§ IV
Que igualmente no cumplí mis deberes de español y de Prelado en lo referente á la insurrección de Filipinas.
(IMPUTACIONES 13, 14, 15 Y 16.)
Precisamente en este punto, en que los masones y cuantos los secundan nos combaten más sañudamente, es donde más se destaca el celo religioso y patriótico del Arzobispo de Manila, y de todo el Clero regular, á quien España confió la alta misión de cristianizar á Filipinas y conservarla en la fe católica, no menos que en el amor y fidelidad á nuestra bandera. Es el sistema que sigue en todas partes. El Clero es el enemigo; el Clero es la rémora del progreso; al Clero hay que desacreditar y combatir por todos los medios lícitos é ilícitos, porque es el más poderoso obstáculo para implantar en las naciones el derecho nuevo. Dijeran la Iglesia Católica, y por lo menos tendrían el mérito de la franqueza.
Eso aconteció en Filipinas, con mayor motivo que en otros territorios, precisamente porque se trataba de una sociedad totalmente nacida y desarrollada al calor del Catolicismo, y conservada para España merced al potentísimo y paternal influjo de las Corporaciones religiosas. Sabido es que allí no tuvo España ejército alguno peninsular hasta el año 1872, en que se mandó el regimiento de Artillería destinado exclusivamente á guarnecer la capital y los puntos avanzados de Mindanao y Joló. El mismo ejército indígena era tan exiguo, que se pasaban miles y miles de kilómetros en un territorio poblado con más de siete millones de habitantes, diseminados en multitud de islas, sin que el viajero encontrara en su camino un solo soldado. Y, sin embargo, aquel país gozaba una paz octaviana; la vida económica resultaba tan fácil y relativamente holgada, que el pauperismo era de todo punto desconocido; la autoridad era obedecida y respetada por todos, como si fuese la paterna del hogar; la criminalidad alcanzaba tan escasa proporción, que constituía la admiración de propios y extraños. Bastaba invocar el nombre santo de Dios y el augusto del Rey, para que aquellos millones de malayos cumplieran cuanto se les ordenaba.
Ese es un hecho histórico, contra el cual se estrellarán siempre los dardos de la más apasionada crítica y el odio de los enemigos de la Religión y de la Patria. Filipinas se conservó tranquila y próspera durante tres siglos merced á la influencia religiosa, porque allí España ni tuvo, ni necesitó, otra, durante todo ese tiempo. Eso lo confiesan unánimemente cuantos escritores, nacionales ó extranjeros, han hablado sobre el particular.
Pero cambiaron los tiempos, y en el último tercio del siglo XIX nuevas corrientes vinieron á perturbar el curso pacífico de aquel gran imperio oceánico que nos legaran la fe y el patriotismo de nuestros mayores. Creyóse, con unos ú otros motivos ó pretextos, que debía mermarse y aun destruirse en las islas la secular influencia de la Religión y del Clero regular, y, á ese fin, se organizaron sociedades que hicieron activísima propaganda contra las Corporaciones religiosas, desprestigiándolas ante los indios, á quienes se excitaba por toda clase de medios á sacudir lo que llamaban su ominoso yugo. Centro principal de esa propaganda fué Madrid, donde bajo la protección decidida del gran Maestre del Gran Oriente Español, se constituyó la Asociación Hispano-Filipina; tomó gran incremento el periódico La Solidaridad, que antes se editaba en Barcelona; se organizó la logia de igual nombre, y, por último, se adoptó el desastroso pensamiento de fundar en Filipinas logias completamente indígenas, para lo cual dió plenos poderes el Jefe del Gran Oriente Español, D. Miguel Morayta, que á su vez lo era de la Asociación Hispano-Filipina y propietario de La Solidaridad. De esas logias salió la insurrección; verdad que demuestran palpablemente, no sólo los documentos oficiales y los datos del proceso instruído á los rebeldes, sino la propia monstruosa carta dirigida por la Comisión conspiradora á los h.·. dándoles instrucciones para el día de la rebelión, y los papeles y correspondencia que se cogieron á los complicados (Apéndice [núm. 9]).
