TRES RELATOS PORTEÑOS

EL COCOBACILO DE HERRLIN
UNA SEMANA DE HOLGORIO
EL CULTO DE LOS HEROES

(SEGUNDA EDICIÓN)

COLECCIÓN CONTEMPORANEA · CALPE

[AL ÍNDICE]

TRES RELATOS PORTEÑOS

ES PROPIEDAD
COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1923
Papel expresamente fabricado por La Papelera Española

Talleres "Calpe", Ríos Rosas, 24.—MADRID

PRÓLOGO

Men walk as prophecies of the
next age.—Emerson.

El autor de Tres Relatos Porteños nació en 1892. Le quedan muchos años por vivir. Vió la luz en Buenos Aires. La vida intensa de estos hormigueros y caravanseras que ha socavado y llevado la civilización en la tenue y quebradiza costra del planeta no tiene para él secretos ningunos. Estudió en el Colegio Nacional. Tiene ganado en brava lucha su título de bachiller. Asistió más tarde a las aulas de la Escuela de Medicina, con el propósito de conocer al hombre, mas no con el de aliviarle sus dolencias por medio de las drogas o el bisturí, porque, a poco andar, ya había plantado sus reales en el Instituto Pedagógico, si hemos de creer a sus biógrafos más desinteresados. Su curiosidad de las cosas humanas le hizo abandonar estas disciplinas para entrar en 1910 a ser preparador experimental del Laboratorio Psicológico. A todas partes le llevaba el deseo de conocer al hombre, de escudriñarle las entrañas y disecarle el pensamiento. Satisfecha su curiosidad en el Laboratorio, puso la mira en la Prensa diaria, documento humano de una riqueza fascinadora y de una extensión suficiente para colmar el apetito de los más insaciables investigadores del corazón humano. Allí se aposentó, allí parece haber hecho mansión definitiva, y en voceros de la opinión argentina empezó a darle al mundo el resultado de su experiencia y de sus estudios personales. No es Cancela un mero escritor imaginativo. Ha vertido sobre las cosas y los hombres la luz del conocimiento antes de ponerse a describirlas o desenmascararlos. Es una manera de probidad que no abunda en los escritores juveniles. Tal hay que escribe novelas sobre las costumbres de los mayas sin haber visitado la América Central ni leído siquiera lo poco que de esas tribus ha llegado hasta nosotros.

Cancela recibió de la Naturaleza el don de ver, el don de penetrar y el don de describir. Hay quienes describen sin haber visto y deslumbran como deslumbra el cohete, derramando luces inconexas en la obscuridad. Hay quienes ven la superficie y producen con sus descripciones la impresión de lo vacuo, porque la Naturaleza les ha negado la facultad de profundizar en la observación hasta descubrir el alma de las cosas y las intenciones de los hombres. Es tan penetrante la visión interior de Cancela, que suele cautivar a sus lectores pintando con minuciosidad extrema la vida interior de los necios y, lo que es aún más difícil, la de las necias.

Se ha colocado, en presencia de la vida, en una actitud de observador compadecido de las flaquezas, de la estulticia humana. No se indigna: sonríe. Ni siquiera condesciende en reírse. Parece como si temiera que la carcajada interrumpiese la benévola eficacia del pensamiento. Una actitud parecida a ésta ha debido de asumir Sócrates y sin duda la tuvo Cervantes en presencia del conflicto vital. Corregir es inepto. La burla resulta inadecuada. Sonreír es lo más honesto y en ocasiones lo más elegante, porque si el chiste reverbera y el sarcasmo punza y provoca la reacción del espíritu vulnerado, la reverberación y el encono pasan pronto y a veces pasa con ellos el mérito literario de la obra que los ha producido.

Del verdadero escritor humorista se dice que vive la vida de su tiempo y la de los años por venir. Este libro de Cancela tiene con la vida contemporánea nexos indestructibles. Acaso no estuvo en el ánimo de su autor, pero estos tres bocetos se rozan con los más graves problemas de la hora presente. Acaso sean también una premonición para los hombres del porvenir. La historia del doctor Herrlin se roza con esta especie de religión nacida, a última hora, de la fe ciega que los hombres han puesto en la técnica y en los expertos. La credulidad humana es cosa tan tenaz y tan falta de lógica que, a pesar de la guerra de 1914, el fracaso más estruendoso de la técnica, de los peritos militares y de los expertos en materia de finanzas, aquella religión no ha quemado sus ídolos ni derribado sus templos. La psicología comparada, que había pronosticado la decadencia de franceses, ingleses e italianos y su fácil vencimiento por las tribus septentrionales, continúa iluminando el cerebro de los profesores. Los hombres que le increpaban a Alemania su incapacidad de entender a otros pueblos han resultado igualmente limitados para escudriñar el alma de los alemanes. Los peritos, los técnicos, parecen empeñados en destruir la civilización, que, según todas las probabilidades, ha sido la obra de la casualidad y del esfuerzo intercadente de algunos pueblos amantes de la gracia y de la comodidad. Cancela ha visto que en América la religión de la técnica se ha complicado con la superstición del extranjero. Allá basta que un hombre atormente la sintaxis castellana y tenga una pronunciación rocallosa para que le sea fácil abordar el interior de los templos en que se celebra el rito de la técnica.

Otro de nuestros males presentes es la lucha de clases: mal tempestuoso que está privando por dondequiera a la especie humana de sus más excelsas cumbres. Un día cae Canalejas; otro, Jaurès. Una mano obscura cercenaba la vida de Kurt Eisner, acaso la misma mano que más tarde señalaba el fin de la inteligencia fastuosa de Rathenau. El mundo se disuelve comenzando por la desaparición de los grandes hombres. Un vértigo como éste, de envidia incomprimida, trajo, según Burckhardt, el ocaso de la cultura griega. En Una semana de holgorio está de bulto la ceguedad del odio de clases.

Por fin, Cancela ha puesto su cauterio sobre los bordes cárdenos de otra llaga social. La úlcera maligna de los nuevos ricos obra con menos vehemencia en este empeño destructor, pero no con menos eficacia. El nuevo rico, ahora como en tiempos de la Roma decadente, contribuye a la tarea disolvente rebajando el nivel de los grandes valores vitales. El no destruye, pero degrada. La fortuna, que pone a su alcance la flor de los valores de cultura, no le ha dado ni la inteligencia para comprenderlos ni la capacidad de refinar su espíritu gozando de ellos. Para ponerlos a su alcance tiene por fuerza que traerlos a un plano inferior, donde se degradan o se invierten. Triste fenómeno social estudiado en El culto de los héroes.

Todo esto lo ha visto la inteligencia de Cancela. Pero demasiado discreto para hacer el pedagogo, ha querido pasar por un mero relator de sucesos contemporáneos. Es, en efecto, un narrador de altas dotes. Su frase es pura y tersa como la corriente de un arroyo que serpentea por el valle después de haber golpeado el cristal de sus ondas contra las rocas de la alta sierra. La fuerza representativa, el humor predominante en su concepto de la vida, la gracia elusiva de su estilo, su actitud impersonal ante las miserias que describe, hacen de Cancela un hombre de esos a quienes se refiere Emerson cuando dice que son las profecías ambulantes del mundo que ha de venir. Adveniat regnum tuum.

No quiero terminar estos apuntes sin felicitar sinceramente a «Calpe» por el acierto con que ha escogido este libro para dar a los españoles una idea de la literatura americana contemporánea de lengua castellana. El libro favorece a las letras americanas, pero es un digno exponente de ellas. En la obra mecánica la fuerza se mide en las partes más flacas. La resistencia de una cadena la da rigurosamente el más débil de sus eslabones. No es así en las obras del pensamiento. La literatura de los pueblos se mide por la altura de las cumbres más excelsas: Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Tolstoi. La lista se agota pronto. Lo demás es documento con que los eruditos suelen llenar sus fichas.

B. Sanín Cano.

EL COCOBACILO DE HERRLIN

CAPITULO PRIMERO
SIMPLE INTRODUCCIÓN A UNA HISTORIA COMPLICADA

Cuando Augusto Herrlin, privat docent de la Facultad de Upsala, publicó su «Informe sobre algunas observaciones hechas acerca de una nueva enfermedad infecciosa del conejo silvestre (Lepus cuniculus vulgaris)» era todavía lo que en los círculos científicos de la vieja ciudad universitaria suele llamarse un joven de porvenir. Acababa de entrar en los cuarenta años; hacía justamente ocho que estaba de novio con la séptima hija del profesor Hedenius, titular de su materia, y tenía abiertas ante sí, en todo sentido, perspectivas envidiables. Su reputación profesional comenzaba a apuntar, y a no ser por el agrado con que seguía la práctica de los deportes de invierno en las revistas ilustradas de Estocolmo, habríasele supuesto en condiciones de substituir en la cátedra a su futuro padre político.

La publicación del informe—cuyo texto era ya conocido, pues había figurado, a modo de artículo, en la Revista del Instituto de Bacteriología de Lund, se hallaba incluído en los Anales de la Real Academia de Upsala y fuera divulgado en uno de los últimos números de los Cuadernos bimensuales de la Sociedad Escandinava de Agricultura científica—no obedecía, como podría creerse, a un ansia de popularidad. Augusto Herrlin desdeñaba las reputaciones demasiado ruidosas que trascienden los medios académicos y llegan hasta los libreros y los alumnos del Gimnasio Real de la localidad. La edición, en folleto, de su interesante trabajo debíase, por consiguiente, a sentimientos de otro género.

En la primera semana de mayo se cumplía el octavo aniversario de su compromiso con la séptima hija del profesor Hedenius. ¿Qué mejor testimonio de la constancia de su afecto que ofrecerle en esa ocasión el fruto de sus labores juveniles?

Herrlin había encargado, pues, al impresor de la Universidad una edición reducida del «Informe», que ostentaba en su anteportada la siguiente dedicatoria:

A MI PROMETIDA
H A R O L D A H E D E N I U S
QUE UNE
A SU VIRTUD Y BELLEZA
UN NOMBRE ILUSTRE
EN LAS
CONQUISTAS DE LA FLORA MICROSCÓPICA

CAPITULO II
UN INFORME CONSULAR

Hasta hace algún tiempo, el único argentino establecido en Estocolmo era M. Johann van der Elst, un holandés naturalizado que acostumbraba a residir en Rotterdam, lo cual no le impedía desempeñar con celo y contracción ejemplares las funciones de vicecónsul de la República en la capital sueca.

La información que enviaba mensualmente al Ministerio de Relaciones Exteriores era un índice preciso y minucioso del intercambio comercial sueco argentino, aumentado, a menudo, con abundantes noticias sobre las invenciones, descubrimientos y nuevos métodos científicos e industriales que pudiesen interesar a la agropecuaria sudamericana. Esa contribución de van der Elst al progreso de nuestras industrias madres era difundida en todo el país por el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, que adquiría en tales circunstancias un volumen considerable.

A veces, el Ministerio de Agricultura reproducía en sus publicaciones parte de la correspondencia del vicecónsul en Estocolmo, y hasta en cierta oportunidad repartió 10.000 folletos de propaganda sobre un nuevo procedimiento para la producción de quesos frescos, transmitido por van der Elst.

Pero el informe suyo que tuvo mayor fortuna fué el referente al empleo del marlo del maíz en la fabricación de pasta de papel. Llegado al país en momentos en que mayor era la escasez de este producto, fué publicado en el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, reproducido en los Anales del Ministerio de Agricultura, insertado en síntesis en los grandes diarios de la capital y del Rosario, incluído en la Revista de la Universidad de Buenos Aires como nota de un artículo del doctor Ernesto Quesada, y transcrito, por último, en el Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, acompañando el proyecto de ley por el cual se mandaba iniciar los estudios necesarios para el establecimiento de la nueva industria. Así, por una paradoja frecuente en la terapéutica social, el primer efecto del salvador informe de van der Elst consistió en la agudización de la crisis papelera.

No es, pues, nada extraño que, al recibirse en Buenos Aires una correspondencia del Viceconsulado en Estocolmo dando cuenta de que el profesor Herrlin, de la Universidad de Upsala, había descubierto un bacilo que determinaba una epizootia fatal entre los conejos silvestres, la noticia se difundiese rápidamente. El relato de esa brillante conquista científica y las consideraciones de van der Elst sobre las consecuencias de su aplicación a la lucha contra el conejo y la liebre, enemigos naturales de la agricultura, fueron pronto familiares a los espíritus porteños.

Este último informe llegaba en momentos en que el apetito de algunos millares de conejos se satisfacía a costa de los campos del Sur, y muy pronto el cocobacilo de Herrlin fué bendecido por muchos corazones como el ángel salvador de los sembrados.

Por aquellos días, al discutirse el presupuesto, un diputado reprochó a la cancillería no reservara exclusivamente a los ciudadanos nativos el desempeño de los cargos consulares. Y para justificar su observación leyó una lista de los extranjeros y ciudadanos naturalizados que tenían la representación de nuestros intereses comerciales en el exterior, en la que figuraba, naturalmente, el vicecónsul en Estocolmo.

¡Nunca lo hubiera hecho! A la sola mención del activo colaborador del Boletín de su ministerio, el canciller se agitó en su banca y pidió la palabra con voz trémula. Se la concedieron de inmediato, y comenzó su discurso en medió de la expectativa de la Cámara. Recogió el último nombre leído por el diputado, el de Johann van der Elst, como ejemplo de los errores e injusticias a que pueden conducir los defectos de información y la precipitación en los juicios. No quería fatigar a la Cámara; mas para llevar a todos el convencimiento de que la vigilancia de nuestros intereses comerciales en el exterior se hallaba en buenas manos, él iba a ceder la palabra a su colega de Agricultura, quien diría en qué forma los agentes consulares contribuían al desarrollo de las industrias «cardinales» de la nación...

A tres bancas de distancia del canciller, en el semicírculo ministerial, el secretario de Agricultura comenzó a hablar. Con los ojos fijos en el reloj que corona el estrado de la presidencia, habló y habló, enumerando todos los beneficios que la agricultura y la ganadería podrían retirar de las informaciones transmitidas por el Viceconsulado en Estocolmo. Se refirió especialmente al nuevo procedimiento para la obtención de quesos frescos, que había sido dado a conocer en 10.000 folletos de propaganda, y recordó el informe respecto a la fabricación de pasta de papel con el marlo de maíz, que había sido materia de un proyecto de ley. Pero el momento en que el orador obtuvo efectos de elocuencia fué al entrar en el comentario de la última comunicación de van der Elst. Los estragos de los conejos que devoraban las cosechas, trastornaban la topografía de los campos del Sur y arruinaban a los colonos, determinando, en consecuencia, el depreciamiento de la propiedad rural y la alteración de nuestro régimen económico, fueron descritos con trazos pavorosos, para mostrar en seguida al cocobacilo de Herrlin restituyendo los campos a su prístina feracidad, devolviendo la tranquilidad y el bienestar a los colonos, provocando la valorización de las tierras, el acrecentamiento de la riqueza nacional y la restauración de nuestro crédito exterior...

Ante esa síntesis grandiosa de las consecuencias de una victoria completa sobre los conejos, la Cámara, poniéndose de pie, aclamó al ministro de Agricultura.

CAPITULO III
LA MANCHA AZUL

Antes de la sesión en que tan bien sentado dejó el prestigio de Johann van der Elst, el ministro de Agricultura no había reflexionado seriamente en la realidad de la plaga leporina. Naturalmente escéptico, no se le había ocurrido hasta entonces que esos animalitos tímidos que veía en las vidrieras de los bazares, siempre en disposición de tocar el tambor, pudiesen destrozar las viñas y devorar los sembrados. Fué necesario que el fuego de la elocuencia le poseyera para que en una súbita revelación alcanzase, al propio tiempo que la comunicaba a su auditorio, la clara visión del peligro. Y al reflexionar en la soledad sobre su triunfo oratorio advirtió que había sido el intérprete inconsciente de una gran aspiración del alma nacional: la guerra al conejo...

Esta comprobación le llevó de inmediato a planear la campaña decisiva contra la plaga, campaña que constituía, según dijera él mismo, «una improrrogable e imperiosa urgencia nacional».

Quedó así resuelta la contratación del sabio sueco por el Gobierno argentino para dirigir la campaña en contra del conejo.

Al mismo tiempo el ministro encargó al doctor Simón Camilo Sánchez el proyecto de la Oficina que se haría cargo de los trabajos para combatir la plaga y llevaría a la práctica las combinaciones científicas del profesor sueco.

El candidato no podía ser mejor elegido. El doctor Simón Camilo Sánchez era director general de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, y catedrático de Derecho internacional, Procedimiento consular, Historia americana, de Economía política y Filosofía del derecho.

Este personaje enciclopédico sometió al ministro a los pocos días el plan completo de la nueva repartición, que se llamaría «Departamento de Protección agrícola». Por ese proyecto, el territorio de la República se dividía en veinte zonas, cada una de las cuales se entregaba a la vigilancia de un Comisariato, que debía informar semanalmente sobre los destrozos ocasionados por los conejos y los lugares y circunstancias en que se hubiese visto rondar a los merodeadores de largas orejas. Una oficina central organizaría todos esos datos, a fin de publicar un mapa en que se evidenciara la repartición geográfica de la plaga. Cuando las gestiones para el contrato del sabio sueco llegasen a su término, éste hallaría listos todos los elementos para la aplicación del cocobacilo.

El ministro aceptó el plan en todos sus detalles y lo incluyó en el presupuesto para el año entrante, destinándole una suma global de medio millón de pesos. Entre tanto creó, por simple decreto, el Departamento de Protección Agrícola, y constituyó, con 250 empleados, los cuadros del futuro personal de la repartición.

Esta comenzó a funcionar al poco tiempo bajo la dirección del ubicuo y omnisciente Simón Camilo Sánchez. Los veinte comisariatos iniciaron su acción con mucho empuje: desde todos los puntos de la República llegaron telegramas, notas, informes y comunicaciones, señalando los puntos en que los conejos ejercitaban su voracidad y haciendo notar la rapidez de movimientos y el carácter tímido de los perjudiciales roedores. Con tales datos, el Departamento de Protección Agrícola dibujó un mapa, en el que se representaba con una mancha azul el radio de acción de los conejos. La ingeniosa carta, que fué reproducida por todos los diarios, llevó la alarma a los espíritus más indiferentes: la mancha azul lo cubría todo... Parecía que sobre el territorio de la República se hubiera volcado un frasco de tinta Stephens.

CAPITULO IV
PRELIMINARES DE LA CAMPAÑA

Los Comisariatos de la Protección Agrícola no tuvieron al comienzo función ofensiva alguna. Su labor consistió en vigilar al enemigo, descubrir sus puntos de concentración, sus hábitos de vida, el forraje que prefería y las horas que destinaba al reposo. Esas tareas, justo es reconocerlo, fueron admirablemente cumplidas por las veinte secciones.

