D. JUAN VALERA

O es tarea tan fácil como á primera vista parece trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr. Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen desempeño de la obra.

Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.

Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia, ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo. Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa plática.

Entro á hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que, como he indicado, no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado. Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.

Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un juicio sobre alguna cuestión, nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo!

El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir ó de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la inspiración del momento, que obedecen á la palabra y no la gobiernan. Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en último término, que pagan tributo servil á la inspiración del momento, que carecen de esa plástica necesidad propia de los grandes artistas. La multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor popular. El pueblo jamás verá al través de las nieblas que flotan sobre su espíritu, jamás llegará á descifrar la charada de su carácter, jamás entenderá esos refinamientos ó tiquis miquis (como él los llamaría) psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas las mujeres que han podido dar fin á la lectura de su Pepita Jiménez. Pesada é incomprensible les parece, ó cuando más, sólo advierten en ella los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.

Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera, pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado realista, y se entrega sobradamente á las alegrías y dulzuras de la vida, para que le seduzcan las tendencias ascéticas, iconoclásticas y espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de otros productos ultramarinos. En cuanto á aquellos otros que el sol de Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado horror por ellos, recordando el último capítulo de Pepita Jiménez. Y no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues á tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver, como la de aquél, su imagen de madera honestamente vestida con muchos pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada más fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero ¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más indiscreto!... ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes! El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!»

Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las damas, y después de dar á luz á D. Luis de Vargas, vaya á rezar con ellas novenas á San Luis Gonzaga, porque son cosas éstas que nacen y mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal gusto de entonar loas á la Inquisición y al fanatismo religioso del siglo XVI en plena Academia Española, le digo á usted, señor D. Juan, que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, á quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría La Correspondencia. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria!

He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que excomulgan á un demócrata por haberle hallado besando la mano de una dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el domingo era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda el alma á esta delicada lisonja que el gran poeta dedica á las hijas del pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos, antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean más dados á adorar manos aristocráticas que plebeyas.

Pero estos instintos que alejan á ciertos escritores y oradores demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran á las doradas mansiones de los nobles, responden además á una verdadera y plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.

Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante inclinación, pretendiendo sustituir á la aristocracia de la sangre, que ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más verdadera y respetable: la del talento.

En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más ó menos oportuno y fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos hoy todavía á un descendiente del ínclito apaleador «Marqués del Real-Trancazo». ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de nobleza á los que han dado á la humanidad una obra imperecedera? ¿Por qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la Elocuencia», el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez», el Sr. Revilla «Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?»

Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto á comer callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja del pueblo que no se lava con jabón de olor. Ó lo que es igual, algunos sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz.

Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas para llevar adelante mi exploración. Temo llegar á ser indiscreto (si es que ya no lo he sido) levantando un poco más la punta de la cortina. Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su oratoria.

Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus diatribas. Es regla general que yo entrego á la delicada observación de mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja á salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era otra, no lo duden ustedes, era la misma.

Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo siguiendo el ejemplo del padre Sánchez. Cuando Moisés, por encargo divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira, pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió establecer, á mi juicio, la excepción y conceder carta blanca á nuestro orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad ó no. Pues qué, ¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa de su paleta, ¡con qué alegría veo al Sr. Valera tomar el pincel y arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas ó negras! ¿Sale un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el fervor religioso de otras épocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza de relieve cuanto había de brutal é irrespetuoso en este fervor. Todo sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el inadvertido reaccionario vuelve á su guarida maltrecho y amoscado para no salir más de ella.

Doy fin á estos renglones haciendo presente á mis lectores que cuando sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria.

D. JOSÉ MORENO NIETO

ARGOS años hace que el Ateneo de Madrid guarda en su seno como precioso tesoro un hombre estudioso, modesto y elocuente.

Cuando este hombre, arrobado por el canto de la sirena política, ha querido lanzarse en sus revueltas aguas, se le ha visto, como el que después de un plácido sueño abre los ojos en lúbrica estancia donde el vicio desentona con procaz algarabía, llevarse á ellos las manos, vacilar y estremecerse como si le doliera aquel contacto, é inclinando de nuevo la cabeza, sumergirse en el éter de los gratos sueños.

¡Silencio! No le despertemos.

Este hombre, moviéndose con embarazo por las sinuosidades y asperezas de la política, es el ruiseñor que bate sus alas y mueve su lengua en medio de los buitres.

Todo consiste en que no es hábil, según dicen.

Acaso consista en que no sabe arrastrarse, pensamos nosotros. De todas suertes, poco nos importa la personalidad política del Sr. Moreno Nieto, puesto que se halla eclipsada totalmente por la del orador y la del sabio. Vamos á decir algunas palabras sobre la oratoria del Sr. Moreno Nieto, en cumplimiento del compromiso formal que con el público hemos contraído.

