PROEMIO

L Ateneo Científico y Literario de Madrid ha manifestado en los últimos cursos una vida y animación á que no estábamos acostumbrados los que tristemente discurríamos en años anteriores por sus desiertos pasillos. Casi diariamente resuenan las voces de sus oradores por los ámbitos del espacioso, aunque irregular, salón consagrado á la cátedra, y trasformado ahora en candente arena de estos palenques científicos. La discusión no queda encerrada tampoco en el ceremonial de las formas académicas, sino que, desencadenada y movida por los huracanes de la pasión, sale á los pasillos consiguiendo arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia ó por modestia, no tercian en el público certamen. En privado, así como en público, líbranse formidables batallas, en las cuales se combate con todo el entusiasmo de la idea, aunque algunas veces, fuerza es decirlo, se sustituye éste por otro menos noble, el de los bandos políticos ó el que origina las heridas del amor propio. Esparcidos aquí y allá por los divanes y butacas del establecimiento, suele verse á última hora empolvados, deshechos, aporreados y casi sangrientos á los campeones de la noche, sorbiendo con ansia el agua fresca, mientras alguno que otro, de pulmón más robusto, manteniéndose aún en pie frente á estos desgraciados, descarga sobre ellos con extraña ferocidad los golpes de remate. No pocas veces demandé gracia para algunos cuya inflamada pupila nos anunciaba la nube de argumentos que por su cabeza corría, sin que esta temerosa nube lograse rociar con algunas gotas sus exhaustos gaznates, y les pusiera en condiciones de revolverse contra su duro adversario.

Debátense en esta culta Sociedad los más arduos é interesantes problemas de la ciencia; pero obsérvase el, á primera vista, extraño fenómeno de que todas sus discusiones, previamente anunciadas en un tema concreto, vienen precipitadamente á parar en puro asunto teológico ó político. Fuertemente impresionado por estas singulares corrientes que en breve plazo conducen siempre el tema á su disolución, traté de inquirir la causa, y no cifrando gran confianza en el dictamen de mi pobre razón, busqué el parecer de los más doctos. La mayoría se inclinó á creer noblemente que la trascendencia de tales temas, la irresistible atracción que ejercen sobre el espíritu en estos críticos tiempos y su actualidad, sobre todo en nuestra España, donde á la hora presente teología y política andan sobradamente confundidas, son parte bastante á explicar los extravíos de nuestro pensamiento. Los menos y con peor intención, quisieron ver en ello pruebas claras de nuestra insuficiencia para ahondar con profundo y delicado análisis en un determinado punto de la ciencia. Nuestros lectores optarán entre las dos contrarias teorías, aunque á mi ver no sería difícil hallar elementos de verdad en ambas.

Lo cierto de todo es, como digo, que las discusiones marchan en completo y general desorden. Cada cual, sin preocuparse de nada del tema discutido, verdadero náufrago en estas borrascosas sesiones, teje como puede un discurso y encomienda á la Providencia la convicción de sus oyentes. Dudo que exista país en el mundo donde se hable tanto y tan bien como en España, pero seguro me encuentro de que en ninguno se recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el aspecto artístico de la oratoria española, absorbe y avasalla su fondo científico, el cual se halla primorosamente velado, pero velado al fin, por las hermosas galas de una retórica desenfrenada.

En ningún otro país más que en España, y para encarecer á los representantes de la Nación la conveniencia de votar un impuesto sobre el aguardiente, trae el orador á cuento, flotando en un mar de rizadas ondas, las primitivas construcciones pelásgicas, el monoteísmo de la raza semítica ó los cuadros del Correggio. Los oradores españoles no hacen obras de ciencia, sino obras de arte, y como artistas deben ser juzgados. De este modo nos explicamos el deleite con que hemos asistido estos cursos á las sesiones del Ateneo, y á la par el insignificante ardor científico que lograron despertar en nosotros. El público, artista también como los oradores, aplaude con frenesí los períodos tersos, las brillantes imágenes, la mímica fogosa; en cambio repugna el argumento recto y descarnado y el análisis detenido del asunto. Hay una derecha y hay una izquierda. Sentada la una enfrente de la otra, se miran con recelosa antipatía, y tienen por costumbre aplaudir tan sólo á sus respectivos oradores. Excusado será advertir que los años de las personas que en la derecha se sientan suman bastante más que los de aquellos que tienen su asiento en la izquierda. Esto no obstante, el ardor, el entusiasmo y aun la intransigencia es igual por ambas partes.

