CAPITULO II
EN QUE SE MUESTRA QUE LA PIEDAD, COMO OTROS ACHAQUES DE LA VEJEZ, LA MIOPIA, POR EJEMPLO, PUEDE CORREGIRSE CON EL USO DE CRISTALES ADECUADOS
Esa vez, al llegar al edificio de la Empresa, D. Juan Martín advirtió que, contra su costumbre, no había sido durante la breve caminata dueño de sus pensamientos. Evidentemente, el encuentro con su nieto habíale puesto de mal humor. Una sucesión lenta de ingratas escenas familiares, un sentimiento difuso de soledad y la impresión angustiosa de que su ausencia definitiva no sería lamentada por nadie, le dominaron durante todo el trayecto. Así, cuando se vió ante la puerta de su despacho y recordó que debía resolver en última instancia aquel asunto de los terrenos de Puente Alsina, se notó desapercibido y en mal estado de ánimo.
Don Juan Martín nunca dejaba librado al azar de una entrevista el resultado de un negocio, pequeño o grande. Iba siempre a ella con un plan apenas esbozado, pero llevando una decisión prolijamente madurada en sus paseos, de la que no se apartaba un ápice.
Pero en esta ocasión estaba desorientado e indeciso. ¿Consentiría en renovar una vez más el contrato de alquiler a los paisanos suyos, que desde tiempo inmemorial poseían en aquellos terrenos un establecimiento entre rural y urbano, a la vez fonda, cancha de bochas y corralón de hacienda?
El creciente desvío de la hija, que comenzara poco después de la muerte de la madre, le había ido acercando a sus paisanos, le hacía complacerse en las evocaciones de la tierra natal, tan lejana en sus recuerdos, y le convirtiera en el filántropo de que hablaban los periódicos regionales de aquí y de allá. Por eso mantuviera hasta entonces improductivos aquellos terrenos comprados casi por nada a fines del siglo, que había visto, en su última visita, rodeados de amplias avenidas, calles pavimentadas, líneas de tranvías, casas modernas y edificios industriales. Sus dos paisanos, padre e hijo, venían disfrutando de esa locación excepcional con la misma candorosa indiferencia con que se habían dejado cercar por el progreso y la riqueza, sin modificar sus hábitos rurales adquiridos treinta años antes, cuando aquel lugar era el tránsito obligado de los arreos que iban al matadero. ¿Prolongaría esa situación absurda, perjudicando un plan ya antiguo de ampliación de los depósitos de la Empresa, para no alterar la dejadez crónica de los dos acriollados asturianos?
Cuando penetró en el despacho, ya le estaban aguardando, zurdamente acomodados en sendos sillones, sus dos inquilinos: el padre, un anciano de barba blanca, pañuelo de seda negra al cuello, ropa obscura y botines de elástico, y el hijo, un hombre ya maduro, fornido, con aspecto de capataz de estancia. Don Juan Martín los saludó sin mucha espontaneidad; ocupó su asiento tras el escritorio, y al punto entabló la conversación con sus comprovincianos. Los dos inquilinos no conservaban el menor dejo del acento nativo. Hablaban con la prosodia llana y el lenguaje descuidado de los hombres del campo de Buenos Aires. En cambio, D. Juan Martín, que nunca perdiera la ruda pronunciación regional, había adquirido en la última época de su vida, por su frecuentación del alto comercio español, el prurito del casticismo. Y nada más cómico, a causa de esa diferencia idiomática, que la continua apelación a los orígenes comunes, al deber de ayudar a los paisanos, al amor al terruño con que los dos suplicantes procuraban ablandar al hombre de negocios.
Mientras así le hablaban, D. Juan Martín, lejos de conmoverse por las evocaciones ingenuas de la aldea, casi desvanecida en su memoria, pensaba en la catástrofe que significaría para aquel viejo verse expulsado del lugar en que, por una síntesis frecuente en los inmigrantes españoles que no han sido arrastrados por el vértigo de la ciudad, conciliara desde su llegada al país el espíritu sedentario del agricultor europeo con la clásica despreocupación del gaucho. En todo el tiempo que llevaban aquí no habían ahorrado un centavo, ni acreditado su negocio, ni conseguido aptitud alguna para abrirse camino en la vida. Todo su capital consistía en la clientela, cada vez más escasa, que acudía a aquel establecimiento indefinido, último representante de la ya olvidada tradición del barrio. Contra la formidable presión del ambiente que tendía en cien formas distintas a desplazarlos, a arrojarlos a los nuevos suburbios, para hacerles repetir al cabo de cuarenta años los días azarosos de la inmigración, no tenían más defensa que la buena voluntad de su afortunado paisano.
Don Juan Martín sentía que se iba emocionando. Le impresionaba, sobre todo, la afinidad espiritual que era posible advertir entre el padre y el hijo, el cariño viril que se profesaban, la semejanza en la figura, en los gestos, en la voz... Y envidiaba al pobre viejo de barba blanca esa paternidad absoluta, acabada, tanto quizá como él suponía codiciaban los otros su actual opulencia.
Estaba a punto de pronunciar la palabra definitiva que devolvería la tranquilidad a sus visitantes—D. Juan Martín nunca se desdecía—cuando alcanzó a ver sobre la mesa el estuche de los lentes. Con un gesto maquinal los abrió, montó los cristales sobre su fuerte nariz y comenzó a revisar el fajo de papeles que tenía ante sí. Era el anteproyecto del inmenso depósito para la Empresa, a construirse sobre los terrenos de Puente Alsina. La oficina técnica que los había formulado algunos años antes y que ahora insistía en ellos con motivo de la terminación del irrisorio contrato señalaba la necesidad, cada día más imperiosa, de descongestionar la casa central, de tener un local adecuado para los camiones, de alejar el tráfico de las parroquias aristocráticas. Había que aprovechar, además, los precios transitoriamente bajos de los materiales de construcción. Todo esto, gracias a la ampliación de los cristales, se le aparecía con caracteres nítidos, con una acuidad de visión que era a la vez un placer del sentido y de la mente.
En cambio, al levantar la cabeza, las siluetas de los dos hombres que, encogidos en la penumbra, estaban aguardando la respuesta, se le presentó borrosa, confusa, apenas perceptible.
