XIX

Cuando se quedó solo, elevó don Fernando de nuevo su pensamiento a Dios. Adquirió con esto cierta tranquilidad, reposo emanado de la profunda convicción de su inmensa desgracia, y aceptando aquella amargura se engrandecía a sus propios ojos. La fogosidad de su imaginación llevábale a compararse con los colosos de infortunio, pero superándoles; tan pronto recordaba a Job, de la antigüedad hebraica, como a Edipo, de los tiempos heroicos, y hasta en sus coloquios, en sus alegatos, ora tiernos, ora coléricos con la divinidad, se les parecía.

Después de un instante de estupor contemplativo sintió anhelo vivísimo de comunicar a alguien la congoja de su alma, y se acordó de su amigo Respaldiza, cuya voz había oído poco antes al través del tabique sin hacerle caso. La endeble pared consistía en un armazón de maderas y adobes, a trechos cubierta de yeso, que formaba en sus irregulares claros y fajas al modo de un fantástico mapa. Por diversas partes, y principalmente junto al suelo, había muchos agujeros por donde podían pasar el ruido y la claridad; pero no objeto alguno de más volumen que un dedo. Golpeó don Fernando el tabique, diciendo:

—Señor don Aparicio, señor Respaldiza, ¿está usted ahí?

El cura contestó desde la otra parte:

—Sí. Señor don Fernando, aquí estoy más muerto que vivo. ¿Con quién hablaba usted?... ¿Hay esperanzas de salvación? Me parece que trataba usted con Salvadorcillo Monsalud... Es mal sujeto, y no hay que fiarse mucho de él.

—Amigo Respaldiza —dijo Garrote sentándose en el suelo y apoyando su rostro en la pared, junto a un sitio donde menudeaban las grietas—. Acérquese usted a este sitio donde me encuentro, y óigame. Tengo que hablarle.

—Ya estoy... ¿Hay esperanzas de escapatoria?

—No hay que pensar en escaparse, señor cura. Nuestra muerte es inevitable.

—¡Oh! ¡Dios mío Jesucristo! —exclamó Respaldiza con voz desfigurada por la aflicción y el llanto—. ¿Qué hemos hecho para tan triste fin?... ¿Pero no será posible intentar...? Echemos abajo este tabique; juntémonos, y entre los dos ejecutaremos algo ingenioso para salir de aquí.

—Es difícil. Por mi parte no intentaré nada para salvar esta miserable vida, que es para mí un horroroso peso. ¡Somos muy pecadores!

—Yo no tanto... ¿pero es posible que no logremos...? ¡Oh! Desde aquí siento los aullidos de esos lobos carniceros, de esos demonios del infierno que nos guardan. Están borrachos, y parece como que bailan y juegan.

—No nos ocupemos de nuestros enemigos, y pensemos en la salvación de nuestras almas —dijo con unción don Fernando—. Señor Respaldiza, usted es sacerdote.

—Sí, sacerdote soy —repuso con desesperación el clérigo—, y como sacerdote digo que esto es una gran picardía, una infamia, un asesinato horrendo. ¡Ya se las verán con Dios!

—Usted es sacerdote —añadió don Fernando—, y un buen sacerdote, piadoso, instruido, aunque ahora caigo en que no cuadraba muy bien a su estado el tener tan buena puntería; pero sea lo que quiera, usted es un hombre excelente y un sacerdote cristiano, a cuyas manos baja Dios en el santo oficio de la Misa.

—Sí, sí.

—Pues bien: siendo usted sacerdote y yo pecador, quiero confesarme en esta hora suprema; quiero confesarme, sí, después de treinta y tantos años de impenitencia.

Prolongado silencio anunció el estupor del sacerdote.

—¿No me contesta usted? —preguntó impaciente Navarro.

—¡Confesarse!... Linda ocasión ha escogido usted... Sobre que todavía puede ser que nos indulten.

—No hay que esperar tal cosa. Seamos dignos de nosotros mismos, y muramos como caballeros cristianos.

—¡Morir, morir! —repitió angustiosamente el cura.

Retembló el tabique con sordo estampido. La cabeza de Respaldiza había chocado violentamente contra él.

—Señor don Aparicio —dijo don Fernando después de una pausa—, he visto a Dios.

—¿A Dios?... ¿Dónde, amigo mío, dónde?