A los cuatro meses de su creación pudo asegurarse oficialmente que los conejos eran animales cuadrúpedos, mamíferos, de unos 45 centímetros de largo, muy veloces y extraordinariamente fecundos. Apenas agotados tales reconocimientos comenzaron a llegar atentas observaciones de algunos comisariatos respecto a la exigüidad del personal que se les había atribuído. «Para informar a esa Dirección sobre el desarrollo y las proporciones de la plaga en toda la provincia—decía, en una nota, Delfín Acuña, el jefe del Comisariato de Mendoza—no bastan los diez empleados que tengo a mis órdenes. Si el señor ministro quiere que nuestro resumen hebdomadario se refiera a toda la zona cultivada es preciso decuplicar, por lo menos, ese personal». Y Delfín Acuña entraba en el detalle de la distribución estratégica que daría a esos cien empleados.

Simón Camilo Sánchez, al informar al ministro sobre estas notas, sostuvo el aumento del presupuesto; pero como la situación económica no lo permitía, las comunicaciones fueron archivadas.

Delfín Acuña no era hombre de hacer una observación en balde. Se había venido junto con la nota a la capital y había tenido aquí largas conferencias con los diputados de su provincia.

Así, la primera vez que el ministro concurrió a la reunión de la Comisión de Presupuesto se vió forzado a convenir que el personal de los Comisariatos era efectivamente escaso. La Comisión propuso en seguida un aumento considerable en los empleados afectados a la extinción del conejo, aumento que se distribuiría según la importancia de cada provincia y el grado de extensión de la plaga. Se instituyeron de ese modo Comisariatos de primera, de segunda, de tercera, etc., etc. En total, 1.200 ciudadanos recibieron emolumentos oficiales gracias a la maravillosa eficacia del cocobacilo de Herrlin.

Semejante acrecentamiento del personal hizo necesaria la ampliación del organismo administrativo central. Se crearon, fuera de presupuesto, las oficinas de «Dirección del personal», «Estadística» y «Propaganda»: 300 nuevos ciudadanos cobraron sueldos del Estado.

La oficina de «Propaganda» era debida a una ingeniosa idea de Simón Camilo Sánchez. El director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, considerando que para la completa realización de los fines de la Protección Agrícola era imprescindible la buena voluntad de los agricultores, se propuso ganarla mediante una intensa campaña de vulgarización científica.

Constituyó, pues, esa Sección, que comenzó a expedir millares de folletos conteniendo la descripción del conejo (tamaño, movilidad, fecundidad) y la enumeración de sus hábitos nocivos. Además inundó el país de carteles con sintéticas leyendas, de grabados ilustrativos, de mapas de la República horriblemente manchados de azul...

La propaganda de la Protección Agrícola llegó hasta el punto de que un colono del lugar más apartado de la Pampa no podía recorrer su campo, revuelto y horadado por los conejos, sin encontrar sobre el camino un cartelón que anunciaba:

«El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

CAPITULO V
LA PRIMERA VUELTA

Tres meses después de la ratificación de su contrato, Herrlin desembarcó en Buenos Aires. Desde que publicara el «Informe», en el octavo aniversario de su compromiso matrimonial, habían pasado casi dos años, y a no ser porque creyó de corta duración la nueva empresa, antes de venirse habría entrado en la familia de su viejo maestro.

Herrlin llegó, pues, soltero, lleno de ilusiones y con las mejores ideas sobre nuestro país, que había recogido en su estudio del castellano y de la historia y geografía argentinas.

Se alojó en un hotel del Retiro, vistió su buen traje de levita, ajustó en la cabeza rasurada el lustroso cilindro de ceremonia, y con el paraguas al brazo echó a andar, a pasos firmes y sonoros, por la calle Florida en dirección al centro. El privat docent advirtió que, tras su paso, la gente, sobre todo las mujeres, se volvían como para leer algo en su espalda. Supuso que observaban el corte de su levita, proveniente de la Sastrería Académica de Upsala, fundada el mismo año que la Universidad, en 1476, y anotó esa curiosidad como un síntoma favorable a sí mismo y al país.

Cuando llegó al Ministerio de Agricultura comenzaban a afluir los empleados. Frente a la pequeña sala de espera, en que se hallaba junto a un afable postulante, el profesor sueco vió pasar cientos y cientos de hombres jóvenes, alegres y elegantes, idénticos a los que acababa de ver discurriendo por las aceras y conversando en los cafés. Admirado del interminable desfile, Herrlin exclamó:

—¡Cuántos empleados!

—Esto no es nada—repuso el postulante—; los otros son muchos más...

—¿Los de otro turno?

—No; los que no vienen nunca...

Esta respuesta dió a Herrlin la prueba de que su conocimiento del castellano era todavía deficiente; no se explicó el sentido de las palabras del postulante ni la sonrisa irónica con que las acompañó. Desconcertado por su primera dificultad idiomática, el privat docent guardó silencio hasta que, ya bien entrada la tarde, pudo ver al secretario del ministro.

Evidentemente, al exponer sus títulos, la misión que se había empeñado en conferirle el Gobierno argentino y el objeto de su primera visita debió de expresarse inapropiadamente, a juzgar por el estupor que denotó el secretario.

«¡El profesor Herrlin! ¡El profesor Herrlin!», repetía con pavor, mirando para todos lados, como si quisiese descubrir un lugar donde ocultarlo...

Herrlin llegaba, efectivamente, en el momento más inoportuno. El Departamento de Protección Agrícola, por su monstruoso crecimiento de los últimos meses, había venido a constituir un peligro para el Gobierno. Los diputados socialistas, apoyados por muchos representantes del litoral, hallaban desproporcionada la suma de 1.500.000 pesos que se le asignaba en el presupuesto para el año entrante. Su oposición fué irreductible, al punto que el ministro se vió obligado a admitir la disminución de esa partida a 1.450.000 pesos, aunque no sin prevenir elocuentemente que el Departamento no podría cumplir sus fines y estaría forzado a limitar sus publicaciones de propaganda. Y como su posición en el Gabinete no era muy segura, indicó a Simón Camilo Sánchez la necesidad de que, para evitar la reanudación de los ataques, el Departamento diese pocas señales de vida. Además resolvió introducir economías en la repartición, y a ese objeto dejó sin proveer una vacante de escribiente que acababa de producirse en el Comisariato de tercera de la Rioja.

El secretario tenía, pues, razón al pretender ocultar al profesor Herrlin. La llegada del sabio volvía a poner en evidencia al Departamento, que quién sabe si podría resistir el fuego cruzado de editoriales y discursos que soportara recientemente sin mucha gallardía.

No atreviéndose a llevar esta mala noticia al malhumorado ministro, el secretario creyó conveniente aplazar el asunto.

Después de recomendarle mucha reserva sobre su arribo y la misión que traía hasta tanto recibiera órdenes, le dijo en forma de despedida:

—Vea, doctor... Dése una vuelta...

Y se quedó meditando sobre el día conveniente para una entrevista con el ministro.

Pero Herrlin, entendiendo la frase en su sentido directo, creyó que el secretario deseaba admirar el corte de su levita académica, y con el cuerpo rígido, en posición militar, dió en cuatro tiempos una vuelta completa.

Fué la primera y la más simple que le hizo ejecutar nuestro mecanismo administrativo. De allí en adelante siguió dando vueltas de órbitas cada vez más complicadas e inútiles, girando y girando en torno de la excelencia ministerial, como un satélite condenado a presentar siempre al centro del sistema una faz de eterno postulante...

CAPITULO VI
LA MÁSCARA DE HIERRO

En los días que siguieron, Herrlin dió repetidas vueltas por el Ministerio de Agricultura, y todas las veces salió asombrado del mucho interés que se concedía a su levita y del ninguno que se dedicaba a su misión científica.

El secretario le atendía amablemente, le ofrecía té, cigarros y licores; le iniciaba en la vida fácil y el lenguaje reducido y pintoresco de nuestros elegantes, pero no se atrevía a ponerle en contacto con el ministro, ni mucho menos a hacerle adelanto alguno respecto a sus funciones leporicidas. Se arriesgaba, todo lo más, a recomendarle mucha discreción, a prevenirle no dejase sospechar su existencia a los periodistas, y a ser cauto en sus opiniones sobre la extinción del conejo. Herrlin había llegado en un momento crítico, y una palabra suya podía comprometer la suerte del ministro y provocar el aniquilamiento del Departamento de Protección Agrícola. Era preciso aguardar a que la situación política se despejase, y entonces ya podría recobrar el tiempo perdido. Entre tanto debía resignarse a permanecer ignorado e inactivo y a cobrar todos los meses en Secretaría la asignación mensual fijada por contrato.

Herrlin no tuvo más remedio que conformarse. Inició entonces una vida de ocio y misterio, que llegó a pesarle como un manto de plomo. Lejos de sus libros, de su mesa de trabajo en el modesto laboratorio de Upsala, de las amables tertulias familiares en la vieja casa del profesor Hedenius, los días crudamente luminosos de Buenos Aires le parecían inmensos, y las noches, interminables. El incógnito que recataba su persona creaba en torno suyo una zona infranqueable, y para no traicionarse, debía, muy a pesar suyo, mostrarse hosco y receloso en esta ciudad de gentes de fácil trato. Cuando no iba al Ministerio, consagraba la tarde a interminables caminatas por la ciudad, y la noche a solitarias libaciones en cualquier bar del centro. Este era el único momento tranquilo de su existencia; se sentía aligerado de su secreto, rico de esperanzas y lleno de impulsos belicosos. Soñaba en vengarse sobre los conejos de la inacción a que le obligaban las complicaciones políticas del país y en alfombrar su cuarto con las pieles de los vencidos, como los crueles guerreros de Asiria.

Pero al día siguiente la dura realidad volvía a dominarlo, y tenía entonces conciencia de ser una especie de Hombre de la Máscara de Hierro, libre pero incomunicado, que paseaba por la ciudad un formidable e insólito secreto de Estado acerca de los conejos.

CAPITULO VII
DONDE SE ENTRA EN CONTACTO CON EL ENEMIGO

Augusto Herrlin no pudo soportar mucho tiempo la vida de hotel. Convencido de que la situación política de la República le obligaría a permanecer aquí mucho más de lo que había calculado, escribió a Upsala recomendando paciencia a la hija del profesor Hedenius y tomó alojamiento en una casa de pensión.

Este cambio le fué beneficioso. Gracias al simulacro de vida de hogar que imperaba en el reducido establecimiento de doña Asunción Fragoso, el privat docent recuperó la alegría y el sosiego que perdiera desde su arribo a Buenos Aires. Allí encontró, aparte de los hábitos ordenados y modestos que eran los suyos, una sociedad grata a su espíritu. Vivían en casa de doña Asunción dos estudiantes de Medicina, un viejo empleado de una casa de óptica y don José María de Inclán-Zavaleta, apasionado cultor de la historia patria.

El profesor sueco intimó prontamente con sus compañeros de pensión. En torno de la mesa familiar, discurrió sobre bacteriología con los estudiantes de Medicina, habló con el óptico de microscopios y aparatos de investigación, y escuchó atentamente las disquisiciones de Inclán-Zavaleta.

Exento de vanidad y de picardía, Herrlin fué estimado por todos a los pocos días como un viejo amigo.

Doña Asunción, en especial, le cobró un profundo cariño, admirando juntamente en él la universalidad de su saber y de su apetito.

En ese ambiente de afable vida doméstica, una noche en que la sobremesa se prolongó más de lo de costumbre, porque doña Asunción había entablado una larga controversia con los estudiantes sobre los horrores de la vivisección, el profesor Herrlin estableció su primer contacto con el enemigo.

Sentado al extremo de la mesa, próximo a una puerta que se abría sobre el jardín, el profesor escuchaba el alegato de la patrona, cuando el rumor de un roce sobre la alfombra, a los pies suyos, atrajo su atención. Fuera del círculo de luz que una pantalla verde arrojaba sobre la mesa, todo el comedor se hallaba sumergido en las tinieblas. A Herrlin le costó discernir el sentido de la forma blancuzca que se gitaba a sus plantas. Reconoció poco a poco un par de largas orejas velludas, un hocico movible, dos largos bigotes y un labio hendido perpendicularmente... Era un conejo de la variedad «gigantea» (Lepus cuniculus giganteus), un hermoso ejemplar de macho, de cabeza larga y fuerte y de robustas extremidades posteriores.

Sorprendido por semejante aparición, Herrlin quedó inmóvil en su asiento. El conejo, después de husmear desenfadadamente los botines del profesor, retrocedió unos pasos, se enderezó sobre las patas, y con las manos juntas sobre el pecho, levantó el hocico al aire. Como en esa posición las orejas tensas continuaban la línea del cuerpo, el extraño visitante alcanzaba así casi un metro de altura y llegaba hasta el borde de la mesa. Con sus ojos redondos, en que se reflejaba el resplandor verde de la pantalla, el conejo miró fijamente a su antagonista. Bajo la fascinación de esa mirada, encendida de una verde transparencia, el sabio creyó habérselas con un genio maléfico, y esperó verle crecer desmesuradamente hasta tocar con las orejas en el techo. Debía de ser un genio modesto, porque no quiso pasar del nivel de la mesa. Se limitó a sonreír sardónicamente, corriendo para atrás las guías de los bigotes, y recobrando la horizontalidad, se volvió bruscamente. Sus orejas se agitaron desdeñosamente; el rabo, ridículamente trunco, osciló de izquierda a derecha como la aguja del velocímetro de un automóvil que se pone en marcha; alcanzó en tres zancadas la puerta del jardín, y se perdió en las sombras de la noche...

La controversia de doña Asunción con los estudiantes no se había interrumpido; Herrlin advirtió por ello que, como Mácbeth en el banquete en que se la aparece la sombra de Banquo, él fuera el único que se diera cuenta de la presencia del extraño visitante. Renunció, pues, a admitir la realidad de la escena, y creyéndose víctima de una alucinación, se prometió suprimir desde el día siguiente la ración de ponche con que animaba la sobremesa. Esa noche, a causa de la prolongación de la charla, había bebido con exceso. Era preciso imponerse un período de abstinencia, y para confirmarse en su resolución se sirvió otro vaso. A ese siguió otro, en recuerdo de su poción favorita, y otro más como despedida a la reunión.

Después, emocionado por sus recuerdos de Upsala y enternecido ante la imagen de la hija del profesor Hedenius, que se presentó patente a su espíritu, solicitó una nueva vuelta e improvisó un brindis en honor de la mujer argentina y otro en homenaje a doña Asunción. Luego, en una natural gradación de ideas, levantó su copa por el ministro de Agricultura y el Gobierno de la República, comprometidos en una siniestra conjuración de conejos, audaces conspiradores que llegaban en su insolencia hasta penetrar en las casas a la hora sagrada de la comida familiar... Por último, entonó una serie de canciones báquicas escandinavas y el tradicional «Gaudeamus igitur» de los estudiantes suecos, y pidió que se llenase de nuevo la ponchera para aclarar la voz.

Desde hacía tiempo doña Asunción y el empleado de Lutz y Schulz se habían retirado a descansar.

A las tres de la mañana, el profesor Herrlin, puesto en cuatro patas, buscaba debajo de la mesa el reloj, que por descuido había guardado en un bolsillo del pantalón.

En esa recorrida cuadrúpeda encontró sobre la alfombra, cerca de su silla, una media docena de bolitas obscuras, suaves al tacto, que no tardó en identificar relacionándolas con la extraña aparición del conejo.

Nuestro bacteriólogo disfrutaba por lo general de un sueño tranquilo. Sin embargo, aquella madrugada soñó que, a medida que iba avanzando por un interminable camino solitario, de los matorrales vecinos salían a cada paso conejos de desmesuradas proporciones, que después de husmearlo de pies a cabeza partían veloces como patrullas avanzadas de caballería que acaban de establecer contacto con el enemigo.

CAPITULO VIII
REVISTA DE FUERZAS COLONIALES

Simón Camilo Sánchez había experimentado una profunda amargura ante los primeros ataques dirigidos a su Departamento. Su conciencia de patriota, para la cual la extinción del conejo venía a ser el complemento necesario de la conquista del desierto, sufría a causa del terreno exclusivamente económico en que se había planteado el debate. Ordenado y nada derrochador en su vida privada, el director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura no creía aplicable al manejo de los caudales públicos las reglas del ahorro individual. Por lo menos así lo proclamaba en esa ocasión, citando a cada paso como ejemplo de buena contabilidad las cuentas del Gran Capitán: «Por palas, picos y azadones...» Y esa enumeración de instrumentos de cultivo a precios fabulosos le producía la envidia que causa a los bibliófilos la reseña de las ventas del Hotel Drouot. Simón Camilo Sánchez ansiaba poder presentar a la Contaduría de la nación unas cuentas por el estilo.

La amputación del presupuesto del Departamento le hirió así en sus sentimientos y en sus convicciones. Su melancólico desaliento tornóse en hosca pesadumbre cuando el ministro le indicó la conveniencia de restringir los signos de actividad de la Protección Agrícola, y adoptó entonces la actitud de todos los grandes hombres en desgracia: se desterró.

Aceptando una invitación de la Universidad de Río, partió para el Brasil. Por espacio de tres meses disertó en las instituciones jurídicas, científicas, agrícolas y literarias de la capital carioca de San Paulo, y el eco de sus palabras llegó a Buenos Aires, agrandado por el entusiasmo de nuestros vecinos y ennoblecido por la distancia.

Su alejamiento se dejó sentir muy pronto en las oficinas centrales de la Protección Agrícola. Era la primera vez que faltaba a su puesto desde la creación del formidable organismo, y esta ausencia, junto con la decapitación realizada por la Cámara de Diputados, llevó el desconsuelo a todos los enrolados en el ejército leporicida. El primero en desertar fué el subdirector; a poco de haber partido el jefe, pidió una licencia y se refugió en la estancia de un amigo. Los directores de las diversas Secciones de personal, estadística, cartografía, propaganda, etc., etc., siguieron ese ejemplo, y tras una breve despedida se marcharon con la impresión del que abandona un enfermo desahuciado. Luego los secretarios de Sección, prosecretario, jefes de oficina, segundos jefes, auxiliares y escribientes de todas categorías fueron yéndose en progresión creciente y riguroso orden jerárquico, hasta que todo el personal se dispersó en la urbe inmensa, como un cargamento de naranjas en el océano.

El antiguo edificio del Correo, que se había destinado para las oficinas de la Protección Agrícola, quedó desierto.

A veces un empleado iba a escribir una carta o a pedir prestados algunos pesos al mayordomo, el negro Liborio, para salir de un apuro. Algunos escribientes que seguían estudios universitarios se reunían allí para preparar sus exámenes. En las salas vacías, tapizadas de avisos, máximas y prevenciones sobre los conejos, resonaba entonces el eco de las sentencias augustas del Derecho romano, enunciadas en el latín pausado y cantante de los naturales de nuestras provincias mediterráneas.

Pero ese último vestigio de civilización acabó también por desaparecer, y finalmente las huestes de ordenanzas, capitaneadas por Liborio, quedaron dueñas absolutas del campo.

