ARMANDO PALACIO VALDÉS
MADRID
TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ
Libertad, 16 duplicado
1886
TOMO II
I
Miguel no fue tan feliz como había imaginado viviendo con su madrastra. Aunque Julita le proporcionaba con su alegría infantil y cándido donaire gratísimos momentos, estaban amargamente compensados éstos por el malestar que le producía el carácter rígido, inflexible, de la brigadiera. Este carácter no tenía ocasión de manifestarse con él, porque evitaba escrupulosamente todo motivo de choque o disgusto; pero se mostraba en toda su violencia y a cada hora del día con su hija Julia. No podía hacer la pobre niña nada, fuese tuerto o derecho, que mereciese su aprobación; era un ordenar constante de la mañana a la noche, primero una cosa, después otra, a menudo cosas contrarias, lo que producía disgustos, conflictos y escenas ruidosas. Julia tenía ocupados todos los minutos del día; cinco horas de piano, dos de bordado, dos de estudio, etc. Por nada en el mundo podía infringirse este régimen despótico: la menor infracción costaba muchas lágrimas. Si por impaciencia, o arrastrada de su genio vivo y desenfadado, contestaba alguna cosa que oliese de cien leguas a falta de respeto, ya podía prepararse: la brigadiera se erguía como una fiera, la llenaba de insultos, y olvidándose a menudo de lo que debía a su propia dignidad, y apesar de los años de Julita, la pellizcaba cruelmente, la abofeteaba y la tiraba de los cabellos:—«¡A su madre no se contesta jamás; se obedece y se calla, aunque no tenga razón!»—Eran las palabras que siempre salían de su boca en casos tales. La brigadiera tenía de la patria potestad la misma idea que los romanos; no había límites para ella. Cuando se efectuaba alguna de estas escenas, y por desgracia eran demasiado frecuentes, siempre concluían del mismo modo: Julita se iba a llorar la reprensión, los pellizcos o las bofetadas a su cuarto; su madre no volvía a hablar con ella, ni a dirigirle siquiera una mirada: para que hubiese reconciliación, era necesario que Julia fuese a ponerse de rodillas delante de ella, y cruzadas las manos en el pecho, como estaba acostumbrada desde niña, la pidiese perdón. Sólo así lograba entrar en su gracia.
Poco tiempo después de haberse trasladado Miguel, fue testigo de una de las más repugnantes escenas de este género. Cuando terminó con el piano una mañana, Julita se fue al comedor, y motu propio, por su extremada inclinación al aseo, sacó toda la vajilla de los armarios y se puso a limpiarla esmeradamente y a colocarla de nuevo en su sitio. Empleó en la tarea mucho más tiempo de lo que había imaginado: cuando tornó al gabinete donde su madre se hallaba, ésta le preguntó con la aspereza acostumbrada si había cosido un vestido que se le había roto el día anterior.
—Todavía no—contestó Julita tranquilamente.
—¿Y qué te has hecho toda la mañana? ¡holgazana! ¡más que holgazana!—exclamó la brigadiera con ira.
Julia, que estaba muy ufana de su labor y que pensaba dar una sorpresa agradable a su madre, le dijo riendo:
—¿Mamá, tiene V. vergüenza para llamarme holgazana?
Nunca lo hubiera dicho. La brigadiera, sin oír más, se lanzó sobre ella, la cogió por un brazo y la sacudió tan fuertemente, que la chica perdió el equilibrio y cayó al suelo, dando con la cabeza sobre un pie del piano: lanzó un grito y se llevó la mano a la cabeza, de donde corría un hilo de sangre. La brigadiera, terriblemente asustada, pálida como una muerta, se arrodilló cerca de su hija, la incorporó, y empezó a besarla frenéticamente, mientras Miguel iba corriendo a su cuarto en busca del frasco del árnica. Pusiéronla inmediatamente una compresa, sujetándola con una venda, y gracias a esto la herida quedó pronto cerrada. Julia no tardó en serenarse: su madre también se calmó poco a poco. Pero todavía mientras la quitaba la sangre de la cara con un paño mojado, no podía menos de dar suelta a su genio exclamando:
—¿Lo ves? Esto te ha sucedido por desvergonzada.
La brigadiera, aunque parezca extraño después de lo que acabamos de decir, amaba a su hija; pero la amaba a su manera, mortificándola sin cesar para plegarla de un modo incondicional a su voluntad. La voluntad era la facultad dominante, característica de su espíritu; todas las demás, el entendimiento, la sensibilidad, la memoria, estaban avasalladas por ella, hasta poder dudarse algunas veces de si existían. Ante el capricho más insignificante, la ternura y hasta el amor maternal huían a esconderse; pero sería injusto afirmar que estaba desprovista de ellos. La prueba es que en el momento en que su hija se ponía enferma, no se apartaba de ella un instante, ni de día ni de noche. Verdad es que, aun en tal estado, su voluntad no dejaba de seguir activa, haciéndole tragar las medicinas con terrible exactitud, no consintiéndole sacar un brazo fuera, ni dar tantas vueltas, etc., etc. Esto era irremediable. Además, para vestir a Julia con elegancia, para proporcionarle una educación brillante, no le dolía gastar todo su caudal, ni aun sacrificar sus propias comodidades. Mientras estuvo en Sevilla pudo competir en vestidos y sombreros con las hijas de las familias más aristocráticas. A esto se debía, por supuesto, la gran merma que sobrevino en la hacienda que el brigadier la había dejado.
No obstante el régimen severo en que su madre la tenía aprisionada y el feroz despotismo que sobre ella ejercía, Julia no era tan desgraciada como pudiera presumirse. La naturaleza la había dotado de un carácter alegre, bondadoso y algo tornadizo, y este carácter la salvaba de una desdicha cierta; las impresiones en ella duraban poco y se sucedían con pasmosa rapidez; pasaba con increíble facilidad del llanto a la risa, y de la risa al llanto; era incapaz de meditar sobre las injurias que la hacían, ni menos de guardar por ellas el más leve rencor. Además, como estuvo toda su vida bajo el poder y la vigilancia de su madre, no pensaba que hubiera más vida, y estaba tan acostumbrada a sus filípicas que, cuando no eran extraordinarias, las escuchaba como un ruido enfadoso, y se autorizaba una que otra vez, si el temporal no era muy recio, ciertas salidas graciosas, aunque atrevidas.
—Mamá, me ha dicho una persona bien enterada que en el purgatorio acaban de suprimir los pianos. Hasta allí se van mejorando las costumbres.—Mamá, ¿será faltarte al respeto decirte que hoy te has echado muchos polvos de arroz?—Mamá, si yo tuviese una hija, por lo menos un día a la semana, la dejaría dormir cuanto quisiera.
Estos donaires, cuando subían de punto, solían costarle bastante caros.
Miguel, a quien todo aquello cogía de nuevas, y que adoraba a su hermana, no podía sufrirlo con calma: cada vez que le tocaba ser testigo de una de estas escenas, padecía horriblemente y le costaba esfuerzos desesperados el reprimir sus ímpetus y no hacer a la brigadiera alguna áspera advertencia. Pero comprendía que con esto no adelantaba nada; al contrario, pondría las cosas en peor estado, y se callaba tragando bilis o apelaba con timidez a los ruegos para conjurar la borrasca. Más de una vez pensó en irse de nuevo a la fonda; pero al instante su conciencia se rebelaba. ¿Esto no era egoísmo? ¿Qué adelantaba su hermana con que él no estuviese en casa? Por el contrario, sabía perfectamente que Julita se consolaba mucho teniéndole cerca, no sólo porque templaba algunas veces el rigor de su madre, sino también, y esto era lo principal para ella, porque desahogaba con él su pecho, porque la animaba, porque pasaba charlando deliciosamente muchos ratos en su compañía, porque se placía en arreglarle el cuarto, porque la llevaba con frecuencia al teatro y procuraba, en suma, por todos los medios que estaban a su alcance, hacerle más dulce la existencia. Por otra parte, tampoco Miguel era de natural melancólico, como ya sabemos; Julia y él se entendían admirablemente para bromear, reír, bailar y hasta brincar por la casa. Y como la alegría es contagiosa, algunas veces, muy pocas, también la brigadiera participaba de ella y sonreía a sus juegos. Miguel solía aprovechar esta buena disposición y osaba retozar con la fiera: cogiéndola súbito de la cintura la empujaba con alguna violencia y la hacía correr, a su pesar, por la sala o el corredor hasta fatigarla, sin hacer caso de sus protestas.
—¡Estate quieto, Miguel! ¡Basta, Miguel! ¡Mira que me fatigo!
La brigadiera, enfadada a medias, no podía menos de reírse. Miguel comprendía bien cuándo convenía soltarla.
—¡Eres un loco incorregible!... ¡Eres más chiquillo aún que tu hermana!
—Vamos, cállese V., señora, o volvemos a dar otros seis galopes.
—No, no, me marcho, porque eres muy capaz de hacerlo—decía riendo.
Estas sonrisas tenían para nuestros jóvenes el incalculable valor que tiene para los habitantes de Londres un rayo de sol en medio del invierno.
Miguel entregaba a su madrastra puntualmente la mitad de su renta. No se limitaba a esto su liberalidad: a menudo las hacía valiosos regalos, las llevaba al teatro y las obsequiaba de mil modos distintos. La casa se había montado sobre un pie más alto: vivían en un cuarto desahogado de la calle Mayor: en vez de la cocinera y la doncella que antes tenían, había ahora otros dos sirvientes más, una doncella para Julia y un criado para Miguel. La brigadiera aceptaba, sin embargo, la generosidad de su hijastro sin mostrar pizca de agradecimiento: al contrario, parecía que tomando su dinero o sus regalos le otorgaba un gran favor, le daba una prueba de confianza, y que él era quien estaba obligado por ello a guardarle eterna gratitud.
Algún tiempo después de vivir de aquel modo, tuvo nuestro joven otro encuentro, fecundo también en graves consecuencias. Aconteció que un día de Carnaval se disfrazó de máscara, y en compañía de otros dos amigos, se bajó al Prado. Vestía traje de chula, y ostentaba, para mayor regocijo de los mirones, un seno exuberante, embutido de algodón.
El salón rebosaba de gente; pocas máscaras, no obstante. Las que había, desfilaban entre los carruajes dando saltos para no ser atropelladas, y se montaban en la trasera de ellos, en el estribo, y a veces se sentaban al lado de los dueños para embromarlos. El grupo donde iba Miguel se quedó algunos minutos inmóvil presenciando el desfile e inquiriendo con la vista si entre las graves damas y caballeros que venían arrellanados en los landaux o mylords había algunos de sus conocidos a quien poder dirigirse. Uno de los compañeros atisbó al diputado Vidal que guiaba un tílbury, y escapó a colocarse a su lado, lanzando chillidos horrísonos. «¡Perico! ¡Perico! padre de la patria, aguárdame.» El otro tuvo la felicidad de ver a su novia en carretela y fue a colocarse de pie en el estribo. Quedó Miguel solamente en espera de algún amigo; pero no acababa de pasar. Conocía bastante de vista y de oídas a la mayor parte de las personas que ocupaban los aristocráticos trenes que cruzaban lentamente guardando fila, pero no trataba a ninguna: el barón de Aguilar con su señora, la marquesa viuda de Istúriz con su hija, después los señores de Pérez Blanco, en seguida el embajador inglés, luego la señora de Manzanillo con sus tres hijas, unas señoras que no conocía, un consejero de Estado próximo a ser ministro, el banquero Mendiburu con su señora y hermana, la generala Bembo:... a ésta sí la conocía. Era Lucía Población, aquella rubia tan espiritual, amiga de su madrastra, que había casado mientras él estuvo en el colegio con el coronel Bembo, ascendido hacía poco a general. D. Pablo estaba en Filipinas en un cargo importante; decíase que había ido allá a reponer su fortuna, quebrantada por las prodigalidades de su esposa. Vivía ésta en Madrid con sus tres hijos, gastando un arreo que confirmaba tal juicio. Además, en los últimos tiempos había dado bastante que decir con algunas historias galantes, lo que por otra parte la había elevado a la categoría de «mujer a la moda.» Miguel no había hablado con ella desde niño: y esto porque sabía que estaba hacía muchos años reñida con su familia. La había encontrado varias veces en los salones de la corte; pero como Lucía afectaba no conocerle, él tampoco se había decidido a saludarla. Sin embargo, no tenía contra ella queja alguna: en la ruptura de relaciones con su madrastra, estaba convencido de que la culpa era de ésta.
Viendo que no cruzaba ningún amigo, Miguel se decidió a pasar un rato con la generala.
—Lucía, Lucía, hermosa Lucía, déjame contemplarte un instante de cerca...
Y saltó sobre el estribo de la victoria en que iba la dama y se sentó a sus pies.
—He aguardado más de una hora para verte pasar y poder ofrecerte mi caja de dulces... toma.
—Gracias, máscara—dijo la dama con sonrisa de complacencia, abriendo al mismo tiempo la cajita de Miguel y sacando de ella una almendra con sus dedos enguantados.
—¡Qué envidia sentirán ahora los que me vean!
—¿Por qué?
—Porque voy sentado a los pies de la reina de la hermosura, la estrella Sirio de los salones de Madrid.
El joven exageraba. No obstante, Lucía era una de las bellezas que citaban los periódicos en sus revistas de salones y teatros. Los años no la habían hecho desaparecer; por el contrario, al redondear y abultar sus formas, habían dado a su figura una majestad que antes no tenía. Conservaba el rostro terso y nacarado: sus cabellos dorados no contenían aún ninguna hebra de plata: sus ojos límpidos, azules, tenían una expresión vaga de melancolía e inocencia que contrastaba singularmente con lo que de ella se decía, y que la comunicaba cierto misterioso atractivo. Vestía con extraordinaria elegancia.
Al aspirar la tufarada de incienso que Miguel le echó de improviso, una sonrisa placentera contrajo sus labios.
—¡Oh! máscara, eres muy galante, muy galante...
—No es galantería; es pura verdad: todo el mundo te admira en Madrid...
—Vamos, acepto eso como broma de Carnaval; pero te la agradezco, porque es delicada.
—Agradéceselo a Dios, que te ha hecho así... Aunque alguna parte también debió tomar el diablo cuando te ha formado, porque has hecho muchos desgraciados.
Y siguió un buen rato manejando el incensario: la generala sonreía siempre y se iba interesando cada vez más por la máscara. Cuando estuvo ya bastante preparada, el joven dio otro giro a la conversación, enderezándola por ciertos caminos peligrosos.
—¡Ay, Lucía, tú no sabes cuánto me has hecho pecar de pensamiento!
—¿Y por qué?—repuso la dama; en sus ojos brilló una chispa de malicia.
—Porque... porque... ¡bah! ¿Quieres que te lo diga?
—Sí, dímelo.
—No me atrevo; te vas a enfadar conmigo.
—No me enfadaré; dímelo.
—Sí te enfadarás; y yo quiero seguir siendo tu amigo... digo, tu amiga...
—¡Cuando te digo que no me enfadaré!... Vamos, me comprometo a ello formalmente; habla.
—¡Ay, Lucía! ¿Me lo juras?
—Te lo juro.
El joven se levantó, acercó su cabeza a la de la dama, y rozando con los labios su oído, dejó caer en él unas cuantas palabritas, que la hicieron prorrumpir en carcajadas. Miguel no esperaba tan buena acogida, y quedó un poco cortado; inmediatamente se repuso, y comprendiendo que la generala estaba curada de espantos, se enfrascó en una conversación libre y desvergonzada.
La generala, a cada nuevo equívoco o reticencia, mostraba mayor alegría, se desternillaba de risa y daba pie con sus ingeniosas y picarescas respuestas a que el joven se engolfase cada vez más adentro. Ya no pensó más en cambiar de sitio; se encontraba admirablemente a los pies de Lucía.
La generala quería averiguar quién era la máscara que tantas y tantas buenas cosas sabía.
—Soy tu lavandera, ¿no me has conocido?—respondía el joven.
—¡Oh, mi lavandera no es tan pícara como tú!
—La careta me hace ser pícara; sin careta soy muy inocente.
—Vamos, máscara, dime quién eres; has conseguido interesarme... si me lo dices, prometo guardarte el secreto.
El joven se obstinaba en sostener que era la lavandera; ambos se reían de aquel disparate. La noche iba cayendo; los carruajes ya dejaban el Prado, y la muchedumbre que se apiñaba en el salón se había enrarecido bastante.
La generala desplegó el abrigo y se lo metió con la ayuda de Miguel; pero no acababa de dar al cochero la orden de retirarse; la máscara había picado su curiosidad de mujer caprichosa, y buscaba una aventura con el deseo irritado de quien va a despedirse de ellas para siempre. Por último, Miguel se declaró: era un joven enamorado tiempo hacía, y que devoraba en secreto su amor sin esperanza, y sus celos. Nunca había tenido ocasión de acercarse a ella, y aunque la hubiera tenido, tal vez no la aprovechara, porque temía ser despreciado; con la máscara puesta, ya era otra cosa; no estaba embarazado por el miedo; se sentía con fuerzas bastantes para decirle en voz alta:
—Te adoro, Lucía, te adoro... te adoro... te adoro...
Y el joven repetía casi a gritos su frase, llamando la atención de las personas que pasaban cerca.
La generala reía a carcajadas y hallaba cada vez más divertida a su máscara; aparentando juzgarlo todo pura broma, dudaba en el fondo que no fuese verdad y sentía dulcemente acariciada su vanidad.
—¿Eres tan feo que no te atreves a decirme que me adoras, sin careta?
—Lo soy bastante; pero sobre todo soy un ser insignificante, indigno de que fijes en él tus hermosos ojos.
—Por lo pronto, máscara, tienes una cualidad bastante rara en el día: la modestia. Ya no eres, pues, tan insignificante.
—Cuando no hay mérito, la modestia no es virtud.
—Déjame comprobar yo misma si es verdad lo que dices. Alza un poquito la máscara.
—De ninguna manera; no quiero que te rías de mí.
—Aunque fueses feo, siempre quedarías como hombre agradable e ingenioso.
—Muchas gracias... pero no trago el anzuelo.
—Dime entonces tu nombre.
—¿Para qué?... no me conoces... me llamo Juan Fernández.
—Eso no es verdad.
Ambos quedaron silenciosos unos instantes. La generala estaba un poco despechada de la obstinación de Miguel: quería advertir en ella cierta indiferencia disfrazada con el velo del temor. La conversación la había animado también.
—Hace ya demasiado fresco y voy a retirarme—dijo en tono más grave; y después de una pausa, añadió con afectada desenvoltura:—¿Conque te resignas a ser mi adorador en secreto?
—Sí.
—No te envidio el papel; debe de ser poco divertido.
—¡Oh, es tristísimo! Pero le prefiero al de amante desdeñado.
—Si no te conozco, ¿cómo puedo darte esperanzas?
—Pues bien; ¿quieres conocerme?
—Ya te he dicho que sí.
—Mañana corresponde a tu turno en la ópera. ¿No es cierto?... El joven que veas con una camelia blanca en la solapa del frac, ese soy yo. Pero es condición precisa que tú lleves dos camelias también en la mano, una blanca y otra encarnada: si te gusto, deja caer la encarnada y quédate con la blanca; si no, haz lo contrario.
—Convenido.
—Hasta mañana, pues; adiós, adiós hermosa Lucía... Voy a pedir al cielo que seque esta noche todas las camelias encarnadas.
II
Mucho vaciló Miguel antes de resolverse a entrar, con la camelia blanca, en la sala del Teatro Real. ¿Qué diría la generala Bembo al ver a un muchacho a quien tuvo, más de una vez, sentado en su regazo, ofrecerse como amante? ¿Se indignaría? ¿Soltaría la carcajada? ¿Lograría despertar con su admiración y fidelidad alguna ternura en el pecho de la hermosa Lucía? Tales eran las dudas que le atormentaban mientras iba y venía, del foyer a la puerta de la sala, sin atreverse a poner el pie en ella. Levantaba cautelosamente la cortina para echar los gemelos a la generala, que estaba en un palco platea, más hermosa que nunca, relampagueando como escaparate de joyería: tornaba al foyer; daba tres o cuatro paseítos, se tiraba por el bigote hasta arancárselo; volvía a la puerta de la sala, se arreglaba el cuello de la camisa, echaba una mirada a la solapa del frac, donde artísticamente estaba colocada la camelia, y otra a la mano de la generala donde brillaban una blanca y otra encarnada; pero no acababa de decidirse. Lucía también estaba impaciente; lo observaba nuestro joven con placer; varias veces la había sorprendido echando una rápida e intensa mirada por todo el ámbito de las butacas, y había querido adivinar, en sus labios, cierta expresión de desencanto o disgusto.
Al fin hizo un esfuerzo supremo y se coló rápidamente en medio de la sala. Una vez allí, se encontró sereno, y poniendo con osadía los ojos en el palco de la generala, esperó. Al tropezarse con él la mirada de ésta, llevose la mano al sombrero y la hizo un saludo exagerado, fantástico, de los que tanto gustaban los mancebillos elegantes en aquella época. La generala contestó con afabilidad, y dirigió la vista a otro sitio; mas al volverla de nuevo hacia Miguel, al ver la camelia blanca en su frac y al observar su mirada fija, penetrante y un si es no es risueña, recibió tal sorpresa, que no pudo contestar a lo que, en aquel momento, le preguntaba un viejo militar que tenía a su lado. El hijo del brigadier notó el estremecimiento de sus manos y vio claramente que una ola de rubor había subido a sus mejillas, por más que hubiera vuelto rápidamente la cabeza hacia la puerta del palco:—«Ya eres mía,» pensó con la fatuidad propia de los jóvenes que aspiran a sentar plaza de seductores.
La generala tardó mucho en mirarle de nuevo; pero esto le importaba a él muy poco: sabía que el golpe estaba dado y que había sido certero, y esperaba confiadamente el resultado. En efecto, después de largo rato, durante el cual la generala afectó sostener una conversación animadísima con el militar, volvió la cabeza hacia la sala y paseó por ella la mirada sin detenerla en Miguel: a la otra vez, ya la detuvo un poco; a la otra, un poco más; a la otra, ya fue derecha a él. Estableciose entonces un tiroteo de miradas, que no cesó en toda la noche. La expresión de sorpresa y de vergüenza no acababa de desaparecer por completo del rostro de Lucía; pero esto le prestaba aún más atractivo. La camelia encarnada tampoco se deslizaba de sus manos. Miguel, cada vez más dueño de sí mismo, se atrevió a hacerle seña de que la arrojase: la generala bajó los ojos sonriendo, pero no hizo caso. Acaeció, no obstante, lo que era de esperar: allá al final del cuarto acto, cuando el tenor avanza hasta las candilejas para expresar con algún do de pecho la emoción que le embarga, y las señoras se levantan de sus asientos dejándose poner los abrigos por sus maridos, amantes o admiradores, la roja camelia cayó al suelo: la generala, con el abrigo ya puesto, se precipitó fuera del palco, sin duda para ocultar su confusión. Una sonrisa de triunfo contrajo los labios de Miguel, quien salió también velozmente fuera de la sala y se apostó en el vestíbulo esperando a Lucía. Al pasar ésta, rozando con él, aunque sin mirarle, deslizó en su mano una carta que tenía preparada. En ella se confesaba perdidamente enamorado: «una pasión de niño que el tiempo no había hecho más que trasformar y fortalecer:» la amaba, valiéndose de la expresión de Víctor Hugo, como un gusano ama a una estrella; la impresión que su belleza, su angelical bondad y la dulzura de su carácter, habían hecho en su corazón de niño, no había podido borrarse: «era su primer sueño de amor.» Para decir esto, en resumen, había empleado dos pliegos de letra menuda. Al día siguiente recibió la contestación en su casa: la carta de la generala era digna y cariñosa; pero estaba escrita en un tono protector, que no le sentó bien a nuestro joven: le recordaba su infancia, le ponía de manifiesto lo extravagante de aquel amor, «que no era, como él aseguraba, una pasión firme y verdadera, sino un capricho de niño:» le indicaba el ridículo que sobre ella caería si cediese a ese capricho y el mundo lo averiguase: por último, le aconsejaba que desistiese de su intento y procurase olvidarla.
Pero Miguel estaba realmente interesado en la aventura, aunque no tanto como decía en su carta: esta contestación no hizo más que excitarle. Detrás de aquel «olvida ese capricho y quiéreme como una segunda madre, pues lo soy tuya por la edad y por el cariño que desde niño te profeso,» adivinaba que la generala deseaba que insistiese, y que entendía y alcanzaba mejor aún que él lo interesante de aquella aventura. Si no, ¿por qué había dejado caer la camelia encarnada?—Replicó, pues, empleando una retórica más fogosa aún, describiendo su amor y sus sufrimientos, procurando conmoverla por todos los medios imaginables. Cruzáronse después algunas otras cartas: Miguel pedía una entrevista para desahogar siquiera su corazón, «aunque después le despreciase.» Lucía se negaba a darla, considerándola inútil y aun perjudicial para ambos. Insistió el joven cada vez con más afán. La generala cedió al cabo «por compasión, porque temía que hiciese una locura,» citándole para el día siguiente. Miguel debía pasear a pie y por la tarde hacia la Casa de Campo, y tropezar casualmente con el carruaje de Lucía: ésta mandaría parar y entablarían conversación, hasta que a la postre le invitaría a subir y dar con ella un paseo.
Así se realizó punto por punto. Miguel acudió a la cita lleno de emoción, tanto más, cuanto que Lucía había sabido darla un atractivo especial con aquel misterio. Si le hubiera recibido lisa y llanamente en su casa, no sentiría la mitad del deleite.
—Adiós, Miguelito... Pare V., Juan... ¿Cómo tan solo por aquí, querido? ¿Te dedicas a meditar por estas soledades?
—Phs... huyendo de la noria de la Castellana... ¿Y V., generala? ¿Le gusta a V. también la filosofía?
—Por haber filosofado en casa es por lo que vengo aquí—dijo riendo.—Me duele un poco la cabeza, y temía marearme en la Castellana... Pero súbete, y darás una vuelta conmigo: después te dejaré donde quieras.
Todo fue dicho en voz alta para que lo oyesen el cochero y el lacayo. Sin embargo, cuando éste, lleno de sumisión, inclinándose con el sombrero en la mano, abrió la portezuela, brillaban sus ojos con maliciosa expresión: al subir al pescante dio un pellizco significativo a su compañero, y ambos rieron groseramente sin osar decirse lo que pensaban, por temor de ser escuchados.
Al verse solo y mano a mano con Lucía en el carruaje, Miguel perdió la serenidad: no supo por lo pronto más que continuar la conversación empezada, hablando de su afición al campo y del placer que tendría en pasear largo todos los días; pero la vida de Madrid, las visitas, la moda... estaba cortado, aturdido; no sabía por dónde empezar. La generala, afectando también confusión y vergüenza, le observaba, sin embargo, sometiéndole a un atento examen, del cual, en realidad, no salió mal librado. Miguel, aunque no era buen mozo, poseía una figura delicada y un rostro gracioso y expresivo.
Al fin se vio ella precisada a tomar la iniciativa.
—Vamos, ya has conseguido lo que con tanto afán pedías. ¿Estás contento?
—¡Oh, sí!
—Yo no: cualquier indiscreción en estas circunstancias, me perdería, me pondría en ridículo: ya me voy haciendo vieja.
Miguel protestó; no pasaba por la vejez: se atrevió a decir, aunque mirando al paisaje por la ventanilla, que no había en Madrid niña que pudiera competir con ella en hermosura y elegancia.
Lucía no quiso aceptar la lisonja: no se hacía ilusiones; a los treinta y cinco años (se quitaba cuatro) una mujer es vieja; ¡pero muy vieja!
—Y lo más triste de todo—añadió dejando escapar un suspiro,—es que, recorriendo con la memoria los años de mi vida, me convenzo de que nunca he sido joven.
—¿Cómo?...
—No, no he sido joven, porque jamás he gozado de las puras alegrías de la juventud, de los éxtasis apasionados del primer amor, de las dulces zozobras que trae consigo, de los placeres ideales... Siempre contrariada en mis sentimientos, en las afecciones de mi corazón... El mundo, los parientes, las circunstancias, me obligaron a casarme muy joven con un hombre a quien no quería. Echaron un cántaro de agua sobre el fuego de mi espíritu, y lo apagaron... Yo hubiera sido algo bueno, algo santo, algo puro, y me transformaron en un ser vulgar, insignificante. Sentía arrebatos heroicos en mi corazón, impulsos sublimes... Todo murió al subir al altar con un hombre que me era repulsivo... Los demás hombres no hicieron nada por redimirme... al contrario; contribuyeron a encenagarme más y más en la prosa de la vida. Todos cuantos se han acercado a mí con la lisonja en los labios, doblando la rodilla para adorarme, no traían otro objeto que el de satisfacer su vanidad, o puramente un deseo brutal: ninguno ha venido a entristecerse con mis tristezas, a alegrarse con mis alegrías, a confundir su alma con la mía, a realizar el verdadero amor, el amor puro y santo con que toda alma elevada sueña siempre... Tú mismo, Miguel, para quien yo debiera ser sagrada, al acercarte a mí en el Prado, lo has hecho con ese tono, con esa cruel frivolidad que tantas veces ha traspasado mi pecho... Lo he aceptado, porque me he ido acostumbrando... Créeme, que de todas maneras, es muy duro... ¡muy triste!
La generala, al pronunciar estas palabras en voz baja y reprimida, se había ido animando poco a poco; sus mejillas se habían coloreado fuertemente, y por ellas rodaban, al concluir, dos gruesas lágrimas. Miguel se sintió conmovido.
—Mucho siento haberla ofendido... ¡Perdóneme usted!
—No; tienes razón para tratarme así—repuso llevándose el pañuelo a los ojos.—Yo no quiero ni puedo presentarme ante ti como una santa: el mundo te habrá enterado perfectamente de que no lo soy. Hice muchas locuras en la vida... escandalicé con ellas a la sociedad... Pero créeme, Miguel, yo he rodado al abismo, porque me han empujado... he rodado, guardando en el fondo de mi alma alguna perla que aún no ha tocado nadie.
Riverita se quedó algunos instantes pensativo y silencioso. Cruzaron por su espíritu las ideas románticas que tienen siempre los jóvenes de corazón, y dijo levantando la cabeza y como hablando consigo mismo:
—¡Quién sabe! ¡Cuántas veces nos equivocamos juzgando por la máscara que llevamos puesta en la vida!
—La mía ha sido siempre impenetrable—dijo con exaltación la generala, clavando en él sus ojos húmedos y brillantes.—Se me juzga frívola, caprichosa... y corrompida; se multiplican mis amantes, se citan mis extravagancias y se me arrojan al rostro infinidad de flaquezas... Quizá tengan razón: todo cuanto malo hice en mi vida, procuré que fuese pronto sabido del público; en vez de ocultar las faltas con artificio, procuré arrojarlas a la murmuración. ¿Y esto sabes tú por qué lo hacía?... ¡Pues en el fondo era para vengarme del escaso placer que me causaban!
Estas últimas palabras fueron dichas con inusitada violencia. Miguel, que estaba bajo el hechizo de su figura distinguida, su elegancia y la suavidad voluptuosa de su mirada, se dejó arrastrar por ellas. Lo que la generala decía estaba de acuerdo con el espíritu que domina en la literatura moderna, según el cual en la mujer, a más de la virginidad material, existe una como virginidad moral independiente de la primera: a menudo la que más amantes tiene es la que mejor guarda esta virginidad; en medio de la corrupción y los placeres, el corazón puede permanecer incólume y sano, y llegar a redimirse y sentir, cuando encuentra otro semejante, el encanto de los amores inocentes. Y como en aquel momento estos artículos halagaban su amor propio, no tuvo inconveniente en concederles franca y cordial acogida. Ambos se entretuvieron largo rato con ellos. Lucía se confesó derramando lágrimas; relató sus angustias, sus sueños, las amarguras que en medio del placer sentía, el aborrecimiento, mejor dicho, el desprecio que la grosería de los hombres le inspiraba, el ansia de subir a otra región más elevada, de penetrar en una atmósfera pura y diáfana donde pudiese respirar con libertad. Miguel, lleno de íntimo regocijo, la consoló, excusó sus faltas y expuso también sus ideas particulares acerca del amor.
El carruaje marchaba por la solitaria carretera, sin ruido, acusando su linaje aristocrático. El paisaje se extendía por ambos lados áspero y triste: los árboles que bordaban el camino, desnudos por entero, dejaban paso a los ojos y por entre aquellos se veía la luz rojiza del sol moribundo. La elasticidad de los muelles producía en Miguel cierta vaga soñolencia. Dueño de sí completamente y con una hermosa mujer que le escuchaba atenta, hablaba como si fuera para adentro, vaciando el cargamento de ideas más o menos poéticas, de paradojas fantásticas, de conceptos retorcidos que tenía en la cabeza: los exhibía con arrogancia, satisfaciendo su vanidad, deseando tanto ser admirado como amado.
Insensiblemente fueron concretando sus ideas, aplicándolas al momento presente. La generala desenvolvió con entusiasmo un programa de redención; pintó los encantos de una vida iluminada tan solo por el amor.
—¡Oh, si yo tropezase con el hombre de mis sueños, con un espíritu noble, hermano del mío! En vano lo he buscado toda la vida... Nunca hallé más que cinismo, frivolidad, corrupción. Algunas veces venían disfrazados con el precioso manto de la galantería, del buen tono... pero en el fondo, ¡siempre, siempre la misma grosería!
Miguel, con un silencio discreto, procuró llamar la atención hacia sí. Después se mostró también ardiente partidario del amor ideal, de la vida sencilla. Por último, se ofreció con labio balbuciente, embargado por la emoción, como el ejemplar o archetipo que Lucía había soñado. Esta posó en él una larga y profunda mirada que le turbó aún más, exhaló después un delicado suspiro y guardó silencio. Al cabo de algunos instantes tomó de nuevo la palabra con voz temblorosa.
—Mentiría, Miguel, si te dijese que no me inspira vivo interés y gratitud esa adhesión que desde niño me has demostrado... y que ahora se manifiesta de un modo bien distinto—añadió sonriendo. Mentiría—añadió con animación y brío—si no te confesase que me seduce muchísimo la idea de tenerte en mi poder, de ser para ti madre y amante a un mismo tiempo... ¡Oh, qué situación tan original! Aquel niño que yo tuve sobre mi regazo; a quien tengo lavado y peinado muchas veces; a quien tengo librado de bastantes castigos, ¡convertirse ahora en amante y en dueño! ¡Esto es algo que se sale de lo vulgar, algo nuevo y extraño!... Pero ¡ay, Miguel! estos sueños hermosos no pueden realizarse... ¿Sabes por qué? Porque son quimeras que no pueden halagar sino a una imaginación loca como la mía. Tú no ves aquí sino una mujer que te agrada más o menos y a quien deseas rendir a todo trance...
Miguel hizo protestas fogosas: se presentó, de buena fe, como un ser excepcional también, como un herido de la gran batalla de la vida, el corazón goteando sangre y desengaños; relató igualmente un sin número de sueños, pasiones y genialidades, ponderó sus amarguras, las noches de insomnio, las vagas inquietudes.
Ambos eran felices presentándose mutuamente como almas incomprensibles o por lo menos no comprendidas del vulgo, y no se cansaban de exhibir con deleite toda una muchedumbre de ideas y sentimientos imaginarios.
Por fin la generala se convenció de que Miguel era el hombre que buscaba, el ideal de sus ensueños; le miraba con ternura, le hacía repetir con afán sus enmarañadas psicologías, se enteraba de los últimos pormenores de su vida espiritual y no cesaba de dolerse de no ser más joven para realizar por entero el sueño de amor que toda la vida le había perseguido.