Y sin vacilar, con un solo movimiento negativo, condenó irrevocablemente a sus dos paisanos a la miseria.
CAPITULO III
BREVE EXCURSIÓN A TRAVÉS DE LOS APELLIDOS
«... but the last name is certainly meant,
by all logic and history, to link a man
with his human origins, habits or
habitation.»—G. K. Chesterton.
Don Juan Martín no tenía apellido. Es decir, el nombre de Martín, que recibiera de su padre, y éste a la vez de sus obscuros antepasados, no había sufrido la deformación que la costumbre exige para que se le considere un apellido. Parecía un nombre de expósito, y a esta circunstancia, que causara la aflicción de su hija, debiérase el que, por un homenaje inconsciente al iniciador de la industria, todas las Empresas de mudanzas llevaran durante un tiempo en Buenos Aires nombres de expósitos: Juan José, Pedro Juan, Luis Martín, etc.
Tal suerte de apellidos no evolucionados es relativamente numerosa y no tiene por fuerza consecuencias nefastas para el ansia de figuración social de sus poseedores. Basta juntarlos indisolublemente con los apellidos maternos, con lo cual fórmase un nombre compuesto más o menos eufónico, pero que es prenda segura de un antiguo linaje.
A la chica de Martín, cuando soltera, ni siquiera ese recurso le había quedado. El apellido de la madre, muerta hacia fines del siglo pasado, era un nombre imposible de exhibir a causa de lo que evocaba. Debió, pues, limitarse al uso del simple apellido paterno hasta que por el matrimonio lo completó con el de su marido, Alava, anteponiéndole la obligada partícula de, que acentuaba el efecto, al añadirle una vaga ilusión de aristocracia.
Doña Juana María Martín de Alava había olvidado hacía ya mucho tiempo esa humillante preocupación de su juventud. Así, cuando advertida por el padre de que en la semana próxima cumpliríase el vigésimoquinto aniversario del fallecimiento de la madre, y al disponerse a redactar el aviso de unos funerales, no es de extrañar que tuviera una ligera vacilación: la señora de Alava no recordaba el apellido de la madre.
Largo tiempo estuvo con el extremo del lápiz de oro entre sus labios bermejos, la mirada de sus ojos azules perdida en el vacío y el busto inclinado tratando de recordar el otro nombre de la madre.
No sin una ligera emoción, evocó su imagen. Volvió a verla, y se vió ella como hacía treinta años, pequeña, descalza, desarrapada, ayudándole a torcer la ropa en el lavadero de la ribera y siguiéndola luego por la barranca de la calle Comercio, en el camino de regreso a casa. Con un rubor retrospectivo recordó las injurias dialectales con que solía contestar los chicoleos atrevidos de los cuarteadores, a quienes llamaban la atención sus colores de campesina y el garbo con que llevaba en equilibrio sobre la cabeza, por la empinada cuesta, el monumental cesto de la ropa blanca.
Doña Juana María se asombró un poco de tener tan presente ahora el lugar de la escena. La vez pasada, con motivo de una visita a la sala del Patronato de la Infancia, que se halla por aquellas inmediaciones, había pasado por allí y nada recordara.
Luego, ya distraída del objeto de su esfuerzo rememorativo, pensó en cuán pequeña fuera la parte de la madre en el destino común. Muerta cuando apenas comenzaba a apuntar la prosperidad, su recuerdo no estaba vinculado a ninguno de los sucesivos triunfos familiares logrados merced a la tozudez del padre y a la habilidad de la hija.
La señora de Alava se atribuía, en efecto, un papel importante en el encumbramiento de don Juan Martín, cuyos aciertos financieros había ella realzado y centuplicado mediante la sucesiva elevación del plano social en que debían desenvolverse. Por cierto que la ambiciosa señora no se sentía muy apoyada en esa tarea de equilibrar constantemente el grado, siempre en ascenso, de la riqueza con los gustos, la educación, los modales y el tren del formidable trabajador.
¡El padre era tan brusco, tan limitado, tan egoísta! ¡La había dado tantos disgustos!
Por contraste, pensó en la madre, que no la había dado ninguno; la madre, que se había marchado discretamente de la vida antes de que su ignorancia y su torpeza hubiesen comenzado a importunar a la hija.
De ella no quedaba sino una fotografía desvanecida y una mala ampliación al carbón que D. Juan Martín se obstinaba en conservar en su dormitorio.
La señora retuvo, quizá por primera vez, que de ella había heredado el color de los ojos, la frescura de la boca, el porte gentil...
Y quedóse meditando, los grandes ojos azules perdidos en el vacío, el lápiz de oro apoyado contra los labios bermejos, con aquella expresión a la vez hierática y desdeñosa que se había compuesto inspirándose en las láminas mundanas del Sketch.
¿Llegó a recordar la señora de Alava el nombre impublicable?
Probablemente no; porque el aviso que apareció en los diarios decía así:
MANUELA N. DE MARTIN, Q. E. P. D., FALLECIDA el 15 de marzo de 1894...
CAPITULO IV
EL HUEVO DE LEDA
Poco interesados en aquella exhibición de un establo absolutamente aséptico, en el que cada uno de los animales tenía a su cabecera, prolijamente encuadrada, su ficha individual, como los enfermos de los hospitales, Amenábar y el embajador de España habíanse quedado a la zaga de la comitiva.
—¿Se imagina usted—observó Amenábar—qué pensarán los peones de este establecimiento cuando se les diga que Jesucristo ha nacido en un establo?
El embajador, que, a pesar de ser diplomático de carrera, tenía la imaginación viva, sonrióse ante la idea de un retablo «absolutamente aséptico», con una vaca de pédigree, pesebres de níquel, algodón hidrófilo, gasas, ácido bórico pulverizado para simular la nieve, y unos angelitos que parecieran arrancados de la portada de un libro sobre Eugenia, extendiendo sobre el candoroso grupo de la Sagrada Familia esta leyenda: Salus populi suprema lex...
