna, sólo para convencerse de que era libre, dueño de sus acciones; tiraba de la campanilla y se hacía traer vasos de agua sin tener sed; compró una petaca y algunas libras de tabaco picado, y para aprender a hacer cigarros, se ensayó, por consejo de un teniente de artillería que se alojaba en la misma casa, haciéndolos con arenilla de la salvadera; corría por las calles deteniéndose largo rato delante de los escaparates, y gastaba el dinero alquilando por horas berlinas de punto; entraba en los cafés y pedía copas de ron o cognac, sólo por enjuagarse la boca, pues no podía atravesar los licores. Se enamoraba de cuantas corbatas veía, y no pudiendo resistir a la tentación de comprarlas, llegó pronto a poseer una colección asombrosa: después le dio por los gemelos y trasladó a su cómoda toda una tienda de bisutería; después, por las boquillas de espuma de mar. Últimamente se enfrascó en la lectura de novelas: leía bueno y malo, cuanto caía en sus manos.

En los primeros meses de curso asistió unas cuantas veces a la Universidad: los profesores le aburrieron: usaban todos una jerga filosófica que le parecía necia e incomprensible. Prefirió corretear por Madrid en compañía del teniente de artillería y otros amigos, que no tardó en adquirir, de los cuales fue al instante muy querido por su genio abierto y simpático y su «buena sombra.» Su vida durante aquel curso hay que confesar que no fue muy edificante. Su amigo íntimo y compañero de colegio, Perico Mendoza, también comenzó cuando él la carrera de derecho, pero con muy diversos auspicios. Desde la apertura del curso no hubo estudiante más puntual ni más diligente; cargado siempre de cuadernos camino de la Universidad, o metido en su cuarto poniendo los apuntes en limpio; esta era su vida. Alojaba en una modestísima posada de la Corredera baja de San Pablo, pagando nueve reales al día. El pobre Brutandor, apesar de sus apellidos ilustres y sonoros, estaba muy lejos de nadar en la opulencia. Su padre, según pudo averiguar más adelante Miguel, era un cirujano de un pueblecillo de Extremadura; la carrera se la costeaba un tío cura. Pero nada de esto dejaba traslucir su exterior, siempre pulcro y aliñado. Había crecido y engordado hasta convertirse en lo que el vulgo suele llamar «un real mozo.» Su rostro, aunque sin expresión, no tenía nada de repulsivo; era fresco, sonrosado, rebosando de salud y cercado por una patilla rubia y precoz que le sentaba admirablemente. Lo único que afeaba aquella figura hermosa e imponente, era cierta desproporción entre la cabeza y el tronco: era un poco cabezudo. Miguel se había quedado pequeñito y menudo: poseía en cambio una fisonomía expresiva y simpática, modales sueltos y un modo de hablar tan agraciado, que cautivaba a cuantos le trataban. Su temperamento inquieto se había modificado, o, por mejor decir, había tomado otro sesgo, manifestándose ahora en su conversación, siempre viva y salpicada de frases oportunas: para intimar con cualquier persona le bastaba media hora.

Pocos meses después de abierto el curso, se encontraron Miguel y Mendoza en la calle. Aunque seguían siendo muy amigos, estaban algo alejados en el trato, a consecuencia de la vida tan distinta que hacían; pues mientras Mendoza asistía con puntualidad a las cátedras y pasaba muchas horas en casa, el hijo del brigadier rodaba en compañía del teniente y sus nuevos amigos por los cafés, teatros y otros sitios menos santos todavía de la corte. Se saludaron con efusión y se contaron su vida. Mendoza aconsejó a su amigo que fuese por la Universidad, porque era muy fácil perder curso; los profesores tenían fama de severos; las asignaturas eran largas y difíciles, y acostumbraban a apretar más a los que no asistían a clase. Miguel se encogió de hombros, riose un poco de la gravedad con que Mendoza le decía todas aquellas cosas, y prometió ir a la Universidad y empezar a estudiar de firme. Después Brutandor le habló con rubor de ciertos apuros económicos que a la sazón padecía.

—En este momento—le dijo—iba pensando en ti y trataba de ir a visitarte por si pudieras sacarme de este pilanco... Debo a la patrona cerca de dos meses...

—¿Qué dinero necesitas?—le preguntó Miguel en seguida.

—Cuarenta duros.

—Pues no los tengo; pero mañana se los pediré a mi tío con cualquier pretexto, y te los daré... Pásate a la hora de comer por mi casa.

Al día siguiente se pasó, en efecto, por la calle de Jacometrezo, y Miguel le dio los cuarenta duros.

Trascurrido algún tiempo, Mendoza volvió a visitarle y le pidió veinticinco. Se encontraba en deuda con otra patrona, pues se había mudado a la calle del Pez. Miguel volvió a abrir su bolsa y a remediarle. Por fin, cierta noche en los últimos días de enero, regresando Miguel a casa, le dijo el criado al entregarle la luz:

—Señorito, en su cuarto está un joven que ha venido ya otras veces a verle... Llegó en mangas de camisa y sin sombrero y me pidió por favor que le dejase entrar a esperarle... No sé si habré hecho bien... Me dijo que le había pasado una desgracia...

Miguel, lleno de asombro, se dirigió a su habitación: al entrar oyó la voz de Perico.

—Buenas noches, Miguelito.

Miró a todos los rincones del gabinete, y no vio a nadie.

—Estoy aquí, en la alcoba.

Miguel fue a allá y le encontró metido dentro de su cama.

—¡Pero hombre!...

—Perdóname... me hallaba medio desnudo y tenía mucho frío...

—Pero ¿qué ha sido eso?

—El patrón de la calle del Pez... Me quitó el baúl con la ropa, me arrancó la levita que llevaba puesta, el sombrero, la corbata... y después de darme unas cuantas bofetadas, me echó a la calle a las diez de la noche...

Dijo esto con la misma calma que si hablase de otro. Miguel le miró estupefacto.

—¿Y tú qué has hecho?

—Venir aquí.

—Ya lo veo, ¿pero antes no has devuelto ninguna de las bofetadas que te han dado?

—Ninguna.

—¿Y para qué quieres entonces esas manazas que Dios te ha concedido?

—Si le hubiera pegado, me llevarían a la cárcel.

Miguel volvió a mirarle de hito en hito, y quitándose el sombrero con afectado respeto, le dijo:

—¡Oh, varón prudentísimo, yo te saludo! Aunque no esté bien averiguado todavía si es mejor llevar bofetadas que ir a la cárcel, no puedo menos de admirar tu profunda sabiduría... ¿Y por qué ha osado poner las manos en tu rostro virginal y aligerarte tanto de ropa?

Mendoza un poco amoscado contestó:

—Porque le debía mes y medio de pupilaje.

—¡Problema!—exclamó Miguel.—Si por adeudarle mes y medio de pupilaje el patrón te ha dado quince bofetadas... ¿Fueron más o menos?...

Mendoza, más amoscado y fruncido, no quiso contestar.

—Pongamos quincé... Si hubieses llegado a deberle año y medio, ¿cuántas bofetadas te hubiera dado?

—Me parece que el lance no es para reírse.

—Si no me río: es que soy muy aficionado, como sabes, a las matemáticas. Pero vamos a otra cosa: ¿y por qué debías mes y medio en la posada cuando no hace uno que te he dado veinticinco duros?

Mendoza tampoco contestó.

—Este problema te lo voy a resolver yo. Consiste en que tú, en vez de pagar la posada, gastas todo el dinero en levitas, sombreros, guantes, corbatas, etc., etc. Siempre has tenido la manía de ponerte muy guapote... y sin consecuencias ulteriores, como no sea la de enseñarte de balde por esas calles de Dios... Hasta ahora no te he visto conquistar a nadie más que a la planchadora del colegio...

Esto último se lo dijo en un tono más irritado, que podía achacarse muy bien al recuerdo de su derrota.

—¿Qué te propones saliendo a la calle tan perfilado? Que digan: «¡ahí va un buen mozo!» Pues para tan flojo resultado, no merece la pena que sacrifiques a tu familia, que pases tantos apuros y te expongas como hoy a coger una pulmonía.

Mendoza escuchó la reprensión sin impacientarse. La irritación de Miguel pasó al instante. Llegándose a la cama, y tirándole cariñosamente de los pelos, comenzó a decir riendo:

—Animal, procura estrecharte un poco, y no ronques, porque voy a acostarme contigo. ¡Qué honor para ti y para tu familia! ¿verdad?... Pero has de ser modesto. Perico, ¡cuidado que lo propales por ahí!

La consecuencia de todo fue que Brutandor se quedó definitivamente a vivir con Miguel: éste pagaba un duro por su gabinete; el ama de la casa, acomodándose los dos en él, rebajó el pupilaje a cuatro pesetas cada uno; de las cuatro pesetas que le tocaban, quedó convenido entre ambos que Mendoza pagaría diez reales y Miguel supliría los otros seis en tanto que aquél no mejorase de fortuna. Mas aunque así se convino, lo que acaeció fue que la mayor parte de los meses se vio necesitado el hijo del brigadier a pagar íntegra o casi íntegra la cuenta de ambos. Mendoza continuó perfilándose, como decía Miguel, a más y mejor; cuando éste, encolerizado después de pagar la cuenta desahogaba con él su bilis, ponía una cara tan compungida e inclinaba la frente con tanta humildad, que la ira de su amigo disipábase como por encanto y concluía por reírse y resarcirse del dinero que soltaba con algunos sarcasmos que también resbalaban sobre la piel de Brutandor, sin lograr hacerle cambiar de conducta.

Los dos últimos meses Miguel asistió puntualmente a las clases, y se dio tal atracón de estudiar, que obtuvo en los exámenes la nota de sobresaliente en una asignatura, y la de notable en otras dos. Mendoza, apesar de su constante aplicación y de sus voluminosos cuadernos de apuntes, no consiguió más que la de bueno en las tres asignaturas. Por más que esto le dejase un poco despechado, no lo manifestó; estaba acostumbrado ya a ver a Miguel meterse en la cabeza los libros rápidamente; por otra parte, el hijo del brigadier tenía la delicadeza de no comentar el asunto de las notas y darle muy poca importancia.

En el curso siguiente Miguel dejó la compañía del teniente y sus disipados amigos y se aplicó de todas veras al estudio. Pronto adquirió fama en la Universidad de buen estudiante, y más particularmente de muchacho despejado e ingenioso. Comenzó a llamársele entre los compañeros Riverita a causa de su figura exigua y también por su carácter alegre y decidor. El suyo y el de Mendoza formaban contraste notable, y quizá en esto consistiera aquella mutua simpatía que a entrambos los tenía sujetos: mientras Miguel tenía a todas horas suelta la llave de la conversación, a Mendoza había que sacarle las palabras del cuerpo con tirabuzón. Si por casualidad aquél guardaba silencio, no había miedo que éste lo turbase; horas enteras se pasarían sin comunicarse nada. Muchas veces, después de comer, se sentaban ambos al par de la chimenea; era el momento en que a Miguel le asaltaba la melancolía; se acordaba de su padre, de la triste suerte que le había cabido separado de él, viviendo sin familia hacía ya tantos años. Solía permanecer callado y taciturno algún tiempo, durante el cual Mendoza le seguía el humor y se mostraba más taciturno todavía, aunque sin motivo alguno. Al fin, cuando los malos pensamientos de Miguel se disipaban, rompía súbito el silencio poniéndose a cantar o a brincar, si es que no se le ocurría alguna cosa para embromar a su amigo:

—Oyes, Perico, ¿sabes lo que estoy observando?

—¿Qué?—decía éste levantando los medio caídos párpados.

—Que te suena la cabeza.

Perico abría los ojos desmesuradamente sin comprender.

—Sí; ya rato que la estoy oyendo sonar: hace glu, glu, como las ollas cuando hierben...

—¡Qué tonterías tienes, Miguel!

—Te digo que sí, que te está sonando. ¡Milagro que tú no la oyes!

Perico, entendiendo al fin la broma, se encerraba de nuevo en su mutismo.

Otras veces, cuando paseaban juntos por el Retiro y llevaban largo rato sin despegar los labios, decía Miguel:

—¿A que no sabes, Perico, para lo que me sirves tú en el paseo?

—¿Para qué?

—Para darme sombra.

En efecto, Mendoza era tan alto y tan gordo, que la figurilla de Rivera se resguardaba perfectamente detrás de él.

—En resumidas cuentas, lo mismo me da caminar contigo por aquí que con un árbol frondoso: eres tan fresco y tan sombrío como cualquiera del Retiro.

Y cuando algún amigo los tropezaba y les decía:—Siempre juntitos, ¿eh?—Miguel contestaba guiñando el ojo:—El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

Perico ponía una cara muy indigesta y masticaba algunas palabras de disgusto.

Siguió aplicándose el hijo del brigadier al estudio del derecho, si bien con cierta desigualdad: mientras en algunas asignaturas apretaba de firme y llamaba poderosamente la atención del profesor y los compañeros, otras las abandonaba casi por completo. Su padre le seguía visitando una que otra vez y se mostraba en extremo complacido de su conducta y aplicación: no tanto de su economía; fuese por motivo del gasto suplementario que Mendoza le ocasionaba o por su propia prodigalidad, o por ambas cosas a la vez, lo cierto es que gastaba bastante más de lo que debiera. Cuando el brigadier se lo advertía suavemente, quedaba algunas horas triste y pesaroso, formaba propósitos de enmienda; pero a los pocos días olvidábase enteramente de ellos y seguía dando acometidas crueles al bolsillo paterno. Pasaba las vacaciones en Madrid, o a todo más se iba algunos días al Escorial en compañía de una familia conocida. El brigadier, cuando llegaba el verano, le invitaba a irse con ellos a un pueblecito de la costa donde solían pasar los meses de calor; pero Miguel observaba tal vacilación y frialdad en este convite, que comprendía perfectamente que no debía aceptarlo: su presencia en la casa era ocasionada a muchos disgustos, y de ningún modo quería que su buen padre padeciese ninguno por su causa.

En el cuarto año de su carrera se hizo presentar como socio en el Ateneo. Desde entonces fue asiduo discípulo de sus cátedras y tertuliano de sus pasillos; mañana, tarde y noche, en todas las horas que las clases le dejaban libre, se encerraba en el clásico establecimiento, centro resplandeciente en aquella época de las ciencias y las letras; ordinariamente pedía un libro y se enfrascaba en la lectura; en poco tiempo se tragó un número considerable de volúmenes, versando casi todos sobre estética y filosofía. Era el terror del bibliotecario, pues le traía constantemente en ejercicio, encaramado sobre los armarios. Una vez en posesión del libro apetecido, nuestro mancebo corría a sentarse al lado de la chimenea y se dejaba tostar las pantorrillas, mientras el cerebro navegaba por los mares ignotos de la metafísica; primero faltaría el sol en su carrera, que nuestro estudiante en una de las butacas de terciopelo carmesí del Ateneo. Al llegar el mes de octubre empezaba éste a poblarse, y sus pasillos a rebosar de campeones literatos y filósofos que noche y día se ejercitaban en el arte de la discusión; no sin detrimento de los tímpanos de otros socios más pacíficos. Al mismo tiempo se abrían la cátedras donde se explicaban las materias más indispensables para la vida: los orígenes de los pueblos semíticos; examen del código Gregoriano; el hombre en el terreno terciario, etc., etc. En la sesión de ciencias morales se debatían arduos e interesantes problemas: en la de literatura se leían versos tan arduos, aunque menos interesantes.