—¡Cuánto daría por tener algunos años menos, y ser libre de volar contigo a algún hermoso rincón lejos de este ruido infernal, de esta eterna murmuración, de toda la miseria que nos rodea! Una casita a la orilla del mar, bañada a todas horas por la brisa, un jardinillo que cuidar, un pedazo de pan que llevarnos a la boca y salud para correr y saltar por los campos. ¡Era lo bastante para ser felices!
Entraron en pleno idilio. Lucía trazó con vehemencia el cuadro de la felicidad pastoril; pintó la vida sencilla, frugal, inocente, del campo, las inefables dulzuras de la familia; se representó a Miguel saliendo de casa y viniendo rendido de fatiga a la hora del crepúsculo para descansar en sus brazos; a ella cosiendo o bordando a su lado; otras veces, yendo a la pesca juntos, o a dar un paseo a caballo, o a coger moras silvestres por el campo...
—¡Oh!—dijo Miguel un poco exaltado—¡aún podemos ser felices!
—¡Si eso fuera verdad!... Pero no; yo no puedo ser para ti más que una madre...
Miguel no quiso de modo alguno aceptar la maternidad.
—¡Nada de madre... no, no... yo quiero ser tu amante... tu amante!—Y repetía la frase con creciente animación, un poco trastornado ya.
—Bien, serás lo que quieras; hijo, amante, lo que se te antoje; pero júrame que es puro tu amor, que no hay nada de vergonzoso en esa pasión, que no intentarás nada para profanar este lazo que ha de unir nuestras dos almas para siempre.
El hijo del brigadier juró. Su amor era ideal; una ardiente adoración. Confesaba que al principio no había pensado más que en el amor vulgar; pero ahora, al sondar los inefables misterios que encerraba el alma de la generala, al comprender que su corazón estaba virgen y puro, al adivinar en ella un ser superior, todos sus groseros pensamientos se habían apartado como lava impura; sólo quedaba el oro sin mezcla de una pasión grande y elevada.
Y ambos disertaron mucho rato, acerca de la naturaleza de su amor, y se extasiaron en recíproca admiración de sus almas. No; ellos no pertenecían a la sociedad en que vivían, eran de otra pasta, estaban criados para los grandes sentimientos, para la vida del corazón.
—Tú eres poeta; tienes un espíritu superior; tú no puedes amar realmente sino a una mujer que te comprenda.
Miguel reconocía que era verdad; confesaba que hasta entonces no había amado; era huérfano de padres y de amor, y ofrecía algunas de sus extravagancias morbosas a la generala, como rasgos de una naturaleza superior. Lisonjeado en su amor propio, embriagado por las miradas de la hermosa, en aquel momento creía cuanto afirmaba, juzgándose un ser extraño y digno de admiración.
Pero agotada la psicología amorosa, nuestro Riverita sintió un vago malestar, muy semejante a la vergüenza. En un intervalo de silencio se le representó de improviso lo ridículo que había estado con aquella palabrería altisonante y metafísica ensortijada que jamás hasta entonces había usado, para declararse a una mujer; y no pudo menos de reírse de sí mismo. La aventura comenzó a parecerle por demás extraña. Hallarse en ocasión tan propicia al lado de una mujer como Lucía que le confesaba francamente sus pecados, ser su amante, y pasar el tiempo disertando sobre materias abstractas, y haciendo el papel de ser incomprensible y misterioso, era cosa tan singular, que rayaba en lo absurdo. Como ya no tenían qué decirse, los intervalos de silencio eran cada vez más prolongados. Ambos miraban, por las ventanillas, el paisaje, que se iba oscureciendo poco a poco. El carruaje se deslizaba suavemente con rumor blando y voluptuoso; los caballos, enderezados hacia casa, piafaban de vez en cuando con la perspectiva del pesebre.
La generala, que se había quedado melancólica, le miraba en silencio suave y tristemente.
¡Pero esto es estúpido!—se dijo de pronto Miguel, dando un suspiro. Y resolvió en el acto descender de las alturas y humanizarse. Era difícil, no obstante. ¿Cómo empezar?
Empezó tomando una mano de la generala. Esta, completamente embebecida en sus ensueños vagos y dulces meditaciones, no pareció advertirlo. El joven la llevó después a sus labios, sin que tampoco lo advertiese. Entonces, un poco temeroso, pero venciendo el deseo a la timidez, introdujo el brazo por detrás de su espalda, y quiso estrecharla la cintura. La generala, advertida al cabo, procuró separarlo, pero tan suavemente, que el brazo volvió al instante al mismo sitio; tornó la dama a separarlo más blandamente todavía, y el brazo, cual si tuviera un resorte, volvió a su posición. Después intentó besarla y la besó. Después quiso que ella le besara a él; resistió un poco; al cabo cedió diciendo:
—Te doy un beso maternal; no te imagines otra cosa.
Después... la hermosa generala le dejó en la calle Mayor a la puerta de su casa, cuando ya los faroles, recién encendidos, rompían débilmente las sombras del crepúsculo.
—Hasta mañana... a las nueve en punto... ya sabes, en la esquina de la calle de las Infantas.
III
A las nueve en punto de la noche, en la calle de Fuencarral, esquina a la de las Infantas, Miguel esperaba a la generala, que debía cruzar en un coche de alquiler. Así lo habían convenido.
El coche se detuvo. ¡Con qué emoción placentera abrió nuestro joven la portezuela de la berlina y se sentó al lado de Lucía! El cochero esperaba órdenes. Viendo que no se las daban, preguntó, inclinándose a la ventanilla y con voz áspera:
—¿A dónde?
Ambos se miraron indecisos. A Miguel se le ocurrió por fin decir:
—Atocha, 145.
Era la mayor distancia que halló. Abrigaba el designio de ir a otra parte, pero era necesario convencer a la generala.
Las calles estaban cuajadas de gente; las luces de los faroles y las de los escaparates iluminaban las aceras y los rostros de los transeúntes que se detenían a mirar los objetos exhibidos. La villa entera salía en esta hora a gozar de las dulzuras de la civilización, que trasforma la noche en día, el silencio en ruido, la soledad en confusión y algazara.
Al entrar en la berlina, había apretado con efusión la mano enguantada de la generala y la había conservado en su poder. Ésta le acogió cariñosa, pero un poco triste y circunspecta. Hablaron en los primeros momentos con embarazo de los pormenores de la cita, el tiempo que había esperado Miguel, lo que había causado el retraso de la generala, etc., etc. Lucía aprovechó, no obstante, el motivo para recomendarle de nuevo mucha discreción. Miguel juró y perjuró que su silencio igualaría al de las tumbas. Poco a poco fue desapareciendo la reserva natural de los primeros instantes y entraron en íntimo y grato coloquio. Miguel volvió a describir las fases de su amor, presentándolo más arcano y enmarañado que nunca; la reflexión le había suministrado un sin fin de pensamientos delicados, vagas lucubraciones, dulces psicologías y frases espirituales, que fue vertiendo como flores de su ingenio en el regazo de la bella. Ésta las recibió con extremado gozo, estimulando con su admiración y con tal cual concepto atrevido, pues era mujer de viva imaginación, el talento y la fantasía de nuestro joven. El coche rodaba con áspero traqueteo por las calles, sin caminar por eso con gran celeridad. La decoración de las tiendas y escaparates iluminados, el gentío que discurría por las aceras, los coches que sin cesar cruzaban de un lado y de otro, pasaban totalmente inadvertidos para los amantes, que saltaban sobre los cansados muelles del simón, en animada plática, devorándose con los ojos.
Miguel planteó al fin el problema que bullía en su cabeza: el de ir a pasar un rato en buen amor y compaña a cualquier parte.
La generala soltó bruscamente la mano que le tenía cogida, y echó atrás la cabeza con manifiestas señales de hallarse gravemente ofendida. Nuestro joven se asustó un poco y pidió perdón con labio balbuciente: no porque creyese que había cometido ninguna profanación; pero temía que aquélla, poseída de su papel de «alma hermosa, inmaculada,» tardase demasiado en ceder a sus instancias.
Guardó silencio obstinado la dama, en la actitud firme e imponente de una deidad herida. Miguel se humilló, se llamó bestia, se declaró indigno del amor de un alma tan elevada.
—¡Oh, nunca creyera de ti!...—exclamó ella al fin. Y un torrente de lágrimas se desprendió de sus ojos.
—¡Perdóname!
—¡No!
—¡Sí!
—¡No!
—¡Fue un momento de extravío!
Al fin las súplicas vencieron su ánimo, y el joven quedó absuelto.
Pero el carruaje se aproximaba ya al término de la carrera, y Miguel no sabía qué partido tomar.
Después de otro intervalo de silencio en el que procuró concentrar todas las fuerzas de su espíritu, volvió el ataque.
—¡Tú no me quieres!—dijo en tono quejumbroso, adoptando a su vez la actitud de hombre agraviado.
—Bien sabes que no es verdad; bien sabes que te quiero, que te adoro con toda mi alma.
—¡Oh, si me quisieras, me darías esa prueba inequívoca de tu amor!
—¡Oh, Miguel! ¡Siento desde ayer un vacío tan grande en mi corazón!... ¡Parece como si me hubieran arrancado la última creencia, el último pensamiento consolador! ¡Por qué habremos arrastrado nuestro amor por el lodo!
A Miguel le hizo poca gracia esto del lodo. Buscó con afán argumentos para contrarrestar la lógica de la generala.
—Pues yo te digo que desde ayer te adoro aún con más entusiasmo... que no ha menguado el amor y la admiración que me inspiras... Pero quiero que seas mía, completamente mía... como yo lo soy tuyo... en cuerpo y en alma.
Después de muchas protestas de cariño por una y otra parte, Miguel volvió solapadamente, dando grandes rodeos, a su tema. No, él no quería rebajar la dignidad de su dueño, él no quería manchar el amor que se tenían; por eso buscaba un sitio que mereciera albergarlo algunos momentos: la misma casa de la generala.
Esta recibió la proposición sin enfado; pero no quiso aceptarla. Era inadmisible por el riesgo que se corría; se enterarían los criados, o el portero, o los vecinos...
—No, no se enterarán; tomaremos precauciones; tú subes primero, después me abres la puerta...
—Pero los criados lo oyen todo; la puerta está cerca de la cocina; además, hay un chico encargado de abrir...
Miguel insistía apretando el ingenio para combatir los temores de la generala: ésta amontonaba las dificultades, dejando, no obstante, entrever más o menos lejano, el triunfo del joven.
Paró el carruaje. Se encontraban frente al número designado. Miguel vaciló un instante sin saber qué hacer: al fin salió del coche y entró en la casa para disimular; al pasar por delante de la portería, preguntó:
—¿El señor don (el nombre de un personaje político que habitaba en aquella calle), no vive aquí?
Dentro de la garita, cenaba el portero con su mujer y sus hijos: al escuchar la pregunta levantó la cabeza.
—¡Oh, no señor! se ha equivocado V.; la casa de don... queda mucho más atrás, en el núm. 62...
—¡Ah!... pues me habían dicho... ¿Dice V. que en el núm. 62?...
—Sí señor, hace muchos años que vive en la misma casa.
—¿Cuarto?
—Me parece que segundo.
—Muchas gracias.
—No las merece.
Volvió a salir. Al entrar en el coche, interrogó con ojos suplicantes a la generala, la cual se dignó hacer un signo afirmativo. Entonces dijo rápidamente al cochero:
—Huertas, 30... De prisa.
Y se enderezaron a todo el correr del jamelgo hacia la casa de la generala. Miguel le dio las gracias con acento conmovido, besándole las manos repetidas veces. Pero Lucía guardó silencio, y se mantuvo con la cabeza inclinada en actitud melancólica y reflexiva, dejando que el joven exhalara con labio trémulo toda la alegría que rebosaba de su alma. Al poco rato, Miguel pudo notar que algunas lágrimas bajaban silenciosas por sus mejillas, y experimentó dolorosa impresión.
—¿Por qué lloras?—preguntó, acercando su rostro al de la dama.
Lucía no contestó.
—¿Por qué lloras?—volvió a decir con ansiedad.—¿Te he ofendido? ¿Acaso ya no me quieres?...
—¡Oh no; no es eso!... Lloro, Miguel, sobre nuestro amor... lloro sobre la última ilusión perdida... Siento haberte conocido... Siento haber dejado despertar mi corazón ya dormido, y forjarme, por algunos instantes, ciertas quimeras deliciosas que se desvanecieron como el humo... ¡Por qué he de ocultártelo! Cuando ayer me declaraste tu pasión, tuve la debilidad de creer en ella, y soñé, inmediatamente, con un amor fiel y puro, con el amor que ennoblece el espíritu y nos incita a las ideas elevadas y a las acciones generosas... Creí volver a los años de colegiala, cuando el mundo se ofrecía ante mi vista como un hermoso fanal trasparente y diáfano, cuando no acertaba a ver en él más que cosas lindas... todo risueño... todo hermoso... Volvía a entrar en la juventud. Una nueva aurora para mi alma... Pero no fue más que un relámpago que me hizo entrever los verjeles del cielo. Y al instante quedé sumida otra vez en la oscuridad... Hoy ¿qué somos nosotros? ¡Dos seres vulgares que viven como tantos otros en el cieno, queriendo persuadirse de que son felices! Aunque me ames, Miguel, tengo la seguridad de que no sientes por mí la admiración respetuosa, el entusiasmo que sentías el día de Carnaval echado a mis pies en el carruaje... ¿Comprendes ahora mi tristeza y mis lágrimas?
Miguel comprendió que era necesario estar de acuerdo con la generala, aunque fuese por breves instantes. Bajó la cabeza y quedó pensativo y triste. De pronto, levantándola, exclamó:
—¡Que no te quiero! ¡Que no te adoro! ¿Quién es el que puede dejar de admirarte así que te vea y te escuche? No, Lucía, no; las faltas que cometamos y las manchas que caigan sobre nuestro amor, se deberán exclusivamente a mí. Tú has cedido por la bondad de tu carácter... porque me quieres... y porque me compadeces.
Al pronunciar estas palabras el hijo del brigadier creía sentir lo que decía, y estaba realmente conmovido.
—Gracias, Miguel, eres generoso conmigo; pero tu generosidad no me excusa... Tengo tanta culpa como tú.
Las lágrimas seguían cayendo en abundancia de los ojos de la generala. Mientras procuraba convencerla de su inocencia, prodigábala nuestro joven mil caricias apasionadas, sin miedo ya a ser visto de los transeúntes. El interés de la escena le embargaba. Por otra parte, la noche había avanzado un poco, y las calles que recorrían no eran de las más transitadas.
Llegaron a la de las Huertas. Lucía se apeó delante de su casa y entró; Miguel siguió en el carruaje y lo despidió en la primer esquina: allí aguardó a que la generala entreabriese el balcón de su gabinete para entrar también.
Lucía habitaba el piso segundo (derecha e izquierda) de una magnífica casa recién edificada; tenía un número considerable de criados, aya inglesa para la niña primera, cochero, lacayo, dos troncos de caballos, uno de ellos de valor, etc., etc. Mucha prisa necesitaba darse el general Bembo a recoger lo que por tantos agujeros se le escapaba a su media naranja.
Miguel, vista la señal, subió a la casa con paso firme y decidido para que el portero no le detuviese. Lucía le esperaba en lo alto de la escalera.
—Entra sin hacer ruido—le dijo apagando la voz cuanto podía;—así... sobre la punta de los pies...
Cuando estuvieron en su gabinete, una estancia lujosamente decorada, las paredes de raso azul, los muebles forrados de la misma tela, se dejó caer en un diván, reteniendo la mano de Miguel que tenía cogida.
—¿No sabes?... he despachado al chico de la puerta con un encargo, y a mi doncella con otro... Pero aún nos pueden oír... ¡Mucho cuidado!
El joven se sentó a su lado, y la abrazó con trasporte.
—¡Ya estamos solos y tranquilos! ¡Qué placer tan grande!
La generala le apartó suavemente, y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
—¿No estás contenta a mi lado, Lucía?—preguntó, mientras le acariciaba con ternura una mano.
—No.
—¿Por qué?
—Porque te tengo miedo: porque eres un loco... y yo otra loca—añadió con amargura.
—El amor, ¡qué es más que una locura sublime!—exclamó sentenciosamente Miguel, tratando de enlazarla de nuevo con sus brazos.
—Por lo mismo que es sublime, no debemos degradarla... Seamos fuertes con nosotros mismos... atrincherémonos detrás de nuestras ideas elevadas, y defendámonos de las groserías de la pasión...
—¡Qué alma tan grande tienes!... Eres muy hermosa, Lucía... ¡Te amo! ¡te amo!... ¡te, adoro!...
—Ámame, sí; pero ámame con un amor ideal, digno de ti y de mí... No me humilles, por Dios, no me bajes hasta el suelo, ya que tu amor me coloca en un sitio elevado... Te lo anuncio, Miguel..., no tardarás en despreciarme...
Y al proferir tales palabras, caían otra vez algunas lágrimas de sus ojos; Miguel protestó contra esta suposición; sostuvo el idealismo de su amor, cubriéndola de vivos y apasionados besos. Lucía se dejaba acariciar con resignación.
El gabinete era un nido tibio y hermoso, lleno de perfumes penetrantes; contiguo a él, separada por columnas doradas de madera y por una cortina de damasco azul, estaba la alcoba. Por entre los pliegues de la cortina se veía un gran lecho matrimonial de palo santo, y cerca de él otro pequeñito de niño: la estancia, esclarecida débilmente por una lámpara veladora de bomba esmerilada que pendía del techo.
—Calla—dijo la generala suspendiendo el aliento e inclinando la cabeza hacia la alcoba,—creo que despierta mi Chuchú.
En efecto, el más pequeño de sus hijos, que dormía en la alcoba, había dado un leve gemido, al cual siguió otro más fuerte. Lucía corrió a allá para que no se alborotase.
—Calla, Chuchú, calla, que aquí estoy yo.
El niño no hizo caso.
—Si no callas, el hombre de las narices grandes vendrá a buscarte y te llevará.
—¡Quero Ía!—clamó el niño: Ía era la doncella, que se llamaba María.
—No, monín, no; duerme.
—¡Quero Ía!
—No grites... mira que va a venir el hombre feo.
—¡Quero Ía!
—¡No grites, chiquillo!... Pronto vendrá María... Mañana te mando a dormir con las niñas.
—¡Quero Ía!
—¡Mira, si no te callas, te doy azotes!... Vamos, duérmete: si te duermes, te compraré un caballo para que vayas al Retiro montado como tu amiguito Julián... y después te llevo al Circo a ver los clowns... ¿no te acuerdas de los saltos que dan? ¡Qué saltos tan grandes sobre el caballo! ¿eh?... Y la niña rubia que se sube al trapecio, ¡qué bonita!, ¿eh?... Y después vamos a casa de Julianito, y comerás dulces... y otro día iremos a Leganés a ver a la tía Adelaida para que te regale el pajarito de cristal que canta dándole cuerda... y lo traeremos para casa, ¿verdad?... ¿No te gusta?
El niño, que había suspendido el llanto para escuchar a su madre, cuando ésta terminó el repertorio de promesas, volvió a gritar:
—¡Quero Ía!
No fue posible por ningún medio hacerle desistir de su empeño.
La generala estaba furiosa.
—¿Pero qué edad tiene el niño?—preguntó en voz baja Miguel, que se había aproximado silenciosamente a la alcoba.
—Tres años.
—Pues sácalo de la cama, no hay ningún cuidado: a ver si se entretiene con cualquier cosa.
Lucía lo envolvió en un chal y lo sacó al gabinete. Era rubio y hermoso como un angelito, con grandes ojos azules; no se manifestó sorprendido al ver a Miguel; suspendió el llanto y le miró, sí, con insistencia, pero sin preguntar nada a su madre. Miguel quedó un poco cortado ante aquel examen, y le pesó de haber aconsejado a la generala su traslado. Después procuró captarse su amistad; tomolo de los brazos de aquélla, y lo sentó sobre sus rodillas; le acarició suavemente sus cabellos ensortijados y le dio un beso sonoro en la mejilla.
—¿Me quieres?—le preguntó con voz melosa.
El niño le miró fijamente con ojos serenos y graves. Después pronunció secamente:
—¡No!
Miguel se turbó, y quedó desde entonces mal impresionado. Al poco rato se despidió de Lucía.
IV
Bajó la escalera lentamente, de mal humor, con el alma triste y fatigada; sentía el descontento de sí mismo que acompaña siempre a los placeres ilícitos. ¡Qué ajeno estaría el pobre D. Pablo Bembo a que el niño que levantaba en alto con sus descomunales manos «para ver a Dios» había de ser con el tiempo quien escarneciera su nombre! Este pensamiento le causaba una desazón profunda. En vano se decía, para apagar el grito de la conciencia, que la generala ya lo había deshonrado más de una vez; que si él no, otro sería; que el pecado a fuerza de repetirse había pasado a ser venial en la sociedad elevada; que lejos de rebajarle a los ojos de ella, sería una gracia más entre las muchas que le concedían. De todos modos, le decía una voz interior, la falta de la generala no puede excusar la tuya; si todos se echasen la misma cuenta, el mundo no sería más que un hato de pícaros; además, él estaba en peor caso que los otros porque tenía con la generala cierto parentesco espiritual formado por la diferencia de edad y por las relaciones especiales que habían mediado entre ellos; el general, por otra parte, había sido el amigo y el compañero de su padre, y nadie estaba tan obligado como el hijo del brigadier Rivera a respetar su honor y sus canas.
Eran las once y media de la noche. La gente aún discurría por las calles, sobre todo por las céntricas, donde algunos teatros comenzaban a vomitar por sus puertas centenares de espectadores. Tan embebecido iba Miguel en sus pensamientos, los cuales le mortificaban más de lo que nunca imaginara, que al pasar por la calle del Príncipe no vio dos bultos echados en la acera hasta que tropezó con ellos. Eran dos niños, el menor de los cuales dormía o descansaba con la cabeza apoyada en las rodillas del mayor. El frío era intenso. Miguel observó a la luz del farol la extremada palidez de ambos, sobre todo del más pequeño.
—Oyes, chico, ¿cómo tienes aquí a este niño medio helado? ¿por qué no os vais a casa?—dijo encarándose con el mayor.
Éste, que tendría seis o siete años de edad, levantó hacia él sus ojos grandes y hermosos, en torno de los cuales se dibujaba un círculo azulado, y balbució algunas palabras que no pudo entender.
—¿Qué dices, querido?—manifestó Miguel en tono afectuoso y bajando la cabeza para oírle mejor.
—No tenemos más que tres reales—murmuró sin aliento el niño.
—¿Y qué importa eso?
—Tenemos que llevar cinco.
—¡Ah!—exclamó comprendiendo lo que aquello significaba.—Y si no los lleváis os pegan, ¿verdad?
El chico bajó los ojos y la cabeza en señal afirmativa.
—¿Tenéis padres?
—Madre.
—¿Y es la que os manda a las calles a estas horas?
—Sí, señor.
—¡Excelente persona!—dijo por lo bajo; y sacando unas pesetas del bolsillo:
—Toma; marchaos ahora mismo a casa.
El niño fue a levantarse, pero no pudo; su hermanito se lo estorbaba.
—Levanta, Rafaelito.
El chiquitín no se movía.
—¡Levanta, Rafaelito!
Miguel lo cogió entre los brazos y lo puso en pie; pero al ver que no se tenía, exclamó en alta voz:
—¡Este niño está yerto! ¡Qué atrocidad!
Y comenzó a sacudirlo y a frotarlo.
Algunos transeúntes se habían parado y formaron en torno de nuestro joven y de los niños un grupo que fue engrosando por momentos. Algunos quisieron ayudarle en la tarea: otros comenzaron a interrogar al mayor. Miguel les explicó lo que sabía, y causó gran indignación. No se oían más que estas exclamaciones:—«¡Pobrecillos! ¡Qué vergüenza de madre! ¡La autoridad debía de intervenir en estas cosas!» etc.
Al fin se había conseguido que el niño se tuviese en pie; pero estaba cadavérico, haciendo rodar sus ojillos de un lado a otro sin darse cuenta de dónde estaba. Tendría unos cuatro o cinco años. A Miguel se le ocurrió de pronto que a más de frío tendrían hambre aquellas desgraciadas criaturas, y tomando a cada una de la mano, rompió con ellas, por entre la mucha gente que se había aglomerado, con intención de llevarlas a algún sitio donde reparasen el estómago. Cuando ya se alejaba del grupo, oyó a una joven del pueblo exclamar:
—¡Y luego dirán que no hay caridad en Madrid! Mira, chica, mira a aquel señorito cómo se lleva a esos pobres niños...
El hijo del brigadier sintió un dulce estremecimiento de gozo al escuchar aquellas palabras: y siguió triunfante con los dos niños. Pero en la esquina de la calle del Prado sintió unos pasos precipitados que seguían los suyos y oyó que le decían:
—Caballero, déjeme V. llevar uno de esos niños.
La voz era conocida. Volviose y reconoció la fisonomía del boticario Hojeda, el fiel amigo de su tío Bernardo, el barón humilde y bondadoso que tantas veces le había ido a visitar cuando era colegial.
—¡D. Facundo!
—¡Miguelito!... Me alegro mucho que seas tú, querido... ¡Dios te lo pagará!... Dame acá el más pequeño.
—¿De dónde venía V. a estas horas?
—De casa de tu tío... como siempre... Hoy me he descuidado un poco más. Cuando llegué a ese grupo de gente ya tú venías con los muchachos, pero no te conocí: me enteré de lo que era y quise también tener mi parte en la buena obra.
—¿Dónde quiere V. que vayamos?... Yo pensaba llevarlos a un restaurant.
—Si te parece—dijo tímidamente D. Facundo,—entraremos en el café del Prado que es el más próximo: conozco al dueño.
—Adelante; vamos al café del Prado.
Cuando llegaron a él, Hojeda propuso que entrasen por el portal, donde había una puertecilla que comunicaba con la cocina; así evitaban la exhibición. Entraron, pues, en la cocina, donde los pinches, el cocinero y algunos mozos que allí estaban los examinaron con sorpresa. Hojeda ordenó que al instante frieran un par de chuletas: el cocinero, al saber de lo que se trataba, se puso a prepararlas con gran prisa; los pinches también desplegaron toda su actividad. Pronto se reunieron en aquel sitio otros cuantos mozos formando círculo en torno de los dos muchachos, que con el calorcillo del fogón y de las luces comenzaron a revivir. Miguel se quedó absorto contemplando los andrajos de que iban vestidos. Acudió también el amo, a quien Hojeda mandó avisar; todos hacían preguntas sobre preguntas a los pobres chicos, que apenas articulaban más que monosílabos.
—Dejadlos ahora—dijo el amo,—ya hablarán cuando tengan el estómago lleno.
—Vaya, rumia, aquí tenéis con qué llenar el fuelle—dijo el cocinero en gallego cerrado, presentándoles las chuletas, cada una en un plato, y colocando los platos sobre una silla. Los niños se arrojaron a ellas como lobos. Al verlos desgarrarlas con los dientes y soplar al mismo tiempo para no quemarse, Miguel sintió los ojos húmedos. Uno de los pinches colocó sendas rebanadas de pan al lado de los platos.
—A ver—dijo Miguel,—que traigan dos copas de Jerez.
Mientras los chicos comían, enteramente abstraídos de lo que les rodeaba, el dueño del café, Hojeda, Miguel y los demás que asistían a esta escena los contemplaban con ojos que brillaban de alegría: todos los rostros expresaban un deleite casi sensual. Cuando hubieron dado buen fin al pan y a las chuletas y se hubieron bebido el Jerez, los niños se animaron repentinamente, sobre todo el pequeño, que era el más aterido; sus mejillas recobraron el suave color de la infancia, y comenzaron a examinar con atención los objetos y las personas.
—¿Habéis despachado ya?—preguntó Hojeda... Pues vamos con la música a otra parte.
—¿Cuánto es esto?—dijo Miguel a un mozo, llevando la mano al bolsillo.
El dueño del café, que había oído la pregunta, se apresuró a decirle, sujetándole el brazo:
—Caballero, yo no cobro las limosnas.
Miguel no insistió.
—Dios se lo pagará a V., D. Ramón—le dijo Hojeda apretándole efusivamente la mano.
Y salieron a la calle llevando por delante a los niños, los cuales iban brincando como cervatillos por la acera.
—¡Eh chis chis!—gritó el boticario llamándolos.—¿En qué calle vivís?
—En la calle del Tribulete—contestó el mayor.
—¿Qué número?
Los chicos se miraron uno a otro con sorpresa y quedaron silenciosos.
—¿No lo sabéis? Está bien. ¿Pero sabréis ir a casa?
—¡Ah, sí señor!
—Bueno: ahí en la esquina tomaremos un coche, ¿no le parece a V., D. Facundo?—manifestó Miguel.
—Cómo quieras, Miguelito.
Tomaron un simón en la plaza de Santa Ana, dando orden al cochero de que parase en la esquina de la calle del Tribulete. Los chicos, que se habían sentado en la bigotera de la berlina, iban tan sorprendidos y gozosos, que costó gran trabajo hacerles contestar a ciertas preguntas. Mientras D. Facundo interrogaba al mayor con extremada habilidad para enterarse pronto de lo que necesitaba saber, Miguel hablaba con el chiquitín.
—¿No os habrán dado hoy de cenar?
—No—dijo el niño moviendo la cabeza a un lado y a otro.
—¿Y habéis comido por la mañana?
—Sí.
—¿Y qué habéis comido?
—Lentejas y pan.
—¿No habéis comido nada desde entonces?
—Un poco de pan que me dio Pepe.
—¿Quién es Pepe?
Silencio y asombro del niño.
—¿Es algún amigo tuyo?
—Es el chico de la vecina.
—¡Ah! ¿Y quién te ha dado ese chaquetón que te llega a los pies?
—El tío Remigio.
—¿Quién es el tío Remigio?
Nuevo y mayor asombro del niño, que le mira con ojos estáticos.
—¿Es algún hermano o pariente de tu madre?
—Es albañil.
—¡Ah, es albañil!—Y comprendiendo que no sacaría más en limpio, Miguel tomó otro rumbo.
—¿Y ganáis todos los días los cinco reales?
—Algunos días no.
—¿Y qué os sucede cuando no los ganáis?
El niño vaciló un instante, y después hizo con su manecita un ademán de vapuleo muy expresivo.
Miguel conmovido guardó silencio.
En la esquina de la calle del Tribulete despidieron el coche; los chicos sin vacilar fueron derechos a la puerta de una casa vieja y sucia; el mayor se volvió de espaldas y dio con los tacones de sus zapatos rotos algunos golpes; al poco rato abrió una vieja, que dejó escapar al verlos un gruñido nada pacífico; pero su mal humor se convirtió en sorpresa al observar que Hojeda y Miguel atravesaban el portal y seguían a los muchachos; éstos subían decididos la escalera, como hormigas que entran en su guarida; Miguel sacó un fósforo, porque la vieja portera se había retirado con la luz. Subieron hasta la guardilla; los niños se detuvieron delante de una puertecita.
—Aquí es—dijo el mayor.
Hojeda llamó con los nudillos de los dedos, pero nadie contestó.
—No habrá venido todavía mi madre—manifestó el mismo chico.
—¿Y qué os hacéis cuando llegáis antes que vuestra madre?
—Nos sentamos en la escalera.
En esto se abrió una puertecita contigua a la primera y apareció un hombre en traje de obrero, con una lamparilla de petróleo en la mano. Al ver a aquellos señores les dio las buenas noches y les preguntó lo que deseaban. Hojeda le explicó el caso en pocas palabras. El obrero les invitó a pasar a su habitación, y una vez dentro, les manifestó en confianza que también él y su mujer sabían la desgracia de aquellos pobres niños, y que habían querido intervenir para remediarla, pero inútilmente; la madre era una mujer viciosa, oficiala de sastre, amancebada tiempo hacía con un albañil, y que había tenido aquellos niños con un primer marido o querido, que esto no lo sabían; dioles algunos otros pormenores, que indignaron extremadamente a Miguel.
Pero aquella mala mujer no acababa de llegar; y fue necesario despedirse del obrero y dejar a los chicos en la escalera, con una buena limosna que nuestro joven les dio. Cuando ya bajaban, apareció por fin su madre. Hojeda entró con ella en la vivienda, que era un triste y desabrigado desván, sin otros muebles que una mesilla y dos o tres taburetes; en una esquina había un miserable fogón apagado; en otra, un montón de trapos, restos, al parecer, de un antiguo colchón, donde dormía toda la familia.
Miguel quedó asombrado del tacto y la habilidad que D. Facundo desplegó para noticiar a aquella mujer lo que habían hecho y para arrancarla todos los datos que necesitaba saber; de dónde era, con quién había estado casada, dónde trabajaba, etc. La mujer, que al principio los acogiera con marcada hostilidad, ante la mirada dulce y serena y las palabras sinceras de Hojeda, se fue poco a poco suavizando. Al fin, cuando éste le recordó con tono afectuoso los deberes que tenía para con sus hijos, aquellas infelices criaturas, sin otro amparo en el mundo que ella, rompió a sollozar. El boticario la consoló, prometiéndola volver al día siguiente y hacer por los niños todo cuanto pudiera. Lo que más le sorprendió a Miguel fue que en ninguna de sus frases hizo don Facundo la más leve alusión a los malos tratos que daba a los hijos ni a la conducta licenciosa que observaba.
Cuando al fin salieron a la calle, le dijo:
—¿Y qué piensa V. hacer mañana, D. Facundo, con todos esos datos que ha tomado?
—Procuraré comprobarlos; tengo muchos conocimientos entre los pobres de Madrid. Después trataré de sacar para ella la ración de San Vicente de Paul y mandar al chico primero a un colegio.
—¿Por cuenta de V.?
—Es muy barato: no vayas a creer que se trata de una gran cantidad. Entre unos cuantos amigos, hemos fundado un colegio para niños desamparados y nos sale por muy poco cada plaza.
—¡Pobres criaturas! ¡Dejarlos así abandonados a la intemperie, expuestos a quedarse muertos en medio de la calle, y todavía si no traen el dinero justo pegarles!... Esa mujer es una infame que no merece que V. se ocupe de ella.
D. Facundo dio un suspiro y dijo poniéndole la mano sobre el hombro.
—¡Ay, Miguelito, sobre estas cosas y otras parecidas, hay mucho que hablar! Yo no diré que no esté mal lo que hace esa mujer; pero llamarla infame, no es tan justo como a primera vista parece. Después de haber pasado muchos años contemplando todos los días cuadros semejantes al que acabamos de ver; después de haberme familiarizado con los tormentos que pasan los pobres, con sus ideas, y hasta con su lenguaje, he concluido por hallar muchos más desgraciados que infames. En el mismo caso presente, cierto que lo primero que salta a la vista, es la maldad de esa mujer; pero no te detengas en la superficie; ve más adelante; examina, investiga y hallarás seguramente que no es tan culpable. Primero tienes que considerar que en la sastrería no gana más que siete reales; y que con siete reales no pueden comer siquiera pan seco tres personas en Madrid; después debes tener en cuenta que una mujer sola, sin amparo, está expuesta siempre a caer en las garras de cualquier tunante que la enamora; después las ideas que esa gente tiene de la educación de los niños, no son como las tuyas y las mías, porque no han visto ni entendido nada bueno; el golpear a los chicos es una de tantas costumbres feas y repugnantes como tienen...
—¡De todos modos, D. Facundo!...