Pero el hábito profesional se impuso inmediatamente a su espíritu risueño y dijo con suavidad:
—Hay en esta extremosa preocupación por la ganadería, como en la ligera jactancia que casi todos vosotros tenéis de ser entendidos en las faenas rurales, un explicable orgullo de los orígenes de vuestra riqueza, así la colectiva como la individual. Sois un pueblo agrícola y ganadero; vuestra naciente aristocracia fúndase, más que en la tradición del apellido, o en el capital amonedado, en las extensiones de campo que hicieron fructificar el esfuerzo y la industria propios o de vuestros ascendientes. Y como las aristocracias no se forman sino por la consagración de sucesivas generaciones a una empresa común, encuentro loable y justificadísimo el empeño que ponéis en mostraros los mejores criadores del mundo...
Hablando así, el embajador de España preparaba la pequeña disertación con que luego, en la mesa, procuraría ser agradable a los dueños de casa y mostraría ante el Infante que había penetrado el espíritu del país.
—Así, el señor de Alava—continuó el diplomático—, al aplicarse, con todos los recursos de su ciencia y de su experiencia, a refinar el plantel ganadero, prosigue y enaltece la obra de progreso iniciada por D. Juan Martín cuando trajo a esta granja las pocas primeras vacas que fueron el origen de su actual fortuna...
—Le advierto—interrumpió Amenábar—que la fortuna de D. Juan Martín tiene orígenes absolutamente metropolitanos. Nuestro anfitrión, desde que llegó a Buenos Aires, en el 78, no salió jamás de la capital.
—Entonces—dijo inquieto el diplomático, que veía deshacerse su pequeño efecto oratorio del almuerzo—es el señor de Alava...
—Alava—repuso implacablemente Amenábar—es médico, hijo de unos pequeños comerciantes españoles. Hasta que casó con Juana María no había pensado nunca en dedicarse a la cría de ganado fino: pero las amistades de Club le sugirieron eso que es ya la consecuencia obligada de todo buen matrimonio: irse a trabajar al campo con el dinero del suegro.
Y ante un gesto de desagrado del embajador, que no respetaba la riqueza adquirida en el comercio, cosa de judíos y de ingleses, Amenábar le refirió la historia del encumbramiento de D. Juan Martín. Cómo había andado por las calles con su piedra de afilar y su silbato; cómo había tenido la audacia de uncirse él mismo al primer carro ligero de dos ruedas que conociéramos en el país; cómo fundara una empresa de mudanzas, y cómo ésta se convirtiera al cabo de los años en la poderosa Compañía de transportes y encomiendas que llevaba su nombre.
—No crea usted—terminó Amenábar—que D. Juan Martín hace misterio de sus comienzos. Por el contrario, exhibe su origen humilde y recuerda la dura vida de su juventud con una insistencia que resulta molesta a Juana María, sobre todo ante ciertos huéspedes. El viejo ha conservado religiosamente la máquina de afilar, y hubo un tiempo en que la mostraba con orgullo a todos cuantos le visitaban. Por cierto que esa manía fué la tortura de la hija, tan distinguida y tan cuidadosa de su prestigio mundano, porque a causa de ella recibió el mote de «la afiladora»... ¿Usted conoce el sentido que esa palabra tiene entre nosotros?... Eso la desesperaba... Poco a poco, a fuerza de estrategia ha conseguido que el padre relegara a este alejado establecimiento de campo, adonde no viene casi nunca, el molesto artefacto. Ya verá usted, a menos que Juana María se interponga con su infinito savoir faire, cómo el viejo nos lleva hasta donde está la máquina.
Amenábar bajó la voz porque iban acercándose al grupo principal. Estaban al final de los boxes. El infante de Aragón, fatigado de interrogar sobre cada animal y de escuchar con aire complacido las respuestas sabias de Alava, dejó vagar la vista por la extensión esmeralda del campo que se desplegaba más allá de la verja, pintada de bermellón. Don Juan Martín, que había guardado silencio hasta entonces, creyó oportuno intervenir en la conversación suspendida.
—Cuando yo llegué a Buenos Aires—comenzó a decir—y andaba...
—¡Por Dios, papá!—interrumpió rápidamente Juana María, temerosa del inevitable desarrollo de aquellas evocaciones paternales—. ¡No es necesario remontarse al huevo de Leda!
—¡Qué huevo, ni qué huevo! ¿Quién está hablando ahora de huevos?—replicó severamente el padre—. Le decía al señor—continuó indicando al príncipe—que cuando yo llegué a Buenos Aires, allá por el año 78...
La señora de Alava sintió que las piernas le flaqueaban y que el paisaje daba vueltas en torno suyo vertiginosamente. Una angustia indecible le atenazaba el pecho, y el sonido de las palabras del padre le llegaba interrumpido por el latido de la sangre que le golpeaba en los tímpanos con el galope rítmico de un metrónomo alocado. Toda la mañana había estado temiendo aquella catástrofe y ahora se producía allí, en las peores condiciones, a un paso del galpón donde se guardaba la máquina infernal.
Cuando consiguió serenarse, ya D. Juan Martín había dejado de hablar. No fuera todo sino una falsa alarma. El anciano había observado simplemente que el perfeccionamiento del ganado criollo era un hecho indiscutible para él comparando sus recuerdos con lo que ahora en las mismas calles de Buenos Aires podía advertirse.
La señora de Alava respiró profundamente e indicó la necesidad de regresar a la casa para el almuerzo. Todos se pusieron en marcha. Alejado el peligro, Juana María sonreía con la sonrisa tímida de los convalecientes, pálida aún por la impresión sufrida.
En la mesa, sentada a la derecha del infante, frente a monseñor De Filippis, que no hacía sino elogiar la mansedumbre de la existencia campesina en aquella casa donde no faltaba ninguno de los refinamientos de la ciudad, y junto al embajador, que aspiraba en cada momento a dar a Su Alteza una impresión exacta del carácter porteño, la hija de Juan Martín tuvo conciencia de que por primera vez en la vida se realizaba plenamente su destino. El padre, el único detalle que podía entenebrecer aquella visión triunfal, desaparecía en un extremo de la mesa, entre un periodista español, elocuente y voluminoso, que acompañaba al infante en la gira por América, y el oficial argentino, edecán del príncipe, al que continuamente se le escapaban los cubiertos con un estrépito atroz.
