PROCESO DEL PATRIOTISMO
Solicitado el autor para que enviase artículos á un periódico de la Habana—el Diario de la Marina—inauguró su colaboración con el siguiente trabajo (12 Septiembre 1913):
LA GUERRA
Un viejecito—simbólico—está viajando por España. Tiene este viejecito una larga barba que le llega hasta las rodillas y unos ojos claros, azules. Es chico: como un gnomo. Lleva en su mano un cayado con regatón de hierro. Cuenta con muchos, muchos, muchos años. Allá en las pretericiones de la Historia conoció á los primitivos pobladores de España; luego anduvo entre los godos; más tarde estuvo con los alarbes; después, durante la Edad Media, presenció cómo construían las catedrales y cómo en unos talleres angostos imprimían los primeros libros. Ha departido este viejecito con Mariana; ha platicado con Saavedra Fajardo; ha visto pensativo y angustiado á Cervantes; ha observado, desde lejos, el último paseo de Larra por Recoletos el mismo día de su muerte... Nuestro viejecito—con su luenga barba y su bastón herrado—camina sin parar por la patria española. En el Norte ha subido á las verdes montañas y ha descansado, junto á los claros riachuelos, en lo hondo de los sosegados valles. Ha preguntado á labriegos y á oficiales de mano. Una paz dulce reina en las tierras españolas del Norte; lo cantan así los poetas y los literatos. Pero por debajo de esa paz tradicional, nuestro viajero ve la intranquilidad y la penuria del labriego. No falta el agua del cielo, que fecunda los campos; mas la vida es pobre, limitada, y ya algunos morbos terribles de la civilización moderna van entrando, poco á poco, en el hogar milenario, y van, poco á poco, corroyendo y aniquilando esa dulzura que loan los poetas. En ninguna región de España hace tantas devastaciones el alcoholismo como en Guipúzcoa. El alcoholismo trae como secuela fatal é inevitable la tuberculosis. Diezma la tuberculosis los habitantes de esa hermosa región de España. El cuadro que nos presentan las estadísticas es verdaderamente aterrador. ¿Quién creería que esta paz, que esta serenidad, que esta poética dulzura encubre los estragos verdaderamente extraordinarios, hórridos, del alcoholismo y de la tisis?
De las provincias vascas, el viejecito de los ojos azules pasa á Castilla. Atrás han quedado las verdes pomaradas; atrás los suaves praderíos, con los puntitos rojos de las techumbres de las casas, colgadas allá arriba en la altura; atrás los claros, silenciosos regatos que se deslizan entre las anchas y resbaladizas lajas. Ya la estepa castellana abre su horizonte ilimitado; antes la mirada no podía extenderse más allá de un punto próximo; ahora se dilata por la inmensidad gris, rojiza, amarillenta. Ya no hay bosques de árboles; si acaso, algún macizo de álamos gráciles, tremulantes, se yergue á la vera de un riachuelo. La tierra de sembradura produce poco; no se la beneficia toda á la vez y todos los años. Se la divide en dos, tres ó más hojas, y en cada añada una sola de estas tres suertes ó tranzoneras es la que produce el grano. Son breves y superficiales las labores; aún el labriego rige la mancera del milenario arado romano.
Tan poco produce la tierra, que apenas tiene el labrador para pagar el canon del arriendo, los pechos del fisco y los intereses de los préstamos usurarios. Todo el día, desde que quiebra el alba hasta que el sol se pone, el labrador permanece inclinado sobre su bancal. Los fríos le atarazan; los ardores del sol le tuestan en el verano. No hay leña en su vivienda para calentarse en el invierno. No prueba la carne en sus yantares mas que una ó dos veces al año (cuando la prueba). Largas sequías dejan exhaustos de humedad los campos; en tanto que la sementera se malogra ó que los tiernos alcaceles se agostan, allí á dos pasos, corre el agua de los ríos por los hondos álveos hacia el mar, inaprovechada, baldía. No hay piedad para el labriego castellano, ni en el usurero que presta al ciento por ciento, ni en el Estado que agobia con su tributación, ni en el político que se expande en discursos grandilocuentes y vanos. Castilla se nos aparece pobre y desierta. No llegarán á treinta los habitantes por kilómetro cuadrado. Incómodos y escasos son los caminos. En insalubres y desabrigadas casas moran sus gentes. Leguas y leguas recorremos sin encontrar en la triste paramera ni un árbol...