El Sr. Moreno Nieto estudia mucho, acaso más de lo que fuera menester, y escribe poco, casi nada. Esto produce un doble resultado: primero, una asombrosa erudición en las ciencias á que predominantemente se consagra, que son las llamadas morales y políticas; después, cierta vaguedad é indisciplina en el pensamiento, que le hacen aparecer á los ojos de sus adversarios como desprovisto de convicción y de firmeza en sus opiniones. Cualesquiera que sean las mudanzas á que el Sr. Moreno Nieto haya cedido en el curso de su laboriosa vida, yo sé con toda certeza, sin embargo, y así lo declaro paladinamente, que no responden ni al cálculo ni á la ligereza; fruto son del examen y el estudio.

El Sr. Moreno Nieto no escribe, volvemos á decir; pero habla, y habla con pasmosa facilidad. Con mayor, jamás hemos oído hablar á nadie. Esos soplos débiles y fugaces del pensamiento, que en los demás no bastan á despertar la lengua, en él son chispas que le abrasan y retuercen; esos inefables sentimientos que en el fondo del corazón duermen, sin definirse, se hablan y definen por su boca; los vagos y tenues rumores que se escuchan apenas en los profundos abismos del alma llegan á su oído distintos y atronadores. Pudiera decirse que el señor Moreno Nieto cuando habla pone un cristal en su pecho para que todos, grandes y pequeños, vayamos á contemplar las alegrías y las tristezas, los triunfos y los desmayos, las luchas y los dolores de un corazón elevado y generoso. El resultado de esto es que, á pesar del ímpetu y violencia con que salen las palabras de su boca, verdadera lava que va á caer derretida sobre las cabezas de sus adversarios, le miren éstos con particular cariño, contentándose con sonreir maliciosamente mientras habla, y con exponer alguna de las contradicciones en que incurre, después que cesa. ¡Maravilloso poder de la ingenuidad! Los mismos que levantan murmullos de protesta cuando algún orador atusado y relamido empuña la bandera de la tradición, acogen con salvas de aplausos las descargas cerradas del señor Moreno Nieto. Y en esto puede reconocerse con toda precisión la antigüedad que cada cual goza en la casa. Los que por primera vez acuden al Ateneo para sentarse en los bancos de la izquierda, véseles alterados é impacientes al escuchar aquella granizada de denuestos con que el Sr. Moreno Nieto salpica sin cesar las doctrinas que combate, y es indispensable que los veteranos, para evitar conflictos, los sujeten por los faldones, diciéndoles al oído al propio tiempo: «Sosiéguese usted, compañero; ya verá usted cómo no es nada».

La facundia de este orador es imponderable. Después de hablar dos horas y media, sale sigilosamente del salón con ánimo de engullir un sorbete, célebre ya en los fastos del Ateneo. ¡Desdichado! Los sabuesos que dejó malparados en la contienda le siguen de cerca y le alcanzan en la puerta de la Biblioteca. Acorralado allí, se defiende siempre hasta quemar el último cartucho, que es la postrera palabra que expira de sus labios.

El palenque está abierto. La voz de los ujieres, á guisa de clarín, acaba de anunciarlo. Todos presurosos acudimos á colocarnos en aquellos potros, verdadero baldón del ramo de ebanistería que reciben el nombre inverosímil de butacas. La izquierda ostenta sus ojos brillantes y negros cabellos. La derecha exhibe su frente venerable y la grave rigidez de sus modales. El leal caballero se presenta. Pero ¿qué es lo que acontece? El caballero acaba de lanzar su bridón á la carrera. ¡Virgen de las tormentas, qué acometida!

Su lanza salta en mil pedazos. Empuña la espada y se revuelve dando furiosos mandobles. Pero ¿qué es lo que va persiguiendo allá abajo? ¡Ah! ya lo veo, es la filosofía de Krause. Rechina su armadura y el polvo enturbia los aires.

Torna y vuelve á arremeter con creciente denuedo. ¡Quién resiste al diluvio de estos golpes! Huyamos. ¿Tendrá al menos un tendón vulnerable como Aquiles?

Quizá, y á buscarlo se aplican con ahinco varios campeones.

Muchos años hace que el caballero viene ejercitando su valor y bizarría en estas contiendas, y la experiencia no le ha enseñado á preparar traidoras emboscadas ni á tejer insidiosas asechanzas. Lucha con bravura, pero siempre de frente y alzada la visera.

Como la pitonisa que asciende sobre el trípode, y al recibir en su frente los vapores pestilentes de la cisterna, siente el fuego de misteriosa llama, y se agita y se retuerce presa de fatal impulso, así el Sr. Moreno Nieto, subiendo á la tribuna y al aspirar los húmedos vapores de la pelea, se ve poseído de un calor desconocido que forja sin cesar pensamientos cada vez más luminosos y frases cada vez más hermosas. El alma sube entonces á los ojos y quiere salir al exterior.

El orador vive para leer, como la sibila, los secretos inextricables del porvenir, y llora también con sublime emoción sobre las ruinas poéticas del pasado. Espíritu generoso, escruta con ansia los lazos invisibles que unen las aspiraciones del presente con la historia, y los presenta á nuestros ojos con vigorosa elocuencia.

