I

A ilustre escritora francesa princesa de Ratazzi afirma, en su último libro sobre España, que el Sr. Ruiz Aguilera es un joven de muchas esperanzas. Lo mismo se decía de él allá por los años de 1840 ó 1842. De lo cual se deduce muy naturalmente que el Sr. Aguilera, en punto á juventud, se ha adelantado muchísimo á su siglo, haciendo dar un salto prodigioso á la vida media del hombre; ó bien que la ilustre princesa de Ratazzi no está por completo en lo firme al estampar tal noticia. Después de conocer personalmente al Sr. Aguilera, me siento inclinado á pensar lo último, á reserva, no obstante, de reformar mi juicio en el caso de que la egregia escritora alegase nuevos datos ó probara en cualquier forma su aserción. De todas suertes, quiero hacer constar que es la primera vez en mi vida, y plegue á Dios sea la última, que en público ó en privado me separo á sabiendas de la opinión de una princesa.

D. Ventura Ruiz Aguilera (á quien interinamente consideraremos como hombre ya entrado en días) ha tenido la mala ocurrencia de nacer poeta. Mejor le hubiera sido nacer contratista de obras públicas.

Como es fácil de comprender, una vez dado este mal paso, no tuvo otro remedio que atenerse á las consecuencias, trabajando mucho, viviendo modestamente, y viéndose al fin de su carrera olvidado del bullicioso mundo, cuyas orejas ha regalado tantas veces con su cántico. Y aún se da por contento el pobre con que le dejen abrir por las mañanas el balcón de su cuarto del barrio de Pozas para recibir el sol, que como un niño inquieto y revoltoso entra sin pedir permiso, y todo cuanto hay dentro quiere registrar y palpar en un instante; con que le dejen por las noches sentarse en su butaca, y mirar atentamente los penachos de humo que forman los carbones encendidos de la chimenea, y tomar alguna que otra vez la pluma para trasladar al papel lo que aquellos penachos, tan mudos al parecer, le cuentan. Durante el día está en la oficina. ¡Ay! ¡Qué poeta se escapa en este siglo de la oficina! Podrá revolotear locamente en los primeros años de su vida, como el pájaro que incautamente penetra en una sala. Mas no consigue nada con volar de aquí para allá, lanzándose con ansia una y otra vez al espacio en busca de aire y libertad. Los dueños de la casa no tardan en cerrar los balcones, para acosarle después á su sabor en ruidosa zalagarda con toallas, pañuelos y sombreros por todos los ángulos, hasta que, rendido y jadeante, cae en poder de una mano brutal que inmediatamente lo encierra en una jaula. Allí lo podéis ver todo el día informando expedientes del modo más deplorable que le es dado.

Dicen que allá en otro tiempo, hace ya muchos siglos, existió una nación llamada Grecia, donde los poetas, lejos de ser perseguidos, representaban el papel principal en todas partes, hasta el punto de que no se promovía empresa ó se preparaba fiesta sin contar con ellos, ni se realizaba hecho alguno político sin su intervención. Los mismos contratistas de obras públicas, cuando tropezaban con un poeta en la calle, se quitaban el sombrero y le hacían un saludo muy reverente, y á un general famoso que había vertido su sangre en cien combates, no había que hablarle de sus hazañas y victorias, porque esto era ponerse mal con él, sino de tales ó cuales coplas que había presentado en un certamen, y que los jueces con señalada injusticia no habían querido premiar. No satisfechos aquellos hombres con prodigar á los poetas en vida toda clase de mercedes y honores, solían después de muertos erigirles estatuas que colocaban en los templos, ni más ni menos que si fuesen dioses, y no pocas veces aconteció pasear una de estas estatuas en un espléndido carro por todo el país, enmedio del entusiasmo y los vítores fervorosos de la multitud.

Si alguno de los poetas de ahora, por ejemplo el Sr. Grilo ó el Sr. Blasco, pensasen que saco todas estas cosas de mi cabeza, yo les juro por mi vida que son la pura verdad, ó que por tal la dan al menos las historias más corrientes. En verdad que fué aquélla una época próspera y dichosa para los poetas. Bien se puede asegurar que no volverán á verse en otra.

Los romanos, que sucedieron á los griegos, continuaron honrando y enalteciendo á los poetas, aunque ya con bastante menos ardor, porque andaban sumamente atareados con sus guerras y expediciones.

Vinieron después los bárbaros, incapaces por entero, como su nombre lo indica, de entender al señor Revilla, ni menos tomar parte en los debates del Ateneo.

Pues aun á los bárbaros les gustaba la poesía. En sus fiestas más ruidosas, en sus orgías más desenfrenadas y brutales, llegaba un momento de desmayo para el cuerpo y excitación para el espíritu; un momento en que la imprecación expiraba en los labios, la copa se desprendía suavemente de las manos, y los ojos buscaban distraídos y arrobados los postreros rayos de la luz. En aquel momento aparecía entre tanto rostro fiero un semblante dulce, expresivo y circundado de dorados bucles, donde brillaban unos ojos tristes y misteriosos. Era el poeta. Todas las miradas sentían necesidad de posarse sobre él, y todos los corazones se creían en la obligación de amar á aquel ser débil y extraño, que de parte de Dios venía á desenterrar los nobles sentimientos que dentro de ellos se hallaban sepultados. Estos corazones era lo único que se movía, lo único que sonaba imperceptiblemente en la estancia al comenzar su canto el trovador. Fuera sonaba el viento y sonaba el mar. La canción del poeta les hablaba de su Dios, de su patria, de su amor, de todas las cosas en que el cielo y la tierra parecen confundirse, como allá á lo lejos en el rojizo horizonte. Y de aquellos ojos, poco antes inyectados de sangre por la cólera, saltaba á veces una lágrima que podía contar, si quisiera, muchas cosas de aquel sitio en que el cielo y la tierra se confunden.