Nuestro viajero deja Castilla y entra en Levante. Levante se abre ante la vista del viandante con sus colinas suaves, sus llanos de viñedos y sus pinares olorosos. En los pueblecillos, los huertos se destacan en los aledaños con sus laureles, sus adelfas y sus granados. El aire es tibio y transparente; en la lejanía espejea el mar de intenso azul. Pero el labrador de Levante se siente oprimido—como el de Castilla—por los múltiples males que le deparan el Estado y la Naturaleza. Tan frugal es este cultivador de la tierra como el cultivador castellano. No prueba jamás la carne; legumbres y verduras constituyen su ordinaria alimentación. La tierra rinde poco; la filoxera ha devastado la mayoría de los viñedos. El vino ha llegado á una suma depreciación. De las campiñas y de los pueblos emigran á bandadas los labriegos y los artesanos; emigran también de Galicia, de Castilla y de Andalucía. Ahoga asimismo la usura á los pequeños propietarios; han de malvender éstos sus casas y sus predios para pagar al usurero. Los malos años, las sequías, las plagas del campo, hacen que el número de jornaleros empleados en el beneficio de la tierra disminuya; en las viviendas pobres—los que no emigran—pasan los días inactivos, sin pan, viendo en la miseria más cruel á sus mujeres y á sus hijos.
Continúa nuestro viejecito su camino á través de España. Ahora ha llegado á Andalucía. Sierras abruptas, como las de Córdoba y las de Ronda, nos muestra la Naturaleza. Llanos grises y uniformes, como los de Sevilla, se extienden ante la mirada. La frugalidad en los trabajadores agrarios llega á su colmo en la tierra andaluza; una jornada de trabajo produce apenas para comprar un poco de pan y una escasa porción de aceite. Escuálidos, exangües vemos á los labriegos; con andrajos cubren sus carnes; á centenares abandonan la patria española. Y en tanto que se alejan de los campos que los vieron nacer, en esos mismos campos permanecen incultos, yermos, pertenecientes á unas pocas manos, leguas y leguas de terreno.
¡Ah, viejecito de la barba luenga y de los ojos azules! ¡Ah, viejecito milenario, que tantas cosas has visto á lo largo de la historia de España! La alborada de una nueva vida floreciente y renaciente, el deseo formidable é íntimo de ser mejores no es todavía sino un rudimento en los pechos de unos pocos españoles. Ahora, sobre las calamidades tradicionales, centenarias, de la rutina, la ignorancia, la pobreza, se añade la guerra. Una guerra devasta nuestra Hacienda y deja exhaustos de brazos los campos y los talleres. Nuevos auxilios se le piden al labrador, al industrial, al artesano, al pequeño propietario, todos abrumados y angustiados por la usura, el fisco y las malas cosechas. Una tremenda causa de despoblación se agrega á las ya existentes: las ya existentes, que hacen que se camine durante horas por las llanuras de Castilla sin encontrar un ser humano. No hay escuelas, no hay caminos, no hay árboles, no hay hombres. El viejecito de la barba larga se ha sentado en la cima de una montaña. Desde la altura se divisaba un vasto panorama de oteros y de valles; en ese paisaje estaba retratada en compendio la patria española. Nuestro viajero ha pensado: «España: discursos, toros, guerra, fiestas, protestas de patriotismo, exaltaciones líricas». Y ha pensado también: «España: muchedumbre de labriegos resignados y buenos, emigración, hogares sin pan y sin lumbre, tierras esquilmadas y secas, anhelo noble en unos pocos espíritus de una vida de paz, de trabajo y de justicia».