Un tiempo después inicióse en el vasto edificio un período de singular actividad. El estrépito ininterrumpido de cincuenta máquinas de escribir llenó las salas antes silenciosas; las campanillas de los quince teléfonos y el repiqueteo de los timbres internos matizó alegre y nerviosamente ese rumor, y el ruido confuso de puertas, pasos y voces trajo una impresión reconfortante de vida tumultuosa. Al anochecer salían regueros de luz de todas las ventanas, y esa iluminación se prolongaba muchas veces hasta las primeras horas de la madrugada. Probablemente el servicio de ordenanzas constaba de varios turnos, que se renovaban por fracciones, porque durante toda la noche no era sino un constante entrar y salir de sirvientes negros por la puerta principal, que tenía sus batientes entornadas. En cambio, los empleados debían de estar sometidos a un régimen monstruoso de trabajo; nunca se les veía salir a las horas acostumbradas.

Tal demostración de sobrehumana actividad sorprendía, naturalmente, a todos los noctámbulos que pasaban por Corrientes y Reconquista. Entre los periodistas y los clubmen fué así abriéndose paso la idea de la injusticia de los ataques dirigidos a la meritoria repartición. Algunos diputados que se cruzaron a las tres de la mañana con un grupo de ordenanzas negros provenientes del Departamento de Protección Agrícola se reprocharon en su fuero interno haber votado por la reducción de la partida.

Poco a poco esas impresiones favorables a la joven institución fueron ganando otras clases del pueblo, y cuando Simón Camilo Sánchez regresó del Brasil, cargado de gloria y engrandecido por los elogios del extranjero, la opinión pública estaba ya de parte suya. Con la vuelta del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura tales sentimientos se robustecieron, y gracias a las enérgicas gestiones que Delfín Acuña emprendió cerca de los representantes de su provincia pudieron traducirse en hechos que vinieron a sacar de su marasmo al profesor Herrlin.

Pero antes de historiar el esplendor del Departamento de Protección Agrícola debemos relatar la primera visita que el privat docent hizo a sus oficinas centrales cuando aquéllas causaban el estupor de las gentes con su frenética y misteriosa actividad nocturna.

Cierto atardecer, al retorno de una de sus habituales visitas al secretario del ministro, el profesor, que ya comenzaba a perder su timidez y su paciencia, sintió deseos de visitar de incógnito las oficinas destinadas a cuartel general de la campaña contra el conejo. Herrlin se deslizó al través de la puerta principal, como siempre entornada, y no hallando a nadie, aguardó en el primer rellano de la escalera a que apareciese algún portero. La espera fué inútil; Herrlin no divisó a ningún ser viviente. Sin embargo, toda la casa estaba llena del estrépito de las máquinas de escribir, del repiqueteo de los timbres internos y de las nerviosas llamadas de las campanillas telefónicas. A todo esto se unía el eco de voces y pasos humanos, y se hubiera dicho que en alguna parte del edificio una banda numerosa ejecutaba un lánguido vals vienés... Después de un largo momento de espera, Herrlin se lanzó resueltamente escaleras arriba, y guiándose por el bullicio de las máquinas de escribir, empujó una puerta. En una vasta estancia, con el aspecto de un salón de ventas de artículos norteamericanos de escritorio, cincuenta jóvenes dactilógrafas se hallaban sentadas ante sus respectivas máquinas, de espaldas a la puerta, y dominando el tumulto, se oía una voz que declamaba: «El cuelpo, señolitas, debe pelmanecel natulalmente elguido....»

Al ruido de la puerta las cincuenta jóvenes dactilógrafas volvieron simultáneamente la cabeza, mostrando al profesor cincuenta rostros de ébano lustroso en que sólo se advertía el blanco de la esclerótica y la roja pulpa de los labios carnosos. Y ante el gigante rubio, de ojos azules, que las miraba asombrado, las cincuenta señoritas exclamaron a un tiempo, mostrando cincuenta dobles hileras de dientes no menos blancos que el blanco de sus ojos: «¡Qué holol!»

La oportuna llegada de Liborio puso fin a esta escena. Herrlin le explicó que era un arquitecto extranjero y que deseaba, para formarse una idea del sistema argentino de construcción, conocer la distribución del edificio. (El privat docent se ruborizó al enunciar esta inocente superchería.)

Seguro de que el visitante no investía carácter oficial alguno, el mayordomo se prestó de buen grado a hacerle los honores del caserón. Recorrieron todas las salas, y Herrlin pudo admirar en ellas la profusión de avisos, máximas y sentencias sobre el conejo, que ocultaban el papel de las paredes. Se detuvo ante un cuadro sinóptico que representaba compendiosamente la evolución de su cocobacilo y concibió una idea muy favorable de los trabajos de la Sección de propaganda. Pero no comprendió en qué se ocupaban los grupos de negros de regocijada fisonomía y aire indolente que sorprendía recostados en los sillones y sentados sobre las mesas. No se explicó tampoco el sentido de la única alusión que pudo recoger a su paso por un corrillo estacionado en la biblioteca, en que se hablaba de «la pula tladition de Isabelino Díaz». Al llamado del teléfono, uno del corro, que fué a atenderlo, dijo autoritariamente: «En la cualta, métale todo delecho a Cocobacilo...»

Durante su recorrido le persiguió obstinadamente el eco del vals vienés ejecutado con toda verosimilitud por un robusto gramófono, y hasta le pareció advertir a través de una puerta entreabierta varias parejas que giraban voluptuosamente.

Terminada la visita, Liborio le acompañaba cortésmente hasta la salida, cuando volvieron a pasar por frente a la oficina en que trabajaban las cincuenta obscuras dactilógrafas. A la puerta estaba una joven que le dirigió una sonrisa impresionante. Liborio explicó: «Mi soblina Alba, plofesola de datiloglafía.»

Una vez en la calle, el profesor Herrlin echó a andar sin rumbo, indescriptiblemente estupefacto de la uniformidad étnica del personal de la Protección Agrícola y de las extrañas maniobras a que se entregaba. Caminó y caminó según su costumbre, hasta que pudo plantear en hipótesis la solución del enigma. He aquí las proposiciones que llegó a formularse:

«El empleo exclusivo de negros se impone, probablemente, por las condiciones climatéricas de los lugares en que debe desarrollarse la campaña en contra del conejo.

»Los ataques al Departamento de Protección Agrícola no son, en consecuencia, sino un episodio de la lucha de razas en este país.»

Y habiendo devuelto la tranquilidad a su espíritu con estas explicaciones, el privat docent se encaminó alegremente a la casa de doña Asunción.

CAPITULO IX
«DON PEPE»

Herrlin llegó aquella vez ya entrada la noche a la casa de su patrona.

Al dirigirse a su pieza para anotar en su libro de memorias las circunstancias más curiosas de la visita que acababa de realizar, vió a doña Asunción que corría hacia él llevando apretado contra el seno un brazado de hojas de coliflor.

—Míster Herrlin—le avisó—, entre con cuidado; don Pepe se ha metido en su pieza y no quiere salir...

El profesor creyó que don Pepe era algún borracho, y se dispuso a hacerle comprender duramente que el domicilio de un súbdito sueco es inviolable. Penetró en la habitación; dió luz, pero no vió a nadie.

—Mire debajo de la cama, míster—indicó la patrona, que había ocupado el vano de la puerta, siempre con el manojo de hojas de coliflor amorosamente apretado contra el pecho suntuoso.

Aunque no sin recelo, el profesor siguió el consejo de doña Asunción: se inclinó junto al vasto lecho que ocupaba, y a pesar de que no divisó nada, creyó necesario darle a entender al intruso que lo había descubierto, porque le dijo con severidad:

—¡Salga de ahí, señor!...

A modo de contestación, se oyó debajo de la cama un redoble fuerte y sonoro como el de un revólver que se golpease contra el piso, y al propio tiempo un ronquido nada amable. El profesor Herrlin se enderezó súbitamente y miró con desconcierto a la patrona.

—Tírele de las orejas—insinuó ésta amablemente.

Herrlin admiró la despreocupación con que le impulsaba a la peligrosa empresa de irritar a un hombre armado y en pleno delirio alcohólico; pero no cedió a esa sugestión femenina que hace los héroes. Las incidencias de un pugilato le parecieron impropias de un profesor universitario.

Su indecisión fué tan evidente que la patrona se resolvió a obrar por su propia cuenta. En un gesto que le pareció al sabio sueco el de una madre espartana encerrándose para morir junto con el enemigo de su patria, dejó el fardo de coliflores en el umbral y empujó las dos batientes de la puerta. Luego, adelantándose hasta la cama, se arrodilló y comenzó a dirigirle a don Pepe denuestos y expresiones de cariño, todo sin resultado.

El hosco intruso debía de haberse dormido en su obscuro refugio. Alentado por esta idea, Herrlin se bajó de nuevo, esta vez sin recelo, y pudo ver, como a un metro de los pies torneados del lecho, con las orejas replegadas a lo largo del cuerpo, en posición de reposo, un soberbio conejo macho, de pelaje gris claro, de la variedad conocida con el nombre de «gigante de Flandes» (Lepus cuniculus giganteus).

Este descubrimiento despertó los ímpetus belicosos del profesor. Repentinamente se acordó del estoque oculto entre sus mantas de viaje; hallólo en un santiamén, desenvainó, se echó de bruces sobre el camión de alfombra y dirigió la afilada lámina de acero contra el pecho del conejo.

Doña Asunción, que proseguía de rodillas su canto alterno, al ver el relampagueo del arma lanzó un grito penetrante.

Se puso de pie, y sujetando a Herrlin de los hombros rompió a sollozar:

—¡Por favor, míster!... ¡No me lo mate!... ¡Animalito de Dios! ¡¡Si es inocente!!

El profesor, volviendo la cabeza, accedió a las súplicas de su patrona. Comprendió que don Pepe era el animal tutelar de la casa y que había estado a punto de cometer un sacrilegio. Envainó el estoque y pidió disculpas a doña Asunción.

Fué así cómo, contratado para matar conejos, el profesor Herrlin, a los pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó al convenio por ser grato a una mujer.

CAPITULO X
SÍNTESIS DE TRES EJERCICIOS FINANCIEROS

Desde que el ministro de Agricultura obtuvo aquel triunfo parlamentario, a base de los informes de Johan van der Elst, hasta que en el Instituto de Bacteriología pudo abrirse a una vida efímera el primer esporo de un cocobacilo de Herrlin pasaron muchos meses. Las estaciones se sucedieron unas a otras; las vides brotaron sus pámpanos, las cañas se hincharon de savia y los campos se cubrieron varias veces de avena, cebada, maíz y alfalfa. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola alcanzó sucesivamente las cifras de 2, 4 y 6 millones; las oficinas metropolitanas rebosaron de empleados; los Comisariatos se multiplicaron en todo el país, y el servicio de propaganda, que seguía siendo el predilecto de Simón Camilo Sánchez, llegó a formas insuperables. Todos los trenes que cruzaban el territorio llevaban avisos luminosos, y en las noches serenas de la Pampa, las lechuzas, doctas y noctámbulas, veían ya sin asombro correr por entre la empalizada de los postes telegráficos esta fúlgida leyenda: «El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

Indiferentes a esta continua detractación, los conejos crecían y se multiplicaban sin descanso.

Ramoneando los pámpanos de las vides; royendo las cañas de azúcar tiernas; devorando, antes que alcanzaran sazón, las espigas de avena y de cebada; talando los campos de alfalfa; descortezando en las granjas próximas a los pueblos las sandías y los melones; desenterrando y devorando las patatas; tronchando los maizales en flor; atiborrándose de zanahorias, nabos y arvejas; desayunándose con coles, lechugas y escarolas; horadando y revolviendo la tierra en su infatigable tarea de zapadores, los cientos de millares de conejos mostrábanse, sin embargo, menos diligentes que los tres mil empleados del Departamento de Protección Agrícola. A pesar de su extraordinaria actividad nutritiva, aquéllos dejaban siempre algo con lo que el colono podía sembrar para la próxima cosecha.

En cambio, no hay recuerdo de que la cuenta anual del Departamento de Protección Agrícola se haya cerrado nunca sin déficit. Rara vez los millones acordados por el Congreso alcanzaron más allá del mes de octubre. Semejante insuficiencia crónica de recursos hizo imposible la creación del Instituto de Bacteriología en que debía prepararse el bacilo aniquilador de la plaga. Herrlin, sin embargo, fué ocupado algún tiempo en la formulación de un nuevo plan de campaña, hasta que se incorporó a la repartición en calidad de asesor técnico. Por espacio de muchos meses el privat docent debió redactar, sobre la base de los partes hebdomadarios de los Comisariatos, un largo informe, que nadie se tomaba el trabajo de leer. La conclusión invariable de todos esos documentos consistía en aconsejar la propagación inmediata del cocobacilo, de acuerdo con el plan que había formulado. Cuando Herrlin llegó a advertir que sus informes se archivaban sin ser tomados en consideración, dió en la costumbre de leer sus conclusiones a Simón Camilo Sánchez y de enviar por su cuenta una copia al ministro. Y como a pesar de todos los desaires siguió obstinándose en leer a todo el mundo las conclusiones, siempre idénticas, de su informe, fué adquiriendo poco a poco la reputación de un maniático. Los altos funcionarios del Departamento no hablaron de él sin mover la cabeza compasivamente; los empleados no pudieron aludirle sin sonreirse, y los ordenanzas no le vieron pasar con su abultada cartera sin entregarse a esos silenciosos accesos de hilaridad propios de los negros.

CAPITULO XI
DONDE EL COCOBACILO DE HERRLIN SE APRESTA A ENTRAR EN ACCIÓN

Ese año, el cuarto que pasaba en Buenos Aires Augusto Herrlin, el presupuesto del Departamento de Protección Agrícola fué acerbamente combatido por la diputación socialista.

«¡Que se nos muestre el cadáver de un solo conejo! ¡Que se nos informe sobre los resultados del cocobacilo!», gritaban los energúmenos a cada nuevo pedido de fondos.

Ante tales simplistas argumentos, toda elocuencia era vana, y el ministro tuvo que confesar que, por escasez de recursos, aun no se había hecho uso del cocobacilo. Todo el mundo lo sabía; pero todo el mundo creyó necesario asombrarse.

Fué así como ese año se acordaron ocho millones de pesos para la prosecución de la lucha contra el conejo y se incluyó en la ley de Presupuesto un artículo mandando iniciar los trabajos para la difusión del germen fatal.

Convertido en hombre de confianza del ministro, que había puesto a un lado a Simón Camilo Sánchez por no haber tenido éste la previsión de organizar una exposición de cadáveres de conejos, Herrlin terminó en pocas semanas la instalación de un modesto laboratorio bacteriológico.

La nueva dependencia del Departamento de Protección Agrícola ocupó una amplia casa-quinta en la Floresta.

Se inauguró un día a fines del invierno. El sol tibio, el cielo de un celeste esplendoroso, los árboles ostentando el verde claro de las hojas nuevas y el vaho leve de polen que venía del jardín anunciaban la primavera.

El profesor Herrlin también la anunciaba por la verbosidad con que acogía a todos los invitados, por el brillo inusitado de su levita académica, por el optimismo con que consideraba el futuro, por su ansia incontenible de consagrarse a la preparación de caldos de cultivo y a ensayos de la virulencia de sus bacilos, por la impaciencia con que esperaba la iniciación de la ceremonia inaugural.

A su alrededor todo parecía también anunciar la primavera: las letras de oro del frente del edificio, que refulgían al sol; las banderas, que una brisa suave desplegaba amorosamente; los vistosos tocados de las mujeres que discurrían por el jardín... A pesar de las prevenciones de sus maestros contra la ilusión antropocéntrica, Herrlin vinculaba ese esplendor de la naturaleza a la buena fortuna de su cocobacilo (Cocobacillus cuniculosum), que iba por fin a poder expandirse libremente por el territorio de la República.

Herrlin había invitado a la fiesta a su patrona y a sus compañeros de pensión. Doña Asunción, de gran gala, acompañada por D. José María de Inclán-Zavaleta, visitó detenidamente las dependencias del local; los dos estudiantes de medicina, que tomaban por primera vez en serio las funciones oficiales del profesor, le ayudaron en sus atenciones sociales, y el empleado de Lutz y Schulz, que faltaba por primera vez a su trabajo en un día ordinario, pasó la tarde presa de graves remordimientos.

La inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola había sido fijada para las dos de la tarde. A las tres el ministro telefoneaba que se disponía a salir junto con el presidente; a las cuatro mandaba anunciar que se ponía en camino, y a las cinco, envuelta en las sombras del crepúsculo, la comitiva oficial hacía su entrada en la quinta.

Después de las presentaciones de rigor, Herrlin mostró al presidente todas las dependencias del local, y tras esta recorrida, los funcionarios fueron a ocupar el estrado que se había construído en el parque frente a las conejeras aún vacías. Allí, sin defección alguna, se llevó a cabo el programa concertado por Simón Camilo Sánchez, que constaba de las siguientes partes:

1.º Himno nacional.

2.º Discurso de su excelencia el señor ministro de Agricultura.

3.º Discurso del presidente de la Comisión de Agricultura de la H. Cámara de Diputados.

4.º Discurso del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura.

5.º Discurso del presidente de la Sociedad Rural.

6.º Discurso del profesor doctor Augusto Herrlin, director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola.

7.º Lunch.

La concurrencia se agolpó en torno del estrado y aguantó a pie firme el formidable chubasco oratorio. Según la opinión de D. José María de Inclán-Zavaleta, los cuatro discursos que precedieron al de su amigo Herrlin no valían la pena de oírse; eran la reedición de todo cuanto venía diciéndose sobre el conejo desde que este animalito entrara en el círculo de las preocupaciones gubernamentales. Y más que nada eran ponderaciones infinitas sobre su voracidad. El apetito de los conejos arrancaba a los oradores elocuentes expresiones de reprobativa admiración.

En cambio, la breve peroración del profesor sueco suscitó el entusiasmo de D. José María de Inclán-Zavaleta.

Herrlin, abandonando la bacteriología, se entró por el terreno de las ciencias históricas e hizo la síntesis de la lucha constantemente renovada entre la humanidad y el conejo. Apelando al testimonio de Strabon, recordó que en tiempos de Augusto los habitantes de las islas Baleares y de Lípari y los de la Península Ibérica impetraron el auxilio de las invictas legiones romanas para combatir la plaga leporina, y que los tenaces roedores habían derribado, socavando sus cimientos, las murallas ciclópeas de Tarragona.

Además señaló con ironía el hecho singular de que esta fecunda y extendida especie animal había conseguido dar su nombre a la nación más caballeresca de la historia.

Los filólogos afirman, en efecto, que la palabra España significa conejo, porque este animal se llamaba «Saphan» en hebreo, término que los fenicios convirtieron en Sphania y los latinos en Hispania, España.

«Tengamos presente asimismo—agregó—que Cátulo llama a España «cuniculosa» (conejera) y que dos medallas acuñadas bajo el reino de Adriano representan a esta nación en figura de mujer teniendo a sus pies un conejo pequeño.»