Pues bien; para destruir los lamentables efectos de esa activa labor masónica y separatista, desde un principio trabajó el Clero en Filipinas todo cuanto pudo, dentro de su limitada esfera de acción, si bien con la honda pena de ver que sus trabajos no eran secundados, ni sus representaciones atendidas, en el grado que exigían los altos intereses de España, tan seriamente amenazados. Si se hubiera escuchado al Arzobispo y á los Regulares, y á otros funcionarios que igualmente denunciaron el peligro, es muy probable que la insurrección habría sido ahogada y muerta en su cuna. La primera autoridad de las islas no ignoraba el incremento que las logias iban tomando, ni sus propósitos de alzarse en armas, como ella misma lo confiesa en el proceso instruído á don Antonio Luna, y se le había notificado por el Arzobispo, dándole cuenta de las cartas del Padre Fr. Agustín Fernández, escritas en 7 y 13 de Julio y 13 de Agosto de 1896, y en comunicaciones oficiales anteriores donde se le avisa sobre los peligros de las sociedades masónicas, y acerca de los trabajos filibusteros, que confesados por los mismos revolucionarios, venían practicándose en el Japón. (Apéndices núms, [5], [6], [7] y [8]).
Horrorízase el ánimo al pensar la inmensa hecatombe que hubiera ocurrido de no descubrirse á tiempo la conjuración, como, por revelación de un indio complicado en ella y arrepentido de su delito, lo verificó el P. Fr. Mariano Gil, Párroco de Tondo, en 19 de Agosto de aquel año.
Dicho esto, voy á contestar, una por una, á las acusaciones que comprende este párrafo.
A) Ni contra el General que entonces gobernaba las islas, ni contra ninguna Autoridad superior en el Archipiélago, desde Legazpi á Augustin, conspiró ni se rebeló jamás el Clero. Esa es una de tantas injuriosas falsedades divulgadas por La Solidaridad y sus agentes y cómplices, ahora repetida por los que quieren hacer odiosos á los sacerdotes Regulares, presentándolos como autócratas que ponían y quitaban á su placer capitanes generales en Filipinas. No es de este lugar exponer cuán destituídos de verdad histórica se hallan los datos que, tomados del siglo XVII y XVIII, evocan á este propósito. Mas por lo que diré de la conjuración que nos achacan respecto al Marqués de Peña Plata, podrá juzgarse de las otras.
El 19 de Agosto se hizo el descubrimiento de la conspiración. El 21, el Gobernador general dirigía al Gobierno este telegrama: «Descubierta vasta organización sociedades secretas con tendencias antinacionales; detenidas veintidós personas, entre ellas el Gran Oriente de Filipinas, ocupándoseles muchos é interesantes documentos y pases de conjura»; y el 23 por la tarde, sabedor de ese despacho por su corresponsal de Madrid, El Diario de Manila, en cuya imprenta se habían encontrado las planchas y moldes que para sus escritos usaban los conspiradores, publicó un enardecedor artículo, que terminaba con las siguientes frases: «Un gobernante tenemos, representación de todo cuanto amamos y pretendemos honrar: acudamos á él en respetuosa manifestación de cariño, de subordinación y de adhesión incondicional, para probarle con nosotros mismos que al responder al Gobierno de la Nación de la tranquilidad del país, lo hace porque cuenta con el elemento sano, grande, potente, y ante el que nada significan unas cuantas ramas podridas del frondoso árbol. Acudamos mañana á saludar al ilustre Jefe del Ejército, al depositario de la confianza del Gobierno y de la Corona, en la seguridad de que ha de recibirnos con los brazos abiertos..... No creemos necesarias más excitaciones: mañana, á las diez de la mañana, acudiremos á saludar al Excmo. Sr. Gobernador general de Filipinas, esto es, al Gobierno, al Poder, á España.»
Respondiendo á ese llamamiento patriótico, acudieron á Malacañang centenares de españoles, peninsulares é insulares, y tuvieron la pena de que el Gobernador general no creyera conveniente recibirlos. Entonces dijeron: «¡Al Arzobispo! ¡Vamos al Arzobispo!» Y llenando la gran galería del palacio arzobispal, se presentaron ante mí, pidiéndome que los bendijese y recibiera sus protestas contra la conjuración separatista, no menos que sus testimonios de estar dispuestos á derramar su sangre por la Patria. La escena no pudo ser más conmovedora. Les exhorté á elevar sus plegarias al cielo; alabé, no tanto como se merecía, su patriótico entusiasmo; les encarecí la gran necesidad de agruparnos todos los españoles cada vez con más estrecha unión al lado del Representante de España, sobre todo en aquellas azarosas circunstancias, y terminé mi breve discurso con estas palabras: «¡Viva España! ¡Viva nuestro Gobernador general!», á lo que contestaron ellos con repetidos vítores á España, al Arzobispo y las Corporaciones religiosas. De aquel acto brotó, y quedó allí moralmente constituído, el glorioso Batallón de Leales Voluntarios de Manila, pensamiento que luego aprobó el Marqués de Peña Plata, dando armas á cuantos españoles é insulares se inscribieron en sus filas, y quienes hasta la rendición de Manila demostraron con cuánta abnegación y lealtad sabían servir á la causa de España.
