XX

A poco de salir de la prisión, Monsalud se serenó un tanto; mas por algún tiempo estuvieron aún sus entendederas en lastimoso eclipse. No era de aquellos a quienes la bebida impulsa a desaforados disparates de palabra y obra, sino que, por el contrario, en aquella su embriaguez primera, después de algunos minutos de estúpida animación, sintiose amodorrado y con tristeza tan congojosa, que el cielo parecía habérsele puesto sobre los hombros. Sus amigos españoles renegados y franceses bebían y jugaban a los naipes, reunidos en alegres grupos dentro de la sala que servía de cuerpo de guardia, y también en el patio. Los del convoy, paisanos y militares, habían ido allí atraídos por el olor de los riojanos pellejos; pero como se acercara la hora de partir y el descanso de bestias y hombres había sido grande, se disponían a seguir su camino.

Advirtió Salvador que algunos jurados y cazadores franceses, soliviantados por el vino, hacían tan infernal ruido como si todo el ejército de José estuviese bailando dentro de una sola pieza. Mareado y aturdido, anhelando silencio y reposo, Monsalud huyó de su compañía y fue al patio, donde algunos paisanos graves y sargentos con ínfulas de coroneles, dirigiendo en pomposas espirales hacia el limpio cielo, cual si quisieran empañarlo, el humo de sus pipas, hacían cálculos sobre la campaña emprendida y los acontecimientos que se aguardaban para el día siguiente.

—Salvador —dijo un francés, asiendo a nuestro amigo por un botón de su uniforme—, ¿has oído algo?

—¿De qué? —preguntó Monsalud dejándose caer sobre un banco y cerrando los ojos.

—De la campaña. Toda la división está en movimiento. ¿No oyes las carcajadas al otro lado del Zadorra?

—Sí, ya las oigo.

—Buena hora has escogido para dormir —añadió el francés intentando poner en pie al aturdido joven—. Arriba, muchacho, que nos vamos.

—¿A dónde?

—A Vitoria con el convoy grande.

—¡Con el convoy grande! —repitió Salvador alargando los brazos, cual si quisiera alcanzar el cielo con ellos—. ¿Pues no ha salido ya?

—¡Bestia! El vino te ha puesto el entendimiento del revés. Salieron los carros que llevó consigo el general Maucune.

—¿Y nosotros salimos ya, o estamos aún aquí? —preguntó Salvador—. Juro a usted, señor Jean-Jean, que no lo sé.

—Te lo explicaré a puñetazos —repuso el formidable dragón.

Zumbido lejano atrajo entonces la atención de todos.

—¡Un tiro de cañón! —exclamaron unos.

—¿Hacia qué parte?

—Juro que es hacia Subijana.

—Hacia la Puebla.

Monsalud, participando de la general curiosidad, trató de sacudir el pesado sopor que embargaba sus sentidos.

—¡Una batalla!... ¿pues qué hora es?

—Quizás las avanzadas estén reconociendo alguna posición... Señores, mañana 22 será un día de sangre: lo dice Plobertin, que ha visto el sol de muchos días de batalla.

—Es desgracia que no podamos asistir a la gran acción que se prepara, señor Jean-Jean —dijo Salvador—, y que a hombres de tal temple se les destine a custodiar cofres y estuches.

—¡Oh, joven Epaminondas! —repuso con socarronería el astuto dragón—, no envidies a los que se han de cubrir de gloria en el día de mañana. Soldado viejo soy, y te juro que mientras más cruces gano para mí y más tierras conquisto para nuestro Emperador, más anhelo la paz. Marchemos tras los cofres y por el camino. Seamos galantes con las señoras que van en el convoy, recomendándonos a ellas como soldados de Friedland y de Essling; glorifiquemos a la Francia y bendigamos a Napoleón... por no habernos llevado a la campaña de Rusia.

Reinaba cierta inquietud entre la tropa que no había perdido el sentido con la embriaguez. Por otra parte, varios paisanos y bagajeros, y unos cuantos soldados franceses de la peor especie se habían cogido del brazo y recorrían parte del camino en burlesca procesión, gritando y cantando: algunos de ellos, que apenas podían tenerse en pie, eran llevados en vilo por sus compañeros. Luego que berrearon a sus anchas, insultando a las infelices señoras que aguardaban junto a sus coches la partida del convoy, tornaron al patio, y acercándose a la puerta que daba entrada a las habitaciones de los presos, la golpearon de tal modo con patadas y puñetazos, que a ser débil se quebrantara al instante hecha menudas piezas. La turba embriagada quería que le entregaran a los dos infelices prisioneros para anticipar el castigo impuesto por la superioridad militar.