El profesor continuó describiendo las diversas formas de persecución al conejo a través de las edades, y remató encarándose con el presidente de la República y dirigiéndole las mismas palabras que el «maire» de una población rural dedicó a Napoleón III: «Señor: Disponed la inmediata destrucción de todos los conejos y habréis realizado el acto más grande del reinado de V. M.»

Una salva de aplausos acogió esta elocuente incitación final; el presidente hizo a la vez un ademán de aquiescencia y de agradecimiento (Herrlin le había dado el tratamiento de Vuestra Majestad), y la concurrencia, fatigada por cuatro horas de plantón, se precipitó desenfrenadamente hacia la sala del lunch.

Las ponderaciones de los oradores sobre el apetito formidable de los conejos debían haber despertado en el público una noble emulación. Sólo quien haya arrojado a la madrugada en una conejera populosa un brazado de frescas hojas de escarola puede formarse una pálida imagen de cómo desaparecieron las pirámides de dulces, frutas secas y sándwichs que cubrían de un extremo a otro la amplia mesa de operaciones del Instituto.

CAPITULO XII
«DON JUAN»

Al día siguiente, en la casa de doña Asunción se festejaba con un almuerzo excepcional la inauguración del Instituto.

La patrona se había propuesto celebrar el acontecimiento con una comida el día mismo de su feliz realización; pero hubo que postergarla porque el profesor Herrlin recibió, por primera vez desde su llegada a Buenos Aires, una invitación de Simón Camilo Sánchez, e Inclán-Zavaleta, de su lado, se había comprometido a asistir a la lectura de un drama histórico del doctor David Peña.

De vuelta de la ceremonia, doña Asunción se sentó a la mesa para la comida de la noche, pero no probó bocado. Tenía de comensal único al silencioso empleado de la casa de óptica, gracias a lo cual pudo reflexionar con detención. Las tareas domésticas no le dejaban, por lo general, tiempo para hacerlo, y no advirtió así, hasta aquella noche, el lugar que el ilustre profesor sueco había llegado a ocupar en su casa y en su corazón.

Contemplando el asiento vacío del ausente, se dió a pensar en lo desiertos que serían sus días cuando el profesor, concluída su misión, retornara a su país. No tendría ya la preocupación cotidiana de que estuvieran listos a las ocho en punto el tazón de café con leche y crema, las tostadas con mermelada y la copa de Oporto que componían su desayuno ordinario. No debería ya vigilar para que a las once y media se sirviera el almuerzo y para que a las tres de la tarde se le enviase el te con leche, las rebanadas de pan negro con manteca y de pan candeal con miel, junto con la copita de coñac a que estaba habituado. Recordaría en vano que a las cinco y media volvía a tomar te solo con bizcochos y que exigía regularmente la última comida a las ocho de la noche. Y hasta llegaría a olvidar que las veladas de invierno, en torno de la estufa, se distinguen de las sobremesas estivales porque en un caso el ponche debe estar bien caliente, y en el otro, la cerveza bien helada...

Don Augusto—como había acabado la patrona por llamarle—sabía apreciar la delicadeza de la vida doméstica. Cuando ella misma arreglaba su habitación, limpiaba el polvo de los libros y ponía un búcaro de flores sobre la estantería, el sabio, aunque hubiera estado ausente, reconocía su mano y le daba las gracias con una efusión infantil.

No; no era como esos ogros de medicina, que llenaban los cajones de las mesas de luz con trozos de cadáveres, ni como el historiador Inclán-Zavaleta, que colgaba las medias de las perillas de la cama.

Y absorta en tales reflexiones melancólicas, doña Asunción se quedó hasta muy tarde sentada ante la mesa.

Sin embargo, al día siguiente no eran todavía las siete de la mañana cuando la diligente patrona andaba ya revolviendo entre los trastos de la cocina y traía al trote a la cocinera y a la sirvienta. El zafarrancho culinario duró hasta media hora antes de la señalada para el almuerzo, en que doña Asunción, habiendo dejado todo dispuesto, se sentó a descansar en el jardín.

Don Pepe, que andaba retozando por allí, fué a tenderse a sus pies. Así, toda encendida aún por el resplandor de los fogones, con la arrogante expresión de una dueña de casa que acaba de imponerse, humillándola, a una cocinera levantisca; la matinée, que señalaba, sin destacarlas, sus líneas opulentas, y el conejo extendido a sus plantas, le pareció al privat docent la figura, acuñada en medallas bajo el reinado de Adriano, que representaba, como se sabe, la Hesperia de los latinos. Augusto Herrlin estuvo por llamarla «madre de pueblos» y «genio de una raza voluptuosa y marcial»; pero recordó que era soltera y temió ofender su pudor.

Nuestro buen profesor no era locuaz; pero estaba dominado aún por la excitación del día anterior y necesitaba desahogarla en palabras. Así que, fijándose en el animal, comenzó a decir:

—Este conejo, de la variedad «gigantea», apellidado vulgarmente «gigante de Flandes», por su nombre científico Lepus cuniculus giganteus, y que se distingue de las otras especies monstruosas por sus orejas más pequeñas y erectas, no debía llamarse don Pepe, sino don Juan.

—¿Por qué, don Augusto?—preguntó suavemente la patrona.

—Las funciones esenciales de estos seres—continuó el profesor—son, en efecto, la nutrición y el amor, y por ellas debiera caracterizárseles. Es cierto que ambas son necesidades primordiales de todas las especies y que el hambre y la pasión sexual (doña Asunción se ruborizó) son los instintos primarios del hombre; pero en pocos animales alcanzan la intensidad que en el conejo, la liebre y el lepórido. Los antiguos romanos habían consagrado la liebre a Venus y tenían su carne por un manjar afrodisíaco...

Y el privat docent de Upsala siguió ensartando con su ingenuidad de sabio una serie de detalles procaces sobre las fornicaciones y el régimen poligámico de los conejos y los románticos torneos amatorios de las liebres.

Doña Asunción, que escuchaba en silencio el escabroso relato, mientras acariciaba con mano trémula las sedosas orejas de su protegido, se levantó precipitadamente al oír el aviso para el almuerzo. Don Pepe o don Juan, como se quiera llamarlo, la siguió a grandes trancos, moviendo cómicamente las orejas y el rabo, convencido de que aun podía agradar a su dueña con sus morisquetas y sus gracias infantiles.

Pero desde la sabia disertación del jardín, don Pepe fué para la opulenta patrona la bestia disoluta, el macho cruel y egoísta, el incestuoso y filicida, el amante insaciable y seductor satánico que los poetas han idealizado en el retrato de Don Juan. No volvió jamás a acariciarle en público; sólo unas pocas veces, a escondidas, lo estrechó contra su pecho, y besándole nerviosamente, le dijo: «¡Monstruo!...»

CAPITULO XIII
EL HONOR DE LOS PUEBLOS

El almuerzo preparado por doña Asunción en homenaje del sabio bacteriólogo debía ser su obra maestra; pero, como tantas otras obras maestras, quedó inconclusa.

A mediados de la comida dos personas reclamaron insistentemente entrevistarse sin retardo con el profesor. Herrlin abandonó su asiento de honor y se encerró con los dos visitantes.

—Deben de ser periodistas—dijo la patrona para explicarse la inoportunidad de su arribo.

Eran, efectivamente, dos periodistas de la Redacción de El León de Castilla, que venían, en nombre de su director, D. Cástulo Z. Pérez de Manara, a retar a duelo al profesor doctor Augusto Herrlin por las expresiones denigrantes con que en su discurso de la víspera habíase referido a la madre patria. Pérez de Manara, que continuaba con honor y provecho la tradición combativa del periodismo español en el Río de la Plata, creía que la substitución del león heráldico, emblema de la nobleza y el valor castellanos, por el conejo de las medallas de la época de Adriano, y el calificativo de «conejera» (cuniculosa) dado a la hidalga nación eran afrentas que sólo podían lavarse con la sangre del profesor sueco.

—Pero, señores, si no hay ofensa alguna...

—No es usted el indicado para pronunciarse a ese respecto—replicó severamente uno de los padrinos.

—Si no he hecho mas que recoger todos esos datos en las fuentes históricas...

—Aunque los hubiese bebido usted en la Cibeles—repuso airadamente el otro padrino—. ¿Cree usted que cuadra a los héroes de Somorrostro el pedir socorro a las legiones garibaldinas para defenderse de una plaga de gazapos? Paparruchas, hombre, paparruchas. Ni aunque lo dijesen Ramón y Cajal y Menéndez y Pelayo...

—No conozco a esos cuatro señores—contestó pacíficamente el sabio—; pero puedo mostrarles ahora mismo el pasaje del libro III de la Geográfica, de Strabon, en que se refiere el hecho. Tengo a mano la edición de Kramer, Berlín, 1844-47, ejecutada sobre el Códice de París, 1393, que si ustedes quieren pueden confrontar con la traducción francesa de M. Amédée Tardieu, París, 1867-94. Pongo esos libros a la disposición del señor Pérez de Manara...

—Nosotros, señor profesor, hemos venido a desafiar a un hombre, no a una biblioteca...

Indiferente a los arrebatos de los dos representantes, el privat docent intentó entrar en una larga disertación para demostrar que el reconocimiento de la veracidad histórica es compatible con el respeto a las naciones. Pero a cada argumento ambos padrinos dábanse sendos golpes en el pecho y exclamaban a coro:

—¡Somos castellanos!...

—¡Y yo soy sueco!—dijo al final, ya amoscado, el profesor de Upsala.

—No sólo lo es usted, sino que se lo hace—enunció el primer padrino.

Por el tono, Herrlin advirtió que esa frase tenía un sentido injurioso. Cortó resueltamente la conferencia, y rogándoles a los enviados de Pérez de Manara que aguardasen un instante, se dirigió al comedor con las facciones demudadas por la ira. Llamó aparte a don José María de Inclán-Zavaleta y al mayor de los estudiantes de Medicina, y poniéndolos rápidamente al corriente del asunto, les designó como representantes suyos. Los dos aceptaron, trasladándose a la sala, donde el cuarteto de padrinos comenzó a deliberar.

Encerrado mientras tanto en su habitación, Herrlin se entregó a un desordenado paseo, y terminó arrugando de un puñetazo el primer volumen de la Geográfica, de Strabon, en la correcta edición de Kramer, Berlín, 1844.

«¡Que doce mil quinientos diablos los utilicen para calentarse los pies en pleno rigor del estío infernal!», dijo, refiriéndose a las ciencias históricas y geográficas.

E hizo el voto de no transgredir jamás los límites de la bacteriología.

Aunque las tramitaciones se prolongaron varios días e intervinieron en ellas el canciller, el ministro de Agricultura, Simón Camilo Sánchez y el jefe de Policía, además de los cuatro padrinos, Augusto Herrlin salió bien librado. No le dejaron batirse, y tuvo que contentarse con firmar una declaración pública en la que enunciaba su afectuoso respeto por la madre patria, y en la que Strabon, Plinio y Cátulo aparecían como tres panfletistas que hubiesen escrito bajo las pasiones de la guerra de la independencia americana. A despecho de los usos caballerescos, el profesor sueco consintió en entregar él mismo aquella nota a los padrinos de su adversario.

Estos fueron a recogerla al Instituto en momentos en que Herrlin, con un ojo aplicado al tubo de un microscopio, veía abrirse un esporo de su cocobacilo con el regocijo del que advierte la primera sonrisa de su primogénito.

Uno de los redactores de El León de Castilla, indignado por los arteros recursos del profesor sueco para vencer a los conejos, le dijo a modo de despedida:

—¡Nosotros los castellanos, señor profesor, matamos los conejos frente a frente!

CAPITULO XIV
LA SEPTICEMIA DE HERRLIN

A la inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola siguió, pocas semanas después, la creación de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, que debía informar sobre las investigaciones científicas del profesor Herrlin. Componían esa Junta el indispensable Simón Camilo Sánchez, varios altos funcionarios y el doctor Aníbal Gaona, ex magistrado, ex ministro, ex vocal del Consejo de Educación, ex embajador, etcétera, etc.

El doctor Gaona era la persona de mayor prestigio del país. Su reputación de integridad no podía ser igualada por nadie, porque nadie como él había firmado siempre en disidencia en los acuerdos de las Cámaras de apelaciones, ni había renunciado tantos ministerios a los pocos días de aceptarlos como una solución nacional, ni había sufrido un número mayor de injustas derrotas en los comicios. Su designación fué acogida con aplauso por todo el mundo y señalada como un indicio de que el Gobierno estaba irrevocablemente resuelto a llevar adelante la campaña leporicida.

El profesor Herrlin no podía iniciar sus trabajos hasta tanto la Junta no le oyese y aprobase su plan. Tuvo, pues, que aguardar a que se constituyese, redactase su reglamento, eligiese presidente al doctor Gaona, nombrase dos secretarios rentados y discutiese durante varias semanas el local en que celebraría definitivamente sus sesiones.

Por fin cierto día pudo exponer ante la Junta en pleno, y en presencia del ministro de Agricultura, las virtudes de su cocobacilo. Su disertación fué escuchada en medio de un silencio impresionante. El privat docent, después de explicar minuciosamente los detalles que diferencian el género bacteria (bacterium) del bacilo (bacillus), confundidos con frecuencia por el vulgo, señaló todas las excepciones conocidas de esa clasificación en dos géneros, y terminó estableciendo la regla llamada «principio de Hedenius», según la cual los bacilos pueden ostentar todos los caracteres de las bacterias y las bacterias todos los caracteres de los bacilos. El cocobacilo Herrlin encuadraba, como todos sus congéneres, en el principio de su sabio maestro de Upsala, y excepción hecha de la rapidez de su multiplicación y la resistencia de sus esporos, no ofrecía ningún rasgo extraordinario. Era el agente de la septicemia cuniculosa de Herrlin, que no debía confundirse con la septicemia experimental de Koch ni con la espontánea de Alfort. Inoculado a un conejo, el cocobacilo determinaba su muerte en menos de veinte horas. Apenas recibían en sus tejidos al terrible huésped, los pobres roedores se mostraban abatidos, con signos de decaimiento moral, faltos de apetito, y con las orejas gachas y el pelo erizado se apelotonaban en el fondo de sus cuevas.

Allí, después de una serie de trastornos intestinales, iba a sorprenderles irremediablemente la muerte.

Pero lo maravilloso de los estudios del profesor sueco residía en el grado de domesticación a que había llevado su cocobacilo. Este le obedecía con la docilidad de un perro, y así, a su arbitrio, aumentando o disminuyendo su virulencia, podía fulminar a los conejos en menos de dos horas o prolongar su agonía durante muchos meses, atacar únicamente a las hembras o exterminar sólo a los machos y hacerlo mortífero en verano e inocuo en invierno o viceversa. Además, mediante un régimen especial, podía convertir a ciertos conejos en agentes propagadores del bacilo. Los animales preparados para esas funciones derrotistas adquirían una vitalidad a toda prueba y una extraña afición por la sociedad de sus semejantes. Sin respetos por las castas sociales ni por los usos venerables del mundo cunicular, se introducían audaz y afablemente en las cuevas ajenas, se hacían de la familia, infectaban a todos sus miembros, y apenas recogían el último suspiro del último representante de la tribu corrían a la cueva más próxima, donde se instalaban con el desenfado de los conejos habituados al trato mundano. Y la descripción que hacía el profesor sueco de la afabilidad, el buen humor y el don de gentes de esos individuos consagrados a llevar la desolación y la muerte a los hogares era realmente siniestra.

«¡Qué formidables jettatores!», pensó entre sí el doctor Gaona, que era supersticioso.

Simón Camilo Sánchez, burócrata por excelencia, meditó con melancolía en el porvenir del Departamento cuando ya no existiesen conejos a quien vigilar. En cambio, el ministro oía con avidez a Herrlin, soñando voluptuosamente en aplastar a la diputación socialista bajo una montaña de pestilentes cadáveres de conejos.

CAPITULO XV
UNA CAMPAÑA ELECTORAL

A tiempo que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía expedirse respecto al informe del profesor Herrlin, las elecciones de renovación presidencial comenzaban a preocupar a las gentes. Al principio, como no se conocían aún las candidaturas definitivas, la agitación pública se manifestaba ardorosa, pero confusamente. Las fuerzas opositoras habían librado ya en torno del presupuesto de la Protección Agrícola su primer combate con las del Gobierno, y la propaganda partidista había convertido aquel organismo burocrático en el emblema del oficialismo ignaro y corruptor. Algunas elecciones provinciales, preludio del gran acto comicial, fueron ganadas por los elementos de Delfín Acuña, empleados todos de los Comisariatos locales, y esta derrota enardeció a las oposiciones. El Departamento de Protección Agrícola fué calificado de «máquina electoral puesta al servicio del Gobierno y alimentada con los dineros del pueblo» y estigmatizada en mil manifiestos.

Y cuando la Convención del partido oficial designó su candidato al doctor Aníbal Gaona, presidente de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, los grupos de opositores arreciaron en su campaña. El descaro del oficialismo llegaba hasta el extremo de levantar la candidatura de un empleado de la Protección Agrícola.

En contra de Gaona, la coalición opositora alzó el nombre del doctor Juan Carlos Vértiz, que había sido intendente de San Luis durante la revolución del año 96, que, como se sabe, duró tres horas y cuarenta y cinco minutos.

Entre ambos candidatos, de méritos tan equilibrados, el triunfo era indeciso. Sus programas respectivos no iban ciertamente a dividir la opinión: el del doctor Gaona proclamaba «libertad de sufragio, reducción del presupuesto, fomento del comercio y las industrias», y el de su antagonista enunciaba «pureza electoral, disminución de los gastos, propulsión de las industrias y el comercio».

Pero el doctor Gaona pertenecía al Departamento oprobioso, mientras que el doctor Vértiz no había ocupado jamás un cargo público, y por esta sola señal el electorado debió decidirse entre ambos. La zarandeada institución vino así a convertirse en el centro de la contienda.

Ya desde los preliminares de la campaña electoral los grupos opositores tomaron la costumbre de ir a silbar ante el edificio del Departamento y a denostar a los pocos empleados que se asomaban a las ventanas del viejo caserón.

Durante toda la campaña electoral el doctor Vértiz no abandonó su quinta de Morón. Su austeridad cívica le vedaba salir a solicitar el voto de los electores. No pronunció tampoco una sola palabra, ni escribió una línea, y a partir del día de la proclamación negóse terminantemente a recibir a los caudillos opositores que trabajaban por el triunfo de su candidatura. La única vez que se le oyó decir algo fué en el velorio de un ex revolucionario del 96. El doctor Vértiz, ante el ataúd de su compañero de armas, repitió hasta tres veces en voz baja: «El conejo no existe, el conejo no existe, el conejo no existe.»

Esa sentencia, recogida por oídos fieles, fué la fórmula mágica de la campaña electoral. Desde aquella noche los opositores diéronse a afirmar resueltamente: «El conejo no existe... El conejo es una invención del régimen oprobioso...»