Esa fué la manera que teníamos en Manila de conspirar contra el Gobernador general de las Islas: robustecer su autoridad y aplacar los ánimos de tantos españoles como contra él estaban irritados y clamaban por que el Gobierno, informado de todo lo que allí ocurría, le relevara. El telegrama de Hong-Kong de 30 de Octubre, publicado por el El Imparcial de 2 de Noviembre, no deja lugar á dudas.
El Arzobispo y los Provinciales también informaron al Gobierno lo que era del caso. Mas ¿de cuándo á acá acudir por medios legales á los altos Poderes del Estado se ha podido calificar ni de conspiración ni de intriga?
B) Mi intervención en el castigo de los conspiradores y rebeldes.—De ningún fusilamiento, de ningún proceso puede hacerse responsable al Arzobispo, ni á las Corporaciones Religiosas. Bien lo saben, y lo testificarán, si es preciso, el General Polavieja, el Auditor general don Nicolás de la Peña, los Jefes ú Oficiales instructores de los procesos y los Consejos de guerra que condenaron á la última pena á Rizal, Roxas y demás que fueron fusilados. Decir lo contrario es querer tirar contra el Arzobispo y los Religiosos, pero de hecho herir á los Generales, Jefes y Oficiales de nuestro Ejército, suponiéndolos completamente supeditados á ajenas influencias en asunto de tanta monta como la recta administración de justicia. Regístrense los procesos; y en ellos se verá que no aparece un solo dato que compruebe en lo más mínimo esa supuesta intervención. Cuantos fueron al patíbulo, lo fueron en virtud de denuncias y declaraciones de sus propios compañeros de conspiración, ó de otras personas; pero ninguna de eclesiásticos. En cambio, si algunos fueron indultados, ó su situación recibió algún consuelo, fué en parte debido á la mediación caritativa del elemento eclesiástico, que, con arreglo á mis instrucciones ó por propia iniciativa, los visitaba en las cárceles, los consolaba en su situación, se interesaba en lo posible por ellos, y hablaba en su favor á los instructores de las causas y demás personas que para el caso tenían autoridad.
Por lo que á mi persona se refiere, diré que Rizal, lejos de tener el mal gusto de llamarme su asesino, como lo hacen ahora mis detractores, se expresó en términos de elogio hacia mí, estando en capilla. (Apéndice [núm. 12]). Por Roxas hice cuanto humanamente me fué posible, cual pueden testificarlo su desgraciada viuda é hijos. No le pude salvar, porque ni yo era juez, ni disponía de la gracia del indulto, y los conocedores del proceso, que se llevó, como todos, con gran reserva, me aseguraron que estaba comprometidísimo, y á mí me faltaban pruebas para acreditar su inocencia, caso de que fuera inocente, lo cual se dice ahora; pero ignoro si de plena conformidad con los resultandos del proceso. Una sentencia firme, siempre es respetabilísima, y contra la presunción legal de cosa juzgada no valen razonamientos puramente personales, sino testimonios contundentes é irrefragables.