—Sí, sí, te concedo que esa mujer obra mal; pero bien examinadas y bien pesadas todas las circunstancias, no es tan perversa, de seguro, como tú te imaginas.
Miguel guardó silencio y se puso a meditar sobre las palabras de Hojeda, mientras caminaban emparejados hacia el centro de la villa. Después de una larga pausa, levantó la cabeza y dijo:
—¿Sabe V., D. Facundo, que no sospechaba que V. se dedicase tan particularmente a hacer obras de caridad?
El pedazo de cara que la enorme bufanda del boticario dejaba al descubierto, se coloreó fuertemente.
—¿Yo?... ¡ca hombre! no... ¡qué tontería!... de ningún modo... no lo creas...—comenzó a balbucir torpemente como un hombre cogido infraganti de algún delito.
—Lo que está a la vista no se puede negar—dijo Miguel sonriendo.
Hojeda se mantuvo silencioso algunos instantes; después, parándose de pronto y cogiendo a nuestro joven por el brazo con mucho aparato de misterio, y esforzándose por dar a su voz y a sus ojos la mayor expresión posible de severidad, le dijo:
—¿Sabes, Miguelito, por qué hago yo todas estas cosas?
—¿Por qué?
El boticario le estuvo mirando algunos segundos con extraordinaria dureza; después exclamó:
—¡Por egoísmo!
Y soltándole el brazo, dio rápidamente unos cuantos pasos dejándole atrás.
—¿Cómo? ¿cómo?—dijo Miguel todo asombrado.
El boticario sin volverse, pero haciendo un ademán expresivo con el brazo, volvió a exclamar con más fuerza:
—¡Por puro egoísmo!
—¿Cómo es eso, D. Facundo?—preguntó avanzando hasta colocarse a su lado.
—Te lo explicaré en seguida—repuso Hojeda en tono confidencial, parándose otra vez y otra vez cogiéndole por la manga del gabán.—Yo no tengo familia, como tú sabes; no soy aficionado al estudio, porque comprendo que aunque me haga pedazos los cascos nunca pasaré de cierto límite: tampoco me gustan los juegos, pues el billar lo tomo solamente como un medio de hacer ejercicio: los teatros no los piso jamás; entre los espectáculos públicos únicamente me gustan...
—Los toros, ya sé.
—Es mi único vicio... pero no los hay más que en la primavera y una vez por semana, aparte de algunas corridas extraordinarias. La botica no me ocupa ningún tiempo, porque tengo al frente de ella a un pobre muchacho que acaba de hacerse farmacéutico y al cual se la pienso dejar cuando me muera... Si no me voy a los sermones y no me entretengo en proteger a algunos pobrecillos, ¿qué quieres que haga yo de mí?... ¿No comprendes que me moriría de aburrimiento?
—Sin embargo, los actos en sí no dejan de tener mérito.
—¡Ninguno, hombre, ninguno!—repuso con energía.—Mira: te lo explicaré mejor. Yo, cuando subo a casa de un pobre y me entero de su vida, y le socorro y le aconsejo; cuando doy vueltas por Madrid buscándole alguna colocación, estoy entretenidísimo, tanto como cualquier señorito en los bailes de Montijo, con la diferencia de que mientras él llega a casa al amanecer, hastiado, ojeroso y mustio, yo me acuesto tranquilito a las doce, y si he hallado empleo para mi hombre, me duermo más contento que el Rey de Prusia, y si no lo he hallado, me levanto por la mañana con ánimos para revolver todo Madrid... Dime tú ahora, ¿quién entiende mejor la vida, él o yo? ¿Quién es aquí el egoísta?... Voy a ponerte otro ejemplo. Acabas de pasar una hora conmigo desde que nos hemos encontrado en la calle del Príncipe. Quiero que me digas con sinceridad si en esta hora te has aburrido...
—No sólo no me he aburrido, sino que he pasado uno de los ratos más felices de mi vida.
—¿Lo ves? ¿Qué mérito tiene entonces lo que hemos hecho? Lejos de juzgarnos dignos de admiración, somos dignos de envidia por lo que hemos disfrutado...
—Concedo, D. Facundo, que en este caso particular, acaso tenga V. razón; pero consagrar la vida entera como V. a hacer obras de caridad, es digno de alabanza y recompensa.
—¡Recompensa! ¡recompensa!—exclamó con fuego el boticario.—Pues qué, ¿te juzgarás acaso resarcido del dinero que has dado por una butaca en el teatro después de haber pasado la noche quizá bostezando, y no te considerarás pagado del que regalaste a esos niños, gozando una hora de felicidad?
—Bien, pero V. es otra cosa: yo lo acabo de hacer por casualidad, mientras que V. lo tiene por costumbre.
—¡Mejor que mejor! Yo gozo todos los días tanto o más de lo que tú has gozado hoy...
Siguió desenvolviendo con brío su tesis nuestro farmacéutico, mientras caminaban hacia la Puerta del Sol. Miguel había concluido por guardar silencio, escuchando con placer y curiosidad aquellas peregrinas teorías. Al llegar a la esquina de la calle de la Montera, Hojeda volvió en sí de pronto y dijo en el tono afectuoso y humilde que le caracterizaba.
—¡Buena matraca te he dado, Miguelito! Perdona a este viejo chocho y vete con Dios a descansar, que aquí nos separamos.
Miguel se despidió de él apretándole con efusión la mano. Cuando se hubo apartado seis u ocho pasos, le dijo volviendo a llamarle:
—Conste, D. Facundo, que no me ha convencido V., y que es V. una gran persona.
—¡Un gran egoísta!—gritó el boticario alejándose.
V
¿Qué te pasa hoy? ¿Parece que estás triste?—decía la generala cierta noche, tomando las manos de su amante entre las suyas.
—Pues no tengo nada (al menos, que yo sepa)—repuso en tono humorístico él.
—Sí tal; hay en tu fisonomía cierta expresión melancólica; por más que trates de ocultarla con aparente alegría, no lo consigues; en tus ojos hay menos brillo que otras veces; tienes la mirada vaga y perdida...
—No; lo que tengo, es la mirada de perdido.
—Ríete lo que quieras: tengo un corazón que no se engaña. Tú estás triste, y me lo ocultas.
—Si tienes mucho empeño en ello, lo estaré; pero sólo por galantería. Por lo demás, nunca he estado más alegre.
—Pero la tuya es una alegría marchita... no tiene frescura... no sale del corazón... es una máscara. Yo quisiera, Miguel mío, saber todo lo que acontece en tu espíritu, todo lo que piensas, todo lo que sientes... No me basta saber los pensamientos y los sentimientos grandes; deseo conocer también los más íntimos; deseo escudriñar los últimos rincones, los últimos pliegues... quiero que no pase por tu cabeza una idea, aunque sea tan débil como el soplo de un niño, que no llegue a mi noticia... quiero conocer todas las emociones que experimentas, aun aquellas que apenas sean capaces de mover tu corazón... quiero entrar dentro de ti mismo... quiero formar una sola persona contigo...
Los grandes ojos azules, lascivos, de la generala, se clavaban con amorosa inquietud en su amante al proferir estas palabras.
Miguel despertó de la indiferencia en que yacía.
—Todo eso eres, cielo mío... Todo eso y mucho más—contestó, apretándole con efusión las manos.
—¡Si fuese cierto!... Pero no... tu amor va siendo cada día más tibio... A medida que el mío se enciende, el tuyo se apaga...
—¡No lo creas, Lucía!—exclamó el joven, dando a su exclamación mayor fuego del que le hubiera correspondido si no se hubiera tomado un poco de trabajo.—¡Te adoro... te adoro con pasión loca... frenética! Eres el único pensamiento dulce que anima mi existencia... Pídeme la vida, y me verás darla con alegría...
—¡No quiero tu vida, chiquillo!—dijo la generala sonriendo y haciéndole mimos con la mano en el rostro.—Quiero tu amor; pero un amor verdadero, grande, infinito... ¡Tú no sabes las locuras que yo sueño, los castillos que levanto en el aire! Muchas veces me figuro que en efecto me adoras con todo tu corazón, con todas las fuerzas de tu alma, y que yo soy para ti lo que fue Beatriz para el Dante y Laura para el Petrarca, un objeto divino que te preserva de todo pensamiento innoble, que gracias a mi amor se va engrandeciendo tu espíritu, despierta tu genio, el genio que tienes en el fondo del alma... porque yo estoy segura de que lo tienes...
—En efecto, tengo un genio muy malo; a veces no hay quien me resista.
—No, no; es otra clase de genio—dijo la dama riendo.—Mas aunque esto no fuese una quimera, aunque tú alcanzases algún día la celebridad, soy muy tonta en forjarme ilusiones... Tú estás comenzando la vida casi, casi... el porvenir se presenta risueño. Cuando llegues a donde yo creo que tienes derecho a llegar, ¿qué seré para ti?... Una vieja que ha cometido la insensatez de amarte. Una pobre mujer enamorada ridículamente...
—¡Alto, querida! Te anuncio que ya estoy enternecido. No sigas adelante, si no quieres verme hacer pucheritos... Hablemos de otra cosa—añadió reclinándose perezosamente en el sofá y estirando las piernas con demasiada confianza,—hablemos de Pérez Almagro.
Pérez Almagro era el último amante que la generala había tenido, y que no dejaba de inspirar cierta inquietud, ya que no celos, a nuestro joven.
—¡Oh, qué cruel eres! ¡No perdonas medio de hacerme sufrir!
Miguel iba a replicar; pero en aquel instante un leve rumor lejano se dejó oír en el pasillo. Lucía se puso en pie con súbito y pronto movimiento; el rostro pálido, el oído atento, la mirada estática. Escuchó un momento.
—¡Alguien viene!... Es la doncella... ¡De prisa, de prisa! ¡Escóndete!
—¿Dónde?—preguntó aturdido.
La dama paseó una mirada intensa y ansiosa por la habitación.
—Aquí—dijo corriendo a un armario embutido en la pared y abriendo el compartimento inferior.
Miguel se metió allá de cabeza. Lucía dio la vuelta a la llave. En aquel momento entraba la doncella.
—¿Qué hay, Carmen?—preguntó con gran calma, dirigiéndose al espejo para arreglar el pelo.
—Señorita, vengo a darle cuenta del billete que me entregó por la mañana.
—¡Ah! sí... el billete... ¿De cuánto era?
—De diez duros.
—Bien, ¿qué ha comprado V.?
—Los botones para el vestido de la niña, han costado veintisiete reales...
—¿Qué más?
La sombrilla de miss Ana, que he pagado yo; no la han querido dar menos de tres duros.
—Bien; son cuatro duros y siete reales.
—La corbata para Chuchú... catorce reales.
—Son... cinco duros y un real... ¿se la ha puesto ya?
—No, señorita; mañana cuando vaya a paseo; es muy bonita; a María le ha gustado; ¿no sabe usted? El chico quería ponérsela cuando salíamos del comercio... ¡Poco trabajo que me costó quitárselo de la cabeza!
—¡Pobre Chuchú!
—Cuando vio que no conseguía nada por las malas, se puso a hacerme caricias... ¡Anda, Carmelita, monina, ponme la corbata... te he de dar un dulce de los de la mesa...—Yo le decía:—¿El que te toque a ti?—Sí, sí, el que me toque a mí...
—¡Oh, qué malo!
—¡No sabe V., señorita, las monerías que hizo para sacármela!
—¡Pobre Chuchú! ¿Por qué no se la ha puesto V.?
—Porque en casa no habría quien se la quitase después.
—¿Le ha encargado V. los guantes?
—Sí, señorita.
—¿En casa de Clement?
—Sí, señorita: quedaron en mandarlos el sábado.
—¿Los ha pagado?
—Sí, señorita: doce reales.
—Bueno, entonces son... cinco duros y trece reales.
—He comprado también el agremán que faltaba para el vestido de la niña.
—¿Cuánto faltaba?
—Dos tercias: quince reales.
—Son entonces... aguarde V.... son... seis duros y ocho reales... ¿no es eso?...
Carmen afirmó con la cabeza, mientras hacía mentalmente la cuenta.
—¿Qué más?
—No me acuerdo de más—manifestó, después de vacilar unos instantes.
—¿Y la esponja del tocador que le he encargado?
—¡Ah! ¡se me olvidaba, señorita!... diez y ocho reales.
Miguel se asfixiaba en el armario. Estaba de rodillas, el cuerpo doblado, la cabeza apoyada en uno de los rincones. Así que entró, empezó a sentir el malestar de la postura; no podía alzar la cabeza, ni enderezar poco ni mucho el cuerpo; las piernas encogidas también de tal manera, que le causaban calambres. Pero a los pocos segundos, notó o creyó notar que le faltaba aire para la respiración, y se estremeció de congoja: hizo frecuentes y largas inspiraciones para probar, y observó que cada vez hallaba más dificultad; trató de contener el aliento para economizar el aire, pero esto no hizo sino fatigarle más. Entonces quiso dar la vuelta y aplicar la boca a una rendija a ver si conseguía recoger más oxígeno: no le fue posible. La idea de morir asfixiado cruzó por su cerebro: un sudor frío y copioso le bañó todo el cuerpo: la congoja se apoderó de él. En pocos segundos pensó millares de cosas aterradoras; vio la muerte cara a cara; el miedo le dejó yerto, desmayado; estuvo a punto de perder el sentido. Mas de pronto, el instinto de la vida despertó, se reveló con ímpetu en su organismo y le sugirió pensamientos de salvación:
—«¡No, lo que es yo no me ahogo aquí como un ratón por esa!... Voy a dar una patada a la puerta y hacer saltar la cerradura.»—Esta idea le confortó un instante y dio tiempo a que penetrase en su mente otro proyecto menos violento, el de llamar la atención de la generala sin ser notado de la doncella: si este proyecto fracasaba, acudiría inmediatamente al recurso extremo. Extendió una mano hacia atrás y rascó la puerta con la uña, produciendo un rumor semejante al de los ratones...
El fino y atento oído de la dama se dio por enterado.
—Carmen, vaya V. al comedor, y tráigame un vaso de agua... ¡Siento un picor en la garganta!... ¡Jesús, qué tos tan rara!
Y la dama tosió hasta querer reventar.
Cuando Carmen hubo desaparecido, dirigiose precipitadamente al armario, y abrió. Miguel salió a rastras del fondo con el semblante pálido, descompuesto, completamente demudado.
—¿Qué te pasa?—preguntó con sobresalto Lucía.
—¡Que me ahogo!
—¡Corre a la alcoba... métete debajo de la cama!
El joven se apresuró a cumplir la orden, y al instante apareció de nuevo la doncella.
La generala se bebió el vaso de agua sin gana.
VI
Eh, chis, chis, Miguelito, ¿a dónde tan decidido?
—Al Retiro.
—Para los pies, chavó, y entra a tomar una cañita conmigo y estos señores.
Miguel se detuvo y sonrió al ver a su primo Enrique sentado a una mesa del café Imperial al lado de la ventana y rodeado de varios toreros. Como no tenía prisa, aceptó el convite y se acercó a ellos saludándoles con un:
—A la paz de Dios, caballeros.
—Buenas tardes, amigo—le contestaron.
Y se sentó en el hueco que galantemente le dejaron y se bebió de un trago la caña que Enrique le puso delante.
—Te presento a mi amigo José Calzada, célebre matador de toros que ya conocerás con el nombre de el Cigarrero, aunque hace muchos años que no mata en la plaza de Madrid... Su hermano Baldomero, el Serranito, banderillero de fama... Sebastián Campos...
Enrique se detuvo vacilante antes de pronunciar el alias.
—Diga ozté Merluza, D. Enriquito: Merluza zoy, Merluza he zío y Merluza me he de morí el día meno penzao.
—Pues bien, mi amigo Merluza, el banderillero más barbián de la plaza de Málaga... Mis amigos D. Pablo López y D. Luis María Pastor, aficionados al arte.
Todos saludaron a nuestro joven, muy circunspectos, sobre todo los toreros, que son los que mejor conservan, en el trato, la gravedad serena y afable peculiar del pueblo español, tan distante del orgullo británico como de la extremada urbanidad de los franceses.
El Cigarrero era un hombre ya entrado en días, con el cabello casi blanco, pequeño, fornido, soportando sus años con mucha gallardía. Miguel había oído varias veces citar su nombre entre los astros del toreo; pero como gloria pasada; tanto, que lo juzgaba retirado hacía tiempo. El hermano era un muchacho de veinticinco o veintiséis años, buen mozo, de rostro hermoso aunque algo afeminado. Merluza un jayán monstruosamente feo. Los dos aficionados, jovencitos barbilampiños, escuálidos, y vestidos a la última moda.
La conversación no se interrumpió por la llegada de nuestro joven, quien se puso a escuchar con poca curiosidad. Se hablaba de toros; no hay para qué decirlo: se discutía la mayor o menor severidad e inteligencia de las plazas de Madrid y de Sevilla. Uno de los jovencitos sostenía que en Madrid se juzgaba con más severidad y competencia.
—Pues zarvo zu parecé, D. Luizito—decía Merluza,—y zarvo er de too lo presente, a mí me paece, vamo... que en Zeviya hay afición... y ez lo que digo yo, onde hay afición lo hay too.
—Sebastián, yo no te niego que haya afición en Sevilla, pero no es para comparar con la que hay en Madrid. Además, aquí se estudia el toreo por principios, lo que no se estudia allí... aquí el pueblo es más ilustrado...
—Ya zé, ya zé, D. Luizito: no me diga ozté na. Onde no hay prencipio no pué haber na... ¡Pero mire ozté que en Zeviya hay mucha afición!..... ¡¡Mucha afición!!
—En Madrid hay que tener mucho de aquí, querido (apuntando a un ojo). Si te descuidas un poco, ya tienes la bronca encima... y algo más en ocasiones.
—¡Calle ozté, zeñorito, zien Zeviya po una mijita le tiran a uno la Biblia!
Enrique aprovechó el calor de la disputa para comunicar a su primo por lo bajo algunos datos importantes acerca de la vida del Cigarrero.
—Ahí donde lo ves, Miguel, hace veinte años era el torero que se tiraba más por derecho en España. En Sevilla ha recibido muchas veces.
—¿A quién?
—¡Al toro, hombre!
—Muy señor mío.
—Pero, claro, con los años se ha ido haciendo un poco tumbón... ¡Pero como inteligente!... lo que es como inteligente, ni Cayetano ni San Cayetano le ponen el pie delante.
Terminada la disputa, comenzó a hablarse de los toreros en boga. Los pollastres aficionados, y Enrique también, creyeron halagar al Cigarrero rebajando el mérito de ellos. Asombrole a Miguel el ahínco y la sinceridad con que aquél comenzó noblemente a defenderlos, aunque sin levantar la voz y sin perder un punto de la gravedad que le caracterizaba.
—Mie usté, D. Luisito, er que má y er que meno, tiene su quebranto, y ar mehó ecribano se le cae un borrón. Si Caytano se huye, e que está mu castigao, el probesico ya se va pa Viyavieha como yo... Pero diga usté que sí, D. Luisito... cuando le sale un toro de verdá, ¡Caytano tá superió!
—Vamos, con Cayetano todavía transijo—dijo Enrique.—Aunque desconfiado, le he visto muchas veces torear con arte y en corto y meterse como Dios manda... Al que no puedo resistir es al Gordo. ¡En la vida le he visto medio aplomado, ni pinchar más que a paso de banderillas!
—Tampoco creo eso que usté dise: ar Gordo le pasa lo que a too nosotro; si er toro acude bien, tá güeno; si no tiene gana, tá malo. Y aluego ¿qué se pué esí de la muleta? Con eya en la mano, hay mu poco que tengan tan güena sombra... Lo que le tiene er Gordo, e que sabe demasiao er terreno que pisa... y cuando se sabe mucho... vamo... ya me entiende usté, D. Enriquito.
—Ozté perdone, zeñó José—dijo a esta sazón Merluza.—Me paece a mí que aquí D. Enriquito habla bien... Er Gordo poniendo banderiya, ¡la corona de María Zantízima! pero matando, ¡la perra zin vergüenza de zu mare!
El Cigarrero se puso muy serio y repuso enojado:
—A ti no te toca esí na de eso, Sebastián. Too esto señore pueen hablá lo que gusten, pero tú, hijo, no puée... ¿Tamo?
Merluza acortado, rectificó como pudo sus brutales palabras.
Era la primera vez que Miguel oía decir bien en un corro, de las personas del mismo arte o profesión que los presentes; y no poco quedó admirado de que fuesen los toreros, gente por lo regular inculta y plebeya, quienes dieran ejemplo de nobleza y compañerismo a los que cultivan otras artes más elevadas.
Tampoco admitió el Cigarrero las lisonjas que le prodigaron, lo mismo Enrique que sus amiguitos. Sin echarse por tierra con fingida modestia, supo colocarse en su verdadero sitio, esto es, por debajo de los espadas que entonces llevaban la atención del público, sin traer a cuento sus glorias pasadas o los tiempos en que gozaba de más renombre.
—Ya soy vieho. Ya no pueo competí con lo muchacho... Pero mase farta la guita, porque mi casa siempre se ha paesío un hospisio... y hago lo que pueo... y a vese un poquiyo meno de lo que pueo... Si Caytano aprieta en su toro, yo aprieto en er mío; si afloha, yo afloho... Si me sale un torito vivito y voluntario, le toreo por lo arto y le doy lo que pide er animá. Si me sale blando y sin vergüensa le doy un goyetaso ¡y a viví!... A mí me podrá hasé peaso un toro, ¡pero en la vía un roío buey!
Pasó un rato agradable Miguel, oyéndoles disertar en estilo pintoresco, sobre tauromaquia, que para ellos era el compendio de todas las ciencias, y el fin supremo de la vida humana, y se despidió al cabo afectuosamente, no sin haber sido antes convidado a una novillada de aficionados que Enrique y sus amigos estaban organizando a beneficio de unos náufragos que se habían perdido en el Adriático. Esta novillada había de efectuarse el próximo domingo en la plaza de los Campos Elíseos; sería presidida por la señora del ministro de Marina, dirigida por el Cigarrero, y nadie podría asistir a ella sin entregar un duro a la puerta, salvo los amigos invitados por los lidiadores.
Dos o tres días antes del señalado, pasó Miguel por casa de su tío Bernardo. Al entrar en el cuarto de Enrique, oyó gran ruido, como si trasteasen con los muebles; quedó altamente sorprendido al ver a su primo con sendas banderillas en las manos delante de una silla, levantándose sobre la punta de los pies en actitud de clavárselas. Aunque algo avergonzado a causa de la risa que a Miguel le acometió, no tardó en reponerse y manifestarle cómo se estaba ensayando en los cambios, salidas y cuarteos, pues era uno de los banderilleros que el domingo debían trabajar en los Campos.
—Pero esa silla me parece que se debe aplomar algo en la suerte de palos—dijo Miguel.
—Chico, no tengo otra cosa. Quise ensayar con el perrito de mi hermana, y mira lo que me ha hecho...
Y levantando un poco los pantalones, le enseñó las huellas de los dientes del animalito en la carne.
Estaba muy animado, pero confesaba que tenía los nervios un poco excitados y que dormía mal por la noche. ¡Eso de presentarse delante de un público tan lucido! Pero de todos modos, él conocía muy bien la teoría de las banderillas; no le faltaba más que un poco de práctica.
—Mira; para ponerlas al cuarteo, se coloca uno así... con los pies juntitos. Se cita al animal... Hay que esperar que arranque, ¿entiendes? y marchar decidido a cortarle el terreno... Si el toro no baja la cabeza para tirar el derrote... nada... ¡Hay que andarse en esto con mucho ojo!
—¿Y tienes esperanza de ponerlas bien el domingo?
—Si el torete me sale bravo y arrancando bien, pienso estar hasta guapo...
—No te lo aconsejo; te van a desconocer.
—Si sale blando o huido, tiraré a cumplir nada más... a salir del paso. Todo depende de la suerte, como tú comprenderás... Eso le pasa a Cayetano, al Cigarrero y a todo el mundo.
Llegada la tarde del domingo, se fue Miguel a los Campos y entró en la plaza, que ya estaba más que mediada de gente, casi toda de categoría: los lidiadores pertenecían en su mayor parte a la aristocracia. Había en los palcos una muchedumbre de niñas bonitas, ostentando la blanca mantilla de encaje y la peineta: los tendidos de madera estaban poblados de caballeros elegantemente vestidos. Miguel fue a colocarse entre barreras al lado de el Cigarrero que dirigía la lidia, sin tomar parte en ella.
Dada la señal por la presidenta, que era una señora guapetona, muy rumbosa y muy dadivosa, aparecieron en el redondel las tres cuadrillas al son de una marcha española tocada por la banda de un batallón: cada cuadrilla se componía del espada, tres banderilleros y los correspondientes monos sabios: estaban suprimidas las picas. Los alguaciles, que eran dos marqueses, marchaban delante montando briosos caballos y haciendo piernas con ellos. Gran tempestad de aplausos al verlos aparecer: los muchachos se presentaban vestidos de chulos con ricas capas sobre los hombros, imitando perfectamente en el modo de andar el aire y el contoneo peculiar de los toreros. Saludaron a la presidenta y arrojaron con garbo las capas de gala a los amigos, cambiándolas por las de uso. De todos los tendidos se oían voces saludando a los lidiadores: éstos cambiaban gritos y saludos con los espectadores, y sostenían conversación con ellos en alta voz.
Hasta aquí todo marchaba perfectamente. El marquesito alguacil recogió la llave que la presidenta le arrojó, y fue haciendo corvetas a entregársela al encargado de abrir el toril, cargo que, por cierto, se habían disputado un vizconde y el hijo del presidente del Tribunal Supremo. Sonó el clarín y saltó al redondel un torete negro, con bragas, de bonita lámina. El primer sentimiento que los lidiadores experimentaron al echarle la vista encima, fue de traición o engaño manifiesto. Todos ellos le habían visto varias veces, primero en el encierro y después en el corral; pero nunca les pareció ni la mitad de grande que entonces. Así que, sospechando que pérfidamente se lo habían trocado en el chiquero, cambiaron repentinamente el color fresco y sonrosado de sus mejillas por un blanco mate nada vistoso. Y por un movimiento simultáneo, que probaba la unidad de sus convicciones, se pegaron todos a la barrera y colocaron el pie en el estribo, preparados a cualquier evento. El novillo se disparó contra uno de ellos. Todos, como un solo hombre, saltaron la barrera. El novillo, viendo el campo libre, se paseó por él a su talante, en medio de la gritería y algazara de la gente. Un buen rato se estuvieron los lidiadores entre barreras, celebrando consulta, hasta que al fin, estimulados por los amigos de los tendidos, que no cesaban de perseguirles con gritos y pullas, y por el poquillo de vergüenza que todavía les quedaba, después de la salida del toro, se decidieron a entrar de nuevo en el redondel. Pero fue con toda calma, montando sobre la barrera como si estuviesen impedidos de las piernas, y bajándose después poquito a poco; parecía que iban a entrar en un baño de agua fría. Uno de ellos tuvo la audacia de separarse como cinco o seis pasos del tablero, y llamar la atención del novillo con el capote. Una mirada severa del toro bastó para hacerle brincar la barrera sin poner el pie en el estribo.
La corrida fue rica en incidentes. Caídas, choques, atropellos, saltos mayores que el de Alvarado, de todo hubo, hasta cogidas, lo cual, en verdad que parecía imposible. Apenas tiraban el trapo, se echaban a correr llenos de pánico, dándose con los talones en las nalgas, y precipitándose de cabeza por encima de las tablas, sin que el toro se hubiese movido de su sitio. Los banderilleros clavaban los palos en el aire muchas veces; otras en alguna región ignorada del animal. Los espadas igualmente pinchaban donde podían, sin aproximarse jamás, ni por casualidad, al sitio verdadero. En vano saltó el Cigarrero más de veinte veces al redondel a poner orden; en vano les arreglaba los novillos y se los cuadraba, de suerte que no había más que dejarse caer; de todos modos la confusión, el ruido y las atrocidades de todo género no cesaron en toda la tarde.
Enrique, que vestía una chaquetilla elegantísima de terciopelo color granate, en los comienzos de la lidia dio, como sus compañeros, ejemplo de prudencia y circunspección. Rodeó, sí, infinitas veces la plaza, pero fue, casi siempre, por detrás de la barrera, y cuando lo hizo por delante, era tan cerquita de ella, que a cierta distancia parecía por detrás. Llegado el momento crítico de poner las banderillas, que fue en el segundo novillo, las cogió, y aunque muy pálido, marchó resueltamente hacia él; se puso con los palos en cruz, y alzándose sobre la punta de los pies, comenzó a mugir terriblemente para llamar la atención del animal; y en efecto, así que éste le vio en aquella actitud fanfarrona, vino rápidamente a embestirle. Mas, con gran asombro y vergüenza de sus amigos, en vez de clavarle las banderillas las soltó de las manos, y la emprendió a todo correr hacia la barrera. No pudo saltarla. Antes que lo hiciese, el toro le había cogido por la parte posterior, y le había tirado al alto. Todos acudieron y sofocaron al becerro con los capotes. Pero Enrique, levantándose furioso contra él, e indignado contra sí mismo por aquella vergonzosa huida, comenzó a gritar como un energúmeno:—¡Dejádmelo, dejádmelo!—Y arrancando unas banderillas al primero que encontró, se fue ciego, frenético hacia el toro, y se las clavó en el pescuezo, sufriendo por ello una nueva cogida. Afortunadamente, ninguna de las dos tuvo serias consecuencias; los pantalones rotos y algunas contusiones. Los espectadores, desternillados de risa, le aplaudían con calor y hasta le tiraron cigarros.
Quedó muy ufano de este triunfo; tanto que, acercándose al sitio donde estaban Miguel y el Cigarrero, le preguntó a éste:
—¿Eh? ¿Qué le ha parecido a V., maestro?
—No ha tao mal—contestó el torero sonriendo.
VII
Miguel no había dejado de ser nunca uno de los socios más asiduos del Ateneo. Aunque no tomaba parte en las discusiones sobre los pueblos semíticos, se había hecho notar bastante en los círculos privados que se formaban por las noches en el vasto corredor del establecimiento, y se le tenía por un amable y despejado compañero. Trabó amistad con otros jóvenes moluscos de los que más bullían, y éstos no tardaron en comunicarle la fiebre de cargos honoríficos que a ellos les devoraba. La ambición ardía en los pechos de los exploradores de la raza semítica; apetecíanse y buscábanse con noble emulación los cargos de secretarios de las secciones. ¡Era tan brillante el levantarse en el comienzo de las sesiones a leer el acta de la anterior! Las intrigas tenebrosas menudeaban; las traiciones eran cosa corriente. Había dos bandos principales: el de los viejos y el de los jóvenes; los primeros eran más en número, y vencían siempre que no se les cogía descuidados; los segundos, más activos, tramaban asechanzas para derrotar a los candidatos contrarios, unas veces presentando los suyos, en unión de alguna persona ilustre y respetable, otras veces aprovechando las noches de más frío en que los viejos no se atrevían a salir de casa, otras dividiendo con astucia a los enemigos; todos los medios eran lícitos.
Gracias a una de estas sorpresas, y secundado con energía por algunos muchachos, que al verle tan asiduo en la asistencia le respetaban ya como un sabio en ciernes, consiguió Miguel ser secretario tercero de la junta directiva, encargado del alumbrado y calefacción. Y queriendo dar una gallarda prueba de su celo por los intereses del Ateneo, así que tomó posesión del cargo, hizo poner hornillas de cock en las chimeneas y suprimió la leña, que ocasionaba un gasto demasiado considerable. Mas he aquí que esta patente economía, en vez de satisfacer a los socios, les disgusta y levanta polvareda; los viejos se pusieron inmediatamente enfrente del audaz reformador y algunos jóvenes también. ¿Para qué sirven esas economías? ¿Para traer más libros? Demasiados hay en la biblioteca. Un orador novel, joven, tradicionalista e imitador de Donoso Cortés, que en las juntas generales del Ateneo se ensayaba para el Congreso, le apostrofó duramente, luciendo una voz y un juego de actitudes que envidiaría Mirabeau: demostró hasta la saciedad, que aunque el cock proporcionase el mismo calor que la leña, había en ésta un algo espiritual que satisfacía necesidades de orden más elevado; hizo presente que el Ateneo no era una sociedad de mercachifles ocupados en recoger ochavos, y que el sórdido interés debía ser arrojado del templo de la ciencia a latigazos (aquí bebió un sorbo de agua azucarada y se limpió después los labios con esmero). Expresó su profunda sorpresa de que un joven fuese quien tomara la iniciativa en la funesta empresa de privar de comodidades a los hombres que trabajan en el campo de la ciencia, y con tal motivo exaltó el respeto que le es debido y que siempre se ha tributado al sabio, haciendo un bello y minucioso parangón entre éste, que con sus obras eleva y enriquece los espíritus, y el obrero de la materia, que eternamente será siervo de la gleba, decidiéndose, claro está, por aquél. Por último, terminó diciendo que al declararse partidario incondicional de la leña, no le impulsaba ningún móvil bastardo, que no se hacía eco de ningún resentimiento particular, porque no cabían en su corazón tales miserias vergonzosas; hablaba solamente por el deseo generoso de mantener en el Ateneo el sello espiritual que siempre le había caracterizado. Este elocuente discurso provocó muchos aplausos entre los socios, particularmente los viejos, los cuales en las primeras elecciones de cargos derrotaron a Miguel, nombrando en su lugar al joven tradicionalista.
Tanto como a Miguel le aburrían los discursos hueros y ampulosos que se pronunciaban en el salón de sesiones, tanto le agradaban a su antiguo amigo y condiscípulo Mendoza y Pimentel. Muy rara vez se le veía en la biblioteca con un libro abierto; pero en cambio, por milagro perdía una sesión lo mismo de la sección de ciencias exactas, que de la de morales y políticas o literatura. Admiraba profundamente a casi todos los oradores, cuanto más campanudos mejor, y se enfadaba con Miguel cuando éste hacía burla de ellos. Poco a poco se había ido modificando la opinión que de él tenía formada desde la infancia. Después de haber oído a los oráculos del Ateneo, comprendía que Miguel era un chico listo, «pero bastante ligero.» Ya no le pedía dinero, porque había ascendido a diez y seis mil reales de sueldo, los cuales empleaba casi todos en vestirse y una mínima parte en comer; pero su amistad continuaba inalterable. Se hizo presentar por Riverita en algunas tertulias políticas donde nuestro joven tenía acceso, entre ellas la del general conde de Ríos, uno de los jefes a la sazón del partido liberal. Esta fue la que más le plugo y donde echó raíces. El general era un hombre de genio vivo y enérgico, hablador sempiterno, narrador de cuentos verdes, con mucha afición a la política y poca o ninguna al arte militar. Al principio no le cayó en gracia Mendoza: su carácter grave y silencioso le causaba tedio:—¿Sabe V., Riverita, que ese amigo de usted es lo mismo que un roble?—le dijo pocos días después de habérselo presentado. Cómo se arregló Mendoza para llegar a ser al cabo de algunos meses uno de los íntimos de la casa y acompañantes preferidos por el general, fue cosa que nadie supo. Y, sin embargo, era muy sencillo de explicar. Mendoza sufrió una temporada la frialdad del conde y el desdén de la condesa con gran filosofía, y siguió asistiendo constantemente a la tertulia. No tomaba parte muchas veces en la conversación, porque tenía la desgracia de que no se le ocurría jamás una frase oportuna o chistosa; cuando lo hacía, era únicamente para manifestar su aprobación absoluta e incondicional a las palabras del conde, o para interrumpir con un ¡oh! o con un ¡ah! que expresaban su admiración y simpatía.
