BAROJA, HISTORIADOR
Pío Baroja acaba de publicar un nuevo libro; es este volumen de Baroja el primero de una serie de novelas históricas. Se titula El aprendiz de conspirador. El título genérico que llevarán estas novelas será el de Memorias de un hombre de acción. Digamos, ante todo, el motivo que Baroja ha tenido para emprender esta serie de obras novelables é históricas: entre los antecesores del novelista se encuentra un vasto andariego é inquieto, llamado Eugenio de Aviraneta; revolviendo Baroja papeles viejos, allá en los arcones y armarios familiares, encontróse con algunos documentos relativos á su antecesor; entróle curiosidad por conocer más datos referentes á Aviraneta; leyó libros de Historia; metióse en las bibliotecas y husmeó por los puestos de libros viejos; fué enfrascándose poco á poco en el estudio de una época; á la postre, nuestro Baroja—antihistórico y antirretórico—se encontró con un cúmulo tal de pormenores, particularidades y detalles, que fácilmente cayó en la tentación de entrarse, pluma en ristre, por los campos lóbregos y falaces de la Historia.
Sin embargo, no se asusten los devotos del novelista; más adelante explicaremos cómo entiende Pío Baroja la Historia; afirmemos desde luego que nuestro autor no es un copiante servil de la realidad, no un amontonador de datos y fechas, no un frío hacinador de prolijos pormenores que á nadie pueden interesar. El aprendiz de conspirador palpita de vida, de pasión y de amenidad en todas sus páginas. La novela ha alcanzado ya á estas horas lisonjero éxito; se la elogia entre los literatos y se la han dedicado artículos fervorosos en los periódicos. Huelga decir que el libro está escrito en el estilo sobrio, escueto, limpio, que es peculiar en Pío Baroja; nada más lejos que Baroja de la prosa pseudocastiza, imitada de los clásicos del siglo XVII, artificiosa, sin verdad y sin realidad. Todo un mundo separa á las novelas escritas en este estilo (por ejemplo, la titulada Ave Maris stella, de Juan García) de las novelas de Baroja; nuestro novelista escribe para decir algo, y lo dice de la manera más rápida y exacta.
Se comienza á contar en la nueva novela la vida de un hombre de acción. Los hombres de acción han atraído siempre á Pío Baroja; él mismo se lamenta de no poder ser un hombre de acción. Pero el concepto que se tiene del hombre de acción—el que tiene Baroja—será preciso definirlo, con objeto de no exponernos á torcidas interpretaciones. Un hombre de acción—para nosotros—es Goethe; lo es también Spinoza; lo es Voltaire; lo es Spencer; lo es Tolstoi. Todos son hombres que no han salido de las cuatro paredes de su estudio (como no salió tampoco Kant), pero que han removido un mundo, han hecho transformarse las sociedades (ellos, con auxilio de otros muchos), han creado nuevas visiones de las cosas, han troquelado flamantes, desconocidos valores intelectuales; han sido, en suma, excitantes y levaduras poderosas de la marcha humana. ¿Quién es más hombre de acción: Kant ó Garibaldi? ¿Quién: Spencer ó Hernán Cortés?
Mas Baroja, intelectual, removedor de prejuicios, impulsador—en más ó menos escala—de deseos y de iniciativas (todo ello acción), se encuentra seducido, hechizado por la otra acción: por las idas y venidas, el afanoso tráfago, las agitaciones populares, las empresas industriales, los largos viajes. De aquí que, desde su mesa de trabajo, cada vez que se sienta á escribir, ponga su pensamiento en aventureros, gentes errátiles, cabecillas, vagabundos, bohemios, hombres, en fin, que se mueven continuamente y que hacen cosas. Eugenio de Aviraneta—providencialmente descubierto en un armario viejo—ha venido á ser el símbolo supremo, la representación más alta—y, desde luego, ancestral—de la obra, las meditaciones, los anhelos y las esperanzas de Pío Baroja. Un volumen acaba de consagrarle el novelista; pero un volumen, ni dos, ni cuatro, es poco; de diez constará toda la vida de Aviraneta.
La obra que acaba de emprender Baroja, como toda obra henchida de intensa vida, será motivo de comentarios y discusiones; se la comentará y se la discutirá (y las discusiones y comentarios han comenzado ya) por la concepción que el novelista expone en ella tanto de la vida como de la representación de la vida en el pasado; es decir, de la Historia. Aviraneta nació á fines del siglo XVIII; toda su vida fué una perenne agitación; se mezcló en las guerras civiles y tramó pintorescas conspiraciones.