Algunas veces se vislumbra que su alma, poseída de espanto ante las recias y fragosas contiendas del pensamiento filosófico, se aferra con más ansia que absoluta convicción á una creencia. Esto, no puedo menos de confesarlo, me inspira hacia él profunda simpatía. Los dolores que sufre nuestro cuerpo son tan crueles, que nos hacen exhalar agudos gritos. Pero ¿qué me decís de esas luchas invisibles en que el alma se tortura y se abrasa día y noche, latiendo sin cesar dentro del pecho como si albergáramos en él pequeña bestia? ¿No veis con qué ardor lima ese cautivo las rejas de su cárcel? ¿No le veis caer rendido y jadeante, con el llanto y la angustia en los ojos? ¡Qué cosas tan tristes volarán por su pensamiento! Respetemos este dolor y amemos á los hombres que trabajan por abrirnos las puertas del infinito.

Dicen que los árabes, forzados en sus largos paseos por el desierto á un ayuno continuado de palabras, si la ocasión se presenta, saben darse harturas más que regulares de plática. El Sr. Moreno Nieto, después de peregrinar largamente de un cabo á otro de la Biblioteca durante varios días, se dirige á la sección, y con tal apetito entra en el debate, que no le bastan para saciarlo varias horas. Nos hace recorrer con velocidad que causa vértigo todo el panorama de las cuestiones vitales, y saltando de astro en astro, visitamos en corto tiempo todos los puntos luminosos que brillan en el cielo del pensamiento. ¿Quién se atreverá á censurar las metamórfosis de sus ideas? ¿Por acaso no hay hermosuras en todos los parajes del camino recorrido? ¿No hay también en todos ellos indignidades y torpezas? Son muchas las flores de donde su inteligencia podrá extraer la miel sabrosa. Mucho también es el cieno donde sus alas corren peligro de mancharse. Si la humanidad muda diariamente de creencias y opiniones, ¡qué podrá ser la individual firmeza!

Jamás emplea la chanza ó la burla para atacar las doctrinas que tiene enfrente. Cuando es objeto de ellas, su indignación sube de punto y se irrita y exaspera, pero la rabia de que se siente poseído á nadie infunde pavor ni miedo. Tiene un dejo de infantil inocencia que la hace simpática más que repugnante.

El conocimiento que del auditorio tiene es, si la paradoja valiera, inconsciente; sabe apreciar en globo los efectos, pero no llega su penetración á graduar los últimos registros. El período sale terso casi siempre, pero el ímpetu que trae lo prolonga á menudo más de lo conveniente, rebajando un poco su belleza.

Aunque la palabra es fogosa y la entonación acalorada, apenas se vale de imágenes para expresar su pensamiento. Cuando las emplea, son animadas y del mejor gusto.

Resumamos el carácter del Sr. Moreno Nieto.

Elocuente y un poco más impetuoso de lo que fuera necesario. Carece de los recursos del orador experto, porque en el Sr. Moreno Nieto nada pende de la experiencia, y todo de su genio vigoroso y espontáneo. Es en el ademán arrebatado, pero noble y simpático. Por último, en la incontestable vacilación que se observa en sus ideas, creemos ver reflejada esa lucha sorda, pero profunda, en que viven los entendimientos de este siglo ¡tan grande y tan desgraciado!

E aquí que el Sr. Revilla surge ante mis ojos y ya adopta la figura más graciosa para ser retratado. No le hagamos esperar. Tiene fama de impaciente, y pudiera marcharse dejando á mis lectores defraudados, y á mí corrido y boquiabierto con la pluma tras la oreja.

Todo el mundo ha puesto las manos sobre el señor Revilla. Y por si estas metafóricas manos le hacen cosquillas, me apresuro á explicar el tropo diciendo que el Sr. Revilla ha dado ya mucho que decir en el curso de su vida. Yo mismo, que soy una especialidad en no decir nada, sobre todo cuando no me preguntan, confieso que he murmurado de este orador un poco, en cierto número de La Política, que no recuerdo en qué mes ni en qué año vió la luz. Algo de lo que entonces dije habré de repetir ahora. Mas no será poco lo que necesite callar, pues la fisonomía moral, como la física, sufre por virtud de los años grande y atendible mudanza.

Al hablar del Sr. Revilla, juzgo necesario despojarme de aquella simpatía personal que pudiera conducirme á un entusiasmo sobrado ruidoso, para manifestar, con toda imparcialidad, mi serio y leal entender sobre su persona. Ninguna prueba más clara de aprecio puede darse á un grande espíritu que presentar sus defectos al lado de los méritos que lo realzan. Porque de esta suerte asegura su reputación contra la malevolencia, y la guarda también de una vil y funesta lisonja.

