CAPITULO IX
EN EL CUAL LA SEÑORA DE ALAVA RECONOCE QUE EL UNIVERSO ESTÁ PERFECTAMENTE BIEN ORGANIZADO
Un cielo límpido, de un azul de esmalte, sin una nube en toda su extensión. Sólo allá adelante, muy lejos, sobre la masa verdinegra de un grupo de árboles, se desvanecía un copo blanco. ¿Una nube? Bien rara, por cierto, si lo era... Desde la ventanilla del tren, Amenábar la veía aparecer bruscamente como un punto blanco, inflarse con torpeza e irse confundiendo poco a poco en el azul purísimo del firmamento, para luego resurgir como un punto blanco, cincuenta metros más arriba o más abajo, hincharse y diluirse de nuevo. Muy atento al extraño fenómeno meteorológico, el clubman había olvidado el objeto de su viaje cuando oyó decir:
«Pronto llegaremos.»
Recordó entonces cómo el encuentro con Adolfito Alava Martín, llegado tres días antes de Londres, le obligara a hacer con él ese viaje, en tren especial, cuando tenía resuelto eludir la ceremonia enviando un telegrama. Pero ahora, ante el encanto de una mañana como aquélla, todo su fastidio se desvaneciera.
¿Qué importaban los discursos, el descubrimiento del busto de D. Juan Martín, la bendición de las salas, los invitados y los miembros de la familia, si con mirar al cielo se sentía penetrado de una paz infinita? Abandonado a un sentimiento bucólico, seguía mirando la caprichosa nube. A medida que se acercaban a ella se concentraba y se disolvía con mayor rapidez. Substrayéndose por un momento a su contemplación, Amenábar pensó con vergüenza en su ignorancia sobre los fenómenos de la Naturaleza. «He ahí un hecho—se dijo—que debe ser sabido de toda la gente de campo, acostumbrada a levantarse temprano, y que a mí, que conozco todas las grandes capitales del mundo, me produce un asombro de salvaje.»
La nube continuaba rehaciéndose y fundiéndose en el azul, sobre el grupo de árboles, con una perseverancia encomiable. A Amenábar le pareció advertir hacia aquel lado unos golpes sordos.
El tren disminuyó su marcha... Entonces Amenábar pudo reconocer sin dificultad el estampido de la bomba, que cada medio minuto se deshacía en un copo de humo blanco, sobre los árboles, anunciando la fiesta.
Por el camino de tierra, que un poco más adelante surgió de improviso al lado de la vía, iban algunos autos, grandes coches de campaña, fords de chacareros, paisanos a caballo y un destacamento de la gendarmería provincial. Avanzando con lentitud, venía detrás un coche de ciudad cerrado, tras cuyos cristales veíase un hábito violeta y dos sotanas negras.
«Es el obispo», dijo alguno de los que se habían agolpado en las ventanillas del vagón. Y con el regocijo de quien ve disiparse una perspectiva desagradable, los que acompañaban a Adolfito Alava Martín comenzaron a reconocer a los que iban por la ruta.
Casi todos los veraneantes del balneario vecino se habían trasladado a la inauguración de la colonia de vacaciones.
El tren especial en que el nieto de D. Juan Martín reuniera a todos los amigos que se hallaban en Buenos Aires entró, multiplicando las señales de alarma, en la pequeña estación. Amenábar, deseando desentumecer las piernas, bajó el primero. Apenas puso el pie en el andén, un operador cinematográfico, enfrentándosele, comenzó a dar vueltas a la manivela de su aparato.
A espaldas suyas estallaron de pronto los clarines de una banda lisa. Era la banda de bomberos de La Plata que, de uniforme de gala, acababa de descender de otro convoy, detenido en un desvío.
Pocos pasos adelante reconoció al gobernador de la provincia, de traje claro y sombrero blando, acompañado por un ministro joven que parecía muy preocupado del efecto del rocío sobre sus botines de charol. Por la ruta que llevaba de la estación al grupo de pabellones blancos con techado rojo, donde se aglomeraba la gente, veía desarrollarse la cinta amarilla de una sección de boys scouts. Las bombas, ahora más frecuentes, atronaban el espacio; las bocinas de los automóviles formaban un tumulto confuso y el clamoreo de los clarines parecía querer competir con el sol deslumbrante.
Amenábar perdió la última ilusión que le quedaba de la paz campesina. Aturdido, después de una noche de viaje en tren, se perdió entre la muchedumbre, que a eso llegaba la asistencia a la ceremonia.