Un día el general descubrió con sorpresa, al hablar del sistema colonial inglés, que Mendoza pensaba exactamente igual que él sobre esta cuestión. Verdad que el mismo general había emitido su opinión, hacía algunos días, delante de aquél; pero ya no se acordaba.—Este chico—se dijo—es más de lo que parece. Otro día descubrió la condesa, que jugaba peor que ella al tresillo, y que era un compañero a quien de vez en cuando se le podía dar codillo: desde entonces le miró con simpatía y le invitaba con frecuencia a hacer el cuarto. Si alguna vez se le ocurría ganar, la condesa le hacía pagar cara la victoria, dirigiéndole una granizada de bromas que cualquier tomaría por insolencias: pero Mendoza sonreía tan candorosamente y daba pruebas tan patentes de que sólo la suerte había ocasionado la derrota de la dama, que ésta concluía por reírse también. En poco tiempo conquistó la simpatía y hasta el afecto de los esposos. Habiéndose ofrecido al general para ayudarle a escribir cartas en ocasión en que éste se hallaba muy apurado, cumplió con tal exactitud, que apesar de que las epístolas eran un poco pedestres y enrevesadas, aquél aprovechó sus servicios algunas otras veces, y hasta recabó del jefe de la oficina que le dejase libre algunas horas a fin de no molestarle tanto. Con esto casi puede decirse que fue desde entonces el secretario particular del conde, y como tal era considerado por las personas que frecuentaban la casa. No tardó en hacerse indispensable a la familia. Por las mañanas, antes de ir a la oficina, daba una vuelta por la casa: el general le encargaba algunos recados o visitas que no podía hacer personalmente ni confiar a ningún criado, la condesa, menos escrupulosa que su marido, le hacía muchas veces desempeñar oficios humildes: como comprar juguetes para los niños, pagar algunas cuentas al joyero, etc. Por las tardes solía acompañar al conde a paseo, casi siempre a pie, pues no era aquél amigo de usar el coche.
Al paso que Mendoza intimaba con este personaje y se hacía de sus familiares, Miguel seguía siendo nada más que uno de tantos como visitaban la casa: y aun podía asegurarse que en los últimos tiempos, sus relaciones con la generala Bembo habían traído cierto enfriamiento en todas las demás. Lucía le reclamaba casi todo su tiempo. Por otra parte, le desplacían cada vez más las tertulias políticas, donde los asistentes ven y examinan todas las cuestiones por el prisma, no del entendimiento del dueño de la casa siquiera, sino de la pasión que le agita en cada momento, y repiten siempre como un eco las palabras del jefe. Aunque algunas veces despertaba la risa y la alegría en la reunión con sus frases picantes y observaciones oportunas, había con respecto a él cierta prevención desfavorable, hija, a no dudarlo, del temor; todos le sonreían, pero cuando estaba presente no reinaba la misma confianza que cuando ausente. Nada hay que moleste tanto a los hombres vulgares como el ingenio, y en la tertulia del general formaban aquéllos mayoría. Miguel notaba vagamente esta hostilidad; comprendía que no estaba en su centro, y por eso iba pocas veces.
Grande fue su sorpresa cuando una noche al entrar en el salón de sesiones del Ateneo, vio a su amigo Brutandor en el uso de la palabra. Peroraba Mendoza desde uno de los bancos de la izquierda, donde acostumbraban a sentarse los jóvenes demócratas, y lo hacía con tanto desembarazo, con tan briosa entonación como si en toda la vida hubiera hecho otra cosa.—¡Ave María!—dijo Miguel para sí—este Brutandor no conoce la vergüenza.—Y se sentó en una silla para escucharle. Pero como esperaba tan poco de él, quedó agradablemente sorprendido al ver que iba saliendo del paso. Se discutía la cuestión social. Mendoza repitió todos los lugares comunes que se encuentran en los manuales de Economía política, manoteando muchísimo, dando cortos paseos por delante de la silla y pronunciando las palabras con un cierto recalcamiento sonoro, de suerte que no se perdía una sílaba. Las condiciones externas, la voz, la figura, le favorecían en extremo. En su discurso citó infinitas veces los nombres de Cobden y la Liga de Mánchester, sobre los cuales se detenía con particular cariño, tanto que Miguel en una temporada no le llamó más que «el coaligado de Mánchester.» Algunos de los socios salieron del salón antes de concluir; la mayoría, no obstante, se quedó escuchándole con atención. Al terminar le dieron algunos aplausos de cortesía. Miguel, que estaba pasando un mal rato por el temor de que se pusiera en ridículo, respiró.
—Querido Mánchester, has estado bastante bien—le dijo abrazándole. Y lo creía de buena fe. No podía negarse que Mendoza había progresado mucho. Pero en el curso de las discusiones menudeó de tal modo los discursos, que a Miguel llegó a hacersele insoportable tanta vulgaridad y tan campanudamente dicha, y dejó de entrar a escucharle.
A fuerza de mucho hablar, Mendoza logró hacerlo con cierta facilidad, y adquirió pronto el aplomo y los modales de los oradores más célebres, a los cuales imitaba (en la parte externa, por de contado) escrupulosamente. Subía y bajaba la voz y la ahuecaba como un consumado artista; llevaba las manos trémulas al pecho, las agitaba en el aire y doblaba el espinazo aunque estuviese diciendo cualquier cosa natural y corriente, sólo porque Castelar y Moreno Nieto lo hacían en los pasajes patéticos; terminaba muchas veces los períodos con las palabras «tribunal de la historia», «las leyes indeclinables del progreso» o «la emancipación de los pueblos», abriendo mucho la e de pueblos, como era moda entonces. Aunque algunos inteligentes sonreían escuchándole, no dejó de ser considerado, al cabo, como joven instruido y «de esperanzas.»
Una tarde, Brutandor llamó aparte a Miguel, y llevándole a uno de los rincones del Ateneo, le propuso fundar entre los dos un periódico. Para ello contaba con una persona que facilitaba el dinero, y con la protección del general conde de Ríos, que sería su inspirador. Halagole la idea a nuestro joven viendo en ello un modo de despertar su actividad dormida y desahogar la mente de porción de ideas que allá le bullían acerca de los sucesos políticos y de los personajes que en ellos intervenían. Aceptó, pues, con júbilo, y Mendoza quedó encargado de dar los pasos necesarios para sacar la autorización, alquilar cuarto, buscar imprenta, etc. En pocos días quedaron zanjados estos asuntos, y fue resuelto que un jueves, 1.º de abril, aparecería el primer número de La Independencia, «diario liberal de la mañana.»
VIII
Después de la aventura del armario, Miguel quiso persuadir a la generala a que comprase el silencio de la doncella, a fin de no pasar en adelante un susto parecido. Lucía se opuso resueltamente a ello; no podía ni quería fiar la llave de su honor a un criado, y hablaba a menudo de traiciones, anónimos dirigidos al general, cartas interceptadas y otros cuentos terroríficos que no dejaban de preocupar a Miguel por algunos momentos. Pero al mismo tiempo se asombraba de que siendo tan públicos los desvaneos de la dama, hubieran pasado inadvertidos para su marido. Lo que había de positivo en todo esto, y así lo entendió pronto, era que la naturaleza de Lucía necesitaba del aliciente del secreto y del temor. El ansia, la zozobra, los terrores súbitos, las esperas prolongadas, los momentos supremos de angustia, los esfuerzos de ingenio para buscar recursos, los rasgos de osadía, el drama, en fin, del amor perseguido con todo su aparato de misterio y disimulo, le placía sobremanera. Lo que no fuese temblar, colocar señales en los balcones, esconder a su amante y estar siempre a dos dedos de ser descubierta, lo hallaba monótono y fastidioso. ¡Cuántas veces, estando en el lecho a las altas horas de la noche, se estremecía al escuchar el rumor de un carruaje! Levantaba vivamente la cabeza, apretaba con las manos crispadas el brazo de su amante y escuchaba ansiosamente. ¿No podía venir en él su marido y sorprenderlos? ¡Qué miedo! ¡Qué angustia! Sólo cuando el coche seguía de largo por delante de la casa haciendo vibrar los cristales, se calmaba su congoja y volvía a la vida.
Una nueva aventura muy desagradable, semejante a la del armario, vino a concluir con la paciencia de Miguel y a darle ánimos para exigir seriamente de la generala que pusiera a su doncella al corriente de lo que pasaba.
Desde la aventura del armario, Miguel, siempre que la doncella venía, se ocultaba en la alcoba debajo de la cama. Una noche, como de costumbre, Lucía le mandó que se fuese al escondite para arreglar con Carmen las cuentas del día. Le parecía esto un excelente medio para disimular y evitar sospechas. Tiró en seguida de la campanilla, y habiendo acudido al instante Carmen, se puso con todo sosiego a tomarle la cuenta. Era la hora de las confidencias domésticas: la doncella, al paso que explicaba el empleo del dinero, se entretenía a narrar todos los incidentes insignificantes del día, las nonadas de la casa: hablaba largamente de las gracias de Chuchú, de sus oportunas contestaciones, comprendiendo que era el flaco de la señora; se quejaba de algunas groserías del jefe; contaba con risita burlona que miss Ana había comprado una nueva caja de polvos de arroz.—¡Bah! ¿para qué querrá esa buena mujer los polvos de arroz? ¡De todos modos ha de salir a la calle más fea que Picio!—Pasaba revista a la servidumbre y formulaba juicios y acusaciones. María no se llevaba bien con el lacayo. El cochero daba muy mala vida a su mujer, el miércoles la había pegado con la fusta hasta que se cansó.—¡Qué hombres tan perversos hay! ¿verdad, señorita? Para dar con uno así, más vale quedar soltera toda la vida.
La generala procuraba cortar secamente los asuntos y abreviar. Carmen acudió a la lisonja esta noche para prolongar la conversación.—¡Qué hermosa estaba la señora con el vestido azul que se había puesto ayer tarde! La doncella de los Ramírez había oído al señorito decírselo a su hermana. Todos los colores le venían bien a la señora: ¡pero particularmente el azul!... ¡Ah, el azul le sentaba como a nadie!
Lucía se enterneció un instante: preguntó con interés por los Ramírez.—¿Es verdad que el señorito se marchaba a París uno de estos días? Un chico feo, pero simpático: cierto día le había oído contar un sucedido con mucha gracia. Después habló de un vestido que proyectaba hacerse, en color claro con adornos de terciopelo carmesí; una idea que se le había ocurrido a ella sin consultar a la modista; estaba segura de que había de gustar mucho. Pero súbitamente volvió en sí y dijo con palabra rápida y seca:
—Vamos, adelante,... el pañuelo de la niña diez y seis, ¿no es eso?
—Sí, señorita.
—Son cuarenta y tres... ¿Ha comprado V. el jabón?
—Nada más que una pastilla... no me acordaba si la señora me había mandado comprar dos o una...
—Le había mandado comprar dos; pero no importa... ¿Dónde la ha puesto V.?
—En la alcoba, sobre la mesa de noche.
Al pronunciar estas palabras entró en la alcoba para buscar la pastilla. Cuando llegó cerca de la mesa, dio un grito de terror.
Miguel quedó yerto en el fondo de su escondite. La generala, con voz demudada, preguntó desde fuera:
—¿Qué es eso, Carmen?
—¡Señorita... un sombrero de hombre sobre su cama!
Hubo unos instantes de silencio, durante los cuales el corazón de Miguel daba saltos terribles. La generala se repuso muy pronto.
—¿Y por eso se asusta V., tonta?... Revolviendo mi armario, he tropezado con ese sombrero del señor, que no sé cómo vino a dar a él... Me estorbaba y lo he sacado... Si V. lo quiere y puede sacar algo de él, lléveselo... no sirve para nada.
—Muchísimas gracias, señorita—dijo la doncella, saliendo con el sombrero en la mano.—Tengo un hermano a quien le servirá tal vez...
No se habló más del asunto. La generala siguió tomando la cuenta con calma, el semblante pálido, la voz un poquito alterada.
Miguel se vio necesitado a salir aquella noche sin sombrero. Esperó un rato en el portal vecino y se metió en el primer coche de alquiler que acertó a cruzar.
Al fin la generala cedió a los deseos, vehementemente expresados por su amante, y se confió a la doncella. Desde entonces sus entrevistas fueron fáciles y tranquilas. Carmen les evitaba con arte toda molestia, les suministraba completa seguridad y sosiego. Con este nuevo orden de cosas se acomodaba muy bien nuestro héroe; parecía que le habían quitado un gran peso de los hombros; en realidad compraba antes demasiado caros los placeres que su amiga le proporcionaba.
Pero la generala no se avenía tan bien con el sesgo tranquilo y prosaico que tomaban sus amores; la seguridad, la exactitud de cronómetro de las citas, el amable sosiego que en ellas disfrutaba, la descorazonaron, comenzaron a aburrirla, y en sus adentros le pesaba de que Carmen se hubiese prestado tan gustosa a servirles. Toda la vida había tenido el flaco de las aventuras; mas a última hora esta afición se había exacerbado de un modo notable; experimentaba un apetito voraz de lo extraordinario, como si se le escapase la juventud y no quisiera terminarla sin un buen golpe. Así que no pudiendo satisfacerlo con soñadas escenas trágicas, porque Miguel se reía de sus temores, diose a ejercitar su recalentada imaginación en otra clase de caprichos raros. Nada podía llevarse a cabo en sus relaciones de un modo normal; era forzoso adobarlo todo con alguna especia de misterio. En los teatros, para comunicarle cualquier noticia, pudiendo hablarle sin obstáculo alguno, prefería emplear un sin número de signos masónicos o señales misteriosas hechas con el abanico, los guantes, los gemelos o cualquier otro utensilio, de lo cual resultaba en ocasiones no poca confusión y perplejidad para Miguel. Las cartas que le escribía iban siempre firmadas con nombre de varón, Alfredo, como si fuesen de un amigo a otro; mas no por eso dejaban de venir salpicadas con toda clase de frases apasionadas: «Te adora con todo su corazón... Alfredo.» «Querido de mi alma, los minutos lejos de ti se convierten en siglos...» «Ayer contemplando la luna desde el balcón de mi cuarto me asaltó el recuerdo del paseo nocturno que hemos dado hace algunos días y sentí resbalar las lágrimas por mi rostro...» «Te manda un tierno abrazo apasionado tu Alfredo.» Si las tales cartas se extraviasen darían mucho que pensar y reír al curioso que con ellas topara.
Y en verdad que Lucía no las escaseaba: nada le placía tanto como disolver el ardor de su corazón gastado en renglones interminables. Había leído muchas novelas y copiaba descaradamente los conceptos amatorios de más bulto: particularmente Jorge Sand, su novelista predilecto, le suministraba un cargamento de pensamientos, unas veces delicados, otras extravagantes, con que sazonar sus inconmensurables epístolas. Su puntillo consistía en escribirlas muy espirituales, plagadas de signos de admiración y puntos suspensivos. No pocas veces, después de pasar con Miguel unas cuantas horas, le mandaba por la doncella cinco o seis pliegos de letra menuda.
La fantasía de la generala era todavía más fecunda en la invención de nuevos y peregrinos placeres. Cierta noche del mes de marzo, en que por rareza cayó una fuerte nevada sobre Madrid, mirando descender lentamente los copos por la atmósfera, le vino en apetito el hacer una escursión al Retiro con Miguel.—¡Qué hermoso debe de estar a estas horas! Veremos la nieve cuajarse en las calles de arena y formar alfombra. ¡Qué placer hundir los pies en ella!... ¡Y los árboles! ¿cómo estarán los árboles? ¡Qué lindos!... A mí me encanta la nieve... ¿Te atreves a ir?... ¿A que no?
Claro que Miguel no se atrevía y que deploraba en el alma aquel raro capricho; pero se avergonzaba de confesarlo. Opuso resistencia, aunque débil; manifestó algunas dudas acerca de si les consentirían la entrada; habló vagamente de pulmonías, fiebres catarrales, etc. La generala no le escuchaba; le parecía su proyecto tan original, que por nada dejaría de ponerlo en obra; era de lo más romancesco que nunca se le hubiera ocurrido. Miguel aceptó al fin, aunque de mala gana. No obstante, cuando salieron a la calle y vio que el cielo se iba despejando y que la luna asomaba ya su disco plateado por los bordes de una nube, no pudo menos de proferir una exclamación de entusiasmo.
El Retiro estaba espléndido, arrebujado en su jaique blanco. La amartelada pareja lo recorrió con extremado gozo, deteniéndose a menudo para comunicarse sus impresiones. Aquel paisaje, un poco teatral, debía enajenar de placer a la generala. Caminaba en perpetuo éxtasis, dejando escapar exclamaciones de asombro, hablando de las dulzuras de la muerte, del mundo invisible y de las regiones donde el amor es perdurable: nunca se creyó tan superior, tan por encima del nivel común de la humanidad como entonces: compadecía sinceramente a los seres vulgares que en aquellas horas estaban tranquilamente durmiendo y no gozaban como ellos del mágico efecto de la luna sobre la nieve. Miguel no los compadecía tanto, sobre todo desde que había estornudado cuatro o cinco veces seguidas.
Al ver un rinconcito en que la nieve había cuajado en más abundancia, circundado de alto seto de rosal donde los árboles dejaban pasar por entre sus brazos, delgados hilos de luz, la generala se detuvo sorprendida y cautiva; un pensamiento extravagante cruzó por su cabeza y una sonrisa entreabrió sus labios. Tomó la mano de Miguel y lo condujo suavemente hasta el centro de aquel fantástico recinto, y se dejó bañar un instante por el rayo de la luna. Mil pensamientos poéticos cruzaron entonces por la imaginación de la dama. ¡Qué desprecio y qué asco le inspiraba en aquel momento el mundo frívolo que se veía obligada a habitar! Desde aquel blanco nido inmaculado se debía ascender a las puras regiones de lo ideal, al país de los ensueños, a vivir y comerciar con los seres privilegiados, donde la pasión impera sin absurdas trabas sociales. Sentíase trasfigurada en semi-diosa, sublimada por la pálida luz que la inundaba y el blanco tapiz que se extendía a sus pies, divinizada por el enjambre de altas y hermosas ideas que revoloteaban por su cabeza. La acometió un rapto de apasionada locura, y se colgó súbitamente al cuello de su amante, cubriéndole de besos: después, como un pájaro herido de amor, se dejó caer sobre la nieve y obligó a Miguel a sentarse a su lado: y comenzó a recitar con voz enternecida el poema que más le había subyugado nunca, Le Lac, de Lamartine. Las manos enlazadas, juntas las sienes, la mirada húmeda y anhelante, fija en el disco de la luna, dejáronse arrastrar ambos dulcemente al mundo de las quimeras deliciosas y se repitieron con acento arrobador lo que mil veces se habían dicho ya. El blanco manto de armiño conservó su huella hasta que el sol vino a borrarla.
IX
Julita soltó una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el gabinete de Miguel. «¿De qué se reirá aquella loca?» se preguntó éste sonriendo también frente al espejo mientras se aderezaba para salir.
—¡Miguel! ¡Miguel!—gritó su hermana desde el pasillo.—Ven aquí, por Dios; ¡mira, por tu vida!
Acudió solícito, y al asomar la cara por el corredor, vio a su primo Enrique en traje de chulo; chaquetilla corta, faja de seda, camisola bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro, pantalón ceñido y bota de charol: el complemento del traje era una vara en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.
Julita se arrimaba a la pared, sujetándose la cintura con las manos para no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreía un poco avergonzado. Miguel siguió al instante el ejemplo de su hermana.
—La cosa no merece tanta risa—concluyó por decir el primo, amostazado.
Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un poco, vinieron hacia él y le examinaron curiosamente.
—¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te ha visto tu padre?
—No: me he ido a vestir a casa de un amigo: tengo allí el traje...
—Pues si te ve, de fijo le da un ataque. ¿Y a qué asunto te has vestido hoy de chulo?
—¡Toma! ¿no sabes que se abre la temporada?
—¡Ah! ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero?
—¡Ya lo creo!: después de quince años que no pisa la plaza de Madrid. A eso venía, a ver si quieres ir conmigo.
—Hombre—dijo indeciso,—no soy muy aficionado a los toros; pero el Cigarrero me ha sido simpático... ¿Me traes localidad?
—Te traigo la contrabarrera de un amigo que está enfermo. A mi lado ya sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras están abonadas; pero estamos cerca.
—¡Ay, llévame, Miguel!—exclamó Julita saltándole al cuello.—Llévame a los toros.
—¿Tienes deseo?
—¡Muy grande! Los toros me encantan.
—¡Eso, eso!—gritó Enrique entusiasmado. Tú eres española de pura raza. ¡Pisa ese sombrero, chiquita!
Y lo arrojó al suelo.
Julita no se anduvo con melindres; tomó la galantería al pie de la letra y se puso a taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que si Enrique no acude a tiempo se lo hace pedazos.
—Está visto que contigo no se puede ser galante—dijo de mal humor mientras lo limpiaba con la manga de la chaqueta.
Miguel, previo el permiso de su madrastra, mandó al criado por una carretela a casa de Lázaro y por un palco a la de un revendedor conocido. Después que madre e hija se vistieron la clásica mantilla y Miguel cambió la levita y el sombrero de copa por la americana y el hongo, subieron los cuatro al carruaje.
Eran las dos y media de la tarde. El sol brillaba en el firmamento sin que una sola nube asomara por el horizonte a recibir su parternal caricia. Madrid gozaba del privilegio divino de su cielo sin dirigirle siquiera una mirada de gratitud, como una sultana a quien las caricias causan tedio. Al cruzar por la Puerta del Sol, vieron el chorro de su fuente, despidiendo fúlgidos destellos elevarse por encima del tejado del Principal. A la entrada de la calle de Alcalá había una larga fila de ómnibus que una muchedumbre asaltaba anhelante, furiosa, cual si se tratara de escapar a un grave e inmediato peligro. Pero muy contra lo que sucede en casos tales, en vez de oponerse los unos a que se encaramasen los otros, todos se ayudaban con solicitud, mostrando por anticipado lo que debe ser y lo que será con el tiempo la fraternidad universal.
—Eh, buen hombre, que se va V. a caer... Deme V. la mano.—Caballero, téngame V. por el bastón.—No ponga V. el pie sobre la rueda.—¿Quiere V. que nos apretemos más? Bueno, hombre, bueno, nos apretaremos.
Estos gritos se oían en todas partes, viéndose a algunos pobres viejos por el aire, elevados a la imperial de los ómnibus en brazos de los que ya estaban en ella. Las caras resplandecían de alegría, lo mismo que el cielo. La acera de la derecha, donde estaba el despacho de billetes, veíase cuajada de gente, que discurría por ella en espectativa de que las localidades bajasen y se pusiesen al alcance de su bolsillo. Un sinnúmero de coches particulares y de berlinas de punto cubrían más abajo la ancha carretera, galopando en dirección a la plaza; y al través de ellos, dejándolos atrás en seguida, corrían desbocados los ómnibus, mientras los que iban encima, sin miedo a estrellarse, embriagados por la carrera vertiginosa, saludaban con gritos de alegría a los que iban dejando en pos de sí. Algunos picadores con sus chaquetas de brocado y sombreros inmensos galopaban también sobre algún mal caballo, llevando a las ancas a un amigo, que le abrazaba cariñosamente para no caerse. Los peones bajaban por las aceras lentamente, en amable plática, formando apretados y numerosos grupos.
Una carretela abierta, donde iban toreros, se acercó un instante al costado de la de Miguel y siguió adelante. Era la del Cigarrero, que contestó al saludo de Enrique y Miguel con la gravedad afable que le caracterizaba. El Serranito y Merluza, que iban con él, saludaron con más expansión.
—Me brindarás un par, ¿no es verdad, Baldomero?—gritó Enrique.
—A uté no, que e mu feo: a esa señorita tan remonísima que yeva uté a la vera—contestó el Serranito.
Julita se echó a reír, ruborizada.
En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, se agitaba la multitud, pugnando por entrar; los coches que allí se juntaban producían disturbios y motines, que los guardias no eran suficientes a reprimir. Después de dejar a su madrastra y hermana en el palco, Miguel se retiró con su primo, pretextando que deseaba ver de cerca matar el primer toro al Cigarrero, y que luego volvería; en realidad, era porque había visto a la generala Bembo en un palco con la señora del banquero Mendiburu. Bajó al redondel, y desde allí pudo hacerse notar de ella, y la saludó ceremoniosamente con el sombrero.
La arena estaba llena de aficionados; una muchedumbre abigarrada, compuesta de estudiantes, paletos, chulos, señoritos y soldados, elegantes unos, otros desarrapados, fraternizando todos y creyendo que por el mero hecho de hallarse allí, en el terreno del toro, como si dijéramos, participaban del arrojo y gallardía de los lidiadores. Los tendidos se iban poblando lentamente, y desde aquí al redondel mediaban saludos y gritos entre unos y otros, que convertían la plaza en un mercado. La voz de los vendedores de naranjas salía entre todas las demás; y las naranjas, cuando alguno las demandaba, volaban rápidas y certeras de las manos de aquéllos a las del comprador, por encima de las cabezas. En los tendidos de sombra, los jóvenes lechuguinos charlaban en voz alta, levantando la cabeza para mirar a las damas de los palcos. En los de sol, los honrados menestrales se acomodaban en sus asientos, resueltos a dejarse tostar toda la tarde, y hablaban entre sí de tauromaquia, muy pagados de ser los verdaderos inteligentes en la plaza. El júbilo, la alegría nerviosa que comunica la esperanza del placer, brillaba en todos los ojos.
Al fin los alguaciles salieron a despejar, y los aficionados del redondel se fueron retirando hasta dejarlo enteramente libre. Enrique y Miguel, que habían estado en los patios interiores hablando un momento con el Cigarrero y su cuadrilla, también fueron a ocupar los respectivos asientos. El ruido había disminuido bastante; gracias a esto se percibían los acordes de la charanga de hospicianos, que hasta entonces no había logrado hacerse escuchar. Los espectadores sacaban los relojes y dirigían miradas significativas a la presidencia. En esto la charanga entonó con energía la marcha real; todos los rostros se volvieron al mirador regio donde apareció la reina Isabel: algunos batieron palmas; otros dijeron «chis, chis,» porque la atmósfera política estaba entonces encapotada con ciertos nubarrones que descargaron no mucho tiempo después. Hecha la señal, al cabo, las cuadrillas entraron en la arena al son de la marcha de la zarzuela Pan y toros: salían, como de costumbre, formando tres filas, al frente de cada cual iba el respectivo espada. Al verlos estalló un prolongado aplauso. Cruzaron la plaza graves, firmes, acompasados, escuchando la gritería que su aparición había levantado, con la mayor indiferencia; brillaban sus ricos vestidos y capellares despidiendo vivos destellos que alegraban la vista.
—¡Miale, miale el viejo!... Ese es, el de la izquierda... Miale qué cara tiene... ¡Le zumba el alma a ese tío!.. En España no queda ya quien reciba toros más que él...
Toda la atención de la plaza estaba concentrada sobre el Cigarrero, apesar de que mataban también el Gordo y Lagartijo, que comenzaba entonces a ser el niño mimado del público. Mas para el aficionado madrileño, el ver recibir un toro es una de esas ilusiones que jamás se realizan aunque vivan constantemente en el corazón: aguantar lo hacen varios toreros; pero recibir, lo que se llama recibir de verdad, no lo han hecho más que los héroes antiguos del toreo.
Saludaron con ademán uniforme a la presidencia, y rompieron filas, tirando las capas de gala a los amigos de los tendidos, que se encargaron de su custodia con más orgullo que si se tratara del Arca de la Alianza. El presidente sacó el pañuelo; sonó el clarín; abriose la puerta del toril: apareció el primer toro. Era un Miura castaño, chorreao, listón, fino y de hermosa lámina, largo y levantado de cuerna. Mostrose voluntario y noble en las varas, aguantando seis puyazos de los picadores de tanda. Pero al llegar a los palos comenzó a defenderse. Sin embargo, el Serranito le clavó un soberbio par cuarteando con finura y limpieza, que sorprendió agradablemente al público: en Madrid no sabían, como en Sevilla, que Baldomero era un chico que daría mucho que hablar. Merluza se pasó una vez y luego colgó un palo cuarteando también. Volvió el Serranito a coger los palos, y después de intentar en vano colgárselos al sesgo, se los puso quebrando con limpieza y maestría. Hubo un delirio de palmas en la plaza; su figura esbelta y la singular corrección y delicadeza de sus facciones, cautivaron al público; las mujeres le clavaban codiciosamente los gemelos; se paseó triunfante en torno de la plaza recibiendo sonriente el aplauso de los tendidos.
Llegó su turno al Cigarrero: avanzó gravemente hacia la presidencia, se quitó la montera y dijo con voz ronca unas cuantas palabras que nadie pudo entender; después se fue derecho al toro, que tenía marcadas tendencias a huirse. Persiguiole infructuosamente algún tiempo en medio de la curiosidad expectante de la plaza. Por fin, gracias a los esfuerzos de la cuadrilla, pudo trastearle, y lo hizo bastante ceñido, dándole algunos pases buenos; el público aplaudió y se las prometió muy felices. Mas en medio de la faena, el diestro sufrió una colada y perdió enteramente el aplomo; dio otros tres o cuatro pases sin confianza y descompuesto; y deprisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el animal, lió el trapo bastante lejos y se tiró a paso de banderillas. La estocada resultó un bajonazo de lo más malo que nunca se hubiera visto. Es indescriptible la cólera que se apoderó de los espectadores. Si hubiera sido otro torero, hubiera pasado con una silba, grande o pequeña; pero haber concebido la esperanza de ver a un antiguo maestro toreando por el sistema de Montes y venir a la plaza a presenciar aquella ignominia, esto ponía fuera de sí a los aficionados. ¡Qué gritería, cielo santo! ¡Qué injurias! ¡Qué lamentos! Parecía que a cada uno le acababan de robar el honor de su hija.
—¡Morral, ladrón, gran cochino! ¡Así te ahorquen por los pies! ¿Eres tú el que recibías los toros? ¡A la cárcel con ese pillo! Señor presidente, ¿para cuándo quiere V. la Guardia civil?
Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas vacías y hasta algunas piedras, volaban a la plaza, y por milagro no herían al diestro. Éste avanzaba, pálido, avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar cerca del tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja certera le dio en el rostro y le sacó sangre. Enrique, que ya estaba excitado y nervioso, no pudo reprimir la indignación, y levantándose gritó a los que estaban detrás:
—¿Quién ha sido ese valiente? ¿Ese valiente sin vergüenza?
—¡Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile!—contestaron desde arriba.
—¿Se dirige V. a mí?—dijo uno levantándose con arrogancia.
—Me dirijo al que haya sido.
—Pues nos veremos las caras al salir.
—Se la veré a usted para escupírsela—contestó Enrique encolerizado.
—¡Fuera, fuera! ¡Que se siente ese babieca!—gritaron desde arriba.
No tuvo más remedio que hacerlo. El Cigarrero sonreía limpiándose la sangre con el pañuelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a Miguel se le apretó el corazón y estuvieron a punto de saltársele las lágrimas.
Sólo cuando apareció el segundo toro en el ruedo, concluyó del todo la bronca. Por más que trabajó, hasta no poder más en los quites, el pobre Cigarrero no consiguió captarse la benevolencia, ni siquiera el perdón del público. Cuantos esfuerzos hacía, cuantos capotes echaba (y la justicia obliga a declarar que los echaba con arte), servían de befa y de irrisión al enfurecido pueblo. El Gordo, en su toro, estuvo como casi siempre, pasando de muleta con maestría y pinchando bastante mal. Lagartijo toreó el suyo sobre corto y con frescura, y se metió por derecho a volapié, dando una buena estocada, pero saliendo trompicado. Muchos aplausos.
Llegó el cuarto toro, que correspondía de nuevo al Cigarrero. Era un Veragua colorado listón, bragado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena estampa, como casi todos los del Duque; un bravo y hermoso animal.
Merluza le colgó un buen par al cuarteo. El Serranito cogió después los palos, y en cuanto el público le vio en medio de la plaza, aplaudió.
—¡Ole tu mare, saleroso!
Quiso ponerlas cuarteando también, pero se pasó una vez porque el toro no arrancó. Volvió a cuartear y volvió a pasarse por la misma razón. De nuevo se fue hacia el toro, y otra vez se pasó. Entonces hubo cierto movimiento de impaciencia en el público; se oyó un silbido; esta fue la perdición del pobre mozo. Herido su amor propio, acometió ciego a la res y quiso clavarle las banderillas a todo trance; el toro, que no se había movido, le enganchó por debajo del brazo y lo echó al aire. Sonó un grito de horror en la plaza. Las cuadrillas enteras se arrojaron sobre el animal, tratando de llevárselo; pero inútilmente. Inútilmente el Cigarrero brincaba con heroísmo delante de los cuernos, metiéndole el trapo por los ojos; inútilmente Lagartijo y el Gordo le echaban también los capotes, exponiéndose a morir; el toro, como si tuviese algún agravio del infortunado Baldomero, no atendía a nada, y lo recogió otra vez y otra vez lo tiró al aire. Entonces el Cigarrero, por última inspiración, soltó la capa, se agarró fuertemente al rabo de la bestia y comenzó a colearla; dio tantas vueltas, que al fin cayó mareado; el Gordo la llevó con la capa lejos. En esto el Serranito se había puesto en pie, sonrió forzadamente al público, como el gladiador que quiere morir con gracia, se llevó la mano al pecho y cayó de nuevo, soltando chorros de sangre por las heridas. Dos monos sabios lo recogieron y lo llevaron a la enfermería; otros corrieron en seguida a tapar la sangre con arena.
El presidente, que debía de estar conmovido y alterado como todos los espectadores, dio la señal de muerte, sin considerar que al toro no se le habían puesto más que un par de banderillas, y que era peligroso para el espada que fuese tan entero a la muerte. ¡Aquí fue ella! El público, que gusta de mostrar buen corazón después que han sucedido las desgracias, se levantó en masa, volviéndose iracundo contra el presidente, como si él fuese quien hubiera pegado las cornadas al Serranito.
—¡Bárbaro, bárbaro, asesino!
Agitaban frenéticos los puños y los bastones frente al palco presidencial, los ojos llameantes, los rostros demudados por la ira. Nadie respetaba ni se acordaba siquiera de la majestad que estaba a su lado: se proferían los dicterios más soeces. Pero el presidente, aunque estuviese arrepentido, y debía de estarlo, a juzgar por la confusión que se reflejaba en su semblante, ya no podía revocar la orden; su dignidad se lo impedía. Entonces el público se volvió al Cigarrero, que ya había cogido los trastos, y le gritó:
—¡No lo mates, no lo mates! ¡Que lo mate ese asesino!
El Cigarrero encogió los hombros y se dispuso a ir en busca de la res. En aquel instante un torero que llegaba corriendo le dijo algo al oído, y el espada se puso terriblemente pálido. El público comprendió que había malas noticias del Serranito. Quitose el matador la montera, se pasó la mano por la frente con abatimiento, se la puso de nuevo y marchó hacia el toro. Los gritos se apagaron instantáneamente; reinó un silencio lúgubre en la plaza.
—¡Ha matado a su hermano! ¡ha matado a su hermano!—se decían los espectadores al oído.
Y todos sentían ansiedad inexplicable, una simpatía profunda por el desgraciado Cigarrero. Éste avanzaba con lentitud, el paso vacilante, hacia el toro. Pero no se detuvo hasta dejar caer el trapo sobre los mismos cuernos.
—¡¡Ole!!—rugió la plaza; volvió a reinar el silencio.