Una de las cualidades que la opinión se empeña en señalar con más insistencia al carácter de nuestro orador, es la de ser profundamente escéptico. Sobre tal escepticismo, fuerza es que discurramos brevemente. El Sr. Revilla no es un escéptico de pura sangre, de aquellos que salen al mundo haciendo muecas al cura que los bautiza y lo dejan con una helada sonrisa de desdén; almas provistas de concha como la tortuga, en las cuales el sol de la religión no consigue hacer entrar sus rayos, ni el amor humano logra introducir su elixir de vida. No; el Sr. Revilla es un escéptico de ayer, un escéptico novicio, y por eso incurre en todas las imprudencias y sinrazones del neófito. Más que escéptico, es un creyente avergonzado, que perdió su fe en la verdad porque la halló ridícula. Si la verdad se ostentase siempre bella ó fuese de buen tono, como ahora se dice, nunca dejaría de contar al Sr. Revilla entre sus adeptos. Mas aquélla afecta en ocasiones formas rudas y desgraciadas, y el Sr. Revilla ama demasiado á la estética para consentir en privarse, ni por un instante, de sus tiernos halagos. De aquí que se preocupe más por seguir con escrupulosa exactitud los vaivenes de la moda en el mundo científico que de aquilatar con paciencia la verdad ó el error de cada nueva teoría. Su inteligencia, un tanto impresionable, le arrastra todos los días por distintos y peregrinos senderos. Y hago observar que así como el escepticismo corriente se caracteriza por no creer nada, el del Sr. Revilla, más original, consiste en creerlo todo por etapas. Su viajero pensamiento se columpia como una oropéndola y discurre con increíble agilidad por todos los sistemas religiosos ó sociales haciendo noche fatigado en los yermos de la duda. ¡La duda! La duda no es para el Sr. Revilla la llave de la sabiduría, sino una deidad misteriosa é incitante á quien su confundido entendimiento rinde fervoroso culto.

No soy de los que creen en la absoluta necesidad de afiliarse á una secta filosófica ó política; pero sí abrigo la convicción de que urge para todo pensador el crearse un sistema de verdades, sin el cual pensamiento y conducta marcharán siempre vacilantes. Por lo mismo no reprocho al Sr. Revilla sus geniales deserciones, sus transacciones ó sus intransigencias. Lo que me atrevo á censurar con todas mis fuerzas es que por mostrar discreción, ó á guisa de solaz, haga frente á cada escuela con las doctrinas de su contraria, sin que alcance á recabar de estos conflictos su poderosa inteligencia otra conclusión que la que deducen los espíritus vulgares del choque de los sistemas, esto es, que todos por igual son falsos y mentidos.

Mas dejemos al Sr. Revilla, filósofo, entregado á las enervantes caricias de la duda, y salgamos del océano amargo de la censura para entrar en las dulces aguas del aplauso. El Sr. Revilla podrá no ser un filósofo, y de hecho le falta mucho para serlo, pero es fuerza convenir en que tiene bastante para ser uno de los entendimientos más privilegiados que hoy posee nuestra patria. Es uno de esos talentos insinuantes y serenos á propósito para sortear los escollos de la vida, porque al modo de ciertos metales, es dúctil y maleable. No quiero decir con esto que carezca de vigor, pero es más audaz que vigoroso. Se ofrece como uno de esos hombres que nadie sabe de dónde vienen ni á dónde van, pero que todo el mundo conoce perfectamente dónde se les encuentra. Vive en la polémica, en la incesante batalla que tienen trabada las escuelas, y lucha, ya de un lado, ya de otro, con una ó con otra enseña, porque

«sus arreos son las armas,
su descanso el pelear»,

esgrimiendo la lengua con aquel denuedo y bizarría con que Orlando daba vueltas á su espada.

En la polémica es donde el Sr. Revilla pone de manifiesto lo perspicuo y lo flexible de su ingenio. Por abstrusa que la cuestión parezca, ó por lejana que se encuentre de su recto camino (y cuenta que en el Ateneo las cuestiones son bastante dadas á irse por los cerros de Úbeda), así que el Sr. Revilla se apodera de ella, se esclarece y depura cual si entrara en un crisol. Conviene advertir, no obstante, que el Sr. Revilla ve con asombrosa claridad los aspectos más capitales de todo asunto, pero acostumbra á dejar en lamentable abandono los detalles. Tratándose de problemas sociales ó religiosos, este lógico porte antes parece plausible que vicioso, porque la vaguedad con que las más de las veces se plantean, lo reclama. Mas en achaques de arte suelen jugar los detalles un papel principalísimo, alumbrando ú oscureciendo el pensamiento generador de la obra. De aquí que el Sr. Revilla, como crítico, no tenga, á mi juicio, aquel puro sentido artístico que en vano se busca en los tratados de Estética, porque sólo reside en una naturaleza fina y exquisita socorrida por una larga y atenta contemplación de obras artísticas. En una palabra, creo que el Sr. Revilla no tanto posee el sentido como la ciencia del arte.