Contemplemos desde lejos la vida de Aviraneta; ya con las 300 páginas que ahora nos da Baroja podemos comenzar á contemplarla. Primera observación que se nos ocurre hacer; Aviraneta no es ni liberal ni conservador; toma unas veces partido por los liberales y otras por los conservadores. Aviraneta no es una línea recta; su vivir ondula, se tuerce en un complicado zig-zag. Y, sin embargo—atajemos el pensamiento del lector—, sin embargo, Aviraneta no es un vividor, un logrero, un negociante turbio (lo que ahora son muchos políticos españoles); Aviraneta no es tampoco un inconsciente, un ingenuo. ¿Cómo clasificar esta vida sinuosa? ¿De qué manera encasillar á este hombre que, apenas nacido á la literatura, ya comienza á inquietarnos y preocuparnos? No existen casilleros para los hombres como Eugenio de Aviraneta; evoluciona este personaje por encima de los valores conocidos; obra independientemente de la tradición sancionada. ¿Es un enamorado de la fuerza por la fuerza? ¿Un dominador pre-nietzschano? ¿Un hombre que, secuaz de Maquiavelo, lector de Il Principe, no repara en medios (zarpazo de león ó artimaña de vulpeja) para llegar al fin que se propone: no su engrandecimiento—según el falso maquiavelismo—, sino el engrandecimiento de la patria—según el verdadero maquiavelismo? ¿Es un superhombre—como diría Nietzsche, ó un serpihombre—como diría Gracián? Es realmente Aviraneta—por lo que comenzamos á ver—un hombre superior, fuera de la medida ordinaria; pero su superioridad, tan lejana del sentir medio de la masa, nos inquieta y nos hace reflexionar. El espectáculo del mundo no es para Aviraneta lo que para la mayoría de los hombres; su representación de la realidad es distinta. Siendo la representación diversa, diversa ha de ser también la moral. Aviraneta no es ni moral ni inmoral. De amoral estamos tentados de calificarle; por lo menos, seguidor de una moral que no acopla con nuestra moral; una moral que principiamos á entrever en este primer volumen de su vida y que quizá cuando se publiquen los restantes podremos comprender y definir. Para entonces aplazamos nuestro juicio sobre el asunto.
Vengamos á la concepción histórica de Baroja. Alfredo de Vigny ha sentado, en el célebre prólogo á su novela Cinq-Mars, una teoría capital respecto de la Historia. En síntesis, para Vigny, la verdad del arte es más verdadera que la verdad real. «El espíritu humano—escribe Vigny—no parece preocuparse de lo verdadero mas que en cuanto al carácter general de una época; lo que sobre todo le importa es la masa de los acontecimientos y los grandes pasos de la humanidad que arrastran á los individuos.» «Pero indiferente en los detalles—añade el autor—, el espíritu humano no los ama tanto reales cuanto bellos, ó grandes y completos.» Es decir, que dada la realidad histórica, á grandes pinceladas, de una época, luego, sobre ese fondo de autenticidad, el artista, el gran artista, puede dar á los personajes que en realidad existieron una vida distinta de la que tuvieron, pero más intensa, más bella, más verdadera que la auténtica. Sirvan de ejemplos el Cid creado por el desconocido poeta del Cantar, ó el Felipe II, de Schiller, de Alfieri y del moderno Verhaeren. Será inútil, completamente inútil que protestemos; serán ineficaces cuantas refutaciones cuajadas de datos hagamos. La creación artística vivirá perdurablemente, con luminosidad inextinguible, por encima de la menguada rastrera realidad. Ante la sucesión de los siglos se mantendrá incólume, tal como la ha creado el poeta alemán, la figura del monarca de El Escorial; ante el tiempo, sin conmoverse, subsistirá la imagen de Rodrigo Díaz que el ignorado vate ha estampado en su Poema.
La realidad que busca Pío Baroja en la serie de sus novelas históricas es la realidad viva y palpitante que crea el arte. Sobre un lienzo de realidad histórica Baroja construye sus figuras. ¿Qué importan detalles más ó menos? Lo que importa es la vida. Y las creaciones de Pío Baroja se mueven, hablan, sienten, gesticulan, se apasionan, ríen, plañen, llegan á nuestro corazón é inquietan nuestro espíritu.