Una noche al levantarse la sesión, Miguel sintió que le tocaban en el hombro; era Valle, el marido de su prima Eulalia, uno de los oradores más importantes a la sazón, no sólo del Ateneo, sino también del Congreso. Los años habían arrancado a su rostro aquel tinte afeminado y poético de que hemos hecho mención y se lo habían dado más varonil, trasformándolo en un hombre hermoso y distinguido; gastaba largos bigotes, donde brillaba ya tal cual hebra de plata; vestía con refinada elegancia y continuaba sonriendo con dulzura a cuanto le decían. Por lo demás, hacía ya tiempo que era moderado, y de los más intransigentes; había sido gobernador en varias provincias y diputado en dos legislaturas. Desde algunos años antes, los niños a cuya protección había dedicado tantos desvelos yacían abandonados a sus propias fuerzas, lo mismo que los negritos. De aquella fervorosa manifestación de entusiasmo democrático y tierna sensibilidad, sólo quedaban en las librerías de viejo algunos residuos acusadores. En varias de ellas solía verse todavía algún folleto abolicionista de Valle con su correspondiente negrito aherrojado en la cubierta, las manos levantadas al cielo en demanda de justicia. Ningún transeúnte le hacía caso, y era más que probable que así se estuviese de rodillas hasta que fuese a parar más tarde o más temprano al montón del papel inútil; el mismo Valle, al cruzar por delante de él, solía apartar los ojos con desprecio, no exento de rencor. El negrito auténtico, esto es, el de carne y hueso que asistía a los banquetes abolicionistas, hacía ya tiempo que había desaparecido de Madrid sin que nadie supiese dónde había ido a parar: tal vez cansado y ahíto de las comidas sentimentales, se hubiera marchado al África a reponer el estómago con los platos más nutritivos de la cocina antropófaga.

—Oyes, Miguel, ¿tienes noticia de tu familia?—le dijo con amable entonación, pero rápidamente, como si le llamasen en otra parte y tuviese muy poco tiempo que perder.

—No señor; hace una porción de días que no tengo carta de papá; hoy le he escrito otra vez...

—Pues sé que está un poco enfermo.

A Miguel le dio un brinco el corazón.

—¿Ha habido carta?

—Sí, ha habido carta.

—¿Y cómo no me han escrito a mí?

—No lo sé; lo que hay de cierto es que tu padre no está bueno, que es un hombre, aunque no viejo, muy gastado por los achaques, y que debéis estar prevenidos para cualquier suceso desagradable.

Nuestro estudiante se sintió profundamente conmovido; guardó silencio un instante y no queriendo preguntar más porque adivinaba vagamente que algo terrible le querían comunicar, dijo únicamente:

—Bien, mañana por la mañana tomaré el tren mixto.

—Es inútil—repuso Valle, después de vacilar un poco.—Puesto que has de saberlo, más vale que sea cuanto antes... Tu padre ya ha fallecido... Vaya, resignación... y queda con Dios. Te ha mejorado en tercio y quinto. Adiós.

De este modo dulce y consolador recibió Miguel la noticia de la muerte de su padre. Quedose algunos minutos clavado en el suelo lleno de estupor, y por último, haciendo un esfuerzo, se dirigió con paso vacilante a un departamento solitario y se dejó caer en un diván; metió la cabeza entre las manos y sollozó largo rato, sin que nadie viniese a acompañarle: solo el conserje, al dar una vuelta de inspección por la sala, hallándole de aquella suerte, le preguntó con solicitud:

—¿Qué es eso, D. Miguel? ¿llora V.?

Cuando supo la causa se sentó a su lado y le prodigó los consuelos que pudo. En el pasillo se discutía con gritos horrísonos la cuestión del Syllabus.

IX

Pasados algunos días supo que, en efecto, su padre le había mejorado en tercio y quinto, lo que constituía a su favor, teniendo presente que en los últimos años el capital del brigadier se había mermado, una renta de siete mil duros; supo también que su madrastra, en el frenesí de la cólera intentaba ponerle pleito. Entonces se explicó perfectamente aquella sonrisa triunfal del brigadier cuando al abrazarle en el colegio de la Merced le decía: «¡Ya sabrás lo que te quiere tu padre... ya lo sabrás!» El pleito, como era lógico, no pudo prosperar; la soberbia madrastra se vio precisada a desistir, aunque guardando odio profundo, no sólo a Miguel, sino a la memoria de su marido; éste se había vengado cumplidamente de trece años de suplicio.

El curador que en el testamento le dejaba era su tío Bernardo, elección que le mortificó un poco, porque jamás había logrado simpatizar con él. El temperamento inquieto y el espíritu sarcástico del sobrino se compadecían muy mal con la gravedad y el sosiego y el perfecto equilibrio intelectual y moral del tío. D. Bernardo le trataba con afectado desdén, no concediendo importancia alguna a sus triunfos universitarios; parecía decirle con el gesto, ya que no con la palabra: «Apesar de esas notas y esos estudios filosóficos, nunca serás un hombre respetable.» Sin embargo, en este desdén mezclábase un poquito de miedo, el miedo que profesan generalmente los hombres sin ingenio a los que lo tienen: estaba siempre en guardia, temiendo que Miguel le hiriese con alguna de sus salidas habituales, y para evitarlo se mostraba con él más serio y más reservado que con los demás.

Por otra parte, se habían pasado ya bastantes días desde el fallecimiento del brigadier, y el tío Bernardo sólo había ido a hacerle una visita, y en ella no le habló de intereses, ni se dio por entendido del cargo que la voluntad del finado le imponía. Miguel sospechó que no tenía ganas de ser su tutor: lejos de disgustarle esta sospecha, le causó verdadera alegría y se propuso verificarla pronto, y aun poner todos los medios por convertirla en realidad. Una mañana salió de su casa en dirección a la de su tío, dispuesto a tener con él una conferencia y resolver de una vez el problema de la gestión de sus intereses. D. Bernardo seguía viviendo en la casa de la calle del Prado, de su propiedad. El criado, en vez de dejarle pasar buenamente, por tratarse de un pariente tan cercano de los señores, le introdujo, como siempre, ceremoniosamente en el salón, y le mandó esperar.—«Empieza la comedia»—dijo Miguel para sí sonriendo. Y sin hacer caso del ruego del lacayo, luego que éste se fue, salió del salón, y subiendo la escalera interior, se fue derecho al cuarto de su primo Enrique. Era la única persona con quien simpatizaba en la casa, si se exceptúa también su tía Martina, a quien siempre había profesado sincero cariño. Enrique se había preparado para tres o cuatro carreras especiales, y en ninguna había logrado ingresar. Por último, y para tener siquiera alguna, se decidió a entrar en la Academia de Infantería: a la hora presente era alférez de este cuerpo, de reemplazo, sin vestir jamás el uniforme, que le parecía ridículo, viviendo en la corte como un señorito rico, gozando de todos los placeres y singularmente de los toros, que era su afición predilecta, casi una manía. Los papás habían pasado muchos disgustos por su causa: era la única nota que desafinaba en el concierto casero. Cada vez que le traían a D. Bernardo la noticia de una nueva calaverada, de un nuevo suspenso, se ponía a las puertas de la muerte, dejaba de comer, de hablar, de fumar, y se pasaba dos o tres días dando paseos por el corredor y lanzando de vez en cuando unos ayes sofocados, que traspasaban el corazón de su fiel esposa doña Martina.—«Distráete, hombre; no pienses más en ello: vas a enfermar, y primero eres tú que él... Además, no todos los chicos han de ser modelos como Carlitos y Vicente...» D. Bernardo no hacía caso de estas justas observaciones, y sólo salía de su voluntario ostracismo cuando algún grave que hacer venía dichosamente a embargar su atención. Por lo demás, Enrique continuaba siendo el favorito de su madre, la cual, aunque no lo confesaba ni a ella misma siquiera, porque lo consideraba como una injusticia de marca, no podía menos de sentirse atraída hacia aquel hijo que representaba en la casa, en aquella casa severa y reglamentada como un convento, la alegría, la espontaneidad, la bondad franca y campechana. Allá a la postre también D. Bernardo, sus hijos y su yerno comprendieron que hasta desde el punto de vista estético hacía falta en la familia quien representase la indisciplina, algo que formase contraste y rompiese la monotonía de aquella vida correcta. En secreto, cuando estaban en familia, murmuraban todos de él, le ponían como un trapo, según la expresión vulgar, y esto no dejaba de ser también un placer, o por lo menos, un pie socorrido de conversación: de vez en cuando D. Bernardo le llevaba a su cuarto y le pronunciaba un largo discurso para llamarle al orden y recordarle sus deberes naturales y sociales, la dignidad del caballero, el decoro de la familia, etc., etc. Pero si había alguna persona de fuera, al hablar de Enrique todos sonreían alegremente, como diciendo: «No nos pregunten VV. por ese calavera, ese aturdido. ¿Quién pone puertas al campo?» La tolerancia que mostraban les hacía simpáticos, y al mismo tiempo prestaba más realce a su conducta intachable.

Carlitos había terminado la carrera de ingeniero de caminos y se disponía a emprender la de ciencias. Fue constantemente el número uno de su clase, y había escrito ya algunos artículos sobre mineralogía en una revista científica. Continuaba siendo el sabio de la familia, con beneplácito de todos. Vicente había pasado algunos años en Inglaterra, estudiando no se sabía qué, probablemente los usos y costumbres de la Gran Bretaña, hacia los cuales se sintió desde un principio tan inclinado, que toda su vida vistió, comió, durmió, y hasta tosió a la inglesa. Trajo además de allá, entre otra infinidad de manías, la de las antigüedades, la cual fue muy del agrado de su padre, y contribuyó no poco en adelante al esplendor y respetabilidad siempre creciente de la familia. Compró en Inglaterra un número considerable de trastos viejos, platos, tapices, y adornó la casa con ellos: además, con permiso de su padre, todos los veranos daba una vueltecita por las provincias y regresaba abundantemente provisto de objetos antiguos. La casa de esta suerte llegó pronto a parecer un museo arqueológico: era cada vez más sombría y más triste. Vicente consiguió también ejercer poderosa influencia en ella, particularmente en lo que tocaba al orden y la etiqueta: los criados considerábanle como su jefe inmediato, y hacia él volvían los ojos siempre que iba a hacerse algo que no fuese la rutina de todos los días. Doña Martina a cada instante le preguntaba:—Vicente, ¿dónde colocamos a Romillo? Vicente, ¿debe templarse el Burdeos? ¿Dónde ponemos la estatua que han traído hoy? ¿A qué hora se sirve en Londres ese licor que hemos recibido?—El mismo D. Bernardo, apesar de su no discutida infalibilidad, no se desdeñaba alguna vez de consultarle en asuntos de ceremonia; v. gr.: si había de visitar a D. Fulano o dejarle simplemente una tarjeta; si debía aceptar la invitación a comer de D. Mengano, etc., etc. Valle vivía también en la casa y tenía ya dos niñas de tres y dos años respectivamente; se había adaptado tan admirablemente al modo de ser de aquella familia, que parecía nacido y criado con todos ellos; la misma pulcritud en el vestir, la misma afectada cortesía, el mismo cuidado extremoso en no decir ni hacer nada de particular, la misma gravedad y énfasis para expresar las cosas más triviales. Aún en esto les sacaba ventaja: el antiguo abolicionista no podía preguntar a un amigo la hora o lo que pensaba del tiempo, sin llamarle aparte con cierto aparato de misterio: los que le veían, siempre juzgaban que estaba tratando algún asunto muy serio y muy escabroso. Apesar de esta adaptación, no había perdido importancia alguna ni dentro ni fuera de la casa; al contrario, el matrimonio se la había dado grande, y había contribuido no poco a que saliese elegido diputado y a que gozase de respeto y consideración universales. Por otra parte, en el hogar tenía su puesto señalado, su esfera de acción, y de esta suerte no podía haber choques ni rivalidades: era el hombre público, el estadista; como Carlitos era el sabio; Vicente, el maestro de ceremonias; Enrique, el calavera, y D. Bernardo, el varón respetable y respetado que esparcía su sombra protectora sobre todos. Eulalia continuaba siendo la misma grave y árida persona que cuando hemos tenido el honor de conocerla, un poco más grave y un poco más árida. El labio inferior le colgaba con expresión más señalada aún de desprecio hacia todas las cosas terrestres. De este general desprecio se salvaba, no obstante, su marido, su padre y hermanos, exceptuando Enrique, y todos los usos y costumbres de la buena sociedad, de las cuales era, como su señor padre, fiel guardadora. La misma doña Martina, apesar de su gran corazón y su espontaneidad, y de aquel temperamento franco y campechano que Dios la diera, no había tenido más remedio que sucumbir y doblegarse a la férrea etiqueta de la familia, haciéndose más seria, más comedida, y perdiendo con ello mucho del atractivo que su carácter tenía para el sobrino Miguel.

Cuando éste penetró en el cuarto de Enrique, le halló afeitándose frente a un espejo, tan preocupado y atento a su tarea, que no le vio ni oyó los pasos.

—Hola, Enriquillo, ¿cómo va?

Enrique volvió asustado la cabeza.

—Ah, ¿eres tú, Miguelito? Siéntate, hombre, me alegro mucho de verte aquí.

Miguel, en vez de obedecer, se puso a dar vueltas por el cuarto, observando con semblante risueño cuanto en él había. Estaba lleno de atributos taurómacos: sobre la puerta una cabeza disecada de toro; a los lados unas moñas lujosas, con los colores caídos ya por el tiempo; por las paredes algunos cromos, representando las distintas suertes del toreo; una espada y una muleta formando trofeo.

Miguel se detuvo frente a un par de banderillas simétricamente colocadas debajo de la espada y la muleta.

—La última vez que he estado aquí no tenías estas banderillas.

—Me las ha regalado, no hace más que ocho días, Marmita... ya sabes... Marmita—dijo, volviendo el rostro que rebosaba de orgullo y satisfacción.

—Sí, sí... ya sé... Marmita... cualquier bruto, vamos...

Enrique se quedó repentinamente serio y triste.

—Hombre, Marmita es un amigo... Además, hoy no hay quien ponga banderillas como él en ninguna plaza de España... ¿Le has visto el domingo?

—No fui a los toros.

—Pues chico te digo que en mi vida he visto colgarlas al quiebro de aquel modo... ¡Como si no se hubiera movido, chico... lo mismo! La plaza se vino abajo... ¡Era cosa de comérselo!... En el quinto toro puso otras al relance, cuando menos se pensaba, que dejó pasmado a todo el mundo... Sobre el mismo morrillo las dos... ¡Ni pintadas, chico!... La plaza se vino abajo...

—¿Pero no estaba en el suelo ya?

—¿Cómo?

—Sí, hombre, acabas de decirme que se vino abajo en el primer par.

—¡Bueno, bueno!... tú siempre de guasita.

Y dando la vuelta continuó afeitándose.

—Pues hacía ya tiempo—dijo Miguel, después de dar otras cuantas vueltas por la habitación—que echaba de menos aquí unas banderillas. Me extrañaba que teniendo tantas cosas de toros, no hubiera por lo menos un par.

—¿Querrás creer, chico—repuso Enrique, dejándose engañar como muchas veces por el tono serio que comunicaba Miguel a sus palabras,—que no se me había ocurrido?... Cuando Marmita me las mandó, tuve un verdadero alegrón...

—Sí, sí, comprendo que habrá sido una de las más puras satisfacciones de tu vida.

Enrique volvió a mirarle serio y amoscado, y continuó afeitándose. Ya no era su fisonomía enteramente la de un perro ratonero como de niño; había mejorado un poco; no mucho; la mejoría principalmente consistía en que andaba más limpio, sin mocos en las narices, ni repegones en las mejillas; aquel pelo indómito había conseguido, a fuerza de pomadas y cosméticos, domeñarlo, y lo llevaba aplastado sobre las sienes como los chulos. Gastaba la barba cerrada, pero en aquel momento la estaba modificando, dejándose unas patillas de picador muy cucas. Así que hubo acabado esta operación, se volvió hacia Miguel un poco avergonzado; mas como éste le dijese que estaba muy bien y que había ganado bastante con aquel cambio, se puso en seguida de un humor excelente, abrazó a su primo cordialmente, le dio un puñado de tabacos habanos, y comenzó a charlar de cosas alegres.