Pero es ya tiempo de estudiar sus condiciones de orador. Todos los reproches y censuras que como pensador pueden dirigirse al Sr. Revilla, deben cesar al tiempo mismo que como orador se le considera. No le dotó Dios de aquel sublime calor que enrojece el pensamiento del Sr. Moreno Nieto, merced al cual se consigue inspirar y apasionar al auditorio; pero concedióle el don señalado de dominar absoluta é incondicionalmente la palabra. Ésta responde siempre con escrupulosa exactitud á los más ligeros choques del pensamiento, y camina con gran desembarazo por sus pliegues más profundos. La inteligencia es viva, y ejercita las transiciones repentinas con una facilidad que maravilla. Parece que el orador jamás se encuentra dominado por un pensamiento único que le dirija y avasalle, sino que todos los evocados por su mente se le presentan con la misma pureza en las líneas y la misma intensidad en los colores. Esto me hace presumir que el Sr. Revilla mantendría con la misma soltura el pro y el contra en todas las cuestiones.

Maneja la ironía con buen éxito, y á esta arma debe muchos de sus triunfos. Tiene gran perspicacia y ve la situación de un solo golpe, hiriendo con firmeza á su adversario en los sitios vulnerables, pero haciendo resbalar con sutileza el cuerpo cuando se siente cogido entre sus brazos.

Recuerdo que en una ocasión cierto ministro, al entrar en la Cámara, respondió satisfactoriamente á una compleja interpelación que no había oído, ganando por esto y otras cosas semejantes fama de diestro.

Pues bien: el Sr. Revilla, tratándose de ciencia (que es algo más frágil y delicado que la política), sabe discutir con brillantez las cuestiones que no ha estudiado ni pensado previamente. Es tan formidable improvisador de teorías como el P. Sánchez de citas. Solicitado el pensamiento á la continua por una fantasía inquieta y afilada, trabaja con brío durante la peroración, y cuando llega el momento de reposo, presumo que muy quedo le dirá: «También por esta vez te he sacado del aprieto».

No es en la entonación ardiente, como el Sr. Moreno Nieto, sino grave é insinuante. La dicción es correcta, y repito que la maneja por entero á su talante. El ademán noble y circunspecto, aunque deja traslucir un poco al pedagogo.

ENTADO en un rincón de la estancia, y medio oculto entre un diván y una silla, gozando de la última ráfaga de la luz que se iba, y entregado á la dulce voluptuosidad de no pensar en nada, he visto una vez penetrar con sonora planta en la galería de retratos del Ateneo á uno de los patricios y notables que en ella figuran. Le he visto dirigirse, sin vacilar, hacia su efigie, y permanecer ante ella en atenta contemplación, un tiempo que no me fué posible medir. Y, sin quererlo, algunos pensamientos pérfidos y traviesos, y vestidos de encarnado, cual pequeños Mefistófeles, acudieron á mi desocupado cerebro, y entornaron mi vista hacia aquella muda, pero elocuente escena. El patricio contemplaba el retrato. El retrato contemplaba al patricio. Y yo, silencioso, muy silencioso, los contemplaba á ambos. Parecíame asistir á extraña y misteriosa ceremonia de una religión perdida. El patricio rendía con la mirada un tierno y fervoroso culto al retrato; lanzábale con los ojos todo el incienso de su alma, y hasta se me figuró que sus rodillas se doblaban, buscando con ansia el duro pavimento.

El retrato, con impasible y frío continente, dejábase adorar sin dar muestras de que aquel incienso se le subiera á la cabeza; antes bien, parecía un poco molestado. Yo guardaba silencio, mucho silencio, pero de mis ojos debía partir un río de ironía, un Mississipí de sarcasmos, porque el patricio separó, con trabajo, su vista del retrato, la volvió hacia mí, y ¡oh, pudor santo y adorable! cual tímida doncella, que imprudente cazador sorprende en el baño, las tintas de un rojo carmín tiñeron sus mejillas. Giró sobre los talones, y salió con breve, pero cortado paso de la sala. Y yo quedé á merced de mis pérfidos y traviesos pensamientos.

¡Ay! pensé; ¡anch’io son pictore! ¡También yo he dibujado con mano torpe el perfil de muchos de esos señores! ¡Mas á mi pobre galería no vendrán coronados de pámpanos á celebrar festejos en su propio honor, como el ilustre patricio que acababa de salir, porque se respira en ella un ambiente de franqueza y desenfado que los asfixiaría!

Y sin embargo, y á pesar de cuantas quejas voy recibiendo, estoy bien convencido de que no he lastimado á nadie. Yo no puedo lastimar á aquellos á quienes admiro. Tan sólo me he permitido sonreir alguna vez con el borde de los labios, y volviendo la cara, á fin de que el público no se diera por enterado. Mas si estas mis sonrisas pudieran molestarles, protesto una y mil veces de su inmaculada inocencia. ¡Son cándidas y puras, sí, como la oración de un niño ó un exordio de Perier!

¿Quién es D. Gabriel Rodríguez? Vamos á verlo.