Y cuenta que esto no lo decimos á modo de censura, porque estamos bien convencidos de que estos fuegos y arrebatos salen del fondo mismo del carácter nacional, de cuyas grandezas participan muchos, de cuyos defectos y pequeñeces todos participamos. No creemos posible, según lo expuesto, que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo, donde sus más intrincadas cuestiones se discuten; pero en cambio suponemos que el arte, ese fantasma divino que logró arrastrar siempre con predominio los deseos y las fuerzas de nuestra patria, tendrá que agradecer á este centro literario un culto desinteresado y devotísimo. En buen hora que se nos hagan ver los peligros sin cuento que la verdad corre entre tanta magnificencia y suntuosidad; por cima de todo flotarán siempre las bellezas reales que hemos sabido crear.

Nuestra oratoria recorre en toda su extensión la colosal escala trazada para esta manifestación artística. Oradores, cuya sutil ironía asuela y abrasa, tenemos, y también poseemos esos grandes artistas, verdaderos magos de la palabra, que en todas ocasiones saben rodearse de hermosas y nunca pensadas imágenes que encantan y transportan el alma. El instrumento que exterioriza los vuelos de esta fantasía con su majestuosa dulzura y sonoridad, realza la obra del orador, y la coloca á la par ó por encima de los más acabados modelos del arte clásico.

Fijo en estas consideraciones, pienso mostrar en las páginas siguientes algunas observaciones sobre varios de los oradores que han terciado durante los últimos cursos en los debates del Ateneo. No aspiro á hacer retratos, que harto difícil lo considero para mi humilde pluma. Busco tan sólo el medio de echar á volar algunos pensamientos que me ocurrieron al escuchar los discursos pronunciados en las veladas del Ateneo. Excusado parecerá añadir, después de lo expresado, que mi punto de vista será principalmente artístico. Esto no obstante, trataré, hasta donde me sea posible, de hacer ver, á la par que los méritos artísticos de cada orador, las tendencias más caracterizadas de su inteligencia, ó sea el rumbo que actualmente sigue en el océano del pensamiento humano. Bajo uno y bajo otro aspecto, aunque mucho pueda aplaudir, algo tendré también que censurar; mas haré de modo que estas censuras, ni tengan su raíz en la pasión, ni se presenten tan agrias que puedan herir ninguna susceptibilidad.

D. MIGUEL SÁNCHEZ

IERTA noche, y en ocasión que el señor Sánchez pedía la palabra, oímos decir á nuestro lado: «Este señor cura padece una equivocación; se dirigía á San Luis y entró distraído en el Ateneo».

No es exacto, sin embargo, lo que el mordaz interlocutor trataba de significar. El Sr. Sánchez (ó el Padre Sánchez, que así es como generalmente se le conoce) nada tiene de orador sagrado, si no es cierta pastosidad de voz y melifluidad de tono, y el empleo de algunas frases, como las de mansedumbre por humildad, misericordia por compasión, y otras tales que trascienden de una legua á púlpito.

Por lo demás, ¿quién podrá dudar que el Sr. Sánchez abandonó totalmente las formas arcaicas de la Cátedra Santa para aceptar con amor la nueva fase de la apologética católica? No se trata ya de hinchadas é indigestas pláticas, sembradas de místicos ejemplos donde Satanás juega por lo común papeles de melodrama, de símiles bíblicos y latines macarrónicos, no; la moda, que todo lo invade, como me propongo demostrar en ocasión propicia, se ha introducido por la mohosa cancela de las catedrales y ha sugerido á los defensores de la verdad católica nuevas y radicales reformas en su piadosa estrategia. La Iglesia había poseído hasta ahora santos padres, doctores y mártires; pero carecía de guerrilleros de la palabra, y los tiempos actuales se los han suministrado.

Los modernos paladines del Catolicismo no se aperciben á la batalla, como los antiguos, demandando al cielo fuerzas en medio de fervorosas oraciones y áspera penitencia, sino que afilan su lengua en las peleas del meteeng, y adiestran su pluma en las turbulencias del periodismo candente. Los apóstoles é iluminados de otros días, son actualmente polemistas irascibles y batalladores. Los que fecundaban antes con su preciosa sangre los campos de la religión, riegan con bilis ahora la arena del debate. Los apologistas católicos se creen en el deber de aceptar las condiciones en que hoy se les ofrece la lucha, y mantienen en tensión constantemente el arco que tiene aparejado el dardo del sarcasmo ó del ultraje.