—¡Lástima, Miguelillo, que no tengas afición a los toros!—le dijo cortando repentinamente el hilo de la conversación y mirándole fijamente con ojos compasivos.—¡Si vieras qué buenos ratos se pasan!

—Si suprimiesen la suerte de las picas, iría con gusto—dijo Miguel con deseo de complacer a su primo, soltando una bocanada de humo.

—¡No digas eso, Miguel, por Dios! ¿Tú no sabes que sin picas no puede haber toros?

—¿Pues?

—Porque irían enteritos a la muerte y quedaría todos los días algún diestro sobre la plaza.

—Debían defender los caballos, al menos, para que no anduvieran las tripas rodando por el suelo.

—¡Ese es otro error!—exclamó Enrique, a quien la discusión interesaba extremadamente.—Los caballos no pueden defenderse, porque si el toro no hallase donde cebarse y tirase siempre los derrotes al aire, concluiría por huirse, como es natural, y no se podría lidiar en las otras suertes. Los que no sois aficionados, siempre empleáis los mismos argumentos, ¡los caballos!... ¡las tripas!... Si atendieseis a la lidia, no repararíais en esas menudencias... pero, ¡claro está! no sabéis lo que está pasando, no os ocupáis de estudiar el toro, os aburrís, y vais a mirar allá al otro extremo de la plaza a ver si a algún caballo se le ha salido el mondongo... Y en último resultado, ¿qué? ¡No parece más que no habéis visto nunca las tripas de un animal! ¿No os coméis todos los días el chorizo en el cocido?

Miguel, que fumaba tranquilamente en una butaca sin atender a lo que su primo decía, preguntó en tono distraído:

—¿Pero no habría algún medio de sustituir esa suerte de picas?

—¡Ninguno!—gritó Enrique.—¡Absolutamente ninguno!

—Bien, hombre, bien; no te enfurezcas.

—¿Te figuras que los toros son una cosa de ayer mañana?... Todo lo que se refiere a los toros está muy pensado... ¡muy calculado!... Los que no entienden una palabra, ven correr al toro detrás de los toreros, y nada más; pero los que han estudiado algo, saben la razón de todos los movimientos que se ejecutan en la plaza...

—Pues entonces—dijo Miguel seria y pausadamente soltando otra bocanada de humo,—te anuncio que cuando sea ministro de la Gobernación, tendré el honor de suprimir las corridas de toros.

Enrique le echó una mirada torva.

—¡Ya se librará ningún ministro de la Gobernación de suprimir los toros!

—¿Y dónde está tu padre ahora?—dijo Miguel levantándose.

La fisonomía de Enrique volvió a adquirir repentinamente su habitual expresión de bondad e inocencia.

—Me parece que no ha salido esta mañana. ¿Quieres verle?

—Sí, tengo que hablar con él.

—Vamos allá.

Y poniéndose apresuradamente una chaqueta, sin haberse metido aún el chaleco, condujo a su primo por los corredores hasta cerca del cuarto de su padre. Allí vaciló un poco, porque seguía profesando a aquella habitación el mismo respeto que cuando niño.

—Raimundo—dijo, viendo a un criado pasar,—entra en el cuarto de papá y pregúntale si puede recibir al señorito Miguel, que desea hablarle.

El criado tardó un rato en salir con la respuesta afirmativa. Miguel entró solo.

Estaba el tío Bernardo sentado en su poltrona, leyendo los periódicos con la misma expresión de hostilidad con que siempre había acogido todas las ideas expresadas por escrito. Había envejecido bastante: la calva, ya dilatada, se la cubría un gorro de terciopelo morado; más flaco y más pálido; el bigote canoso había quedado reducido, merced al lento pero continuado trabajo de la navaja, por entrambos lados, a una motita debajo de la nariz.

—Buenos días, tío, ¿cómo sigue V.?

—Hola, Miguel: bien, ¿y tú?—respondió D. Bernardo sin apartar la vista del periódico.

—De salud, bien.

—¿Te vas resignando?—le preguntó, siempre con la vista fija en el periódico y con un tono ligero que hirió vivamente a Miguel.

—No, señor—contestó éste un poco picado.

D. Bernardo se dignó levantar la vista hacia él manifestando sorpresa; tornó a bajarla y dijo en voz baja y cavernosa:

—Pues no adelantarás nada con atormentarte; hay que someterse a la voluntad de Dios.

—Yo me someto a la fuerza. Resignarse y someterse tranquilamente lo hacen los que no sienten con intensidad las desgracias.

—Supongo que no querrás decirme que yo no he sentido profundamente a tu padre.

—Debo creer que V. lo ha sentido mucho, porque era un modelo de padres, de hermanos y de caballeros.

—Así es, y te aconsejo que lo imites siempre.

—Hago lo que puedo; por de pronto le lloro mucho, como él me lloraría.

—No juzgo que deben condenarse las lágrimas en absoluto; pero me parecen más propias de las mujeres que de los hombres. Te aconsejo entereza para soportar esta prueba terrible. Pasados ya los primeros días, es absurdo seguir entregado al dolor, y precisa darse cuenta exacta de su situación y pensar en lo porvenir.

—A eso venía precisamente; a tratar con V. la cuestión de intereses.

Casi todas las conversaciones entre tío y sobrino desde hacía algún tiempo, tomaban este tono un si es no es picante. Miguel era díscolo, y cada día iba formando una idea más pobre de las dotes intelectuales del tío Bernardo. Este, si no despreciaba a su sobrino en el fondo, aborrecía su carácter y le tenía miedo. Ambos se hallaban perfectamente convencidos de esta antipatía y procuraban demostrársela con más o menos disimulo. La conversación que sobre intereses entablaron no fue larga: desde los primeros momentos comprendió Miguel que su tío no deseaba hacerse cargo de la curaduría, y grandemente satisfecho, aunque ocultándolo lo mejor que pudo, le facilitó el camino para zafarse de ella.

—Sí, tío, sí; comprendo perfectamente que las graves ocupaciones que V. tiene en su vida pública y privada no le permitirán dedicarse al arreglo de mis negocios con la atención que V. quisiera... Yo lo siento muchísimo... pero más vale que desde el principio hablemos claro...

—Por mi parte estoy dispuesto a cumplir en un todo la voluntad del finado; bien lo sabes... Pero temo que apesar de sacrificar otros quehaceres...

—Nada, no hablemos más de eso. Como en el testamento se señala, en defecto de V., a tío Manolo, que él se encargue, ya que está desocupado.

D. Bernardo sonrió irónicamente al escuchar el nombre de su hermano.

—Sí; él bien puede encargarse; los quehaceres no le matan.

Con la solución dada al asunto, ambos se habían puesto de buen humor; la plática fue en adelante más expansiva y afable. D. Bernardo invitó a su sobrino a almorzar, y éste aceptó sin que se lo rogase.

Cuando bajaron al comedor, estaba ya reunida la familia. Como era costumbre, todos aguardaban en pie al jefe de ella, quien después de saludarles grave y cortésmente, se sentó y les invitó a sentarse con un ademán tan imponente y señorial, que Miguel no pudo menos de sonreír. Nadie más que él sonrió: los demás, incluso Valle, que era ya un personaje político, aceptaban aquella severa etiqueta, persuadidos de que practicándola, se alejaban del vulgo y ganaban en prestigio y respetabilidad. Miguel, exagerando un poco el desdén que le inspiraba tal farsa, decía para sí:—«¡Pero, señor, esta es una familia de sainete!» Durante el almuerzo se habló de varios asuntos políticos y domésticos, pero siempre con el mayor orden, sin que bajo ningún pretexto se quitasen la palabra unos a otros; después que todos expresaban su opinión, D. Bernardo solía resumir y dar la suya, y en su defecto, lo hacía Valle, como segunda persona de la casa. Casi siempre coincidían todos en el modo de ver las cosas; cuando así no era, se mostraban tal deferencia los unos a los otros para contradecirse, que concluían por estar conformes. Alzar la voz para discutir se consideraba allí como la manifestación más acabada del mal gusto; sólo en las tabernas se disputaba a gritos. A veces había también sus rasgos de ironía, sus chistes; Carlitos y Valle se autorizaban algunos; entonces todos sonreían con benevolencia y hasta se reía suave y discretamente, nunca con fuertes o sonoras carcajadas. En casi todos los asuntos que en la mesa se trataban, manifestábase claramente el desdén que la mayor parte de las cosas y personas inspiraba a aquella privilegiada familia, y el íntimo convencimiento que todos profesaban de su indiscutible superioridad. Esta superioridad era el dogma de la casa.

Enrique tomaba muy pocas veces parte en la conversación; no se consideraba a la altura de sus hermanos, conocía su genio sulfúrico y temía desafinar. Desde que se sentaron a la mesa, la transformación que acababa de operar en su rostro había llamado la atención de todos, hasta de su padre, que no se dignaba reparar sino en muy contadas cosas: habíale dirigido durante el almuerzo cuatro o cinco miradas largas y escrutadoras, y él, por no soportarlas, bajaba la vista y se hacía el distraído; estaba avergonzado, y hubiera dado cualquier cosa por ponerse de nuevo los pelos que se había quitado. Nadie se atrevió, sin embargo, a hablarle de ellos. Cuando concluyeron de almorzar se procedió a hacer el café sobre la misma mesa, tarea en que de antiguo se placía la familia de Rivera, y a la cual concedía extremada importancia. En esta ocasión, la importancia era mucho más grande porque se trataba de ensayar una nueva maquinilla que Carlitos había encargado a París. Todos se prepararon con ansiedad a ver funcionar el aparato. Carlitos se había encargado de armarlo; desgraciadamente, apesar de su reconocido talento mecánico, no había logrado encajar algunas piezas en su verdadero sitio; el café salió tan revuelto y malo, que fue imposible atravesarlo. Entonces se produjo en la familia de Rivera un movimiento de sorpresa dolorosa; pero nadie osó dirigir cargo alguno al causante de la desgracia; sólo por medio de rodeos y perífrasis, Valle declaró que el café pudiera estar más claro aún, lo cual no sabía si debiera achacarse a la calidad del mismo café, a la deficiencia del aparato o a alguna ligera imperfección en la manera de armarlo. D. Bernardo tosió dos o tres veces, lo cual indicaba siempre que iba a decir algo, y era la señal preventiva para que todo el mundo se callase. En efecto, guardaron silencio.

—Para que sepamos cuál es la causa de lo que ha ocurrido, y si Arturo ha acertado en alguna de las diversas indicaciones que acaba de hacer, precisa, ante todo, que se lave el aparato, se le desarme y lo volvamos a armar con detenimiento.... A ver, Raimundo, llévate esa máquina, que se lave bien, y después de secarla, la traes.

Mientras Raimundo estuvo por allá, apenas se habló en la mesa, como si estuvieran todos bajo el peso de alguna grave preocupación: se esperaba su vuelta con mal disimulada impaciencia. Cuando llegó y dejó de nuevo el aparato sobre la mesa, los ojos se volvieron anhelantes hacia el jefe de la familia, quien, después de toser otras dos o tres veces, dijo solemnemente, dirigiéndose a su hijo Carlos:

—Carlitos, ten la bondad de desarmar el aparato, a fin de que sepamos, si es posible, dónde reside la falta.

Carlitos se apresuró a tomar la máquina, y con mano un poco temblorosa, comenzó a desarmarla, bajo la mirada fija y atenta de su familia. Según iba sacando las piezas, dejábalas esparcidas a granel sobre la mesa.

—¡Alto allá!—exclamó D. Bernardo extendiendo las manos.—Las distintas piezas no pueden ni deben dejarse de este modo confundidas, exponiéndonos a que después no sepamos para qué sirven. Coloquémoslas ordenadamente, a derecha e izquierda, según vayan saliendo, y no habrá más tarde dificultades.

Carlitos comenzó a alargar las piezas a su padre, y éste a colocarlas en diversos parajes de la mesa, no sin vacilar antes algún tiempo y pensar bien el pro y el contra de cada sitio.

—Esta tapadera de cristal la colocaremos aquí junto a Eulalia, ¿no es eso?... El recipiente superior lo pondremos delante de Vicente, ¿qué tal?... Bien; queda colocado... acordarse bien... queda colocado delante de Vicente... El pasador aquí a mi derecha... no olvidarse... El recipiente de la leche, ¿dónde colocaremos el recipiente de la leche?... Aguárdate un instante, hombre... lo colocaremos, si no os parece mal, aquí delante de Arturo... acordarse bien, delante de Arturo...

Una vez desarmado el aparato, Carlos principió a encajar de nuevo unas piezas con otras, con seguridad y desembarazo, como el que conoce bien el terreno que pisa. Su padre, no obstante, a quien disgustaba siempre la prisa, le atajó en seguida.

—Alto ahí, Carlos; eso no es resolver la dificultad... Hay que tomar las cosas con más calma; si no, obtendremos el mismo resultado. Antes de proceder a la colocación de una pieza cualquiera, es necesario cerciorarse si la anterior está bien colocada; esto es, si ajusta perfectamente con la otra... Nada de precipitarse... ¿A qué conduce la prisa?... ¿No tenemos sobrado tiempo?... Caminemos con cautela... ¿No es eso?...

D. Bernardo echó una mirada en torno buscando la aprobación, que todos le concedieron sin vacilar. Después, tosió dos o tres veces, en testimonio de hallarse satisfecho.

Apesar de la cautela y del espacio que Carlitos se tomó para armar la máquina, y a despecho de los graves y sensatos consejos que su padre le iba dando, y que él respetuosamente seguía, cuando de nuevo se hizo el café, salió tan malo como la vez anterior. Fue necesario apelar a la antigua maquinilla. La familia tomó el café pensativa y silenciosa. Miguel se puso a jugar con sus sobrinitas, las niñas de Eulalia. D. Bernardo se levantó al fin de la mesa, encendiendo un cigarro habano. Aunque su continente era frío y grave, como siempre, adivinábase que no estaba de buen humor: el negocio del café le había excitado un poco la bilis. Antes de salir se volvió hacia Enrique, que aún continuaba sentado, y le dijo severamente:

—¿Por qué te has dejado esas ridículas patillas de torero?

—Me estorbaba la barba—contestó el alférez humildemente, un poco ruborizado.

—Y porque la barba te estorbase, ¿había razón para poner la cara como la de un chulo o un chispero?... ¿No sabes que eres hijo de una familia respetable, y que debes imitar a las personas decentes, lo mismo interior que exteriormente?... A ver si te quitas inmediatamente esos adornos... ¡No quiero chulos o picadores en mi casa!... Tiempo hace que me estás disgustando con tus groseras inclinaciones... Ya sé que tienes por amigos a unos cuantos toreros o granujas de la calle, olvidando lo que debes a tu familia y lo que debes a ti mismo... que no tienes otros placeres, que ver encerrar y apartar los toros... Me hiere profundamente tener un hijo tan insensato... ¿De dónde has sacado esas aficiones?... ¿No ves a tus hermanos, de quien nadie tuvo que decir jamás una palabra?...

Hizo aquí una pausa larga el irritado señor de Rivera, y dijo después en tono perentorio, saliendo del comedor:

—¡Que no te vuelva a ver esas patillas!

Enrique recibió la reprensión de malísimo talante, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza metida entre las manos en señal de protesta. Cuando su padre volvió las espaldas y estaba un poco lejos, dejó repentinamente aquella postura, y agitando frente a él los puños con frenesí, exclamó con voz sofocada a fin de que no le oyese:

—¡En mi cara mando yo!