Acababa yo de llegar á Madrid de mi insigne cuanto remoto villorrio, y no hay para qué decir que traía almacenado en el pecho un buen cargamento de admiración, del cual he derrochado ya bastante, hasta el punto de que á la hora presente sólo me queda un poco, que procuro gastar con la mayor prudencia. Pues bien, hallábame cierta noche de sesión en la cátedra del Ateneo, cuando acertó á entrar por ella una persona de fisonomía noble y expresiva, que llamó desde luego mi atención. Y ya me disponía á preguntar su nombre al vecino, cuando sobre un leve rumor que se produjo en torno mío creí percibir el nombre de Rodríguez. Y no sólo percibí el nombre, sino también algunas frases dialogadas que me impresionaron vivamente:

«Ahí está Rodríguez.—¿Rodríguez?—Sí; Rodríguez, el que no ha querido ser ministro.—Eso no puede ser, amigo.» Y un eco que se produjo en las sillas, repitió varias veces: «No puede ser, no puede ser, no puede ser.—Esas cosas es necesario verlas para creerlas.» El eco volvió á decir: «para creerlas, para creerlas, para creerlas». ¿Pero ustedes entienden, señores, que el hombre que no acepta una cartera debe ser mostrado al público á peseta la entrada como un objeto curioso? Aquí se me figura que el interlocutor era yo. Toqué la fibra sensible, y entonces todo se volvió patas arriba. «Nada me parece más natural, dijo uno.—Si para aceptar hoy una cartera se necesita un valor...—Métase usted entre esa balumba de expedientes.—Y luego el descrédito... y la agitación...» En fin, todos convinimos en que no había en el mundo papel más ridículo y desairado que el de un ministro.

Desde aquella noche concebí el propósito de trazar el perfil del Sr. Rodríguez. Es un hombre tan franco, tan sencillo, tan amable, que no dudo se alegrarán mis lectores de haberle conocido, y hasta llegarán á ofrecerle cordialmente su casa.

Rodríguez ha llegado á ser en nuestra sociedad un personaje aristocrático, pero en el sentido etimológico de la palabra, esto es, uno de los mejores. Es un digno representante de esa aristocracia democrática, si fuera lícito expresarme así, que tiene por únicos blasones, en campo azul—es mi color predilecto, como ya tuve el honor de advertir,—virtud y talento. En la vida pública ha sido un caballero sin tacha y sin miedo, una especie de Bayardo político, siempre dispuesto á romper lanzas con toda suerte de iniquidades. Por eso ha merecido que debajo de su efigie, repartida á todos los vientos por la fotografía, se lean sus famosas palabras sobre la esclavitud, las más bellas que nunca se hayan pronunciado en lengua castellana. En la vida privada... Pero yo no tengo derecho á entrar en la vida privada, siquiera sea para dejar afirmado que nuestro orador pasa con justicia por un modelo de integridad, de modestia y de laboriosidad. En la vida científica hay de todo y de todo voy á decir, contando con un perdón que humildemente demando, y que noble y generosamente me otorga el Sr. Rodríguez.

La inmovilidad es, á mi entender, la cualidad más hermosa de un carácter. Después de las pirámides de Egipto, lo que más admiro en este mundo son esos hombres que, encastillados en sus principios morales, mantienen el alma intacta en medio de las borrascas de la vida. Nadie puede dudar de mi amor á la solidez. Y, sin embargo, repugno bastante los sabios sólidos. La inmovilidad, que tanto me place en los principios morales, me parece cosa extraña y hasta ridícula tratándose de escuelas científicas. Flotar á merced de todos los sistemas y señalar exactamente como alta veleta los vientos que reinan en la región de la ciencia, me parece pueril; pero dejar pasar en raudo vuelo por delante de los ojos las escuelas y los sistemas en actitud indiferente, suponiéndolos á todos descarriados, lo juzgo insensato.

He aquí por qué siento que el Sr. Rodríguez haya arrojado el áncora sobre la escuela económico-individualista y aún esté fondeado tranquilamente en su estrecha bahía. No soy de los que desconocen los altos merecimientos de esta escuela, ni pretendo de ninguna suerte menguarlos. Tengo siempre en la memoria el denuedo con que riñó batallas, combates y escaramuzas contra ese socialismo de baja estofa, que hoy también ha encontrado intérpretes en los debates del Ateneo, contra ese socialismo que empieza pidiendo herramientas de trabajo, y concluye negando á Dios. Sé que la debo muchos y buenos oficios. ¡Oh!, sí, es mucho lo que debe mi pobre entendimiento á la escuela de los Smith, Say y Bastiat. Cuando ahora cae de nuevo un libro economista en mis manos, se me figura que recibo la visita de mi buena y anciana nodriza. Á ésta la estrecho entre mis brazos, pensando en el amante esmero con que en otro tiempo puso en mis labios el jugo de la vida. Á aquél le tiendo una mirada cariñosa, busco y leo con placer algún capítulo, cuya huella no se haya borrado de mi espíritu, y torno á colocarlo con el mayor cuidado en su estante, recordando que en otro tiempo ha provisto mi carcaj de escolar con firmes y aguzadas saetas.