Con toda la gravedad de un espíritu jurista, el doctor Gaona preparaba mientras tanto el informe que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía presentar sobre el método del profesor Herrlin y la eficacia de su cocobacilo. A mediados de la campaña electoral, la parte ya redactada alcanzaba a 2.480 páginas en papel de oficio. El candidato gubernamental había extractado todas las Memorias y publicaciones del Departamento de Protección Agrícola y había solicitado además infinidad de informes al sabio sueco. Junto con los tres voluminosos tomos en que el doctor Gaona creía poder concretar los varios aspectos de la cuestión, debía aparecer un Atlas con la colección de todos los mapas sobre repartición de la plaga de conejos dados a luz en los últimos cinco años. Esa prueba gráfica y documental iba dirigida directamente contra el optimismo práctico de su antagonista, al que aludía cuando hablaba del «optimismo del avestruz, que, escondiendo la cabeza bajo el ala, se niega a reconocer el peligro».

El Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, en tres tomos y un atlas, apareció editado por la imprenta Coni y llevando por nombre de autor el del doctor Aníbal Gaona con todos los títulos que había alcanzado en toda su larga vida pública.

Los cuatro volúmenes eran de unas dimensiones impresionantes, y ante ellos nadie se habría sentido capaz de negar la existencia del conejo. Así, los partidarios del doctor Vértiz a la aparición del libro sufrieron un profundo desconcierto. Era inútil que los más fanáticos exclamasen: «¡El conejo no existe!... Avanti!» Sus correligionarios contemplaban la mole enorme del Informe y movían la cabeza con desconsuelo: la obra del doctor Gaona era inexpugnable. ¡Cualquiera se atrevía con las 4.375 páginas de texto!

Sin embargo, la reacción no tardó en producirse. Los opositores eludieron referirse al Informe; pero atacaron con más acritud si cabe al Departamento. A la vuelta de un gran mitin, una columna nutrida de manifestantes verticistas quiso llegar hasta el edificio del Departamento, pero fué duramente rechazada por la Policía. Exacerbados por esta derrota, un grupo de afiliados a un Comité de la Floresta apedreó al anochecer el Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola. A esa hora sólo se hallaban en el establecimiento Herrlin y un sirviente. El profesor estaba ocupado en el trasvase de unos cultivos de cocobacilo cuando oyó los gritos de los asaltantes y el estrépito de los cristales, que saltaban en mil pedazos. Corrió a la puerta de entrada y desde allí procuró descubrir en las sombras el origen del tumulto. A su aparición, los gritos arreciaron en la calle, así como la lluvia de piedras que se estrellaban contra el frente de la casa. Un cascote que zumbó más vigorosamente que los otros alcanzó en una sien al estupefacto Herrlin. Este sintió el choque; advirtió en seguida la tibieza de la sangre, que le corría por la cara, y asiéndose al pasamano de la puerta, fué doblándose lentamente hasta que quedó sin fuerzas en el suelo. Los gritos de los revoltosos le parecieron mezclarse con el sordo borboteo de la sangre, y poco a poco fué perdiendo dulcemente la noción de todo, como cuando se quedaba dormido, frente a la estufa de su cuarto de estudiante, en Upsala.

CAPITULO XVI
THE RABBIT’S MARCH

Cuando el profesor Herrlin volvió en sí se halló en una habitación de hospital, toda blanca e inundada de luz. Por una ventana divisó una extensión de parque, y a lo lejos, la atmósfera fuliginosa de un barrio fabril. Tres o cuatro personas conversaban animadamente en un extremo de la estancia. Herrlin creyó reconocer las voces, pero no entendió lo que decían. A un movimiento suyo, los interlocutores se acercaron al lecho, y viéndole con los ojos abiertos y la expresión lúcida, comenzaron a arengarle en una lengua rotunda y armoniosa. El privat docent se incorporó en el lecho, y después de mirar con angustia a sus interpelantes, murmuró unas palabras en sueco. Augusto Herrlin se había olvidado del castellano...

Había olvidado asimismo todo cuanto le aconteciera desde su embarco en Estocolmo. Las gentes que esos días se acercaron a su lecho no le parecían extrañas, y las palabras incomprensibles que le dirigieron sonaban en sus oídos como algo muy conocido; pero ni unas ni otras evocaron recuerdo alguno en su espíritu. Toda su vida mental se reducía a sus hábitos e impresiones de Upsala. A veces el paso lento del practicante de guardia le hacía creer que el profesor Hedenius se aproximaba para arrancarle de la extraña pesadilla en que estaba postrado, y otras un vocerío lejano le daba la ilusión de que los estudiantes abandonaban el aula magna borealis de su vieja Universidad.

Ese confinamiento en el pasado hacía de él una persona dócil e inerte. Seguro de que era presa de las ilusiones de un delirio, se entregaba sin resistencia a todas las sugestiones de los que le rodeaban. Una visita que le hizo el ministro sueco no le ilustró sobre su situación.

El diplomático, para no comprometerse, no hizo la menor alusión al cascotazo, y le dirigió esas vagas preguntas y frases consoladoras que se aplican lo mismo a un enfermo del cólera morbo que al clausurado en su casa por un resfrío. Como a la semana de su vuelta a la vida Herrlin fué conducido a casa de doña Asunción. La patrona, que ya le había visitado en el hospital, le recibió llorando, y esta demostración de sentimiento arrancó por un instante al privat docent de la inconsciencia a que se había abandonado.

Satisfecho de darse en el mundo de los sueños con un ente compasivo, le alargó la mano y la saludó afablemente en sueco. Doña Asunción redobló el llanto, y en medio de su desconsuelo apuntó el orgullo femenino: «¡Pobrecito, me ha reconocido!...»

Este estado del director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola no era conocido sino por unas cuantas personas. Todo el mundo se había enterado de su salida del hospital y se le suponía ya sano y fuerte.

Era lo mejor que podía ocurrir; el asalto al Instituto despertó una emoción tan violenta, que de alimentarse con cualquier otra noticia se comprometería el orden público.

Toda la Prensa condenó enérgicamente el vergonzoso atentado y encareció el prestigio mundial de la víctima. Sólo El León de Castilla se permitió insinuar que, de haber sido Herrlin un argentino o un castellano, los asaltantes no habrían salido tan bien librados. Las acciones de la candidatura Vértiz sufrieron una merma considerable. Aunque las fracciones opositoras se asociaron a la protesta pública, no pudieron eludir cierta responsabilidad. El Comité universitario de la candidatura Gaona, en un vibrante manifiesto, había acusado del crimen de lesa ciencia al doctor Vértiz, «instigador directo del ominoso hecho, que es una página de vergüenza en el infolio inmaculado de la civilización argentina».

Delfín Acuña, que se constituyera en manager de la candidatura oficial, tuvo la idea de ofrecer un banquete de desagravio al profesor Herrlin: era el golpe de gracia a la campaña opositora. Apenas se lanzó la iniciativa comenzaron a llover adhesiones de las Asociaciones universitarias, centros científicos, institutos de cultura y Sociedades pedagógicas; de las sesenta Cooperativas constituídas por los empleados del Departamento de Protección Agrícola; de los cientos de Comités gaonistas; de los clubs atléticos escandinavos y de mil organizaciones de todo carácter. La lista de comensales llegó a una cifra fabulosa, y la Comisión organizadora se vió en la necesidad de cerrar la inscripción cuatro días antes del banquete. Para compensar a los miles de ciudadanos que no pudieron conseguir cubierto, Delfín Acuña imaginó organizar una manifestación de antorchas que iría a saludar al privat docent a la salida del teatro donde se tendería la mesa.

Llegó la noche del banquete. El anonadamiento en que vivía el profesor sueco no preocupó a los directores del homenaje; Acuña había prometido remediar a todo, y eso les tranquilizaba. El activo provinciano se presentó al anochecer en casa de doña Asunción, y a fuerza de mímica y con la ayuda de la patrona vistió al sabio de frac, le pintó con tintura de yodo la cicatriz, apenas visible, del ominoso cascotazo, y metiéndole en un automóvil lo llevó al Coliseo. En el vestíbulo aguardaba al sabio la Comisión organizadora del homenaje. Forzado por su compañero, el pobre autómata dió la mano a todos, y al penetrar en el inmenso recinto agradeció con gestos mecánicos la estruendosa aclamación que saludó su llegada. Sostenido siempre por Delfín Acuña, se llegó como un sonámbulo hasta la cabecera del banquete y ocupó el lugar de honor. A su lado tomó ubicación Delfín Acuña. Los mil doscientos comensales se sentaron a lo largo de las mesas, que parecían perderse en el horizonte, y por un momento no se oyó más que el ruido de los cubiertos y el rumor de los dos mil cuatrocientos maxilares. Junto con la memoria, el privat docent había perdido el apetito; puso los codos sobre la mesa, y con la cara oculta entre las manos se entregó a sus recuerdos de Upsala. Delfín Acuña, para explicar esta compostura, dijo a su vecino de la derecha:

—El profesor está mamado....

Y a los pocos segundos esta simple observación, pasando de boca en boca, había llegado al extremo de la mesa. De aquí saltó el mantel, pasó a la mesa próxima y corrió por las filas interminables de comensales como un hilo de agua por las hendeduras de un embaldosado: «¡El profesor está mamado!... ¡El profesor está mamado!...»

Y los comensales se sonrieron, conmovidos por ese rasgo de hombría, que ellos consideraban incompatible con el cultivo de las Ciencias naturales. Sólo en la mesa ocupada por los miembros más espectables de la colectividad sueca se notaron algunos gestos de disgusto.

Como una delicada atención a las funciones del profesor Herrlin, el menú del banquete se componía todo de platos alusivos: Salpicon de p’tit lapin, Soupe de lièvre, Oreilles de lapin a la Hindenburg, Civet de lièvre, Queue de p’tit lapin a la Sainte Menehould, Welsh-Rabbit, etc., etcétera. Delfín Acuña había contratado con destino a la comida la provisión de 4.000 conejos, cuyas pieles, después de sacrificados, fueron distribuídas a los elementos de los Comités gaonistas que debían formar en la manifestación de antorchas.

El doctor Gaona ofreció la demostración. Cuando al retirarse el último plato de conejo se puso de pie, estalló en la sala una ovación ensordecedora. El candidato a la presidencia se inclinó conmovido, y encarándose con el privat docent le expuso cuánta admiración tenía por su talento, cuánto respeto por sus nobles condiciones personales y cuánta gratitud por los servicios incalculables que había prestado al país... Y mientras desarrollaba extensamente estos tres tópicos, el aludido paseaba la mirada distraída de sus ojos azules por el plafón del teatro. En el preciso instante en que terminó la peroración del candidato, Delfín Acuña aplicó al privat docent un puñetazo en el estómago, que le obligó a doblarse sobre la mesa, en señal de agradecimiento, y antes de que se repusiese del golpe, el doctor Gaona lo estrechó cordialmente en sus brazos. En ese momento, en medio de las ovaciones delirantes que suscitó el discurso y la escena del abrazo, la banda del maestro Malvagni atacó los primeros compases de The Rabbit’s March (La marcha del conejo), que había venido a ser el himno oficial de los gaonistas. ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Con qué profunda unción se elevaron las primeras palabras de la canción partidista!:

Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .

El eco de la canción llegó hasta la multitud, que con las antorchas encendidas y tremolando 4.000 pieles de conejo daba un aspecto fantástico a la plaza Libertad. Y 10.000 voces, trémulas de cívica emoción, entonaron el himno augusto:

Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .

Los soldados del escuadrón hicieron la venia...

CAPITULO XVII
«¡EL CONEJO NO EXISTE!»

El doctor Gaona triunfaba. La publicación del Informe había inclinado la opinión en favor suyo, y el desfile subsecuente al banquete del Coliseo puso la victoria de su parte. La exhibición de las 4.000 pieles de conejos, que llenaron de pelusa todo el norte de la ciudad, impresionó a los electores, que desde esa noche acotaron con leyendas sarcásticas e injuriosas las proclamas de los verticistas: ¡El conejo no existe...!

A dos meses de las elecciones, el candidato oficial podía considerarse ungido presidente de la República. En el Departamento de Protección Agrícola reinaba un júbilo extraordinario: Delfín Acuña preparaba una enorme lista de ascensos y aumentos de sueldos, y Simón Camilo Sánchez estaba estudiando la posibilidad de contratar un empréstito de cien millones de pesos para llevar adelante la campaña.

Convencidos de su derrota irremediable, los opositores dejaron de dar señales de vida. Sólo los diputados socialistas velaban. De acuerdo con su táctica, habían repartido la lectura de los tres tomos del Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria entre los veinte secretarios de los Comités de la capital, reservándose ellos el trabajo de coordinar los informes y hacer el resumen de toda la labor. A los noventa días de acometer esa empresa ciclópea, los quince legisladores conocían al dedillo la vida y milagros del cocobacilo de Herrlin y sabían el té que se había gastado en la primera semana del primer año en el Subcomisariato de los Quirquinchos. Pero su asombro no tuvo límite cuando advirtieron que los mapas reproducidos en el formidable Atlas eran falsos. Todas las cartas levantadas mensualmente durante cinco años por la Sección de Cartografía del Departamento señalando la repartición de la plaga leporina habían sido construídas de cabo a rabo con datos absolutamente inventados. En veinte puntos del territorio no se habían conocido nunca otros conejos que los reproducidos en los carteles de propaganda de la Protección Agrícola, y a pesar de eso desaparecían en los mapas bajo enormes borrones de azul de Prusia. La mistificación alcanzaba proporciones de epopeya en los mapas de la región de Cuyo, trazados bajo la dirección de Delfín Acuña; las dos provincias vitivinícolas parecían un mar inmenso; ¡tan uniforme y constante el añil que las cubría!

Es de imaginarse el escándalo que en torno de este asunto promovió la diputación socialista. Las revelaciones que agregaron respecto al manejo de los fondos de la Protección Agrícola y sobre la inercia criminal que había reinado en las gestiones para la aplicación del cocobacilo produjeron en todo el país una sensación de estupor.

El presidente de la República declaró que ayudaría con todo su poder al esclarecimiento del affaire, y dió, en efecto, órdenes al jefe de Policía para que se pusiera al servicio de la Comisión investigadora parlamentaria.

Esta inició la instrucción del sumario en medio de la mayor expectativa pública; los taquígrafos de la Prensa asistían a las sesiones, y a cada reunión los diarios opositores anunciaban con bombas de estruendo la aparición de los boletines especiales. Se tomó declaración al ministro de Agricultura, a Simón Camilo Sánchez, al doctor Gaona y, en fin, a todos los que habían tenido alguna participación en la campaña contra el conejo. Cuando le llegó el turno a Delfín Acuña se anunció que acababa de partir para Montevideo, y en su lugar la Comisión investigadora hizo traer a su seno al profesor Herrlin. Los taquígrafos de la Prensa no pudieron recoger ni una sola palabra de las pocas pronunciadas en sueco por el sabio. Después de una serie de tentativas para entender al privat docent, la Comisión dictaminó que ese individuo no podía ser el autor de los brillantes trabajos que figuraban en el Informe, y que éstos, con toda seguridad, eran fraguados como los mapas. Augusto Herrlin fué devuelto a casa de doña Asunción y exonerado en el día por el superior Gobierno. Los diarios opositores menudearon las bombas y los boletines, y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza se organizaron espontáneamente grandes manifestaciones populares. El doctor Gaona declinó su candidatura a la presidencia, y el ministro de Agricultura presentó su dimisión, que le fué aceptada. En cuanto a Simón Camilo Sánchez, emprendió discretamente un viaje al Brasil con la intención de renunciar a la vuelta.

El doctor Juan Carlos Vértiz fué elegido presidente sin oposición. El día de su asunción del mando, después de prestar juramento ante el Congreso, se encaminó a su quinta de Morón para meditar sobre los hombres que debían compartir con él la pesada carga del gobierno.

Al salir fué aclamado por la multitud y llevado en andas desde la plaza del Congreso hasta la estación del Once, donde le esperaba, para conducirle a su retiro, un vagón de segunda acoplado a un tren de carga, pues el doctor Vértiz era muy demócrata. En su entusiasmo, el pueblo llegó hasta querer desenganchar la locomotora y arrastrar a pulso el vagón de su ídolo. Pero la fe, que levanta montañas, es incapaz de mover un vagón de ferrocarril...

CAPITULO XVIII
DONDE SE REVELA POR FIN LA SINGULAR EFICACIA DEL COCOBACILO DE HERRLIN

Simón Camilo Sánchez retornó al país cuando el doctor Vértiz se hallaba en plena luna de miel con el bastón de Rivadavia. El ejercicio de la presidencia, los halagos de una autoridad indiscutida sobre todos los partidos políticos del país habían exaltado su optimismo hasta el punto de que ya no creía posible la existencia del mal sobre la tierra. Así, cuando Simón Camilo Sánchez fué a verle para ofrecerle personalmente, con todo el dolor de su alma, la renuncia del cargo de director del Departamento de Protección Agrícola, el presidente le recibió con los brazos abiertos y le forzó a que continuase prestando sus servicios al país. «Es cierto—le dijo—que el conejo carece de existencia ideal, pero en cambio los empleados de la Protección Agrícola son una realidad tangible. Yo no puedo abandonarlos a su suerte, y he pensado en utilizar esa institución para la propaganda de optimismo renovador entre las clases rurales.»

Después de esa, Simón Camilo Sánchez tuvo una serie de largas conferencias con el primer magistrado, y al cabo de algunas semanas le presentó un proyecto de reorganización del Departamento de Protección Agrícola. La reforma estaba inspirada en el concepto de que era necesario llevar a la mente de todos los agricultores del país la convicción de que sin sembrar no es posible cosechar y que, en consecuencia, debían sembrar y sembrar sin descanso. Por una ley de la nación se instituyó el Día de la Siembra, solemne festividad en que todos los niños de las escuelas de la República debieron sembrar semillas simbólicas en las plazas, parques y lugares abiertos de las ciudades. Para dar ejemplo, el doctor Vértiz, rodeado de todos sus ministros, plantó unas semillas de alpiste en el rond-point de la calle Florida y Diagonal Norte y regaló al cacique Chepalofú, jefe de una tribu de fueguinos que había venido a visitarle, una reproducción en terracota del Sembrador, de Meunier.

Las macetas subieron de precio; los azadones de juguete para niño se agotaron en plaza; la tierra extraída de las construcciones urbanas se cotizó en la Bolsa, y un furioso delirio de sembrar de todo se apoderó de los que no tenían tierra alguna en que sembrar.

La propaganda del Departamento de Protección Agrícola alcanzó en este sentido el summum de la perfección. No podía abrirse una caja de fósforos sin encontrar las leyendas: Siembre, si quiere cosechar. No deje pasar su oportunidad de sembrar. ¿Por qué permite usted que los cardos invadan su campo?, etcétera, etc. El interior de los tranvías estaba plagado de esos letreros sintéticos, y los trenes habían reemplazado sus letreros luminosos sobre los conejos con sentencias sobre el cultivo intenso. La oficina de cartografía del Departamento volvió a publicar mensualmente mapas de toda la República, con la indicación de las zonas sometidas a la benéfica acción del arado, y todos los carteles sobre la plaga leporina se substituyeron con affiches optimistas. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola subió a quince millones.