Todos guardaron silencio, incluso doña Martina, ante la cólera del alférez. Sólo Eulalia se atrevió a decir solemnemente:

—Eso, Enrique, está muy mal hecho: papá tiene razón...

No pudo concluir: su hermano se le echó encima convertido en basilisco.

—¡Ya me extrañaba a mí que tú no metieses la cucharada! ¿Quién te pide a ti consejo, ni qué se me da a mí que tú lo encuentres malo o bueno?... ¡Es decir, que mamá se calla, y que esta tontuela ¡mentecata! se ha de meter siempre en mis cosas!... Yo hago lo que me parece; ¿sabes?... Me dejo las patillas o me las quito; ¿sabes?... Y tú te callas; ¿sabes?...

Nadie protestó; el mismo Valle, que era a quien correspondía poner correctivo a aquellas palabras, se las tragó; el alférez pudo seguir gritando cuanto quiso.

—¿Sabes—le dijo Miguel cuando estuvieron solos en el cuarto—que no es precisamente la dulzura lo que te caracteriza cuando tienes que dirigirte a tu hermana?

Enrique encogió los hombros en señal de desprecio.

X

El hotel de Puerto Rico, donde tío Manolo se alojaba, no era, en realidad, más que una mediana casa de huéspedes. Nada de cuanto caracteriza a los hoteles se encontraba en él; ni movimiento de criados, ni entrada y salida de viajeros y equipajes, ni ruido de ninguna clase. Lo único en que remedaba un poco la manera de ser de aquellos establecimientos, era en los números pintados (con tinta de escribir) sobre la puerta de los cuartos y en los impresos con la cuenta que a fin de mes repartía una criada entre los huéspedes. Por lo demás, éstos eran fijos y no pasaban mucho de una docena. Entre ellos, el más antiguo un Marqués diplomático retirado del servicio hacía veinte años, seco, avellanado, fruncido, sin pizca de dientes y enteramente sordo (soltero). Otro de los que llevaban más tiempo en la casa, era un mayor del Consejo de Estado, buen mozo, muy dado al aseo y a los perfumes, gastrónomo, abonado perpetuo a la ópera, animal dañino entre el bello sexo, disimulando sus cuarenta y cinco años con arte diabólico (soltero). Un ex-diputado carlista aniquilado por el reuma, viviendo de sus rentas, pasando los días húmedos en la cama, los secos en el café de la esquina, jugando al dominó, entrado ya en días, gran narrador de cuentos verdes, silencioso en todos los demás asuntos, hombre dulce y servicial (separado de su mujer). Un oficial de marina, joven, terrible discutidor de cuantos problemas o cuestiones se suscitasen, por especiales y técnicos que fuesen; todo lo sabía, todo lo analizaba, los asuntos religiosos como los financieros, lo perteneciente al orden físico y lo que tocaba al espiritual; con todo eso, hablaba poco de barcos; asistía invariablemente a los estrenos de los dramas, y emitía su opinión a gritos en los pasillos de los teatros, y después, en la mesa de la fonda (soltero). Este oficial constituía el tormento y la penitencia de un médico anciano que ya no ejercía, y que también se hospedaba en el hotel; hombre ilustrado y meticuloso, que jamás aventuraba una opinión sin haberla meditado con gran espacio. Vivía allí disfrutando de un capital que había juntado en su larga carrera profesional, procurándose, con escrúpulos de monja, cuantos goces higiénicos, cuantos cuidados y regalos puede inventar una imaginación experta y dedicada exclusivamente a tan grata tarea; los razonamientos, o por mejor decir, la charla insustancial del oficial de marina, le ponía fuera de sí, le alteraba la bilis, era su única cruz en esta vida.

—¡Pero, hombre de Dios! ¿Sabe V. por ventura obstetricia?

—¡A mí qué me importa la obstetricia! Lo que le sé a V. decir, es que una mujer puede concebir de un animal, y que está probado.

—¡Cómo ha de estar probado semejante disparate!

—Dispénseme V., D. Agustín, dispénseme V.; no es un disparate, ni mucho menos. Hay un médico alemán llamado Grotte...

—No conozco semejante médico.

—Usted no lo conocerá; pero el que V. no lo conozca, no prueba nada... Digo, que Grotte, que es el médico de más reputación que existe en Alemania, y que ha escrito infinidad de libros, afirma terminantemente que una mujer puede concebir de un mono, y hasta de un perro...

—¡Jesús, qué barbaridad! ¡No estará mal mono sabio ese señor Grotte!

—¡Dispénseme V., D. Agustín; dispénseme V.! Grotte goza de reputación europea, es miembro honorario de la Academia de Ciencias de Berlín y de la de París, director de uno de los hospitales más importantes, médico del Emperador...

A D. Agustín le retozaban las ganas de decir: «¡Todo eso es una patraña, y V. un mentecato sin pizca de sentido común!» Pero se contenía por educación, y cortaba las discusiones diciendo en tono sarcástico preñado de cólera:

—Bueno, hombre, bueno; tiene V. razón... V. lo sabe todo... Conoce V. la fisiología, la anatomía, la obstetricia... para eso es V. marino... Yo no sé una palabra de esas cosas... para eso soy médico... Nada, nada, tiene V. razón... dejemos eso.

Estas retenciones de bilis le producían a don Agustín algunos disturbios en el estómago; estuvo tentado algunas veces a dejar la casa, pero le dolía en el alma abandonar un gabinete muy gentil al mediodía, que él había amueblado con particular esmero. Nuestro D. Manuel Rivera, por sus prendas personales, por sus relaciones con la alta sociedad madrileña y por los años que llevaba en la casa, representaba también papel principal en ella.

Los demás huéspedes eran figuras secundarias, que presenciaban riendo las disputas de la mesa redonda, aventurando pocas veces su opinión y aceptando resignadamente la oligarquía de los seis que hemos enumerado, los cuales gobernaban la fonda a su talante, dictando al cocinero los platos y al dueño las horas de las comidas; los criados, que se renovaban a menudo, poníanse muy pronto al tanto de la existencia de este primer estamento, y empezaban a servir siempre por aquella parte de la mesa en que se situaba, lo que hacía montar en cólera a una señora viuda, ajamonada, que en las discusiones daba siempre la razón al oficial de marina.

Cuando éste comía en casa, era sabido que habría gran calor en la mesa, mucho ruido, gritos desaforados: el dueño de la fonda, el cocinero y el pinche, cuando la algazara subía de punto, asomaban disimuladamente las narices por la puerta un poco asustados; mas al instante se tranquilizaban oyendo palabras que no comprendían, y se retiraban de nuevo a la cocina. Pero el oficial comía con frecuencia fuera de casa; entonces la mesa redonda languidecía, quedaba sumida en un letargo triste y silencioso; se oía el ruido de los platos y el de las mandíbulas; el mayor del Consejo de Estado era el encargado de animar la escena, y lo hacía llamando la atención del Marqués, que comía abstraído, y dándole siempre la misma broma: el diplomático había prestado cinco duros a un tunante llamado Laguna, que vivía del juego y la estafa, y como es natural, no había vuelto a echarle la vista encima.

—D. Lorenzooo—gritaba el atusado mayor.

D. Lorenzo seguía comiendo tranquilamente.

—D. Lorenzoooo—tornaba a gritar.

—¿Cómo?—decía aquél levantando la cabeza y poniendo la mano por detrás de la oreja.

—Que hoy he visto a Lagunaaa.

—¡Hum!—gruñía el viejo bajando de nuevo la cabeza y dándose ya por enterado de la broma.

—Me ha dicho, que es V. una persona muy simpáticaaa.

—¿Sí, eh?—refunfuñaba D. Lorenzo sin levantar la vista.

—Muchooo... y que probablemente vendrá un día de estos a hacerle a V. una visitaaa.

Esta noticia producía siempre risa entre los comensales, que estaban perfectamente enterados de todo.

—No lo creo.

—Pues créalo V.; está muy agradecidooo.

—Eso sí lo creo—murmuraba con sorna.

—Dice, que a ninguna persona pedirá él cinco duros con más libertad que a V... en caso de necesidaaad.

—¡Hum!

—Que ha sido V. para él un padre...

—¡Ya, ya!

—Me ha preguntado qué formalidades se exigían para la adopcióoon... Desea que V. le declare hijo adoptivo.

—Mejor sería hijo pródigo.

La ocurrencia levantaba algazara en la mesa. El mayor volvía a la carga.

—¿Cuánto piensa V. darle para sus gastos particulares cuando sea su hijooo?

—Nada... le dejaré letra abierta en todas las tabernas y chamizos.

—Eso está bien; ¿pero y los gastos imprevistos?

—Habiendo aguardiente de Chinchón, está todo previsto...

El Marqués hablaba pausadamente, dejando trascurrir un espacio regular entre la pregunta y la respuesta; de este modo, su ironía causaba más efecto. Y la broma se prolongaba al través de la comida con grandes intervalos de silencio. Al día siguiente, si el marino no llegaba a sazonarla con alguna discusión científica o literaria, se repetía la vaya con leves variantes: los comensales encontraban muy donoso al mayor, y cuando se descuidaba en embromar al Marqués, le guiñaban el ojo excitándole a hacerlo; la charla del marino los mareaba y aburría un poco; pero siempre se encontraban dispuestos a confesar su talento y sus conocimientos poco comunes.

Desde la última vez que le vimos, D. Manuel Rivera había envejecido bastante en realidad, en apariencia muy poco; el vientre le había crecido, las patas de gallo se habían acentuado, el cabello y la barba estaban poblados de canas. Mas como acudía, casi tan pronto como su compañero el mayor del Consejo, al reparo de estos mandobles del tiempo, amortiguaba su fuerza y la herida apenas se mostraba. Hacía algunos años que usaba constantemente justillo de gamuza (en verano de hilo), que recogía y aprensaba el abdomen; jamás se lavaba sin frotarse después con una llamada «agua de Circasia para refrescar y embellecer el cutis;» todos los meses daba una vuelta por casa del dentista para limpiar la dentadura y orificar los muchos agujeritos que iban pareciendo en ella; en cuanto a las canas, ahí estaba su fuerte; las tinturas que usaba, traídas por él todos los años de París, eran la envidia del mayor por lo finas y exquisitas. Sin embargo, por las mañanas antes que el barbero llegase, cuando tío Manolo envuelto en su bata le esperaba sentado en la butaca leyendo los periódicos, tenía todo el aspecto de una ruina venerable: aun después de salir fresco y rozagante del cuarto, un ojo experto y curioso podía notar en ocasiones, en que andaba la tintura descuidada, ciertas vislumbres de plata en la raíz de la patilla. Esto en cuanto a lo corporal; por lo que toca al espíritu, nuestro D. Manuel no necesitaba componer ni aliñar absolutamente nada; teníalo tan fresco, tan vivo y juvenil como a los veinte años. Y eso que por efecto de sus constantes prodigalidades, padecía con frecuencia serios disgustos en el orden económico; hacía ya bastante tiempo que tenía vendidas o empeñadas las fincas que sus padres le dejaron; esto no le impedía vivir holgadamente y recrearse con el mismo sosiego que si estuviese recién heredado. Nunca había retrocedido ni pensaba retroceder ante los gastos indispensables a un hombre que frecuenta la buena sociedad, que es galán y divertido. El cómo proveía a ellos nadie lo sabía, ni el mismo Miguel, que después de la muerte de su padre se fue a vivir con él en el Hotel de Puerto Rico. Tenía noticia por sus primos y por algunos amigos del mal estado de la hacienda de su tío; pero se asombraba de que éste nada le dijese ni hallase en sus actos algo que acusase la ruina de que se hablaba.

Como el pez en el agua se encontró nuestro mancebo en el hotel de su tío; aunque muy joven para ello, formó inmediatamente parte del primer estamento o directorio, en atención quizá a los méritos de aquél, en parte también a los suyos propios; pues muy pronto se mostró en la mesa como muchacho de entendimiento, alegre y despejado. El médico D. Agustín halló en él poderoso auxiliar contra las afirmaciones disparatadas del oficial de marina, y desde que se vio secundado, se las tuvo tiesas en todas las discusiones, y no quiso retroceder ni humillarse ante ninguna cita de autor exótico. Perdió terreno el oficial de día en día y comenzó a decirse entre los comensales que formaban el público, que tenía una ciencia superficial y que el sobrinito de D. Manuel le ponía muchas veces las peras a cuarto. Hasta la viuda ajamonada que le daba siempre la razón comenzó a quitársela y apoyar con vivas cabezadas lo que Miguel manifestaba; pero esto, según se supo después, fue porque la viuda le propuso un cambio de habitaciones, fundándose en que el oficial paraba muy poco en casa y le bastaba un cuarto más pequeño; no tuvo aquél la galantería de aceptar el trueque, y se captó para siempre su antipatía.

Pocos días después de vivir juntos, dijo D. Manuel a su sobrino:

—¿Sabes quién tiene muchos deseos de verte?... Aquella señora del intendente Trujillo, a cuya casa te llevé yo una noche cuando eras chico... ¿No te acuerdas que cantó unos dúos de ópera conmigo?... Ha quedado viuda la pobre hace ya dos años... Es una buena señora, muy amable y obsequiosa...

—¿Y aquella hija que tenía y también cantaba?...

—Se murió antes que su padre... Anita se ha quedado completamente sola. Cuando sucedió tu desgracia me preguntó con mucho interés por ti, y me hizo prometerle que te llevaría alguna noche por su casa... No es tertulia formal; nos reunimos solamente tres o cuatro amigos, de modo que puedes venir sin inconveniente.

Aquella noche fue, en efecto, Miguel con su tío a casa de la intendenta, quien le recibió con mucho agasajo: no tanto a los tres o cuatro amigos de que había hablado tío Manolo, y que fueron entrando uno después de otro. Todos ellos eran entrados en días; uno era coronel retirado; otro, catedrático de matemáticas en la facultad de ciencias; otro, ex-gobernador de provincia. Observó Miguel que la intendenta ejercía una soberanía absoluta, casi despótica, sobre esta diminuta tertulia; ordenaba en tono perentorio cualquier servicio, contestaba con acritud a las observaciones que la hacían, y en general se mostraba bastante indiferente a las atenciones y acatamientos que a cada instante la prodigaban aquellos señores, incluso el tío Manolo. Sin embargo, éste era el único con quien se humanizaba a ratos. Echando la vista en torno y advirtiendo el lujo que allí reinaba, pronto se convenció Miguel de que los tertulianos todos, sin exceptuar a su tío, apetecían la mano un poco rugosa ya de la intendenta. Frisaba ésta en los cincuenta, pero no estaba mal conservada, y apoyada sobre el pedestal de una más que regular fortuna, parecía a los ojos de sus amigos como una diosa. Bien persuadida estaba también ella de su influencia fascinadora, y por eso abusaba; quizá se juzgase digna de un marido más fresco y juvenil. Lo cierto es que trataba a sus pretendientes con ostensible despego. ¡Qué esfuerzos hacía cada uno de ellos por aventajar a los otros en cortesía, donaire y gentileza! ¡Cuántos cartuchos de confites entregados con emoción y olvidados inmediatamente sobre la mesa! ¡Cuánto requiebro, cuánta galantería perdidos en el aire! El gesto habitual de la intendenta era de disgusto; cuando la preguntaban por su salud, siempre contestaba: regular. Los tertulios tocaban con mucha habilidad este registro, porque era el único al cual solía responder: cuando se hablaba de sus debilidades y sus nervios, era cuando Anita se mostraba comunicativa; a veces la tertulia se pasaba horas enteras hablando de gastralgias y dispepsias o de otras enfermedades del aparato digestivo. Tenía además la intendenta otro defecto que, apesar de su acreditada paciencia, solía indignar a los pretendientes; se dormía a menudo en la butaca y los tenía toda la noche hablando entre sí y en voz baja; noches perdidas para el bloqueo de la plaza, que causaban profundo desaliento en los tertulios. Pues aún no era esto lo peor: lo peor era que Anita, que tenía un temperamento linfático exhausto de sangre, gustaba de mantener viva y cargada incesantemente, hasta en los días templados, la chimenea de su gabinete; merced a esto y al cuidado con que se cerraban todas las puertas y rendijas, aquella habitación era un horno; en ocasiones la atmósfera se ponía casi irrespirable; el coronel y el catedrático, que eran obesos y sanguíneos, sudaban gotas de tinta y estaban expuestos a una congestión; pero el ex-gobernador y tío Manolo, lejos de compadecerles, se complacían muy mucho en aquel tormento, y hasta se hubieran alegrado quizá de un amago de apoplejía que les impidiese salir de casa por las noches.

