I
El ideólogo á que nos referimos es don Ramón de la Sagra. Sobre La Sagra encontramos indicaciones biográficas en el Manual de biografía y bibliografía de los escritores españoles del siglo XIX, publicado por Ovilo y Otero en París, librería de Rosa y Bouret, en 1859. Como no nos proponemos hacer un trabajo biográfico de La Sagra, ni escribir un estudio crítico de sus obras, nos limitaremos á unas breves notas sobre su persona y sus libros. Nació La Sagra en 1798; fué varias veces diputado; figuró en las Cortes de 1854; desempeñó la cátedra de Botánica en la isla de Cuba; realizó numerosos viajes por Europa y América. Era La Sagra lo que hoy llamamos un «europeo». Profesó las más avanzadas ideas progresistas. «Hoy las ha modificado—escribe Ovilo—, lo cual le ha valido algunas censuras.» Los libros, folletos y publicaciones de distinta índole que La Sagra dió á luz son innumerables. Según vemos en el Manual citado, existe un Tratado cronológico de los escritos de La Sagra; pero sólo abarca este tratado las publicaciones de 1822 á 1845. Muchas más deben de existir; con lo cual bien podemos imaginar que don Ramón de la Sagra ha sido uno de los escritores más prolíficos, fecundos y caudalosos que podemos imaginar.
Á La Sagra le interesaba todo y escribía de todo. Escribió sobre botánica, geografía, ciencia económica, sistemas penitenciarios, política, industria, agricultura. En el libro de Otero, al copiar éste un juicio de don Manuel Colmeiro sobre La Sagra, dice el autor: «El doctor Colmeiro que, como nosotros, no supone tanto mérito, tantos servicios, ni tanta ciencia en este laborioso é infatigable escritor...» Se deduce de estas palabras que La Sagra era, no un investigador original, sino simplemente un vulgarizador, un viajero y un lector que luego iba exponiendo en libros y en artículos lo que por el mundo había visto. Y juntamente con esto, no cabe, ni hay para qué negar, que La Sagra poseería un deseo sincero de mejoramiento social, de adelanto y de progreso respecto á España.
En resolución: La Sagra ha sido, con mayor ó menor originalidad y con mayor ó menor desinterés, un precursor de los hombres que, más tarde, hacia 1898, trabajaron en favor de una política de regeneración española. Hemos hablado de desinterés porque, registrando, tiempo atrás, periódicos de la época, hemos hallado ataques á empresas industriales de La Sagra; y entre las obras citadas por Ovilo figura una Vindicación de una apreciación injusta de un proyecto de ley presentado á las Cortes Constituyentes el 14 de Diciembre de 1854, seguido de algunas reflexiones sobre el estado fisico y económico de España. No decimos nada ni en pro ni en contra de La Sagra; lo que queremos evitar es toda incauta apología. Hoy existen hombres que, vanagloriándose de las más modernas ideas y de los móviles más altruístas, se mezclan á empresas y gestiones que no merecen beneplácito. Si ahora pudiéramos contemplar á un escritor de 1960 escribiendo un artículo sobre estos hombres y desplegando en él la más candorosa pompa apologética, seguramente que, por lo menos, sonreiríamos.
Nos proponemos ahora tan sólo hablar de algunas originales ideas que nuestro autor expuso en un breve folleto. Se titula el opúsculo Aforismos sociales; lleva por subtítulo: Introducción á la ciencia social. En Madrid y en 1849 se publicó el librito, y en la portada se lee la siguiente indicación: «Edición hecha sobre la cuarta publicada en Bruselas en 1848». El ejemplar del folleto que poseemos va encuadernado en volumen juntamente con otro opúsculo de La Sagra escrito en francés y titulado Revolution économique: causes et moyens. Del mismo año del folleto español es este francés; en París se vendía en la librería de Capelle «et chez l’auteur, 27, rue Lamartine». Los Aforismos sociales resumen la ideología de La Sagra (como hoy otros aforismos, los publicados recientemente por Gustavo Le Bon, resumen la política, la sociología y la psicología social de este escritor, también multiforme, abundante y diverso).
Las máximas que nos presenta La Sagra son en número de 300. En varios capítulos está dividida la obra.
En el primero se estudia el orden social antiguo; en el segundo, la emancipación del pensamiento; en el tercero, la sustitución de un nuevo principio de orden social; en el cuarto, el orden por la fuerza; en el quinto, la teoría del orden social racional; en el sexto y último, las condiciones y medios para la organización social racional. Un resumen y conclusiones cierran el folleto.
En el breve prólogo de la obra nos dice el autor que estos aforismos constituyen «parte de los teoremas» cuya demostración larga, minuciosa, equivaldría á hacer el estudio de la humanidad. La Sagra ha hecho cristalizar en ellos todo su pensamiento. Persigue también otro propósito: el de «impedir que la calumnia ó la ignorancia le coloquen en alguna de las escuelas en que se dividen las opiniones reinantes». La Sagra desea ser conocido «no tal cual le suponen, sino tal cual es»; es decir—añade el mismo La Sagra—, como «hombre observador y lógico». (Hombre observador y lógico no así como se quiera, impreso en el mismo tipo en que va impreso lo demás, sino estampado ostensiblemente, con versalitas: Hombre Observador y Lógico... Repasando los periódicos á que hemos aludido antes, periódicos de mil ochocientos cuarenta y tantos, tenemos bien presente el haber visto que uno de ellos llamaba sabihondo, humorísticamente, á La Sagra.)
El autor, al publicar esta edición castellana de su libro, nos advierte también que el trabajo ha sido redactado pensando en otros pueblos; otros pueblos «más adelantados y, por consiguiente, más distantes de la época antigua». En esas naciones se hallan muy debilitadas las creencias individuales; hállase también la fe social «totalmente extinguida, es decir, enteramente eliminada de la legislación». Muy lejos de ese estado «fatal» nos hallamos nosotros los españoles; «pero—añade La Sagra—conduce á él la doctrina y la práctica del progreso». Esta última frase es altamente significativa. ¿Qué concepto del progreso va á exponernos La Sagra? Él, un hombre avanzado, moderno, científico, ¿va á lanzarnos por el camino de esas sugestionadoras paradojas que, hablando del progreso (del progreso y sus ilusiones) han proclamado también, bien mirados por los tradicionalistas, otros espíritus igualmente modernos y científicos de estos días? Sí, algo hay aquí, aparte de la antinomia de Comte, creador del positivismo y de una nueva religión; algo hay aquí de Sorel, de Le Bon y de otros...