El anterior artículo motivó vivas protestas en algunos diarios de la Habana; hemos procurado indagar el motivo que estos periódicos pudieran tener para sus destemplanzas. Nos han dicho que estos periódicos defienden á España. No lo entendemos. No fué esto sólo: multitud de cartas llegaron á nuestras manos, en que se protestaba también enérgicamente de nuestro artículo. Dimos de lado á protestas periodísticas y á protestas postales y escribimos—continuando nuestra colaboración—el artículo que transcribimos:
UN EXTRANJERO EN ESPAÑA
Cuando escribimos estas líneas, Madrid se prepara á recibir la visita del jefe del Estado francés... Imaginemos una inocente fantasía. Un francés, un buen francés que tenga un poco—aunque no sea mas que un poco—de la finura crítica de un Sainte-Beuve, del colorismo de un Gautier, de la escrupulosidad de un Flaubert (¿queréis más?), ha releído una de las Orientales del gran Hugo y se dispone á visitar á España. Hugo, en esa poesía titulada Granada hace un compendio de su visión de la tierra española. Las principales ciudades de nuestro país va enumerando el poeta. Jaén tiene «su palacio gótico con torrecillas extrañas». Segovia posee «el altar cuyas gradas besamos» y además «el acueducto con sus tres hileras de arcos». (No son mas que dos, querido y glorioso poeta). Barcelona «en lo alto de una columna, eleva un faro al mar.» Alicante «mezcla á los campanarios los alminares». (¿Dónde están los alminares de Alicante?) Valencia cuenta «con los campanarios de sus trescientas iglesias.» «Salamanca se duerme, «al son de las mandolinas» y se despierta á los gritos de los escolares. Á Medina del Campo no le quedan mas «que sus sicomoros; sus puertas las hicieron los romanos y sus acueductos los moros»...
Saint-Simón, Beaumarchais, Hugo, Gautier, Merimée marcan la línea de la observación francesa respecto á España. Estos son los grandes espíritus que de nosotros han sabido ver algo personal, intenso, original. Conoce nuestro francés—el que hemos imaginado—toda esta literatura hispanizante de sus compatriotas. Conoce también—un poco—nuestros autores clásicos. Cuando se pone en el tren, su imaginación va preparada para recibir el espíritu de España. (La «canción de España», diría Barrès, que es el último de los románticos franceses; romántico en una lengua clásica, densa, límpida y fresca). El país vasco de España es idéntico al país vasco de Francia: el mismo cielo bajo y sedante, las mismas praderías verdes y suaves, la misma lejanía cerrada por la montaña y por la bruma. Los franceses—tal Hugo—que ya ven, desde Fuenterrabía, el paisaje de España, la reverberación de la luz vivaz, el colorido espléndido, se precipitan un poco. Esperad un momento, buenos amigos. Cuando se llega á Vitoria, ya el paisaje ha cambiado. Es la llanura alavesa un feliz eclecticismo del paisaje vasco y del incipiente panorama castellano. Los horizontes se descubren más dilatados y la luminosidad del cielo es más brillante.
El tren—ó el automóvil—avanza. Ya en tierra de Burgos, el paisaje ha cambiado. El aire es más puro y sutil; las llanuras comienzan. Nada más violento, más brusco, que este contraste entre el terreno desolado, yermo, seco, uniforme de Castilla y el verde y ondulado campo francés. Nada más distante de aquellos ríos plácidos y anchos, que estos ríos hondos, angostos y turbulentos. Nada más lejos de aquellos pueblecillos que se sospechan á lo lejos escondidos entre la fronda, que estos otros pueblecillos que se destacan en lo remoto del horizonte, con silueta enérgica, recortados fuertemente en el cielo radiante. ¿Á dónde iremos á parar en nuestra peregrinación por España? ¿Cuál ha de ser nuestro primer contacto serio, íntimo, con esta tierra de aspereza, de luminosidad y de aire vivo? No iremos á Madrid; un hotel de Madrid—poco más ó menos—es como un hotel de cualquier otra capital. No iremos á una ciudad populosa de provincias; las ciudades populosas se van uniformando sobre un mismo patrón y con un mismo aire. El tren ha llegado á la estación de una pequeña ciudad. Detengámonos aquí.
