DON JUAN VALERA
Se están publicando en Madrid las obras completas de don Juan Valera. Entre los volúmenes publicados figuran dos tomos de cartas particulares. Nació Valera en 1824; murió en 1905, La primera de las cartas citadas lleva la fecha de 1847; la última corresponde al año 1857. Aparecen escritas las cartas desde Madrid, Lisboa, Nápoles, Río Janeiro, Dresde, Varsovia, Petersburgo. Tenía don Juan Valera cuando escribió la primera carta veintitrés años. Documento importante es esta correspondencia para el estudio del carácter del escritor cordobés. Dos notas dominan en estas páginas: el ansia por el dinero y el amor—no á la mujer—á las mujeres. Era hijo Valera de una familia distinguida; vivía Valera con sus deudos en provincias; tenía Valera un espíritu vivo, fino; al llegar á Madrid encontróse con un mundo nuevo para él. Le atraía la sociedad elegante; le causaba íntima aversión la convivencia con literatos—toscos y pobres—y con gente de mediano pasar. Á la sociedad aristocrática pretendió incorporarse desde su llegada á Madrid. Veamos cómo va sintiendo el espectáculo de la vida y de qué manera va expresando sus anhelos y sus pesares.
«Este país—escribe Valera—es un presidio rebelado. Hay poca instrucción y menos moralidad; pero no falta ingenio natural, y sobra desvergüenza y audacia.» Hablando de los escritores madrileños dice: «Los que son eruditos están mal educados, son sucios y pedantes; los que son limpios y cortesanos, tan mentecatos, que no hay medio de poderlos aguantar.» «Con resignación—escribe—me propongo soportar el trato de los pedantes del Café del Príncipe, y las cosas primitivas de mi patria, y la presunción estúpida de sus hombres de Estado, filósofos y sabios.» En la tertulia literaria del café del Príncipe «reina la mayor franqueza y españolismo, esto es, el más exquisito mal tono y la peor educación posible». No hay en España mas que mediocres prosistas é insignificantes pensadores. «El único economista que tenemos es Flórez Estrada; el único filósofo, Balmes, y ambos no pasan de medianos.»
En este ambiente social se veía Valera: se veía pobre, sin medios de fortuna, sin elementos que le hicieran dejar este ambiente de grosería y vulgaridad para vivir entre la gente aristocrática, selecta, rica. Su obsesión á lo largo de todas sus primeras cartas es el dinero. El estudio literario considéralo Valera como su «mayor deseo, después del de tener dinero». «Mis necesidades son grandes, mis gustos por el lujo y el bienestar, y mis recursos extremadamente escasos.» «Harto conozco que debiera ingeniarme y buscar un medio de ganar dinero, pero aún no he hecho nada con este fin; sigo, sin embargo, emborronando papel, pero nada me satisface.» «Si algo me impacienta es la pobreza. Por eso me quiero meter, por el pronto, á autor dramático. Es el medio más corto de obtener cien duros al mes, que es cuanto deseo para vivir holgadamente.» Ingresa Valera en la carrera diplomática; el contraste entre su medianía y el lujo que le rodea acentúase de un modo angustioso. Su anhelo es la conquista del bienestar; aspira á vivir en un medio de refinamiento y cortesanía.
En el espectáculo de la vida le atraen las mujeres. Su sensibilidad meridional se siente voluptuosamente conmovida ante la belleza femenil. Hay en sus cartas multitud de pasajes referentes al amor sensual y tangible. Á sus deudos más íntimos no se recata en hacer alusiones sobre la materia. En la primera carta de la colección habla á su madre de sus cortejos á una dama casada. Le anima con miradas y palabras esta señora, y él escribe á su madre: «Con todos estos avances, ya se puede usted figurar que yo no estaría muy pacífico, así es que hubo pisotones y miradas lánguidas; me ofreció la casa, me dijo que fuera á visitarla, que todo el día estaba sola, y también puso en mi noticia la hora en que salía, dónde iba á pasear y cuándo acostumbraba estar fuera de casa su digno consorte». Á su misma madre cuenta también otro chichisveo con otra señora también casada: «La niña se reía mucho de todo esto. Yo la he prometido llevarla á Nápoles sin hacerle nada por el camino que ofenda su honestidad». De la coima de un amigo suyo habla asimismo Valera á su propia hermana: «El señor Andrade se ha hecho grande amigo mío, me ha confiado la historia de sus amores con la prima donna del teatro San Fernando, y el otro día me decía que quisiera la viese yo desnuda para que admirase lo acabado de sus formas, lo que hace que ella nunca lleve corsé». En Petersburgo, un día, tal impresión le causa una mujer alta, gallarda, de labios encendidos, «respirando orgullo, energía y lujuria á la vez», que queda «atortolado», tropieza con el estribo de un coche y resbala en el hielo de una manera absurda y cómica.