—Aquí, aquí mismo, en este oscuro calabozo. He visto pasar ante mí también mi vida entera, y me han ocurrido cosas que espantarán a usted cuando se las refiera.

—¡Es singular! ¡Ver a Dios y no pedirle que nos sacara de aquí!... ¡Ah! Usted tiene razón: seamos piadosos y buenos cristianos en esta hora suprema, único medio de que nos favorezca el Señor. Chillar y jurar con desesperación en estos trances no es propio del espíritu cristiano. Recemos, señor don Fernando; oremos humildemente con toda la compostura y devoción posibles. No se me olvidó el rosario, aquí está. Pidamos a Dios de todo codo corazón que...

—Antes conferenciemos un poco —dijo Garrote—, pues no solo tengo que revelar a usted secretos muy graves, sino pedirle consejo y parecer sobre algún punto delicado de conciencia.

—Ya soy todo oídos.

—Bien sabe usted, venerable amigo, que he sido gran pecador, un hombre disoluto, despreocupado, vicioso, un libertino. Verdad es que jamás me separé de la Iglesia; pero esto no atenúa mis grandes faltas, ¿no es verdad?

—Verdad. Respecto a sus escándalos, amigo Garrote, muchos y grandes han sido en la Puebla. He oído contar horrores; mas nunca me atreví a reprenderle, por ser usted un excelente sujeto y haber tenido conmigo delicadas deferencias. Tratándose de los más humildes feligreses de mi parroquia, sí me atrevería yo a reprenderles sus vicios; pero a un señorón como usted...

—La ley de Dios es igual para todos... Pero vamos adelante. Desafueros cometí, honras atropellé, causé desdichas, y no hubo casa donde yo pusiese mi planta maldita que al instante no se inficionase con la corrupción y deshonra que llevaba conmigo.

En este tono y con verdadera humildad cristiana prosiguió don Fernando refiriendo sus culpas, sin detenerse en los casos particulares, hasta que, llegando al punto capital de su confesión, dijo lo que sigue:

—Pero la más grave de mis faltas, por el cúmulo de circunstancias denigrantes que en ella hubo, fue la deshonra de una doncella de Pipaón, a quien engañé valiéndome de pérfidas astucias, impropias de un caballero; sí: pérfidas astucias y torpísimas artes que voy a enumerar una por una, aunque al referirlas la lengua parece que se me abrasa, y el rubor que enciende mi cara es como si una llama la envolviera toda.

Respiró con ansia, y luego refirió lamentables escenas y acontecimientos, que omitiremos por no ser de indudable interés para esta historia. Con los ojos cerrados, apoyada la calenturienta sien contra el tabique, entreabierta la boca, la mano izquierda en el suelo, para apoyarse, y la derecha sobre el corazón, iba contando don Fernando sus execrables ardides, y soltaba las palabras una a una, cual si su arrepentida conciencia se recrease en las torpezas que echaba fuera, para quedarse pura y limpia. Cuando concluyó aquel capítulo bochornoso, oyose la débil voz de Raspaldiza que decía:

—Horroroso, infame, execrable es todo eso; pero el arrepentimiento es sincero, y por grandes que sean las culpas de los hombres, mucho mayor es la misericordia de Dios.

—Nació un niño —dijo don Fernando, cuya alma se iba sublimando a medida que adelantaba la confesión—, y aquí vienen nuevas infamias mías, pues sabiendo que la madre y el hijo estaban en la miseria, no me cuidé de socorrerles. Un día pasé por Pipaón y enseñáronme al muchacho que estaba jugando en las eras. Tenía los zapatos rotos y todo su vestido hecho pedazos. Causome su vista cierta aflicción pasajera; pero nada más: salí de Pipaón aquella misma tarde, y no volví a acordarme de ellos. Por último, después de más de veinte años de olvido, he aquí lo que sucede... Salgo en busca de fabulosas hazañas, y a los pocos pasos mis ilusiones se disipan como el humo... ¡la mano de Dios!... Me traen aquí prisionero, y sin más lances me destinan a morir y me encierran en este calabozo... ¡la mano de Dios!... Luego se presenta un joven, le hago algunas preguntas, me dice su nombre, que es el de Salvador Monsalud, y en él reconozco a mi hijo... ¡por tercera vez la mano de Dios!...

