II

La combinación de lo objetivo con lo subjetivo ha sido siempre el fuerte de los españoles. Nuestro país, más dado por impulsos naturales á la acción que á la contemplación, fué toda la vida vasto escenario manchado con la sangre de innumerables tragedias. El drama se aloja en los temperamentos exaltados é irreflexivos, como la culebra en su nido de hierbas. No hay más que hacer un poco ruido para que se despierte. ¡Y en nuestra patria se ha hecho siempre tanto ruido! Quizás por eso los españoles hemos convertido en sangrientos dramas los aspectos más nobles de la vida, el amor, la gloria, el honor, la religión. El español no ha devorado jamás sus impresiones en el silencio y la soledad, como el sombrío germano ó el melancólico semita; ha necesitado sacarlas al aire libre y verlas seguir su camino por la tierra. La lucha consigo mismo dura para él sólo un instante; la lucha con lo que le rodea dura toda la vida. Prefirió siempre lo definido y lo enérgico á lo vago y lo sentimental, y con la misma facilidad que ha hecho salir el pensamiento de la boca, ha sacado la espada de la vaina. En la historia no existe ningún pueblo que haya tenido tan cerca el pensamiento de las manos.

Un pueblo tan objetivo, digámoslo con Hegel, necesariamente ha de poseer una gran epopeya ó un gran teatro. Nosotros poseemos un gran teatro. Añadid unos bastidores por los lados, unas bambalinas por arriba, unas candilejas por abajo y unos deliciosos versos por todas partes, á lo que ha doscientos años acaecía á la luz del sol en nuestros palacios, en nuestros caminos, en nuestros templos, á la de la luna, en nuestros jardines, en nuestras calles y en nuestros mesones, y tendréis un teatro apasionado, vivo é interesante. Así lo han hecho Lope, Calderón, Tirso y Moreto. Y como la literatura responde siempre á cualidades ó aficiones del espíritu, y gusta también de adquirir costumbres pisando hoy el camino que siguió ayer con preferencia á otro nuevo, de aquí que, á pesar del transcurso de los tiempos, del cambio radical de vida y de las notables modificaciones que el carácter ha experimentado, nuestra poesía se dirija aún hoy con amor al teatro, que ha sido siempre el de su gloria. Desde Calderón hasta ahora hemos perdido mucha fe, mucho heroísmo, mucha superstición, mucho entusiasmo, mucha firmeza y muchas costumbres pintorescas, que todavía nos agrada ver retratadas en la escena. Sobre todo, hemos perdido á Calderón. Mas aun con eso, no deja nuestra época de ofrecer aspectos interesantes y poéticos que, si no engendraron hasta el presente un gran teatro, han motivado por lo menos algunas obras maestras del arte dramático. Moratín, Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega, García Gutiérrez, Tamayo y Ayala son sus autores.

No es Ayala el menos insigne de cuantos acabo de mencionar. De todos los autores que han intentado representar á la sociedad española de este siglo en sus obras, si exceptuamos á Bretón, ninguno lo ha realizado, á mi entender, de un modo más perfecto y acabado que Ayala. Pero ¿es el destino del artista representar al vivo los sentimientos de la sociedad en que ha nacido, ó debe, por el contrario, expresar los sentimientos generales y permanentes del género humano, para que sus obras tengan consistencia y sepan resistir al esfuerzo de los siglos? No lo sé, ni lo sabe nadie tampoco; que es imposible resolver asuntos en que intervienen gustos, opiniones y hasta escuelas filosóficas contrarias. La inclinación del sentimiento me arrastra, sin embargo, á preferir lo primero. Yo amo ante todo y sobre todo en el artista lo individual, esto es, lo que le caracteriza y le distingue de los demás hombres y los demás artistas. Me deleito en observar la impresión que sobre su espíritu excepcional causa lo que le rodea, las huellas profundas ó leves que van dejando en él los sucesos de la vida. Dejémosle que pinte á su manera sus propios sentimientos y los sentimientos de los que le acompañan en este viaje terrenal. Humanos sentimientos habrá de expresar, porque hombre es él y hombres los que le rodean. Lo que hace amable la poesía, después de todo, no son, en mi entender los sentimientos generales y permanentes que expresa, sino el cómo se han sentido estos sentimientos en cada pueblo, en cada individuo; el cómo la luz interior que á todos nos alumbra se ha descompuesto al atravesar aquellos prismas, originando tantos y tan hermosos matices. La poesía es un mundo aparte, donde los sentimientos se fijan con fuerza unas veces, se desvanecen y se pierden otras, se iluminan, se oscurecen, agítanse febriles ó reposan blandamente; modifícanse, en fin, de mil extraños modos, para que el poeta extraiga de ellos ese divino jugo que hace la vida dulce. Esto es la poesía, y esto es lo que me tomo la libertad de juzgar que es, no creyendo con ello herir la dignidad de nadie. Todo hombre lleva, más ó menos grande, uno de esos mundos dentro de su alma. Yo sé que mis sentimientos son iguales á los de otro hombre cualquiera; mas en los años que llevo de existencia, han surgido dentro de mi espíritu algunos risueños ó lúgubres fantasmas que se desvanecieron tan pronto como los que el humo de mi hogar forma en los aires, algunos fugitivos y adorados sueños que pasaron para no volver, y que exclusivamente me pertenecen. Si yo hallase en el fondo de mi pensamiento la expresión que les conviene, no les quepa á ustedes duda, sería un poeta.