A mediados de la comida, el embajador, que se había servido pródigamente del borgoña blanco—un Montracher 1900—, aprovechando una coyuntura favorable comenzó a hablar:
—Hay en esta extremosa preocupación por la ganadería, así como en la ligera jactancia que casi todos vosotros tenéis de ser entendidos en las faenas rurales, un explicable orgullo de los orígenes de vuestra riqueza, tanto la colectiva como la individual. Sois un pueblo agrícola y ganadero...
Ya lanzado en el tema, por un hábito profesional, reprodujo exactamente lo que una hora antes le había dicho a Amenábar. Repitió todo, hasta la alusión a las primeras vacas que fueron el punto de partida del enriquecimiento de D. Juan Martín.
Y la rectificación fatal se impuso. Desde el extremo de la mesa el potentado recordó su vida de trabajo, las humillaciones sufridas, las fatigas y los desalientos sobrepujados, caminando constantemente por las calles de la inmensa ciudad.
Juana María soportó con noble entereza el temido contratiempo. Había advertido que, a partir del segundo plato, el infante, rojo y abotagado, cayera en una especie de sopor que le mantenía insensible a todo lo que no era comer y beber.
Lo que más le alarmó fué verle a Amenábar anotar algo, sonriéndose, en la tarjeta del menú.
Adivinó una malevolencia y tuvo un ligero estremecimiento.
En la lista del menú, impreso en una cartulina transparente, que ostentaba en relieve el escudo de armas del príncipe, el clubman, con su letra clara e impersonal, acababa de interpolar:
Œufs de Leda a la gaffe.
Esa visita del infante a la estancia de Alava marcó para Juana María uno de los grandes momentos de su existencia. Aunque siempre guardó el penoso recuerdo del mal rato pasado durante el almuerzo, adquirió la convicción de que no se había equivocado en la conducta que venía observando desde que por la muerte de la madre quedara como compañera única de D. Juan Martín. No, no habían sido inútiles todas las sucesivas concesiones que fuera arrancando al tosco trabajador: la casa propia, el cambio de hábitos de vida, muebles lujosos, servidumbre abundante, cultivo de relaciones sociales y, por último, la estancia para Alava, costoso capricho de millonario.
Cada una de estas conquistas había demandado un largo asedio, constante ejercicio de paciencia y bruscos asaltos de rebeldía filial. Y los triunfos, lejos de allanarle el camino para otras victorias, se lo hacían más difícil, enardeciendo el espíritu del vencido. ¡Lo que le había costado decidirle a abandonar aquella necrópolis de la calle Venezuela, antiguo caserón del tiempo de los virreyes, con puertas macizas, ventanas de hierros forjados, patios con enredaderas, en que anidaban las arañas, y un aljibe! ¡Y convencerle de que edificase un hotelito en el Retiro, cerca del palacio de los Paz, que representaba entonces para Juana María el tipo de la vivienda señorial! Al recuerdo de tales luchas, la señora de Alava tenía una sonrisa fatigada. No, no habían sido inútiles tantos esfuerzos. La visión del trozo de mesa con el infante, el embajador y el obispo le iluminó interiormente. Pero al mismo tiempo pensó que su victoria no sería nunca absoluta ni definitiva. Había en su vida algo irreductible, que le amargaba los momentos más brillantes, que la mantenía en perpetua zozobra. ¿Qué podía ella en contra de su padre? Volvió a sentir la vergüenza de aquel almuerzo y recordó con qué furor contenido ordenó secretamente, antes de salir para Buenos Aires, la destrucción de la odiosa máquina de afilar.
Sólo al recibir, algunos días después, la noticia de que aquel inanimado compañero de andanzas de su padre había sido despedazado y aventados sus restos tuvo conciencia de cuánto y qué antiguo era su aborrecimiento.
CAPITULO V
LA VUELTA AL COLONIAL
Una tarde, pocas semanas después de la visita del príncipe, el auto de la señora de Alava se detuvo silenciosamente ante la entrada de las oficinas de la Empresa. Descendió de él doña Juana María, y con una agilidad aun juvenil, subió presurosamente la escalera que conducía al despacho de su padre, donde irrumpió, alegre y dominadora, envolviendo al anciano en un tumulto de palabras cariñosas y un hálito de violetas. Sorprendido, don Juan Martín no pudo menos que sonreír, a pesar de su adustez acostumbrada.
De algunos años a aquella parte esas visitas de la hija, que le llenaban de cierto orgullo paternal, se iban haciendo cada vez más raras. Antes, en los primeros tiempos de la Empresa, cuando el trabajo era rudo y las preocupaciones pesaban continuamente sobre su espíritu, D. Juan Martín tenía, por lo menos, la compensación de esa visita vespertina, seguida de un paseo a pie, durante el cual la joven parloteaba incansable, descubriendo bajo la mirada socarrona del padre todas sus ambiciones, todos sus celos femeninos. Y fué en esos paseos en los que Juana María había ido desbastando poco a poco la inteligencia del comerciante, reformando sus hábitos, ampliando el horizonte de su vida y acostumbrándole a no medir con el mismo patrón de estricta economía los gastos usuales y los expendios de carácter suntuario. Era aquel tiempo feliz en que su hija no tenía obligación alguna; después vinieron lo que llamaba ella sus «obligaciones», y las visitas al padre, al final de la tarea diaria, espaciáronse largamente.
La última vez que había estado en la oficina era precisamente un año antes, cuando don Juan Martín había tenido que acudir en auxilio de Alava, amenazado de ruina por su mala suerte en la cabaña y en el club. Y aun en tal ocasión Juana María, evidentemente preocupada por los contrastes financieros de su esposo, limitara todo su filial agasajo a una rápida vuelta por Palermo en compañía del anciano.
Le abrochó amorosamente el abrigo antes de salir. Luego bajó la escalera a su lado, sin prestarle apoyo, segura y como orgullosa de su fuerte ancianidad. Iba luciendo junto al padre su porte de reina, despertando ambos en los empleados que los veían descender la visión de la dicha completa: fortuna, belleza y amor familiar...