Anita recibió a Miguel, como ya hemos dicho, con inusitada afabilidad: aquella novedad, aquella frescura despertó en ella, acostumbrada a los semblantes graves y ajados que diariamente la rodeaban, ideas risueñas, la alegría de la juventud. Los tertulios disfrutaron del buen humor de la intendenta aquella noche; en vez de dormitar tristemente en la butaca o de describir con voz apagada los fenómenos nerviosos del día, se mostró en extremo locuaz y divertida; hablose de los teatros, de política, de las aventuras galantes de la corte, se rió, se dijeron chistes más o menos ingeniosos por todos. Anita se avino hasta a abrir el piano después de varios meses que permanecía cerrado, y cantar una romanza. Pero contra lo que debía esperarse y formando extraño contraste con los demás, tío Manolo empezó a ponerse, poco después de haber llegado, serio y taciturno; apenas contestaba a lo que le preguntaban, cual si se hallase bajo el peso de alguna triste preocupación. Miguel le examinó con inquietud, sin saber a qué atribuir aquella tristeza, pues no sabía que hubiese tenido disgusto alguno. Sin embargo, observó que su tío miraba con frecuencia a las solapas de la levita y se las arreglaba con mano trémula: y como le conocía muy bien hacía tiempo, al instante comprendió que había motivo grave para aquel singular y repentino cambio de humor; el cuello de la levita no ajustaba bien; hacía un fuellecito por atrás siempre que bajaba la cabeza. D. Manuel al ponerse la prenda en casa no había podido apreciar bien este defecto; sólo se había dado cuenta vaga de que existía. Mas así que se sentó cerca de un armario de luna, logró descubrirlo de modo evidente, y como es natural, sintió una profunda y dolorosa impresión que le impidió desde entonces tomar parte en la alegre plática que se había entablado. En un principio limitose a arreglar el cuello, disimulando lo mejor que pudo su disgusto; pero la bilis se le fue exacerbando poco a poco, perdió al cabo la paciencia, y cuándo creía que no le observaban, comenzó a dar vivos y fuertes tirones a las solapas. No consiguió sino excitarse más y más; el endiablado cuello, aunque quedaba en su sitio después de cada tirón, no tardaba dos minutos en bajarse y ahuecarse de nuevo. La desesperación se iba apoderando velozmente del gallardo caballero; hasta se le descompuso un poco el semblante. Por último, sintiéndose enteramente incapaz de permanecer por más tiempo en aquella angustiosa situación, se levantó de pronto y dijo con voz alterada, que se le había olvidado dar un recado a un amigo, que le dispensasen un momento, que no tardaría en volver. Viéronle marchar todos con cierta sorpresa a causa de su manifiesta turbación: en la risa que se dibujó en la cara del ex-gobernador, quiso adivinar Miguel que había atribuido la salida a algún malestar del cuerpo. No tardó siquiera media hora en entrar: traía puesta otra levita, el rostro se le había serenado por completo y se mostró en seguida tal cual era: jovial, divertido, siguiendo durante toda la noche de un humor excelente.

Cuando a las doce, poco más o menos, se deshizo la tertulia y salieron, cogió del brazo a Miguel y le preguntó alegremente:

—¿Qué te parece de Anita?

—Es una señora muy amable.

—Bien conservada, ¿eh?

—Sí; para su edad...

—¿Cómo para su edad? No vayas a figurarte que es una vieja... Después, muy distinguida, ¿verdad?

Y bajando la voz y acercando la boca al oído del sobrino añadió:

—¡Ciento cincuenta mil duros en casas, y acciones del Banco!... ¿He dicho algo Miguel?

No necesitó éste tirarle mucho de la lengua para averiguar sus planes. Acometido de súbito deseo de expansión, D. Manuel le abrió enteramente el pecho. Hacía tiempo que «le estaba poniendo los puntos» a Anita. El deseo de formar una familia que nunca sintiera en su vida, había concluido por enseñorearse de su alma. «Qué cosa más rara, ¿eh Miguel? Al llegar a cierta edad, todos caemos. Es una ley providencial.»—Pero a él ya no le convenía una chiquilla: necesitaba tranquilidad en casa; una mujer formal.—«Fuera de casa, todo lo que tú quieras; yo no soy un santo, y aun después de casado, no diré que alguna vez no saque la pierna por debajo de la manta... Pero el hogar... el hogar, chico, es una cosa muy sagrada.» Analizó después el carácter de Anita, un poco seco en ocasiones y hasta irritable; pero en el fondo cariñoso y expansivo como pocos; una mujer muy sensata, muy seria en todas sus cosas y de un corazón inmejorable. Cuando llegó al capítulo de los que pretendían disputarle su mano, el coronel, el ex-gobernador y el catedrático, se dibujó una sonrisa de lástima en sus labios: habló de ellos con desdén olímpico.—«Unos pobres mamarrachos, Miguel; ninguno tiene pizca de mundo ni sabe lo que es sociedad, ni se ha visto jamás en tales trotes: así que sin poderlo remediar enseñan la oreja a cada instante. Anita, que es muy lista, bien lo nota y se ríe de ellos; si no los despide de una vez es porque a todas las mujeres, hasta las más sensatas, les gusta tener una corte de adoradores... aunque sean unos tontos, ¿sabes?... Pero ya se irán cansando... ¿Has reparado los pantalones de don Ladislao el catedrático?... lo mismo que unas sayas... Anita y yo nos mirábamos y apenas podíamos contener la risa; ¡pobre señor!... El coronel no es feo, pero tampoco sabe llevar con gusto nada... ni las patillas.»

Hablando de sus proyectos y murmurando de esta suerte llegaron hasta la puerta de casa. Después de gritarle un rato, vino el sereno a abrirles y les acompañó con el farol hasta el piso principal. Allí el criado, medio dormido aún, les entregó a cada uno la llave de su cuarto y se despidieron hasta el día siguiente.

El tío Manolo, sereno, majestuoso, semejante a un dios, se fue a descansar, meditando como Ulises la muerte de los pretendientes.

XI

Desde que Miguel encargó la gestión de sus negocios al tío Manolo (y lo hizo pocos días después de haber pasado lo que acabamos de narrar), no volvió éste a sentir en su alma aquel noble impulso que le arrastraba a rendir culto a los dioses lares. Quizá juzgaba incompatible el cargo de tutor diligente con los deberes que impone el yugo matrimonial, y prefería sacrificar en provecho de su sobrino los placeres inefables con que la familia le brindaba. Verdad es, que procuró honradamente desquitarse aplicándose con laudable asiduidad a los goces propios del soltero. No le fue a la zaga en esto Miguel, estimulado con su ejemplo: ambos comenzaron a darse vida de príncipes disfrutando alegremente de los siete mil duros de renta que el brigadier había dejado; teatros, bailes, paseos, cenas a última hora, partidas de juego y de caza, noches de amor y de crápula, de todo gozó el héroe de nuestra historia en los cuatro años que siguieron a la muerte de su padre. Su inclinación al estudio sufrió notable menoscabo durante este tiempo; sin embargo, terminó la carrera con regular lucimiento. Una vez en posesión del título de abogado, no volvió a abrir un libro de derecho; los momentos que el placer le dejaba libre consagrábalos a la lectura de obras amenas, lo cual era también un placer.

Al llegar a la mayor edad le vino la idea de pedir cuentas a su tío: había observado en los últimos tiempos ciertas dificultades tocantes al numerario, que le hicieron entrar en sospechas. Las cuales tuvo el sentimiento de ver convertidas en certidumbres: su tío y él se habían gastado en los cuatro años, no sólo la renta anual de siete mil duros, sino el capital correspondiente a cincuenta mil reales que estaba colocado en acciones del Banco y papel del Estado: no le quedaban más que tres fincas urbanas.

Al saberlo tuvo un fuerte altercado con su tío, le recriminó con dureza su negligencia y le dirigió algunas palabras ásperas: el pobre D. Manuel apenas supo defenderse: quedose cortado y confundido, murmurando torpemente algunas disculpas. Cuando a Miguel se le calmaron un poco los nervios y se encontró solo en su cuarto, sintió grandes remordimientos; había obrado con poca generosidad: después de todo, la misma culpa había tenido él que su tío en el despilfarro: al recordar el semblante avergonzado y triste de aquél, sentía tanta lástima y un pesar tan profundo de haberle sin razón ofendido, que no pudo dormir en toda la noche.

La renta que le quedó era bastante para vivir con desahogo y aun con relativo lujo en Madrid. Se hizo cargo de la administración de las casas y puso orden en sus gastos, procurando, no obstante, que a su tío no le faltasen ciertos goces sin los cuales el caballero no comprendía la existencia. Y siguieron viviendo alegres y satisfechos en la mejor armonía.

La amistad de Miguel con su antiguo compañero de colegio y de posada, Mendoza, se había enfriado un poco durante los últimos años, más bien por efecto de la separación que porque hubiese mediado entre ellos motivo alguno de disgusto. Cuando se encontraban en la Universidad o en la calle se hablaban cariñosamente y paseaban juntos si Miguel no tenía cosa urgente que hacer. Algunas veces también, en días de apuro, Mendoza solía pasarse por casa de su amigo y pedirle unos cuantos duros. Por lo demás, trascurrían a veces meses enteros sin verse.

Poco después de terminar la carrera, Mendoza, que cada día era mejor mozo y se aplicaba con más ahínco a parecerlo, quiso hacer oposición a unas plazas de oficiales, vacantes en el Consejo de Estado. Antes de resolverse vino a consultarlo con Miguel, quien le animó mucho y le prometió aprovechar todas sus relaciones para conseguir lo que deseaba. Miguel frecuentaba la alta sociedad y era amigo de varios personajes políticos; se le conocía en los salones como en la Universidad por el nombre de Riverita, y era generalmente querido por su figura simpática, aunque exigua, y su trato franco y gracioso. Hizo Mendoza al fin su ejercicio de preguntas, y no fue más que mediano, de suerte que aun poniéndose en lo mejor, desconfiaba mucho de llevar número, lo cual le traía muy cabizbajo y desalentado. No obstante, cuando llegó el segundo ejercicio, que consistía en escribir encerrado, durante veinticuatro horas, una disertación sobre un tema elegido entre tres y contestar después a las objeciones que dos compañeros le hiciesen, ocurriósele una idea salvadora; pidió por favor a Miguel, en cuyo talento fiaba mucho, que se la escribiese. Hubo necesidad para ello de valerse de un ardid. A la hora en que se encerraba, fue Rivera por allá, se enteró del tema elegido y corrió a meterse en la biblioteca del Ateneo, donde en pocas horas consultando libros y esforzando el ingenio, escribió un largo y erudito discurso. El problema era que llegase a las manos de Mendoza. Para conseguirlo fue a rondar a las altas horas de la noche el edificio de los Consejos, dio un silbido penetrante, como un enamorado que avisase a su novia, y al poco rato se abrió con cautela una ventana del piso alto y se vio un hilo de seda flotar en el aire; Miguel amarró apresuradamente el manuscrito y el hilo comenzó a subir arrastrándolo consigo.

A la mañana siguiente fue lleno de zozobra a presenciar el ejercicio de su amigo. Este, que había copiado la disertación en buena letra, la leyó con firme entonación y no poco aparato; los jueces quedaron sorprendidos de tanta erudición y agradable estilo, en quien no sospechaban que existiese. Cuando llegó el momento, sin embargo, de contestar a las objeciones, decayó bastante; no sabía más que referirse a su discurso; luchaba en vano por encontrar algún nuevo argumento en defensa de la tesis. Apesar de esto y del mediano ejercicio de preguntas, el tribunal, pagado de los conocimientos nada comunes que había demostrado, le aprobó los ejercicios. Entonces fue cuando Miguel puso en juego todas sus amistades para conseguir que el ministro le concediese una de las plazas; el mayor del Consejo, su compañero de hotel, no fue uno de los que menos trabajaron en el asunto. Finalmente, después de muchas idas y venidas, empeños y zozobras, Mendoza fue nombrado oficial del alto cuerpo consultivo con doce mil reales de sueldo; aunque no era muy pingüe, tenía el empleo la ventaja de ser inamovible, y en la capital, y muy apropósito para trabar amistad con los próceres de la política y la administración, bajo cuya égida es como únicamente se puede hacer fortuna en España. El hijo del cirujano estaba, pues, en franquía, o lo que es igual, tenía asegurado su modus vivendi. Celebrose el triunfo por los dos amigos con una cena y hubo brindis fervorosos en ella y se juraron fidelidad eterna.

Poco tiempo después de este suceso, sobrevino otro en la vida de Miguel que dio origen a cambios importantes en ella. Ya hemos dicho que había entrado con buen pie en la sociedad, que se le tenía por hombre ameno y divertido, y gozaba de todos los privilegios que la fortuna y el ingenio suelen conceder en la capital. Pocos sabían como él despertar el buen humor en las tertulias, hablar con donaire de las mil frivolidades que constituyen el encanto de la buena sociedad.—«Mi fuerte y mi recurso supremo para extasiar a las tertulias—solía decir con ironía,—es el teatro Real.» Porque entonces, como ahora, la conversación amena por excelencia en Madrid era la de la ópera, y aquél era tenido por hombre más discreto y agradable quien proporcionase en las reuniones datos más fidedignos acerca de la vida privada de los tenores y barítonos.