El toro brincó como si hubiera sentido un acicate, y se revolvió al instante, furioso. El espada le dio un pase de pecho, superior.
—¡¡Ole!!—rugió de nuevo la plaza.
Y otra vez se hizo el silencio.
Siguieron a éste otros pases naturales y en redondo, dados tan en corto y con tal maestría, que el público quiso volverse loco. Los pies del matador apenas se movían ni salían de un círculo estrechísimo; pero este círculo parecía sagrado e infranqueable; los cuernos del toro pasaban rozando la chaquetilla del anciano torero sin hacerle el más ligero daño. Al fin, la fiera, harta de tanto revolverse y acometer sin fruto, se detuvo jadeante. El toro y el torero se miraron; lió éste el trapo tranquilamente, se echó el estoque a la cara y citó con el pie para recibir. Acudió la bestia, furiosa, y se clavó ella misma la espada hasta la empuñadura. Hubo un grito reprimido de entusiasmo en la plaza. El toro se quedó un instante inmóvil frente al torero, lanzó un débil mugido y se dejó caer desplomado sobre los brazos.
Nadie puede representarse lo que entonces pasó: un delirio, un inmenso ataque de nervios; diez o doce mil energúmenos gritando con toda la fuerza de sus pulmones; una nube de cigarros, petacas y sombreros volando por el aire y tapizando al instante de negro la blanca arena. Veinte años hacía que no se había visto en la plaza de Madrid la suerte de recibir, de este modo consumada.
El Cigarrero dirigió una mirada vaga a los tendidos; se pasó otra vez la mano por la frente, y dejando caer al suelo la muleta, se echó a correr como un gamo sin atender a los gritos de entusiasmo, a los llamamientos que de todos lados le hacían; brincó la barrera y desapareció de la vista del público.
Cuando llegó a la enfermería estaban ya allí Enrique y Miguel con el médico y algunos amigos. El cura acababa de confesar y se disponía a poner la unción al desdichado Baldomero, que presentaba en el rostro las señales indefectibles de la muerte. Al entrar su hermano volvió los ojos hacia él y sonrió con cariño.
—¿No habrá sío náa, eh?—le preguntó éste con voz alterada y ronca, queriendo persuadirse de que no era caso de muerte.
—Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro barrio...
El cura avanzó en aquel instante con los sagrados óleos. Todos los circunstantes doblaron la rodilla. Reinó silencio aterrador, que sólo interrumpía el murmullo del clérigo y el estertor del moribundo. Cuando aquél concluyó, Baldomero dirigió otra sonrisa a su hermano y le tendió la mano diciendo con trabajo:
—Mis chiquitine...
—Pierde cuidiao, Baldomero—repuso el anciano con la voz anudada y llevándose la mano al corazón.—Tus hijo serán lo mío.
En aquel instante se oyó un gran vocerío en la plaza. Era la plebe, que saludaba la entrada del quinto toro.
El Cigarrero se dejó caer sollozando en los brazos de Miguel.
—¡Qué tristesa, D. Miguelito del arma, qué tristesa!
X
No pocas idas y venidas costó la aparición de La Independencia, «diario liberal de la mañana.» Nuestro amigo Mendoza por poco pierde la razón a puro correr por las calles. Desde la imprenta al almacén de papel, de aquí a la redacción, de la redacción a casa de Ríos, y así todo el día y parte de la noche. La mayoría de los redactores fue nombrada por el conde; algunos eran hijos de sus tertulianos asiduos, otros periodistas famélicos a quienes debía algún suelto laudatorio.
Por fin apareció el primer número. Grande fue la sorpresa de Miguel al leer debajo del título otro rengloncito corto que decía: «Director: don Pedro Mendoza y Pimentel.» No pudo reprimir un sentimiento de indignación.
—¿Pero este majadero, qué se habrá llegado a figurar?—murmuró estrujando el periódico. Y al poco rato, viendo entrar jadeante, corriéndole el sudor por la frente a Brutandor, se encaró con él diciéndole:
—Oyes, Perico, ¿te sientes con fuerzas para dirigirme en las arduas tareas del periodismo?
Mendoza se puso colorado y comenzó a balbucir:
—¡Yo no he sido!... ¡Demasiado sé yo!... El conde se ha empeñado... Decía que era necesaria una persona... No nos atrevimos a ponerte a ti por si no querías... De todos modos ya sabes...
—Bueno, bueno; ya lo sé todo—repuso Miguel con acritud.—Pero estas cosas, querido Perico, se dicen por si no convienen.
Así quedó el asunto. En cuanto se le fue el enojo, Miguel se rió de la gansada de su amigo y no volvió a pensar más en ella. No obstante, se la hizo pagar con algunas bromas; era la menor venganza que podía tomar.
—Te participo, amado Mánchester, que si no me das un fósforo, divulgo el secreto que hace años te tengo guardado—decía sin levantar la cabeza de las cuartillas que estaba escribiendo.
Mendoza le daba el fósforo gravemente y se salía evitando en cuanto le era posible las burlas de su amigo.
—¿Qué secreto es ese?—le preguntaban riendo los demás redactores.
—Hice juramento de no revelarlo. Acaso algún día él mismo lo descubra. Tengan VV. paciencia.
Y, en efecto, al cabo de algunos meses, habiendo escrito Miguel un artículo de polémica personal, Mendoza se autorizó el enmendarlo añadiéndole algunas palabras que produjeron un serio conflicto al periódico.
—¿Lo ven VV.?—gritaba encolerizado en medio de la redacción arrojando el sombrero contra el suelo.—¡Hace tantos años que yo le guardo fielmente el secreto de que es un animal, y él mismo acaba de revelarlo ahora!
—Ya lo sabíamos—apuntó un redactor sonriendo y mirando con recelo a la puerta.
—¡Ah! ¿Lo sabía V.?
—Lo sabíamos todos—dijo otro mirando también a la puerta.—Todos menos el conde de Ríos.
—Eso tiene una explicación muy sencilla: consiste en que el conde de Ríos es más animal que él.
Los redactores se miraron consternados, y sin decir otra palabra, bajaron la cabeza y continuaron escribiendo.
—Oyes, Perico—le decía otra vez,—me parece que esa levita es muy corta.
Los compañeros se rieron porque estaba muy lejos de ser cierto.
—Es bastante larga—contestó Mendoza un poco amostazado.
—Para cualquier otro mortal no lo dudo, ¡pero para un director!... Observa, Perico, que tienes contraídos con el público ciertos compromisos ineludibles.
La redacción se componía de una sala y gabinete en un cuarto entresuelo de la calle del Baño. En un principio todo era redacción, mas paulatinamente y a la sordina, Mendoza se fue quedando solo en el gabinete. Cierto día apareció sobre la puerta de éste un letrero que decía: Dirección. Perico se creyó en el caso de dar una explicación a su amigo.
—No extrañes lo del letrero, Miguel. Ya comprenderás que tú nada tienes que ver con eso... Pero los demás... El general me dijo que debía haber un cuarto reservado... Porque ya sabes... Vienen visitas...
—Bien, hombre, bien; no te apures, Majagranzas...
Mendoza, que no había leído el Quijote, no entendió la cruel intención del mote y quedó muy satisfecho.
El periódico estaba inspirado, o como empezaba a decirse entonces, era órgano del general conde de Ríos; pero éste no se dignaba pasar casi nunca por la redacción: cuando de uvas a brevas lo hacía, nunca dejaba el conserje de entrar a anunciarlo a los redactores, quienes se apresuraban a sentarse y a quedarse absortos en su tarea. El único que seguía como estaba, paseando o fumando, con las manos en los bolsillos, era Miguel. El general se descubría al entrar, y con afectada amabilidad, daba las buenas noches.
—¿Cómo siguen VV., señores?
Al ver a Miguel en actitud un poco displicente, fruncía levemente las cejas; pero dominándose en seguida, se apresuraba a saludarle; Miguel le estrechaba la mano sin ceremonia. Después solía pasar al gabinete con Mendoza, quien le seguía, embargado por el susto y el respeto. Al poco rato se oía la voz cascada del general dictando alguna orden o «echándole una chillería,» como se decía en la redacción.
—¡Caramba, Mendoza, no me llamen VV. tantas veces ilustre a Serrano! Ya me tienen VV. de ilustración hasta el cogote.—Dígale V. al encargado de los teatros que es un adoquín; ayer da un palo al drama de Chamorro, que es correligionario, y hace unos cuantos días ponía por las nubes una piececita muy mala de un sobrino de González Bravo... ¡Ah! y que me tenga cuidado con la Ferni: ya sabe V. que ha cantado en mi casa.—Vamos a ver, Mendoza, ¿cómo consiente V. que ese Sr. Darwin diga en la sección de Variedades que el hombre desciende del mono? (Pausa mientras contesta Mendoza, al cual no se oye.) ¿Traducido, eh? Pues que no traduzcan tales badajadas... ¡Buen mono estará ese traductor!
El que se oía llamar de esta suerte, o majadero, o adoquín, se hacía el desentendido y bajaba aún más la cabeza fingiéndose enteramente embebecido en su trabajo. Pero alguno de los compañeros tosía maliciosamente y los demás se echaban a reír. A Mendoza en estos casos no se le oía el metal de la voz; por manera que desde la sala, parecía que el general hablaba solo. Pero esto, como ya hemos dicho, sucedía muy pocas veces: ordinariamente el director iba a tomar órdenes a casa de aquél dos a tres veces cada día. El General mostraba en la dirección del periódico la misma saludable energía que siempre le había caracterizado dentro de los cuarteles. Pero allí, como en éstos, su espíritu esencialmente analítico se detenía mucho más en los pormenores que en el conjunto. Un remiendo mal pegado, una correa mal puesta, sacaba de quicio y encendía la cólera en el pecho del héroe de Torrelodones (así le llamaba La Independencia un día sí y otro no). Asimismo una noticia fiambre, un anuncio torcido llevaba a su noble espíritu una turbación extraña que no era poderoso a reprimir. Mendoza tenía buen cuidado de no turbarle a menudo. Los artículos, los sueltos no conseguían excitar el interés del valeroso caudillo, y dejaba a la redacción bastante libertad en esta materia. En cambio, por nada en el mundo consentiría que se variase el título de una sección sin consultarle. Algunas veces, por espontánea y libérrima inspiración, él mismo llegó a cambiarlos. Un día, después de venir de su casa recibió Mendoza un volante ordenándole, en términos que no daban lugar a torcidas interpretaciones, que la sección del periódico titulada Noticias generales llevase por nombre, de allí en adelante, el de Noticias universales. Apesar de la utilidad innegable de esta reforma, pues el adjetivo universal es, sin duda, más comprensivo que general, algún redactor se empeñaba en sostener que los suscritores, no sólo no la agradecerían, sino que ni siquiera se harían cargo de ella. El único asunto vedado para los redactores era el sistema colonial inglés, y todo lo que de él se derivase; el general se reservaba enteramente esta materia, en la cual era indudablemente peritísimo; como que había tocado dos veces en la India al ir a Filipinas. Su punto de vista, en consonancia con la energía de su carácter, era que para colonizar un país, se hacía indispensable extirpar a los indígenas; sin extirpación, imposible la colonización. Este fue el principio que sostuvo en una serie de artículos escritos «con más bizarría que gramática,» al decir de un colega ministerial. Por cierto que Ríos se empeñaba en que Mendoza fuese a desafiar al director; pero no pudo conseguirlo.
Lo único que se leía con agrado en el periódico, hay que decirlo a riesgo de herir la susceptibilidad exquisita de algunos redactores, era la sección de sueltos políticos, que estaba a cargo de Miguel, o Riverita, como allí se le llamaba. Sin embargo, el general daba infinitamente más importancia a los artículos de fondo. Los fondos estaban a cargo de un anciano silencioso, taciturno, viudo, con siete hijas que se alimentaban y vestían con los cincuenta duros mensuales que le producían estos fondos a su padre. Iba a la redacción el primero y salía el último; sus artículos, llenos de cordura, de sensatez, de prudencia, daban vuelta siempre a los asuntos sin entrar en ellos; el general encontraba esto más conforme con las reglas de la estrategia, que el apoderarse del asunto «descubriendo el cuerpo.» Además, tenían la incalculable ventaja de que comenzaban y terminaban constantemente del mismo modo, con ligerísimas variantes.
He aquí el modelo de su estilo:
«Al estudiar concretamente los importantes problemas que se relacionan con el fomento de los intereses generales, base de la prosperidad individual y colectiva, no puede desconocerse, en manera alguna, lo mucho que en su resolución influye una acción sistemática y continua, en lo que toca a la administración pública, tan poderosa para remover los múltiples obstáculos que estorban la marcha próspera de un determinado país. No es que nosotros desconozcamos que en su esfera respectiva se precisa el concurso inteligente de todas aquellas otras entidades, capaces de descubrir las fuentes de riqueza, que son otros tantos factores del bienestar social, siempre que el trabajo empleado para obtener el fin propuesto, responda a las exigencias de una razón ilustrada por las lecciones de la práctica, etc., etc.»
Cuando vinieron a contar a Miguel que el general decía que los escritos de Ramos (así se llamaba el viejo de los fondos), tenían más peso que los suyos, exclamó:
—¡Claro, por eso no pueden digerirlos más que los avestruces!
XI
Llegó el mes de julio. La generala Bembo se fue huyendo del calor a Biarritz. Miguel no la siguió al instante, porque tenía que llevar a su madrastra y hermana a Santander; pero convino con ella en ir a pasar el mes de agosto a Pasajes, donde D. Pablo había tenido el capricho en otro tiempo de edificar una magnífica casa de campo. En este retiro suave y campestre contaba la generala imitar la deliciosa égloga de Pablo y Virginia, y un poquito también, si posible fuera, la pasión libre y salvaje de Chactas y Atala.
Después que dejó instalada a su familia y supo que Lucía estaba ya en Pasajes, se trasladó a este punto en un vapor. Salió de Santander al rayar el alba: el cielo diáfano, como pocas veces suele verse en aquella costa; la mar azul y rizada. Corría un viento fresco y ligero, que ensanchaba el pecho y abofeteaba las mejillas. Subió al puente con el capitán, que se reía de verle tambalearse y cogerse fuertemente a la barandilla, y desde allí contempló el espectáculo sublime de levantarse el sol en el mar. Se levantó como siempre, magnífico, sereno, sin mostrar temor alguno a los touristes, que le describen en sus cartas a los periódicos, ni menos a los poetas cursis, que le traen y le llevan y algunas veces hasta le mandan pararse para que escuche sus simplezas. El capitán se paseaba con las manos en los bolsillos, sin hacerle maldito el caso (al sol, no a Miguel), y cuando éste, sin poder contenerse, soltaba alguna exclamación de entusiasmo, se detenía y le preguntaba con amabilidad:
—¿Le gusta a V. el sol?
—¡Muchísimo!
El marino sonreía con semblante compasivo, como diciendo: ¡Qué sería el mundo, si los gustos fuesen iguales! Y en voz alta contestaba:
—No está mal, no; no está mal el sol...
Después de transigir de este modo con las flaquezas del prójimo, emprendía de nuevo su paseo. Y para dar señales más claras aún de su benevolencia, se detenía de nuevo, sonriente.
—Ahora por el verano da gusto viajar, ¿verdad? No hace frío ninguno... Luego se va viendo toda la costa: la mar está como una seda... Cuando se levante el piloto, le pediremos que toque la guitarra... ¡Ya verá V., ya verá qué bien la maneja!
Pero en medio de su discurso se detenía, mirando a la proa, fruncía las cejas, se inclinaba sobre la barandilla, siempre con las manos en los bolsillos, y gritaba:
—¡Babor!
—Babor—contestaba el timonel desde abajo, como un eco.
Seguía el capitán un rato con las cejas fruncidas y mirando a la proa; al cabo volvía a inclinarse y decía:
—A la vía.
—Vía—respondía el timonel.
Entonces se extendían de nuevo los resortes que tenían contraído su rostro atezado, y volvía a dibujarse en sus labios una sonrisa cándida y afable.
—Da gusto oírle tocar las sevillanas; ya verá usted.
Cuando la tarde declinó pasaron por delante de San Sebastián. Miguel se esforzaba por ver la boca de la bahía de Pasajes, sin conseguirlo. El capitán se desesperaba porque no aparecía la lancha del práctico. Al fin se distinguió como un punto negro allá entre las olas: se acercó al costado del buque, trepó un hombre con boina prontamente a la obra muerta, y en seguida al puente, y dijo con acento vizcaíno:
—Buenas tardes, D. Isidoro y la compañía.
Llegaron a la boca, que era estrechísima. El práctico, sin perder de vista la proa del vapor, hablaba alegremente de la romería que acababa de dejar allá, sobre los altos del pueblo. Entraron por una ría angosta, entre dos sierras elevadas, y no tardaron en desembocar en la bahía, que, en realidad, no merecía tal nombre: era una especie de lago, no muy extenso, rodeado por todas partes de altas montañas y cuya comunicación con el mar pasaba inadvertida, a no fijarse mucho. La hora en que entraron era la del crepúsculo. En la bahía, por efecto del abrupto cordón que la circundaba, había ya poca luz; el sol se había hundido tiempo hacía por detrás de los montes, y allá en el cielo veíase el semicírculo de la luna, fino, azulado y puntiagudo: el Héspero hacía guiños a su lado antes de ocultarse.
El pueblo se extendía por entrambos lados adosado a la montaña, y sus casas estaban bañadas por el mar, al cual podían los vecinos salir por escaleras de piedra. En muchas había también un pequeño terrado o jardín donde merendaban o departían sosegadamente tomando el fresco, o bailaban y reían, según el humor y la ocasión. Miguel se enteró por el práctico de que el pueblo estaba dividido en dos parroquias; la parte de la derecha se llamaba San Pedro, la de la izquierda San Juan. Enfrente, bastante más lejos, había un grupo de casas y almacenes nuevamente edificado, conocido con el nombre de Pasajes ancho, o Ancho solamente.
El vapor ancló en medio de la bahía hasta el día siguiente. Miguel estaba sorprendido y enamorado de aquel retiro silencioso y melancólico que entre las sombras crepusculares tomaba apariencias aún más tristes y fantásticas. La imaginación comenzó a hablarle un lenguaje suave y misterioso. Miraba a las casas donde todavía no se percibía luz ninguna, y se preguntaba:—¿Los que habitan allí, lejos del ruido, encerrados por esta muralla natural, serán más felices que los que vivimos en la agitación estruendosa de la corte? ¡Quién sabe! Fijose en una pareja de jóvenes asomados a la barandilla de un terrado, y no pudo menos de envidiarlos. Allá en Madrid no se ama, de seguro, como aquí: estamos solicitados por tantos deseos a la vez, que el corazón no puede recogerse y vivir en la contemplación feliz del ser que se adora. En aquel momento no se acordaba para nada de Lucía. Su espíritu, impresionado primero por la sublime presencia del océano, y ahora por la dulce poesía de aquel lago, se despegaba con tedio de la vida torcida y artificiosa que acababa de dejar, de sus placeres mentidos y pecaminosos, y se unía con cariño al sentimiento de dicha tranquila que aquel pueblecillo retirado y pintoresco inspiraba.
Vino a sacarle de su meditación el capitán, que le invitaba a tomar una copita de ginebra en la cámara: Miguel le manifestó que deseaba saltar a tierra y buscar posada.
—Pierda V. cuidado, ahora va a llegar Úrsula.
—¿Quién es Úrsula?
—La batelera: ella le llevará a tierra y se la buscará.
Y, en efecto, al poco rato se acercó al costado del vapor un bote, y dentro de él una joven que manejaba los remos con singular maestría. En Pasajes, el servicio de los esquifes que trasportan la gente de un punto a otro de la bahía está a cargo de mujeres.
—Buenas tardes, D. Isidoro y la compañía.
—Ahí te entrego ese señorito, Úrsula. Cuidado lo que haces con él.
(Aquí el capitán dijo una gran barbaridad, que no es posible repetir.)
Úrsula sonrió sin escandalizarse.
—¡Allá él, D. Isidoro, allá él!
Saltó en el bote nuestro joven, y fue conducido prontamente a la orilla. Úrsula era una zagala fornida, pobremente trajeada y con unos colores tan vivos en el rostro, que sorprendieron a Miguel: más adelante averiguó que bebía mucho aguardiente. Amarró el bote y condujo a su pasajero por unas toscas escaleras de piedra hasta la calle. Era ésta bastante angosta y torcida: como domingo, no dejaba de haber alguna animación en ella; los vecinos estaban sentados a las puertas hablando, o jugando en las tiendas a la lotería. Al sentir los pasos del forastero, levantaban el rostro y le examinaban con curiosidad; el que pregonaba los números también suspendía su canto un instante para mirarle. En las tabernas, que no eran pocas, se oía mucha algazara. Era ya casi noche. Úrsula le fue guiando al través de aquella calle larga y tortuosa, que era la única de la parroquia de San Pedro, hasta una plazoleta en cuyo centro bailaba un grupo de muchachas. La batelera se detuvo delante de una casa vieja con escudo sobre la puerta, y se arrimó a la ventana de la tienda donde había estanquillo. Dijo algunas palabras en vascuence, y una mujer que había dentro se inclinó para ver a Miguel.
—No hay inconveniente—contestó en castellano.—¿Viene por mucho tiempo ese caballero?
—No sé decir a V., señora—dijo aquél terciando.—Probablemente todo el mes.
—Le puedo ofrecer a V. la sala por ahora; pero si viene una familia, que espero dentro de algunos días, tendrá V. que trasladarse a la habitación de arriba, que es más chica.
—No me importa: teniendo un cuarto decente, me basta.
La mujer con quien hablaba tendría unos cuarenta años de edad; era alta, corpulenta, y aunque bastante descaecida, todavía conservaba en su rostro señales de una belleza superior. Vestía un traje modesto de merino negro, como la mayoría de las que pasan por señoras en los pueblos chicos. Levantose al oír esto, salió al portal e invitó al joven a subir con ella. Miguel, antes de hacerlo, despidió a la batelera, encargándole que le mandasen el equipaje. La sala donde entró era espaciosa: los muebles, aunque no ricos, parecían decentes.
—Esta es su habitación, por ahora—dijo doña Rosalía (que así se llamaba la huéspeda).—Esta es la alcoba. ¿Quiere V. que le traigan luz?
—Hasta que venga el equipaje no la necesito.
—Bien, pues dispénseme V.; tengo el estanquillo abandonado.
Y la matrona salió de la estancia dejándole solo. Después que hubo dado algunas vueltas por ella y enterádose de su disposición a la escasa luz que allí había, encendió un cigarro, saliose al corredor y se echó de bruces sobre la baranda de hierro, poniéndose a contemplar, con ojos distraídos, el baile de la plazoleta. El grupo de jóvenes bailaba cada vez con más entusiasmo y cantaba cada vez más alto. La mayor parte de ellas eran frescas y robustas más que hermosas, pero algunas merecían el nombre de tales. Los movimientos eran vivos, sueltos, graciosos: el que más le agradó a Miguel fue uno que consistía en pegar los brazos al cuerpo y dar vueltas a la danza, saltando a pie juntillas. En torno de ellas había bastantes mirones, hombres y mujeres. Del grupo de éstas observó que se destacó una niña y vino a sentarse sola debajo del corredor donde él se hallaba: la miró un instante, mas no pudiendo verle la cara, entornó de nuevo los ojos hacia la danza. Al cabo de un rato percibió vagamente una voz detrás de sí:
—Oiga—decía la voz. Pero no imaginando que se dirigían a él, siguió en su cómoda postura.
—Oiga—repitió la voz un poco más fuerte.
—¿Eh, quién va?—dijo entonces, volviéndose.
Entre las sombras de la sala distinguió la figura de la niña que estaba antes sentada debajo del corredor. Podría contar quince años de edad, y a lo que logró percibir, tenía una carita redonda y morena, bastante insignificante, y gastaba el cabello en trenza todavía.
—Dice mi tía que si quiere V. cenar—manifestó la chica, con voz temblorosa.
—Si posible fuera... Tengo algún apetito.—Y como ya deseaba hablar, añadió, sonriendo con amabilidad:
—¿No baila V. con las otras jóvenes? La he visto a V. muy solita ahí debajo del corredor.
—Nunca bailo—respondió toda confusa la niña, como si le imputasen alguna falta grave.
—¿No sabe V.?
—Sí, señor, sé, pero...
—Vamos, no le gusta.
—Antes me gustaba mucho; ahora, no tanto.
Todo esto lo decía cada vez más acortada, sin dejar caer de los labios una sonrisa inocente y humilde, que agradó a Miguel. Era lo único que podía agradarle: el rostro, sin ser feo, nada tenía que pudiese llamar la atención; además, no lo veía claramente, a causa de la oscuridad en que la sala se hallaba.
Cuando dijo las últimas palabras, la niña se retiró precipitadamente. Miguel la preguntó al desaparecer:
—¿Cómo se llama V.?
—Maximina—contestó sin volver la cabeza.
Trajéronle poco después la cena: la criada era una vieja fea y avinagrada; limitose a encender una lámpara, poner la mesa, y sobre ella los manjares, sin pronunciar palabra. Pero al poco rato volvió doña Rosalía a darle conversación, y sin que él la tirase de la lengua, soltola tan bién aquella bendita señora, que antes de concluir de cenar ya sabía Miguel todo lo concerniente a su vida.
Doña Rosalía estaba casada con un ex-capitán de barco, retirado temprano del oficio porque el reuma no le permitía navegar. Había hecho algunos cuartos, pocos; con su rédito, con lo que daba el estanquillo y con lo que dejaban algunos huéspedes por el verano, vivían modestamente, pero sin trampas. Tenía seis hijos: el mayor, que contaba diez y nueve años, estaba empleado en un comercio de San Sebastián; el segundo estudiaba para piloto en Bilbao; el tercero, Adolfo, lo tenía en casa, un pedazo de madera que no servía más que para dar disgustos; venían después dos niñas de ocho y diez años, y por último, un niño de cinco que era, según todas las señas, el ídolo de sus ojos.
—¿Y esa chica que ha venido a preguntarme si quería cenar, quién es?
—Ah, Maximina, ¡pobrecilla! Es mi sobrina; hija de un hermano de Valentín, mi marido. No conoció a su madre; su padre era el capitán del Duero, un vapor que V. habrá visto acaso. Ese vapor, yendo hace tres años para Manila, embarrancó. Mi cuñado, sin considerar si el barco podía salir o no, se fue corriendo a su camarote, se encerró en él y se pegó un tiro.
—¡Qué atrocidad!
—Era un hombre tan delicado, que al pensar que pudieran echarle a él la culpa, se le amontonó el juicio y cometió esa locura. El barco en cuanto alijaron un poco salió, porque según dice Valentín, el bajo era de arena; el pobre Bonifacio fue el que se quedó allí debajo del agua. Maximina, por supuesto, no sabe lo del tiro; cree que su padre se murió en Manila de enfermedad. Como se quedó sola sin padre ni madre, nosotros la recogimos del colegio donde estaba, y la hemos traído para casa. ¿Qué íbamos a hacer? Tenemos muchos hijos, y es un sacrificio el que nos imponemos manteniéndola, vistiéndola y calzándola, pero algo se ha de hacer por Dios, ¿verdad, D. Miguel? No es mala, no señor, y sabe cuánto debe agradecer a sus tíos lo que hacen por ella... Pero la pobre sirve para poco. Es callada, sufrida, no da ninguna mala contestación...
—¿Qué edad tiene?
—Quince años; va para diez y seis.
—Pronto se casará entonces.
—¡Ay, Dios!—exclamó doña Rosalía con profunda lástima.—Me parece que están verdes; hoy no se casan las jóvenes hermosas si no tienen dinero, ¿cómo se ha de casar ella no siendo rica ni bonita?
—Yo no la encuentro fea.
—¡Ay, Dios! ¡Pobrecilla! Ya comprende que no debe pensar en esas cosas. Últimamente se ha metido mucho por la iglesia. Confiesa y comulga todas las semanas, y oye misa siempre que puede. Yo la dejo mientras no falte a las obligaciones de casa, que como V. sabe, son lo primero. Hace poco escribió a su tío (porque de palabra no se atrevería) diciéndole que quería ser monja. Pero para ser monja, D. Miguel, se necesita un dote, y nosotros no podemos dárselo. Valentín estaba empeñado en hacérselo de su bolsillo, pero yo me opongo. Cuando las cosas no se pueden, hay que resignarse. Lo mismo se gana el cielo dentro que fuera del convento. ¡La pobrecilla lo ha sentido mucho!
Tanta compasión dio mala espina a Miguel. Cansado de escuchar a su huéspeda, se levantó, y con pretexto de arreglar el equipaje, se fue hacia la alcoba. Doña Rosalía al cabo le dejó solo.
Aquella noche no era fácil ver a la generala. Su casa se hallaba del otro lado de la bahía, y a tal hora costaría trabajo dar con ella. Por otra parte, Lucía deseaba que sus visitas fuesen siempre secretas: era necesario saber en qué forma quería que las hiciera. Determinó, pues, aguardar hasta el día siguiente.
Era muy temprano para irse a la cama. Cogió el sombrero y el bastón para dar una vuelta por el pueblo. Al salir, aún continuaba el baile en la plazoleta: Maximina se hallaba otra vez sentada en la silla contemplándolo.
—Buenas noches, Maximina—dijo nuestro joven acercándose a ella.
—¡Ay! buenas noches.
—¿Aún no se ha decidido V. a bailar?
—No señor.
—Pues yo sí.
La niña le miró sorprendida.
—Pero antes quiero descansar un poco al lado de V. ¿No hay por ahí una silla?
—Voy por ella ahora mismo—repuso muy azorada.
Y entrando en el estanquillo, salió con una que colocó bastante lejos de la suya. Miguel, con gran desembarazo, las puso juntitas. En cuanto se sentaron, las muchachas del baile comenzaron a dirigirles miradas de curiosidad. La noche estaba estrellada, ni clara ni oscura.
Entabló conversación, hablando del baile, del tiempo, de su viaje; agotó en un instante todos los lugares comunes. Maximina sonreía con amabilidad a cuanto decía; pero apenas contestaba más que con monosílabos, aunque se conocía que hacía esfuerzos por ser más explícita. Al fin se atrevió a decir:
—¿No baila V.?
—Si V. no me hubiese entretenido hasta ahora ya estaría dentro del corro—contestó poniéndose serio.
—¡Yo!—exclamó la niña inmutándose.
—Sí; usted.—Miguel soltó al decirlo una carcajada.—No haga V. caso: nunca he soñado en bailar; pero menos ahora que me encuentro en tan agradable compañía.
La chica estaba tan asustada todavía, que no supo dar las gracias. Adivinando su inquietud nuestro joven, prescindió de las bromas habituales en él y comenzó a tratarla con más respeto. Enterose con amabilidad de los pormenores de su vida y fue poco a poco ganando su confianza, haciéndola hablar con más desembarazo.
Pero el baile se había deshecho. Algunas jóvenes se fueron para sus casas; otras, y con ellas algunos galanes, vinieron a sentarse delante del estanquillo, para lo cual doña Rosalía les consintió sacar más sillas y un banco largo. Miguel permaneció sentado junto a Maximina.
—Saque V. la guitarra, doña Rosalía—dijo una de las muchachas.
—¿Va a cantar Juanito?
Juanito era el piloto del vapor donde nuestro joven había llegado. Era andaluz y muy conocido en Pasajes.
En cuanto vino la guitarra, comenzó a alegrar la tertulia con playeras, polos y sevillanas. Miguel, con gran sorpresa de las jóvenes hermosas que allí había, echándose hacia atrás en la silla, principió a hablar al oído a Maximina. ¿Qué le decía? Nada; tonterías: que lo estaba pasando muy agradablemente; que era una chica muy simpática; que se alegraba de haber venido a parar a su casa, etc. Maximina, más sorprendida que confusa, escuchaba sonriendo aquella música tan nueva para ella (la de Miguel, no la del piloto). Nuestro joven pasaba el rato del mejor modo que podía, esperando la hora de irse a la cama.
—¿Por qué no se sienta V. al lado de Paulina?—le preguntó la niña.
—¿Quién es Paulina?
—Aquella chica tan hermosa que está cerca de la puerta.
Miguel se inclinó por verla.
—No la veo bien; parece bonita, en efecto—dijo recostándose otra vez.—Pero V. también lo es... y muy simpática además.
—¡Oh, por Dios!—exclamó la niña ruborizándose.
—¡Vaya si lo es!—replicó Miguel, posando su mano sobre la de ella y dándole un cariñoso apretón.
La chica no se movió: ambos guardaron silencio unos instantes.
—¿Vamos a jugar un poco a las prendas?—dijo una de las jóvenes así que Juanito hubo terminado su repertorio.
Comenzó el juego de prendas. Encendieron un fósforo: se lo fueron entregando unos a otros mediante ciertas palabras que había que pronunciar en voz alta: pagaba prenda aquel en cuyas manos concluyese o se apagase. Nuestro joven tomaba poco interés en el juego. Cuando el fósforo llegó a él bastante disminuido, lo dejó caer sin entregárselo a Maximina, y pagó prenda.
—¿Por qué no me lo ha dado?—le preguntó ésta.
—Porque no quería que V. se quemase.
Se puso en berlina a los dueños de las prendas; se les mandó decir tres veces sí y tres veces no; se les hizo contentar a los presentes, etc., etc. Miguel, mientras duraban estas operaciones, no dejaba de depositar de vez en cuando algunas palabritas en el oído de Maximina. Con la osadía del cortesano corrido, llegó a apoderarse de una de sus manos y a retenerla entre las suyas. Sorprendiose al observar que la niña no la retiraba. Era una mano de virgen, maciza y fría, un si es no es grande, pero perfectamente torneada: le hizo recordar las de la generala, largas y descarnadas y siempre ardorosas. La apretó tímidamente primero, después con más energía: al cabo la acarició con cariño, rozándola suavemente por encima. Maximina le dejaba hacer, sin soñar con retirarla, como si fuese una cosa muy natural. No manifestó siquiera mayor emoción o inquietud que antes: tan sólo se la quitaba cuando iba a hacer uso de ella en el juego. ¿Qué será esto? se preguntaba Miguel todo confuso. ¿Tendrá esta chica ya tanta malicia? ¿Será pura inocencia? Aunque su experiencia le insinuaba lo primero, una voz interior le decía lo contrario; y atendiendo a ella, contentose con acariciar tierna y noblemente aquella mano que con tal candidez le entregaban. La tertulia se deshizo al fin, y nuestro joven se fue perplejo y caviloso a la cama, proponiéndose observar atentamente a Maximina en los días siguientes.
XII
Lo primero que hizo al día siguiente por la mañana fue escribir a Lucía. «Estoy aquí desde ayer por la tarde. Dime cómo he de arreglarme para verte.» Salió de casa y fue en busca de Úrsula la batelera.
Así que dio con ella le preguntó.
—¿Conoces a la señora del general Bembo?
—¡Vaya!
—Pues vas a llevarle esta carta ahora mismo. Aguarda contestación y vente en seguida. En el muelle te espero.
Cogió la batelera los remos, atravesó la bahía, amarró el bote y desapareció allá entre los árboles. Mientras tornaba con la respuesta, nuestro joven se fue a hacer una visita al capitán del vapor y al piloto de las peteneras.
Poco tardó Úrsula en aparecer de nuevo remando con prisa: saliole al encuentro Miguel así que puso el pie en tierra y recibió de sus manos un billete perfumado que había metido en el seno.