Augusto Herrlin fué poco a poco, gracias a los cuidados de doña Asunción, recobrando la memoria y el apetito. Pero a medida que se le iban presentando los recuerdos de sus cinco años de vida bonaerense se desvanecían todas las impresiones de su existencia anterior. Y cuando pudo reconstruir, detalle por detalle, el proceso de la actuación del cocobacilo, notó sin melancolía que acababa de olvidarse de la última palabra sueca. Junto con ella desaparecieron las imágenes del profesor Hedenius y de su séptima hija y no volvieron ya nunca más a conmoverle los vestigios de su hipóstasis europea.

De toda su aventura sólo sacó una cariñosa simpatía por don Pepe, que había sido el compañero de su larga convalecencia, y un tierno afecto por su patrona.

Cierta vez, el conejo de Flandes, revolviendo entre los trastos de la habitación del profesor, halló un tubo de cristal cerrado en un extremo con un tapón de madera. Don Pepe, asegurando el tubo con sus dos manecitas, comenzó a roer el tapón hasta que hizo estallar el vidrio de la embocadura. Del tubo salió un líquido espeso e incoloro que don Pepe husmeó con detención. Después, inquieto por la incorrección que había cometido, fué a esconderse en un rincón del jardín. Allí le acometieron al poco rato unos escalofríos, se le erizó el pelo y dió los signos del decaimiento más desesperante.

Cuando doña Asunción, extrañada por su ausencia, salió en su busca, le halló ya en la terrible agonía característica de la septicemia de Herrlin. Don Pepe murió a los pocos minutos en los brazos de su patrona. Su cadáver ofrecía un aspecto tan espantoso, que el consejo de pensionistas decidió proceder de inmediato a su inhumación. Don Pepe fué enterrado en el mismo jardín que había sido durante tantos años escenario de sus correrías y de sus gracias infantiles.

Pocos días después el profesor Herrlin depositaba sobre su tumba una lápida que decía:

A
«DON PEPE»
PRIMERA Y UNICA
VICTIMA AMERICANA
DEL
COCOBACILO DE HERRLIN
MCMXVIII

Y para compensar de su pérdida a doña Asunción, se casó con ella.

UNA SEMANA DE HOLGORIO

He nacido en Buenos Aires.
¡Qué me importan los desaires
con que me trata la suerte!
Argentino hasta la muerte.
He nacido en Buenos Aires.

(Trova, de Carlos Guido Spano.)

PROLOGO
JULIO NARCISO DILÓN

Julio Narciso Dilón, el protagonista de la historia que reproducimos en seguida, no está formado de la pasta de los héroes. Le falta para serlo alguna imaginación y capacidad de entusiasmo. La pobreza de aquella facultad le impide exagerar el peligro en la medida necesaria, y la ausencia de esta última condición no le permite enardecerse para sobrepujarlo. Por eso, aunque no es medroso, no tiene fama de guapo entre sus compañeros de cabaret. Se explica así que, habiendo estado mezclado a los episodios más impresionantes de la semana de enero, su narración adolezca de cierto escepticismo...

Como Paul Louis Courier en la campaña de Italia, la actitud de Dilón en los días trágicos que acaban de transcurrir difícilmente puede inspirar sentimientos épicos.

El también, a semejanza del inquieto traductor de Daphnis y Cloe, sería capaz de irse a jugar al billar después de haber participado en la proclamación de un emperador.

Y es que, a fuerza de vivir al día, mi buen amigo ha acabado por perderle todo respeto a la historia.

En la sucesión de momentos que componen su vida, todos le parecen igualmente graves... o idénticamente fútiles. Su impresión presente colorea de júbilo o de tristeza todo el pasado y todo el porvenir.

Por eso, aunque no pueda dudarse nunca de su sinceridad, resulta discutible su autoridad de historiador.

A. C.

Buenos Aires, febrero de 1919.

CAPITULO PRIMERO
DESGRACIADO EN EL JUEGO...

Jueves, 9 de enero.—Día de reunión. Hoy he madrugado de veras; a las doce estaba en pie, y pocos momentos después me ponía en camino para el Hipódromo. En la esquina de casa he aguardado una media hora larga para tomar un auto-taxi, hasta que Mauricio, el mucamo, vino a avisarme que había huelga. Advertí entonces que la calle veíase casi desierta, que no circulaban tranvías, carros ni automóviles de alquiler, y que muchos negocios estaban cerrados, efectos todos que en el primer momento yo había atribuído, impensadamente, a lo temprano de la hora. Siempre que yo madrugo ocurre algo extraordinario.

He resuelto el problema de mi traslación subiéndome de viva fuerza a un coche de plaza, cuyo conductor, un italiano viejito que se parece al doctor Anadón, quiso negarse a llevarme, pretextando que debía ir a largar. Me arrellané en el asiento y le dije en tono perentorio:

—Mirá, gringo: si en veinte minutos no me dejás en la puerta del Hipódromo te hago meter preso por maximalista.

Ante esta amenaza mía el hombre se resignó.

Hundióse hasta los ojos su galera abollada, requirió las riendas, que había abandonado durante la discusión, y fustigando con violencia a los caballos, dijo entre dientes: «¡Maximalista! ¡Maximalista! Te lo facisse vede io lu masimalismu.»

Esta reflexión iracunda del auriga me ha vuelto a la memoria los tiempos que corremos. Hace días que no leo los diarios, pero, a juzgar por las conversaciones del Club, la situación se agrava cada vez más. Perucho Salcedo ha recibido una carta de la hermana que tiene en Suiza diciéndole que el país está invadido por emigrados rusos que hacen propaganda maximalista. A mí el hecho no me ha sorprendido, porque ya en el tiempo en que Tartarín hacía alpinismo los rusos se ocupaban allí de trabajos revolucionarios.

He llegado al Hipódromo poco antes de la una y media, con tiempo sobrado para almorzar en el restaurant del paddock. Al descender del coche advertí que uno de los caballos, el de la izquierda, era blanco, excelente presagio que recompensé con una buena propina. El cochero, todavía de mal humor, no se dignó agradecérmela. En otra ocasión eso me habría irritado; pero como recordé que cuando mi acierto de seis ganadores seguidos, jugando derecho, había venido también en un coche de plaza uno de cuyos caballos era blanco, la ingratitud del viejito maximalista me dejó indiferente. Le vi alejarse al paso de su tronco menguado por la ancha avenida, con su galera abollada, y me quedé pensando en los extraños designios de la suerte...

Almuerzo frugal en el restaurant del paddock. Concurrencia lamentablemente escasa. Tarde de guigne; confiado en el buen augurio de mi llegada, he jugado como un cronista de sport de diario grande.

A la altura de la séptima carrera me quedan seis pesos por todo capital. Viaje de exploración por las tres tribunas: ni un amigo en lontananza. Decido el regreso.

Al hallarme en la acera de la Avenida Vértiz y observar la ausencia total de vehículos, fuera de unos pocos automóviles particulares, recuerdo que estamos en huelga y me sobreviene un acceso de indignación ante la profunda estupidez de los huelguistas. ¿Por qué se nos hace eso a nosotros? ¿Qué tenemos que ver en los conflictos entre el capital y el trabajo? ¿Acaso el juego no es precisamente un medio de allanar las inevitables diferencias sociales? El juego es justiciero: eleva al pobre y arruina al potentado; es igualatorio: procura las mismas emociones al jornalero que arriesga su salario y al millonario que aventura sus millones; es humanitarista: su contribución a la beneficencia social es más crecida que la del Estado y la de todos los filántropos juntos. Fuente inagotable de esperanza, es, por lo demás, un lubricante de las relaciones sociales: atenúa los odios de clase, da la ilusión al pobre de que su miseria no será eterna e infunde en los ricos la convicción de lo instable de su fortuna. Atempera así el malestar de los desposeídos y el egoísmo de los potentados. Dominados por él, los proletarios olvidan todas sus reivindicaciones. ¿Qué caballo de Hipódromo ha recibido nunca el nombre de Bakunin, Proudhon o Carlos Marx? ¿Quién ha oído hablar jamás de movimientos obreros en Montecarlo?...

Entregado a estas reflexiones, seguí caminando en dirección al tatersall, para tomar asiento en uno de los tranvías que aguardan al final de las tribunas populares.

La huelga me reservaba otra sorpresa desagradable: el servicio de tranvías se había suspendido por completo. Pensé en los pobres muchachos de las tribunas populares, que debían volverse a pie hasta el límite del municipio; en los empleados del Hipódromo, obligados, después de cinco horas de trabajo, a un esfuerzo a que no estaban acostumbrados, y en los modestos «canillitas», que reúnen siempre algunas monedas buscando carruajes.

La torpeza de los huelguistas, que para vengarse de unos pocos patrones suspenden la vida de una ciudad, perjudicando a una multitud de obreros como ellos, me pareció inconmensurable. Poseído de una sorda irritación, deshice el camino andado, mezclándome a la oleada de gente que salía comentando las incidencias de la última carrera. El nombre del ganador, el único que habría acertado si me hubiese quedado dinero, acrecentó mi despecho.

Lleno de misantropía, cansado y sudoroso, crucé casi impensadamente bajo el viaducto del ferrocarril y fuí a sentarme en un banco del rosedal. El jardín estaba desierto y la soledad parecía agrandada por el silencio dominante. La tranquilidad de este crepúsculo me sobrecogió un poco, lo confieso, y para substraerme a esa impresión eché a andar hacia la ciudad. A las siete, todavía con luz, llegué a la plaza Italia. Breve descanso en un bar, gracias al cual recobro algunas fuerzas y un ligero optimismo. Me dirijo resueltamente al centro. A los veinte minutos de marcha adquiero en otro establecimiento nuevas fuerzas y una alegría combativa. Sigo marcando el paso marcialmente, satisfecho de mi esfuerzo y deseoso de mostrar mi desprecio a los huelguistas. En el camino encuentro numerosos carros con los caballos desenganchados y un coche con la capota tajeada. Es el que me condujo al Hipódromo. Junto a él está el viejito de la galera abollada, teniendo de las riendas a la yunta de caballos, uno de los cuales es blanco. ¡Excelente presagio!

Tercera estación. Renuevo mis energías, y tras una rápida conversación con algunos parroquianos, me siento inundado de un entusiasmo belicoso. Las noticias son graves: los huelguistas están armados hasta los dientes; han levantado barricadas en todos los barrios de la ciudad; incendiaron cuatro iglesias y dos asilos y se disponen a atacar las estaciones de ferrocarril. En la plaza del Once se está combatiendo desde las tres de la tarde. Resuelvo encaminarme a la plaza del Once. Tomo una calle transversal, y a medida que avanzo aguzo el oído para escuchar las detonaciones. Silencio absoluto. Sólo de vez en cuando el repiqueteo precipitado de una campanilla de ambulancia sanitaria rompe la tranquilidad de esta noche de verano. A pocas cuadras del lugar del encarnizado combate la normalidad es completa. Tan completa, que la gente se halla sentada al fresco en las aceras, los balcones están abiertos de par en par y los chicos han tomado la calle por su cuenta.

En una esquina dos muchachas peripuestas conversan animadamente, teniéndose de la mano con un gesto de colegialas. Una de ellas, vestida de un traje blanco, muy suelto, casi un peplo helénico, se despide de su compañera entre divertida y medrosa:

—¡Dios mío! Me quedan aún más de cuarenta cuadras por andar. ¡Sola y por esos barrios todo a obscuras!

—Hija, ya te he dicho que puedes quedarte con nosotras.

—Sí, pero en casa ¡qué estarán pensando!...

—¿No tienes medios de avisarles?

—No...

Las dos muchachas se sueltan de la mano con una actitud de infinita resignación ante el Destino, y la del peplo blanco se encamina hacia el Oeste. Al pasar junto a mí advierto que tiene los ojos garzos, el cabello castaño y la boca imperiosa. Instantáneamente he olvidado todas las incidencias de la tarde; mi entusiasmo bélico se ha desvanecido, así como mi preocupación por el orden social, y me he lanzado en seguimiento de la jovencita. «Desgraciado en el juego, afortunado en amor», pienso entre mí, y añado: «¡Esta es la mía!» El presagio del caballo, que viene afortunadamente a mi memoria, da más fuerza a mi decisión. El peplo blanco está a diez pasos; una rápida inspección a mis zapatos, un fugaz recuento de mis fondos exiguos... y acabo de resolverme a desandar cincuenta cuadras.

La sombra blanca no se desliza silenciosamente como las diosas del poema homérico; hasta mí llega un taconeo ágil y menudo que tendré que superar a largos trancos.

Consigo por fin aparejarme e inicio un soliloquio de una estupidez incomparable. A juzgar por las lamentaciones a que me entrego, parecería que me dispongo a pedir una limosna. Mi compañera aprieta aún más sus labios imperiosos y redobla la agilidad de su taconeo. Caminamos así un número indefinido de cuadras, hasta que, falto de respiración y sobrado de audacia, la tomo de un brazo, la detengo y le relato con toda fidelidad mis aventuras de la tarde: mi descalabro del Hipódromo, el regreso, mi resolución de ir a luchar contra los revoltosos, el súbito deslumbramiento que experimenté al verla...

Una amable sonrisa es la recompensa de mi sinceridad.

CAPITULO II
... AFORTUNADO EN EL AMOR

Las «cuarenta cuadras» a que aludió en su despedida a la compañera son un eufemismo semejante al de las «pocas palabras» de los oradores parlamentarios. Hace una hora y media que venimos caminando y todavía, según me dice, estamos lejos de la casa. Para no dejarle sospechar mi fatiga, he celebrado todos estos trastornos sociales que rompen un poco la monotonía de la vida moderna y procuran el encanto de un trayecto infinito en una compañía adorable. Hice también el elogio del amor, que se sobrepone a todas las consideraciones de rango y de dinero, y el de la belleza, formidable tesoro que escapa a todo impuesto sobre la renta... Mi acompañante me agradece esta poética disertación sobre filosofía social con una larga mirada de sus grandes ojos garzos, que bajo el borde circular de su sombrero reflejan el azul profundo de esta noche estival.

Hemos abandonado la amplia avenida paralela a Rivadavia que veníamos siguiendo, y tomado por otra, más ancha aún, con un paseo central arbolado, que aparentemente se dirige hacia el Noroeste. Nos debemos ir aproximando a nuestro punto de destino—es decir, al de ella—, porque mi acompañante va deteniendo el paso y trayéndome hábilmente a la discusión de una nueva entrevista. Entramos a la vez en una callejuela transversal y en un terreno de confidencias íntimas. Carlota, porque se llama así, es la menor de la familia; tiene dos hermanos varones y un padre anciano que todavía trabaja. Una cuñada gobierna la casa, en la que falta la disciplina de la madre, muerta hace años, según se ve por el poco apuro que la muchacha pone en regresar a ella.

Al final de la callejuela desembocamos en un lugar casi baldío que parece un taller de reparación de carros al aire libre. Al fondo, un ligero cobertizo alberga la maquinaria esencial, y hacia la derecha, una serie de rudimentarias construcciones de madera, a la vez pesebres y cocheras, dan la idea de que se trata también de un corralón.

Una jauría de perros monstruosos se abalanzan sobre nosotros; pero reconocen a Carlota y se tranquilizan. Evidentemente, hemos llegado al término del viaje. Mi acompañante se detiene en una especie de cerco y se dispone a despedirme. Pero yo insisto en que aun es temprano—acaban de dar las diez—; pretexto que al día siguiente no tendrá nada que hacer; exijo detalles minuciosos sobre el camino de vuelta y me lamento cómicamente sobre mi situación: estoy hambriento, cansado y perdido... ¡Si se le ocurriera darme alojamiento por lo que resta de la noche! Porque con esta huelga, ya es el caso de practicar, en plena metrópoli, la virtud rural de la hospitalidad. (Por lo demás, eso de «plena metrópoli» sólo tiene un sentido político: estamos a cielo abierto. El panorama circundante me ha hecho concebir el deseo de tumbarme en uno de esos carros colmados de heno.)

Mis insinuaciones no parecen caer mal... Me dispongo a iniciar una aventura deliciosa, cuando de pronto Carlota, que ha estado observando la callejuela por que hemos venido, exclama: «¡Ahí viene papá!»

Me vuelvo y advierto la silueta ya conocida de un viejito con la galera abollada que trae resignadamente de las riendas a una yunta lamentable de caballos, uno de ellos blanco...

Recuerdo el incidente del mediodía: «¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu», y el espectáculo del coche casi destrozado por culpa mía.

Antes de que la divinidad del peplo repare en mí, me he puesto a cien pasos de ella y he seguido un sendero que va por detrás de un grupo de casas.

Un concierto infernal de ladridos epiloga ruidosamente mi aventura galante.

CAPITULO III
EL DAMERO A MEDIA NOCHE

Heme aquí, a media noche, en un paraje desconocido. Si no fuese hijo de Buenos Aires, los rigores de la suerte, según la popular composición, debían desalentarme. Solo, extraviado, a dos leguas del centro de la ciudad, hambriento y sin dinero, era natural que me abandonase a la desesperación. Pero soy porteño y sé que la absoluta regularidad de las calles de la capital permite orientarse a cualquiera y que gozamos de una profusa iluminación municipal y un excelente servicio de policía. Por primera vez comprendo la profunda significación de aquellos versos de Guido Spano; celebro el genio profético del vate, que los escribió antes de que existieran las obras de salubridad y se hubiese producido la intendencia de D. Torcuato de Alvear, y entonando la quintilla célebre para darme aliento, me lanzo denodadamente en busca de una desembocadura de calle, a fin de penetrar por ella y orientarme según el simple trazado del damero municipal.

Mientras enfilo una calle sin pavimentar, envuelta en tinieblas, medito en las innumerables ventajas de la disposición rectangular urbana. Las ciudades así construídas son armoniosas, ordenadas y democráticas...

Al final de la calle que he seguido, me hallo de nuevo en un potrero. Rehago el camino y tomo por una calle transversal que, según mis cálculos, debe conducirme a un lugar más densamente poblado. A los diez minutos desemboco en un horno de ladrillos... Vuelvo hacia atrás y me encamino en una dirección opuesta a las dos que he seguido anteriormente. Esta vez debo de estar en la buena ruta, porque a medida que avanzo la edificación va en aumento y se notan ciertos indicios de separación entre la calzada y las aceras. Dos cuadras más adelante doy, de pronto, con una calle hecha y derecha, bien empedrada, con veredas arboladas y con faroles. Estos están apagados, pero no por eso dejan de ser un signo de civilización, que saludo con simpatía. Ya estoy en pleno damero; ahora, con seguir obstinadamente hacia el Este, el problema está resuelto. Continúo alegremente hacia el Oriente, aunque se me han acabado los cigarrillos. Pero a medida que avanzo hago una observación que me llena de inquietud: la hermosa calle no corta perpendicularmente a las demás. Es una diagonal; pero en materia de diagonales yo no conozco sino las dos que han arruinado al Municipio.