El auto arrancó suavemente. Ni el chauffeur ni D. Juan Martín preguntaron adónde iban. El primero, fuera de duda, tenía instrucciones precisas, y el segundo se entregaba a su suerte, arrellanándose en los cojines gris perla de la limousine con un abandono feliz. A modo de explicación del secuestro, Juana María dióse a elogiar el esplendor de aquella tarde de fines de otoño. Un sol invisible había espolvoreado de oro todo el cielo de occidente; proyectaba una luz clara sobre la cúspide de los edificios y teñía de rojo y amarillo las últimas hojas de los árboles, que así parecían irse consumiendo lentamente en un misterioso incendio.
A ambos lados del coche, como en una doble cinta cinematográfica, comenzó un sereno desfile de suntuosas viviendas. Era un espectáculo bien conocido de la hija de Juan Martín—hacía veinte años que en las épocas propicias y por las rutas fijadas por los demás cumplía como una de sus «obligaciones» aquel paseo a Palermo—; pero ahora lo contemplaba como si lo viese por vez primera, y las observaciones largamente maduradas caían de sus labios con toda la espontaneidad de un descubrimiento. La edificación no le gustaba: palacios horribles que parecían destinados a una institución de beneficencia o a un ministerio de Estado; palacetes en que se imitaban todos los estilos del Renacimiento francés e italiano; pesadas fantasías teutónicas; hotelitos adocenados, cuya descripción podría ella hacer en el obligado lenguaje de los avisos de remate, sin entrar siquiera en uno. ¿Cuándo la gente de buen gusto haría casas que nos recordasen que vivimos en Buenos Aires y pertenecemos a una raza que tiene tradición y espíritu propios?...
Don Juan Martín, como siempre, la escuchaba en silencio, aunque con una vislumbre irónica en los ojos, porque recordaba cuánto había deseado ella poseer un petit hôtel como los que ahora desacreditaba.
Estaban llegando al paseo de moda y el auto iba disminuyendo insensiblemente su marcha. El chauffeur, retornándose, con una mirada de inteligencia, detuvo el coche.
Descendieron, sumergiéndose en la corriente tranquila de los paseantes. Muchas caras conocidas, saludos a distancia y algunas sonrisas en las que Juana María creyó descubrir el asombro que causaba su insólita exhibición de amor filial. Algo inquieta, fuése alejando con el padre hasta un extremo del promenoir, como si buscase un sosiego propicio para sus expansiones. Don Juan Martín habló entonces por primera vez:
—¿Cómo anda tu marido?
—Bien—repuso con complacencia la hija, satisfecha de no tener nada que pedir por ese lado.
(¡Bastante trabajo le había dado la última vez!)
Y se quedaron en silencio contemplando el melancólico atardecer.
Un auto de carrera, amarillo, monstruoso, con los tubos de escape laterales como un animal que llevase las tripas fuera, pasó con lentitud atronando la alameda. Juana María reconoció, en un lampo de orgullo maternal, al mayor de sus hijos, Adolfito, que iba guiando la poderosa máquina. Se parecía al príncipe de Gales, pero era más dispendioso.
Guardóse muy bien de señalar su presencia al abuelo; D. Juan Martín profesábale al muchacho una hosca antipatía.
No rompieron su mutismo hasta que, ya de noche, despejado el paseo de gente, Juana María dijo levantándose, como si tuviera de pronto la noción de la hora:
—¡Vamos, papá!
Con paso rápido llegaron al auto, y tal como vinieran se inició el regreso: D. Juan Martín hundido regaladamente en los cojines y la hija hablando de lo mismo; la arquitectura de la Avenida Alvear la tenía preocupada.
Al anciano no le extrañaba esa insistencia en un tema dado. Reconocía obscuramente en la hija su propensión a no pensar sino en una sola cosa a la vez, a tender toda su voluntad y toda su inteligencia hacia un objetivo único, hasta lograrlo, hasta superarlo, hasta descubrir más allá de él nuevos incentivos, pretextos nuevos para un gran empeño.
Cerca de la casa, Juana María descubrió sus baterías. El «hotel» de la calle Maipú, con todo su lujo pesado, su frío confort, su arreglo impersonal, había comenzado a resultar inhabitable. Ella deseaba una casa apropiada al clima de Buenos Aires, algo que recordase nuestras costumbres y que evocara a la vez el pasado del país y el linaje de la raza. Una casa fresca, risueña, blanca, con grandes patios de azulejos llenos de flores y enredaderas, un frente sencillo con ventanas de hierro forjado y un ancho portalón de macizas batientes claveteadas.
Y mientras exponía eso al padre, con un entusiasmo que coloreaba de sangre sus mejillas, pensaba interiormente en los costosos detalles con que completaría ese plan sencillo: los vargueños auténticos, los viejos arcones, los cuadros de Ribera; el oratorio, que sería un pequeño museo de arte religioso y donde a veces se haría decir misa por el obispo de Heráclea...
Pero ¿querría el padre? No formuló la pregunta; mas envolviéndole en la suave mirada de sus ojos azules, aguardó respetuosamente la opinión del anciano.
—No me parece cosa difícil—comenzó a decir éste, sintiéndose interrogado.
Juana María no le dejó proseguir.
—¡Qué bueno eres, papá!—exclamó con efusión.
E inmediatamente le colmó de halagos: comerían juntos los dos solos, como en los buenos tiempos de su juventud; pasarían la velada juntos, y ella escucharía, como en otras épocas, sus proyectos comerciales.
Llegados a la casa, Juana María descendió del auto con aire triunfante, orgullosa y feliz. Midió con una mirada desdeñosa al palacete que habitaba desde hacía quince años como si ya fuese algo ajeno, y entró precediendo al padre.
La comida no pudo ser más íntima; Alava estaba en la estancia y Adolfito casi nunca hacía acto de presencia en la mesa familiar. Frente a frente, padre e hija recobraron un poco de la confianza mutua que se habían tenido.
Hacia los postres, D. Juan Martín encendió uno de los cigarrillos ordinarios, de que no había podido deshabituarse. La señora de Alava consideró oportuno el momento para reanudar la conversación de la tarde.