—¡Salvador Monsalud! —exclamó el cura alzando las manos—. ¡Ese perdido, ese afrancesado, ese traidorcillo borracho!...

—El mismo, el mismo —dijo Garrote—; es un monstruo, es como el crimen que le engendró, y Dios me le ha puesto delante para hacerme conocer la horrible magnitud de mis culpas, como un ejemplar vivo del pecado que engendró el pecado.

—Conozco a la pobre doña Fermina, y ahora me explico algunas frases oscuras que sorprendí algunas veces... ya... Es una excelente mujer; pero a Salvador le tengo por un muchacho arrebatado y sin discreción, ni prudencia, ni honor, ni respeto a los mayores; sin amor a la patria, ni religiosidad, ni sentimiento alguno que le recomiende. ¡Bendito sea Dios, y qué cosas hace! ¡Que de un caballero tan cumplido como usted, de un noble señor, algo libertino, sí, pero ilustre y generoso, descienda esa bestezuela desleal, ese muchacho sin pudor ni honor!... ¡Bien dice usted que ha sido para castigo!... ¿Está usted seguro de...?

—Hijo mío es. Mi vida abominable no podía dar otro fruto. Es hermoso de cuerpo; pero su alma es horrible. Si por favor especial del cielo yo viviera, la idea de haber dado el ser a criatura tan execrable, sería para mí causa de constante horror.

—¡Oh, sí... le conozco!... Diré a usted, amigo mío: antes de marchar a Madrid, Salvadorcillo no era mal muchacho, aunque muy casquivano y distraído; pero después que se juntó con su tío y renegó, hase vuelto el más despreciable muñeco que puede verse.

—La vergüenza que me causa la paternidad de un renegado envilecido —dijo don Fernando—, de un joven cuyas absurdas ideas son tales que parece que habla Satanás por su boca, es uno de los mayores tormentos de esta última noche de mi vida... Varias veces tuve las palabras en la lengua para revelarle los lazos que a mí le unían; pero enmudecí, porque todo lo que de noble y honrado existe en mi alma se sublevaba contra el fatal parentesco, y aquí, Señor don Aparicio de mi alma, entra el grave punto de conciencia que quería consultar con usted después de mi confesión.

—Sepámoslo... pero se me figura que aumenta la algazara de esos borrachos. Parece que se acercan a las puertas de este edificio, y aúllan junto a ellas como una manada de lobos carniceros.

—La cuestión es esta —dijo Garrote sin hacer caso del terror de su amigo—. Dadas las deplorables circunstancias del carácter de Salvador, sus infames ideas, su irreligiosidad, su traición, su envilecimiento, ¿debo revelarle que es mi hijo?

Calló Respaldiza largo rato, y al fin, repetida la pregunta por don Fernando, contestó:

—Según y conforme... Perverso es el niño, e indigno por todos conceptos de tener por padre a un caballero ilustre y tan patriota como el Señor don Fernando, en quien algunas faltas, hijas de la flaca condición humana, no disminuyen sus altas prendas: despreciable es el muchacho, digo; pero por malo que le supongamos, y aunque su herejía y envilecimiento hayan secado en él el manantial de todos los sentimientos generosos, es imposible que al ver a su padre en esta mazmorra, acompañado de un infeliz amigo, no imagine alguna bellaquería o travesura para ponerles a entrambos en libertad.

Garrote dio un suspiro, cambiando de postura, por serle insoportable la que desde el principio del diálogo tenía.

—Yo pregunto con mi conciencia y usted contesta con su egoísmo... Monsalud no puede salvarnos... además, yo no quiero salvarme; no, ¡mil veces!, yo deseo la muerte.

—¿No puede salvarnos? —preguntó el cura con desconsuelo.

—No, porque sus compañeros no se lo consentirían; además, ha dejado hace un rato de ser nuestro carcelero, y en este momento quizás esté con su regimiento camino de Vitoria.

—¡Oh qué desgraciada suerte!... ¡Me parece que esos condenados nos quieren asesinar!... ¿Oye usted sus infames carcajadas?

—Las oigo, sí, pero no las escucho... El parecer de usted es lo que me preocupa y lo aguardo con impaciencia.

—Por todos los santos, si no ha de ver más a Salvador, ¿para qué ha de quebrarse los cascos por saber lo que más conviene decirle?