Por los hermanos Luna (Antonio, y Juan, el pintor) me interesé igualmente, como lo prueban las cartas que me dirigieron así ellos, como su familia, (Apéndice [núm. 11]). Si no pude librar de la última pena á tres sacerdotes indígenas de Camarines, que también fueron fusilados, no fué porque dejara de intentarlo cerca del Capitán General, quien no creyó oportuno escuchar la petición de indulto que le hice en su favor, juntamente con mi venerable hermano el Obispo de Nueva Cáceres. Más afortunado fuí en tiempos del General Blanco, á cuyo ánimo llevé el convencimiento de que no eran fundadas las denuncias de complicidad en la rebelión tocante á personas respetabilísimas de Manila, y de bien probado españolismo, amenazadas, no obstante, por un momento, en virtud de dichas denuncias, de sufrir las ignominias de una cárcel. Fué un noble y justo arranque del Marqués de Peña Plata, que me complazco en consignar, la revocación del mandato de prisión. Las personas aludidas saben cuanta fué mi angustia, desde que supe la desgracia que les amenazaba hasta que se conjuró el peligro. Viven algunas de ellas en España, otras en Filipinas; y seguro estoy de que todas darán testimonio, cuanto sea necesario, de que no tuve corazón duro con los desgraciados, y menos con los que creí víctimas de ajenos errores ó injusticias.
Debo recordar también cuánto me interesé por el abogado D. Isaac Fernando Ríos, cuya inocencia reconoció por fin el tribunal, absolviéndole libremente. Este ilustre filipino y fidelísimo patriota, no sólo rechazó después el acta de Diputado que le ofrecieron sus paisanos para las cortes de Malolos, sino que, afrontando sus iras, les dirigió un manifiesto exhortándolos á tornar á la obediencia á España, é hizo otros actos de tan acrisolada lealtad, que su nombre, justamente ensalzado y venerado por todos los españoles que le conocieron, es gloria de nuestra dominación en Oriente, y merece figurar al lado de los más esclarecidos de la historia del Archipiélago.
Nadie, cualquiera que fuese su condición social, llamó en vano á mis puertas y á las del Clero Regular en aquellos tristes días de desconfianzas y recelos; y si muchos filipinos de los que estuvieron sometidos á un proceso, y después de ser indultados correspondieron á esa gracia haciendo armas contra España, fueran sinceros, no dudo que ahora mismo proclamarían en voz muy alta que las personas que visitaban las cárceles de Bilibid y de la fuerza de Santiago, quienes los animaban y se interesaban por su suerte eran los Religiosos, los cuales, para hacer esta obra de caridad, tenían que desafiar las suspicacias de muchos peninsulares, que tildaban de punible condescendencia con los filibusteros cualquier paso que se diera para mejorar la situación de los infelices procesados.
C) A las fútiles imputaciones de que fuí déspota con los clérigos filipinos, y que imposibilité los buenos resultados de la paz de Biacnabató, y al cúmulo de maliciosas insinuaciones de diversa índole que la prensa, ganosa de desacreditar lo que represento, me ha dirigido con mayor tesón que si se tratara del más grave problema nacional, déjolas á la cordura de mis lectores y de cuantos me han tratado en Filipinas, y muy principalmente del Marqués de Estella.
Un Prelado que mejora la enseñanza de los aspirantes al sacerdocio; que dicta reglas para que los señores coadjutores vivan con los curas en la misma casa parroquial; que todos los años se reúne con ellos en ejercicios espirituales; que les gestionó el aumento del estipendio que antes gozaban; que levantó un nuevo seminario; que los defendió siempre de injustas persecuciones; en fin, á quien ese Clero honró, elevando á Su Santidad una exposición para que, no admitiéndosele la renuncia, regresara cuanto antes á su diócesis (Apéndice [núm. 18]), dista mucho de merecer el baldón de déspota que esa prensa, deshonrando al buen Clero filipino cuyo nombre usurpa, me achaca ahora para satisfacer las exigencias de las turbas anticlericales. Lo hubiera quizás merecido, y hoy todo serían justas imprecaciones para el Arzobispo y las Ordenes Religiosas, si, siguiendo los consejos de esa prensa, tornadiza y versátil más que el viento, hubiera yo cerrado el Seminario y hubieran los Dominicos y Jesuítas cerrado la Universidad y sus Colegios, como á raíz de la insurrección proclamaban debía hacerse la mayor parte de los que ahora nos vituperan de poco amantes de los indígenas filipinos. (Apéndice [núm. 19].)
Dios les perdone, como yo les perdono; y plegue al Señor que en lo sucesivo se empleen en campañas dignas de los altos intereses de la Patria, unida en perpetuo y amistoso vínculo con la Religión, cual lo exige la prosperidad de esta nuestra desgraciada España.
Madrid y Febrero de 1904.
Fr. Bernardino,
Arzobispo dimisionario de Manila y electo de Valencia.
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