Por eso lo es el Sr. Ayala; porque la encuentra. La mayor parte de los hombres pasamos por el mundo sin percibir apenas más que las apariencias de las cosas. Actores ó espectadores en los sucesos que en torno nuestro acaecen, no comprendemos, ni nos imaginamos siquiera su valor poético hasta que el artista nos lo ofrece en sus producciones.

Todos los días tropezamos en las tertulias á que asistimos con alguno de esos hombres cuyo egoísmo les lleva á concebir y pregonar un sistema moral para la vida, donde se disculpen y hasta se ennoblezcan los vicios y los crímenes de la suya; con uno de esos distinguidos infames que aspiran por medio de modales elegantes y correctos á difundir entre los pueblos un nuevo Evangelio, donde la perfidia y la bajeza sean consideradas de buen tono, y las más nobles virtudes, patrimonio sólo de los cursis. Al lado del apóstol también solemos ver al discípulo, que, rebosando de fe y entusiasmo, marcha con botas de charol por el áspero sendero del maestro. Pero no se le ha ocurrido sino al Sr. Ayala que el converso fije sus miradas en la esposa del apóstol, y éste le preste, sin saberlo, todo su valioso apoyo para la consumación de su propia deshonra, originándose de aquí un enredo tan sencillo é interesante como el de El tejado de vidrio.

¿Quién no ha presenciado y aun intervenido en alguna de las contiendas que el interés del dinero riñe á cada instante con los sentimientos generosos y los afectos dulces del corazón? El interés—que responde á uno de los aspectos repugnantes de la naturaleza humana—no es un vicio peculiar de nuestra época; mas no hay duda que en nuestra época presenta caracteres singulares y dignos de atención. La codicia ha tomado en el transcurso de los tiempos formas más sutiles y corteses; se ha acicalado un poco, y se la conoce hoy con el nombre inofensivo de negocios. Nadie mejor que el Sr. Ayala ha sabido describirla, poniéndola en lucha con la pasión más divina y humana al mismo tiempo, con el amor, en El tanto por ciento, la más trascendental sin duda, y en concepto de muchos, la más bella de sus obras.

Apenas pasa un día sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas niñas angelicales que van á pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas y ardorosas á los carruajes que cruzan. Á veces la vemos acompañada de un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un muchacho que sigue la carrera de médico y está empleado en una sociedad de ferrocarriles. Después de escuchar la noticia pasamos á otra conversación. Más tarde nos dicen que aquella niña se ha casado con Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Más tarde la vemos en un palco del Teatro Real ó en un carruaje de la Castellana, y le quitamos desde lejos el sombrero. Más tarde vemos á su marido acompañando á otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Más tarde la encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven estudiante, empleado en ferrocarriles, ¡ay! ni por casualidad vuelve á parecer por nuestro pensamiento! ¿Dónde está?—Á lo mejor vemos su nombre en un periódico. Le han nombrado presidente de una comisión científica. ¡Pluguiera á Dios que le nombrasen también hombre feliz!

¡Qué historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de las obras más admirables del teatro moderno.