Sigo la marcha en línea recta hasta que veo desaparecer el pavimento y los faroles, señal indudable de que la calle va a lanzarse campo afuera. Como esto no me conviene, doblo por la primer vía transversal en dirección hacia donde supongo debe quedar el centro. Es una calle cortada; al cabo de ella hay un terreno baldío que parece un taller de reparación de carros... Me hallo de nuevo frente a la jauría de perros monstruosos; pero esta vez no disfruto de la protección de Carlota y debo batirme prudentemente en retirada.

Ya no parezco un hijo de Buenos Aires, según la clásica composición de Guido. Los desaires de la suerte, que después de una caminata de dos horas me ha vuelto al punto de partida, me han amilanado por completo. Deshecho de fatiga, hambriento y desalentado, las doce de la noche me han sorprendido a punto de dormirme en el hueco de una puerta...

CAPITULO IV
ASALTO A UNA COMISARIA

Viernes, 10.—¿Cuántas horas he dormido así?... Lo ignoro, pues se me acabaron los fósforos, no uso reloj con esfera luminosa, los faroles de la calle están apagados y no hay luna. Es todavía noche alta; pero antes de exponerme a que el sol o la muchacha del peplo me encuentren durmiendo en la calle, prefiero seguir caminando. Con la casa de Carlota a la vista, guiándome por mis recuerdos, creo poder reconstruir el camino que hemos hecho juntos. Ahora estoy en la buena senda: llego por fin a la ancha avenida con un paseo central arbolado, que hace pocas horas recorrimos amorosamente... Redoblo el paso con alegría y por primera vez en la noche inicio un silbido de circunstancias: It’s a long way to Tipperary...

De pronto suspendo el silbido, pues al final de la cuadra advierto la silueta de un hombre. Como es la primera figura humana que se me presenta en mi infernal recorrida, voy hacia ella alborozado. A tres pasos de distancia reconozco a un vigilante apoyado en su máuser, con las piernas abiertas en un ángulo obtuso y la cabeza inclinada sobre el caño del arma, en la actitud de un sabio aplicado al lente de su microscopio.

Esbozo un saludo en la obscuridad, le dirijo las buenas noches con una amabilidad exquisita, y como no me contesta, le tiro suavemente de una manga. El agente sigue ensimismado. Un tirón más fuerte casi le hace perder el equilibrio, que, sin embargo, mantiene, pero abandonando el máuser. Con una galantería infinita me inclino para recogerlo, cuando el vigilante, estupefacto, retrocede tres pasos, desenfunda un revólver y comienza a tiros contra los árboles del paseo central... A pocos metros suenan otras detonaciones, y algo más lejos una descarga cerrada.

El vigilante ha terminado las balas de su revólver; da media vuelta y huye velozmente calle adelante. Yo le sigo, porque tengo por sistema no fugar nunca en dirección contraria a la de la autoridad, y además porque debo entregar el máuser a su dueño.

Mientras corremos, las detonaciones se suceden unas a otras con una rapidez vertiginosa. En las calles laterales se oyen disparos aislados de máuser, y una estruendosa algarabía de ladridos alborota el barrio.

Nos acercamos al lugar donde más nutrido es el fuego... El vigilante que me sirve de señuelo desaparece de pronto en una puerta cochera, y yo me precipito en su seguimiento. Salvamos en una exhalación un ancho zaguán obscuro y nos hallamos en medio de una baraúnda indescriptible: gritos, descargas, juramentos, corridas, estrépito de cristales rotos... La luz se enciende y se apaga varias veces, pero veo lo suficiente para darme cuenta de que estoy en una Comisaría.

Me apelotono en un rincón del patio y aguardo a que pase la tormenta.

CAPITULO V
¡ALTO EL FUEGO!...

Poco a poco el tumulto ha ido organizándose. Desde la sala, resguardados tras de las persianas, cuatro bomberos fusilan con toda parsimonia las casas del frente. En la azotea la gente destacada debe de estar contestando a un ataque aéreo, a juzgar por la elevación de los fogonazos, que advierto desde el ángulo del patio en que estoy refugiado. El martilleo frenético de un aparato telegráfico domina el estruendo de las detonaciones, y su voz breve y metálica es la única sensación de regularidad que se percibe en este desorden.

Repentinamente, de la obscuridad de un cuarto surge una silueta voluminosa que, dirigiéndose a mí, me toma de un brazo y exclama:

—¿Qué hacen? ¡Vamos a defender la entrada!

Y luego, encarándose con un grupo de agentes que se disimulan en el ángulo opuesto al mío, vocifera:

—¡A ver!... ¡Esos bancos! ¡Crúcenlos a la entrada!

Todos adivinamos la intención; corremos hacia los dos bancos de plaza dispuestos fuera de las oficinas y los atravesamos volcados a la terminación del ancho zaguán. Una mesa, un sillón de escritorio y un retrato terminan por dar cierto carácter a la barricada. El último elemento de trinchera, que aporta un sargento fornido y retacón, es una pequeña barrica que, después de vacilar un momento sobre aquel bric a brac, se resuelve pesadamente a ir rodando por el zaguán hasta el centro de la calle, donde un profundo bache la obliga a dar una voltereta, sentándose lejos de nosotros, como un perro desobediente...

Nos agazapamos detrás de la improvisada fortificación, y como la silueta voluminosa que nos dirige nos ordena hacer fuego, disparo mi máuser contra la desobediente barrica. El estrépito me enardece, y como al quinto disparo noto que me faltan municiones, me pongo de pie gritando:

—¡Una cartuchera!

Inmediatamente el sargento fornido y retacón se me cuelga de los hombros como un chimpancé, berreando con viril angustia:

—¡No sea temerario! ¡Abájese, niño!

Yo me resisto... Un oficialito, emocionado por esta escena de fraternidad heroica, exclama muy rápidamente, con voz de tiple:

—¡Viva la patria! ¡Viva la patria! ¡Viva la patria!...

El comisario, porque esa silueta voluminosa y autoritaria es la suya, grita a su vez: «¡Adelante! ¡Adelante!», a pesar de que nuestras propias defensas nos impiden avanzar un solo paso... La guardia de la azotea se asoma a ver lo que ocurre, así como los bomberos de la sala, e inmediatamente un silencio mortal se extiende en torno nuestro. Aguardamos un momento la respuesta del enemigo, y como no se produce, el comisario vocifera: «¡Alto el fuego!»

¡Oh fecundidad del silencio! A los quince segundos de sosiego los siete denodados defensores de la barricada nos convertimos en veinte, en cuarenta, en cien. En el patio pulula una multitud heterogénea: bomberos, oficiales, vigilantes, soldados del escuadrón y ordenanzas de policía. Aunque nadie dispara un tiro, el comisario sigue ordenando imperiosamente: «¡Alto el fuego!... ¡Alto el fuego!» Un trompa del escuadrón, de soberbia apostura y altas botas granaderas, emboca el clarín e interpreta la orden con el toque reglamentario.

Inmediatamente la guardia de la azotea hace una descarga cerrada, comienzan a oírse disparos en toda la casa y nos hallamos envueltos en una batahola formidable, mientras los cuatro bomberos de la sala prorrumpen carcajadas estruendosas...

CAPITULO VI
LA LUZ DE UN NUEVO DÍA...

La luz del nuevo día viene por fin a iluminar esta escena de confusión que puede haber durado entre diez minutos y dos horas. Yo no tengo noción del tiempo que ha transcurrido. Sólo sé que después de un momento el comisario ha reiterado la orden de cesar el fuego y que, al pretender el trompa del escuadrón traducírsela melódicamente, le arrebató el clarín con espanto como si fuese la trompeta del Juicio final. Me he puesto de pie y le he dicho:

—Es una sabia medida, comisario; el clarín es un instrumento belicoso. Otro toque más y nos agarramos a tiros entre nosotros. Por lo demás, el instrumento de la policía es el pito...

Debía haber dicho el silbato, porque esta observación última ha desagradado evidentemente al voluminoso comisario. Repara en mí con fijeza, y bruscamente me interroga:

—¿Y usted quién es?...

—Usted no me conoce—replico sonriendo.

—Por eso se lo pregunto.

Antes de que pueda ordenar rápidamente mis recuerdos, para explicar el encadenamiento de circunstancias que me han traído aquí, el prudente funcionario ordena:

—¡A ver! ¡Sáquenle ese máuser!... ¡Pálpenlo de armas! ¡Pásenlo a mi despacho!

El trompa del escuadrón me arrebata tan violentamente el arma, que estoy a punto de perder el equilibrio. Extiendo las manos como balancín y veinte fusiles me apuntan de frente. Quedo con los brazos extendidos, inmovilizado por el terror, mientras el sargento fornido y retacón procede a la operación de palparme. Según la acepción corriente, palpar significa tocar exteriormente con las manos. En la práctica policial consiste en meter la mano hasta el codo en los bolsillos del presunto malhechor. Me despojan así de mi llavero, mi reloj, mi cigarrera vacía y mi billetera casi exhausta. Luego, con una escolta digna de un regicida, me hacen entrar en una habitación y me ponen de cara a la pared, en un ángulo de la estancia. No puedo hablar ni darme vuelta.

Estoy de penitencia como hace veinticinco años en el colegio y tengo una hambre también como la de entonces. Para saber lo que es apetito hay que ser pupilo o estar preso...

CAPITULO VII
CONVICTO Y CONFESO

Entre tanto, según puedo oír, el comisario y la oficialidad se han marchado a recorrer las inmediaciones para recoger los muertos y los heridos y perseguir a los atacantes. Parece que yo soy el único de ellos que ha caído prisionero.

A estar a lo que conversan en el patio, los revoltosos eran como «cuatro mil», admirablemente armados; una barrica de cerveza que rodó hasta el centro de la calle está atravesada de parte a parte por cuatro balazos...

«Buena puntería—digo entre mí—, pero mal empleada; era mucho mejor que me hubiese bebido la cerveza...» Paso la lengua por mis labios resecos y recuerdo que hace veinte horas que no pruebo un bocado y diez que no tomo un trago. Me siento desfallecer y las ideas se me confunden. ¡Dios mío! ¿Por qué me he mezclado yo a los revoltosos?... Apoyo la cabeza en el ángulo que forman las dos paredes, cierro los ojos y trato de tomar el hilo de mis pensamientos, que se disgregan como los Estados del Imperio ruso. Gasto mis últimas energías en ese empeño de restauración psíquica, y luego, tras cierto tiempo, pierdo toda noción de mi personalidad. Soy algo así como una masa astral, informe, sin voluntad ni materialización alguna, pero con una vaga conciencia de las cosas. Me entero sin emoción de que hace mucho tiempo que ha triunfado el maximalismo y que la ciudad de La Plata se ha refundido con la de Nijni-Novgorod. Un italiano viejito, que usa eternamente una galera abollada, es el presidente del Soviet Local Bonaerense. Poco a poco he ido cobrando mi forma corporal, y desde entonces estoy preso aquí por orden suya. Todos los días viene a verme, y sin que yo pueda replicarle, me dice ferozmente: «¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu!»

Hace una infinidad de tiempo que estoy sometido a esta tortura. De pronto dictan una ley matrimonial autorizando a las muchachas a escoger marido entre los prisioneros. Debemos someternos a su elección bajo pena de muerte. Hay un desfile interminable de arpías, mujeres huesudas y contrahechas, petizas esféricas con inmensos lentes de carey, patronas atléticas y mostachudas, viejas vagabundas con la sonrisa siniestra de las alcoholizadas. Yo tiemblo ante la idea de que una de ellas esboce un gesto que me obligue a seguirla. Me disimulo y procuro confundirme con el rincón de pared que habito desde hace tantos años... Imprevistamente, una de las que forman en esa procesión me hace una señal. Me aproximo lleno de un sudor frío y veo una jovencita de ojos garzos y pelo castaño, con un peplo blanco y un ancho sombrero obscuro. ¡Carlota! Mi electora me sonríe, y ante esa sonrisa la evidencia de mi felicidad es tan grande que estrecho a la muchacha y exclamo: ¡Viva el maximalismo!...

El dolor de un puñetazo me hace volver en mí, y me despierto abrazado al sargento fornido y retacón, y gritando como un energúmeno.

Generalmente yo tengo el sueño pesado; pero esta vez unos cuantos culatazos enérgicamente aplicados me han despertado sin remisión.

Debo de tener una costilla rota. Pero lo peor es que, según el sargento, estoy convicto y confeso...

CAPITULO VIII
UN INTERROGATORIO

Evidentemente, debo de estar convicto y confeso porque me invitan a sentarme. Mis confesiones, como las de Rousseau, atraen el interés general. Las autoridades de la Comisaría me rodean y un oficial me ofrece un cigarrillo. Ante esta galantería veo el cielo abierto y comienzo a protestar de mi inocencia. Súbitamente las caras se tornan hoscas; el oficial no me entrega el cigarrillo y presiento que me van a expulsar del sillón. Cambio de táctica. Hago esfuerzos por sonreír socarronamente y digo que sólo deseo contar mi historia a los empleados superiores. Estos, halagados en su vanidad, desalojan el despacho y, una vez entornadas las puertas, vuelven a reunirse en torno mío. Me apodero del cigarrillo ofrecido y solicito desenfadadamente una taza de te con bizcochos. Sin eso no puedo hablar...

Me traen un vaso de cerveza y dos sandwichs. Mientras repongo mis fuerzas, me pregunto cómo salir del paso. Recuerdo la conspiración de la pólvora, la conjuración de Fiesco, el complot de Alzaga... Nada me sirve.

Por suerte, llega el voluminoso comisario, quien se dispone a interrogarme con toda solemnidad.

—¿Cómo se llama usted?

—Julio Narciso Dilón.

—Ese apellido no es de aquí...

—No, señor. (Es verdad, soy de origen boliviano.)

—¿Es usted catalán?

—No, señor.

—¿Ruso?

—Tampoco.

—¿Italiano? ¿Francés? ¿Alemán?

—Nada de eso.

—¿Cuál es su nacionalidad?

—Soy argentino.

—¿Hace mucho que está radicada su familia en América?

—Dos siglos.

—¿Cómo dice?

—Doscientos años.

El comisario cuchichea con los oficiales, se sonríe y me pregunta:

—Su abuelo paterno, ¿qué fué?

—Diputado al Congreso de Tucumán.

—¿Por qué provincia?

—Potosí...

Grandes carcajadas del auditorio. El comisario hace esfuerzos por mantener la seriedad y dice:

—Potosí no es una provincia, es una calle.

Me encojo de hombros y me sonrío con una estupidez incomparable. No estoy con ánimo para lanzarme en una disertación histórica. Que el comisario crea lo que le parezca conveniente.

El interrogatorio prosigue. Cada vez que intento defenderme de la terrible acusación que pesa sobre mí me quitan la palabra. El comisario me dirige preguntas insidiosas, que no tienen respuesta. Por último, recapitulando los debates, me dice:

—Si usted es inocente, ¿por qué se introdujo subrepticiamente en la Comisaría? ¿Por qué profirió gritos subversivos? ¿Por qué intentó desarmar al sargento?...

Y antes de que pueda replicar me hace conducir al calabozo.

CAPITULO IX
ARAMIS

Sábado, 11.—He pasado el día de ayer y la noche última en un estado de inconsciencia lamentable. Durante la noche se reprodujo en dos o tres ocasiones el tumulto que presencié la madrugada del viernes. Los agentes se han acostumbrado al peligro, porque ahora, entre alarma y alarma, bailan tangos y beben cerveza. ¿Dónde se han procurado ese instrumento horrible que se llama un bandoleón?

El ritmo canallesco y monótono de nuestro baile nacional se mezcla al silbido alterno de la bomba extractora de cerveza...

Me doy a imaginar un órgano hidráulico de inmensas proporciones, accionado por cerveza, que no toque sino tangos: «Cara Sucia», «Mi noche triste», «Piantá piojito...» En su torno bailan una infinidad de vigilantes con los cascos compadronamente echados sobre los ojos.

De pronto se hace un silencio, corren unos cerrojos y oigo un grito:

—¡A ver el diputado por Potosí!...

Creo que debe de ser por mí. Me aproximo a la puerta, y de un empujón me colocan en medio de un piquete de soldados del escuadrón, que echa a andar con paso marcial hasta el despacho del comisario. Allí me hallo con todo el aparato de un Consejo de guerra. La presidencia está ocupada por un capitán del escuadrón, un mozo rubio y elegante que parece un capitán de ulanos. Según he oído, le dicen Aramis porque tiene la costumbre de trompearse «mano a mano» con los presos peligrosos. A su lado se sientan dos oficiales plenamente poseídos de sus funciones. En ambos extremos de la estancia dos centinelas velan rígidamente. Me hacen sentar, y el capitán Aramis se pone de pie:

—Si usted no declara toda la verdad le vamos a fusilar inmediatamente...

Con esa resignación que uno tiene en las pesadillas, cuando duran demasiado, inclino la cabeza y quedo en silencio.

—Le damos cinco minutos para que se decida...

Evidentemente, todo esto es un sueño; cuanto antes termine será mejor; me despertaré en mi cama.

El capitán Aramis se ha levantado, y acercándose a la puerta ha ordenado con una sonrisa:

—¡Formen el cuadro en el segundo patio! ¡Preparen el pelotón!...

¡Tanto mejor! Quizá la impresión del fusilamiento me despierte por completo.

Los cinco minutos han pasado. Aramis y los dos oficiales acaban de salir. Oigo afuera órdenes imperiosas y ruido de armas. Las culatas de los máuseres chocan contra las baldosas. El jefe del piquete me toca en un hombro. Me levanto automáticamente, me coloco en medio de los soldados y salimos de la estancia.

La guardia está formada. Pero en vez de dirigirnos al segundo patio vamos hacia el zaguán. Pasamos por entre una doble fila de bomberos rígidamente alineados, con la bayoneta calada, y nos encontramos en la calle. Junto a la acera se halla un carrito de bomberos, y, rodeándolo, un destacamento de soldados del escuadrón a caballo y con las tercerolas apoyadas en el muslo. A su frente está Aramis, bello como un capitán de ulanos. Cuando me suben al carro, se me cae el pañuelo con que me voy secando el sudor frío que me corre por la cara, y Aramis, buen jinete y cortés caballero, lo recoge y me lo entrega con una elegancia digna de su héroe epónimo.

CAPITULO X
LA NINFA ECO

El carrito echa a andar y yo me tumbo de espaldas sobre las tablas. Por un momento no escucho más que el rodar de la carretela y el trote de los veinte caballos que me dan escolta. Luego, absorto en la contemplación del azul del cielo, me voy quedando dormido...