¡Deseaba tanto abandonar aquella vivienda fría, pesada y antipática! Insistió entonces con mayor abundancia en su sueño de la casa colonial, con grandes patios llenos de tiestos y enredaderas, ventanas de hierro forjado y el ancho portalón de gruesos clavos. ¡Cuándo alcanzaría a ver eso!
—Habrá que esperar a que termine el contrato—murmuró D. Juan Martín, continuando un monólogo interior.
—¿Qué contrato?—interrogó la señora, temiendo que el anciano no le hubiera prestado atención.
—El de la casa de la calle Venezuela. Mientras no termine, a menos que consientan en rescindirlo, no podremos volver a vivir en ella.
—¿Y quién piensa ir a vivir a la casa de Venezuela?—exclamó Juana María, estupefacta.
—¿Cómo?—dijo a su vez, asombrado, don Juan Martín.
¿No había ella aludido constantemente en la conversación a la vieja casa de la calle Venezuela, con sus grandes patios llenos de enredaderas, sus ventanas del tiempo de los virreyes y su ancho portalón macizo?
Con la angustia de quien, creyéndose victorioso, vese de pronto envuelto en la derrota, Juana María protestó contra semejante suposición. Ella nunca había pensado en volver a la casa de Venezuela, una casa vieja, llena de ratones y de arañas, en un barrio imposible, donde no vivía nadie. Y con sollozos en la voz, ante la mirada atónita del viejo, expuso de nuevo su sueño de una casa colonial.
Don Juan Martín había comprendido al fin. Su hija quería que le transportase la casa de la calle Venezuela al barrio Norte. Eso de levantar sobre un solar nuevo una casa vieja le pareció un absurdo, y poniéndose de pie, como para terminar una entrevista comercial, dijo sencillamente:
—¡Imposible!
Juana María, que conocía a su padre, se dió cuenta que esa palabra era definitiva...
Una vez sola en su aposento, la señora de Alava se abandonó a su desesperación. ¡Adiós la ilusión de la casa a la moda, de los magníficos muebles antiguos, de los cuadros famosos, del oratorio cuajado de tesoros artísticos! Ese ideal que durante dos horas de la noche había pregustado como una realidad inminente desvanecíase de pronto, quizá para siempre, en un quid pro quo burlesco. La señora de Alava tuvo vergüenza de su contraste y recordó con sonrojo el largo paseo por Palermo y los agasajos inútiles con que abrumara al anciano al primer signo de consentimiento. ¡Qué tarde y qué noche perdidas! Volvióle a la imaginación la sonrisa con que algunas amigas la contemplaron en el paseo caminando al lado de su padre y tuvo un movimiento de despecho. No; no era, en verdad, presentable D. Juan Martín... Comenzó a recordar las grandes humillaciones que por su causa sufriera, la inquietud en que vivía, el vasallaje económico en que tenía a todos: a ella, a su hijo, a su marido... Y en ese recuento de ingratos episodios domésticos fué acumulándose toda su amargura, hasta que estalló en el deseo inconfesable: ¡Cuándo la dejaría libre! Iba ya a cumplir cuarenta años; le quedaban, pues, pocos de juventud, de belleza, de ansia de gozar la vida, y veía su destino irremediablemente trunco. ¿A qué la fortuna y la libertad cuando ya no pudiese sino vivir sobre sus recuerdos? Esta perspectiva sarcástica le llenó de una congoja infinita, y sinceramente, con la más pura emoción de su alma, juntando sus bellas manos largas en el gesto de la plegaria más fervorosa, exclamó:
—¡Dios mío! ¡Cuándo me veré libre de mi padre!...
CAPITULO VI
LA MUERTE DEL HÉROE
Por fin había muerto. Su mucamo, un viejo criado, el único que tenía derecho a violar el sanctasantórum de su dormitorio, extrañado de que siguiera durmiendo después de las ocho, entró en la habitación y le halló arrebujado en las ropas del lecho, todo encogido, en una actitud de momia, blanco y rígido ya.
Debía de haber muerto pocas horas antes, mientras dormía; pero por la expresión de su fisonomía hubiérase dicho que era un cadáver muy antiguo que perdiera desde muchos años atrás todo contacto con el mundo. La muerte había acentuado en su mascarilla aquel aire de reserva que tuviera durante toda su vida; la agonía le había hecho apretar aún más sus labios, subrayando el visaje habitual con que recataba sus sentimientos íntimos. Don Juan Martín parecía ocultar un secreto. Y en verdad que se llevaba el secreto de sus fatigas, del heroico esfuerzo de voluntad desplegado durante medio siglo, de los sufrimientos soportados, de las decepciones aguantadas noblemente en silencio... ¡Todo perdido, hundido en la nada, anegado en el misterio, como están perdidos para nosotros los infinitos sufrimientos de las razas primitivas que en centenares de miles de años fueron elevándose lentamente sobre el nivel de la animalidad!
El mucamo se cercioró de la muerte. Iba a llamar, a conmover a la casa, cuando se acordó de la señora y salió, cerrando tras sí suavemente la puerta del aposento como para no despertar al dormido. Bajó al piso inmediato, y después de conferenciar con dos doncellas, le hicieron pasar al tocador. De espaldas, hablándole al espejo, Juana María le preguntó:
—¿Qué pasa, Julián?
Julián dió la noticia:
—Señora, creo que el señor Martín está mal.
—¿Se ha levantado?
—No, señora; todavía no. Me parece que es algo grave. Si la señora quisiera subir...
—¡Inmediatamente!—contestó Juana María poniéndose de pie.
Las doncellas se precipitaron hacia ella y con una destreza de esclavas de harén le arreglaron rápidamente el cabello y le ajustaron su ropaje matinal. Subió presurosa la escalera seguida del mucamo.
Al ver al padre todo blanco y encogido tuvo de inmediato la evidencia de la verdad. Fué como si le dieran un fuerte golpe en la frente; echó la cabeza hacia atrás y permaneció un momento atontada. Pero pronto se sobrepuso al brutal choque. Comenzó a reflexionar: las ideas, las imágenes, los proyectos desfilaron velozmente por su espíritu. Sentía una especie de vértigo al pensar tan rápidamente. Se apoyó en el respaldo de una silla y procuró fijar sus ideas. ¿Qué debía hacer? Como siempre, cuando podía ser necesario, Alava estaba en la estancia. En el chico no se podía confiar. Ante todo había que evitar el escándalo. Debía prolongarse la agonía del padre...