Pues sucedió que cierto día, habiendo fallecido un caballero con quien mantenía alguna relación, se vistió de negro y fue a dar el pésame a la familia. La habitación de la señora estaba medio a oscuras, como es de rigor en tales casos, por lo que fue necesario que ella le saludase antes para saber a dónde dirigirse. Después que la apretó la mano y le expresó cuánto sentía, etc., etc., dio vuelta, y secándose los ojos para ver algo, percibió una silla vacía y fue a sentarse en ella. Los circunstantes guardaban silencio y se mantenían en la actitud rígida y dolorosa adecuada a las circunstancias. Nuestro joven procuró también adoptar una postura reflexiva metiendo las manos entre las rodillas, y bajando la cabeza, lo cual no le impedía levantar los ojos que, acostumbrados ya a la oscuridad, consiguieron al cabo distinguir las personas y los objetos. No muy lejos observó que una cabecita de mujer estaba vuelta hacia él, y que unos ojos negros le contemplaban sin pestañear; la cabeza era hermosa y delicada como la de una madona, los ojos vivos y alegres. Sintiose el joven particularmente cautivado por aquella mirada, donde adivinaba cierta misteriosa simpatía; no sólo su amor propio se sintió halagado por las insistentes miradas de la joven, sino que experimentó un sentimiento de atracción, que le arrastraba hacia ella. Contentose, al principio, con decir para sí:—¡Qué niña tan bonita!—Después avanzó un poco más y dijo:—¡Vaya una chica simpática, tiene cara de buena!—Por último no pudo menos de pensar:—Yo he visto esta fisonomía ya en otra parte. Y empezó a dar vertiginosas vueltas en la imaginación para averiguar dónde y cómo la había visto; pero por más que hizo no pudo averiguarlo. Recorría en un instante con el pensamiento, todas las casas conocidas, todos los parajes por donde había andado, y no logró encontrar marco para aquella cabeza. Si no la he conocido en el mundo, la he conocido en sueños, se dijo; yo he visto muchísimas veces esta cara y estos ojos. Y en efecto, poco a poco el semblante de la joven con sus rasgos delicados, con su expresión franca y risueña, se le representó como un sueño amable que había tenido en distintas épocas de la vida; trasladose a los días de placer, recordó los momentos en que su fantasía le hizo entrever los campos floridos de la dicha; días y momentos fugaces para él como para todos, pero que dejan la huella de Dios en el espíritu y le preservan de la corrupción. Los ojos de aquella joven le pusieron en contacto con todos los objetos bellos que había visto en su vida, con todos los pensamientos honrados que habían cruzado por su mente, con todas las lágrimas dulces que había vertido. Acordose de la fe pura y sencilla con que rezaba en el colegio ante la imagen de la Virgen y el ansia con que deseaba tener alas para lanzarse por los espacios azules y llegar hasta su trono de estrellas y cantar a sus pies las alabanzas de su hermosura inmortal; recordó las veces en que su padre le había dado a besar el retrato de su madre; recordó las dulzuras inefables que le causaba de niño la música que acompañaba a las procesiones, y la embriaguez que le producía el perfume del incienso, se le representaron los juegos de la infancia y el cariño vehemente apasionado que sintió cuando niño por su hermanita Julia...

¡Julia!... Le dio un vuelco el corazón. Había hallado lo que buscaba: aquella cabeza semejaba extraordinariamente a la de su hermana, no sólo juzgando por el recuerdo de la infancia, sino por el retrato que de ella poseía, regalo de su padre. Clavó en la joven los ojos con interés ansioso, queriendo averiguar un algo vago que empezaba a bullirle en el pensamiento, exploró con afán todos los rasgos de su fisonomía, examinó todos los pormenores de su vestido.—¡Si fuese realmente mi hermana!—se dijo.—Todo cabe en lo posible. Esta familia es amiga suya.... pudieron venir de Sevilla a pasar una temporada—¡quién sabe!—Y seguía mirándola fijamente cada vez con más emoción: la joven tampoco apartaba de él su mirada, llena de interés. El corazón empezó a batirle aceleradamente: se le apoderó un gran desasosiego, que le hizo mudar de postura veinte veces en dos minutos; sintiose sofocado, y se desabrochó la levita. Era necesario salir de aquella terrible duda; saber si todo era pura ilusión, o si efectivamente se encontraba cerca de la hermana de su alma. ¿A quién preguntarlo? La señora de la casa estaba lejos; no era oportuno levantarse y dirigirse a ella: además, todo el mundo se enteraría. Paseó la vista en torno, y no halló ningún amigo: entonces se decidió a preguntarlo a la señora que estaba más cerca, fuese quien fuese; volviose cuanto pudo hacia ella, se inclinó hacia su oído, mas cuando iba a articular la primera palabra quedó repentinamente sin voz, pálido y estático. La señora que estaba a su lado no era otra que su madrastra, la brigadiera Ángela en carne y hueso, mucho más ajada, con el cabello gris, pero todavía bella y arrogante. La circunstancia de estar tocando con ella y la oscuridad de la sala, habían hecho que no la viese hasta entonces. La brigadiera debió conocerle en cuanto entró, porque así que Miguel hizo ademán de dirigirle la palabra, volvió la cabeza a otro lado en señal evidente de mal humor y desdén. El rencor que siempre le había tenido estaba más encendido ahora por el testamento del padre.

Miguel permanció inmóvil largo rato, sumergido en un mar de pensamientos tristes. Cuando alzó la vista, su hermana (porque era ella, ya no le cabía duda) le estaba contemplando con mayor ternura. Una corriente de simpatía, más aún, de cariño sincero y apasionado, se estableció entre ellos; los ojos eran los encargados de trasmitirla: habló la sangre, hablaron los dulces e inefables recuerdos de la niñez, habló la memoria venerada del bondadoso brigadier Rivera. En poco estuvo que ambos se levantasen y se abrazasen ante la concurrencia; mas en Miguel pudieron los miramientos mundanos, en Julia el temor de su madre; y ambos permanecieron en sus asientos.

La brigadiera se sofocaba; estaba inquieta, nerviosa; hacía rechinar la silla al moverse. Por último, no pudiendo ya contenerse, se levantó para salir; todos la imitaron, y hubo unos instantes de confusión mientras se despedían; merced a ella Miguel se acercó disimuladamente a su hermana, y, sin saber cómo, sin mirarse siquiera, sus manos se encontraron y se dieron un apretón furtivo y apasionado. Jamás experimentó nuestro joven una emoción más dulce, ni fue tan feliz como en aquel momento; vinieron a sus ojos algunas lágrimas que tuvo que ocultar con el pañuelo. Julia, por su parte, estaba pálida y temblorosa, y apenas podía articular las palabras indispensables para despedirse. Cuando se fueron, Miguel quedó como si repentinamente le introdujesen en un calabozo lóbrego; no vio, ni oyó nada de cuanto había a su alrededor, y, sin vergüenza alguna de que le observasen, se echó a llorar como un niño y se despidió también.

XII

Averiguó que su madrastra había venido a vivir a Madrid para cobrar más puntualmente la viudedad, y que habitaba un cuarto tercero en la calle del Barco; esto le hizo sospechar que la hacienda de su pobre hermana había sufrido fuerte menoscabo, si es que no había volado enteramente. Tan luego como supo el domicilio de ellas se constituyó en asiduo paseante de la calle y comenzó a espiar los balcones de la casa con el celo y la insistencia del más rendido galán; pero los balcones permanecían herméticamente cerrados como los de un convento; por más que hizo nunca logró ver a Julia. Apeló entonces a los medios que suelen emplear los tenorios callejeros; sobornó a la portera y pudo cerciorarse de que su madrastra habitaba allí en efecto hacía tres meses; pero su hermana había ido a pasar una temporada al campo con unos amigos por no encontrarse bien de salud. Renunció por entonces a pasear la calle aguardando su regreso. Y al cabo de algún tiempo sucedió lo que vamos a ver.

Cierta tarde de verano hallábase Miguel sentado en una de las sillas del Prado con el cigarro en la boca disfrutando voluptuosamente de la amenidad del sitio y de la temperatura, que no podía ser más agradable en aquella hora. El vasto salón arenoso comenzaba a poblarse de los que como él salían después de comer a gozar del fresco. Nuestro joven, con mirada indiferente veía cruzar por delante de él grupos de señoras unas veces, otras paseantes solitarios, niños con sus ayos o niñeras; la disposición de su espíritu no era hacía ya algunos días tan alegre como antes; el encuentro con su madrastra le había perturbado bastante, inclinándole a los pensamientos serios y tristes. Los cuatro años de vida placentera le habían hecho olvidarse de entrar en sí mismo, recordar su historia, meditar sobre lo presente y lo porvenir. Al tropezar con aquellos restos de su familia despertaron súbitamente en su alma mil recuerdos dolorosos y alegres de la infancia, presentimientos y dudas que le tuvieron por algún tiempo melancólico. Hallábase, pues, enfrascado en tristes cavilaciones, como ordinariamente le acaecía siempre que estaba solo, cuando acertó a ver a lo lejos dos señoras, cuya figura le trajo a la memoria en seguida a su madrastra y hermana. Según fueron acercándose, pudo cerciorarse de que no eran otras. Le dio un salto el corazón, y vaciló un instante entre marcharse antes que llegasen o permanecer en su sitio. Optó al fin por esto último y aguardó. Pronto le divisaron, porque había pocas personas sentadas; la brigadiera arrugó la frente en testimonio de desagrado y pasó sin dirigirle una mirada. Julia también cruzó sin mostrar que reparaba en él; mas a los pocos pasos volvió la cabeza, y a espaldas de su madre le envió una sonrisa y le hizo una serie de muecas y saludos afectuosísimos, aunque reprimidos; después con rápido y gracioso ademán acercó la mano al pecho, arrancó un clavel que llevaba y lo tiró al suelo. Miguel corrió al instante a recogerlo; al bajarse sintió unos pasos precipitados detrás y vio frente a sí al levantarse a un cadete de Estado Mayor, flaco y larguirucho como una espina, quien le dirigió una mirada torva y colérica y hasta tuvo conatos de abocarle; pero después de vacilar un instante siguió caminando aunque volviendo a menudo la cabeza para mirarle de arriba abajo con expresión nada pacífica. Miguel, sin hacerle caso, cambió todavía de lejos una sonrisa con su hermana y llevó el clavel a los labios.

Cierto, no dejaba de ser interesante la situación de ambos hermanos, obligados para testimoniarse su cariño a esconderse como dos amantes contrariados y a emplear toda la astucia y disimulo que éstos usan. Miguel sabía apreciarla y la gustaba, y hasta se placía e interesaba en ella, por más que la deplorase con interminables lamentaciones cuando se hallaba entre amigos. Comenzaron a escribirse por medio de la portera, se hacían señas desde el balcón y la calle respectivamente, citábanse para las casas conocidas, y burlando la vigilancia de la terrible brigadiera, se daban besos apasionados en los corredores. ¡Cuántas veces en sus cartas se hizo mención de aquel día infausto en que Miguel dejó caer a su hermanita sobre el borde de la cuna! ¡Cuántas hablaban de la particular afición que Julita tenía a despeinarle! Miguel le escribía: «Aún siento, picaronaza, tus manos entre mis cabellos y aún me duelen los tirones que me dabas. Media hora por lo menos tardaba tu doncella Rosalía en ponerme la cabeza como la de un querubín; y tú ni un segundo siquiera en dejármela como una selva enmarañada! ¿Conservas fidelidad a los gatos? Si la raza felina no te ha hecho apurar la copa del desengaño, te proporcionaré cuando quieras un variado concierto: aún mayo con bastante afinación.» Julia le contestaba: «Si piensas que se me ha quitado la manía de despeinarte, te equivocas. Cuando te veo en los salones tan perfumado y elegante, hecho un dije de reloj, ¡no sabes lo que daría por achucharte, por chafarte la camisa, por meter las manos entre esos pelos tan rizaditos y engomados ¡simploncillo! y ponerlos tiesos como un escoba! Eres tonto de remate; como sabes que eres guapo no hay quien te sufra...»

Al fin Miguel halló el medio de reconciliarse con su madrastra. El cariño cada día más grande a su hermanita le hizo pensar que la había despojado de una parte considerable de fortuna: su padre no había obrado con toda justicia al mejorarle: las mujeres necesitan siempre un dote proporcionado a su educación, porque no pueden vivir de su carrera como los hombres. «Después de todo, se decía, aunque mi padre me quisiera mucho, no hay duda que al redactar el testamento ha obedecido en cierto modo al deseo de venganza. ¿Y qué culpa tiene mi pobre hermana del carácter altivo y dominante de su madre?» Por otra parte, le dolía verla en un cuarto tercero viviendo con relativa estrechez mientras él gozaba de todos los atractivos del lujo. Estas imaginaciones fueron labrando en su cerebro una decisión que al cabo formuló por escrito en carta a su madrastra: escribiole sin decir nada a Julia suplicándole le concediese una entrevista «para tratar de asuntos que a ella y a su hija interesaban mucho.» La carta, aunque seria, era afectuosa y dejaba traslucir intentos generosos y deseos vivos de reconciliación. La brigadiera le contestó muy atenta citándole para el día siguiente a las tres de la tarde en su casa. Aquella noche apenas pudo dormir nuestro joven bajo la obsesión de mil pensamientos afanosos y cambios súbitos de temor y de alegría: los nervios se le desbocaban fácilmente y no era poderoso a sujetarlos.

Después de almorzar, o de haber intentado hacerlo, porque apenas pudo pasar bocado, después de haberse vestido con pulcritud, después de haber estado algunos minutos en el café tomando maquinalmente una copa, de chartreusse, se encaminó con paso vivo a la calle del Barco, imaginando lo que había de decir a su madrastra y gozando con la grata perspectiva de la reconciliación. Al llegar a la esquina de la calle de la Puebla procuró refrenar el paso y tranquilizarse: mas al doblar la del Barco alcanzó a ver a lo lejos aquel cadete desgalichado que tan ferozmente le había querido interrumpir cuando recogió en el paseo el clavel de su hermana. Ya le había tropezado otras muchas veces en la misma calle con los ojos puestos en el balcón de Julia.

El cadete, al verle pasear la misma calle y al parecer con los mismos intentos, le arrojaba miradas provocativas, cencellantes, cargadas del tradicional desprecio que el elemento militar ha sentido siempre hacia el civil tratándose de empresas amorosas. Pero Miguel, con la imprevisión temeraria de la juventud, hacía caso omiso de este desprecio, y solía contestar a aquellas miradas con una sonrisa dulce y un si es no es burlona que iba amontonando la cólera en el pecho del feroz cadete. La tempestad rugía ya sobre la cabeza de nuestro joven, y él seguía tan sosegado como si estuviese bajo un cielo azul y sereno. Como caminaban en sentido contrario no tardaron en acercarse y pasar uno al lado de otro, repitiéndose la misma torva mirada por parte del militar y la idéntica sonrisa por la del paisano. Miguel cruzó a la acera de enfrente para entrar en casa de la brigadiera; mas antes de efectuarlo oyó una voz cavernosa a su espalda:

—Cabayero; oiga V.

Volviose y se encontró frente a frente del cadete.

—¿Qué se le ofrecía a V.?—le preguntó sonriendo.

El cadete vaciló un instante, puso sus ojos sanguinarios en el suelo y dijo con voz bronca de adolescente que está en la muda:

—Cabayero, quisiera saber si V. está «en relaciones» con esa chica del número quince...

—¿Del número quince?—dijo Miguel, más risueño aún.

—Sí señor, cuarto tercero.

—Pues en efecto, estoy en muy buenas relaciones; sí señor.

Hubo unos segundos de silencio. El hijo de Marte, apesar de su innata ferocidad, quedose un poco turbado. Al fin rompió a trompicones diciendo:

—Pero bien... esas relaciones... yo hace tiempo que la hago el oso... quisiera saber si es V. novio...

—¡Ah! eso es otra cosa: para que yo sea novio de ella hay una pequeña dificultad; y es que soy su hermano.

El cadete levantó los ojos, donde se pintaba el asombro, la alegría, la duda y algunas otras emociones secundarias que sería prolijo enumerar.

—¿Pero de veras es V.?...

—De padre nada más; no se asuste V.

Al cadete no le hizo efecto esta rectificación; siguió expresando con los ojos los mismos sentimientos, con idéntica viveza. Después, acometido súbito de una idea, la de que aquel paisano «se estaba quedando con él» se puso otra vez fruncido y enfoscado y volvió a sacar la voz de las profundidades de su pecho.

—Cabayero, yo no consiento que nadie se guasee conmigo.

—Hace V. perfectamente; aplaudo esa decisión.

—Es que... yo no creo que V. sea hermano de esa señorita...

—También está V. en su derecho; si le repugna creerlo, nada, nada, por mí no se violente V.

—Es que yo...

—Siento en el alma no traer la fe de bautismo en el bolsillo; pero si V. no tiene cosa más urgente que hacer, puede pasarse por la sacristía de la iglesia de San Ginés y allí le enseñarán el libro parroquial donde consta mi nacimiento y el de mi hermana... Si V. desea una tarjeta para el sacristán se la daré... ¿No la quiere V.?... Bien, pues V. me dispensará, caballero; me aguardan en este momento... Miguel Rivera, para servir a V....