—¿Pero aquí no manda nadie? —dijo el francés que respondía al nombre de Plobertin—. Esta canalla hará una atrocidad si la dejan.

—¡Que nos entreguen al cura, al cura! —gritaba la turba furiosa—. Al cura y al sacristán.

Y golpeaba la puerta, que a fuerza de porrazos comenzaba a resentirse.

—Aquí viene el capitán —dijo Jean-Jean—. Mandará dar veinte palos a los borrachos, y hará cumplir la sentencia.

Un capitán francés reprendió a los revoltosos su estúpida crueldad, amenazándoles con fuerte castigo; pero aquel, como los demás oficiales alojados allí, estaba en gran zozobra por causa más grave que las travesuras de algunos soldados ebrios, y regresó al lado de sus compañeros, dejando tras sí el tumulto.

—Vámonos por no ver esto —dijo Plobertin—. Parece que algunos carros se han puesto ya en marcha...

—Nosotros formamos a retaguardia —dijo Monsalud—; hay tiempo todavía.

—La gentuza vuelve a las andadas —indicó Jean-Jean—. La puerta no resistirá mucho tiempo más: no es esa la Zaragoza de las puertas.

—¡Que las paguen todas juntas! —afirmó otro individuo del respetable cuerpo de dragones—. Ese cura y ese sacristán son guerrilleros, que es como decir salteadores de caminos. Pues qué, ¿hemos de tratarles con mimo, después que ellos han asesinado a centenares de hombres pertenecientes, como quien no dice nada, a la nación francesa?

—¡A la nación francesa! —repitió el zapador Plobertin encendiendo su pipa—. La nación francesa pide venganza... La verdad es que el cura y el sacristán no merecen mis simpatías.

—Pues yo —dijo Monsalud con resolución—, si encontrase quien se decidiera, arremetería contra esa chusma y les haría entrar en razón.

—Joven Temístocles —exclamó Jean-Jean—, menos fuego. ¿Pueden tus paisanos colgar de los árboles racimos de franceses, descuartizarlos, meterlos en los pozos y asarlos en los hornos, y nosotros no podemos ni siquiera desorejar a uno de tus desalmados curas y monagos?

—El honor de la Francia —dijo Plobertin— pide que se les fusile al momento.

—Pero sin martirizarles vergonzosamente —añadió con viveza Monsalud—. Si el rey lo sabe, castigará a los que le están deshonrando con esta algarada salvaje.

—En esto de mortificar a los guerrilleros y curas con pistolas —afirmó Jean-Jean—, yo digo como nuestro rey Luis XV de la antigua dinastía: Laissez faire, laissez passer. Conque a caballo, señor Monsalud, que marcha el convoy.

La confusión y el alboroto iban en aumento, y no había autoridad que mandase, ni voz alguna que contuviese a los desalmados. Fueron y vinieron algunos oficiales; pero sin desplegar la energía que el caso requería, porque acostumbrados a considerar a los guerrilleros como bestias malignas, toleraban los desmanes de la embriagada soldadesca, o al menos no se cuidaban de atajar una brutalidad que creían justificada por la salvaje fiereza de los partidarios.

La puerta cedió al fin, y los gritadores se precipitaron por ella dentro del edificio. Encontrábase primero frente a la puerta principal, otra más pequeña, que era la que daba ingreso a la celda del cura, y que, por ser endeble, fue brevemente echada al suelo de una patada. Pocos momentos después, el infeliz don Aparicio Respaldiza salía empujado y arrastrado por la soldadesca, mutilado el rostro, cubierto de sangre, abofeteado, injuriado, escupido. Medio muerto de espanto, encomendaba el desgraciado su alma al Señor, y en aquel momento angustioso, aquel hombre no exento de faltas, aunque tampoco perverso; mal sacerdote sin duda, pero antes por error y falsas ideas que por maldad, si tuvo la flaqueza de pedir misericordia a sus viles verdugos, luego que se vio arrastrado irremisiblemente al suplicio sin vislumbrar remedio, les perdonó a todos y supo morir como cristiano.

Llevole la turba a un campo cercano, donde algunos robustos árboles convidaban a colgar del alto ramaje el cuerpo del infeliz enemigo vencido, indefenso, y mientras se consumaba el sacrificio, se regocijaban con la idea de repetir la función en la persona del que llamaban sacristán, a pesar de que su aspecto no indicaba tan humilde oficio.

