CEJADOR Y EL ARCIPRESTE
Anunciamos en uno de los artículos anteriores que dedicaríamos unas líneas á comentar ciertas afirmaciones de Julio Cejador. Ha hecho tales aseveraciones Cejador en el prólogo á la edición flamante de Juan Ruiz, por el dicho filólogo aliñada y por La Lectura dada á luz. Américo Castro estudiará detenidamente—con su reconocida competencia—la obra exegética de Cejador en el próximo y segundo número de la Revista de Libros. Aquí no se trata de ningún examen serio—ni no serio—, sino de un simple devaneo impresionista. Julio Cejador ha publicado también en estos días una novela—Mirando á Loyola—; en el prólogo se lamenta de que hubiera quien, hace meses, no dijese nada respecto de otro libro suyo. «Hubo quien no se arrestó—escribe Cejador—á saludar su venida á esta común luz de la vida que todos gozamos.» Tiene razón nuestro querido amigo en lamentarse del silencio; no hay nada peor que el silencio para un literato, como para un actor, un orador, ó, en general, un hombre que viva de la opinión y para la opinión. No somos nosotros de los que hacen á los libros la guerra sorda del silencio. Mejor que callar, preferimos ofrecer nuestro juicio duro—cuando es duro—con toda su sinceridad. Esta sinceridad—más, mucho más que la loanza convencional—preferimos que se tenga con nuestros libros. ¿Le ocurre lo mismo á Cejador? Pues con todos los respetos á su persona y con toda la admiración que nos inspira su vasta, varia y cultísima labor, allá van las siguientes observaciones sobre su introducción á Juan Ruiz.
Lo primero que hemos de anotar es que Cejador es aficionado en demasía á la generalización. Criticar es diferenciar, establecer las discordancias, expresar los rasgos característicos, únicos, de un autor ó de una obra. Recordemos siempre—aplicándolo á la crítica—la lección de Flaubert respecto de la novela. «En la calle—decía Flaubert—hay media docena de coches de punto estacionados en su parada. La cuestión es salir, observarlos, y, aunque todos parecen lo mismo, hacer de modo que, al describirlos, cada uno sea diferente de los otros, cada uno tenga su vida propia.» Con superlativos, con hipérboles, con loanzas épicas no se pinta á un artista, no se nos dice cómo es. No; lo que hay que hacer no es generalizar, sino particularizar. El juicio que Menéndez y Pelayo formula, por ejemplo, de Gracián y El criticón (en la cubierta de la nueva edición de esta obra ha sido reproducido), lo mismo conviene á Gracián, que á Quevedo, á Carlyle ó á Swift. Cuando Cejador nos habla del Arcipreste de Hita, sus palabras ardorosas lo mismo pueden convenir á este poeta ó á otro escritor (verbigracia, Rabelais) por el que sintamos el lírico entusiasmo que Cejador siente por Juan Ruiz. «Este hombre—escribe nuestro filólogo—es el gigantesco aquel llamado Polifemo que nos pintó Homero, metido á escritor.» «Los sillares con que levanta su obra—añade—son vivos peñascos arrancados de las cumbres de las montañas y hacinados sin argamasa ni trabazones convencionales, de las que no pueden prescindir los más celebrados artistas.» (Note el lector de pasada ese más que hemos subrayado. ¿Por qué esas trabazones—no nos explicamos bien lo que quiere decir Cejador—no las ha de tener Juan Ruiz y sí los demás artistas? Y ¿por qué no ha de haber ni uno solo entre los más celebrados artistas que no posea esa condición? Los más celebrados: es decir, todos. Homero, Shakespeare, Cervantes, Dante, Lope, Leopardi, Virgilio, etc., etc., etc.)