El Sr. Sánchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva apologética. No pertenece á la escuela de San Anselmo y San Bernardo; pero, en cambio, es discípulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace bastantes años que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado, á lo que parece, por la suspicacia clerical. No merecen los honores de batallas las luchas en que interviene, porque no entra en sus miras presentar el pecho al enemigo, pero sabe preparar con destreza una emboscada y evitar los más certeros golpes. No para mientes jamás en las doctrinas, sino en la persona que las representa, y á ella asesta luego sus malignas estocadas. El Padre Sánchez entiende que la discusión es un pugilato donde el laurel de la victoria debe adjudicarse al que más aporrea á su adversario.

Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo régimen; tiene bastante nervio dentro del género especial de su oratoria, y maneja con éxito ese estilo, ora místico, ora volteriano, que por medio de intencionadas burlas é incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor de Dios y del prójimo.

Cuando escuchamos las picantes alusiones, las sangrientas diatribas con que el P. Sánchez maltrata á sus adversarios políticos, nuestro pensamiento se remonta sin darnos cuenta de ello á los primeros tiempos del Cristianismo. Y contemplamos la figura apacible del Redentor, y escuchamos la dulce y persuasiva voz que nos ordena amarnos los unos á los otros; y vemos también sobre el fuste marmóreo de una columna á aquellos ejemplares varones que salieron del mundo vivos en fuerza de mirar al cielo. ¡Oh santos Estilitas! ¡Cuántas veces se hubiera desplomado el P. Sánchez de vuestra memorable columna; él que tan fijos tiene sus ojos en la tierra!

La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la revolución, son en el fondo espíritus revolucionarios. Compárese, si no, la forma en que el Cristianismo se difundía en sus primeros tiempos con el método que hoy adoptan sus apóstoles para esparcirlo por el orbe, y se notará con claridad la profunda revolución que en su modo de ser y de propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el Padre Sánchez es un demagogo del apostolado, un descamisado del Catolicismo. Su temperamento no le llevará seguramente al desierto á vivir con raíces y frutas y á gozar de los inefables misterios de la soledad y del éxtasis, antes bien, le arrastrará constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado de las ideas, hacia la invectiva, hacia la sátira. Es un fanático del pasado con instintos y lenguaje democráticos.

Con estos procedimientos irrespetuosos, con esta fecundidad de invectiva y esta agudeza que le caracterizan, el orador católico logra despertar en alto grado la curiosidad del auditorio. En España nada hay que nos regocije tanto como oir en la calle unos tiros ó una desvergüenza: estamos ávidos de sensaciones fuertes; la monotonía nos causa terror; queremos, en una palabra, divertirnos. Y hay que convenir en que nada más divertido que las filípicas con que el P. Sánchez flagela á los enemigos del absolutismo. No extrañe, pues, que en la sala del Ateneo se espere un discurso suyo con la risueña impaciencia con que en el teatro se aguarda en pos de un drama un sainete.

De este modo, con las armas de la ironía, con las donosuras del gracejo, con los excesos de la pasión, quiere servir nuestro orador al Catolicismo sin comprender que lo rebaja al nivel de secta tumultuosa y alborotada. Esto equivale á servirse de la religión como de un estandarte bajo cuyos pliegues se lanzan al combate todos los ímpetus del sectario, todas las genialidades del carácter y los rencores todos del espíritu. Nuestra conciencia nos dice que servir á la religión con tales armas es desnaturalizarla; y el imponerle una absurda solidaridad con el ideal absolutista es comprometerla gravemente.

No ofrece duda que en los tiempos en que vivimos, cuando las ideas chocan con estrépito en medio de una incesante discusión, y se ponen en tela de juicio las bases fundamentales del Catolicismo, es no tan sólo un derecho sino también un deber de los creyentes el acudir con presteza á su defensa. Lo que lamentamos no es que los escritores y oradores católicos intervengan en la controversia, sino que se mezclen en los ardores y desmanes que la pasión produce siempre, quedando al mismo tiempo apartados de los altos y serios debates que ha suscitado la crítica contemporánea.