Consuelo era uno de esos ángeles que piensan mucho en su porvenir, «y no se empalagan nunca de sí mismos cuando se miran al espejo». Fernando la amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin empalagarse jamás de pensar en ella. Fernando llega un día á casa de su amada después de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. ¡Qué corazón tan puro! Examinad bien ese corazón, no obstante; dadle muchas vueltas en la mano, y percibiréis en cierto paraje una ligera picadura. Por allí ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto ese corazón. Dentro de él ya no hay más que podredumbre.

¡Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egoísmo arroja á la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella niña que había visto por vez primera sentada al piano,

«muy sorprendida y risueña
de que mano tan pequeña
moviese tan grande estruendo»,

aquella niña que se había filtrado en su alma como un rayo de luz, no era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo había recogido Ricardo, y Ricardo había decidido pedir la mano de Consuelo por conducto de Fulgencio, el mismo día que llegó Fernando. Consuelo á su vez había decidido casarse con Ricardo. ¡Qué tiene esto de particular! ¿Acaso es la primera niña que deja un novio y toma otro? Así razonaba ella con profundidad que encanta y admira á Fulgencio, hombre muy bien afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad.

Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando. Antonia, que amaba ya á éste como á un hijo, se desmaya; pero Consuelo se había comprometido á salir en carruaje con Fulgencio, la señora de éste y Ricardo, y no tiene más remedio que marcharse apenas vuelve su madre á la vida. ¡Ay! ¡Fernando la ha perdido para siempre... y su madre también! Así terminó el acto primero.

Ricardo era un hombre frío, imperioso y egoísta. Nada tiene de extraño que Consuelo se enamorase de él perdidamente. Ricardo, pasada la luna de miel, considera á su mujer como el mueble más elegante de su casa. Una vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes á una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el amargor de los celos. Fulgencio, el dulcísimo Fulgencio, tiene la buena ocurrencia de convidar á comer en su casa (donde comían también Ricardo y Consuelo) á Fernando. ¡Con qué jovial indiferencia había escuchado Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va á sentarse á la mesa en compañía de Ricardo y Consuelo, trata de irse.

Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitación y experimenta una ligera sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando, apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones, que destruirían enteramente el efecto de esta interesantísima escena.

Fernando no quiere quedarse á comer, y Consuelo lo despide diciéndole:

«Pues, Fernando, que nos veas
antes de irte; no seas
ingrato...»

Todos nos hemos oído llamar ingratos de esta suerte por alguna hermosa dama; pero todos conocemos también la trascendencia de la suave y distraída sonrisa que suele acompañar á este adjetivo. Por eso Fernando cae desolado en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. ¡Cómo la ama todavía!

Consuelo, ofuscada por los celos, se arroja á dárselos á su marido con Fernando, suponiendo que éste, amante suyo en otro tiempo, era el mejor para el caso. En presencia de Ricardo le escribe una carta invitándole á que venga á visitarla, y entrega el billete á Ricardo para que lo remita á su destino (esto es, para que lo lea). Pero Ricardo no lee el billete, porque ha leído ya todo lo que necesitaba en el alma de Consuelo, y lo deja intacto sobre la mesa. Llega Fernando, y Fulgencio, que había recogido el billete, se lo entrega.

¡Por qué se habrá escrito una carta tan infame! Parece increíble que dos renglones de una letra menuda y desigual vuelvan el entendimiento y hasta el corazón del revés. Yo, sin embargo, lo creo á pie juntillas. Fernando se sorprende, se acalora, se llama infame, delira... y resuelve acudir á la cita. Da fin el acto segundo.

Es de noche. Lorenzo, el criado de Ricardo, después de haber acompañado al Teatro Real á Consuelo, se entretiene en coloquio amoroso con Rita la doncella. Algunos tildan de larga esta escena. Yo la encuentro tan extraordinariamente bella, que nunca me he fijado en sus dimensiones. El suave donaire, el sosiego y la frescura de esta escena son medios artísticos de gran delicadeza para que la aparición del drama cause efecto más seguro. El drama aparece con la entrada repentina y violenta en la escena de Consuelo. Se dirige al armario de sus joyas, y pide con voz temblorosa la llave á Rita. En el teatro había visto á su rival luciendo un aderezo muy semejante al suyo, y viene á saber si es el mismo. El aderezo no está en el armario. En el mismo instante aparece Fulgencio, que de acuerdo con Ricardo, era portador de otro aderezo igual y una mentira. El portador recibe en pago de sus buenos oficios algunas injurias, y Consuelo se queda á solas con su amargura y sus celos abrasadores. ¡Cuán lejos estaba su pensamiento en aquel instante de Fernando! Y, sin embargo, en aquel instante Fernando entraba en la casa, subía la escalera, alzaba la cortina del gabinete. ¿Qué venía á hacer allí? Consuelo, la misma Consuelo, cuya mano había escrito una carta llamándolo, se lo pregunta con sorpresa.