«¿Cómo habrá hecho Juana María para reunir esta gente aquí?», pensó, no sin asombro. Luego, con la buena fe de un espectador desinteresado, presenció el descubrimiento del busto de D. Juan Martín en el pequeño hall del pabellón principal. La colonia de vacaciones había sido puesta bajo la advocación de su nombre, como en homenaje a su memoria y como un ejemplo a los que allí se asilaran de lo que pueden el trabajo y la constancia. Descubiertos respetuosamente, los espectadores contemplaban la efigie de mármol sobre cuya fuerte nariz cabalgaban unos lentes de oro... ¡Aquellos lentes que durante su vida le servían para no dejarse apiadar por la miseria, para no ser débil, ni compasivo, ni generoso, para no ver sino lo que resueltamente le convenía!
El obispo de Heráclea pronunció el panegírico. Fué una hermosa peroración, que consistió únicamente en el desarrollo de este pensamiento, que monseñor de Filippis atribuyó a Veuillot: «¿Qué es una hermosa vida? Un pensamiento de la juventud realizado en la edad madura...»
El seguro conocimiento que evidenciaba siempre de una literatura tan profana como la francesa era una de las causas de su prestigio mundano. Aquella cita lo robusteció por mucho tiempo.
Mientras monseñor hablaba, Juana María, llorando de emoción al recuerdo del padre, pensaba que esa fórmula era también aplicable a ella: había conseguido todo cuanto se propusiera en la juventud. Lo último, lo que más le costara, lo acababa de obtener: poseía la mejor casa de Buenos Aires, y de ahora en adelante tendría un antepasado ilustre.
Los demás discursos, el del gobernador de la provincia, aceptando la donación, y el del director del nuevo establecimiento no le dejaron ninguna duda sobre el punto. El nombre de D. Juan Martín había entrado en la gloria...
A mediodía la mayor parte de la concurrencia se dirigió a la estancia de Alava, que quedaba allí cerca. Mucha gente, mujeres sobre todo, deseaban contemplar a Heraldic, el famoso padrillo que el gran criador había adquirido en Inglaterra, para su haras, en una suma fabulosa. Otros, hombres serios en su mayor parte, preferían ver los mejores ejemplares de la cabaña. Por último, un grupo pequeño de visitantes de mediana condición social, que tenían el culto de los self-mademan, se dió a buscar la célebre máquina de afilar a que se hacía referencia siempre que se aludía a los orígenes de la fortuna de D. Juan Martín.
Esta vez la señora de Alava se puso a la cabeza de los curiosos. Los llevó hasta un pequeño galpón, donde, cubierta por una lona, se hallaba la máquina, con su rueda única, su pedal, la piedra gastada y el tarrito del agua.
«¡Cómo la cuidan!», dijo con admiración uno de los del grupo. El aparato, en verdad, no representaba tener el medio siglo que le atribuía la leyenda. Monseñor de Filippis, que no se apartaba de la señora de Alava, descubrió entonces que la máquina tenía la patente del año anterior. E inmediatamente, con su fino sentido de la adulación, celebró la piedad filial de la señora, que, como una suerte de tributo a los manes paternales, renovaba todos los años la patente del aparejo.
«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»
Entre tanto, la hija de Juan Martín, conturbada por el detalle inadvertido y temiendo que por otros signos se descubriese la piadosa substitución de la reliquia desaparecida, había dejado caer de nuevo la lona. Salieron del galpón, y mientras se alejaban iba pensando que era ridículo que ella, que había reunido en su casa de la calle Juncal muebles antiguos, venerables obras de arte, vinos añejos y cuadros del Renacimiento, no hubiera podido conseguir una máquina de afilar vieja de veinte años.
Fué el único pensamiento desagradable que tuvo aquel día.
Por la noche, sin embargo, sufrió una pesadilla atroz. Soñó que el padre había vuelto y todo lo realizado en los tres años que estuviera ausente se desvanecía como una pintura lavada con ácido: la Sociedad anónima, la casa colonial, el haras, la colonia de vacaciones. Don Juan Martín era más hosco, más intratable, más grosero que nunca. Dejaba que le rematasen la estancia a Alava y pretendía que Adolfito fuese a trabajar a las oficinas de la Empresa.
Y quería obligarla a ella a que le acompañase en sus paseos por la ciudad, mientras él iba empujando la vieja máquina de afilar y llamando la atención con su silbato.