Conste, pues, que me duele profundamente el ver al Sr. Rodríguez tan individualista. Sería muy largo el asunto, y no tengo en este instante tiempo ni oportunidad para dar explicaciones sobre este mi metafísico dolor. Día y ocasión llegarán tal vez en que sea más pertinente el hacerlo.

Mas el Sr. Rodríguez es un individualista que ha puesto siempre su palabra y su pluma al servicio de todas las grandes causas sociales. Con esto y con la afición que de poco acá se le ha despertado al estudio del Derecho, todavía puede esperarse que rectifique y temple algún tanto su espíritu intransigente. De un hombre de talento se puede esperar mucho; pero de un hombre de talento y sincero, debe esperarse todo.

Como no acostumbro á ocultar nada, tampoco quiero ocultar al Sr. Rodríguez uno de los efectos que me produce. He pensado muchas veces que el señor Rodríguez es el único que entre nuestros políticos conserva pura la tradición progresista. Creo ver en él el único ejemplar que hoy nos queda de aquella insigne raza de hombres fervorosos y resueltos, exagerados quizá en su odio á las instituciones del pasado, como en su amor á la libertad, pero firmes y generosos en sus pensamientos y en su conducta. El señor Rodríguez es, como si dijéramos, el último Abencerraje del progresismo. Si algún día tienen mis semblanzas el honor de pasar á la categoría de zarzuelas, pido al ilustre compositor que lleve á cabo tan meritoria empresa no deje de poner á ésta por música el himno de Riego.

No rías, mancebo presuntuoso, tú que apellidas cándidos á los hombres del progreso y reservas tus frases más ingeniosas y sarcásticas para el momento en que percibes los acordes del himno de Riego. Recuerda que al son candencioso de este himno derramaron tus padres mucha sangre por darte la libertad, que acaso tú no sabrías conquistar. Recuerda que vibró cual música de esperanza en los oídos de muchos moribundos mártires de la libertad y sonó aterrador en los alcázares de los tiranos. Quiero confesarte una debilidad, joven imberbe. Yo, cuando es cucho el himno de Riego, creo oir entre sus notas agudas y enérgicas los gritos triunfales de los héroes que lucharon hasta morir por la madre patria y por la santa libertad, y derramo lágrimas de gratitud y de alegría. ¡Lloro, joven escéptico, lloro como un cursi!

La oratoria del Sr. Rodríguez es genial y espontánea. No busca ni esquiva el efecto; esto es, no se entretiene en limar esmeradamente los períodos, pero tampoco llega su austeridad científica, y por ello le felicito, á despojarlos torpemente de sus galas cuando acuden ataviados á su lengua. Toda idea, por abstrusa que sea, puede expresarse en un período castizo, sonoro y terso, y no necesita, como algunos suponen, andar á tajos, barbarismos y mandobles con la gramática para darse á luz. Es flúido sin dejar de ser sencillo, castizo sin pedantería y enérgico sin afectación. Tampoco deja de poseer todo el donaire y gracejo que caben dentro de los límites que le impone la nunca desmentida y tradicional gravedad de su partido. No echemos en olvido que, ante todo, es el progresista, es decir, la imagen perfecta de la aguja imantada que sólo abandona por breves instantes la idea que señala. Pero es el progresista que guarda en su pecho, como precioso tesoro de padres á hijos trasmitido, toda la fe, todo el aliento y toda la inocencia de aquel memorable partido. No sé quién ha dicho que el partido progresista vivió durante algunos años con una idea y una cebolla. Yo creo que el Sr. Rodríguez sería capaz hasta de prescindir de la cebolla.

D. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS

UANDO oigo decir que en España abunda el talento, mi pensamiento va á parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso en el docto presidente de la sección de Literatura. Por más que no acabe de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con preferencia á otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aun se le fué la mano con alguno de mis compatriotas.

¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte que agrade á los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más difícil que inflar un perro.

Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades del espíritu por los colores de la materia. Así que al amor me lo figuro blanco, á la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y á los constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.

Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento del Sr. Canalejas está contrarrestado por un carácter enteco y tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debemos creer pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento macho y un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un nefando concubinato.

La voz del pueblo (vox Dei) acusa, además, al señor Canalejas del feo pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad. Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que tanto contribuyó á propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo mancebo requebrando de amores, ora á los estudios de erudición literaria, ora al derecho, ora á la filosofía. Necesito hacer una salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del Derecho—incompatible, á mi juicio, con otros de distinta índole—por pura afición ó deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas si ha dedicado sus talentos á la jurisprudencia tan sólo para alcanzar por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables, entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país necesite un literato insigne sacrificar su vocación en aras de las necesidades físicas.

He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo. Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya usted á averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de este artículo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática, á la impotencia petulante é insufrible de los literatos menores que hoy la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras.