Un ómnibus nos lleva hasta la lejana población; este coche tiene los cristales rotos, ó por lo menos, chiquitos, sucios; cuando anda hace un ruido sonoro de tablas, de hierros, de desvencijamiento; si es de noche, un farolillo colocado en lo interior humea apestosamente. Avanzamos por las callejas del pueblo. En la fondita nos hacen subir al piso alto; recorremos varios pasillos (en que hay ladrillos sueltos que se mueven sonoramente al poner el pie encima); al fin nos abren un cuartito del que se exhala un fuerte olor á vaho, á humo de tabaco, tal vez á yodoformo. Nos acomodamos en él. ¿Qué remedio nos queda? Ya en nuestro interior nos sentimos vivamente contrariados. «No vale la pena—pensamos—de hacer este viaje; en España no se puede viajar; no existen comodidades; los españoles—¡los pobres!—están muy atrasados.» Nos disponemos á salir á la calle; al pasar por uno de los corredores de la fondita nos asomamos á una ventana. El panorama que entonces descubrimos nos deja profundamente pensativos. Es una perspectiva de tejadillos, de paredones vetustos; entre la grisura de las edificaciones columbramos unos cipreses que yerguen sus cimas puntiagudas y negras. ¿De dónde salen esos cipreses? ¿Del patio de un convento de monjas? Al final, más allá de las últimas edificaciones de la ciudad, se destaca la larga pincelada de una sierra azul, y si es en invierno, con los picachos blancos. Hay una serenidad profunda, inefable, en el ambiente; forman una delicada armonía los cipreses rígidos, el cielo azul límpido, los viejos seculares paredones y la remota mancha de la montaña. Y en el silencio, intenso, denso, diríase que el tiempo, en su correr eterno, se ha detenido. ¿Cómo verá un extranjero todo esto? Es decir, ¿cómo sentirá un hombre, no habiendo nacido en España, la unión suprema é inexpresable de este paisaje con la raza, con la historia, con el arte, con la literatura de nuestra tierra?
En nuestros paseos por la ciudad vamos recorriendo las callejuelas, entramos en la iglesia, nos asomamos á los viejos caserones. Hemos necesitado un libro; hemos entrado en una tiendecilla; en el escaparate, polvoriento, había unas estampas religiosas, artículos de escribir y unos libros. En la tiendecilla no tienen ningún libro que hable de la ciudad; no se lee nada en el pueblo; nadie pide ningún libro; el librero no sabe tampoco nada de nada. (Poco más ó menos le ocurre lo mismo á los libreros de las grandes ciudades.) Volvemos á pensar, entristecidos, en la pobre España; va nuestra ira irreprimible contra los que no aman á España, contra los que no la conocen, ni quieren conocerla, ni, enfrascados en concupiscencias y equívocos manejos, ni buscan ni procuran su bien. Pero, llegados junto al río, en las afueras de la población, este panorama tan noble en su austeridad, tan elegantemente severo, nos aplaca y hace olvidar el enojo íntimo que antes nos desazonaba.
En la fondita, cuando vamos á comer, comenzamos á entrar otra vez en desasosiego. El yantar es mediocre; toleramos esto. Pero ¿por qué no ha de ser limpio? En todas las fonditas españolas (ó en casi todas) los tenedores tienen entre los intersticios manchas amarillentas de huevo. ¿Por qué estas indefectibles manchas de los tenedores de todas ó casi todas las fonditas españolas? Un momento después, en nuestro cuarto, tenemos entre las manos las poesías de fray Luis, ó el Quijote, ó La Celestina, ó El Conde Lucanor. Nuestro ánimo ha vuelto á serenarse. Hemos contemplado durante el día el paisaje de Castilla, el cielo, las ringleras de gráciles álamos, el río y los oteros, la llanura amarillenta, las humaredas que se disuelven lejanamente en el aire, las remotas montañas. Nuestro espíritu ha vibrado hondamente frente á la vieja tierra. ¡Cuántas alegrías, cuántos dolores, cuántas esperanzas, cuántas decepciones han pasado por esta tierra durante siglos, á través de los años y de los años, á lo largo de las generaciones! Y todas estas exaltaciones y estas angustias de la larga cadena de nuestros antecesores, han venido á crear en nosotros, artistas, esta sensibilidad que hace que nos conmovamos ante el paisaje y que sintamos—ligada á él—esta página de Cervantes ó esta rima de fray Luis. ¿Cómo un extranjero sentirá esto? ¿Cómo, aun el mismo Barrès, que esto siente en su Lorena, podrá sentirlo en la castellana Ávila, á la vista del panorama? Y ¿de qué manera un extranjero pasará por encima de la desapacibilidad de la fondita, del desabrimiento de los yantares, de la falta de libros, de la parcial incultura—que nosotros mismos lamentamos—, para ver tan sólo, suprema visión de arte, esta belleza de un paisaje concordado íntima y espiritualmente con una raza y una literatura; para ver la exacta é inefable relación que existe entre la grave prosa castellana y ese macizo de álamos que se levantan esbeltos en el declive de un recuesto austero y limpio?