El Sr. Sánchez, á pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador católico á la moderna, en la acepción más completa de la palabra. Fáltale para esto una condición esencial, la de ser lego, joven y bien quisto de las damas. No pertenece á esa falange inquieta de fogosos mancebos que aspiran á ser la policía de la Iglesia, y que, juzgándose intérpretes únicos de la voluntad divina, vilipendian á cuantos desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura.

Su carácter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita cortesanía en la intemperancia misma que tanto brillo comunica á los apóstoles con bigote y rizada cabellera.

Se dice que el paso por el seminario imprime un sello de tal modo indeleble, que ni el cambio más radical en las opiniones y en los hábitos alcanzan á borrarlo. Calcúlese, pues, qué claro se verá este sello en el Sr. Sánchez, cuando ningún cambio se ha operado, ni esperamos que se opere, en sus concepciones mundanas y extramundanas. Cuando se le ocurre discutir alguna doctrina (lo cual repetimos que rara vez acontece), saca todo el arsenal de argucias y sofismas con que le abastecieron en sus juveniles años los maestros de la escolástica. Si se le cita un hecho que perjudica á la doctrina que sustenta, lo niega; si se le demuestra, distingue; y cuando los distingos no bastan, replica: «...más eres tú». Manifiesta gran predilección por la historia, pero la historia del Padre Sánchez no es historia, sino una especie de cámara oscura, muy oscura, donde todo se ve cabeza abajo. Á tal ínclito varón, cuya memoria honra la humanidad desde largo tiempo, se le ve, terriblemente ataviado con cuernos y rabo, comerse los niños crudos. Á tal otro bellaco que en su vida ha hecho más que picardías y ruindades, se le contempla por arte de encantamento trasformado en santo. Profesa, en cambio, una aversión casi sagrada, por lo inmensa, á la poesía. Se comprende bien. Los poetas son los profetas de nuestra edad, y el Padre Sánchez es todo lo contrario de un profeta. Tan lejos lleva nuestro orador esta aversión, que todo cuanto de malo encuentra en los discursos de sus contrarios no es más que poesía, pura poesía, como él dice afectando el más profundo desprecio. Los dedos se le tornan poetas. ¡Un día se le ocurrió llamar poeta al Sr. Figuerola!

En lo referente á la demostración de las ideas, profesa este orador ideas muy singulares. La prueba de que una idea es verdadera, no consiste para él en que sea rigurosamente lógica y se imponga desde luego al espíritu como cierta. Precisa que vaya acompañada, además, de un texto donde se apoye, cuyo texto deberá citarse en toda regla, esto es, con la página, capítulo, libro, edición, archivo, etc. Él así lo practica; mas oí decir en los pasillos á un sujeto (probablemente aquel mismo socio mordaz que cierta noche le llamaba señor cura) que el Padre Sánchez es una verdadera especialidad en la invención de citas. No creo que esto pase de cuchufleta.

Sea de esto lo que quiera, con tales maneras y otras parecidas, el Padre Sánchez no convence á nadie, pero logra excitar la hilaridad del auditorio, y bien conocidas son las deferencias y respetos que en nuestro país se guardan á quien se da bastante maña para hacernos pasar un rato divertido.

Una observación para terminar. El género agresivo y picante de la oratoria del Sr. Sánchez, más que á la condición de su carácter, cuya nobleza y sinceridad reconocemos, responde á las tradiciones constantes de la escuela en que milita. Sirva esto de alivio y descargo para lo que se halle de acerbo en nuestra censura.

D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST

ENETRAMOS en el florido vergel de la poesía, en el recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la elocuencia. Llegamos al más suave y armonioso de nuestros oradores.

No es águila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos pétalos de la flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvís alirrojo que entona su cántico dulce y monótono, oculto entre las frondas de un tilo; es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda cristalina que expira sin estrépito en la playa.

¿De dónde viene? De la libertad. ¿Quién no recuerda aquel grupo de jóvenes inteligentes que en los albores de una revolución rodeaba el estandarte de la libertad? Uno de estos jóvenes, por la distinción de su figura, singularmente interesante, por el encanto que sabía comunicar á su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia sí todas las miradas y todos los entusiasmos. ¿Quién es entre nosotros el que no le ha visto subir á la tribuna acompañado de ese murmullo lisonjero con que la simpatía impone silencio á la atención? Su cabeza, delicadamente bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soñadora, buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del salón como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada y vibrante, corría sobre los abismos temerosos de la política como un incauto niño que no percibe el peligro que le cerca.