Y giró sobre los talones y se metió pugnando por no reír en el portal de la casa de su madrastra. Una vez dentro de él, quedose repentinamente serio al pensar que antes de tres minutos iba a encontrarse frente a ésta. Era un momento solemne. Subió lentamente la escalera, creciendo su emoción a cada peldaño que iba salvando. Cuando llegó arriba estaba tan conmovido que no se atrevió a que le viesen en aquel estado: descansó algunos momentos procurando serenarse, y después que lo hubo conseguido a medias, cogió el llamador con mano temblorosa, tirando de él suavemente. Esperó un rato sin que nadie viniese: cuando ya iba a tirar segunda vez, oyose una voz adentro que decía con tono imperioso:

—¡Que han llamado!

Le dio un vuelco el corazón: era la voz de su madrastra. Al instante se abrió el ventanillo y le preguntaron:

—¿Qué deseaba V.?

—¿La señora viuda de Rivera?...

—Sí señor—dijo la criada abriendo la puerta.

En aquel momento Miguel estaba, sin saber por qué, completamente sereno.

—¿Cómo es su gracia?

—Miguel Rivera.

—Voy a avisar: tenga V. la bondad de aguardar un instante.

En cuanto nuestro joven se quedó solo, oyó unos pasos vivos y menudos, y divisó en la esquina del corredor a Julia que asomó la cabeza nada más para ver quién era «la visita.» Al encontrarse con su hermano, descubrió todo el cuerpo y se quedó pasmada, estática, mirándole fijamente con marcada expresión de susto. Esta actitud hizo comprender a Miguel que la brigadiera nada le había dicho de la carta ni de la cita. Después avanzó lentamente hacia él manifestando siempre la misma sorpresa mezclada de terror, sin hacer caso de la sonrisa tranquilizadora de su hermano: cuando éste la tuvo cerca, avanzó también algunos pasos, y cogiéndola por la cintura, la dio un par de sonoros besos en las mejillas. Entonces el susto de Julia llegó a su colmo: se arrancó con extraordinaria violencia de los brazos que la sujetaban, se puso terriblemente pálida y se llevó el dedo a los labios, diciendo con voz de falsete:

—¡Por Dios, Miguel, por Dios... que está ahí mamá!

La criada apareció en aquel instante por el otro extremo del corredor.

—Puede V. pasar cuando guste, señorito.

Miguel hizo una mueca risueña a su hermana, le dijo adiós con la mano y se dirigió con paso firme a la sala, precedido de la criada, quien al llegar a la puerta levantó la cortina y le dejó el paso.

La brigadiera Ángela, que estaba sentada en una butaca, se levantó al ver a Miguel, pero no avanzó a su encuentro. Tenía la misma figura gallarda y arrogante, mas el rostro estaba notablemente ajado; dibujábase en torno de sus ojos un círculo grande azulado, y surcaban su frente dos profundas arrugas, señales que acreditaban la violencia y soberbia de su genio: los negros y sedosos cabellos que Miguel admiraba en otro tiempo, blanqueaban ya por tantos sitios, que eran más grises que negros: vestía una bata de seda, también ajada, y ajados estaban también los muebles de la sala, y ajadas las cortinas y la alfombra. Todo lo advirtió el hijo del brigadier de una sola pero intensa mirada, y no sin pena, recordando el antiguo esplendor de su casa.

—¡Oh, mamá! ¿cómo sigue V.?—dijo avanzando con efusión hacia ella.

—Bien, ¿y tú, Miguel?—contestó tendiéndole una mano.

Miguel, que iba decidido a abrazarla, se detuvo ante aquella actitud y se contentó con tomarle la mano y apretarla contra su pecho. Y reteniéndola aún entre las suyas, exclamó:

—¡Cuánto tiempo!...

—¡Mucho, sí!... Trae una silla y siéntate.

Pero Miguel, sin hacer caso, siguió en pie, y volvió a exclamar, arrasados los ojos de lágrimas:

—¡Pobre papá!

La mano de la brigadiera tembló un poco dentro de las suyas; pero soltándose en seguida, le señaló de nuevo una silla.

—Siéntate, Miguel, siéntate.

Obedeció, colocándose al lado de la butaca de su madrastra, y metiendo las manos entre las rodillas y la barba en el pecho, guardó silencio: algunas lágrimas le resbalaron lenta y calladamente por las mejillas.

—¿Hace mucho tiempo que has concluido la carrera, Miguel?—le preguntó en tono natural la brigadiera al cabo de un rato.

—Hace dos años nada más—repuso secándose los ojos con el pañuelo.

—¿Y qué te haces ahora?

Esta pregunta seca y hecha en un tono más seco aún, cortó la tierna emoción que embargaba a nuestro joven en aquel momento y le dejó un poco embarazado.

—Poca cosa... Me divierto lo más que puedo.

—Sí, sí, ya lo he sabido, que eres un joven a la moda.

—Las modas duran poco; pasaré como han pasado las trabillas y las corbatas de suela...

La conversación iba a tomar un sesgo demasiado frívolo, y Miguel lo cambió preguntando con interés:

—¿Y VV. qué tal se encuentran en Madrid, mamá?

—A mí me sienta bien este clima... a Julia no tanto.

—¡Pobrecilla!... acostumbrada al calor de Sevilla, el frío de este pueblo no le hará mucho provecho seguramente.

—Yo también estaba acostumbrada al calor cuando vine hace años, y sin embargo no me ha hecho daño;... depende de las naturalezas...

—¿Pero Julia se ha puesto mala aquí?—preguntó Miguel, aunque ya lo sabía.

—Ha tenido un catarrillo pertinaz, pero la he mandado a Mejorada unos días con mi prima Rafaela, y se ha puesto buena.

—Es una chica muy graciosa... ¡Caramba cómo se ha desarrollado, y qué monísima se ha puesto!

—Tus flores no tienen gran valor en este caso—dijo la brigadiera sonriendo nada más que con el borde de los labios.

—¿Por qué? ¿Porque soy su hermano?... No crea usted que influye tanto en mi juicio esa circunstancia; la juzgo desapasionadamente, como un extraño... como un joven a la moda—añadió devolviendo irónicamente a su madrastra el calificativo que le había dado. Y por si esto pudiera ofenderla, dijo después:

—Usted, mamá, debe escuchar con gusto que Julia es guapa, porque además de ser su hija, se le parece notablemente.

—Tampoco admito esa flor encubierta... ¡Te has vuelto muy galante, Miguel!—repuso la brigadiera dignándose sonreír afablemente.

Más había de galantería que de verdad en lo que aquél acababa de decir. Aunque la brigadiera había sido bella, acaso más que su hija, ésta no se le parecía sino en la forma de la frente, estrecha y delicada, y en la boca. Los ojos de Julia eran más chicos que los de su madre, pero más vivos, y de un mirar suave y halagüeño, que nunca los de ésta habían tenido; la nariz no era tampoco aguileña, sino recta y fina. En la figura aventajaba mucho la madre a la hija, y en el color también, para los que prefieren las blancas a las morenas. Julita era una muchacha más bien baja que alta, pero muy bien proporcionada; tenía el talle esbelto y airoso como pocos; todos sus ademanes eran vivos y resueltos y estaban impregnados, si vale la palabra, de una gracia singular; el color tostado en demasía, acercándose mucho al de las gitanas, con las cuales guardaba más de este punto de semejanza; los cabellos idénticos a los de su madre cuando tenía su edad, negros, sutiles y lustrosos, y cayéndole en rizos sobre la frente. No era la hermana de Miguel un dechado de belleza, o lo que es igual, no poseía la pureza y corrección de líneas generadoras de la armonía (la cual es más aparente que real algunas veces); pero en cambio llevaba en sus ojos, en su garbo, en su sonrisa, el brillo y la sal de Andalucía.

Miguel no sabía cómo dar a la conversación un giro elevado y noble, acomodado a los sentimientos que agitaban su alma. Hubiera querido hablar de su padre, de su bondadosísimo padre, a quien tanto había amado; de buena gana hubiera recordado también los pormenores de su infancia, por más que en ella la brigadiera no desempeñase un papel muy grato; dispuesto estaba a olvidar todas las heridas, todos los desdenes y acordarse únicamente de los cortos momentos de dicha que había disfrutado; hasta los castigos de su madrastra adquirían, con la velada luz de los años, y al través de la súbita ternura que se había apoderado de él, un aspecto maternal que borraba su injusticia; por su gusto se reiría, trayéndolos a cuento como hacen algunas veces los hijos cariñosos después que llegan a hombres. Pero la actitud reservada, aunque atenta y afable de la brigadiera, le imponía respeto y le cortaba los vuelos para desahogar el pecho. Por otra parte, deseaba también entrar en la cuestión de intereses y no se atrevía, temiendo ofender su orgullo. Después de hablar algunos minutos todavía en el mismo tono indiferente, más propio de una visita de amigo que de una entrevista tan grave y solemne como debía ser aquella, procuró encauzar la conversación hacia lo que quería, hablando mucho de sí mismo, de sus tristezas y de su porvenir.

—No son todo flores en la vida, mamá: aunque me encuentre en una posición desahogada y pueda disfrutar de los placeres que ofrece la corte a los jóvenes, no soy tan feliz como el mundo supondrá seguramente. Tengo muchísimos momentos de murria, de tristeza, acordándome de que vivo solo, que me falta el calor de la familia, el cual no puede reemplazarse con nada... Mi tío Manolo, ya sabe V. como es... muy bueno, muy cariñoso... pero... ocupado exclusivamente en divertirse... Y el hombre no vive sólo con el recreo de los teatros, de los cafés y de los bailes. Cuando hay un poco de corazón, se apetece otra cosa...

—¿Por qué no te casas?—dijo la brigadiera secamente y sin levantar la cabeza.

—El casarse no es un acto tan libre como parece a primera vista... Se casa uno cuando llega la hora y una porción de circunstancias se han juntado para ello... Casarse porque sí, por una determinación de la voluntad, sin haberse enamorado antes de una mujer y sin juzgarla digna de llamarla esposa, me ha parecido siempre insensato... Además, en Madrid, en las sociedades que yo frecuento, se encuentran muchas jóvenes bonitas, elegantes, que tocan el piano admirablemente, y cantan a veces como las tiples que se chichean en el Real, y a veces pintan acuarelas y paisajes al óleo demasiado verdes, y escriben cartas a los novios con bastante ortografía... pero buenas esposas y buenas madres de familia, ¿cree V. que se encuentran con tanta facilidad?

—¡Bah!

—No lo crea V., mamá... En fin, a mí no me ha llegado aún la hora... Y mientras que me llegue, lo estoy pasando mal. Me sobra gran parte de la renta que tengo, y si no hago mal uso, no sé qué hacer de ella...

Miguel guardó silencio un instante, y después de vacilar, dijo tímidamente:

—Si V. me lo permitiera, la partiría de buena gana con mi hermana...

—Bien—dijo la brigadiera con voz un poco temblorosa.

—¿Y consentiría V. que me viniese a vivir con ustedes?

—¿Por qué no?

—¡Oh mamá!—exclamó Miguel enternecido;—me hace V. feliz con esa respuesta. ¡Tengo unos deseos tan vivos de vivir con VV.!...—Y apoderándose al mismo tiempo de una mano de la brigadiera, la besó con efusión repetidas veces, mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.

—¡Vamos, que no me negará V. que tengo un corazón muy sensible!—dijo riéndose de su propia emoción, como tenía por costumbre.

A la brigadiera no le pareció bien esta salida y se quedó seria. Ni era fácil que penetrase jamás el verdadero carácter de Miguel, y lo que aquellos arranques significaban. No obstante, se mostró después todo lo amable y expansiva que le consentía su naturaleza, lo cual pudiera muy bien achacarse, sin ser mal pensado, a la promesa que Miguel acababa de hacer respecto a su fortuna, por más que ella en la apariencia no le hubiese concedido ninguna importancia. Mas el hijo del brigadier era tan dichoso con aquella reconciliación y con la perspectiva de vivir en la misma casa de su hermana, que prefirió creer que también su madrastra se enternecía y se gozaba en tenerle nuevamente por hijo.

Cuando más embebido se hallaba en la conversación, sintió que unas manos chiquititas le sujetaban la cabeza por detrás, y se la despeinaban con furia. Era Julia que había entrado de puntillas sin ser notada.

—¡Al fin has caído en mis manos! ¡Abajo los peluqueros!

—¡Y tú en las mías! ¡Arriba las niñas sevillanas!—dijo Miguel sujetándola para darla un beso.

—¿De dónde sacas tú, fatigoso, que yo soy de Sevilla?—repuso Julita con marcado acento andaluz, y comiéndose más de la mitad de las letras.—Yo soy gata, y muy gata, y porque soy gata, te araño y te arranco estos ricitos tan cucos de donde cuelgas los corazones.

—¿Hay alguno colgado?—preguntó Miguel riendo y dejándose sobar pacientemente.

—Vamos, basta, Julia—dijo la brigadiera sonriendo también.

—¡Oh, no!—contestó aquélla, siguiendo con más ardor en su tarea.—¿Tú te has figurado que se puede echar impunemente flores a una chica que no hace tres meses siquiera que ha llegado de Sevilla? ¡Y qué flores, Virgen del Amparo, qué flores tan cursis! ¡Que me he desarrollado! ¡Que soy muy mona!... Anda, tonto; ¿te figuras que sólo en Madrid se desarrolla la gente?

—¿Y cómo sabes tú que te ha estado echando flores?—le preguntó su madre, clavándola una mirada terrible.

Julia se puso encarnada hasta las orejas.

—Lo he oído por casualidad al cruzar por el pasillo...

—¿Casualidad, eh?—dijo la brigadiera con sonrisa sarcástica.—Pierde cuidado, que ya me encargaré yo de que no se repitan esas casualidades.

Julia se turbó ante la amenaza de su madre: quedose un momento pensativa y triste; pero en cuanto aquélla bajó la cabeza para continuar su labor, hizo un mohín gracioso y alzó los hombros en señal de indiferencia. Colocada en pie al lado de su hermano, siguió acariciándole los cabellos y la barba. Miguel se había quedado también repentinamente serio. Al cabo de un momento, Julia, metiéndole la boca por el oído, le dijo muy quedo:

—Mira, vamos a sentarnos al sofá y podremos hablar lo qué queramos... Lo haremos con disimulo; aguarda un poco.

Y después de acercarse al balcón y echar una ojeada a la calle, dijo en voz alta:

—Miguel, tú no has visto los retratos que nos hemos hecho últimamente mamá y yo, ¿verdad?

—Como no hubiera ido a casa del fotógrafo, es difícil...

—Voy a enseñártelos ahora mismo: verás también los de nuestros parientes de Sevilla... Tengo unas primas muy guapas: a ver si te conviene alguna.

Y salió corriendo de la sala.

—¡Qué chiquilla tan viva!—exclamo Miguel volviéndose a su madrastra.

—Sí, muy viva y muy insufrible—repuso ésta con mal humor.

—Es la edad—dijo Miguel, a quien parecía imposible que la brigadiera no hallase graciosa y amable a su hija.

—Nada de eso: ya ha cumplido diez y seis años, y cada día está peor.

Julia entró con un álbum en la mano.

—Ven aquí, al sofá, Miguel, y ten ánimo para ver nuestra colección de fieras.

—Enséñame primero tu retrato y el de mamá para que me infundan valor.

—Aquí los tienes—dijo sentándose al lado de su hermano.—Mira a mamá ¡qué bien está!—Tan guapetona como siempre—añadió guiñando un ojo y apuntando con los labios a su madre, que estaba sentada de espaldas a ellos.—¿No te apetece darla un beso?... Vamos, dáselo...