Cesaba el canto. Las cuerdas del laúd seguían vibrando melancólicamente un momento, y después también cesaban. Alzábase un murmullo en la estancia, y muchas manos grandes y velludas alargaban doradas copas al buen trovador. El vino chispeaba en la copa, y la alegría chispeaba en los ojos del trovador al beberlo. Pero la luz moría, y aún le quedaba algún camino que andar. Por eso, enmedio de bendiciones y roncos adioses desaparece de la sala. Si alguno de los alegres convidados quisiera asomarse poco después á una de las ventanas del castillo, tal vez podría verle ocultarse lentamente allá en el rojizo horizonte.

También en nuestras fiestas y banquetes llegan momentos de fatiga y tristeza: que es la alegría como un río impetuoso, que no puede menos de reposar alguna que otra vez en un sombrío remanso. Mas cuando llega uno de esos remansos, he aquí que entra por la puerta de la sala un grupo de botellas rebujadas en papel de estaño. Los criados se apresuran á desembozarlas, suenan algunas detonaciones y se esparce por las copas un licor muy ruidoso y fanfarrón, pero insípido y embustero. Los convidados, no obstante, se regocijan y alborozan de nuevo; ríen, cantan, patean, dicen chistes y se tiran los platos á la cabeza. ¡Oh! No cabe duda, el champagne ha reemplazado perfectamente al trovador.

Que la poesía no ha muerto bien lo sé. La poesía es inmortal. Pero que la estimación concedida al poeta va muriendo, muriendo hasta convertirse en la sombra de una nada, tampoco puede dudarse. El poeta, en nuestra sociedad, va siendo cada día más singular y anómalo. Es un ser que, como el Hijo de María, no encuentra una piedra donde reclinar la cabeza. Siguen naciendo poetas como antes, pero ya nadie se dedica á poeta, porque caería en ridículo quien tal hiciese. Un poeta, en la actualidad, no es un poeta; es un diputado constitucional, un ex-ministro, un presidente del Congreso, un gobernador civil ó un empleado del Banco que escribe versos. Lo cual, hasta en concepto de ellos mismos, no pasa de ser una flaqueza, inofensiva de todo punto. Cuando encontráis á cualquier poeta amigo en la calle ó en un tranvía, y entabláis conversación con él, lo que soléis preguntarle es si hay esperanza de que su partido suba al poder ó de que caiga, si le han ascendido, qué sueldo tiene ahora, cuántas horas de oficina, etc., etc. Si por casualidad os ocurre preguntarle por sus versos, veréisle ruborizarse un poco, mirar al suelo, sonreirse y mover la cabeza á un lado y otro.—«Phs... Estos días atrás he escrito una cosilla... una tontería... Ya se la leeré á usted cuando vaya á almorzar conmigo.»—Á lo mejor esta tontería es La lira rota ó El Raimundo Lulio, ó La leyenda de Noche-buena ó El nudo gordiano.

Este desprecio que de sus mismas obras hacen los poetas, tiene una explicación. Es que en la época actual, sin saber cómo y á su despecho, el alma del contratista de obras públicas ha trasmigrado al poeta. El contratista que entra con un amigo (solo no entra jamás) en la librería de Fe, al contemplar tanto libro apilado en los estantes se ve necesariamente acometido por una reflexión que está siempre emboscada detrás de los libros para caer de improviso sobre todos los contratistas.—«¡Cuánto se escribe hoy!» medita. Y sumido hasta el cogote en tan honda consideración, empieza á tomar libros y á soltarlos, después de darles algunas vueltas en la mano y leer el título en voz alta, hasta que viene á sacarle de sus cavilaciones y maniobras la amabilidad del Sr. Fe (que es mucha) mostrándole las novedades del día.

—Vea usted; aquí tiene La última lamentación de lord Byron...

—Por Gaspar Núñez de Arce (dice el contratista leyendo por encima del hombro del Sr. Fe). ¡Hombre, sí! Este ha sido secretario de la Presidencia. Le conocí mucho cuando estuvo de gobernador en Barcelona. Es hombre despejado...

—Ha llamado mucho la atención este su último poema.

—¿Sí?... Pues me lo llevo (arrollándolo como un plano de carretera).

Si tuvieseis tiempo para ir conmigo aquella misma noche á cierta alcoba lujosamente decorada, veríais un hombre acostado en una cama, con La última lamentación de lord Byron en la mano. ¡Qué paz y sosiego reinan en la fisonomía de aquel hombre! ¡Qué gorro de dormir tan admirable ciñe sus sienes! ¡Qué luz tan suave esparce el quinqué sobre el vaso de agua, el azucarillo y las galletas inglesas! ¡Qué aire tan respetuoso y sumiso tiene el almohadón de plumas que está tendido á sus pies!

Mas apenas hacéis atropelladamente estas observaciones, cuando se escucha un fuerte resoplido, y la alcoba queda á oscuras.

En la alcoba hay todavía un espíritu que dice muy bajo á las tinieblas:—«Lo más que habrá sacado ese hombre con tanto verso son cuatro ó cinco mil reales...»

Poco después no queda más que un cuerpo roncando.