Decía así el billete:
«Querido mío: Una inquietud dulce y misteriosa que ayer noche experimentó mi corazón me anunciaba sin duda que estabas cerca de mí. No podemos vernos como antes, porque Carmen se ha quedado en Madrid y no tengo confianza en los criados. Precisa que tus cartas sean secretas. La chica que lleva ésta es fiel y reservada: te puede traer en su bote a las diez de la noche. Al entrar en él debes encender un fósforo; cuando te halles en medio de la bahía otro, y otro por fin cuando saltes en tierra del lado de acá. A cada uno de estos fósforos contestaré yo con la misma señal desde el mirador de casa. Nos reuniremos junto a la tapia del jardín. Prudencia y discreción. No faltes.
Tuyo hasta la muerte,
Alfredo.»
Al leer la carta no pudo menos de sonreír, diciendo para sus adentros:—¡Cuándo se le concluirá a esta mujer la manía de las aventuras!—Concertose después con la batelera para su expedición nocturna y se despidió de ella recomendándole mucho sigilo.
Cuando entró de nuevo en la habitación encontró en ella a Maximina, que estaba acabando de arreglarla, y a su primo Adolfo, un muchacho de trece a catorce años con grandes cachetes, el cabello corto y erizado y unos ojos cargados de carne, fieros y desvergonzados. Por algunas palabras que logró percibir desde el pasillo comprendió que había reyerta entre los dos primos y adivinó también la causa. Adolfo trataba de curiosear en el equipaje del huésped y Maximina se oponía a ello. Cuando nuestro joven entró, ambos quedaron sorprendidos: Maximina en medio de la sala con la escoba en la mano sonriéndole; Adolfo arrimado a una cómoda mirándole torvamente.
—¡Oh, qué trabajadora es Maximina!—dijo Miguel acercándose a ella sin hacer caso alguno de Adolfo, que le había sido antipático.
A la luz del día pudo apreciar mejor su figura. Era una morena más pálida que sonrosada, la nariz pequeña, la boca fresca, la cabeza y la frente muy bien modeladas, el cabello castaño y los ojos garzos, ni grandes ni pequeños, más baja que alta, apretadita de carnes y abultada de formas, revelando en sus movimientos un gran vigor muscular. Nadie podía llamar hermosa a esta muchacha con justicia, y sin embargo, la expresión humilde e inocente de sus ojos, la sonrisa constante que contraía sus labios, la hacían altamente simpática. Llevaba un vestido de percal claro con un pañuelo de color de rosa, que le tapaba el pecho y parte de la espalda. Al oír la exclamación de Miguel, contestó con otra:
—¡Mucho, sí!
—Ya lo creo. Tan temprano, y ya me tiene V. arreglado el cuarto.
—¡Toma, porque se lo ha mandado mi madre!—dijo Adolfo desde un rincón, con deseo de mortificar a su prima; pero ésta contestó muy naturalmente:
—Es verdad, me lo ha mandado mi tía en cuanto V. salió.
—¿Y tú haces tan prontito lo que te mandan como ella?—dijo Miguel encarándose con el chico.—Entonces serás ya un sabio; porque tus padres de seguro te mandarán estudiar todos los días.
Adolfo le echó una mirada recelosa y bajó los ojos sin contestar.
—He dado una vuelta por el pueblo—siguió el joven dirigiéndose a Maximina,—y después estuve en el vapor con Juanito.
—El pueblo es feo—respondió aquélla.—Eso dicen todos los forasteros...
—¿Y V. no lo dice?
—A mí me es igual un pueblo que otro.
—¿No va V. de vez en cuando a San Sebastián?
—Casi nunca. Mi tía me lleva cuando hay que traer algún encargo; pero ida por vuelta. Una vez me llevó mi padre (que en gloria esté) a Bilbao a pasar unos días... ¡Si supiera V. qué deseos tenía de volverme!
—¿Pues?
—Estaba cansada de andar de un sitio para otro... al teatro... al paseo... a los comercios... Me dolían mucho los pies. Decían que era porque no estaba acostumbrada.
—Me ha dicho su tía que ha estado V. educándose en un colegio...
—Sí, señor, dos años, en un convento de Vergara...
—¿Y le gustaba a V. estar allí?
—Muchísimo. Nunca he sido tan feliz como entonces.
—¿De modo que de buena gana volvería V. con las monjas?
—¡Oh, ya lo creo!
—Ella quiere volver y hacerse monja... pero le faltan monises—dijo el animal de su primo terciando de nuevo en la conversación.
Aquella salida grosera indignó mucho a Miguel, quien dirigió al chicuelo una mirada de desprecio. Maximina se había puesto levemente encarnada.
—No lo crea V... Sí, desearía volver; pero no causando perjuicio a nadie. Comprendo que ahora, mientras las niñas no sean mayores, mi tía me necesita...
—¿Y qué tiene de particular que V. lo desee?—dijo Miguel con dulzura.—Eso no prueba más que tiene V. un corazón agradecido y piadoso.
Maximina se ruborizó entonces hasta las orejas. Adolfo, a quien sin duda pareció muy mal esta alabanza y quería a todo trance desahogar su resentimiento, exclamó sonriendo estúpidamente:
—¡Es una beatona! Se pasa la vida comiendo los santos.
—Pues ahora no estaba comiendo los santos, sino barriendo—respondió Miguel.
—Ya ha estado en la iglesia; comulga los jueves y los domingos y trae una soga atada al cuerpo. ¿Quiere V. verla?
Y el gran bárbaro se fue derecho a su prima, con intención sin duda de abrirla el vestido.
—¡Estate quieto, Adolfo!—exclamó aquélla, asustada, nerviosa.
Pero Adolfo no hizo caso y llegó a poner las manos sobre ella. Entonces la niña, con una fuerza que sorprendió a Miguel, le rechazó haciéndole tambalear. Adolfo volvió a la carga riendo groseramente.
—¡Adolfo, que llamo a mi tía!—gritó Maximina, roja como una cereza y saltándosele las lágrimas, y otra vez le rechazó con brío.
—Eso no se hace, chico—dijo Miguel queriendo intervenir.
Pero Adolfo, irritado por la superioridad muscular de su prima, se había agarrado a ella y forcejeaba por abrirle el vestido, aunque sin resultado. Miguel le arrancó a viva fuerza y le puso a la puerta de la sala diciéndole:
—¡Ya podían tus padres darte un poco mejor educación!
Cuando volvió hacia Maximina, la halló sollozando, tapándose la cara con las manos.
—Vamos, Maximina, serénese V.... eso ya pasó.
Pero Adolfo, desde el pasillo, empezó a vociferar:
—Que salga, que salga esa hipócrita... No me marcho de aquí hasta que le atice unas cuantas piñas.
A las voces que daba y al ruido que acababan de hacer, subió doña Rosalía preguntando enojada:
—¿Pero qué es esto? ¿qué pasa aquí?
—Nada, señora—contestó Miguel,—que ese muchacho quería abrir el vestido a Maximina para enseñar una soga que dice que trae.
—No, madre—gritó Adolfo,—es que ella me pegó, porque la llamé beatona.
—Tú te callas, tunante—le dijo la madre encolerizada, aplicándole al mismo tiempo una soberbia bofetada que le enrojeció la mejilla.
Adolfo se puso a clamar al verdadero Dios. Entonces doña Rosalía, arrepentida sin duda de haber lastimado a su hijo, se revolvió furiosa contra Maximina.
—¡Buena hipocritilla estás tú también! Haces la comedia y lloriqueas, hasta que consigues que yo le pegue...
Ante aquella injusticia, la pobre niña quedó como aturdida un instante; en su semblante descompuesto se adivinaban los esfuerzos que hacía para no romper a llorar a gritos. Dejó escapar un sollozo ahogado, se llevó la mano al corazón y salió corriendo de la estancia.
—Vamos; a encerrarse a su cuarto, como siempre—dijo doña Rosalía, sonriendo irónicamente.
No obstante, como veía claro que Miguel no aprobaba su conducta y su propia conciencia tampoco, se esforzó en demostrar que Adolfo era un muchacho aturdido, pero de un fondo excelente; que Maximina era muy susceptible, que no sabía aguantar una broma y tratar a su primo como lo que era... un niño. Por último, allá se fue con él acariciándole y prometiéndole varias cosas para que se calmase. Miguel quedó tristemente impresionado por aquella escena.
Pasó el día vagando de un lado a otro, leyó un poco, escribió otro rato; al fin llegó la noche. Después que hubo cenado y sufrido media hora a su locuacísima huéspeda, se dispuso a acudir a la romántica cita que le había dado la generala. Mientras iba por la calle en busca de la escalera de piedra donde Úrsula había quedado en esperarle, no podía menos de reírse del amor que Lucía profesaba al misterio. Después de todo, puede que tenga razón, concluyó por decirse; si no fuese por estos granos de pimienta echados sobre nuestras relaciones, la verdad es que llegarían a ser muy fastidiosas. Halló a Úrsula sentada en las escaleras dormitando. Al sentir sus pasos se puso en pie vivamente.
—¿Es V., señorito?
—Yo soy: ¿tienes ahí el bote?
—Lo tengo amarrado donde siempre para que no sospechen. Voy a buscarlo en seguida.
La batelera bajó a la orilla y por ella se fue rozando el agua hasta desaparecer enteramente su silueta de la vista de nuestro joven. Pocos minutos tardó en oír el chapoteo de los remos y en percibir el bulto del esquife. Así que encalló, se apresuró a saltar en él; pero antes de que Úrsula lo pusiese otra vez a flote y se alejase de la orilla, tuvo cuidado de sacar un fósforo y mantenerlo encendido hasta que se concluyó. En el mismo instante surgió otra luz, allá a lo lejos sobre la masa oscura de los árboles de la opuesta orilla. La batelera comenzó a manejar los remos procurando no hacer ruido. El pueblo de Pasajes reposaba. En los buques surtos en la bahía habíanse apagado ya los fogones, y los tripulantes se entregaban descuidadamente al sueño. La noche estaba encapotada y apacible. Aunque avezado a las citas nocturnas y secretas, la de ahora, por lo original, consiguió interesar a nuestro joven. No poco contribuyó a ello también el no haber visto a su amante hacía ya cerca de un mes. Con la separación se había refrescado un poco el recuerdo de sus fortunas, que en los últimos tiempos habían perdido para él bastante atractivo. Al llegar al medio de la ensenada, Úrsula le dijo:
—Estamos a medio camino, señorito.
Miguel se puso en pie, encendió otro fósforo y lo mantuvo vivo todo el tiempo que duró.
—¿Sabe V., señorito—le dijo Úrsula,—que si hay alguno por ahí en vela, y nos observa, no sé qué pensará de nosotros?
—Pensará que somos novios, ¿y qué mal hay en eso?
—Para V. ninguno. ¡A mí, buena me pondrían!
En aquel instante surgió otra luz en tierra, pero no ya sobre los árboles, sino más baja.
—¡Mire V., mire V. el fosforito!—exclamó con acento malicioso.
—Rema, rema: a ver si llegamos pronto a la orilla—repuso Miguel.
Un toque de corneta se dejó oír en el silencio de la noche, claro, estridente, partiendo del Ancho.
—¿Qué es eso?—preguntó el joven, asombrado.
—No sé—contestó la batelera con no menos asombro.
Otro toque contestó al primero desde la opuesta orilla. Oyéronse después voces de mando y ruido de pasos a la carrera.
—Boga, boga de prisa, a ver qué diablos significa ese trajín—dijo Miguel.
Úrsula obedeció, y no tardaron muchos minutos en llegar cerca de tierra. Pero al saltar en ella nuestro joven, un grupo de seis o siete soldados avanzó hacia él, poniéndole las bocas de los fusiles sobre el pecho.
—Darse preso todo el mundo.
Miguel quedó pasmado.
—¿Pero por qué?...
—A ver—dijo el sargento, sin escucharle,—uno de vosotros que registre el bote, y vosotros dos meteos por ahí entre los árboles y pilladme a los cómplices.
—¿De qué se trata, señores?—preguntó Miguel, procurando calmarse y calmar a los carabineros (porque aquellos soldados eran carabineros).
—Ya lo sabrá V. en la cárcel—contestó el sargento.
Lo supo antes, por fortuna. Los carabineros, al ver aquellas señales misteriosas hechas desde la bahía y contestadas en tierra, se figuraron que se trataba de un alijo de contrabando, y promovieron todo aquel alboroto. Grandes esfuerzos hizo Miguel para convencerles de que no había semejante cosa, que iba dando un paseo por placer y nada más. Al cabo de media hora de discusión, el sargento tuvo que rendirse a la evidencia, pues no había motivo alguno que confirmase sus sospechas. El joven madrileño le manifestó que había llegado el día anterior en el vapor Carmen, que allí estaba, y a cuyo capitán podían preguntar si era verdad lo que decía: que estaba hospedado en casa de D. Valentín Vázquez, etc., etc. Después de mucho vacilar, el sargento le permitió volverse a su casa, aunque acompañado de un carabinero que averiguase si efectivamente alojaba en la posada que decía.
XIII
Irritado por aquella aventura peligrosa y ridícula, se presentó al día siguiente en casa de la generala, sin tomar precaución ninguna, y la manifestó que no quería oír hablar de citas misteriosas. Lucía, que la noche anterior le había esperado en vano, se condolió extremadamente de su percance, aunque no pudo menos de reír al oírselo contar. Desde entonces se vieron todos los días a la hora que a Miguel le placía visitar el hotel de D. Pablo Bembo.
El tiempo que estas visitas le dejaban libre aprovechábalo para hacer excursiones a San Sebastián, trabajar para el periódico o salir a la pesca con su huésped. Este D. Valentín, antiguo capitán de El Rápido, bergantín redondo que hacía la carrera de la Habana, era una persona bastante original. Tendría a lo sumo cincuenta años; era alto y enjuto y de complexión recia, si no fuese el reumatismo que a largas temporadas le atormentaba mucho; gastaba el cabello largo y la barba, ya gris, en forma de cazo. En su vida había visto Miguel, ni pensaba ver, hombre más silencioso: estuvo una porción de días sin oírle el metal de la voz: cuando le tropezaba en la calle o en casa, el marino se llevaba la mano al sombrero y gruñía algo que debía ser «buenos días» o «buenas tardes» juzgando por hipótesis. En la casa jamás se le oía pedir ni ordenar nada: parecía una sombra cuando entraba o salía o se sentaba a la mesa a comer. Con su mujer y con Maximina, más se entendía por gestos que por palabras: como sus necesidades eran poco complicadas, no costaba gran trabajo tenerle siempre satisfecho. Si el reuma no le tenía postrado, salía, casi todos los días, a pescar en un bote de su propiedad: horas y horas se pasaba el ex-capitán fondeado cerca de tierra, inmóvil, con el aparejo en la mano, dejándose tostar por el sol y azotar por el aire. A fuerza de no mantener relaciones más que con los peces, se había identificado con su naturaleza fría, grave y silenciosa; era un verdadero derviche del mar, cuya aspiración única parecía consistir en penetrar más y más en este elemento y fundirse y disolverse al cabo en él, como una piedra de sal. Por lo demás, en el pueblo era considerado como un buen vecino y marino muy inteligente.
Este hombre, que cruzaba por el mundo en zapatillas, fue el compañero constante de Miguel en sus excursiones marítimas. Claro está que hablaban poco, casi nada; pero nuestro joven había creído comprender por gestos, por gruñidos, más que por palabras, que era simpático a D. Valentín, lo cual podía achacarse a la afición que mostraba a la pesca. Sobre todo desde cierto día en que enganchó (pura casualidad) una magnífica robaliza y consiguió meterla a bordo, el ex-capitán le guardó, aunque tácitas, altas consideraciones. Además, había adivinado también que el ex-capitán profesaba un afecto vivísimo a su sobrina Maximina, bien pagado por parte de ésta: ambos se comprendían admirablemente, con sólo mirarse, y se tributaban todas las pruebas de cariño que podían. Y digo podían, porque doña Rosalía estaba al tanto de este cariño y no manifestaba tendencias muy decididas a alentarlo.
Por todo esto Miguel fue estrechando su amistad con él. Maximina cada día se mostraba a sus ojos más simpática e interesante. Las personas candorosas y sinceras tienen la ventaja de no repetirse. Así que, sin que ella pudiese sospecharlo, al mismo tiempo que le abría su alma para que hundiese la mirada en ella, iba cautivando la de su joven huésped, en términos que a éste llegaron a fastidiarle todos en la casa si no eran Maximina y su tío. Hablaba con aquélla largos ratos aprovechando los momentos en que venía a arreglar su sala.
—¿Está V. ocupado, D. Miguel?
—Ahora voy a dejar la tarea.
Y mientras salía del cuarto y Maximina se ponía a asearlo, charlaban alegremente. Miguel la embromaba con el convento: ella se defendía negando que tuviese por entonces intención de encerrarse en él. Sin embargo, al través de estas negativas se traslucía que acaso con el tiempo llegase a realizarlo. Un día poniéndose serio le dijo:
—No soy partidario de los conventos. Las virtudes más hermosas de la religión cristiana, que son la caridad y el sacrificio por los demás, no pueden practicarse sino en medio de la sociedad. ¿Para qué sirven todas las que una joven llega a adquirir si han de quedar encerradas entre cuatro paredes; si el mundo no se ha de aprovechar de ellas jamás? Las únicas monjas a quienes respeto y admiro con todo mi corazón son las hermanas de la caridad.
Maximina le miró sorprendida y no contestó. Todo el día estuvo un poco pensativa.
Solían reunirse diariamente a la hora del oscurecer algunos jóvenes delante del estanquillo, aunque no en tanto número como los domingos. Las noches eran apacibles y calurosas, y la tertulia se prolongaba a veces hasta las nueve y media o las diez. Miguel se fue acostumbrando a asistir a ella, dejando las visitas a la generala para otras horas. Sentábase a menudo al lado de Maximina y se complacía en regalarle el oído. Si nos preguntasen si creía lo que la iba diciendo, nos sería casi imposible contestar. Lo único que podemos decir es que no la requebraba por burlarse, ni aun por pasar el rato: es posible que a fuerza de serle simpática, la fuese encontrando hermosa. Pero Maximina estaba tan convencida de lo contrario, que rechazaba las lisonjas del joven con tanto más empeño cuanto más grata le iba siendo su compañía. Una noche le dijo con acento suplicante:
—Por Dios, no me diga V. que soy bonita.
—¿Por qué?
—Porque se me figura que está V. haciendo burla de mí, y me causa mucha pena...
—Aunque V. no lo fuese, a mí me lo parece, y con esto bastaría; pero ya que V. se enfada, la llamaré simpática únicamente.
—Tampoco. No me llame V. nada.
Las demás muchachas que allí había, todas de más edad que Maximina, les echaban miradas penetrantes y comenzaban a murmurar de la persistencia con que el joven forastero se sentaba al lado de aquélla. Los juegos con que se mataba el tiempo en aquella reunión al aire libre, eran poco variados: esconder un objeto para que uno de ellos lo hallase, mientras los demás cantaban, unas veces suave y otras fuerte, según se alejaba o aproximaba a él: adivinar quién era la persona cuyo retrato fuesen trazando de palabra los presentes: correr el florón por la cuerda.... Este juego del florón era el que más agradaba a Miguel: de él conservó toda su vida un recuerdo vivo y placentero. Consistía en introducir una sortija por una cuerda y agarrarse a ésta todos los tertulianos formando corro; uno se quedaba en el medio, y los demás corrían la sortija disimuladamente gritando:
El florón está en la mano.
Siga el florón.
Siga el florón.
El corifeo hacía una señal: el coro callaba y quedaba inmóvil: si adivinaba quién tenía la sortija, éste pasaba al centro del corro, y aquél ocupaba su sitio; si no, volvía a seguir el florón su carrera. Nuestro joven gozaba con este juego, porque le trasladaba a la infancia, y acaso también porque al agitar las manos sentía el contacto de las de Maximina. Muchas veces se reía pensando: ¡Si el conde de Ríos me viera jugando al florón!
Al domingo siguiente se bailó, como el día en que él llegara había prometido a Maximina entrar en el corro si ella bailaba. La niña, confiando en esta promesa, se decidió a ello, pero el huésped no quiso cumplir la palabra, y se quedó sentado delante del estanquillo como simple espectador. La pobre Maximina, defraudada, le miraba con ojos tristes, dejando adivinar que sin él estaba allí aburrida.
—Oyes, Lolita—dijo el joven llamando a una de las pequeñas de doña Rosalía,—ve a decir a Maximina que en cuanto oscurezca un poco más, bailaré.
Maximina, al recibir la noticia, se puso alegre. Y, en efecto, cuando las sombras de la noche invadieron la plazoleta, seguro ya de no llamar la atención, el forastero se aventuró a tomar parte en el baile. No se mostró todo lo suelto y airoso que fuera de desear, por lo cual tuvo que escuchar algunas carcajadas reprimidas; pero las llevó con paciencia, y a los pocos minutos ya no se fijaba en él nadie... nadie más que Maximina, que le decía en voz baja:—«Levante V. más los brazos.»—«No salte V. tanto.» Consejos todos muy oportunos, que el joven iba siguiendo al pie de la letra. La niña estaba alegre, satisfecha: Miguel la sacaba a bailar con más frecuencia que a las otras: luego procuraba colocarse a su lado para tenerla cogida de la mano, que se complacía en apretar suavemente y acariciar. Después de bailar uno frente a otro, los jóvenes tenían la costumbre de abrazarse un instante al concluir. Miguel, aprovechando uno de estos abrazos, y a favor de la oscuridad, cogió la trenza de Maximina, que colgaba por la espalda con un lazo de seda en la punta, y la llevó a los labios.
—¿Qué hace V.?—dijo la niña volviéndose rápidamente.
—Besar la trenza de su pelo.
—¿Y por qué hace V. eso?—preguntó con sorpresa.
—Porque me gusta.
Maximina bajó los ojos y guardó silencio.
Poco después, el hijo del brigadier quiso besarle una mano; pero la niña la bajó con fuerza sin soltarse, y no le fue posible.
Maximina, desde entonces hasta que el baile se deshizo, se manifestó un poco más circunspecta, aunque sin dejar de estar cariñosa con su amigo. Al concluirse y venir los jóvenes a su acostumbrada reunión, dijo que le dolía un poco la cabeza, y en vez de permanecer en la tertulia, se retiró. Creyó Miguel, en vista de esto, haberla causado algún disgusto, y estaba con deseos de hablar con ella. Al día siguiente de madrugada la halló bordando en el estanquillo. Estaba un poco pálida, y sus ojos, al levantarlos hacia Miguel, aunque sonrientes, expresaban una suave melancolía.
—¿Cómo ha descansado V., Maximina?—la preguntó.
—No he podido dormir en toda la noche—respondió la niña.
—¿Pues?
—No sé... daba vueltas y más vueltas... y nada.
Miguel sonrió admirando aquella ingenuidad.
En los días siguientes, a medida que buscaba las ocasiones de hablar con ella a solas, la niña las evitaba cuidadosamente. Sin embargo, una vez que doña Rosalía se levantó dejándolos solos en el estanquillo, Miguel la cogió una mano y casi a viva fuerza se la besó. Maximina se puso encarnada y no supo más que decir:
—¡Oh, por Dios!...
Otra vez le dijo al oído hallándose de tertulia:
—Tengo que pedir a V. un favor, Maximina.
—¿Qué es?
—Que me dé V. un rizo de su pelo.
La chica levantó los ojos con sorpresa.
—¿Me lo dará V.?—repitió mirándola atrevidamente.
Maximina bajó los ojos haciendo una señal afirmativa.
Pero trascurrió un día y trascurrieron dos, y tres, y no daba señales de cumplir su promesa. Miguel le preguntaba por señas: ella sonreía sin contestar. Entonces el joven se hizo el enojado y evitó a su vez el encontrarse con ella. Maximina comenzó a echarle miradas tristes y tímidas, que observaba riendo interiormente. Al fin, una noche por propia iniciativa, aquélla vino a sentarse a su lado. Nuestro joven se mostró inflexible; no quiso hablar; afectó tomar una parte muy activa en los juegos de prendas. Entonces la pobre niña dijo con voz débil:
—Tome V.
Miguel no la oyó.
—Tome V.—repitió un poco más alto.
Al volverse vio que tenía en las manos un papelito blanco. Comprendió que era el rizo de pelo y lo tomó apretándole al mismo tiempo los dedos con ternura.
—Muchas gracias, Maximina—le dijo con acento conmovido.—Es V. muy buena, y cada día...
Antes que pudiese concluir, la niña se levantó, entrando en la casa. Miguel quedó saboreando una dulce felicidad que nunca hasta entonces había gustado, la de ser querido de aquel modo tan ingenuo y tan puro. Tenía el corazón henchido de suaves sentimientos; una ternura inefable invadía su alma, y se dijo: ¿Por qué no he de querer yo a esta niña también? ¿Por qué no he de decírselo? Agitado por este deseo súbito, se levantó de la silla y entró en casa con la esperanza de encontrar a Maximina y expresarle lo que en aquel momento sentía. Recorrió a oscuras la sala, el comedor y el pasillo, llamándola suavemente; pero no pudo hallarla. Echó una mirada a la cocina y no vio en ella más que a la taciturna criada mondando patatas. Se habrá ido a su cuarto, se dijo, y bajó tristemente la escalera para restituirse a la tertulia; pero al cruzar por delante de la puerta del estanquillo que estaba a oscuras, se le ocurrió meter la cabeza dentro y decir:
—Maximina.
—¿Qué?—contestó una voz apagada.
—¡Oh, picarilla! ¿está V. aquí?
Y se introdujo en la tienda.
—¿Dónde está V.?
—Aquí.
—Deme V. la mano.
—¿Para qué, para besarla? No quiero; es V. muy malo.
Miguel soltó una carcajada, reprimiéndola para que no le oyesen fuera.
—No, criatura; es para saber dónde está V. nada más.
Se sentó al lado de ella en una silla baja.
—¿Por qué se ha escapado V. de la tertulia?
—¿Y V. por qué me anda buscando?
—Para decirla a V. una cosa.
—¿Qué es?
—...Que la voy queriendo a V. mucho—dijo con acento apasionado, cogiéndola una mano.
La niña guardó silencio.
—Y que V. también me va queriendo a mí un poco, ¿no es verdad?
Tampoco contestó.
—Vamos, dígame V. que sí... aunque sea mentira.
—Yo no digo mentiras—manifestó la niña con voz dulce.
—¿Entonces, no me quiere V.?...
—Tampoco digo eso.
Miguel entusiasmado la abrazó.
—Pues yo te quiero, te quiero por lo hermosa y lo buena que eres...
Maximina al sentirse en los brazos del joven comenzó a temblar fuertemente.
—¡Suélteme V.! ¡por Dios me suelte V.!
—¿Me quieres tú? ¿me quieres?
—¡Suélteme V., por Dios!
—No, sin decirme que me quieres.
—Pues sí, le quiero, le quiero; ¡suélteme V.!
El joven la besó con pasión en los labios y la dejó huir a su cuarto. Él se volvió a la tertulia.
XIV
Miguel sacó el reloj para mirar la hora.
—¡Oh qué reloj tan fastidioso!—exclamó la generala apoderándose de él y metiéndoselo de nuevo en el bolsillo sin permitir que lo abriese.—Antes, cuando estabas a mi lado no hacías tanto uso de esa alhaja. De pocos días a esta parte no se te cae de la mano. ¿Qué prisa tienes? ¿No has venido a Pasajes por mí?... Además, observo que estás algo distraído; que siempre cruza tu frente una arruga profunda, signo de graves meditaciones... hasta te encuentro ayer y hoy un poco ojeroso...
—¡Vaya, que no traes mal belén con mi fisonomía!—dijo él sonriendo: bajo esta sonrisa se traslucía la cólera.
En efecto, la generala exploraba a todas horas el semblante de Miguel como el marino el del tiempo. Unas veces estaba pálido, otras fatigado, otras melancólico, otras excesivamente risueño; nunca dejaba de tener alguna cosa que le llamase la atención. Esta eterna y escrupulosa inspección le había halagado al principio, después le aburrió un poco, y últimamente había llegado a irritarle.
—¡Y te enfadas por eso, ingrato!—exclamó Lucía.—Si observo tu fisonomía, es que no miro más que a ella; todo lo demás me parece indiferente... Tu rostro es el libro donde leo mi felicidad o mi desgracia.
Aunque ya no le causaban impresión alguna las metáforas amorosas de la generala, Miguel se dulcificó.
—No me enfado, Lucía... Si es tu gusto trasformarte en un semáforo y señalar todas las variaciones que experimento, ¿qué vamos a hacer? Es una prueba de amor que te agradezco.
La generala creyó que debía continuar con el mismo tema.
—No puedes figurarte, Miguel, lo que sufro cuando te veo triste, lo que gozo cuando estás alegre... ¡Si supieras!... Al través de tu sonrisa veo yo el mundo risueño, hermoso, pienso que el cielo está siempre azul, el campo siempre verde y rondoso, y que los hombres son todos felices... ¡Oh, si lo supieras, estoy segura de que sonreirías siempre como ahora lo haces! ¿No es verdad?... ¡Algunas veces me acometen unos pensamientos tan tristes! La imaginación excitada por el amor, da muchas vueltas... ¡Si Miguel se muriese! me digo. Esta idea me aniquila, me deja yerta, como si el cielo se desplomase... Si tú te murieses, ¿qué haría la pobre Lucía? Morirse también de pena; y si no se moría, peor para ella... No quiero pensar en eso, Miguel, porque toda me acongojo. Ya no habría felicidad posible en la tierra: sólo tu recuerdo dulce podría prestarme algún consuelo en ciertos momentos. ¡Oh, te juro que si te murieses, guardaría tu imagen en el corazón hasta la hora de mi muerte, y aun más allá, si posible fuera, vivirías en espíritu conmigo; y todos los días, todos los días, sin faltar uno, iría a visitarte al cementerio y a dejar sobre tu sepulcro un puñado de flores...
La generala había empleado ya muchas veces este recurso, y siempre con el mismo éxito. A Miguel no le caían en gracia estas ideas lúgubres y procuraba llevar la conversación hacia otro punto. Esta vez la cortó levantándose del diván donde ambos estaban sentados y cogiendo el sombrero. Para paliar un poco el mal efecto de este brusco movimiento, se acercó sonriente a la dama y la acarició amorosamente la cara.
—Tengo una carta para el periódico empezada... Necesito terminarla antes que se vaya el correo. Adiós, amor mío...
Aquel amor mío fue pronunciado de un modo distraído, rutinario, que hubiera mortificado a la generala, si no fuese frecuente en ella también al acariciar de palabra a su amante.
—¡Qué pronto! Apenas has estado conmigo dos horas.
—Mañana procuraré estar más tiempo... Hoy no puedo.
Lucía se levantó también y le echó los brazos al cuello con el mimo de otras veces. Miguel soportó aquel abrazo y aun hizo esfuerzos por mostrarse entusiasmado.
—Aguarda un poco—dijo la generala soltándose y tomando un ramillete que había sobre la chimenea.—Toma estas flores, ponlas delante de ti cuando escribas, para que al levantar la cabeza te acuerdes de tu Lucía.
Miguel cogió el ramo y lo besó maquinalmente, como tenía por costumbre siempre que la generala le daba algún objeto en recuerdo: luego se despidió.
Al salir del challet llevaba el corazón menos oprimido que Romeo al separarse de Julieta en aquella célebre noche que el lector conocerá seguramente; pero su paso era cuando menos tan ligero. Quería llegar a tiempo a la novena de San Ramón Nonnato que se celebraba hacía días en la iglesia de San Pedro. Allí veía a Maximina, a la cual estaba ligado por una simpatía irresistible. Y lo que más le entusiasmaba era que ésta había aceptado sus amores sin aquella reserva que el temor de ser engañadas obliga a manifestar a las muchachas, cuando un joven de condición superior se dirige a festejarlas. Maximina fue su novia sin que tuviese necesidad de vencer escrúpulos y prevenciones que el cálculo o la malicia introduce en el pensamiento de aquéllas. Le entregó su corazón con inocencia, como una cosa natural o que no podría ser de otro modo. Lo único que la había hecho vacilar al principio fue la sorpresa de que se dirigiese a ella con preferencia a otras jóvenes que pasaban en el pueblo por mucho más bonitas; una vez convencida de que aquél tenía el mal gusto de encontrarla bella o al menos simpática, no consideró poco ni mucho la diferencia de fortuna ni se imaginó que todo aquello podría ser nada más que un puro y frívolo pasatiempo por parte del joven forastero. Abrió su espíritu al amor con la inocencia que la flor abre su cáliz a los rayos del sol. Y aquella niña tímida, melancólica y reflexiva, en algunos días había experimentado notable trasfiguración; la alegría que rebosaba de su alma comunicó a su rostro atractivos que antes no tenía, gracia a sus movimientos, sonoridad a su risa, brillo a su palabra. Este cambio no pudo pasar inadvertido a nadie, pero menos a Miguel. Observolo con placer, con el placer del artista que contempla la obra salida de sus manos; fue un aliciente más para seguirla enamorando sin calcular las fatales consecuencias que aquel devaneo honesto podría traer consigo.
Cuando se hubo alejado de casa de la generala, cerca ya de la orilla donde Úrsula le aguardaba con su esquife, echó una mirada al ramo que llevaba en la mano, reflexionó que era grande y molesto para llevar a la iglesia, y diciendo:—¡A dónde voy yo con esta carga de hierba!—lo arrojó al suelo, y siguió rápidamente su camino sin más pensar en él. La novena de San Ramón atraía mucha gente a la iglesia de San Pedro. Era un templo grande, sucio y tenebroso hasta de día: por la noche, con cuatro o cinco lámparas de aceite colgadas aquí y allá a largas distancias, ofrecía un aspecto siniestro. Mas ahora el rosetón de luces que ardía en torno de la imagen alegraba un círculo muy ancho donde resaltaban las cabezas de las beatas que se colocaban en primera fila. Miguel acostumbraba a introducirse en la iglesia por la puerta de la sacristía, y desde ésta, sacando un poco la cabeza, veía toda la parte iluminada del templo.
Maximina y su tía se acomodaban allá enfrente, cerca de un banco para sentarse en los intervalos de descanso. La niña, penetrada de un vivo sentimiento religioso, no osaba mirar hacia Miguel; creía profanar la majestad de la casa de Dios. No obstante, alguna que otra vez, de raro en raro, se autorizaba el levantar los ojos y clavarle una rápida y grave mirada, arrepintiéndose inmediatamente de haberlo hecho. A nuestro joven le hacía gozar más aquella tímida y rapidísima mirada que las ardientes y prolongadas que otras mujeres más bellas y más vistosas le habían echado en el curso de su vida.
Aunque a larga distancia, observó aquella tarde que el semblante de Maximina no era el mismo de otros días; la melancolía, siempre esparcida sobre él, se había convertido en profunda tristeza; sus miradas eran más frecuentes y más largas, y en torno de sus ojos un círculo levemente encarnado acusaba claramente el llanto vertido. ¿Qué le habrá pasado? se preguntó con inquietud. ¿La habrá reñido su tía? Y deseó que se concluyese pronto la novena a fin de enterarse.
Era noche cerrada cuando salieron de la iglesia. El joven forastero acostumbraba a esperar a doña Rosalía y su sobrina en el pórtico, ofrecerles agua bendita y acompañarlas a casa en unión de otras vecinas, lo cual le permitía emparejarse con su novia y sostener con ella conversación aparte. Todo esto respiraba un sentimiento idílico, de suave felicidad, que, como contraste a sus refinados amores cortesanos, le causaba un gran deleite. Después de haberla dirigido algunas preguntas insignificantes, a las cuales contestó la niña con dulce y apagada voz, un poco más apagada que otras veces, la preguntó bruscamente:
—¿Qué tienes?... Parece que estás triste y has llorado (la tuteaba en secreto desde hacía algunos días: ella no se atrevía a hacerlo sino alguna que otra vez, cuando el joven se lo exigía con vehemencia).