—Únicamente pido a usted consejo —dijo Navarro con impaciencia— sobre mi conducta pasada. Es decir, ¿hice bien o hice mal en callar el secreto, dejando a ese desgraciado en la orfandad lastimosa que a mi juicio merece?

—Bien, bien, admirablemente hecho —repuso el clérigo con cansancio—. El infame mozuelo que se ha vendido a nuestros enemigos, que abandonó a su madre, que se burló descaradamente de mí, amenazándome con ahorcarme, no tiene derecho a ser hijo de alguien, no, ni menos a enfatuarse con descender del nobilísimo tronco de los Navarros.

—Pero revelarle todo habría sido grande humillación, habría sido ponerme al nivel de su bajeza, de su herejía, de su villanía, y, por tanto, habría sido también expiación de mis culpas, y nuevo purgatorio añadido al que merezco y necesito.

—No tanto, no tanto —afirmó el cura—. Bastante ha padecido usted en descargo de sus pecados. Revelar a Salvador la nobleza de la sangre que por sus venas corre, sería en cierto modo santificar sus errores, y conviene que siga abandonado a su triste destino. Allá se las entenderá con Dios. El deber de usted consiste en perdonarle y pedir a Dios que ilumine al perverso mancebo.

—Pecador fui, pecador soy —dijo don Fernando elevando al cielo los ojos y cruzando las manos—; pero he conservado los sentimientos fundamentales, el amor de Dios y el honor... Aborrezco todo lo que Dios aborrece, y amo todo lo que Él ama... ¡Oh, señor mío Jesucristo, tú que me ves en esta última hora regenerado por el arrepentimiento y la penitencia, no quieres, no puedes querer que ese miserable lleve mi nombre; no puedes querer que en su detestable vida asocie su infamia a mi apellido, y ya que no me deshonró en vida con su traición, me deshonre muerto! ¡La traición! Solo al pronunciar esta palabra tiemblan mis carnes, y mi alma entrevé un infierno de vergüenza, más espantoso que el de las llamas que abrasan el cuerpo. ¡La traición! ¡Pasarse al enemigo, ser bandido como él, ateo como él, ladrón como él, borracho como él! ¡Ah! Todos los crímenes, incluso los que yo he cometido, me parecen faltas veniales comparadas con esta. Quédese, pues, ese malaventurado hijo mío en la oscuridad de su nacimiento, que será perpetua y profunda, como las tinieblas que envuelven su alma. Él ha querido ser espúreo, espúreo será. Si la naturaleza nos hizo proceder el uno del otro, entre un renegado por convicción y un caballero español, entre un insensato ateo y un cristiano piadoso, entre un jacobino de esta nueva raza execrable, condenada por Dios, y un hombre recto, vasallo humilde de su rey, no debe, no puede haber parentesco.

Dijo esto don Femando Garrote en alta voz, al modo de oración, y tan creído estaba de que Dios, a quien tal discurso dirigía, aprobaba sus sentimientos y su rigurosa intolerancia, que se quedó muy tranquilo, meditando sobre las profundidades del ancho abismo abierto entre él y su abandonado hijo.

—¿No les oye usted? —gritó de pronto Respaldiza, golpeando el tabique—. Han vuelto a acercarse a la puerta de este cuarto, y gritan y juran. ¡Parece que se alejan! ¿Oye usted, Señor don Fernando?

—Y si por favor especial de Dios —repuso Garrote, indiferente al pánico de su compañero de desgracia y mortificado por punzantes dudas—, ese infeliz muchacho al verse honrado por mi nombre, se enmendara de sus extravíos...

—¡Enmendarse! —exclamó el cura—. Haríalo hipócritamente por engañarle a usted si vivía...

—Es verdad, es verdad, no puede ser —añadió don Fernando—. Los que nos han puesto el infame mote de serviles; los que insultan a los valientes guerrilleros, llamándoles ladrones de caminos y asesinos; los que en sus inmundas gacetas hacen befa de las cosas santas y de los ministros de Dios, y parodian a los franceses, imitando su lenguaje, sus costumbres, sus ideas, esos no pueden ser nuestros hijos, ni nuestros hermanos, ni nuestros primos, ni nada que con nosotros se roce y enlace; no pueden de ningún modo nacer de nosotros... Esa gente no es gente, esos españoles no son españoles. Entre ellos y nosotros, lucha eterna.