Se volvió hacia el mucamo. Pálida, con un temblor en la voz, le dijo:
El sonido de sus propias palabras la reanimó. Recobrando algo de su capacidad ejecutiva, dijo luego:
—Julián, vaya usted en seguida a buscar al doctor...—vaciló entre dos nombres, decidiéndose por el médico más anciano—; pero vaya usted mismo, sin decir nada a nadie, para no alarmar... Yo esperaré aquí...
Al quedarse sola, Juana María dió un vistazo a la habitación: muebles modestos, viejos, desparejos; la alfombra sucia; ropas en desorden. Todo con un aspecto sórdido que sobrecogía el corazón. En una pared, el retrato de la madre: una horrible ampliación al carbón con un grueso marco dorado.
Esto, más que el cadáver infantilmente encogido en el lecho, la impresionó hasta el punto de hacerle subir las lágrimas a los ojos. Fué una impresión que, comenzada en el estómago, ascendió atenazándole la garganta y obligándole a romper en un sollozo: «¡Dios mío! ¡Qué miseria!»
La doncella de confianza, que, inquieta por su ausencia, subió a ofrecerle auxilio, la halló en medio de la estancia, anonadada, llorando silenciosamente las últimas lágrimas de vergüenza que le hacía derramar el padre...
Cuando Julián volvió con el médico, casi no pudo reconocer la habitación. Faltaban muchos muebles, se había mudado la alfombra y el retrato de la madre había desaparecido.
CAPITULO VII
TRANSFIGURACIÓN
El viejo médico mundano, después de un rápido reconocimiento del cadáver, no pudo evitar una sonrisa ante la ingenuidad de la señora, que seguía hablando de un síncope. «Es la eterna ilusión de la piedad filial», pensó para sí, y dando a su rostro aquella expresión bondadosa que había sido la causa de su éxito en la carrera, comunicó a la hija su triste comprobación.
Ante esta notificación oficial, Juana María cayó de rodillas sobre la alfombra limpia y hundió su rostro en el lecho mortuorio, contra la colcha recién mudada. Así, tapándose los oídos para no escuchar las triviales frases de consuelo del médico y las súplicas amistosas de la doncella, que llorando copiosamente le rogaba se tranquilizase, la hija de Juan Martín permaneció largo rato zarandeada por un tumulto de pensamientos. ¿Qué pasaría durante el día? Como siempre, cuando se trataba de presentar o aludir a su padre ante otras gentes, se sentía cobarde. Esta vez no podría evitarlo, y ante la perspectiva de las miradas irónicas y de los pésames insidiosos que tendría que soportar, un estremecimiento de rebeldía recorrió todo su cuerpo. Se resistía al cumplimiento de ese último deber filial con la misma reacción física que los condenados tienen frente a la guillotina. Sentíase muy desgraciada y hundía desesperadamente la cabeza en la colcha como si quisiera escapar a su amarga obligación fúnebre.
Doña Juana María no era mujer de dejarse abatir. Se puso de pie, dominando su emoción; enjugóse las dos lágrimas ardientes que le corrían por las mejillas y dió varias órdenes. Parecía una princesa regente al pie del lecho de muerte del jefe de la dinastía, porque su primer medida consistió en establecer la censura sobre todas las noticias que se refirieran al fallecimiento.
Alava fué informado por medio de un telegrama de seis palabras, y el médico, retenido en la casa hasta mediodía. Después de esa hora las comunicaciones fueron haciéndose lentamente, de acuerdo con un orden protocolar.
El último en advertir la novedad fué el mayor de los nietos de D. Juan Martín, que vivía en la misma casa. Se había levantado a las cuatro de la tarde, y envuelto en una pintoresca salida de baño estaba haciendo flexiones, a tiempo que batía un cock-tail cargado de yemas, cuando vió en El Diario, que pusiera extendido sobre su cama, el retrato del abuelo. «¡Zas! ¡El viejo!», dijo lleno de estupor, y sin dejar de batir maquinalmente su cock-tail se enteró de la noticia necrológica.
Era un suelto laudatorio, altamente laudatorio. Don Juan Martín aparecía en él como un pioneer, como uno de esos hombres que son el orgullo y la fuerza de las sociedades modernas.
Este país, sobre todo, al que había consagrado sus energías por espacio de más de medio siglo, y donde había formado una familia modelo de virtudes, le debía estar reconocido. Su muerte era, pues, un duelo a la vez social y público.
Los demás periódicos de la tarde abundaban en sentimientos semejantes. Hacían el elogio de las prendas morales del difunto e historiaban la maravillosa formación de su fortuna, iniciada humildemente y acabada en un esplendor de millones. Se ensalzó su actividad, se admiró su energía, se recordó sus golpes de genio financiero. Comenzaron a circular anécdotas sobre el hombre de negocios, y la máquina de afilar, la célebre máquina de afilar de sus tiempos de iniciación, reapareció como un fantasma glorioso.
En pocas horas la figura de D. Juan Martín había cobrado contornos épicos. A través de los amigos de la casa, por medio de las visitas oficiales de pésame, un reflejo de esa reverberación póstuma había llegado hasta Juana María, quien, sin mucha confianza en tales demostraciones de respeto, las aceptaba, empero, gratamente sorprendida de que el acíbar de aquel día fúnebre no fuese tan amargo.
Poco a poco, con todo, durante la larga noche de velorio, la hija de D. Juan Martín fué adquiriendo la convicción de que sus aprensiones de la mañana anterior habían sido injustificadas. Nunca su papel fuera más fácil ni jamás soportara mejor el peso del apellido de su padre. Y con la conciencia tranquila se entregó a un sueño sereno.
Durmió por espacio de tres horas. Después, el vértigo de sus obligaciones de principal figura del duelo la arrebató, anestesiándola: la rápida prueba de los trajes de luto, la última visita al féretro. La multitud, frases sin eco escuchadas al pasar, hachones encendidos, enormes cortinados negros, dolor de cabeza, cantos en latín y un pesado olor a incienso...