El anterior artículo no fué publicado. Se nos devolvió en pruebas. Comenzábamos á comprender que el patriotismo es un cristal á través del cual se ve el paisaje de diverso modo. El patriotismo de un pueblo no es igual al patriotismo de otro país. Cambia el concepto del patriotismo según las mil circunstancias del agregado social. Queremos ser escrupulosos al hablar de esta delicada materia. Indudablemente, en Cuba la guerra colonial ha dejado un cierto sedimento afectivo, sentimental; no podrán los españoles residentes allí escuchar—ó leer—una crítica de las cosas de España con la ecuanimidad—relativa—con que aquí las escuchamos ó leemos. Además, y aparte de esto, lejos, muy lejos de la patria columbramos las cosas de ella con otra luz con que las vemos desde la propia casa. Desde la lejanía, el anhelo sentimental sufre menos, mucho menos la crítica; la crítica, desde luego, justa, lógica, exacta, y, por lo tanto, patriótica, alta, profunda, bienhechoramente patriótica.
Pero ¿era tan terrible el anterior artículo transcrito? ¿Era tan terrible que un gran periódico no se atreviese á publicarlo? Creemos todo lo contrario; creemos que ese artículo está henchido de amor, de dulce simpatía para las cosas de España. En la carta que acompañaba á su devolución se nos pedía que habláramos de otro modo de España. ¿De qué modo íbamos á hablar de España, de nuestra España?
Sin aludir para nada á las cartas iracundas y á las protestas de los periódicos, quisimos dirigirnos, discretamente, á tales protestadores.
Enviamos al Diario de la Marina el siguiente artículo (7 Noviembre 1913):
EL PATRIOTISMO
La cultura—y la índole de la cultura—de un pueblo puede graduarse por su manera de entender el patriotismo. Lo que se aplica á las naciones puede decirse de los individuos. De cuando en cuando en la vida de un país surge un incidente, más ó menos ruidoso, originado por la interpretación que, desde el punto de vista del patriotismo, se ha dado á un hecho ó á una manifestación oral ó escrita. Ya es un gobernante que lleva á cabo determinada resolución, ó ya es un publicista que lanza un libro ó hace en la prensa periódica estas ó las otras manifestaciones. El acto del gobernante puede llegar á concitar contra su persona las multitudes; las manifestaciones del publicista pueden acarrearle la animadversión de una inmensa mayoría de lectores. Sin embargo, gobernante y publicista habrán procedido rectamente, lealmente, guiados por el más acendrado amor á su patria. Pasará el tiempo; las pasiones se aplacarán; el enardecimiento de estos días no turbará el juicio de los ciudadanos; otra generación, juzgadora de las consecuencias desastrosas de un régimen, se dará cuenta de la pura intención de quienes lo condenaron valientemente. Y los hombres antes denostados, vilipendiados, escarnecidos, serán—¡tardía reparación!—honrados y enaltecidos.
¿Qué es lo que se puede decir en un país y qué es lo que no se puede decir? ¿Hasta dónde podrá llegar la crítica que un observador puede hacer de las cosas, los hombres, las instituciones de su patria, y hasta dónde no podrá llegar? Hemos citado antes, al hablar de un gobernante y de un publicista, el caso referente á un determinado hecho que surge en la vida de una nación. Ahora no se trata de una contingencia histórica, sino del ejercicio cotidiano, constante, de la observación social, de la crítica. Un pueblo sin conciencia es un pueblo muerto. La conciencia de un pueblo se manifiesta en el conocimiento de sí mismo. El conocimiento de sí mismo supone la reflexión sobre sus hombres, sus sentimientos y sus ideas. Reflexionar sobre todo es pensar, medir, contrastar los méritos y deméritos, las ventajas y las desventajas, los avances y los retrocesos. Todo esto, en suma, es crítica. Cuanto más espíritu de crítica se contenga en la vida de una nación, tanto más esa nación tendrá conciencia de lo que ha hecho y de lo que le falta por hacer. Ahora, imaginad que en nombre del patriotismo, en nombre de un falso, absurdo, monstruoso patriotismo, se les dice á los ciudadanos de la nación: «Suponed que todo son bienandanzas entre vosotros; cerrad los ojos á todas las corruptelas, á todas las lacras sociales, á todos los desenfrenos de vuestros gobernantes. Imaginad que todo va bien; desentendeos de toda censura y de todo anatema para los obstáculos que mantienen retrasado en el progreso á vuestro pueblo. Haciendo esto daréis muestras de patriotismo». ¿Qué haríamos al escuchar tan extrañas palabras? ¿Cuál sería la disposición de nuestro ánimo?