Moret no es un orador parlamentario. Fáltale malicia, sóbrale fantasía y elevación para terciar en esas peleas nobles muchas veces, á veces también indignas, en que se agitan los intereses políticos. Carece en absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaríamos astucia, con que, á guisa de ganzúa, consiguen abrir hoy nuestros políticos las puertas del alcázar gubernamental. Si ha entrado en él algún día, fué deslumbrando con el brillo de su palabra á los astutos enanos que lo guardaban. Arrojáronle de allí más tarde explotando malignamente su candidez. Tampoco posee esa energía y firmeza que en el fragor de la lucha pone en suspensión á los contendientes, ni con fogosos arrestos tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno aristocrático que sólo produce efecto entre los espíritus cultos y un tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que éste responde con solicitud tan primorosa á los soplos más leves de su pensamiento, á sus matices más desvaídos, como las cuerdas del arpa contestan exhalando dulces notas á la blanca mano que las hiere.

La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que despierte el pensamiento para nuevas y más profundas concepciones. Limítase á recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella la luz de su inteligencia y ofrecérnosla adornada con todos los colores del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con profundas y sabias disquisiciones, sirve á las ideas haciéndolas amables y simpáticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho inescrutable se ofrece las más de las veces á la vista de sus oradores como deidad sangrienta y vengativa, como ángel exterminador y ministro de la voluntad del pueblo destinado á dar muerte á los primogénitos del privilegio y de la fortuna, se presenta á los ojos del joven tribuno y á los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ángel de ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de la paz.

¡Grande y poderoso influjo el de la elocuencia! Á su poder no se allanan los peñascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se mitiga y se aplaca más duro que los peñascos y más irritado que los mares: el corazón del hombre!

El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al través de los cristales que el curso de las circunstancias le interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías. Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo, que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de incrédulos.

Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella, por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.

El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia. Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr. Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la antigua escuela económica imponía á sus afiliados.

Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista.

Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la Hacienda!

¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático.

Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere sorprender algunas veces.

El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo, nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y atildado.

Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico juego de la ironía y la sátira.

Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia, con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?

Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso consejo.

D. CARLOS MARÍA PERIER

UAVES ondas que besáis las playas de la Italia, tibias auras que mecéis los cedros del Líbano, gentiles corderillos que triscáis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos, venid! Vengan los elementos todos de la bucólica, y mójese mi pluma en la rica miel de Chío y en los lagos azules de la Helvecia. No tardéis. Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo á la semblanza.

La voz llega ya á nuestros oídos.

Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del mediodía en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita buscando con anhelo la sombra deleitosa, ¿no escuchasteis los errantes sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido, la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen á orillas del arroyo, melancólicas y vagas, estremeciendo el aire con dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os halláis dormidos, y todavía percibís los mismos sones. Despertáis, y los seguís oyendo. Después de algún tiempo, la flauta llega á ser uno de tantos insectos y forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra.

Trasladaos al Ateneo de Madrid, y, si no os inspira algún temor, sentaos en una de esas butacas de color de cielo—¡á tal punto es cierto que el hábito no hace al monje![1].—El Sr. Perier se levanta y da comienzo la sinfonía. La flauta entona con dulzura una melodía delicada que regalará vuestros oídos; mas ya se viene repitiendo cinco veces, y el artista no piensa en buscar un nuevo tema. Después de algún tiempo quedaréis dormidos. Cuando abráis los ojos, las cosas se encontrarán probablemente en el mismo ser y estado, esto es, las auras que vienen de la derecha traerán á vuestros oídos la misma melodía. Acontece que el artista pretende introducir algunas variaciones en la frase; pero no me engaña, la percibo tan clara y tan distinta como si por vez primera saliera de la flauta.

El Sr. Perier es, pues, un orador, pero orador de una sola cuerda, y sobre ella nos da luengos conciertos. Orador de exordio interminable, aunque hemos de advertir que jamás empleará el conocido en la retórica con el nombre de exabrupto: se lo veda su exquisita cortesía.