Monsalud, que desde el patio presenciaba la feroz escena, baldón del humano linaje, mas no por eso rara en aquella guerra, que tanto tenía de heroica como de salvaje, sentía en su alma violentísimo coraje y vergüenza. Al ver que llevaban al suplicio, ya mutilado y moribundo, al infeliz Respaldiza, acordose del otro preso; un vago sentimiento le agitó, sintió algo semejante a dulce recuerdo, o a esos misteriosos rumores del corazón que a veces gimen en los oídos de nuestra alma, sin que entendamos claramente lo que quieren decirnos. Inquieto y dominado por profunda aflicción, que no acertaba a explicarse, dirigiose a la rota puerta del edificio. Allí estaba el sargento poco antes encargado de la custodia de los prisioneros, y en compañía de dos o tres bárbaros como él contemplaba estúpidamente, con las manos juntas atrás y su pipa en la boca, el fúnebre via crucis del cura hacia el monte cercano.

—¡Bestia! —le dijo enérgicamente Monsalud—. ¿De ese modo guardas a los prisioneros?

El sargento soltó la carcajada de la insensibilidad aumentada por el vino, y alzando los hombros, repuso:

—¿Y qué?... ¿No les habían de matar de madrugada?... ¿Dónde están los oficiales? Si ellos no cumplen con su deber, ¿qué puedo hacer yo?

—¡Miserable! —gritó el joven con furia—. Si esos verdugos se hubieran empeñado en romper esa puerta antes de las doce, hora que salí de guardia, me habrían cortado a mí las orejas antes de tocar el pelo de la ropa a los prisioneros... Déjame entrar; queda ahí dentro un infeliz, que no morirá como mueren los cerdos.

El sargento y los suyos hicieron como que querían defender la puerta.

—¡Atrás! —gritó Monsalud—. Dame la llave de la prisión del sacristán.

Briosamente arrebató la llave de manos de carcelero.

—Monsalud —dijo el sargento, fingiendo la entereza de un hombre de bien—, ¿quieres salvar a ese hombre? Está más loco que don Quijote, y a todos los que entran a verle les llama hijos para que le pongan en libertad.

—¡Estúpido farsante! —repuso el joven—. ¿Te atreves a darme lecciones de disciplina, de honor y de obediencia, tú que has faltado a todas las leyes de la Ordenanza y de la humanidad?

—Lo digo —añadió el carcelero blasonando de decencia— porque para sacar de aquí el sacristán, pasarás sobre mi cadáver.

—¡Y sobre el mío! —repitieron los otros, alguno de los cuales no se podía tener de borracho.

—¡Atrás, a un lado! —vociferó Monsalud abriéndose paso y tomando la linterna que estaba en el suelo—. No puedo salvar a ese hombre, porque el general le ha condenado a morir; pero mientras yo aliente, canallas cobardes, un caballero honrado y decente no morirá, ya lo he dicho, como mueren los cerdos. Los infames vuelven: no hay tiempo que perder. Adentro.

Abrió con mano firme la puerta del aposento en que gemía don Fernando Garrote. El infeliz anciano, al comprender que sacaban arrastrado a su compañero, después de mutilarle, había sentido, como antes dijimos, un terror violentísimo que dio al traste con toda su entereza y varonil grandeza de ánimo. Extraviose su razón, dio voces, y cuando entró el sargento le habló como si fuera Salvador. Levantose del suelo en que yacía, y como loco corrió de un muro a otro buscando salida, y se aporreó las manos contra ellos, cual si a puñetazos pudiese horadarlos. La unción religiosa huyó de su mente: huyeron la resignación, la paciencia, la cristiana humildad, dejando tan solo el impetuoso instinto. Gritaba con desesperación:

—Jesús divino, ¡solo tú sabes padecer, solo tú sabes morir! Soy hombre y acepto la muerte; pero no el tormento, no la vergüenza, no el martirio, no las manos ni la saliva de la soez plebe en mi rostro, ni la ignominiosa cuerda en mi cuello, ni el filo villano de sus navajas en mi piel... ¡Piedad, misericordia, Dios mío! ¡No tengo valor! Soy una mujer, un pobre niño.

Con febril ansiedad, y aunque sabía que ninguna arma llevaba sobre sí, registró todos sus bolsillos y ropas, buscando un cortaplumas, una aguja, un alfiler con que darse la muerte.

—¡Nada, nada! —exclamó con desesperación—. Dios poderoso, ¿tan malo, tan perverso he sido?...

En aquel instante una claridad rojiza deslumbró sus ojos, y en medio de ella, como el ángel de una aparición divina, vio don Fernando Garrote a Salvador Monsalud. Sorprendido por aquella imagen que en el momento más angustioso de su vida se le presentaba, don Fernando cayó de rodillas.

—¡Eres tú, Salvador, hijo mío querido, eres tú! —exclamó desahogando con efusión su alma—. Vienes a salvarme... sí, sí. Tengo miedo: Dios me abandona, y no me permite morir con la dulce y tranquila muerte del buen cristiano.