Las cualidades que lo realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero me atrevo á creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas á cortar la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía.

El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios, por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.

Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: Limpia, fija y da esplendor.

La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su toilette ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules.

En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr. Revilla lo ve de color de cielo.

Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo más estéticos en su obrar y decir!

Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la belleza.

D. FRANCISCO JAVIER GALVETE

A muerte, que todo la quebranta, también ha quebrantado un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores. Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han venido, era prudente no dar cabida en ella á los oradores noveles.

Por otra parte, el carácter de éstos ofrece tal vaguedad en los contornos y están sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma nada acierta á definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres, acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la risa de los amigos de la casa.

Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de quien os voy á hablar.

Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han olvidado ya! Tal vez á alguno le parezca demasiado tarde para hablar de él. ¿Haré mal en entregar á su indiferencia con este recuerdo el nombre de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias! ¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Sí! murió el atleta del espíritu, y el olvido fué la losa que cerró su tumba. Mas yo tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme á tal olvido, y quiero rendir á Galvete con estas líneas un triste y fraternal homenaje.

Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del árbol de la vida.

De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro, práctico, sereno, impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensión extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas empresas, en sus férreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguiría tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan los más altos pensamientos, á la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para hacerle morir traidoramente.

Los que hemos conocido á Galvete nunca dudamos de su mérito y sabíamos bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él mostrábase indiferente y hasta esquivo á las seducciones de la gloria, tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve existencia. Al nacer á la vida de la razón sintióse acometido de esa terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros placeres. La duda impía alojóse en su cerebro. Muchos estudios, muchas vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al salir dejó atrás un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de presa á la tisis.

Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que á toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus oídos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandándole una instantánea realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por concedérsela. Esta lucha le producía fiebre y la fiebre le mataba lenta, pero seguramente.

La enfermedad es antigua. El espíritu del hombre vive en perpetua agitación como las aguas del Océano, sube como sus olas hasta los cielos y baja también á los más negros abismos. Y así, entre el dolor, la duda y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz el hombre cuya vista no penetra la región de los sueños y de las ambiciones. Su vida ignorada, apacible, monótona, es mil veces más dulce que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de fantasmas.

¡Feliz aquel que trata á sus nervios como viles lacayos! ¡Plegue á Dios que jamás se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque si la lucha del hogar doméstico está pintada con tan sombríos colores por los moralistas, ¿qué debemos pensar de la que existe en el fondo de la conciencia? Sí, hombres que sufrís los excesos del pensamiento, ¡guerra á muerte por díscolo y traidor al sistema nervioso cerebro-espinal! ¡Loor eterno al prudente tejido muscular! Él sólo es fuerte y á la par sensato y honesto.

El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros días. El vértigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento, y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armonía del espíritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre no se resigna á ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las generaciones, no quiere limitarse á cultivar con paciencia el suelo que pisa, sino que aspira, en los breves días que se le otorgan sobre la tierra, á resolver todos los problemas, á someter los imperios del cielo y de la tierra á su dominación.

Yo no sé si Galvete era un hombre religioso ó un impío. Los hombres religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por punto general: su marcha es reposada y firme: están siempre en guardia contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia, pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma. ¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan triste, tan inquieto!

Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto é infinito en alas de la razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo. Acaso sean éstas huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea.

Lo cierto es que nuestro joven orador no iba á la moda en materia de religiosidad, sin comprender que á todo el que pretende romper con la moda se le levanta una cruz en este mundo.

Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín á sus ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra menos liberal.

De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba á su inteligencia durante el día, vengábase á la noche lanzando rojas oleadas de una oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los reaccionarios del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar á jirones el oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían á la memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño ó una ansiedad febril. Sin embargo, aunque exaltado é impetuoso en el debate, era dulce y afable cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me complazco en afirmarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca de su carácter pudieran concebir los que no conocieron á Galvete más que en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía poca variedad; era monótona, pero se acomodaba bien á ese género de oratoria sin efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su misticismo, y entonces pasaría á formar entre los más grandes oradores.

Pero ¿á qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado á los demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas flores tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado pasionarias.

La verdad es que el número de éstas va aumentando de tal modo, que amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los antídotos de la filosofía optimista no bastan ya á convencernos de que esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres razonables. Y es que la vida debe parecerse á una de esas mujeres coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos, pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas ofrece el destino á los que nacen con talento? El talento es ya por sí una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras, produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el egoísmo y la rutina oponen á su paso, y cuando llega al término de su carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera él gustado gota á gota, á prolongarse más su estancia en este suelo. Lo que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desdén, y ¡quién sabe también si con horror!

He visto morir á algunos de mis amigos cuando habían llegado á la plenitud de las esperanzas, pero no á la de la razón. Pues bien: creo, después de considerar atentamente su existencia, que á serles posible, ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso Calvario. Él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito, conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos, atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que mueren, sino que hacen dimisión de la vida.

D. EMILIO CASTELAR