Notables son, por lo pintorescos, los pasajes en que Valera cuenta sus amores, en Petersburgo, con la actriz francesa Magdalena Brohan. Durante una larga temporada complacióse la comedianta en excitar diabólicamente al español; desesperábase éste; no acabó de entregarse nunca la francesa. «Me estrechó en sus brazos—escribe Valera—y unió y apretó su boca á la mía, y me mordió la lengua y el pescuezo, y me besó mil veces los ojos, y me acarició y enredó el pelo con sus lindas manos, diciendo que tenía reflejos azules y que estaba enamorada de mi pelo; y me quería poner los besos en el alma, según lo íntima y estrechamente que me los ponía dentro de la boca, y nos respirábamos el aliento, sorbiendo para adentro muy unidos, como si quisiéramos confundirnos y unimismarnos.» Tal escena se repitió muchos días. Exasperado Valera, dió un formidable empellón una vez á la actriz; no pudo, sin embargo, pasar adelante en sus amores. Profundamente hechizaban á Valera las mujeres. «Esta afición mía á las faldas es terrible»—escribe nuestro autor.
Completemos los datos anteriores con otros varios; estas nuevas citas acabarán de definir la idiosincrasia literaria de Valera. «El mundo, al fin, no es una cosa tan mala»—escribe nuestro autor haciendo profesión de optimismo. «Ya conocerá usted—escribe á su padre—que, á pesar de mi liberalismo filosófico, soy aficionadísimo á la gente de alto copete, y tanto, que me aflige y entristece la de mal tono.» «Yo me siento incapaz de ser dogmático en mis opiniones filosóficas; ando siempre saltando del pro al contra, y dudando y especulando, sin atreverme á seguir doctrina alguna.» No transcribamos más. Realizó don Juan Valera durante cuarenta años una copiosa labor literaria; ideó novelas, compuso poesías, escribió multitud de ensayos críticos. Fué siempre Valera el mismo que escribía estas cartas de 1847. En 1902, á los setenta y seis años, escribía Valera lo siguiente en la introducción á su Florilegio de Poesías Castellanas: «¿Por qué hemos de desdeñar ó estimar sólo como chiste ó agudeza de ingenio lo que inventa Campoamor filosofando, y hemos de tomar tan por lo serio, pongamos por caso, á Krause, Schopenhaüer ó Nietzsche?» Era esto parangonar las mediocres abstracciones de Campoamor con los estudios de Nietzsche y Schopenhaüer. En el mismo trabajo habla Valera livianamente de las doctrinas evolucionistas; por la misma época trataba festivamente—al hacer la crítica de un libro de Pompeyo Gener—las concepciones de Nietzsche. Fué Valera en sus últimos tiempos, toda su vida, el mismo de sus primeros años. Tuvo ingenio, donosura, erudición vasta; le faltó poesía, emoción, idealidad. Un artista que hondamente ame la belleza nos expresará en sus primeros años sus anhelos, sus angustias, sus esperanzas por realizar la bella obra de arte. Valera, pobre, desconocido, principiante, el ansia que siente es la de poder figurar en la sociedad elegante, la de convivir con la gente cortesana y mundana, la de ser rico y vivir bien. «Soy aficionadísimo á la gente de alto copete, y tanto, que me aflige y entristece la de mal tono.» La Humanidad, para Valera, es esa gente de buen tono. No fué nunca Valera poeta; no llegó nunca en sus obras á hacer sentir la emoción del dolor y de lo trágico. Mariposeó sobre todo como un discreto y amable hombre de mundo. Á un lado están los artistas de la laya de un Carlyle, de un Flaubert y de un Leopardi; los artistas inquietos, tormentosos, obsesionados por la Idea. Á otro lado se hallan los escritores amenos, agradables, áticos, irónicos. Sólo los primeros son grandes y perdurables. Han sentido y hacen sentir. Han amado y hacen amar. Han sido poetas y hacen soñar.