Maximina siguió caminando en silencio.
—¿Te ha reñido tu tía?
—No.
Volvió a guardar silencio. Al cabo de un instante, acercando más el rostro, observó que algunas gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
—¿Estás llorando?... ¿Por qué?—preguntó con zozobra.
—No lloro... no es nada—contestó ella levantando hacia él sus ojos sonrientes, pero nublados por las lágrimas.
—Lloras, sí, y quiero saber por qué. Me parece que tengo derecho para ello... si es que me quieres, como dices.
Todavía le costó algún trabajo arrancarle su secreto. Al fin la niña desahogó el pecho oprimido y dijo con voz cortada por los sollozos:
—Hoy han estado en casa Paulina y Segunda y me llevaron a la tienda de Joaquina antes de venir a la novena... y allí comenzaron a burlarse de mí... ¡Me dijeron unas cosas tan malas!
—¿Qué te han dicho?
—Que V. se estaba riendo de mí y sólo aparentaba quererme por divertirse un rato... Que cómo podía figurarme yo que un joven rico y elegante se había de casar conmigo...
—¿Todo eso te han dicho?—exclamó Miguel con sorda irritación.—¿Nada más?
—También me dijeron que V. tenía una novia... una señora que vive ahí en el camino de Francia, y que la iba V. a ver todos los días... ¡Parece que vinieron a buscarme apropósito para darme esta puñalada!
—Pues no te han dicho más que la verdad.
La niña le miró con ojos suplicantes.
—Sólo que hay una pequeña dificultad para que esa señora, a quien visito muchos días, sea mi novia... y es que esa señora está casada.
Miguel había penetrado perfectamente el alma de la niña: por eso le presentó esto como una dificultad insuperable. En efecto, Maximina abrió más los ojos manifestando gran sorpresa; exigió que el joven se lo jurara, y una vez hecho el juramento, un rayo de alegría iluminó su semblante.
—¡Pero qué malas son esas chicas!—exclamó cruzando las manos.—¿No tendrán miedo que Dios las castigue?
Miguel se esforzó en persuadirla a que no creyese nada de cuanto la dijeran acerca de él, le hizo mil protestas sinceras de cariño, y logró que antes de llegar a casa se disipasen las nubes que velaban su rostro. Al llegar, despojose Maximina inmediatamente de la mantilla y se fue a la cocina, donde nuestro joven la siguió. Era una hora ésta muy ocupada para la niña: la cena de los chicos y del huésped exigía bastantes preparativos: la criada se encargaba únicamente del condimento de los manjares; doña Rosalía de atender al estanquillo. Maximina encendió la lámpara del comedor y puso el mantel sobre la mesa: Miguel la seguía con la vista: ella levantaba de vez en cuando la suya y le enviaba una sonrisa para mostrarle la confianza que tenía en sus palabras y lo feliz que la había hecho con ellas. Una vez puesta la mesa, volvieron a la cocina.
—Hay que limpiar esa vajilla—dijo la criada con el tono agrio que siempre usaba.
—¿La ha fregado V. ya?
—Si no la hubiera fregado, ¿cómo se había de limpiar? ¡Vaya una salida!
—No se incomode, Rufa—dijo un poco acortada la niña.
Y cogiendo un paño, se sentó con calma a secar los platos. Miguel se sentó cerca de ella.
—Voy a contarles a VV. un cuento—dijo aquél tomando otro paño y poniéndose a secar platos también.—Viajando un amigo mío por la China, hace ya bastantes años, me contó que había llegado por la noche a un pueblo llamado Cerdópolis. En cuanto estuvo dentro de él, ya no le extrañó el nombre que tenía; no se veían más que cerdos por todas partes; en las huertas, en las calles y hasta dentro de las casas; en fin, no se podía dar un paso sin tropezar con alguno de estos animaluchos.
—¡Qué olor habría allí, madre mía!—exclamó Maximina.
—¡Atroz! me dijo que no se podía respirar. Pues sucedió que fue a alojarse a casa de uno de los principales del pueblo; pero la mayor parte de las casas, aun las de los ricos, no tenían más habitaciones que la cocina y los dormitorios. El dueño le presentó a sus hijas, unas chicas bastante feas, con los ojos torcidos y los pies muy chiquitos... en fin, VV. ya habrán visto a algún chino. Parecían amables, y mi amigo quedó muy satisfecho del recibimiento que le hicieron. No quedó tan contento de la madre, esposa de nuestro chino. Era una vieja que estaba al lado del fogón picando cebolla, así como está ahora Rufa.
Maximina levantó los ojos hacia la cocinera y luego los volvió hacia Miguel con una expresión entre cándida y maliciosa, sospechando alguna broma.
—Cuando mi amigo se dirigió a ella preguntándole cómo estaba de salud, no le contestó más que ¡hum! sin levantar la cabeza siquiera. Mi amigo miró con sorpresa al marido y a las hijas, como diciendo: ¿Qué le he hecho yo a esta señora para que me reciba de este modo? Pero lo mismo él que ellas, en vez de avergonzarse, levantaron los ojos al cielo, con un gesto de resignación que le sorprendió todavía más. Se pusieron a cenar, y mi amigo durante la cena y después de ella trató de captarse las simpatías, o por lo menos la benevolencia de la señora, prodigándole muchas atenciones y dirigiéndole a menudo la palabra. Todo fue inútil: la china contestaba con su gruñido acostumbrado, o a todo más, con algún monosílabo que revelaba su mal humor. El marido y las hijas se contentaban con hacer aquel gesto de resignación y dolor, que cada vez iba maravillando más al viajero. Después de estar algún tiempo de sobremesa, retirose a descansar. Cuando por la mañana se levantó, encontró a toda la familia muy triste y como consternada. Les preguntó en seguida con interés qué les pasaba de malo.
—¡La pobre madre!—exclamó una de las niñas.
—¿Qué le ha pasado? ¿Está enferma?—preguntó.
—Ahí la tiene V.
—¿Dónde?—dijo mirando a todas partes, sin ver rastro de china.
—Ahí.
—¿Pero dónde?
—Esa marrana que tiene V. delante.
—¡Cómo!—exclamó mi amigo, creyendo que el chino se había vuelto loco.
—Sí, señor; ya sabíamos en casa que de esta semana no podía pasar. Usted, señor, por lo visto, no sabe lo que ocurre en este pueblo...
El chino le explicó entonces que en aquella villa había una enfermedad, por desgracia muy común, que se llamaba cerdofalgia, y que consistía en la trasfiguración del hombre en cerdo. De ahí la inmensa cantidad de cerdos con que tropezaba en las calles. El primer síntoma de esta enfermedad era el mal humor: en este primer grado, los enfermos podían curarse como los tísicos, y al efecto siempre que alguno era atacado, se empleaban para volverle a la salud mil clase de fiestas y regocijos, en las cuales tomaba parte toda la familia. Algunos salvaban, pero la mayoría pasaban al segundo período, llamado «del silencio,» porque hablaban muy poco: todavía en este grado, salvaba uno que otro. Pero si desgraciadamente entraban en el período de los «gruñidos,» entonces era cosa perdida: al cabo de algún tiempo, venía la trasfiguración. Su señora hacía ya dos meses que estaba en el tercer grado.
Mi amigo quedó pasmado y comprendió por qué cuando gruñía el ama de casa hacían todos gestos de resignación.
Al terminar Miguel su cuento, Maximina hacía esfuerzos sobrehumanos para contener las carcajadas que se le escapaban de la boca, viendo lo amoscada que se había puesto Rufa.
En aquel momento entró doña Rosalía con otra señora de su misma traza. Miguel al verlas dejó apresuradamente el paño y el plato que tenía en las manos, para que no le viesen ocupado en tarea tan poco varonil. Después de cambiar algunas palabras, Maximina, sin darse cuenta de lo que hacía, le alargó dos platos diciendo:
—Ya no nos quedan más que siete.
Pero el joven, avergonzado y con muy mal humor, se los rechazó.
—Deje V... Deje V. eso.
La niña ruborizada y confusa exclamó con voz débil:
—¡Como hasta ahora me había ayudado!...
XV
«Mi queridísima hermana:—escribía Miguel a Julia—Me preguntas por qué permanezco tanto tiempo en este pueblecillo, y supones, infundadamente, que pasaré la mayor parte en San Sebastián. Asimismo haces algunas reticencias que me desagradan, porque no están bien en boca ni en pluma de una niña tan candorosa como tú eres y deseo que sigas siendo. Te has equivocado en todas tus hipótesis. Permanezco en Pasajes (ya puedes comenzar a reírte) porque estoy enamorado de la sobrina de mi patrona. Es una niña (sigue riendo) que no pasa por bonita, ni es gallarda, ni tiene talento, ni una educación esmerada. Estoy enamorado no sé de qué; acaso del alma, aunque no lo aseguro. Lo que sí puedo afirmar es que no hay mujer (exceptuando tú) que me parezca tan linda, tan amable y tan bien educada. No ha cumplido aún los diez y seis años. ¡Si vieras qué buena y humilde es! Está tan convencida de su insignificancia, que yo he hecho como Jesucristo; queriendo ser la última, la elevé a primera. Ha pasado dos años en un convento de Vergara, y cuando yo llegué, estaba empeñada en hacerse monja: ahora ya se fue a paseo el monjío. Esto no quiere decir que no fuese una buena religiosa; Maximina, que así se llama, en cualquier estado y situación de la vida sería buena, porque así la hizo Dios. Me paso los ratos como un tonto escuchándola; cuando narra su vida de colegiala: las nonadas y puerilidades de sus compañeras, que me cuenta con gran calor, me embelesan lo mismo que la novela más interesante: conozco ya a todas las hermanas del colegio como si las hubiera parido: hay una hermana San Onofre, de diez y ocho años, hermosa, instruida, pero de muy mal genio; en el convento todo el mundo la temía más que a la superiora; ¡figúrate que a una niña, porque manifestó asco al vaso de otra, la hizo comer las sobras de todas las demás en un plato! Hay otra llamada María del Socorro, de la misma edad que Maximina, muy dulce, muy tímida; cuando las niñas enredaban en su clase, no teniendo ánimo para reñirlas o castigarlas, se echaba a llorar. Pero los amores de mi niña eran la hermana San Sulpicio, una andaluza hermosísima, llena de gracia y atractivo; había cuatro chicas enamoradas de ella perdidamente; pero la que se llevó la palma y llegó a ser su favorita al cabo de algún tiempo, fue Maximina; sin embargo, la hermana, que era un poco coqueta al parecer, se complacía algunas veces en mortificarla mostrándole gran frialdad o adoptando con ella un continente severo, hasta que viendo su cara contristada, se echaba a reír y le tiraba suavemente de una oreja, llamándola tonta. Un día vino orden de arriba para trasladar a esta hermana a otro convento, y se marchó secretamente sin despedirse. ¿Quién se lo dice a Maximina? se preguntaron todas las colegialas. Al fin una, más habladora y peor intencionada que las otras, se lo comunicó bruscamente: mi niña recibió un fuerte golpe en el corazón; pero trató de reprimirse, porque le daba vergüenza estallar en sollozos delante de sus compañeras: este esfuerzo sobre sí misma le costó caro, porque al poco rato se sintió mal y hubo que desabrocharle a toda prisa el vestido, para que no se ahogase.
Oyendo el relato de tales escenas infantiles se pasa el mentecato de tu hermano sabrosamente el tiempo, y no tiene ganas de volver a Madrid. ¿Querrás creer, querida hermana, que encuentro más sabiduría en las palabras de Maximina que en los cursos de sistemas coloniales que nos da en su casa el conde de Ríos? Indudablemente, estoy perdido. Razón tiene mi tío Bernardo en decir que no seré en la vida nada de provecho.
Muchos recuerdos a mamá. Salud y Estado Mayor. Un abrazo que casi te asfixie de tu hermano,
Miguel.»
Tres días después la contestación de Julia, que decía así:
«Mi más querido hermano: Si por mi gusto fuese, no te escribiría hoy, porque tengo que darte una noticia desagradable; pero mamá lo manda... y... cartuchera en el cañón, quepa o no quepa. La noticia es que nos vamos a Madrid en la semana próxima, hacía el miércoles o jueves. Por consiguiente, ya sabes que debes ponerte en camino cuanto antes. Mucho siento arrancarte esa felicidad que dices sentir y en la cual no creo. Toda la vida has sido un pillo de playa, y no te arriendo los tizonazos que has de llevar en el otro mundo. Esa pobre chica será bien desgraciada si se fía de tus palabritas de miel; no tardará en ir al panteón de las víctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. ¡Me avergüenzo de ser hermana tuya, gran tuno!
Sabrás como tenemos noticia de que tío Manolo se casa con la viuda de marras. Ya era tiempo. Lo mismo uno que otro necesitan ponerse dentadura nueva, porque están algo duritos. Ahí te envío una carta que por la letra me parece de él: supongo que será dándote parte de la boda.
El cuerpo de Estado Mayor me manda darte recuerdos. Mamá lo mismo. Yo no me contento sino con un fuerte mordisco en una oreja: ya sabes que soy especialista en ese ramo. Avisa cuando sales.
Julia.»
Dentro de ésta venía otra carta de D. Manuel Rivera noticiándole su próximo matrimonio. El antiguo seductor se manifestaba en ella contrito y con grandes deseos de reformarse en lo tocante a la moral y las costumbres, y anunciaba en términos concretos que estaba resuelto a someterse a las leyes generales que rigen los destinos de la humanidad y la encaminan a lo infinito: hablaba de la necesidad imperiosa que siente el hombre de tener una compañera «que le ayude a soportar el fardo de la vida,» de los goces dulces e inefables del hogar doméstico, de los mutuos sacrificios. Por último, llamaba al Ser Supremo en su auxilio y le rogaba se dignase bendecir «su pobre choza.»
Miguel, en vez de enternecerse como debía, se rió mucho leyéndola: mas al instante quedó triste y cabizbajo al recordar que debía abandonar a Pasajes dentro de pocos días. La verdad era que lo estaba pasando bien y que no le halagaba nada tornar de nuevo a la bulliciosa vida de la corte. Por otra parte, ¡qué sentimiento tan vivo experimentaría la pobre Maximina! En cuanto a la generala, hacía ya días que había formado propósito irrevocable de romper con ella, si bien esperaba verse lejos para llevarlo a cabo; no le acomodaba hacerlo en una entrevista por no escuchar sus quejas de codorniz romántica.
En la expresión melancólica y reflexiva de su cara adivinó Maximina que algo triste le pasaba. Trató de mostrarse entonces más alegre y habladora que de ordinario, a fin de disipar su mal humor: adivinaba vagamente que de rechazo iba a caer sobre ella; pero no lo consiguió; Miguel, contra su costumbre, respondía con gravedad a sus instancias.
—¿Qué tienes?—le dijo al fin tímidamente.—¿Estás enfadado conmigo?
—¿Por qué había de estarlo?—contestó sonriendo tristemente.—¿Te remuerde por algo la conciencia?
—A mí no... pero...
Miguel guardó silencio unos instantes: los ojos escrutadores de Maximina estaban posados con anhelo sobre él.
—Tengo que darte una mala noticia—dijo al cabo dulcificando cuanto pudo la voz.
La niña se puso extremadamente pálida; pero no despegó los labios.
—Me ha escrito mi hermana para que vaya a reunirme con mamá y con ella a Santander, y acompañarlas a Madrid.
Maximina continuó silenciosa, doblando la cabeza sobre el pecho. Entonces le tocó a nuestro joven observarla con cierta inquietud.
—No será la última vez que nos veamos, hermosa—dijo cariñosamente.....—Lo mismo te seguiré queriendo en Madrid, y a la primera ocasión que se me presente, vendré a hacerte una visita.
La niña levantó los ojos hacia él esforzándose por sonreír.
—Ahora que estoy próximo a separarme de ti—siguió diciendo el joven,—es cuando veo cuánto has penetrado en mi corazón... Parece mentira que en tan poco tiempo te haya llegado a querer de un modo tan entrañable... ¿Te pasa a ti lo mismo? ¿Me seguirás queriendo cuando dejes de verme?
Maximina movió varias veces la cabeza en señal afirmativa. Conmovido por aquel silencio, que revelaba mejor que ninguna frase lo que su alma sentía, el joven le tomó una mano y la llevó suavemente a los labios: por primera vez desde que se conocieran, ella no hizo resistencia alguna. Cada vez más embargado por la emoción, Miguel dejó que su alma se desbordase; la expresó con lenguaje vivo y apasionado cuánto la amaba y lo feliz que algún día sería uniéndose a ella; la prometió no olvidarla ni un solo instante, escribirla a menudo y venir a verla en cuanto le fuese posible.
La niña se llevó la mano a la frente y dijo con voz alterada:
—Se me está partiendo la cabeza de dolor...
En aquel momento entró doña Rosalía en el estanquillo.
—¡Pobrecita!—exclamó Miguel.—Debe V. acostarse un poco a ver si se le pasa.....
—¿Qué; te duele la cabeza?—preguntó la tía.—La canción de siempre..... Anda ve a recostarte hasta la hora de comer: ya te llevaré el agua sedativa.
Maximina subió a su cuarto y doña Rosalía quedó disertando con Miguel, que apenas la escuchaba. Por la tarde la niña pudo bajar al estanquillo: tenía el semblante un poco descompuesto. Cuando estuvieron solos, ella le dijo tímidamente:
—¿Quieres una cosa que voy a darte?
—¡Ya lo creo! Cuanto tú me des será para mí sagrado.
Maximina sacó del bolsillo un crucifijo de plata pendiente de un cordón y se lo entregó ruborizada diciendo:
—Este crucifijo me lo regaló la hermana San Sulpicio el día de su santo: lo traigo colgado al pecho hace tres años sin quitarlo jamás...
Miguel se lo arrebató con alegría.
—Precisamente iba yo a pedirte una medallita para colgar al cuello. ¡Cuánto me alegro que te hayas anticipado! Te prometo no separarme de él ni de día ni de noche... Pero voy a suplicarte un favor... que tú misma me lo cuelgues.
Maximina vaciló un instante: al fin tomó de nuevo el crucifijo; Miguel bajó la cabeza y el Cristo quedó colgado por la parte de fuera del chaleco.
—Ahora—dijo él con sonrisa maliciosa—es menester que lo ocultes debajo de la camisa.
—No; eso hazlo tú.
Los dos días que siguieron a esta escena trascurrieron suaves y melancólicos. Los amantes estaban mucho tiempo juntos, pero se hablaban poco. Maximina hacía visibles esfuerzos por mostrarse serena. Miguel, adivinando estos esfuerzos, sentía su amor y su compasión crecer.
Tomó pasaje en un vapor que debía salir por la tarde. Maximina aquel día por la mañana se manifestó casi contenta. Sin embargo, estando en conversación con él en la sala, cuando menos parecía indicarlo la expresión de su fisonomía, rompió a sollozar fuertemente. Miguel la acarició y la consoló en los términos mejores que pudo.
Después que arregló su equipaje, el joven recorrió el pueblo despidiéndose de los amigos que durante su estancia se había ganado: próxima ya la hora de partirse y habiendo oído sonar el pito del vapor, volvió a casa con objeto de despedirse de Maximina. Por más que la buscó por todas partes no pudo hallarla: nadie sabía dónde se había metido: doña Rosalía opinó que se habría ido a la iglesia. No es decible lo que esto disgustó a Miguel, quien después de mandar el equipaje, se fue con el corazón oprimido hacia el muelle; pero antes se le ocurrió dar una vuelta por la iglesia. Como el tiempo apuraba, corrió hasta sofocarse; no vio rastro de Maximina en todo el ámbito del templo. Salió cabizbajo y llegó al vapor, que estaba pitando terriblemente en espera suya. Cuando saltó a bordo, el capitán le dijo con malos modos que hacía quince minutos que aguardaban por él: no le causó ningún efecto la reprensión. Subió al puente; en el momento de arrancar el buque, percibió en el balcón corrido de la casa de D. Valentín la figura de la niña. Echó mano apresuradamente a los gemelos del capitán que colgaban de la baranda, y pudo ver a su novia llorosa con un pañuelo en la mano haciéndole señas. Sacó el suyo del bolsillo y contestó lleno de emoción. La tarde estaba tranquila, el cielo nublado, las aguas de la pequeña bahía inmóviles y verdosas espejaban confusamente la columna de humo que el vapor dejaba en pos de sí. Algunas otras figuras humanas se asomaban a los balcones y terrados al oír los prolongados y furiosos ronquidos de la máquina.
En tanto que el barco no salió por la boca estrecha de la bahía, Miguel no apartó los gemelos de los ojos, dirigiéndolos al balcón donde la triste Maximina quedaba. Cuando una peña se la ocultó, dejó caer las manos con dolor: después se limpió las mejillas, que estaban húmedas.
XVI
Llevaba el corazón tan henchido de amor, de admiración, de entusiasmo, que Julita se vio necesitada a sufrir a diario, por algún tiempo, las descripciones que le plugo hacer de la bondad, sencillez e inocencia de la niña de Pasajes. A las mujeres no les disgusta esta clase de confidencias: así que, lejos de huirlas, las provocaba, informándose con deleite de todos los pormenores más o menos pueriles de aquellos amores idílicos, tan en consonancia con su edad y su sexo.
Miguel rehusaba enseñarle el retrato. Temía que no le gustase. Después de muchos ruegos, y anunciando con empeño «que físicamente valía poco,» lo sacó de una cartera donde lo llevaba.
—¡Pues no tiene nada de fea!—exclamó Julita.—Al contrario, es una cara muy simpática...
A Miguel se le ensanchó el corazón, y se dibujó en sus labios una sonrisa beata.
—¿Sabes a quién se parece un poco?... A Clarita Mazón...
Clarita Mazón era una joven bastante linda. Sin embargo, Miguel no transigió con el parecido, y hasta se indignó.
—¡Pero qué enamorado estás, Miguel!—exclamó Julita sonriendo maliciosamente.—Así me gusta... Ya era tiempo de que la veleta quedase fija un instante... ¿Sabes que si yo estuviese en la piel de esa niña las habías de pagar todas juntas?
—Lo creo—repuso el joven riendo.
—No te duermas sobre los laureles, pillo, porque en cuanto yo pueda entenderme con ella, se lo he de aconsejar.
—No te hará caso.
—¡Quién sabe! Le haré ver lo que tú eres con esa cara de angelito de retablo.
Desde Santander, Miguel telegrafió a Pasajes, dando noticia de su llegada. Así que saltó del tren en Madrid, puso otro telegrama, y escribió aquel mismo día. La contestación de Maximina tardó seis en llegar. La impaciencia que nuestro joven manifestó en estos días hizo reír mucho a su hermana. Contra su costumbre, aguardaba en casa al cartero, y hasta le espiaba detrás de los cristales del balcón y le iba a abrir él mismo la puerta.
La carta, que al cabo recibió, venía en un sobre pequeño, escrito con magnífica letra inglesa, la letra que se enseñaba en el convento de Vergara; su contenido no era largo ni expresivo, pero respiraba modestia y candor: llamábale en el comienzo «apreciable Miguel» y se despedía como «segura servidora,» lo cual le hizo reír. En la réplica le dio bastante matraca con aquella «segura servidora,» y la niña, en las cartas siguientes, modificó su despedida: el comienzo, o sea el «apreciable,» ya le costó más trabajo que lo cambiase; al fin, se aventuró a llamarle «querido Miguel.» Todas las cartas se las leía éste a su hermana. Julia principió a sentir viva simpatía hacia aquella niña de menos edad aún que ella. Un día le dio una estampita de su libro de misa, para que se la enviase de su parte. Maximina, al acusar el recibo, se manifestó tan conmovida por aquel regalo, que Julia no pudo resistir al deseo de ponerla una posdata en la carta de su hermano, dándole cariñosas expresiones. La niña de Pasajes contestó con otra; se cambiaron después los retratos; por último, al cabo de dos meses, ya se escribían directamente.
Por este tiempo el hijo del brigadier había cortado enteramente sus relaciones con la generala Bembo. No pocos esfuerzos caligráficos le costó aquel rompimiento: las quejas de la nueva Ariadna venían diariamente por el correo esparcidas en cinco o seis pliegos de letra menuda: era necesario contestar a ellas: al fin Teseo se cansó y las guardó filosóficamente en el bolsillo. Entrado ya el invierno, Ariadna volvió a Madrid, y no se pasaron quince días sin que la trompeta del escándalo pregonase sus amores con el secretario de la Embajada francesa. A Miguel no le maravilló nada este suceso.
Un día Julita le dijo a boca de jarro:
—¿Cuándo piensas casarte, Miguel?
Se puso colorado, y respondió vacilante y confuso:
—¡Oh, el matrimonio!... Hay que pensarlo con calma.... Es un negocio muy grave.
Y cortó repentinamente la conversación, hablando de otra cosa. Julia se quedó triste y pensativa. Le hizo esta pregunta, porque había observado que su hermano no menudeaba tanto las cartas a Pasajes como antes. Empezó a sospechar que se iba cansando, y tembló por la pobre Maximina. No se dio por vencida, sin embargo. Al cabo de pocos días le cogió en su cuarto, por la oreja, y le dijo medio en broma medio en veras:
—No te suelto si no me dices ahora mismo si piensas o no casarte.
—Pero, chica, ¿a ti que te va ni te viene en eso?—contestó el joven riendo.
—Tengo interés por Maximina, porque es mi amiga.
—¡Si no la conoces!
—No importa, la quiero ya como si la conociese.
—¿Tendrías gusto en ser hermana política de la sobrina de una estanquera?—preguntó el joven con malicia.
—¡Ya lo creo!—repuso Julia poniéndose seria.—Si es buena y bien educada, ¿por qué no?...
—No vayas a pensar que yo me detengo por eso—dijo Miguel, poniéndose también serio.—He meditado mucho en estos últimos meses acerca de tal asunto, y al fin no he podido menos de confesarme que no sirvo para casado. El que ha hecho hasta los veintisiete años la vida independiente que yo, es muy difícil que pueda acomodarse al orden, a la paz, a la serie de sacrificios que el matrimonio exige... Y, francamente, para ser un mal casado, ¿no vale más que permanezca soltero toda la vida?... Por otra parte, si me caso con esa chica, que no está acostumbrada al trato de gente ni ha entrado jamás en sociedad alguna, ya comprendes que debo renunciar en absoluto a mis relaciones y a las antiguas amistades de mi familia: yo no quiero pisar un salón donde mi mujer no haga buen papel... Además, Maximina es demasiado niña y demasiado inocente para dominar a un hombre tan maleado como yo, y para regir una familia...
Así continuó el hijo del brigadier rebuscando argumentos en su cerebro para ocultar los verdaderos móviles de su conducta, que eran el tedio y la vanidad, pasiones asquerosas que la vida cortesana habían despertado nuevamente en su corazón. Julia no apartaba su mirada escrutadora de él, lo cual concluyó por turbarle y obligarle a callar. Después de algunos momentos de silencio, aquélla exclamó moviendo la cabeza con dolor:
—¡Pobre Maximina!
Y después de una pausa larga, dijo con energía:
—Pues mira, Miguel, si no has de casarte con ella, es un pecado grande que la estés engañando. Debes cuanto antes cortar esas relaciones.
—Bien; de eso ya hablaremos... Acaso tengas razón... Hasta luego—dijo poniéndose el sombrero y dándole un beso de despedida.
Por más que nos duela hablar mal del héroe de nuestra historia, la verdad nos obliga a confesar que Miguel tuvo la cobardía de cortar sus relaciones con la niña de Pasajes dejando de escribirla. Al cabo de unos quince días, su hermana le enseñó una carta que había recibido de ella; se daba por enterada del desamor de su novio, sin proferir una queja; disculpaba su conducta manifestando que después de la separación había reflexionado que ella no podía convenir a un hombre como Miguel; hubiera deseado, sin embargo, que éste se lo hubiera dicho antes de tenerla impaciente y triste muchos días; terminaba diciendo que al fin había conseguido de su tía el permiso para hacerse monja de la caridad.
Esta carta, donde al través de la firmeza y naturalidad de los conceptos, se entrevía una mano temblorosa y unos ojos nublados por las lágrimas, conmovió hondamente a nuestro héroe, y le hubiera conmovido aún más, hasta el punto quizá de marcharse aquel mismo día a Pasajes para pedir perdón a Maximina y hacerla su esposa, si desgraciadamente aquél no fuese un día crítico y terrible de su existencia.
El periódico del conde de Ríos sostenía frecuentes polémicas con otro diario conservador titulado La Monarquía. Estas polémicas, un tanto ásperas, no habían rebasado hasta entonces los lindes de una cortesía más o menos ambigua. Llegó un punto, no obstante, en que la discusión se fue agriando en términos que aparecieron en el diario moderado algunos insultos velados contra el inspirador y los redactores de La Independencia. Miguel se juzgó en el caso de escribir un artículo contestando a estas injurias, que fue un verdadero prodigio de habilidad: devolvíanse con creces todas aquéllas al enemigo, pero de un modo tan fino y bien encubierto, que era imposible demandar reparación ante los tribunales, y no era fácil tampoco hallar motivo para un duelo. El artículo se leyó en la redacción y fue calurosamente aplaudido. Por desgracia, en esta ocasión fue cuando a Mendoza se le ocurrió descubrir enteramente aquel secreto que su amigo le tenía guardado hacía años. Al traerle las pruebas del artículo, se autorizó, sin consultar a nadie, cambiar uno de sus párrafos metiendo otro de cosecha propia. Por virtud de esta funesta ocurrencia, lo que era una frase incisiva y bien meditada, se convirtió en grosero y feroz insulto. En cuanto Miguel, al leer el periódico por la mañana, se enteró de la modificación, revolviósele la bilis, comprendiendo que no podía menos de producir fatales consecuencias; fue a la redacción, y no encontrando a Mendoza, comenzó a decir en presencia de sus compañeros lo que ya hemos visto en otro capítulo.
Todos sus cálculos quedaron confirmados. No se pasaron muchas horas sin que dos caballeros, padrinos del director de La Monarquía, viniesen a exigir al de La Independencia una satisfacción personal. Mendoza, pálido y tembloroso, les contestó que él no era el autor del artículo, y les prometió que en el número del día siguiente saldría una rectificación. No faltó quien le pasara recado a Riverita, quien a toda prisa acudió a la redacción, antes que de ella hubiesen salido aquellos señores. Así que llegó, deshizo cuanto se había convenido; contestó que era suyo el escrito, se opuso a publicar ninguna rectificación, y nombró por padrinos al conde de Ríos y a un compañero llamado Merelo. Después se volvió a casa, y fue cuando Julita le mostró la carta de Maximina.
Los padrinos de los contendientes tardaron un día entero y emplearon toda la saliva de sus gaznates en discutir las condiciones del desafío. El punto más arduo era el de la elección de armas. El conde de Ríos, fundándose en que su apadrinado era el retado, creía tener derecho a elegirlas, y lo sostenía con gran calor. En realidad, hacía mucho hincapié en este asunto, porque era sabedor de que el periodista moderado pensaba elegir el sable, no porque lo manejase con gran destreza, sino porque, dada su estatura y corpulencia, debía llevar ventaja al adversario. Los padrinos de aquél defendían con igual tesón su derecho, por ser el ofendido. A las diez de la noche aún no habían podido arreglarse. En una de sus entrevistas con Ríos, Miguel, cansado al fin por tanta dilación, le rogó que aceptase cuantas condiciones quisieran poner los contrarios.
En virtud de esto, quedó convenido que el duelo se efectuase a sable con punta. Hora, las siete de la mañana; sitio, la quinta de Vistalegre, en Carabanchel.
No fue a dormir a casa: pasó recado a su madrastra, advirtiéndola que debía velar a un amigo enfermo, a fin de que ni ella ni Julia estuviesen con cuidado. No salió del casino, donde había estado toda la tarde esperando el resultado de la discusión de los padrinos. Hasta las dos de la madrugada jugó al tresillo: cuando la partida se disolvió, estuvo paseando largo rato por uno de los salones; cansado al fin, se recostó en un diván, y no tardó muchos minutos en prenderle un sueño pesado y letárgico. La tensión en que sus nervios habían estado las últimas horas, había terminado por un enervamiento. Durmió media hora, y, durante ella, soñó mil disparates: ahora se encontraba en un inmenso palacio deshabitado, donde cierta sombra, que vio cruzar, le causó un terror extraño, que jamás había sentido: ahora se iba a batir dentro de una iglesia con un hombre que no conocía, y que resultaba ser D. Valentín, el tío de Maximina, el cual, sin saber cómo, se convertía en gato y se arrojaba sobre él, clavándole las uñas al cuello: después se vio en medio del mar, flotando como una boya, a merced de las olas, sin esperanza de que nadie viniese a socorrerle.
—Señorito, señorito...
—¡Eh! ¿qué hay?—dijo restregándose los ojos.
—Vamos a apagar.
—Bueno... ¿Sabe V. si está en la sala de juego el Sr. Merelo?
—Me parece que sí, señor.
Se fue hacia allá y encontró a su amigo ganando bastante dinero. Al verle entrar, Merelo le dirigió una sonrisa alegre y expansiva; bien claramente se entendía que en aquel instante no le importaba mucho que Miguel se fuese a matar. Todavía estuvo en ganancias un largo rato, hasta que viendo señales de que la suerte se torcía, levantose como jugador experto y salió de la sala abrazado a su amigo.
—¿Qué hora es, Miguelillo?
—Las cinco menos cuarto.
—¿Hay ánimo, verdad?—le preguntó abrazándole de nuevo con efusión.
—¡Sí, hombre, sí! Yo tengo ánimo y tú dinero—contestó sonriendo.
—¿Quieres que vayamos a casa de doña Mariquita a tomar chocolate?
—Vamos.
Mientras tomaban el desayuno, Merelo, cada vez más alegre y cariñoso, habló de muchas cosas con pasmosa lucidez; pero especialmente de esgrima. Realmente esta era la conversación que venía al caso entonces, y entendiéndolo así le dio una multitud de consejos encaminados todos a no dejarse pegar por el director de La Monarquía; antes bien, a partirle por el medio en la primera ocasión.
—Nada de fintas, ¿entiendes?... Los golpes han de ser rápidos y decisivos... Déjale a él que finte cuanto quiera... Tú quieto, sereno, aplomado... a parar y contestar nada más... Ya caerá en alguna contestación. ¡Pues no ha de caer!
Miguel mojaba distraídamente el bizcocho en el chocolate pensando Dios sabe en qué. Cerca ya de las seis salieron del establecimiento y enderezaron los pasos hacia la calle de la Reina, donde vivía el general Ríos. Era noche cerrada todavía. Al llegar vieron el coche a la puerta en espera ya de su dueño. Pasaron al conde un recado por el lacayo y no tardó en presentarse envuelto en un gabán de pieles; el lacayo venía detrás con los sables. Después de saludarse afectuosamente, subieron al carruaje, y éste comenzó a rodar por las calles silenciosas con áspero traqueteo.