—Para poner motes se pintan solos —dijo el cura, dejando caer una gota de humor festivo en la amarga copa que uno y otro bebían—. A nosotros nos llaman lechuzos, y a la Santa Inquisición la llaman Chicharronismo. No puede darse desvergüenza igual. Por eso es cosa corriente en el país, que a los guerrilleros de estas montañas les queda mucho que hacer, después de acabar con los vándalos de fuera.

No lo oyó don Fernando, porque se había arrastrado a gatas hasta el centro de la pieza, y allí, puesto de hinojos, alzados los brazos y la mirada fija en el techo, entabló nuevo coloquio con la Divinidad en estos términos:

—Señor que me has criado, que me has conducido a este fatal término, mi castigo ha sido grande, pero merecido... ¡Oh!, si volviera a nacer, no saldría jamás del camino de la justicia y del deber... Me has puesto delante el monstruo engendrado por mis errores; me lo has puesto delante para que vea cuán horribles frutos deja en el mundo la depravación. Para tormento, para horrorosa penitencia mía, el dulce regocijo que la naturaleza debía infundirme en presencia de ese joven, se ha trocado en vergüenza, en aborrecimiento, en horror. ¿No es bastante pena, Dios mío?... Cumplo con mis deberes de cristiano resignándome a morir, y sufriendo el bochorno que mi parentesco con tal monstruo me produce; cumplo con mis deberes de caballero y de español, repudiando a ese hijo precito, apartándole de mí y de mi memoria para siempre. ¿Es de tu agrado esta conducta, Dios mío? Mi conciencia está tranquila, y muero en ti, fiando en que mis pecados serán perdonados, y mi conducta como cristiano, como caballero y como español aprobada en tu supremo tribunal.

¿Qué respondió Dios a esto? Pronto lo sabremos.

Don Fernando se humilló en el suelo, y dijo para sí:

«¡Virgen santa! ¿Por qué me empeño en estar tranquilo y no lo estoy?»

Respaldiza le llamó, diciéndole con voz angustiosa:

—Señor don Fernando de mi alma, ¿no les oye usted? Parece que quieren echar abajo la puerta de este cuarto. Chillan, chillan y vociferan... Sin duda quieren asesinarme; señor don Fernando, por amor de Dios, ampáreme usted.

En efecto, oíase violento rumor de golpes y porrazos. Don Fernando, que hasta entonces no había tenido miedo a la muerte, sintió escalofríos en todo su cuerpo, y el corazón le palpitó con vivísima inquietud.

«No, no estoy tranquilo —dijo para sí—. ¡Si permitirá Dios que tenga miedo en esta hora tremenda!... Conciencia mía, ¿estás tranquila?»

—Esos salvajes quieren penetrar aquí para ensañarse en mi cuerpo miserable —gritó entre sollozos el cura—. ¡Señor mío Jesucristo, piedad! ¡Piedad, santa Virgen de la Asunción, señora y patrona mía!

—Esto es horroroso —exclamó don Fernando corriendo de un lado para otro en la oscura pieza—. Que nos fusilen... pero que no nos arrastren, ni nos destrocen, ni nos escupan, ni nos insulten... ¡Piedad, misericordia!

Los gritos de la salvaje turba que graznaba en la puerta del calabozo, donde, viviendo aún, moría de terror el desgraciado don Aparicio Respaldiza, aumentaban de rato en rato, y al fin era tanto el ruido, que don Fernando no pudo oír los lamentos de su infeliz amigo. Oyó, sí, que la puerta se rompía; conoció que multitud de soldados franceses y algunos españoles entraban en tropel, rugiendo como bestias coléricas; comprendió que se abalanzaban sobre el pobre sacerdote, y oyó estas palabras en claro y soez castellano:

—Cortarle las orejas.

Después llegaron a sus oídos agudos ayes y clamores de la infeliz víctima; sintió que la llevaban fuera atropelladamente; la fúnebre y horrenda procesión se presentó a su fantasía con formas tan espantosas que tuvo miedo, un miedo indescriptible, inmenso, y cayó de rodillas, clamando:

—Señor mío Jesucristo, ¿todavía más?

Parecía que una voz contestaba en lo alto:

—Sí, más todavía.