¿Cuánto había durado todo eso?...
Vinieron después los largos días melancólicos, de clausura; la obligada actitud de recogimiento, las visitas de los íntimos, las conversaciones reducidas a girar inevitablemente en torno de la figura del muerto. Esto último, que algunas semanas antes le habría parecido un horrendo suplicio, íbale resultando una tarea fácil y hasta entretenida. ¿Efecto del aburrimiento de aquel interminable secuestro? La señora de Alava no sabía a qué atribuirlo. ¿Era ella o los demás la causa del cambio? En verdad, con respecto a ese punto capital de su vida todos habían cambiado. Las gentes de toda suerte testimoniaban a la memoria de D. Juan Martín un respeto y una admiración que nunca se hubiera podido sospechar durante su vida. Ella misma, por su parte, comenzaba a experimentar, al recuerdo del padre, una vaga emoción de ternura. Ya en más de un momento de soledad se había sorprendido pensando en el anciano.
Cierto día recibió un envoltorio voluminoso. Era un gran libro de recortes, encuadernado en fino cuero negro. Se lo enviaba un amigo modesto, protegido suyo, que con amorosa paciencia había recogido todo cuanto se publicara a propósito del fallecimiento de D. Juan Martín.
Distraídamente, doña Juana María se puso a hojearlo. Creyó que no le interesaría; pero al rato hundióse en la lectura de los avisos fúnebres, de las necrologías, de los artículos biográficos, de las crónicas del sepelio, de las notas de condolencia de Sociedades anónimas y centros recreativos regionales, del relato de los modestos homenajes de empleados y amigos.
El escueto telegrama con que el infante de Aragón se asociara al duelo, desde España, aparecía en el centro de una página, rodeado de una complicada orla dorada con atributos heráldicos y las armas del príncipe.
A medida que pasaba las páginas iba adquiriendo como una revelación de la grandeza del muerto. Fué un descubrimiento que le esclareció súbitamente la evolución operada en su ánimo en las últimas semanas. Había tenido razón; su instinto no la había engañado...
Y bruscamente, al comprender que era un sentimiento lícito, se abandonó a su dolor con una desesperación tanto mayor cuanto más tiempo había sido contenida.
Toda su salvaje ternura filial, retenida y ahogada durante más de veinte años, estalló de pronto en un lamento: «¡Papá! ¡Papá!» Sin reserva alguna, mesándose los cabellos y retorciéndose las muñecas, gritaba: «¡Papá! ¡Papá!»... Era un clamor ronco, angustiado, desesperante.
Una hora después, casi aniquilada, postrada en el suelo, con la cabeza apoyada en el libro de recortes, la cabellera en desorden, imploraba aún con un gemido infantil, entrecortado por hondos suspiros: «¡Papá! ¡Papá!...»
CAPITULO VIII
LUTO LIVIANO
Tres meses después de la muerte de don Juan Martín la señora de Alava escribía esto a una amiga, de paseo por Europa:
«Lentamente vamos reponiéndonos del doloroso golpe que nos dió el Destino. Aunque el vacío dejado por la desaparición de papá es demasiado grande para que pueda olvidarse, nuestro dolor se ha ido dulcificando. Ya no es el sentimiento desgarrador de los primeros días, sino un culto piadoso de su memoria. Le recordamos con ternura a cada momento y nos consolamos pensando que tarde o temprano nos reuniremos a él. Como me decía monseñor de Filippis—que no nos ha abandonado en estos tristes días—, ese consuelo es la gran fuerza de los cristianos. ¡Dios mío! ¿Cómo harán para no morirse de desesperación los incrédulos que pierden un ser querido? ¡Qué enorme desgracia es no tener fe! Sin embargo, aun con la ayuda de la religión, estos meses, a mí sobre todo, que apenas salgo de casa, me parecen interminables. Para ocuparme un poco he hecho sacar del colegio a los dos chicos. ¡Imagínate que en el trastorno del fallecimiento, a causa de lo enervada que me dejó la larga agonía del pobre papá, nos olvidamos de ellos! No pudieron despedirse del abuelo, al cual adoraban, a pesar de que en los últimos años rara vez lo veían. ¡Papá estaba siempre tan ocupado! Si hubiera sido otro habría podido descansar, consagrarnos algún tiempo, hacer vida de familia; pero ¡cualquiera le iba a convencer a él de abandonar sus negocios en otras manos!
»Ahora, con su ausencia, ya es otra cosa. Fernando, mi marido, está por transformar la Empresa en una gran Compañía anónima. Ha recibido en este sentido proposiciones muy ventajosas del barón de Erlanger. El Directorio central se establecería en Londres, y Adolfo se reservaría el cargo de secretario. El muchacho está encantado porque al fin entrevé la posibilidad de realizar su ideal de vivir en Inglaterra. A mí la solución me parece cómoda y ventajosa. Fernando podrá ocuparse con toda libertad de su cabaña y del haras que acaba de instalar. Esto del haras es un viejo proyecto suyo que no quiso llevar a cabo hasta ahora, para no contrariar a papá. El pobre papá no podía tolerar que se le hablase de caballos. Decía siempre que él no había necesitado nunca de caballo alguno para llegar adonde había llegado. También se oponía a que dejáramos esta casa. Se había encariñado con ella como se encariñaba con todas las cosas. Su apego a lo que le rodeaba era tan grande que no dejaba entrar a nadie en sus habitaciones. Por respeto a su memoria hemos conservado su dormitorio tal cual estaba el día de la muerte.
»¡Ah! Olvidaba decirte que estamos por construir una casa en el terreno de la calle Juncal. Desde que falta papá, este caserón, enorme y frío, me parece insoportable. Creo que no recobraré mi tranquilidad hasta que no me vea fuera de él. Tú no te puedes imaginar cuánto lo deseo. Desgraciadamente, las cosas marchan despacio. Hay que hacer venir materiales de España, porque—se lo he dicho bien claro al arquitecto—no quiero una casa de similor. Y eso es largo... Y mientras tanto me consumo en esta inacción forzada a que me obliga el luto...»