Cuando salieron por la puerta de Toledo, comenzaba a rayar el día. Al llegar a Carabanchel ya estaba claro. Durante el trayecto, el general y Merelo no cesaron de hablar de política. La mañana despejada. Al apearse cerca de la regia posesión, hacía un frío intenso: los árboles, desnudos, tenían su armazón cubierto de escarcha. Por el carruaje que vieron a la puerta, comprendieron que sus contrarios ya habían llegado, y en busca de ellos se dirigieron por los hermosos jardines del opulento banquero. Mucho antes de llegar al paraje designado, vieron sus figuras negras resaltando sobre el blanco tapiz de la helada. Miguel, que hasta entonces había dado señales de hallarse inquieto y nervioso, quedó repentinamente en calma: desde entonces hasta el fin del lance manifestó una absoluta y extraña serenidad que dejó altamente complacidos a sus padrinos. Saludaron éstos a los contrarios y al médico, que debía servir para los dos contendientes según se había convenido: Miguel y el periodista moderado se hicieron de lejos una leve inclinación de cabeza. Escogiose el terreno, que fue un camino de arena mejor resguardado que los otros por dos altos setos de rosal; midiéronse los sables; despojáronse los adversarios de los gabanes y levitas, quedando con el chaleco, en gracia del frío que hacía; colocóseles en su sitio con el sable en la mano: por último, el conde de Ríos, como la persona de más respeto que allí había, se colocó en el medio, alargó los brazos tomando con los dedos las puntas de los dos sables y se apartó diciendo con fuerte entonación:
—Señores, cumplan VV. con su deber.
El director de La Monarquía era un mocetón robusto, de treinta y cuatro a treinta y seis años de edad, cuya figura formaba triste contraste en aquella ocasión con la delicada y exigua de Rivera. Sin embargo, a los pocos momentos comprendió éste que no se las había con un tirador consumado. Miguel había tirado algunas temporadas el sable y el florete: su contrario no conocía al parecer más que esta última arma; pues hubo que advertirle por los padrinos que no levantase la mano izquierda, y la colocase detrás de la espalda. Pero esto mismo le hacía muy peligroso, porque en vez de hacer uso del filo, alargaba a cada instante la punta del sable, manteniendo a Miguel fuera de distancia. Este comenzó a atacar vigorosamente tirando golpes sencillos al brazo, a la cabeza y al hombro: su contrario, en vez de pararlos, la mayoría de las veces rompía alargando la punta: de esta suerte, a los tres minutos la lucha se convirtió en un asalto desordenado de florete. Sin embargo, el periodista monárquico le tiró impensadamente un golpe a la cabeza; pero hubo de salirle caro, porque Miguel paró y contestó con tal rapidez, que si no rompe a tiempo le raja la cara. Desde entonces no tiró más tajos. La lucha se prolongó cerca de quince minutos sin resultado. Miguel, que era el que atacaba, se sintió fatigadísimo; tanto, que lo hizo presente en voz alta, y los padrinos les obligaron a suspender y les dieron diez minutos de descanso. Durante ellos, Miguel se vistió el gabán y se fue a fumar un cigarro en un banco con la mayor tranquilidad, en la apariencia, en realidad muy irritado por aquel extraño procedimiento de su contrario. Comenzada de nuevo la lucha, tampoco dio resultado alguno en bastante tiempo, apesar de que Miguel, cada vez más impaciente, atacaba con furia batiendo para herir el sable de su adversario; pero éste tenía brazo de hierro, y apenas si conseguía apartar la punta un instante. A los ocho o diez minutos volvió a sentirse cansado, mas no osó declararlo por vergüenza. Aflojó en el ataque, haciéndolo cada vez más débil y desordenado. Advertido el contrario, comenzó a tirarle frecuentes estocadas: apenas tenía fuerzas para pararlas. Al cabo, el robusto periodista le separó el sable con el suyo a viva fuerza, y le hundió la punta en el pecho.
Miguel cayó soltando un chorro abundante de sangre. Todos se apresuraron a socorrerle. El director de La Monarquía balbució algunas palabras manifestando su sentimiento, a las cuales el herido no pudo contestar. El médico le hizo la primera cura y acto continuo fue trasladado al coche, que le llevó en compañía de aquél y sus padrinos a casa.
XVII
El pronóstico del médico fue reservado en los primeros momentos. Al cabo de veinticuatro horas manifestó que su estado era grave, aunque no desesperado.
Julita había padecido varios ataques nerviosos en el trascurso de aquel día: la vista de su hermano moribundo le había causado profunda y terrible impresión: no hubo fuerza humana capaz de hacerle tragar alimento ni medicina alguna. El susto de su madre también fue grande, pero trasformose súbito en viva y áspera irritación, de la cual fueron víctimas los padrinos, el médico, los criados, y hasta el mismo Miguel así que se encontró en estado de sufrirla: la gran preocupación de la brigadiera no era que aquél se curase, sino saber quién había tenido la culpa de la desgracia: tan intemperante y desbocada estuvo, que el conde de Ríos no pisó más la casa, limitándose a preguntar todos los días por medio de un lacayo el estado del enfermo.
Afortunadamente, salió del peligro pronto: a los cinco días ya se le permitía hablar, aunque no mucho. Julia no se apartaba de su cabecera. La mamá era la encargada de recibir las numerosas visitas que llegaban; y por cierto que no se hartaba de contar a todo el mundo los pormenores de la catástrofe.
Una tarde, Julia se hallaba, como de costumbre, cosiendo al lado de la cama del enfermo; el cual dormía.
—Oyes, Julia—dijo de pronto despertándose.—¿Quieres hacerme un favor?
—¿Cuál?
—Léeme otra vez la carta de Maximina..... El día aquel no estaba yo para enterarme de nada.....
Julia sonrió con semblante triunfal. En efecto, hacía días que observaba en su hermano cierta predisposición a la melancolía bastante ajena a su carácter: a menudo se pasaba horas enteras con los ojos estáticos, inmóvil, dando señales de hallarse emboscado en una maraña de pensamientos tristes: le molestaba la compañía de los amigos y aun llegaba a desagradarle que su hermana le leyese demasiado tiempo.—Miguel piensa en Maximina—se dijo aquélla al verle tan reflexivo. ¿Qué misterio de amor se le escapará a una joven de diez y siete años?—Pues que pene un poco; ya resollará.
Y así fue, como lo pensó la niña.
—Voy a buscarla—contestó saliendo apresuradamente de la alcoba.
No tardó en llegar con ella en la mano: sentose de nuevo y se puso a leerla con gran calma, observando de reojo al herido.
Al concluir, éste tenía los ojos húmedos, y exclamó mirando al techo:
—¡Pobre niña!
Julia guardó la carta en el pecho, cogió otra vez la costura y se puso a mover la aguja en silencio. Al cabo de algunos minutos el enfermo volvió a decir:
—Voy a pedirte otro favor...
—Lo que quieras...
Toma las llaves de mi escritorio, que están ahí en el chaleco, abre el segundo cajón de la izquierda y saca un crucifijo de plata que hay en él... y tráemelo.
—Aquí está—dijo presentándoselo a los pocos instantes colgando de un pedazo de cordón.
—Este crucifijo—manifestó algo ruborizado—me lo dio Maximina al separarnos: se me rompió el cordón, y esperando comprar otro, lo guardé en el escritorio.
—Tengo yo uno; no necesitas comprarlo—repuso la joven tornando a salir de la estancia y entrando otra vez al instante con un cordoncito azul. Y sin más dilación tomó el crucifijo de manos de Miguel, sacó el cordón viejo, metió el nuevo y dijo con naturalidad:
—¿Quieres que te lo cuelgue?
—Bueno—contestó Miguel poniéndose otra vez colorado.
Al tiempo de colgárselo, Julita acercó la boca a su oído y le dijo graciosamente:
—Si lo hubieras traído siempre, no te habrían herido.
Y sin esperar contestación salió dando brincos. Cuando estuvo en el pasillo, se quedó inmóvil de repente, meditó un momento, y dibujándose en su rostro una sonrisa de placer, siguió corriendo a su cuarto y acto continuo se puso a escribir.
La verdad es que en los días que siguieron a esta escena, Julita se manifestó digna de una plenipotencia de primer orden.
Pocos diplomáticos se hubieran conducido con tanta habilidad.
No volvió a hablar a su hermano de Maximina: pero le dejaba largos ratos solo, y cuando estaba a su lado permanecía quieta y silenciosa, esperando con razón que el pensamiento del herido llevaría a cabo su tarea, y mejor por sí solo que con auxilio de nadie. De vez en cuando, dando largos rodeos, que la hacían reír, Miguel sacaba la conversación de Pasajes y de Maximina, contándole por centésima vez todos los episodios de sus inocentes amores. Ella le escuchaba atenta, le animaba a seguir, pero guardándose de hacerle pregunta alguna acerca de sus designios. Esta táctica parecía excitar cada vez más la locuacidad del enfermo; y aun se advertían en él ciertos deseos de comunicar alguna cosa de más trascendencia; mas tales deseos veíanse contenidos por la reserva y el silencio de Julia.
Una mañana, por fin, ésta vino a sentarse más temprano que de costumbre a su cabecera. Si Miguel se hubiera fijado en ella, tal vez habría advertido en sus ojillos inquietos y negros un brillo singular y en sus manos cierto temblor inusitado; pero se hallaba tan embebido en sus pensamientos y habitual melancolía, que nada observó.
—Dime, Miguel—le dijo la joven levantando resueltamente la cabeza,—¿qué piensas hacer cuando te levantes?
—¿Cuando me levante?... ¿Qué quieres decir?..—repuso sorprendido.
—Sí; ¿qué piensas hacer de tu vida?
—¿Qué sé yo, chica?... Lo de siempre.
Hubo un rato de silencio. Miguel esperaba que su hermana concretase más el pensamiento: viendo que no lo hacía, se decidió a hablar.
—La verdad es, Julia, que he meditado bastante en estos días acerca de mi situación, y no la encuentro tan halagüeña como a primera vista parece. Tú y mamá constituís hoy mi única familia. Con los demás parientes no cuento para nada. Tú te casarás, como es natural. Mamá... ya sabes cómo tiene el genio; la vida a su lado no puede ser alegre. Por otra parte, me voy haciendo viejo (carcajada de Julia). No te rías; aunque por fuera no me siento viejo, por dentro necesito ya sosiego, comodidades; la vida de fonda me horroriza. No puedes figurarte la compasión que me inspiran esos viejos que andan rodando solos por las casas de huéspedes..., que se ponen enfermos y tienen que llamar a una hermana de la caridad... que al llegar de la calle no pueden comunicar sus impresiones tristes o placenteras con un ser querido... que con ganas o sin ellas se ven forzados a salir todas las noches, porque la soledad les arroja del cuarto... ¡Es horrible!
—Bien; todo eso quiere decir que deseas casarte—manifestó Julia con sonrisa burlona.
—No he dicho tal cosa—respondió avergonzado, y reponiéndose en seguida, exclamó:—Pero si lo hubiera dicho, ¿qué?... ¿Tiene algo de particular?
—Nada, hombre, nada; al contrario, siempre he creído que debías casarte.
—¿Pero con quién?—preguntó el joven en tono angustioso.
—Con la muchacha que más te guste..., si es que te quiere.
—Ahí está la dificultad..., que no me gusta ninguna.
—¿Ni la de Pasajes tampoco?
Miguel se turbó aún más, y dijo con palabra vacilante:
—¡Qué pícara eres! Maximina me gustaba. La verdad es que sería una buena esposa...
—¿Pues por qué no te casas con ella?
—¿Crees tú...?—preguntó dirigiéndole una mirada tímida y anhelante.
—¡Vaya! Yo me alegraría muchísimo. Creo que es la única mujer que te conviene.
—¡Ay, Julita!—exclamó con vehemencia incorporándose un poco.—Qué placer me has dado. Hace una porción de días que no pienso en otra cosa.
—Lo sabía perfectamente... Pero hazme el favor de taparte, porque si te mueres no hay boda, y yo quiero comer dulces a toda costa.
Miguel la dirigió una sonrisa de reconocimiento. Hubo otra pausa. Se quedó pensativo y miró dos o tres veces de soslayo a su hermana, como si no se atreviese a manifestarle lo que cruzaba por su mente. Al fin se aventuró a decir:
—Todavía tengo que pedirte otro favor, Julita.
—Ya sé cuál es: que escriba a Maximina, ¿verdad?
—¡Qué talento tan prodigioso! No pareces hermana de un redactor de La Independencia... Escríbele, sí, porque yo, Dios sabe cuándo podré coger la pluma.
—¿Y qué le digo?
—Lo que quieras.
—Bien; le diré que la quieres mucho y que deseas casarte con ella a escape.
—¡Eso; y que es más guapa que la virgen del Carmen!
—Calla, bruto. Voy ahora mismo, no sea que te vuelvas atrás.
Salió de la alcoba; no se pasaron dos minutos sin que se la oyese gritar desde la puerta:
—Ya he escrito, Miguel. Ahí está la contestación.
Alzó los ojos y vio a la misma Maximina, a quien Julia empujaba hacia la cama. Detrás vio asomar la cara del hombre-pez, o sea de D. Valentín, el ex-capitán del Rápido, quien hacía todo lo posible por ocultarse detrás de las jóvenes. Creyó que estaba soñando: de tal modo se pintó el espanto en sus ojos, que Maximina se detuvo en medio del gabinete.
—¡Vamos, necio, no pongas esa cara, que la asustas!—exclamó Julita.
Brilló entonces una chispa de gozo en los ojos del joven. Maximina, más roja que una cereza, avanzó unos pasos más y le preguntó con voz temblorosa:
—¿Cómo se encuentra V., Miguel?
—¡En el sétimo cielo; a la derecha de Dios Padre!
Y tomándole una mano comenzó a besarla con frenesí, como si no hubiera nadie delante.
—Julia te ha escrito pidiéndote perdón de mi parte, ¿no es verdad?... Diciéndote que estaba en peligro de muerte, y deseaba casarme contigo, ¿verdad?... Pues todo, todo eso es cierto... Sólo que ya no me muero. Me casaré en cuanto me levante de esta cama y seremos muchos años felices... Digo (bajando la cabeza y cambiando de tono) en el caso de que tú me quieras... ¿Estás conforme con el programa?
La niña hizo una señal afirmativa: la emoción la impedía hablar.
Miguel estrechó con fuerza sus manos y las llevó al corazón.
D. Valentín contemplaba atónito aquella escena. Julita, desde la puerta, exclamó sentenciosamente llevándose un dedo a la frente:
—¡Y luego dirá mamá que aquí no hay más que viento!
Aquella misma noche volvieron D. Valentín y su sobrina a Pasajes. Tres semanas después fue Miguel a casarse. A las dos horas de recibir la bendición del cura, emprendieron la marcha para Madrid.
El destino tenía reservadas todavía a Miguel otras penas y otras alegrías, las cuales más adelante contaré, si en ello fuere Dios servido.
FIN
OBRAS DEL MISMO AUTOR
| CRÍTICA | |
| pesetas | |
| Los Oradores del Ateneo, un tomo | 2 |
| Los Novelistas Españoles, un tomo | 2 |
| Nuevo Viaje al Parnaso, un tomo | 2 |
| La Literatura en 1881 (en colaboración), un tomo | 2 |
| NOVELAS | |
| El Señorito Octavio, un tomo | 3 |
| Marta y María (ilustrada por Pellicer), un tomo | 4 |
| El Idilio de un Enfermo, un tomo | 4 |
| Aguas Fuertes (novelas y cuadros), un tomo | 3 |
| José, un tomo | 3,50 |
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ALARCON (D. Pedro).—Diario de un testigo de la guerra de África; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.
—De Madrid a Nápoles; 7 y 8 pesetas.
—Poesías; 5 y 5,50 pesetas.
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Contiene: Primera serie. Retrato y biografía del autor. Cuentos amatorios.—Segunda serie. Historietas nacionales.—Tercera serie. Narraciones inverosímiles.
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—Viaje por España; 4 y 4,50 pesetas.
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BALZAC.—(Dos tomos.)—Contiene el primero: Escenas de la vida privada.—Una familia doble.—La señora de Firmiani.—La Vendetta.—La casa del gato que pelotea.—El baile de Sceaux.—El bolsillo.
Contiene el segundo: Alberto Savarus.—La paz del hogar.—La querida falsa.—Estudio de mujer.—Un estudio más de mujer.—La gran Breteche.
Traducción de E. Borrel y L. Aner; precio de cada tomo, 2,50 y 3 pesetas.
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—Marruecos: traducido por J. Muñiz Carro. Un volumen, con noticia biográfica, 3,50 y 4 pesetas.
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—Holanda: traducido por H. Giner de los Ríos y J. Muñiz Carro. Un volumen, 4 pesetas.
—Constantinopla: traducción de H. Giner de los Ríos. Dos volúmenes, con el retrato del autor, 5 pesetas.
—Recuerdos de 1870-71: traducción del mismo. Un volumen, 3 pesetas.
—La vida militar: bocetos, primera serie, traducción del mismo. Un volumen, 3 pesetas.
—La vida militar: nuevos bocetos, segunda serie, traducción del mismo; 3 pesetas.
—Novelas: traducción del mismo; 3 pesetas.
Contiene: Camila.—La casa paterna.—Furio.—Manuel Menéndez.—Un gran día.—Alberto.
—Páginas sueltas: traducción del mismo; 3 pesetas.
—Retratos literarios: traducción del mismo; 3 pesetas.
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Una carta de Miss Greenwood y cuatro cuentos de N. Hawthorne; un tomo, una peseta.
Memorias de un Gobernador, por Wáshington Irving; un tomo, una peseta.
Leyendas extraordinarias, por E. Poe y Wáshington Irving un tomo, una peseta.
El Tesoro escondido y Los Pigmeos, por Natanael Hawthorne; un tomo, una peseta.
El Vellocino de Oro, por Natanael Hawthorne; un tomo, una peseta.
La segunda parte de Ivanhoe, por W. M. Thackeray; un tomo, una peseta.
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CAMPOAMOR (de la Real Academia Española).—Los pequeños poemas: quinta edición, única completa: 1882; un tomo, 5 pesetas en Madrid, y 5,50 en provincias. Encuadernados a la inglesa con una elegante plancha, 1,50 pesetas más.
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—Poesías y fábulas: quinta edición. Contiene: Ternezas y flores.—Ayes del alma. Un tomo, 8.º mayor, 4 y 4,50 pesetas.
—El drama universal: poema en ocho jornadas; primera edición de gran lujo, 8 y 9 pesetas.
—Idem; tercera edición, 3 y 3,50 pesetas. Encuadernado, una peseta más.
—Colón: poema, con un prólogo de D. Severo Catalina (nueva edición diamante), 3 pesetas. Encuadernado lujosamente, una peseta más.
—Epístola necrológica de D. Luis González Brabo; una peseta.
—El Palacio de la verdad: comedia en tres actos; 2 pesetas.
—Guerra a la guerra: dolora dramática; una peseta.
—Díes Iræ: drama en un acto; una peseta.
—Cuerdos y locos: comedia en tres actos; 2 pesetas.
—El honor: comedia en tres actos; 2 pesetas.
—Pensamientos: extracto de sus primeras obras; 1,50 peseta.
—Poética: 1,50 peseta en toda España.
—Polémicas con la democracia: segunda edición aumentada; un tomo, 8.º mayor, 3 y 3,50 pesetas. Encuadernado, una peseta más.
—Lo absoluto: 3,50 y 4 pesetas.
CANTOS populares españoles.—Recogidos, ordenados e ilustrados por Francisco Rodríguez Marín, socio facultativo de El Fok-Lore Andaluz. 5 tomos 8.º, 25 y 27 pesetas.
Contiene: Nanas, o coplas de cuna.—Rimas infantiles.—Adivinanzas.—Pegas.—Oraciones, ensalmos y conjuros amorosos.—Requiebros, declaración, ternezas, constancia, serenata y despedida.—Ausencia, celos, quejas y desavenencias, odio, desdenes, penas, reconciliación y matrimonio.—Teoría y consejos amatorios.—Cariño y penas filiales.—Religiosos.—Sentenciosos y morales.—Fiestas y baile.—Columpio.—Jocosos y satíricos.—Estudiantes, soldados, marineros y mineros contrabandistas, brabucones y borrachos.—Carcelarios.—Históricos y tradicionales.—Locales.—Varios.—Apéndice general.—Algunas observaciones sobre los versos del Cantar de los cantares citados en la presente obra.—Melodías.—Advertencias.—Post scriptum, etcétera, etc.
DAUDET.—Los reyes en el destierro. Novela parisién, traducida por D. Joaquín Portuondo; 3,50 y 4 pesetas.
ELICES MONTES.—El patriotismo español. Apuntes para un libro, recogidos de las glorias patrias, dedicado a los españoles residentes en América. Madrid 1885; un tomo en 8.º, 2,50 pesetas.
—El gobierno y el ejército de los pueblos libres.—Tratado de derecho político y plan de organización militar, según el credo democrático y los últimos adelantos del arte de la guerra, 2,50.
ESCANDON.—Historia monumental del heroico Rey D. Pelayo y sus sucesores en el trono cristiano de Asturias, ilustrada, analizada y documentada. Obra de sumo interés para los historiadores y curiosos; contiene las crónicas oficiales de aquellos tiempos, que son muy poco conocidas; un tomo en 4º, 5 pesetas en toda España.
FLORES.—La historia del matrimonio; 2 y 2,50 pesetas.
—Tipos y costumbres españolas; 3 y 3,50 pesetas.
—Ayer, hoy y mañana; 6 tomos, 18 y 20 pesetas.
FERRER DEL RÍO.—Galería de la litera, con los retratos de Quintana, Lista, Gallego, Burgos, Toreno, Martínez de la Rosa, Lastra y otros; un tomo en 4.º, 5 pesetas en toda España.
—Album literario español. Esta obra comprende una colección de artículos y poesías de nuestros más célebres escritores contemporáneos y forma la Segunda parte de la Galería de la literatura española; un tomo en 4.º, 4 pesetas en toda España.
GOMEZ SIGURA.—El Taciturno (novela); 4 pesetas.
GIMENEZ Y HURTADO.—Cuentos españoles contenidos en las producciones dramáticas de Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Alarcón y Moreto, con notas y biografías, 1881; un tomo en 8.º, 2,50 pesetas.
—La sal de María Santísima. Musa epigramática y cancionero festivo popular, en donde figuran los más célebres epigramas de autores antiguos y contemporáneos y los más intencionados y alegres cantares del pueblo, etc., etc., con un razonado e interesante prólogo de D. Eduardo Bustillo, 1882, 8.º; 2 pesetas en toda España.
LISTA Y ARAGON.—Ensayos literarios y críticos, con un prólogo de D. José Joaquín de Mora; 2 tomos en un volumen 4.º, 6 pesetas en toda España.
OVILO Y CANALES.—La mujer marroquí, estudio social. Ilustrada con cromo al lápiz y dibujos a pluma, por Demócrito; un tomo 8.º, 3 pesetas.
PEREZ GALDÓS (D. Benito).—Episodios Nacionales, 20 tomos, a 2 pesetas uno.
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Tomo III. Napoleón en Chamartín. Zaragoza; 125 grabados, 14 pesetas.
Tomo IV. Gerona Cádiz; 130 grabados, 14 pesetas.
Tomo V. Juan Martín el Empecinado. La batalla de los Arapiles; 14 pesetas.
Tomo VI. El equipaje del Rey José. Memorias de un cortesano; 13 pesetas.
Tomo VII. La segunda casaca. El grande Oriente.
Tomo VIII. El 7 de Julio y los cien mil hijos de San Luis; 13 pesetas.
Tomo IX. El Terror de 1824 y un voluntario realista; 14 pesetas.
Tomo X y último. Los Apostólicos y un faccioso; 15 pesetas.
PONSON DU TERRAIL.—El Herrero del convento; 2 tomos 8.º, de 336 y 434 páginas, 3 pesetas.
—Los Amores de Aurora: segunda parte del Herrero del convento; un tomo 8.º, de 668 páginas, 2 pesetas.
—La justicia de los bohemios: tercera parte y última del Herrero del convento; un tomo 8.º, de 567 páginas, 2 pesetas.
—El Capitán de los penitentes negros; 2 tomos, 2 y 2,50 pesetas.
—El Diamante del Comendador; un tomo, 1,50 pesetas.
PEREDA.—Sotileza. 1885; un tomo, 4,50 y 5 pesetas.
—Tipos y paisajes; un tomo, 3 pesetas.
—Tipos trashumantes; 2 pesetas.
—Esbozos y rasguños; 4 y 4,50 pesetas.
—El sabor de la tierruca; tela, 3 y 4 pesetas.
—Pedro Sánchez, segunda edición, 4,50 y 5 pesetas.
En publicación:
Obras completas, esmeradamente corregidas, a 4 y 4,50 pesetas tomo. Encuadernadas bonitamente, en tela, una peseta más.
Se hallan de venta las siguientes:
—Los hombres de pro.
—El buey suelto...
—D. Gonzalo González de la Gonzalera.
—De tal palo tal astilla; 4 y 4,50 pesetas.
—Escenas Montañesas; 4 y 4,50 pesetas.
POLO Y PEILORÓN (D. M.).—Borrones ejemplares, miscelánea de artículos, cuentos, parábolas y sátiras; 1883, 8.º, 2,50 y 3 pesetas.
—Costumbres populares de la Sierra de Albarracín; cuentos originales (muy morales); 1876, tercera edición, 2 y 2,50 pesetas.
—Sacramento y concubinato: novela original, de costumbres aragonesas, con una carta-prólogo de D. Manuel Trueba; 1884, 8.º, 2,50 y 3 pesetas.
—Supuesto parentesco entre el hombre y el mono, contra Darwin; 1884, 8.º, segunda edición, 3,50 y 4 pesetas.
—Los mayos: novela original, de costumbres aragonesas, con un prólogo de D. M. Menéndez Pelayo; 1879, segunda edición, 8.º, 2,50 y 3 pesetas.
—Elementos de Psicología; 1881, segunda edición, 8.º, 3 y 3,50 pesetas.
—Elementos de Lógica; 1882, segunda edición, 8.º, 3 y 3,50 pesetas.
—Elementos de Ética; 1882, segunda edición, 8.º, 3 y 3,50 pesetas.
RODA.—Los oradores romanos: lecciones explicadas en el Ateneo científico y literario de Madrid, en el curso de 1873-74, con un prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo; un tomo, 2,50 y 3 pesetas.
—Los oradores griegos. Lecciones explicadas en el Ateneo científico y literario de Madrid, en el curso de 1882-73, con un prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo; un tomo 8.º, 2,50 y 3 pesetas.
—Breves noticias sobre la vida literaria y política de Cánovas del Castillo: una peseta.
—Ensayo sobre la opinión pública; 3 pesetas.
—Traducción del mismo. Bacón, ensayo de moral y de política; un tomo 4.º, 3 y 3,50 pesetas.
RODRIGUEZ MOURELO.—La Radiofonía. Estudio de una nueva propiedad de las radiaciones, con una carta de D. José Echegaray y prólogo de D. José Rodríguez Carracido; 1883, un tomo en 8.º, 4 y 4,50 pesetas.
SPENCER (Herbert).—De la educación intelectual, moral y física: vertida al castellano, con notas y observaciones, por Siro García del Mazo; segunda edición, corregida y aumentada en vista de la inglesa de 1884; 8.º, 3 pesetas. Obra muy recomendada a los padres, jefes de familia y a los maestros en general.
—Fundamentos de la moral, vertida directamente del inglés, por Siro García del Mazo; 4.º, 1881, 5 y 5,50 pesetas.
—Los primeros principios, traducción de José Andrés Irueste; 4.º, 6 y 7 pesetas.
—Principios de Sociología; traducción de Eduardo Cazorla, 1883, 2 tomos 4.º, 14 y 15,50 pesetas.
VARELA (D. Juan).—Pepita Jiménez; 2,50 y 3 pesetas.
—Doña Luz; 2,50 y 3 pesetas.
—Las ilusiones del doctor Faustino; 2 tomos, 5 y 6 pesetas.
—El Comendador Mendoza; 2,50 y 3 pesetas.
—Pasarse de listo; 2,50 y 3 pesetas.
—Cuentos y diálogos; 2,50 y 3 pesetas.
—Poesía y arte de los árabes en España; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.
—Disertaciones y juicios literarios; 6 y 7 pesetas.
—Algo de todo; 2,50 y 3 pesetas.
—Dafnis y Cloe; 3 y 3,50 pesetas.
—Estudios críticos; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.
—El individuo contra el Estado; 2 pesetas.
PSICOLOGÍA ALEMANA CONTEMPORÁNEA,
POR
TH. RIBOT
Traducida con autorización del autor
POR
FRANCISCO MARTÍNEZ CONDE,
Profesor de Psicología. 1880, 8.º, 3,50 pesetas.
Este libro, una de las mejores producciones del eminente psicólogo Ribot, expone con claridad y precisión admirables el movimiento de la Psicología científica en Alemania, desde principios de este siglo, en que se hizo el primer ensayo, hasta nuestros días. Por su orden cronológico aparecen los trabajos de Herbert y su escuela (Waitz, Lazarus, Steinthal y otros); de Beneke, que aplica la Psicología a la educación; de Lotze, autor de la teoría de los signos locales; de Fechner, fundador de la Psico-física; y de Wundt, creador de la Psicología fisiológica. A la vez que expone la obra de cada uno de estos investigadores, el autor se detiene a estudiar, al paso que se presentan, las cuestiones fundamentales de la Psicología científica, esclareciendo con gran copia de luz, entre otros problemas, el origen de la noción de espacio, la crítica de la ley de Fechner y la duración de los actos psíquicos. Así este libro, a la ventaja de imponer al lector en el movimiento de la Psicología moderna alemana, movimiento más hondo y de más porvenir que el de la inglesa, junta la de darle a conocer el concepto y plan de la Psicología científica, tan distintos de la antigua metafísica, y los vitales problemas que hoy ocupan la atención de los investigadores.
DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO DE EUROPA
POR
A.-G. HEFFTER
TRADUCCIÓN DE GABINO LIZARRAGA, ABOGADO DEL ILUSTRE COLEGIO DE MADRID, ETC., ETC.
Esta obra, cuyo mérito está reconocido por todo el mundo, y de que son evidente prueba las traducciones que se han hecho a casi todas las lenguas, viene a llenar un vacío en nuestra literatura patria. Su interés no puede desconocerse al considerar que en ella se tratan todas las cuestiones internacionales, lo mismo en la paz que en la guerra.
Hoy que los lazos de nación a nación van siendo cada vez más íntimos, a la par que más definidos, creemos prestar publicándolo un gran servicio a todos los que se interesan por esta clase de cuestiones.
Tales son las razones que hemos tenido presentes al decidirnos a ofrecer al público la presente traducción, habiendo conseguido hacerlo con tal baratura, que costando en francés 70 rs., la nuestra, que forma un elegante tomo en 4.º de 553 páginas, buen papel y esmerada impresión, su precio es el de 8 pesetas en Madrid y 9 en provincias.
ENRIQUE AHRENS
ENCICLOPEDIA JURIDICA O EXPOSICIÓN ORGÁNICA DE LA CIENCIA DEL DERECHO Y EL ESTADO
VERSIÓN DIRECTA DEL ALEMÁN
AUMENTADA CON NOTAS CRÍTICAS Y UN ESTUDIO SOBRE LA VIDA Y OBRAS DEL AUTOR
POR
FRANCISCO GINER, GUMERSINDO DE AZCÁRATE Y AUGUSTO G. DE LINARES
Profesores en la institución libre de enseñanza.
Este importantísimo libro es uno de los que más alto renombre han dado en toda Europa a su autor, tan estimado entre nosotros, y a cuyas obras tanto debe la cultura filosófica y social de nuestro pueblo. Contiene, después de la Introducción, un compendio de Filosofía del Derecho, por demás preciso y completo, en medio de su brevedad; una Historia general del Derecho, quizá superior a cuantas hasta hoy se han publicado; una exposición, modelo acabado en su género, del Derecho, especialmente en cuanto a la esfera civil o privada, y por último, una ojeada a los principales problemas del Derecho público.
En el Estudio sobre la vida y las obras del ilustre jurisconsulto alemán se exponen en breve resumen sus principales escritos: así como en el gran número de notas críticas que acompañan a la versión, se ha procurado completar el texto primitivo, en vista de otros trabajos posteriores, poniéndolo en consonancia con las últimas investigaciones filosóficas e históricas. Por último, en la parte referente al Derecho civil alemán, no sólo se han indicado las principales modificaciones introducidas en éste después de la publicación de la Enciclopedia, sino las más importantes diferencias entre aquél y nuestro derecho positivo.
El tomo I consta de 336 páginas, y comprende:
Advertencia de los traductores y anotadores.—Noticia sobre la vida y obras de Ahrens.—Prólogo del autor.—Introducción.
Principios de Filosofía del Derecho: Fundamentación de la idea del Derecho.—Exposición de sus elementos capitales.—Crítica de los principales sistemas.—Formas del Derecho; fuentes inmediatas y mediatas.—El Estado.—División orgánica del Derecho privado y público, según los fines de la vida.
Historia del Derecho: Principios filosóficos de esta historia.—Períodos capitales.—El Derecho pre-histórico.—Derecho oriental; ojeada general.—Los indos.—El pueblo zendo.—China.—Egipto.—Los hebreos.—Derecho musulmán.—Apéndices.
El tomo II consta de 464 páginas, y contiene:
Historia del Derecho en Grecia y Roma: Diferencia entre ambos Derechos.—Derecho griego.—Derecho romano.—Juicio histórico y filosófico.
Historia del derecho de los pueblos cristianos: Derecho germánico de sus diversas épocas hasta nuestros días.—Derecho de los pueblos germánicos no alemanes.—Derecho germánico de los pueblos latinos.—Derecho de los pueblos eslavos.—Derecho húngaro.—Juicio filosófico-histórico.
El tomo III consta de 384 páginas, y contiene:
Sistema del derecho privado: El concepto, fin, división y método del mismo.
Parte general: Sujeto del Derecho.—Objeto del mismo.—Relaciones jurídicas; origen y terminación de los Derechos.—Modos de adquirir el Derecho.—Información de las relaciones jurídicas en el espacio y el tiempo.—Protección de los Derechos.—La posesión.
Parte especial: Derecho de las personas.—Derecho de bienes.—Derecho de obligaciones; contratos y sus clases.—Derecho de sociedad.—Derecho de matrimonio, de familia y de sucesión.—Derecho de las profesiones.
Derecho público: Derecho del Estado y de la sociedad.—Derecho internacional.
Metodología jurídica.
Precio de la obra, 18 pesetas en Madrid y 21 en provincias.
Encuadernado en pasta española, 4,50 pesetas más.
CALDERÓN DE LA BARCA
Teatro selecto, precedido de un estudio crítico de D. Marcelino Menéndez Pelayo; 4 tomos, 8.º, 48 y 56 reales. Contiene:
TOMO I
Estudio crítico, por D. Marcelino Menéndez Pelayo.
DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS
La vida es sueño.—La devoción de la Cruz.—El mágico prodigioso.—El Príncipe constante.
TOMO II
DRAMAS TRÁGICOS
El médico de su honra.—A secreto agravio, secreta venganza.—El alcalde de Zalamea.—El mayor monstruo los celos.—Amar después de la muerte.
TOMO III
COMEDIAS DE CAPA Y ESPADA
Casa con dos puertas mala es de guardar.—La dama duende.—No hay burlas como el amor.—Mañanas de abril y mayo.
TOMO IV
OBRAS VARIAS.—COMEDIAS
No siempre lo peor es cierto.—Guárdate del agua mansa.
ZARZUELAS
El laurel de Apolo.—La púrpura de la rosa.
AUTOS SACRAMENTALES
La cena de Baltazar.—La vida es sueño.—A Dios por razón de estado.
Se venden los tomos sueltos a 12 y 14 reales.
MADRID, 1886.—Imprenta de Manuel G. Hernández, Libertad, 16 duplicado