¿No había acaso escoltado a la madre cuando iba al lavadero? Como un conjuro infernal, surgió ante ellos la figura de la madre, zafia, procaz, con un cesto de ropa blanca sobre la cabeza. Los tres echaron a andar por las calles aristocráticas, por los paseos distinguidos, por las playas de moda. Pasaban por entre filas de gente conocida que no la reconocían. Anonadada de vergüenza, oyó al obispo de Heráclea decirle, sacudiendo jovialmente la mitra:
«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»
Bruscamente se le despertó un odio terrible contra el espectro—¿era verdaderamente su padre?—que la arrastraba en aquel paseo infamante. Toda la gente había desaparecido y se encontraban en un desierto rojo. Alzó el brazo para golpear al fantasma y se despertó sentada en la cama en su dormitorio de la estancia. Aunque el resplandor rojizo del velador le permitía darse cuenta de los muebles familiares, de los detalles conocidos, de su fisonomía misma, que el psyché reproducía en un ángulo de la habitación, permaneció largo rato con las pupilas agrandadas por el terror, temblando y a punto de llorar de miedo. ¿Había muerto efectivamente el padre? ¿Habían pasado de verdad tres años?
Poco a poco fué recobrando el sentido de la realidad. Reconstruyó todo lo ocurrido en ese espacio de tiempo y se dió cuenta que había sido víctima de una pesadilla. Pero aun así, su inquietud no desapareció por completo. ¿Podrían volver los muertos? Se quedó pensando en esta posibilidad, que nunca hasta entonces se le había ocurrido. Pero pronto la desechó. Aunque la Dirección de Cementerios no ofrece ninguna garantía al respecto, los muertos no vuelven. Eso para ella era una prueba más de que el Universo estaba perfectamente bien organizado.
ÍNDICE
| Páginas. | |
| [Prólogo] | [7] |
| [El cocobacilo de Herrlin] | [15] |
| Capítulo primero.—Simple introducción a una historia complicada | [17] |
| Capítulo II.—Un informe consular | [20] |
| Capítulo III.—La mancha azul | [26] |
| Capítulo IV.—Preliminares de la campaña | [30] |
| Capítulo V.—La primera vuelta | [34] |
| Capítulo VI.—La máscara de hierro | [39] |
| Capítulo VII.—Donde se entra en contacto con el enemigo | [42] |
| Capítulo VIII.—Revista de fuerzas coloniales | [48] |
| Capítulo IX.—«Don Pepe» | [58] |
| Capítulo X.—Síntesis de tres ejercicios financieros | [62] |
| Capítulo XI.—Donde el cocobacilo de Herrlin se apresta a entrar en acción | [66] |
| Capítulo XII.—«Don Juan» | [73] |
| Capítulo XIII.—El honor de los pueblos | [79] |
| Capítulo XIV.—La septicemia de Herrlin | [84] |
| Capítulo XV.—Una campaña electoral | [89] |
| Capítulo XVI.—The Rabbit’s March | [96] |
| Capítulo XVII.—«¡El conejo no existe!» | [105] |
| Capítulo XVIII.—Donde se revela por fin la singular eficacia del cocobacilo de Herrlin | [110] |
| [Una semana de holgorio] | [117] |
| Prólogo.—Julio Narciso Dilon | [119] |
| Capítulo primero.—Desgraciado en el juego | [121] |
| Capítulo II.—...afortunado en el amor | [131] |
| Capítulo III.—El damero a media noche | [135] |
| Capítulo IV.—Asalto a una Comisaría | [139] |
| Capítulo V.—¡Alto el fuego! | [142] |
| Capítulo VI.—La luz de un nuevo día | [146] |
| Capítulo VII.—Convicto y confeso | [149] |
| Capítulo VIII.—Un interrogatorio | [153] |
| Capítulo IX.—Aramis | [157] |
| Capítulo X.—La ninfa Eco | [161] |
| Capítulo XI.—«Hands up!» | [164] |
| Capítulo XII.—La vuelta al hogar | [168] |
| Capítulo XIII.—El asalto a la Comisaría 44 | [170] |
| Capítulo XIV.—De cómo recobro el uso de la razón y otros objetos | [174] |
| [El culto de los héroes] | [179] |
| Capítulo primero.—De cómo D. Juan Martín iba acortando sus paseos | [181] |
| Capítulo II.—En que se muestra que la piedad, como otros achaques de la vejez, la miopia por ejemplo, puede corregirse con el uso de cristales adecuados | [185] |
| Capítulo III.—Breve excursión a través de los apellidos | [191] |
| Capítulo IV.—El huevo de Leda | [196] |
| Capítulo V.—La vuelta al Colonial | [207] |
| Capítulo VI.—La muerte del héroe | [219] |
| Capítulo VII.—Transfiguración | [224] |
| Capítulo VIII.—Luto liviano | [232] |
| Capítulo IX.—En el cual la señora de Alava reconoce que el Universo está perfectamente bien organizado | [236] |
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