Existen distintas clases de patriotismo. Las examinaremos brevemente. El primer patriotismo lo ha expuesto pintoresca y amenamente Larra en uno de sus artículos. Aludimos al titulado «El castellano viejo», que vió la luz en El Pobrecito Hablador en Diciembre de 1833. Coleccionado está este trabajo en las obras de Larra; de los más conocidos es entre los que salieron de la pluma del gran satírico. El tipo retratado por Larra hace alarde del más puro, más ferviente, más entusiasta patriotismo. Patriota, archipatriota es el castellano viejo ante todo. Nada hay para él superior á lo de su patria. «Es tal su patriotismo—escribe Larra—, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; á trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres...» (Un breve alto y un paréntesis. Dice Larra—en 1833—que su castellano viejo bien pudiera tener razón en creer que los vinos de España son los mejores del mundo. Bueno es el jerez; bueno el málaga; buenos los vinos claros y ligeros de las llanuras manchegas, del Rivero y de la Rioja; bueno el fondillón alicantino. Pero, querido Larra, ¿y el champagne? ¿Y el oporto? ¿Y el rhin? ¿Y el burdeos? ¿Y el chianti? En cuanto á la educación, es decir, á la cortesía, á la caballerosidad, cortesía y caballerosidad hay entre franceses, ingleses, alemanes. Y mujeres, ¿no las hay preciosas, encantadoras, en Inglaterra y Francia? ¿No son espléndidas las americanas? Y respecto al cielo de España, ¿será menos bello porque declaremos que en Nápoles—por no hablar de América—hay un cielo radiante y purísimo?)
¿Quién aceptará hoy el patriotismo del castellano viejo de Larra? ¿De qué manera podrá condenársenos como antipatriotas, como poco afectos á nuestro país porque proclamemos que no todas las cosas de él son las mejores del mundo, que en el mundo hay cosas tan buenas—ó mejores—que las que existen en nuestra patria? Y, sin embargo, aun en España perdura este concepto. «Es un hombre, en fin, que vive de exclusivas»—añade Larra para acabar de trazar la silueta de su personaje—. Abandonemos estos exclusivismos y mezclémonos á la vida universal.
La segunda clase de patriotismo, á que antes hemos aludido, es un poco menos restrictiva que la anterior. «Está bien—se dice—hagamos la crítica de nuestros defectos y nuestras máculas. Examinémonos imparcial y rigurosamente. En tanto que no lleguemos á esta crítica, no llegaremos tampoco á formar un anhelo firme de progreso y mejoración. Está bien; pero esa crítica ejerzámosla dentro de casa, entre nosotros, sin salir de la familia; no fuera, en el extranjero, á la vista de gentes extrañas.» Así nos hablan estos patriotas y hemos de reconocer—lealmente—que les impulsa, al hablar así, un noble sentimiento. Aman su patria, sí; quieren, sí, la crítica de lo malo que hay en su patria; pero desean que de esas miserias, morbos y corruptelas no se enteren las gentes extrañas. (Santa Teresa habla en su Libro de las fundaciones de unos caballeros tan pundonorosos, tan celosos de su decoro, que quieren más morirse de hambre dentro de casa, «que no que lo sientan los de fuera». Grandeza hay en esa dignidad castellana.) Pero el sistema de crítica interior y no exterior es totalmente imposible. ¿Cómo nos compondremos para lograr esto? Figurémonos que á nosotros, publicistas, nos pide una revista extranjera un estudio serio, imparcial, escrupuloso, sobre la situación de España, sobre el estado de su agricultura, de sus artes, de sus letras. ¿Qué haremos en ese caso? ¿Diremos la verdad, ó mentiremos? ¿Amañaremos la realidad innegable, ó expondremos esa misma realidad tal cual es?