Que en el horizonte de las discusiones del Ateneo se deje ver un tema por fas ó por nefas relacionado con la religión, la familia ó la propiedad, y ya tienen ustedes á mi orador con verdadera comezón de acudir á la muralla de estas instituciones, para que ninguna reforma clave en ella su bandera. Quizá sea el más constante de los sitiados, pero es carabina de chispa la que empuña y sus fuegos no son mortíferos. Avezado el enemigo á contemplarlo derecho sobre el muro, le dispara saetas sin veneno, porque ni su actitud es arrogante, ni son muchas las bajas que causa.

Esfuérzase en pedir respeto y gracia para las sagradas instituciones que defiende, y no demanda la muerte y el exterminio para las que combate. Mis plácemes por ello. Poco hay tan destemplado y ponzoñoso como el lenguaje de los que toman por oficio la defensa incondicional de nuestras tradiciones. El Sr. Perier, al separarse totalmente de esta forma, merece con justicia los elogios de todas las personas sensatas é imparciales, porque en ello revela comprender que las instituciones de orden y de paz, pacífica y ordenadamente necesitan defenderse, y deja ver, además de esto, una buena fe que en vano han de alardear los que adoptan otros modos de polémica.

Muy lejos, pues, de erizarlo con argumentos de mala ley, sabe envolver con gran esmero el proyectil entre algodón y seda, barnizándolo después bonitamente de aceites olorosos antes de enviarlo al enemigo. Es tan manso y sosegado el juego de su palabra, que ésta fluye de sus labios, como dice Homero que fluía de los del prudente Nestor, dulce cual la miel de las abejas.

Acabáis de entrar en una de nuestras góticas basílicas, y es la hora en que con toda pompa se oficia ante los fieles. Los cánticos sagrados y las plegarias fervorosas adquieren resonancia en los ángulos del templo. Las flores silvestres esparcidas por todo el pavimento «ofrecen mil olores al sentido». El incienso que arde en los pebeteros del altar suspende por algunos instantes vuestro pensamiento, y os pone en deseo de reclinar la cabeza para recibir en plácido desmayo las tristes y graves melodías del órgano. Todo es paz y sosiego. Los ruidos mundanales no quieren vibrar en aquella atmósfera seráfica.

Si oís al orador de que ahora estoy tratando, experimentaréis sensaciones análogas. Parece que no vive en medio de la lucha de creencias y doctrinas cuyo fragor conturba nuestros ánimos, y su oratoria es, pudiéramos decir, extramundana. En los momentos más críticos de la contienda, cuando el coraje inyecta de sangre los ojos de los héroes y la muerte cierne sus alas sobre el campo de batalla, levántase un orador con severo continente, saca del bolsillo una encíclica romana, y da comienzo á su lectura, que impasible y tranquilo hace prolongar un buen lapso de tiempo. ¡Quién lo diría! Esta lectura es la lluvia copiosa y refrescante que apaga los ardores de la tierra. En adelante, los oradores se levantan á hablar entumecidos, y la sesión figura padecer de reumatismos.

Sigamos con el agua. No escucháis los ruidos medrosos y solemnes de poderosa catarata que se despeña, sino el susurro monótono del arroyo que serpea entre yerbas aromáticas, y al cual acompaña el no menos triste y monótono rumor que el viento produce en los árboles. En vano anheláis nuevas y variadas emociones. El orador, como la Naturaleza, languidece sin morir jamás. Navegamos por el mar Muerto, sin que un soplo de la brisa hinche nuestras velas.

Muchas veces me he preguntado: ¿qué actitud pensaría tomar el Sr. Perier dentro de la Convención francesa? Después de las enrojecidas palabras de Marat, ¿cómo sonarían sus discretas disertaciones? De aquella Montaña partían torrentes espumosos y violentos huracanes. ¡Qué cefirillos tan suaves llegarían si el Sr. Perier se viera en ella!

Las distancias que de su homónimo Casimiro Perier le separan son inmensas. Aquel orador, cuya energía borrascosa tiranizaba á todas las fracciones de la Cámara, se hubiera visto en grave aprieto ante la cristiana mansedumbre de su tocayo. ¡Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra!

Para figurarse con cierta exactitud á este orador, es indispensable haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre límpido, que si primero serena y dulcifica nuestro espíritu, luego empezará á causarnos tedio y concluirá por abrumarnos. ¡Con qué ansia pedimos entonces á ese cielo que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento nos cubra al astro del día! ¡Ay! ¡en el cielo del pensamiento del Sr. Perier jamás ha estallado tempestad alguna!

La dicción es correcta y el ademán sosegado; pero le falta color y animación.