Miguel acercó, riendo, los labios al retrato. Julita quería desagraviar a su mamá. Ésta, sin levantar la cabeza, y en un tono entre alegre y displicente, exclamó:

—¡Ah, aduladora! Ya sabes que me empalaga el dulce.

Julita hizo otra mueca, se rió, y presentando con extraordinaria viveza su retrato a Miguel, le dijo:

—Eh, ¿qué tal?

—Admirablemente.

—¿No es verdad que con esta mantillita blanca y estos rizos por la frente y estos ojillos entornados, soy capaz de dar el opio a cualquiera?

—Sí, a cualquier cadete—repuso su hermano por lo bajo.

Julita quedó un segundo suspensa, y se puso otra vez encarnada; pero reponiéndose en seguida, le dio un pellizco, diciendo:

—¡Ah granuja! ¿Qué correo de gabinete te ha venido a dar la noticia?

—¡Y yo que soñaba para ti lo menos con un coronel!—siguió en voz baja y reprimiendo la risa.

—¡Ya llegaremos allá!

—¡Diablo! es menester que se pronuncie antes siete veces lo menos; y te lo pueden escabechar fácilmente.

—¡Pobrecillo de mi alma!—exclamó Julita poniendo la cara triste.

—¿Pero le quieres de veras?

—Un poquito.

—Pues él también te quiere a ti: al entrar en esta casa hace un momento, me vino a preguntar con semblante fosco si yo te galanteaba.

—¡Qué tonto!—exclamó la niña roja de placer.—¿Y tú qué le dijiste?

—Que no podía aunque quisiera, porque era tu hermano.

—¿Y él que ha dicho?

—¿De veras es V. hermano de esa joven?

—Y tú, ¿qué dijiste entonces?

—Y tan de veras, aunque de padre nada más.

—Y él ¿qué dijo a eso?

—¡Chica, no me acuerdo!—manifestó Miguel soltando a reír.—¡Qué graciosa estás con eso de qué dijiste y qué dijo!

Julia estaba tan interesada y pendiente del relato de su hermano, que no se había dado cuenta de aquellas repeticiones. Quedose un poco cortada; pero concluyó en seguida por reírse de sí misma.

—Mira el retrato de tío Joaquín—dijo en voz alta.—Vivíamos en Sevilla muy cerquita de su casa. Es fiscal de la Audiencia y tiene las tres hijas que vas a ver... ésta es la primera, Sofía.

—¡Uf qué fea!... Dispénseme VV., no he podido remediar este grito...

—Di lo que gustes—manifestó la brigadiera.—Hace ya tiempo que estamos todos en ello.

—Mira la tercera, Gertrudis.

—Pues ésta es más fea aún.

—Aquí está la segunda, Lola.

—¡Demonio, esta es verdaderamente horrible!

Julia se echó a reír diciendo:

—En Sevilla las llaman «las tres circunstancias agravantes.» A la primera Premeditación, a la tercera Alevosía, y a la segunda Ensañamiento, por orden de fealdad.

—Tiene gracia... Cualquier día me voy a Sevilla por una de ellas. ¿Y son esas las primas de que me hablabas?

—No, hombre no: éstas son tías... primas segundas de mamá... Por supuesto, te lo digo en reserva, porque si ellas supieran que yo ando propalando este secreto, serían capaces de asesinarme, ¿no es verdad, mamá?

—Pues que quieran o no—respondió la brigadiera,—son tus tías, y la menor pasa ya de los treinta.

—Oyes, Julia—dijo Miguel hablando otra vez en voz baja.—¿Se te ha declarado ya ese...?

—El otro día me puso una carta en la mano; pero yo la dejé caer.

—¿Pues?

—Es un tío lila, ¿sabes?

—¿Pero no acabas de decirme que le quieres?

—¡Qué sé yo si le quiero!—dijo alzando los hombros con displicencia.

—Pues eres la más interesada en el asunto.

—Desde un día en que le vi de paisano con unos pantalones muy cortos, se me ha quitado bastante la ilusión.

—No te apures por eso, chica; es que está creciendo aún... debes alegrarte.

Siguió la conversación todavía un buen rato. Miguel prometió traer al día siguiente sus maletas. Julia, brincando de alegría, le enseñó el gabinete donde iba a dormir en tanto que no se buscase una casa más capaz, como acababa de convenirse entre ellos. Al fin se despidió lleno de gozo, prometiendo venir a buscarlas de noche para llevarlas al teatro.

Al poner el pie en la calle, cortó repentinamente el hilo de sus risueños pensamientos el ver apostado en la acera de enfrente, y en actitud de espera, a lo que podía sospecharse, al cadete enamorado de su hermana.—«Vaya, me parece que voy a tener que andar a pescozones con este majadero»—se dijo. Pero muy contra lo que presumía en aquel momento, el cadete salvó rápidamente la distancia de una acera a otra y arremetió con él con los brazos abiertos, la cara sonriente y rebosando de júbilo.

—Déjeme V. que le abrace, D. Miguel—y lo hizo sin aguardar el permiso.—Acabo de saber, por la portera, que es V., en efecto, hermano «de esa chica,» y me pesa muchísimo de haber tenido con V. esa cuestión...

—¿Qué cuestión?

—La que tuvimos, antes de entrar V... ¡Caramba, si yo lo hubiera sabido!... ¡Cómo había de atreverme! Por Dios, me dispense V.

A Marte, al decir esto, se le había suavizado notablemente la expresión del semblante: la voz tampoco era tan profunda.

—No tengo por qué dispensar a V.—contestó Miguel, zafándose de sus brazos y mirándole entre risueño y admirado.

—¡Y yo que pensaba que era V. mi rival! Le estuve a V. esperando más de dos horas: no quería marcharme a casa sin darle una satisfacción... He perdido la academia por ello.

—Lo siento mucho y se lo agradezco; pero no había necesidad.

—Ahora voy a pedir a V. un favor—dijo vacilando un poco.

—Usted dirá.

—Que venga V. conmigo a beber una botella de cerveza al Suizo.

—No me gusta la cerveza.

—Quien dice cerveza, dice cognac, marrasquino, chartreusse..., en fin, lo que V. guste.

—No tengo inconveniente en ello: lo que sentiré es que, por mi causa, pierda V. alguna otra clase.

—No señor, ya las he perdido todas.

—Pues vamos allá.

Y se emparejaron caminando en dirección al café Suizo. El cadete le dejó respetuosamente la acera.

—Mozo, una copa... ¿de qué, D. Miguel?

—De agua.

—¿Cómo de agua?—dijo sorprendido y un tanto amostazado.

—Es lo único que me apetece en este momento.

—¿Pero?...

—¿No quería V. antes darme una satisfacción?

—Sí señor.

—Pues deme V. ahora la de dejarme beber agua, puesto que tengo sed.

—Bueno; si V. se empeña...—Y dirigiéndose al mozo con voz ronca de mando:

—Con azucarillo y gotas, ¿entiendes? A mí una copa de ron. Tráete además los cigarros, para que escojamos.

Se habían sentado uno frente a otro. El cadete, siempre galante, había obligado a Miguel a sentarse en el diván, mientras él se había acomodado en una silla. Examinábale aquél atentamente sin quitarle ojo, mostrando en el semblante tal gravedad, que a leguas se adivinaba que era forzada. Realmente el cadete era un ser curioso en su aspecto físico. Por su delgadez parecía montado en alambres; tan rubio, que casi daba en albino; el cuello largo como el de las girafas, y con una nuez... Miguel no había visto jamás nuez tan desmesurada: de todo el individuo era lo que preferentemente llamaba su atención.

Vino el mozo con el servicio y los cigarros. Utrilla, que así se llamaba el cadete, se empeñaba en que Miguel escogiese uno.

—No puede ser, querido: esas brevas son demasiado fuertes para mí; yo gasto unos cigarros más flojos... aquí tiene V... si V. gusta...

—Muchas gracias: yo necesito que pique un poco el tabaco; lo flojo no me sabe a nada...

—¡Milagro será—pensó Miguel—que tú te tragues esa copaza y esa breva!

—Pues como le iba diciendo, Sr. Rivera—manifestó Utrilla, comenzando a pegar feroces chupetones al cigarro,—no sabe V. lo que a mí me alarmó verle pasear la calle de su hermanita. En seguida se me subió el tufo a las narices... Los militares somos así... Y dije para mí, entonces: Hay que cortar esto por lo sano y jugar el todo por el todo: o tú o yo. ¿A qué vienen esas rivalidades en que los dos se están odiando, y sin embargo, se aguantan un día y otro sin decirse una palabra? Eso lo puede hacer muy bien un paisano, pero un militar... creo yo... V. bien me comprende. Así que ¡zás! en cuanto vi la cosa seria, me fui derecho al bulto y me aboqué con V...

—Y si yo no hubiera sido hermano de Julia y la galantease, ¿qué hubiera V. hecho?

—Pues nada... hubiéramos ido al terreno.

—¿A qué terreno?

—Al del honor. Nosotros, los militares, estamos más comprometidos que VV., los paisanos, cuando llegan estos casos. A nosotros el uniforme nos obliga a no transigir...

—Con que una muchacha prefiera a otro, ¿verdad?

—No señor, no es eso; entre nosotros hay ciertas leyes... Lo que en otro cualquiera no es cobardía, pongo por caso, en uno de nosotros lo es... Luego hay el espíritu de cuerpo... Si los compañeros saben que V. no ha quedado encima en cualquier cuestión, le dejan de saludar y le obligan a salirse del cuerpo... La verdad es que la milicia es una cosa muy seria, y que no se puede jugar con ella.

—Mucho—afirmó Miguel gravemente, lanzando al aire una bocanada de humo.—¿Y cuánto tiempo hace que es V. militar, Sr. Utrilla?

—En la academia—respondió el cadete después de vacilar un poco y toser—no llevo más que seis meses... pero me he estado preparando antes dos años con un comandante del cuerpo... y en realidad, desde que uno entra en la academia preparatoria, ya se le considera como militar.

—Mucho—volvió a afirmar Miguel inclinando la cabeza.

—Dentro de quince días nos examinamos del primer semestre; si salgo bien, me faltarán cuatro años y medio nada más para salir a teniente del cuerpo...; por supuesto, si no pierdo algún semestre. Hacen falta oficiales; de modo, que lo más probable es que no aprieten mucho... Además, estos quince días pienso estar empollando el álgebra. Soy un hombre muy especial. ¡Caramba, si no fuera su hermanita, algo mejor andaría yo de ella! En dibujo estoy bastante bien... ¡claro, como que mi padre me ha hecho dibujar desde los diez años! En topografía tampoco ando mal. Al único que tengo miedo, es al tío del álgebra... ¡Es un tío más marrajo y más seco! Sale uno al encerado a exponer un teorema, y a lo mejor se equivoca, porque es muy fácil equivocarse... ¿V. cree que se lo advierte? ¡Nada! El muy perro se queda serio como un poste, y V. no sabe que se ha equivocado hasta el fin, después de una hora...

Miguel le escuchaba distraído, pensando en su hermana y en su madrastra, echando cálculos alegres sobre la vida feliz que iba a hacer en su compañía, recordando con placer los pormenores de la entrevista que con ellas acababa de tener.

Cuando el cadete hizo una pausa, le preguntó por hablar algo:

—¿Y V. es natural de Madrid?

—Sí, señor; he nacido aquí, y aquí me he criado... Mi padre tiene una fábrica de bujías esteáricas en las afueras, cerca de los Cuatro Caminos... acaso V. la haya visto... ¿no?... pues si V. va por allí algún día de paseo, no tiene V. más que preguntar por mí, y le dejarán pasar a verla. O mejor será, que el día que V. quiera ir allá, me avise, y le acompañaré, con tal que sea después de los exámenes. Mi padre es viudo, y tiene tres hijos; el último de ellos soy yo; mi hermano primero es el que corre ahora con la fábrica; mi hermana Eugenia está casada con un agente de Bolsa... A mí también quería meterme mi padre en estos líos, pero yo soy un hombre muy especial; basta que me manden una cosa, para hacer la contraria. A mí siempre me gustó mucho la vida del militar; hoy aquí, mañana allí, unas veces con mucho dinero, otras veces sin una peseta.

—¿De modo, que a V. le gustaría viajar, conocer países?

—Sí, señor, muchísimo; yo soy un hombre muy especial en eso.

—¿Y qué necesidad tiene V. de hacerse militar para ello? ¿No se puede viajar de paisano?

—Claro; habiendo dinero... Pero a mí me gusta viajar de cierto modo; estando en un pueblo quince días, en otro un mes... y luego que siendo uno militar, en todas partes se le recibe con los brazos abiertos... Las chicas se mueren por el uniforme... ¡Es una tontería, por supuesto!—añadió sonriendo y dejando bien traslucir que no la tenía por tal, sino por una prueba grande de sabiduría.—Mire V., a mí no me gusta el uniforme; soy un hombre muy especial. Los primeros días, me lo ponía con entusiasmo; pero ahora ya me apesta... Además, como uno tiene que saludar a todos los oficiales, ¡y hay tantos en Madrid!...

El cadete siguió todavía bastante rato hablando de sí mismo con voz de bajo profundo, contándole cien mil cosas que no le importaban nada, y afirmando a cada instante que era un hombre muy especial. Miguel no podía adivinar en qué consistía esta especialidad, como no fuese en la nuez, que, en efecto, cada vez le parecía más especial. Observó también que estaba un poco más pálido que al principio, lo cual le movió a preguntarle por dos veces si se sentía mal, pero el cadete afirmó rotundamente que se encontraba admirablemente. No obstante, allá a lo último, se puso en pie, confesando que la atmósfera del café estaba algo pesada y que sería bueno dar una vueltecita entre calles, a lo cual accedió muy gustoso su compañero.

Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero éste, sea porque juzgase a Miguel con más edad y carácter para el caso o por otra causa que no es fácil adivinar, rechazó el dinero que el cadete le ponía en la mano y tomó la moneda que aquél le ofrecía. ¡Aquí fue Troya! El cadete se indignó con esta acción, de un modo indecible, se puso aún más pálido de lo que estaba, echó tres o cuatro ternos redondos con la voz más cavernosa que halló entre sus registros, y amenazó con estrangular al mozo acto continuo. Esfuerzos inauditos costó a Miguel sosegarle, y solamente lo consiguió con la promesa de que vendría otro día a tomar cualquier cosa para que él la pagase. Apesar de esto salió del café taciturno y sombrío; aquello de que Miguel hubiese pagado siendo él quien le invitara, parecíale el colmo de la humillación. Todavía cuando iba en dirección a la puerta cruzando por entre las mesas, se volvió dos o tres veces para lanzar una mirada de desafío al mozo, que ya estaba sirviendo a otros parroquianos sin hacer caso.

Una vez en la calle, Utrilla se mostró mucho menos locuaz. Miguel se vio precisado, para sostener la conversación, a hacerle preguntas a las cuales contestaba cada vez con más concisión. Al poco rato se detuvo repentinamente y manifestó que no se sentía nada bien. Decir esto y arrimarse a un portal y echar los hígados por la boca, fue todo uno.

—¿Le habrá hecho a V. daño el cigarro?—le preguntó Miguel.

—¡Cá, no señor!... No comprendo lo que pudo ser... Acaso el ron que me dieron estaría malo.

—Sin embargo, el cigarro... V. escupía mucho...

—No señor, no; estoy acostumbrado.

Viéndole aún bastante pálido y desfallecido, Miguel llamó a un coche de punto, le hizo subir a él y le condujo a su casa, situada en la calle del Sacramento. El cadete, apesar de su mal estado, quería descoyuntarse dándole las gracias.

FIN DEL TOMO I


RIVERITA

NOVELA DE COSTUMBRES

POR