Fernando venía á apurar las heces de aquel cáliz que el destino le presentó al enamorarse de Consuelo. Venía á saber que no sólo no había sido amado jamás, sino que su amor había servido en esta ocasión de señuelo para atraer al precioso é irresistible Ricardo. ¡Y la mujer que se cebara con tanta saña en su pobre corazón estaba allí, la tenía delante de sus ojos siempre con su rostro dulce y angelical! Fernando se para á meditar el estrago que aquel rostro dulce y angelical ha hecho en su alma, y se sienta con tranquilidad aterradora en una silla. ¿Qué intenta? ¿No repara que Ricardo vendrá muy pronto? ¡Qué importa! «Hoy habrá penas para todos», dice con sonrisa feroz el desdichado amante. Y ni las amenazas ni las súplicas de Consuelo le conmueven. Mas al fin le disuaden de su propósito las lágrimas de Antonia, de aquella pobre madre que había protegido su amor en otro tiempo.

«¡Triunfa el crimen. ¿Quién lo duda,
si hasta le prestan su ayuda
la virtud y la bondad!»

exclama Fernando al partir. Llega Ricardo, y sin sospechar siquiera, ó si lo sospecha sin dársele nada de los atroces tormentos que sufre Consuelo, se despide de ella para París. Se va á París con su querida. La infeliz esposa se arroja á los pies del marido, y con sus lágrimas y ruegos quiere retenerlo. Todo es en vano. Las lágrimas pueden mucho con los hombres que tienen corazón, pero nada con los que no lo tienen. Se va Ricardo y aparece Fernando, que por haber hallado la puerta cerrada, tuvo necesidad de presenciar la escena anterior desde la habitación contigua. A él se dirige la infeliz Consuelo pidiéndole perdón. Pero Fernando, el humillado y escarnecido Fernando, ¡cómo se ha de compadecer de sus tormentos, cómo se ha de apiadar de ella! Se va Fernando como se había ido Ricardo. En aquel amargo trance, ¿á quién acudir? ¿Quién podía compartir con la desventurada esposa el dolor de aquel fiero abandono? Tan sólo su madre, su tierna madre, que tanto la amaba. Mas al dirigirse á su habitación, Rita sale de ella dando gritos y pidiendo socorro... Su madre se había ido también á otro mundo mejor!

«¡Dios mío! (exclama Consuelo desplomándose)
¡Que espantosa soledad!»

Sí: la soledad espantosa que el egoísta va formando en torno suyo en esta vida. El desenlace no es artificioso ni violento: es un desenlace sencillo, natural y lógico. Obsérvase en él sobre todo la austeridad que debe acompañar á una catástrofe interior más que exterior. Pero esa misma austeridad lo hace infinitamente más conmovedor. Aquella figura sola, terriblemente sola enmedio del escenario, que cierra los ojos para mirar á su alma, y se desploma lúgubremente sobre el pavimento, es una figura verdaderamente grande y patética.

He relatado adrede el argumento de Consuelo, por ser éste tal vez la más sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido para tema de sus obras. El cómo de esta historia tan vulgar se ha hecho una obra dramática tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo. Vayan ustedes al teatro, y allá verán cómo se ha hecho. El Sr. Ayala nos trasporta á todos á las tablas con los mismos cuerpos y almas que tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque trasformados en personajes interesantes y poéticos. Casi estoy por asegurar que el Sr. Ayala sería capaz de presentar en la escena una discusión del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos estuviésemos embargados y suspensos escuchándola.

Mas yo, que sé decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van ustedes á ver.

Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el fin, al artista de corazón y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de ellas se revela el ingenio poderoso que señala ó determina, impulsado por una fantasía viva y espontánea, nuevos é ignotos derroteros para el arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren estas circunstancias en la inspiración del Sr. Ayala, por lo cual, á mi entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre aquellos otros que arrojándose con criterio más seguro, pero con menos inventiva y atrevimiento, por las vías trazadas por los primeros, las asientan y perfeccionan.

Caracterízanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y proporción entre todas sus partes, por un orden acabado en el desenvolvimiento de la fábula, y principalmente por una discreción nunca desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus héroes. Es una discreción pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discreción me llega algunas veces á fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano atrevido de la imaginación, aunque sea por un disparate estupendo. Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo menos ese compás que el entendimiento—no la fantasía—va marcando fríamente al través de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta percíbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna á escribir y torna á borrar. El arte es de todo punto necesario, pero conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en vez de arte, no den en llamarle artificio.

Mas si la inspiración del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso á lo correcto. Me gustan más, lo confieso, los aromas penetrantes de un bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero también aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen en los tiestos. Me gustan más las tierras que naturaleza hizo fértiles, pero me agradan también mucho las que lo son por la diligencia y el esmero de su dueño.

Tiene, á más de dulzura y elegancia, la inspiración de nuestro poeta un no sé qué de buen tono, un cierto dejo aristocrático que al trasmitirse á sus obras se filtra también en el alma de los espectadores. Cuando salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana, sin saber por qué, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca, y al poner al pie en la calle me extraña grandemente que no me espere para llevarme a casa un ligero y elegante landó con dos caballos.

Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de nuestro poeta cuando toma asiento en el sillón presidencial, reduciéndose á ser más amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que saben resistir con buen éxito á la influencia artística del presidente. ¡Cuántas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros detrás, bostezando una de estas rebeldes sesiones! Así que llega á persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distraídas que pasea por el ámbito de la sala logran enternecer á la empedernida sesión, el señor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la prudencia y su alta representación aconsejan. Se echa hacia atrás, y apoyado el codo en el brazo del sillón, deja reposar blandamente la mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero su abundante cabellera empieza á descender con lentitud por el suave declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de aquel rostro literario más que político. Al poco rato, sobre la silla presidencial ya no se ven más que cabellos. El Congreso está presidido por una melena.

La luz que poco antes entraba á torrentes por los medios puntos abiertos en las alturas del salón, empieza á retraerse disgustada de la inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por encima de la «orden del día», que se halla extendida sobre la mesa, y baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse daño por la charolada madera de la tribuna hasta el redondel, ó como se llame. En el redondel no están más que los taquígrafos, gente de escasa importancia. La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul, donde se encuentra á la sazón un ministro. La luz se apercibe un momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara con él, interpelándole:—¡Eh! señor ministro, ¿qué noticia tiene S. S. de los desórdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro. Bien se le conoce en la mirada severa y rápida que lanza de una vez á toda la derecha. Esta mirada va á extenderse también á la izquierda, mas la luz allí se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente en el terciopelo de los bancos. Después se pone á escalar con trabajo las paredes, deteniéndose en cada relieve y en cada adorno para tomar aliento. Después se asoma á la boca de las tribunas, y al ver su negrura renuncia de buen grado á esclarecerlas. Sin embargo, allá enfrente, en la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno á lo sagrado y augusto del recinto, se detiene frívolamente á jugar con aquella cabeza, y ahora se empeña con malicia en herirla en los ojos para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos, ahora la baña pérfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. ¡Ay! ¡quién no se ha detenido alguna vez en su vida á jugar con una cabecita blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no obstante, á la luz á abandonar aquella cabecita, y se despide de ella con un prolongado beso, primero en los labios, después en los ojos, después en la frente, después en el pelo. ¡Adiós! ¡adiós! Sube un poco más y llega al techo. Allí se para un buen espacio, y medrosa quizá de los grifos y cariátides, tiembla y se estremece, lanza vivos y vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ángulos, todos los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra á todas partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras de los cuadros. Después, sin saber por dónde, se va como si fuera un duende.

El Sr. Ayala, bien guarecido detrás de su melena, contempla absorto en esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie diría, al verlo con los ojos desmesuradamente abiertos é inmóviles, que preside una sesión de diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de espíritus.

¡Y quién sabe si lo presidirá! ¡Quién sabe si de allá, de los negros rincones de la estancia, saldrán flotando mil imágenes tristes ó risueñas, de todos colores y apariencias, que irán á formar en el aire y delante de nuestro presidente una mágica asamblea! Siendo así (que me perdone el orador que use á la sazón de la palabra), yo asistiría con más gusto á esos debates invisibles del espacio que á los que debajo de ellos se efectúan.

D. VENTURA RUIZ AGUILERA