Repentinamente me despierta un estampido, al que sigue un segundo después una detonación más sonora. Mi escolta ha echado pie a tierra, y los soldados, parapetados tras de los caballos, inician un fuego nutrido. A poca distancia se escuchan otros disparos igualmente nutridos, pero de un sonido más amplio. Cada descarga nuestra nos es devuelta inmediatamente con creces.

—¡Nos están baleando sin asco!—grita el capitán Aramis.

—Es desde aquella casa alta—dice tranquilamente el bombero que maneja el carrito y que está observando la escena con curiosidad.

Me asomo a ver. Estamos en una encrucijada; la calle perpendicular a la que seguíamos ofrece un pronunciado declive y como cincuenta metros más adelante tuerce bruscamente hacia la izquierda. En el fondo de esta hondonada se alza, ocultando todo el horizonte, una inmensa casa de departamentos, cuyas galerías de hierro y cristales le dan el aspecto de un enorme trasatlántico. Contra esas galerías, en las que se ven algunas plantas y macetas suspendidas, está tirando mi escolta. Los cristales saltan en pedazos con una vibración argentina y hasta parece oírse el ruido sordo de las balas atravesando el latón de las barandas. Llegan hasta nosotros gritos penetrantes de mujeres y estrépito de puertas. No advierto, sin embargo, el silbido de los proyectiles que se nos dirigen, a pesar que desde allí cerca siguen partiendo detonaciones.

De pronto el capitán Aramis da una orden, que el trompa, mi viejo conocido, traduce en clarín: «¡Avancen!»

¡Oh asombro! No ha terminado aún, cuando otro clarín repite fielmente en la casa de departamentos la misma orden: «¡Avancen!»

A todo esto los caballos de mi carrito se han espantado, lanzándose calle arriba en una carrera frenética. El bombero conductor hace esfuerzos inútiles para aplacarlos. A las dos cuadras doblamos a la izquierda, llevándonos por delante un buzón. Los caballos disminuyen la marcha. Aprovecho entonces la circunstancia para tirarme del carro, y como los caballos reanudan su fuga desenfrenada, sigo a pie en la dirección contraria. No hay un solo vigilante en las cercanías.

Desde aquí el fenómeno del eco es bien evidente. Las detonaciones repercuten en la casa de departamentos con una nitidez maravillosa. Y hasta las órdenes vibrantes de Aramis son duplicadas con una manifiesta oficiosidad.

¡Oh ninfa Eco, a quién debo mi libertad! ¡Locuaz hija de Uranos y Gea, mi agradecimiento será eterno! En loor tuyo todos mis hijos se llamarán Narciso y estudiarán acústica...

CAPITULO XI
«HANDS UP!»

Como no tengo deseo alguno de volver a caer en manos del capitán Aramis, a pesar de su exquisita cortesía, me voy alejando del lugar de la encarnizada refriega con toda la premura de que soy capaz. La libertad me ha devuelto la reflexión; observo y me convenzo de que soy inocente, absolutamente inocente; pero a pesar de esto no disminuyo la rapidez de mi marcha. ¿Por qué los inocentes huyen a la Policía mucho más que los culpables? Quizá por falta de hábito. Sin embargo, el acto de darse a la fuga es una terrible presunción en contra de uno. «Se dió a la fuga», y ya todos suponen que se trata de un terrible criminal. Debemos, en consecuencia, si tenemos la conciencia tranquila, aguardar a pie firme al empleado policial, al digno representante de la autoridad, al benemérito guardián del orden, y sonreírle y agasajarle, y abrirle nuestro corazón y nuestra casa... Pero por proceder así he sufrido dos días de hambre, recibido varios culatazos y soportado todas las angustias de un condenado a muerte. Bien hecho: ¿quién me mete a mí a devolver un máuser? Las armas, como los libros, no se devuelven nunca. Se devuelve un pañuelo a la señorita que lo ha perdido, una cartera vacía al señor que acaba de bajar de la escalera, un guante de la mano izquierda al joven que lo ha extraviado en el ascensor; pero no corresponde detener a media noche a un individuo mal entrazado para decirle: «Tome, señor, esta daga que se le ha caído...»

En el curso de esta meditación llego ante el Mercado de Abasto y puedo observar desde aquí el espectáculo desacostumbrado que ofrece la calle Corrientes. Pequeños grupos de jóvenes, con brazales bicolores, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevan barba y les obligan a levantar las manos en alto. Mientras los que usan palos les apuntan con éstos a bocajarro, los de las carabinas les pinchan con ellas en el vientre, y otros, desarmados, se cuelgan de las barbas del sujeto.

Según me informan en un corro, este original procedimiento tiende a estimular entre los barbudos el amor a la nación Argentina. Como soy lampiño, me creo a cubierto de semejante recurso pedagógico y sigo hacia el centro. En el camino advierto que otros grupos apedrean las casas de comercio los nombres de cuyos propietarios abundan en consonantes. ¿Por qué les tienen tanto odio a las consonantes? ¿Acaso las vocales solas pueden componer un idioma?

Delante mío va un viejito canoso, de rancho de luto, alpargatas y saco de lustrina. Camina presuroso, sin que el tumulto atraiga para nada su atención. De pronto, un grupo estacionado en mitad de la calzada nos da el alto imperiosamente. Yo me paro en seco; pero el viejito no detiene su marcha. Un mocetón fornido, que ostenta el consabido brazal celeste y blanco, corre a su encuentro revólver en mano.

—¡Párese! ¡Arriba las manos!

El viejo se cuadra y levanta en alto la mano izquierda. Esta obediencia parcial irrita al mocetón, que le reitera la orden:

—¡Arriba las manos!

El viejo continúa con la mano izquierda en alto, mientras la derecha desaparece completamente en el bolsillo del saco de lustrina, que contiene a simple vista un bulto insólito. Suena un tiro, y después de un ligero balanceo, el viejito se desploma de cara al suelo, siempre con la mano izquierda en alto... Rápidamente, el mocetón que ha hecho fuego se abalanza sobre el caído para sacarle el arma que indudablemente tiene en la mano derecha, y retira del bolsillo una manga vacía que queda extendida sobre la baldosa. El extremo sobresale del cordón de la acera y se dobla hacia la calzada como una manguera exhausta. Por poco tiempo, sin embargo, porque segundos después comienza a arrojar un fino hilo de sangre sobre el pavimento.

El viejo «era» manco.

CAPITULO XII
LA VUELTA AL HOGAR

Hasta este momento yo no había visto morir a nadie. Tenía por eso la idea de que la muerte era un espectáculo aparatoso y trascendental, que exigía ciertas transiciones y un cuadro apropiado. Nada más sencillo, por cierto, según el episodio que acabo de contemplar.

Sobre el asesinato, en especial, yo tenía las ideas más melodramáticas posibles. Lo suponía algo lleno de violencia, de pasión, de ferocidad, y se me antojaba torva y siniestra la figura del matador... Nada de eso, sin embargo. Es el incidente más trivial que se pueda imaginar.

Usted se pone en torno del brazo izquierdo la cinta del gato de su casa o la liga de la mucama, coge su revólver, sale a la calle y le pega un tiro en el corazón al primer hombre humilde que le parezca sospechoso. Con eso quizá ha dejado usted en la orfandad a media docena de chiquilines, pero en cambio ha consolidado las instituciones y ensayado su puntería.

Me voy acercando a casa. Al reconocer los lugares familiares experimento una emoción incontenible, como si volviera de un largo viaje. ¡Me parece que hace tanto tiempo que dejé mi silencioso departamento de soltero! El mucamo me recibe en la escalera, y al observar mi aspecto demacrado y mi aire abatido, supone que vuelvo de una fenomenal partida de poker. Presume, además, que he perdido lo indecible y presiente un período de estrecheces y apuros. Esta preocupación le agria el gesto, y en vez de comunicarme las novedades que se hayan producido, se hace a un lado austeramente...

CAPITULO XIII
EL ASALTO A LA COMISARÍA 44

Domingo, 12.—Me he despertado hoy a mediodía, tras haber dormido cerca de diez y ocho horas seguidas, con un sueño profundo de niño. Después del baño me he quedado en pijama y me hice traer los diarios de la mañana. Ya no me acuerdo de mi aventura de días pasados y me entero de las noticias de la huelga con toda la buena fe de un espectador desinteresado. Imprevistamente, el corazón da un latido anunciador y leo:

«El asalto a la Comisaría 44.—El primer ataque, preludio y quizá preparación combinada de los que se produjeron al día siguiente, se dirigió contra la Comisaría 44. El asalto se inició contra los centinelas avanzados que se encontraban a media cuadra del local de dicha Comisaría. A consecuencia de este ataque, se cambió un nutrido tiroteo entre los leales defensores del orden público y los maximalistas, que se hallaban perfectamente pertrechados y poseían máuseres de último modelo, muchos de los cuales conservaban aún la etiqueta de venta.

Dará una idea del armamento que poseían los ácratas el hecho de que una barrica que se hallaba en la calle, frente a la misma Comisaría, fué literalmente convertida en una criba por los proyectiles que se dirigieron contra el local.

En esa refriega los defensores de las instituciones tuvieron que hacer actos de verdadero arrojo para impedir que la turba de agitadores se apoderara de la Comisaría, en cuyo zaguán se libró una verdadera batalla.

Contenido el asalto por las fuerzas policiales, pudo notarse que dentro de la Comisaría se hallaba un sujeto extraño a ella, el cual se señaló desde el primer momento como uno de los cabecillas del atropello. Estas sospechas pudieron confirmarse más tarde cuando dicho sujeto, que dijo llamarse Nicolás Dilonoff, después de un hábil interrogatorio, que contestó con evasivas, trató de desarmar a uno de los agentes. También gritó «¡Viva el maximalismo!», aprovechando un momento de descuido de sus guardianes.

En vista de esto, el temible agitador, en cuyo poder se encontraron grandes sumas de dinero, fué puesto a buen recaudo por la autoridad, y a la mañana siguiente enviado al Departamento Central de Policía bajo segura custodia.

Por desgracia, los compañeros de Dilonoff lograron conocer el recorrido por donde debía pasar y atacaron a la escolta que lo conducía no bien ésta desembocó por una de las calles adyacentes al lugar donde se produjo el hecho. Los agentes trataron de repeler la agresión, cambiándose entre los dos bandos más de tres mil tiros.

Aprovechando la confusión que se produjo a raíz de este ataque, el temible agitador logró eludir la vigilancia de la policía, ignorándose hasta este momento su paradero. Se espera, sin embargo, detenerle de un momento a otro.

Nicolás Dilonoff, que también se hace llamar Jesús Martínez, es un viejo conocido de nuestra policía. Ha llegado al país hace pocos meses, y a pesar de eso habla correctamente el español. Se sabe que en Rusia, su país de origen, ha mantenido estrechas relaciones con Lenín y Trotsky.»

Suspendo la lectura y llamo al mucamo: ¡Mauricio! ¡Mauricio!... Mauricio se presenta alarmado. Yo me vuelvo hacia él con una profunda congoja y le digo: «Mauricio, estoy mal de la cabeza. Llama inmediatamente a un médico; prepárame un sinapismo; llévate esos diarios; alcánzame la aspirina; corre el cortinado; disponme otro baño; avísale a Perucho, pero no le dejes entrar; no estoy para nadie; descuelga el tubo del teléfono y arréglame las valijas, porque me voy a Montevideo...»

Mauricio supone que efectivamente estoy mal de la cabeza, y yo me vuelvo a meter en cama...

CAPITULO XIV
DE CÓMO RECOBRO EL USO DE LA RAZÓN Y OTROS OBJETOS

Miércoles, 15.—He pasado una terrible crisis. Desde el domingo hasta anoche he sido presa de la fiebre y del delirio. Sólo ayer, a la hora de la comida, después de un breve sueño reparador, he vuelto a ser el hombre normal de hace ocho días. El médico cree que aun estoy débil y ha prohibido que se me hable de la huelga; pero, como es natural, durante toda la noche no nos hemos ocupado de otra cosa con Perucho Salcedo y con Amenábar, que han estado a visitarme. Les he contado todo lo que me ocurrió desde el jueves último, a medida que me iba acordando, y ¡bien sabe Dios si hay fallas en mi memoria!

¡Cosa singular! Se han reído hasta desternillarse. Cuando hubieron terminado de reírse, examinamos mi situación personal. Perucho me aconsejó que le mandase los padrinos al comisario de la 44, y Amenábar, que fuera a reclamar el reloj, la tabaquera, las llaves y el dinero que me habían sacado. Este último consejo me parece el más oportuno; pero antes debo liquidar mi situación como delincuente, porque no hay que olvidar que tengo la captura recomendada... Para la Policía soy Dilonoff, el terrible Dilonoff, un prófugo, un conjurado, un perturbador del orden social.

Amenábar ha prometido arreglarme el asunto en el día, pero no las tengo todas conmigo. Si fuese un delincuente empedernido podría contar, por lo menos, con el indulto presidencial; pero como soy inocente...

A las cuatro llega Amenábar en su soberbio «Packard». Vienen con él Perucho, Totó Arribillaga y el mono Sánchez Oriol, que es medio pariente del comisario de la 44. Todos quieren presenciar el efecto de mi reaparición en la Comisaría que asalté yo solo, por mi cuenta.

Como ya me siento bien y además tengo deseos de unirme con mi reloj, no opongo obstáculos al viaje, cuya duración no deja de preocuparme. ¡Estos jóvenes no saben dónde queda la Comisaría 44! Sin embargo, a los veinte minutos nos detenemos ante un edificio, que reconozco vagamente. Hemos venido en línea recta, sin la menor desviación ni el más pequeño barquinazo. ¿Es el coche o las calles? Vuelvo a sufrir la ilusión del damero.

Cruzamos el zaguán obscuro, en el que ya no se advierte rastro alguno de las pasadas luchas. (La Comisaría ha seguido siendo asaltada después de mi retiro.)

El mono Sánchez Oriol se adelanta y, después de parlamentar brevemente, nos hace pasar al despacho del comisario.

Este nos recibe de pie con una afabilidad de gran caballero.

Presentaciones: Amenábar, Salcedo, Arribillaga. Grandes saludos. Cuando me llega el turno, el mono dice simplemente: «¡Dilonoff!» Coro general de carcajadas. El comisario es el que ríe con más ganas. Después de un momento de conversación, durante el cual nos muestra un retrato de Sarmiento destrozado por las balas (es el retrato que el sargento arrojó sobre la barricada), procede a entregarme «mis efectos». Por una deferencia especial no me pide recibo.

Nos despedimos; pero cuando todos han salido, el simpático comisario me retiene para decirme con tono de dulce reproche: «Pero, amigo, ¿cómo no me dijo usted que era socio del Jockey?...»

Al regresar vamos a toda velocidad por la anchurosa avenida con arboleda central. Inesperadamente el mono Sánchez Oriol prorrumpe en un alarido: «¡Viva el presidente del Soviet!» Este grito hace volver la cabeza a los transeuntes, y creo reconocer rápidamente dos ojos garzos que me miran con asombro, una cabellera castaña, un traje blanco suelto. ¿Es una ilusión?... ¡Estos autos marchan tan rápido!...

EL CULTO DE LOS HEROES

CAPITULO PRIMERO
DE CÓMO DON JUAN MARTÍN IBA ACORTANDO SUS PASEOS

Al salir aquella mañana, don Juan Martín habíase dado con el mayor de sus nietos, quien, cansado y furtivo, regresaba al domicilio familiar. El muchacho, sorprendido, no acertó sino a decir: «Buenos días», cortesía trivial que el anciano retribuyó con un «Buenas noches» cortante como el aire frío de la madrugada.

No dijo más; pero el encuentro habíale puesto de mal humor.

Por un antiguo hábito ambulatorio, don Juan Martín tenía la costumbre de meditar sobre sus negocios mientras iba por la calle, solo y abstraído, en medio del tumulto urbano. La primera idea de su gran empresa ocurriérasele en esa forma, al cabo de cinco años de pasear por la ciudad su aparejo de afilador, y otros tantos había madurado el proyecto en sus interminables caminatas. Cinco años, durante los cuales empujó su máquina rudimentaria con aire ausente, acariciando en su espíritu vagos sueños de riqueza y arrancando a su silbato, de trecho en trecho, un sonido largo y modulado como un reclamo a la fortuna.

Por cierto que ese pregón, tradicional en Buenos Aires, no tuvo poca parte en la ulterior prosperidad de Juan Martín. A causa de él, los robustos changadores gallegos que en muchas esquinas comentaban indolentemente la exigua crónica telegráfica de los diarios de entonces, a la espera de que se les mandase llamar para transportar un piano o conducir una carta de amor, tareas desproporcionadas que realizaban con igual indiferencia e idéntica celeridad, solían burlarse de su cuasi conterráneo—Juan Martín era de los límites de Asturias—con toda la pesadez de su inteligencia de atletas. En Galicia, con el mismo reclamo, largo y modulado, anuncian su presencia en las aldeas los castradores de cerdos. Y eran sobre ese leit-motiv procaz, un número infinito de variaciones y desarrollos que el pobre ambulante escuchaba resignado, traduciendo únicamente su sorda irritación en el leve temblor del silbato de níquel que colgaba siempre de su boca como una prolongación natural del belfo. ¿Fué un efecto de su antipatía hacia aquel gremio jocundo y holgazán la primer idea de la industria que lo enriqueció y llegó a cambiar uno de los aspectos de la ciudad? ¿O no se debió todo sino a la antigua hostilidad de las tribus nómadas hacia las de hábitos sedentarios, causa de tantas luchas prehistóricas, reconocible aún, bajo pretextos nuevos, en los conflictos de los gremios urbanos? Fuera uno u otro sentimiento la raíz oculta de su invención, o ambas a la vez, el hecho es que a Juan Martín se le ocurrió realizar los servicios que llevaban a cabo sus pesados burladores con carros ligeros de dos ruedas, y un buen día, dejando su máquina de afilar en un rincón de la pieza que habitaba con su mujer y su hija, se lanzó a la calle arrastrando el primer vehículo a tracción humana que se conoció en la capital. En los años que siguieron y que marcaron un ascenso lento, pero constante, en su pequeña industria, D. Juan Martín continuó recorriendo la ciudad al paso flexible y silencioso de sus alpargatas, revisando en su mente cálculos de enriquecimiento cada vez más concretos. Y a medida que se engrandecía su negocio iba disminuyendo el radio de sus paseos y la amplitud de sus meditaciones.

Ahora que estaba enormemente rico, que había centralizado en su empresa casi todos los servicios de transportes y encomiendas del país, que figuraba en el directorio del Banco Español y era uno de los mayores propietarios de inmuebles de la ciudad, el breve trayecto entre su lujoso hotel de la calle Maipú y el viejo edificio de las oficinas en el Paseo de Julio, cerca del Retiro, bastábale para resolver todos sus asuntos. Pero siempre el ritmo de su paso era el mismo de cuando iba empujando su aparejo, y aunque algo relajado por la senectud, su belfo se avanzaba como si aun intentara, con el silbato ausente, lanzar uno de aquellos largos y modulados reclamos a la fortuna.