—He tenido lástima —dijo Salvador con voz balbuciente— y he venido...

—¡A salvarme!... ¡Oh justicia! ¡Oh lección divina! —gritó vertiendo amargas lágrimas don Fernando Garrote—. ¡Has sido tú más generoso que yo! Sí, más generoso, querido hijo mío... Bien me decía el corazón que mi conducta era egoísta y mezquina. Salvador, por orgullo, por preocupaciones más fuertes para mí que la razón, por egoísmo, te oculté un secreto, cuya confesión debía ser para mí una deuda sagrada.

Salvador no comprendía nada, y pensando tan solo en el objeto de su visita, dijo:

—Pronto llegarán: aún puede usted...

—He sido un miserable, he sido un egoísta: las ideas adquiridas en las disputas de los hombres, las he sobrepuesto a los sentimientos más dulces de mi corazón, a mi conciencia y a mis deberes. Salvador, este miserable que ves aquí a tus pies, humillado y envilecido, es el que te ha dado la vida, es tu propio padre, que por su mala suerte y su indisculpable apatía no ha tenido hasta hoy la dicha de conocerte.

El semblante de Salvador, atónito primero, expresó después la más desconsoladora incredulidad. Una sonrisa, impropia ciertamente del lugar y de la ocasión, vagó por sus labios; pero recobrando al punto su seriedad, y movido a gran compasión por el triste estado mental que en el anciano suponía, le dijo con frialdad:

—Señor Garrote, yo no tengo padre.

Estas palabras atravesaron como una espada de hielo el corazón del desgraciado Navarro.

—En nombre de tu santa y buena madre, en nombre de Dios —dijo—, en nombre de Dios, no me desmientas... He sido un infame egoísta, he sido un necio lleno de orgullo hasta en esta ocasión tristísima, pues hace un momento me horrorizaba la idea de llamar hijo a un traidor renegado. Dios me ha castigado por esto; pero, siempre misericordioso conmigo, te me ha puesto delante en mi última hora, para que mi confesión sea completa. ¡Bendito sea Dios!

—Desgraciado loco —dijo Monsalud, contemplando al reo con impasible calma lastimosa, tan extraño a los sentimientos que este expresaba, como si fueran de otro mundo—. Comprendo que en situación tan aflictiva trate de seducir a sus carceleros llamándoles hijos. Todo es inútil conmigo, porque no he venido aquí a librarle a usted de la muerte.

—¡No me cree! —rugió don Fernando arrojándose en el suelo—. Dios mío, Dios justiciero, que así prolongas mi castigo, ¿más todavía?

Una voz del cielo pareció responder:

—Sí, todavía más.

—Viendo que era inevitable para usted un fin tan horrible como el del pobre Respaldiza —dijo Salvador llevando la mano al cinto, donde tenía las pistolas—, y suponiéndole hombre de valor, he creído que era caritativo proporcionarle un medio de evitar la ignominia de martirio tan bárbaro.

Don Fernando se levantó de súbito. Parecía un esqueleto con vida, y con toda la vida en los ojos. Oyéronse en aquel instante los desaforados gritos de la turba que volvía. Estremeciose el anciano, dominado nuevamente por un terror congojoso; aparentó luego serenidad heroica, y contemplando al mancebo con altanería, exclamó:

—Un hombre de honor, un caballero como yo, no morirá a manos de viles sicarios; un hombre como yo, no será sacrificado salvajemente por tus crueles amigos. He cumplido contigo y con mi conciencia. No contaba con mi desgraciado destino ni con tu incredulidad... Que Dios me perdone lo que voy a hacer. Salvador, dame un arma cualquiera, y adiós.

Con la seguridad de quien ve realizado su pensamiento, Monsalud entregó una pistola a don Fernando Garrote, diciéndole:

—Eso mismo pensaba yo... Un hombre de honor, un caballero decente, no debe... Que Dios le ampare a usted.

Don Fernando irguió con altivez la majestuosa frente, miró a su hijo con calma desdeñosa, le miró mucho durante un rato, relativamente largo, y luego, con voz trémula y solemne, en la cual había como un acento de pesadumbre mezclado de sarcasmo, habló de esta manera:

—Salvador, gracias, muchas gracias... Que Dios te ampare y te perdone. Adiós.

—Adiós —dijo Monsalud desde la puerta, saliendo rápidamente.

Cuando la brutal soldadesca entró atropelladamente en donde estaba el bravo guerrero, halló su cadáver caliente y tembloroso sobre el suelo, la sien partida y destrozado el cráneo. Su mano palpitante asía con rabioso vigor el arma.