«El Greco se queda corto en pintura para lo que en literatura es Juan Ruiz»—escribe más adelante nuestro buen amigo. Acaba de decir Cejador, líneas arriba, que el arcipreste es «tan grande», «tan colosal», que se le ha ido de vuelo á los críticos más agudos. No entendemos tampoco bien lo que aquí se ha querido decir. Pero lo importante es la cita del Greco después de lo que se acaba de decir. Ningún pintor estaba menos indicado que Theotocópulos para este acercamiento á Juan Ruiz. Aparte de que el Greco, aunque pintó mucho en cantidad, no se hace notar por su abundancia excepcional, existe la diferencia hondísima de orientación espiritual, de tendencia y procedimientos, entre el poeta y el pintor. Si era preciso citar un pintor al hablar de Juan Ruiz, más que al Greco, pudo citarse á Rubens, á Jordaens y aun al mismo Tiziano, pintores todos del color, de la vida exuberante, de la jocundidad, del goce pletórico de vivir. «Su obra, repito—sigue diciendo Cejador—, es el libro más valiente que se halla en esta literatura castellana de escritores valientes y desmesurados sobre toda otra literatura.» Repetimos nosotros también nuestra observación: ¿para qué estos extremos del más y del menos? En la literatura castellana hay libros que nos parece son tan valientes como el de Juan Ruiz. (Ignoramos el verdadero alcance de este adjetivo.) Ahí está, por ejemplo, el Quijote, ó La Celestina, ó La vida es sueño, ó el Don Álvaro, ó La Dorotea... Y ¿por qué la literatura castellana ha de ganar á las demás en libros valientes? Cuando Rabelais y Montaigne escribían las cosas que escribían, ¿había alguien en Castilla que dijera esas mismas cosas? Más tarde, compárese, por ejemplo, lo que dice Quevedo (ingenio castellano de primer orden) con lo que dice en sus Trágicas, y especialmente en la parte Los príncipes, Agripa de Aubigné (ingenio francés, no de primera magnitud, sino secundario).
Sigamos comentando. Hablando de los poetas que han llevado una vida de libertinaje y disipación, escribe Cejador: «Yo concederé que entre tales hombres pueda darse un poeta; jamás un extraordinario poeta». «Los más encumbrados pensamientos y los sentimientos más delicados no andan por las tabernas y lupanares.» Llegamos á la discordancia á que hacíamos referencia en uno de los anteriores artículos: la discordancia entre la vida del poeta y su obra. Sería difícil discutir sobre este punto con Cejador, porque á su arbitrio habría de quedar el alcance que diera al vocablo extraordinario que acabamos de citar. ¿Qué es y quién es un poeta extraordinario? ¿Dónde acaba en un poeta lo ordinario y dónde comienza lo extraordinario? Aquí tenemos, por ejemplo, á un poeta libertino, relajado. Vivió la vida más disipada que puede vivir ser humano. Figuró en una cuadrilla de bandidos; cometió robos; mató á un clérigo en riña; estuvo en prisión; estuvo á punto de morir en la horca. Se llamó este poeta Francisco Villon. ¿Es ó no extraordinario? ¿Hay ó no emoción honda y delicadísima en sus baladas de Los ahorcados, de Las damas de antaño, de Los caballeros de antaño? ¿Son ó no son esos poemas poesía, y poesía de la más alta, de la que hace sentir? (¡Oh, las nieves de antaño! Mais où sont les neiges d’antan?)
Pero no es sólo Villon. Los ejemplos abundan. ¿Es ó no gran poeta Baudelaire? ¿Lo es ó no Edgardo Poe, aparte de sus libros en prosa? ¿Lo es ó no Verlaine, el pobre Lelian? Terminemos. Tendríamos que examinar ahora la interpretación que Cejador da de El libro de buen amor. Tarea larga sería esa. Cejador cree (lo repite á cada momento) que el Arcipreste de Hita escribió su obra para edificación espiritual de los lectores. Tanto valdría decir que Rubens pintó sus exuberantes desnudos para que abomináramos de la carne. Más sencillo—y más lógico y racional—es creer que Juan Ruiz escribió espontáneamente, sin designio ético ni ascético, del mismo modo que ni Jordaens, ni Rubens, ni Tiziano llevaban tal mira cuando pintaban sus cuadros.