Aparte de esto, si en nuestra propia casa hacemos crítica imparcial, ¿de qué manera podremos evitar que los periódicos, los discursos, los libros en que esa crítica se hace traspasen la frontera? ¿Vamos á montar en los lindes de la nación un cuerpo especial de aduanas encargado de no dejar pasar hacia afuera esos periódicos, libros y discursos? Y cuando del extranjero se nos pida permiso para traducir un libro nuestro en que se haga el examen de la vida española, ¿nos negaremos á darlo? Todo esto es absurdo é infantil. Reconozcamos el buen propósito; pero hagamos constar su impracticabilidad... y su inutilidad. Al hacer constar tal cosa, entramos en la tercera categoría del patriotismo. Dentro de esta categoría hay quienes aman con mayor ó menor conciencia, con mayor ó menor reflexión la tierra en que han nacido y viven, pero todos la aman leal, recta y noblemente. Dentro de esta categoría, el ejemplar más acabado de patriota podríamos representarlo en un hombre que, conociendo el arte, la literatura y la historia de su patria, supiese ligar en su espíritu un paisaje ó una vieja ciudad, como estados de alma, al libro de un clásico ó al lienzo de un gran pintor del pasado; es decir, el hombre que espiritualmente, lleno de amor, henchido de callado entusiasmo, supiese fusionar, dentro de su espíritu, en un todo armónico, todos estos elementos de su patria: el paisaje, la historia, el arte, la literatura, los hombres. ¿Cuántos serán los que lleguen á estas síntesis de alto patriotismo?
Esta categoría de patriotismo no excluye la crítica, ni hace distingos entre la crítica hecha en casa y la hecha fuera de casa. Como su amor á España es sincero, perseverante y noble, su crítica transpirará siempre todas esas cualidades de sinceridad y de delicadeza que él pone en su patriotismo. No habrá en ella acrimonia ni odio; una melancólica desesperanza se desprenderá, si acaso, de los lamentos y reproches de ese hombre. Si es español—como venimos imaginando—al hacer la crítica de las cosas, ideas, hombres é instituciones de España, no hará mas que repetir lo que los hombres más eminentes de la política y del periodismo han expresado. Costa, Giner, Pí y Margall, Maura, Azcárate, Sánchez de Toca, Macías Picavea, ¿cuán áspera y veracísima crítica no han hecho de nuestra administración, nuestra justicia, nuestro parlamentarismo, nuestras Universidades?
Cuando lejos de la patria, ausente largos años de la tierra española, estas cosas se leen, irremediablemente un sentimiento de disgusto, de contrariedad y de indignación invade nuestro espíritu. «¡Cómo se pueden decir—exclamamos—estas cosas de nuestra amada España!» Con los ojos del espíritu, allá en las remotísimas lejanías del espacio, vemos las montañas, las llanuras, las ciudades, tal callejuela, tal casa, de nuestra amada España. La crítica que acabamos de leer se nos hace intolerable; arrojamos con despecho el periódico... Y, sin embargo—¡oh, queridos compatriotas! ¡oh, hermanos en historia y en raza!—esa crítica está inspirada en un noble amor á España. Aquí, en el viejo solar, no alejados de él, nosotros sentimos los dolores de España; sus angustias son nuestras angustias; sus tragedias están hechas con nuestra sangre; con nuestro sudor regamos los campos de donde sale el mantenimiento para todos; íntimamente maldecimos las causas funestas que se oponen á su prosperidad; y desde lo más hondo de nuestro ser anhelamos para ella—la noble y extenuada madre—días de bienandanza, de paz y de progreso...
Se publicó el anterior artículo; pero se nos comunicó por la Dirección del periódico que nuestra colaboración quedaba suspendida. Aquí tiene el lector un pequeño proceso del patriotismo. Podrá ser instructivo para el estudio—según las circunstancias sociales é intelectuales—del sentimiento de patria.